Capítulo
6
Salud Física
“Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis
temores” (Sal. 34:4).
Elena de White no fue una “supermujer”, aunque su programa
de trabajo y sus logros parecieran indicar lo contrario. Imagínese a alguien
que en 1885 ya había cruzado 24 veces los Estados Unidos, sólo 18 años después
que las compañías ferroviarias Union Pacific y Central Pacific se habían unido
cerca de Ogden, Utah, en 1867.[1] Luego
recuerde que esta dirigente viajera de la iglesia hablaba a grupos grandes y
pequeños doquiera iba. ¡Y cuánto escribía! Cuando ella murió dejó tras sí unas
100.000 páginas de materiales publicados e inéditos, todas ellas escritas originalmente
a mano. Se cree que ella fue “el tercer autor más traducido en la historia de la
literatura, la escritora más traducida, y el autor norteamericano más
traducido, ya sea hombre o mujer”.[2]
Pero
aquellos que la conocían veían en ella más que una oradora pública de 1,57 m de
altura (5 pies y 2 pulgadas) y una prodigiosa escritora, incansable en su
consagración de toda la vida a causas nobles. Como ya hemos notado, fue una
activa ama de casa, una es-posa noble y leal, y una madre afectuosa y cariñosa.
¿Cómo podría ser todo esto cuando, a los nueve años de edad,
los médicos le dieron sólo unos meses de vida tras las complicaciones que
siguieron a un golpe fatal en el rostro?[3]
Algunos
han sugerido que el trauma que sufrió temprano en la vida le dañó el lóbulo temporal
de su cerebro. Este golpe, especulan, determinó que tuviese un tipo de epilepsia
conocido como ataque apoplético parcial múltiple. A su vez, alegan que las
visiones de Elena de White se debieron a una epilepsia del lóbulo temporal, no
a una revelación divina.
En respuesta a la acusación de que había tenido epilepsia
del lóbulo temporal, ocho profesores de la Escuela de Medicina y Enfermería de
la Universidad de Loma Linda, incluyendo a tres neurólogos, más un psiquiatra del
norte de California, estudiaron las evidencias disponibles. En 1984 escribieron
su informe titulado, “¿Tuvo Elena de White ataques apopléticos parciales múltiples?”
[4]
El informe declaró: “El diagnóstico de un desorden
apoplético parcial múltiple (del lóbulo temporal o epilepsia psicomotora) es a menudo
difícil de hacer, aun con la ayuda de técnicas modernas como la electroencefalografía
y la
grabación mediante videos. Por lo tanto, el establecimiento de un diagnóstico
tal, hecho retrospectivamente en una persona que murió hace casi 70 años, y
respecto a la cual no existen registros médicos, sólo puede ser, en el mejor de
los casos, especulativo, insustancial y controversial.
“Los artículos y presentaciones recientes que sugieren que
las visiones y escritos de Elena de White fueron el resultado de un desorden apoplético
parcial múltiple, contienen muchas inexactitudes. El razonamiento ambiguo y la
aplicación errónea de los hechos han dado como resultado que se llegue a conclusiones
engañosas.
“Este comité fue
nombrado para evaluar la hipótesis de que Elena G. de White tuvo ataques
apopléticos parciales múltiples. Después de una cuidadosa revisión de los materiales
autobiográficos y biográficos disponibles considerados a la luz del
conocimiento actual de este tipo de ataques, es nuestra opinión que: (1) No hay
evidencias convincentes de que Elena de White sufrió de ningún tipo de
epilepsia. (2) No hay posibilidad de que ataques apopléticos parciales
múltiples sean la causa de las visiones de la Sra. White o de su papel en el
desarrollo de la Iglesia Adventista del Séptimo Día”.[5]
Donald I. Peterson, M.D., profesor de neurología en la
Escuela de Medicina de la Universidad de Loma Linda y jefe de neurología en el
Hospital General de Riverside, California (autor de más de sesenta artículos en
el campo
de la
neurología, aparecidos en revistas científicas), dio una respuesta más extensa
a este asunto. En Visions or Seizures:
Was Ellen White the Victim of Epilepsy? (Visiones o ataques: ¿Fue Elena de
White víctima de epilepsia?)[6]
él examinó
ciertas acusaciones de que Elena Harmon sufrió severo daño cerebral, que sus “visiones”
eran características de ataques apopléticos
parciales múltiples, que sus rasgos físicos durante las “visiones” eran
característicos de un desorden apoplético parcial múltiple (“automatismos”),
etc.
Después de examinar los aspectos técnicos de las acusaciones
a la luz del conocimiento médico más reciente, el Dr. Peterson negó
rotundamente la menor correlación entre la condición de Elena de White durante
las
visiones o su capacidad prolífica como escritora (hipergrafía) con cualquier
indicación de cualquier clase que sugeriría daño cerebral y como resultado un
desorden apoplético parcial múltiple. Concluyó: “Un examen cuidadoso de [estas]
teorías a la luz del registro histórico muestra que han fracasado [en su
intento de] establecer que la enfermedad’
de Elena de White consistió en una seria herida del lóbulo temporal, o que los
fenómenos asociados con sus visiones armonizaban con un desorden apoplético
parcial… Este investigador tiene la convicción de que las
mismas
fueron una manifestación del verdadero don profético, no alguna forma de epilepsia”.[7]
Después del accidente a los nueve años de edad, ella fue
atormentada por dolores de cabeza, inflamación de los ojos y debilidades respiratorias.
La tuberculosis la con-sumía, y los médicos no ofrecían ninguna esperanza, sólo
la de una muerte temprana. La hidropesía, un problema del corazón, la afectó
durante la mayor parte de su vida.
Cuando
recibió su primera visión, en diciembre de 1844, tuvo que ser transportada en
una silla de ruedas a la casa de Elizabeth Haines; no podía hablar más que en
un susurro.[8]
Cuando se la invitó a compartir su visión de diciembre en
Poland, Maine, a fines de enero de 1845, no tenía voz. Sin embargo, cuando
comenzó a hablar, se cumplieron todas las promesas que Dios le había dado respecto
a su
constante poder. Elena habló con una voz clara y audible durante casi dos horas,
sin fatiga.[9] Esta
experiencia en la que su fuerza se restauraba en el púlpito ante los ojos de
aquellos que veían la asombrosa transformación
de la
debilidad al vigor, se repitió muchas veces en su largo ministerio.
A comienzos del verano de 1845, la joven Elena, físicamente
debilitada, tuvo una notable visión: “Hasta ese momento no podía escribir. Mi
mano temblorosa era incapaz de sostener la pluma con firmeza. Mientras estaba en
visión, un ángel me ordenó que la escribiese. Intenté hacerlo y escribí sin
dificultad. Mis nervios se fortalecieron, y mi mano se volvió firme”.[10]
En 1854, estando embarazada de su tercer hijo, Elena de
White, con 26 años de edad, estaba batallando con problemas de salud. Ella
recordaba: “Me era difícil respirar mientras estaba acostada y no podía dormir
a menos
que
estuviera en una posición casi sentada. Tenía una inflamación en el párpado de mi ojo izquierdo que
parecía ser cáncