Capítulo 9
“Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua
edificación” (Rom. 14:19).
Elena de White ha sido retratada por personas poco
informadas como una aguafiestas inflexible y una persona severa. ¡Nada de eso!
L. H. Christian dio a conocer las memorias de su suegra quien vivió en la casa
de los
White
mientras era secretaria de la Sra. White. Ella recordaba especialmente “el
espíritu alegre del hogar” y el “humor bondadoso y la sabiduría práctica” de
Elena de White.[1]
Los escritos de la Sra. White revelan a menudo un toque de
humor. En 1882 acababa de trasladarse desde Oakland a Healdsburg. A los 55 años
disfrutó la oportunidad de comprar grano y heno, una vaca con su ternero, y
caballos
para el trabajo de la granja y la transportación. A uno de sus caballos que
parecía alérgico al trabajo le dio el nombre de Dolly. Refiriéndose al animal,
escribió: “Contempla las montañas y los cerros como un turista que
mira el
paisaje”.[2]
En 1885 estaba por viajar a Europa en el barco S. S. Cephalonia,
el que iba a partir en sábado. El grupo con el que viajaba hizo arreglos para
embarcarse el viernes de tarde a fin de tener todo acomodado para el sábado.
Ella
anotó en
su diario: “Casi lo logramos”.[3]
Durante su estadía en Italia, en 1886, escribió acerca del
personal ministerial en Torre Pellice. El ministro a cargo era extraordinario para
planear, pero lograba poco. Elena de White describió sus esfuerzos como “un
despliegue de armas cuáqueras [revólveres de juguete, hechos de madera]”.[4]
Algunos meses más tarde, todavía en Italia, estaba
disfrutando de algunos días soleados tras una racha de lluvia, y escribió en su
diario: “Anduvimos con mucha lentitud, porque aunque el caballo era fuerte, no
tenía la
menor
intención de quebrantar su salud”.[5]
Después de un viaje en barco redactó estas líneas: “Cuando
salí del barco y empecé a caminar por las calles, me pareció como si todavía
estuviese en el barco y pisaba tan alto que la gente debe haber pensado que
estaba
borracha”.[6]
El hermano mayor de Elena de White, John, aparentemente era
un pobre corresponsal. En una carta que le dirigió el 21 de enero de 1873,
Elena lo reprendió suavemente con humor: “Querido hermano John: Te he escrito
varias
cartas pero no he oído ninguna palabra de tu parte. Hemos llegado a la conclusión
de que debes haber muerto, pero luego pensamos que si éste fuera el caso, tus
hijos nos habrían escrito”.[7]
Ella mostró su sentido de humor como también su inclinación
práctica cuando escribió sobre el vestido descuidado de ciertas mujeres: “Su
vestimenta con frecuencia tiene la apariencia de una bolsa [saco] que las
recubre”.[8] O, “al
cumplir sus tareas, las hermanas no debieran vestirse como espantapájaros en un
maizal”.[9]
En la época en que Elena de White estaba emitiendo advertencias
para salvaguardar el derecho de propiedad del Tabernáculo de Battle Creek,[10] recibió
una carta de A. T. Jones en la que la desafiaba a proveer los nombres
de los que
estaban implicados en el esfuerzo por tomar control de la propiedad. Comprendiendo
la verdadera intención de su pedido, Elena de White le respondió a su
secretaria, Dora Robinson, que “si le llegase a escribir
al Hno.
Jones le diría todo lo que está escrito en los libros del cielo, pero que ella
no tiene esos libros a su disposición para enviárselos”.[11]
La Sra. White sabía cómo manejar momentos públicos
potencialmente embarazosos. Su hijo Willie le ayudaba frecuentemente en sus
giras de predicación. Durante un sermón en un día de sábado en Santa Helena,
California, Willie se sentó en la plataforma mientras su madre hablaba. Notando
un murmullo de risa contenida en el auditorio, la Sra. White se dio vuelta para
encontrar a su hijo tomándose una siesta. Pidió disculpas con un toque de
humor: “Cuando Willie era un bebé, yo acostumbraba llevarlo a la plataforma y
dejarlo dormido en una canasta
debajo del
púlpito, y él no ha superado aún ese hábito”.[12]
En sus últimos años en Elmshaven, se le daban a Elena de
White tratamientos de agua fría friccionándola con un mitón. Eso significaba estar
de pie en una bañera mientras alguien le aplicaba agua fría y luego la friccionaba
con
mitones para aumentar la circulación. Dos veces por semana se le daba una fricción
con sal (“calor de sal”).
Cierto día, al sentir una diferencia en el líquido,
humedeció su dedo en él y lo probó. ¡La empleada había usado azúcar por error! Con
buen humor, Elena de White observó: “Tratando de endulzarme, ¿eh?”[13]
Una
intérprete de la verdad con sentido común
Uno de los principios básicos para obtener un cuadro real de
Elena de White (como también de la intención de sus escritos) es el de estudiar
el momento, el lugar y las circunstancias en que escribió.[14]
En otras palabras, lo que Elena de White rogaba a lo largo
de su ministerio era que se usase sentido común. La feligresía de la es-cuela de
iglesia en Santa Helena, California, en 1904, por ejemplo, tenía un problema.
Algunos
sentían
fuertemente que no debía hacerse ninguna provisión para los niños menores de
diez años. ¿Por qué? Porque la Sra. White había aconsejado algunos años antes que
“los padres debían ser los únicos maestros de sus hijos hasta que llegasen a
los ocho o diez años de edad”.[15] Otros
sentían que sería mejor que algunos niños estuviesen en la escuela en vez de
que vagabundeasen por la villa mientras sus padres trabajaban en el hospital o
que por alguna otra razón no pudiesen supervisarlos.
El problema no se limitaba a Santa Helena; se estaban
estableciendo escuelas de iglesia por todo el mundo doquiera los adventistas
organizaban iglesias. De modo que en todas partes surgía la pregunta: ¿Qué haremos
con el consejo de la Sra. White respecto a cuándo los niños deben empezar a ir a
la escuela?
Elena de White estaba en esa reunión de la junta directiva
de la escuela de Santa Helena (fue celebrada en su casa en Elmshaven) y tomó la
iniciativa para resolver el problema. Recapituló su consejo que había
subrayado frecuentemente en cuanto a la responsabilidad de los padres y la
firme disciplina en el hogar. Luego indicó que ella también había observado la
negligencia de los padres, con ciertos niños que corrían sueltos (especialmente
en los jardines del sanatorio), con “ojos penetrantes, ojos de lince, vagando
sin nada que hacer… haciendo travesuras”: ¡no era la mejor recomendación del
comportamiento adventista para las visitas del sanatorio!
Considerando las circunstancias, ella dijo: “Lo mejor que
puede hacerse es tener una escuela… para aquellos que debieran estar sometidos
a la influencia restrictiva que un maestro puede ejercer”.
Luego explicó su declaración anterior en cuanto a mantener a
los niños fuera de la escuela hasta que tuvieran diez años, una enseñanza que
algunos estaban tratando fielmente de implementar. Ella habló claramente: “Quisiera
decirles que no había ninguna escuela observadora del sábado cuando se me dio
la luz de que los niños no debían asistir a la escuela hasta que tuviesen
suficiente edad como para ser instruidos. Se les debiera enseñar en el hogar
cuáles son los modales debidos que han de tener cuando vayan a la escuela y así
no descarriarse. La maldad reinante en las escuelas comunes es casi más de lo
que se puede concebir. Esa es la realidad”.
Ella prosiguió expresando su preocupación por aquellos que
hacen una aplicación irrazonable de sus escritos: “Mi mente se ha perturbado grandemente
respecto a la idea, ‘Pues la Hna. White ha dicho así y asá… y por lo tanto
vamos a hacer exactamente eso’. Dios quiere que todos tengamos sentido común y que
razonemos en base al sentido común. Las circunstancias alteran las condiciones.
Las circunstancias cambian la relación de las cosas”.[16]
Entre las palabras claves que mejor describen a la verdadera
Elena de White, debemos incluir “sentido común”. Los principios que ella dio a
conocer fueron claros, oportunos y permanentes. Pero su aplicación requería
un sentido
común santificado.
Elena de White comprendió bien la elipse de la verdad.[17] Sabía que
la teología sin el sentido común y un estilo de vida correspondiente podía
crear prejuicios contra el Evangelio. En todos sus escritos ella recalcó que
las pa-labras y los hechos, la doctrina y la vida nunca debieran separarse.[18]
El sentido común no es para negar el consejo bíblico; el
sentido común santificado aplica las verdades inmutables a la situación humana,
teniendo en consideración todas las circunstancias. El sentido común no rebaja
las
instrucciones de Dios respecto al pensamiento y a la conducta del hombre; eleva
a la gente hacia dichas instrucciones, dentro de las capacidades y
posibilidades de tiempo, lugar y circunstancia. Los principios son eternos;
su
aplicación requiere sentido común. En una oportunidad, cuando se le preguntó sobre
ciertas prácticas de la escuela sabática, Elena de White contestó:
“Exactamente; ése no es el lugar apropiado para ello. Hay que
hacerlo,
pero tiene su tiempo y lugar”.[19]
Por ejemplo, ella escribió extensamente sobre los principios
de salud. Mencionó claramente ciertas prácticas de salud que estaban muy
adelantadas con respecto al pensamiento convencional de su tiempo. Pero estos
principios
deben entenderse y aplicarse mediante el sentido común. Respecto a la práctica
de comer dos veces
por día,
escribió: “Algunos comen tres veces por día, cuando dos comidas favorecerían
más la salud física y espiritual”.[20] Pero
también escribió: “La costumbre de comer sólo dos veces al día es reconocida
generalmente como beneficiosa para la salud. Sin embargo, en algunas circunstancias,
habrá personas que requieran
una
tercera comida”.[21]
Revelando aún más ampliamente su sentido común, escribió en
1903: “Yo como sólo dos comidas por día. Pero no creo que el número de comidas
debe servir de prueba. Si hay quienes se sienten mejor de salud cuando
comen tres
comidas, es su privilegio hacerlo”.[22]
El principio de qué es lo mejor bajo cualquier circunstancia,
no meramente qué es lo bueno, debiera ser el punto de referencia del cristiano.
Demasiado a menudo, lo bueno es enemigo de lo mejor.
Los consejos de Elena de White también han sido beneficiosos
para millones en otras áreas de la vida sana. ¿Por qué? A causa de su principio
del sentido común; por ejemplo, en el área de las combinaciones de alimentos[23]
o al recomendar las mismas
prácticas de salud para todos.[24] Más allá
de lo que creía la mayoría de las personas de su tiempo, ella vio la estrecha
relación entre la vitalidad, la buena salud en términos generales, y el ejercicio.
¡No sólo
el ejercicio sino el tener la correcta actitud cuando uno hace ejercicio! Todo
era un asunto de sentido común.[25]
Al realizar trabajo público, especialmente en nuestras
instituciones de salud, Elena de White amonestó: “Obrad de tal modo que los pacientes
vean que los adventistas son un pueblo con sentido común”.[26]
Además de eso, los obreros ministeriales y médicos no deben
crear la impresión, como algunos grupos cristianos lo estaban haciendo, de que
los enfermos podrían ser sanados sólo mediante la oración. Nuevamente Elena de
White apeló al sentido común.[27]
Parecía que en cada área ella tenía consejos basados en el
sentido común. Algunos pastores estaban cayendo víctimas de la moda de
elocución que prevalecía entonces, a saber, de predicar en un tono de voz
afectado,
lejos de
un estilo conversacional que reflejaría mejor el ejercicio de un razonamiento
sereno. Ella exhortó a los ministros a estudiar la “manera más sabia” de usar
sus órganos vocales “mediante el ejercicio de un poco de
sentido
común”.[28]
Elena de White estaba preocupada por la manera como la
juventud era educada para el mundo real. Nadie parecía ser más optimista que ella
respecto a las posibilidades que se les abren a los jóvenes diligentes y aplicados.
Al mismo
tiempo, estaba afligida por aquellos que “son seres sencillamente inútiles, pues
sirven solamente para respirar, comer, lucir vestidos y hablar sandeces… Pero…
[pocos] jóvenes manifiestan juicio sano y buen sentido común. Llevan una vida de
mariposas, sin propósito especial”.[29]
Ella escribió con frecuencia indicando que el aprendizaje
manual como una preparación práctica para la vida debe ser parte de la educación
cristiana. Tal aprendizaje haría que una persona que se estuviese preparando
para una profesión científica y académica fuese aun más idónea para sus
deberes: “La educación que deriva mayormente de los libros, induce a pensar
superficialmente. El trabajo práctico estimula la observación detallada y la independencia
de pensamiento. Debidamente hecho, tiende a desarrollar esa sabiduría práctica que
llamamos sentido común”.[30]
Después de ver los servicios de adoración en algunas
iglesias, la Sra. White hizo la siguiente observación: “En ciertas ocasiones es
más difícil disciplinar a los que cantan y conseguir que lo hagan en forma
adecuada, que
mejorar
los hábitos de oración y exhortación. Muchos quieren hacer las cosas de acuerdo
con su propio método; se oponen a las consultas y se impacientan cuando otros
los dirigen. Se requieren planes bien maduros en el servicio
de Dios.
El sentido común es algo excelente en el culto que se rinde al Señor”.[31]
Este principio del sentido común debiera aplicarse a todas
las áreas de la vida cristiana, como ser en el tipo de ropa que uno usa.[32]
De vez en cuando había gente que ejercía presión para
convertir la cuestión de la vestimenta en una controversia en la iglesia. Aquí
nuevamente Elena de White usó sentido común y dio consejos prácticos: “La
cuestión
del vestido no debe ser nuestra verdad presente… Siga las costumbres [prevalecientes]
en la vestimenta en tanto estén de acuerdo con los principios de la salud. Vístanse
nuestras hermanas con sencillez, así como muchas lo hacen, teniendo vestidos de
buen material, durables, modestos, adecuados a su edad, y que el problema del
vestido no ocupe la mente”.[33]
Estando en Oslo, Noruega, en 1885, Elena de White aconsejó a
unos 120 adventistas nuevos, algunos de los cuales necesitaban orientación en
cuanto a niños que asistían a escuelas públicas en sábado, y realizaban transacciones
comerciales en sábado. Algunos, sin embargo, “concedían una importancia exagerada
a la cuestión del vestido, criticaban los trajes que otros llevaban, y condenaban
prontamente a todos los que no se con-formaban
con
exactitud a sus ideas. Unos pocos condenaban los retratos y sostenían que estaban
prohibidos por el segundo manda-miento, y que debería destruirse todo lo que fuera
de esa clase”.[34]
¿Qué problema vio ella? Temía que los “incrédulos” recogiesen
la impresión de que los adventistas “constituían un conjunto de extremistas y
fanáticos, y que su fe peculiar los tornaba poco amables, descorteses y de
un
carácter no cristiano”. Dijo además que “un fanático causará mucho daño con su
espíritu fuerte y sus ideas radicales cuando se dedique a oprimir la conciencia
de los que desean obrar correctamente”.[35] Con el
transcurso
del tiempo
tuvo la satisfacción de ver que prevaleció el sentido común.
En sus sermones y en muchas cartas a jóvenes a quienes
conocía bien, la Sra. White recalcó la necesidad de sentido común en la elección
de un compañero o compañera para la vida.[36]
Sus consejos abarcantes incluían orientación directa y
cándida a miembros de iglesia que estaban casados. Ella señaló que las tensiones
del hogar eran causadas a menudo por irresponsabilidad conyugal y por falta de
sentido
común.[37]
La religión práctica parecía ser el tema que armonizaba
todos los escritos de Elena de White. Ella vio una conexión directa entre trabajar
para la iglesia y representar apropiadamente el carácter de Dios. Cuando la
naciente
casa publicadora de Australia estaba próxima a la bancarrota, ella señaló los problemas:
Se ofrecían los trabajos a precios demasiado bajos, la administración del control
de los costos era deficiente, los gastos generales de la oficina eran demasiado
altos. Entonces ella escribió: “Se me mostró que ésta no era la manera de hacer
negocios. No es la voluntad de nuestro Padre celestial que se maneje su obra de
modo que sea un motivo de continua vergüenza… Algunos de los obreros no estaban
dispuestos a ayudar e instruir a sus compañeros de trabajo… Los empleados en la
oficina de Echo comprendían muy poco los métodos correctos para obtener
éxito”.
Terminó su
consejo con estas palabras: “Hermanos y hermanas relacionados con la obra de la
oficina de Echo, estas palabras que he escrito me fueron dichas por mi
guía”.[38]
Durante esos días difíciles, cuando el futuro de un colegio
en Australia parecía incierto, Elena de White tenía confianza en que el terreno
comprado a “precio tan barato” realmente satisfaría todas las necesidades de
una
escuela
futura. Pero ninguno de los miembros del comité estaba convencido en cuanto a
lo que a ella se le había mostrado. Ella estaba angustiada ante su “cautela no
santificada”.[39]
En una carta a Marian Davis, su confidente y eficiente
colaboradora en la preparación de libros, la Sra. White usó de su imaginación práctica
respecto a Avondale, y, basada en el consejo de su Guía, escribió: “He planeado
lo que
puede cultivarse en diferentes lugares. He dicho: ‘Aquí puede haber una cosecha
de alfalfa; allí puede haber fresas; aquí puede haber maíz dulce y maíz común; y
este terreno dará buenas papas, mientras que aquél dará buen fruto de toda
clase de cultivos’ ”.[40]
Parte del problema al comienzo de su estadía en Australia
era que no se había hecho mucho en materia de cultivo científico de la tierra.
Elena de White sabía que si Avondale pudiera mostrar la manera de administrar
debidamente el suelo, el colegio no sería el único que se beneficiaría. Ella
sabía que la pobreza en esa área de Australia se reduciría grandemente cuando
la gente viese cuán exitosamente podían cultivar su propio alimento.
En una
carta a Edson, ella destacó el hecho de que había estado dando el ejemplo en el
cultivo de la huerta en la escuela y en su propio terreno algo menor de una
hectárea [dos acres]: “El cultivo de nuestra tierra requiere
el
ejercicio de toda la capacidad intelectual y el tacto que poseamos. Las tierras
que nos rodean testifican de la indolencia del hombre… Esperamos ver
agricultores inteligentes, que serán recompensados por su empeñoso
trabajo…
Si logramos esto, habremos hecho una buena obra misionera”.[41]
A menudo se necesitaba el consejo práctico en el tratamiento
de los enfermos. El profesor Herbert Lacey, que dirigía el programa de la
escuela en Avondale a comienzos de 1897, se estaba consumiendo rápidamente debido
a la fiebre tifoidea. Perdió nueve ki-os (veinte libras) en una semana; su
vitalidad era baja y su fiebre, alta. Convencidos
del éxito
del Dr. Kellogg mediante la hidroterapia, los integrantes del equipo médico aplicaron
hielo para reducir la fiebre y restaurarle el movimiento en “los intestinos”. Al
oír esto, Elena de White despachó inmediatamente un telegrama al personal
médico: “No usen hielo, sino aplicaciones calientes”.
¿Por qué hizo esto y con tanta prontitud? Ella había visto
morir de tifoidea a demasiados pacientes, mayormente a causa de los medicamentos
convencionales que desgastaban la capacidad del paciente para vencer el agotamiento
ocasionado por tales medicamentos. Pero también sabía que la hidroterapia debía
usarse sabiamente. Con la vitalidad de Lacey a un nivel bajo, el hielo en la cabeza
y en el cuerpo lo debilitaría aún más.
La Sra. White escribió más tarde sobre este serio incidente:
“Yo no iba a ser tan delicada en mi relación con el médico como para permitir que
se extinguiese la vida de Herbert Lacey… Podría haber casos en los que las aplicaciones
de hielo diesen resultado. Pero los libros con prescripciones que se siguen al pie
de la letra respecto a las aplicaciones de hielo debieran tener explicaciones
adiciona-les, que las personas con poca vitalidad debieran usar calor en lugar
de frío… Proceder tal como lo indica el libro del Dr. Kellogg sin considerar al
paciente es simplemente irresponsable”.[42]
Grace White Jacques, nieta de Elena de White, dijo cierta vez
lo siguiente en cuanto al sentido práctico de su abuela como también de su
sentido común: “Recuerdo a una joven enfermera que tenía sólo unas pocas ropas,
y mi abuela le dio tres cortes de tela para vestidos, uno de color rojo, otro
azul y otro de color dorado. Le dijo a esta joven,
como lo
había hecho a otras, que por lo menos debiera tener un vestido rojo”.[43] Elena de White
nunca perdió su capacidad de relacionarse con la gente en forma práctica.
[1] Christian, Fruitage
of Spiritual Gifts, p. 48.
[2]
Bio., t. 3, p.
195.
[3]
Id., p. 290.
[4]
Delafield,
Elena G. de White en Europa, p. 195-196.
[5]
Id., p. 199.
[6]
Manuscrito
4, 1878, citado en MR, t. 5, p. 178.
[7] Glen Baker,
“The Humor of Ellen White”, Adventist Review, 30 de abril, 1987.
[8]
Conducción
del niño, p. 389.
[9] Testimonies, t. 1, p. 464.
[10]
Bio., t. 6, pp.
124-129.
[11]
D. E.
Robinson a W. C. White, 30 de septiembre, 1906.
[12] Baker, op.
cit.
[13] Ibíd.
[14] Ver p.
395. “Acerca de los testimonios, nada es ignorado, nada es puesto a un lado.
Sin embargo, deben tomarse en cuenta el tiempo y el lugar. Nada debe hacerse
fuera de su tiempo. Algunos asuntos deben ser retenidos porque algunas personas
darían un uso impropio a la luz dada. Son esenciales cada jota y cada tilde y
deben aparecer en un tiempo oportuno. En lo pasado, los testimonios fueron
cuidadosa-mente preparados antes de que se los enviara para su publicación. Y
todavía cada asunto es cuidadosamente estudiado después de ser escrito por
primera vez”.—Mensajes selectos, t. 1, p. 65.
[15] Testimonies, t. 3, p. 137.
[16]
Bio., t. 5, pp.
312-315. Lea toda la sección, págs. 315-317, para ver comentarios adicionales
que exponen los principios claros de Elena de White respecto a la educación temprana,
a quiénes y cómo debiera proveerse.
[17]
Ver
Apéndice P.
[18]
“Hemos
de ser guiados por la verdadera teología y el sentido común. Nuestras almas han
de estar rodeadas por la atmósfera del cielo. Los hombres y mujeres deben vigilarse
a sí mismos; deben estar constantemente en guardia, sin permitir una palabra o
un acto que haga que se hable mal de lo bueno de ellos. El que profesa ser un
seguidor de Cristo ha de vigilarse a sí mismo, manteniéndose puro e
incontaminado en pensamiento, palabra y
acción. Su
influencia sobre otros ha de ser elevadora. Su vida debe reflejar los
brillantes rayos del Sol de justi-cia”.—
Counsels to Parents, Teachers, and
Students, p.257.
[19]
Consejos
sobre la obra de la Escuela Sabática, p. 208.
[20] Testimonies, t. 4, pp. 416-417.
[21]
El
ministerio de curación, p. 247. Ver también La educación, pp.
200-201.
[22]
Consejos
sobre el régimen alimenticio, p. 211.
[23]
“En
el uso de los alimentos debiéramos ejercer buen juicio y sentido sano. Cuando
encontramos que algo no nos sienta bien, no necesitamos escribir cartas con
preguntas [a Elena de White] para descubrir la causa de la molestia. Debemos usar
la razón. Cambiar la dieta; usar menos de algunos de los alimentos; probar
otros modos de prepararlos. Pronto sabremos el efecto que ciertas combinaciones
tienen sobre nosotros. No somos máquinas; somos seres humanos inteligentes, y
hemos de ejercitar nuestro sentido común. Podemos experimentar con diferentes
combinaciones de alimen-tos”.— The
Kress Collection, p. 144.
[24]
“En
la reforma alimenticia hay verdadero sentido común. El asunto debe ser
estudiado con amplitud y profundidad, y
nadie debe criticar a los demás porque sus prácticas no armonicen del todo con
las propias. Es imposible prescribir una regla invariable para regular los
hábitos de cada cual, y nadie debe erigirse en juez de los demás. No todos
pueden comer lo mismo. Ciertos alimentos que son apetitosos y saludables para
una persona, bien pueden ser desabridos, y aun nocivos, para otra. Algunos no
pueden tomar leche, mientras que a otros les asienta bien. Algunos no pueden
digerir guisantes ni judías; otros los encuentran saludables. Para algunos las
preparaciones de cereales poco refinados son un buen alimento, mientras que
otros no las pueden comer”.— El ministerio de curación, p. 246. “No
hagamos de la reforma de la salud un armazón de hierro, cortando a las personas
o estirándolas para que encajen en él. Una persona no puede ser la norma para
todas las demás. Lo que queremos es un poco de buen sentido común. No seamos
extremistas. Si usted va a equivocarse, sería mejor hacerlo del lado de las
personas antes que del lado en el que no se las puede alcanzar. No sea
excéntrico por el hecho de ser excéntrico. Afuera con las tortas. Las personas pueden
matarse con los dulces. Se les hace más daño a los
niños con
los dulces que con cualquier otra cosa”.—Sermons and Talks, t. 1, p. 12.
[25]
“El
mundo está lleno de mujeres con poca vitalidad y menos sentido común. La
sociedad necesita grandemente mujeres jóvenes, sensibles, que no teman trabajar
y ensuciarse las manos. Dios les dio manos para emplearlas en el trabajo útil.
Dios no nos dio la maravillosa maquinaria del cuerpo humano para paralizarnos
por la inacción. La maquinaria viviente que Dios diseñó debiera estar
diariamente en actividad, y en esta actividad o movimiento de la maquinaria reside
su poder preservador. El trabajo manual activa la circulación de la sangre.
Cuanto más activa sea la circulación más libre estará la sangre de
obstrucciones e impurezas. La sangre nutre el cuerpo. La salud del cuerpo
depende de la circulación saludable de la sangre. Si el trabajo se lo realiza sin
entusiasmo, es una labor monótona, y no se obtiene el beneficio que debiera
derivarse del ejercicio”.—Signs of the
Times, 29 de
abril de 1885.
[26]
El
evangelismo, p. 393.
[27]
“No
permitamos que prevalezca la idea de que el Retiro de Salud es un lugar donde
los enfermos se sanan por la oración de fe. Hay casos cuando se hará esto, y
necesitamos tener fe en Dios constantemente. Que nadie piense
que
aquellos que han abusado de sí mismos y no se han cuidado inteligentemente
pueden venir al Retiro de Salud
y ser
sanados por la oración de fe, porque esto es presunción. Veo tan poca
sabiduría, tan poco sentido común
puesto en
práctica por algunos de nuestros hermanos, que mi corazón está enfermo,
dolorido y angustiado. No tienen ideas sensatas ni honran a Dios. Necesitan un
toque divino. Si alguna vez prevaleciese la idea de que los enfermos pueden
venir al Instituto para ser curados por la oración de fe, usted tendrá tal estado
de cosas que no puede ni siquiera imaginar ahora, aunque se lo explicara con el
mejor idioma que pudiese emplear”.—MR, t. 7, p. 370
(1886).
[28]
“Vi
que nuestros ministros se estaban perjudicando grandemente por el uso
descuidado de sus órganos vocales. Se les llamó la atención a este importante
asunto, y por el Espíritu de Dios se les dieron advertencias e instrucciones.
Era su deber conocer la manera más sabia de usar estos órganos. La voz, este
don del cielo, es una facultad poderosa para el bien, y si no es pervertida,
glorificará a Dios. Lo esencial era estudiar y seguir concienzudamente unas
pocas reglas sencillas. Pero en vez de educarse a sí mismo, como podrían haber
hecho mediante el ejercicio de un poco de sentido común, emplearon a un profesor
de elocución”.—Testimo-nies
for the Church, t. 4, p. 604. Ver también Medical Ministry, pp. 264-265.
[29]
Joyas
de los testimonios, t. 1, p. 144.
[30]
La
educación, p. 216.
[31]
El
evangelismo, p. 368.
[32]
“Los
cristianos no debieran afanarse por vestirse de manera diferente del mundo a
tal punto que por el espectáculo que presentan llamen la atención de los demás.
Pero si al seguir su convicción del deber en cuanto a vestirse modesta y saludablemente
se encuentran fuera de la moda, no debieran cambiar su vestimenta a fin de ser
como el mundo; pero sí debieran manifestar una noble independencia y valor
moral para ser correctos, aunque todo el mundo difiera de ellos. Si el mundo
introduce una moda de vestir que es modesta, conveniente y saludable, que está de
acuerdo con la Biblia, el adoptar dicho estilo de vestir no cambiará nuestra
relación con Dios o con el mundo. Los cristianos debieran seguir a Cristo y
hacer que su vestimenta se conforme a la Palabra de Dios. Debieran evitar los
extremos. Debieran procurar humildemente una línea de conducta recta, sin tener
en cuenta el aplauso o la censura, y debieran aferrarse a lo correcto en virtud
de sus propios méritos”.—Testimonies, t. 1, pp. 458-459 (1864).
[33]
Id., p. 333.
Para ver el Manuscrito 167, 1897, en su totalidad, donde Elena de White enunció
principios orientadores sobre la reforma de la vestimenta, ver el apéndice en
D. E. Robinson, The Story of Our Health Message (Nashville: Southern
Publishing Association, 1965, tercera edición), pp. 441-445.
[34]
Mensajes
selectos, t. 2, p. 368.
[35]
Id., pp.
368-369.
[36]
“Los
jóvenes confían demasiado en los impulsos. No deberían entregarse demasiado
presto ni dejarse cautivar tan pronto por el exterior atrayente del objeto de
su afecto… Si en algo se necesita el buen sentido es en esto, pero el hecho es que
éste tiene poco que ver en el asunto”.—Mensajes para los jóvenes, pp.
447-448. Ver Review and Herald,
26 de enero, 1886.
[37]
Al
extender una apelación a una esposa egocéntrica, Elena de White escribió: “¿Piensa
usted que no se chasqueará su esposo cuando descubra lo que Dios me ha mostrado
que usted es? ¿Se casó usted con la expectativa de que no llevaría cargas, no
compartiría perplejidades, no ejercitaría abnegación? ¿Pensaba su esposo que
usted se sentiría sin ninguna obligación de controlar el yo, de ser alegre, amable
y paciente, y de ejercer el sentido común?”—MR, t. 16, p. 310
[38]
Bio., t. 4, pp.
26-27.
[39] Id., p. 215.
[40] Id., p. 154. Para una lectura adicional sobre el
desarrollo del Colegio de Avondale bajo la dirección divina, ver p. 355.
[41] Id., p. 224.
[42] Id., pp. 292-293.
[43] “My
‘Special’ Grandmother” (Mi abuela ‘especial’), The Youth’s
Instructor, 5 de diciembre, 1961.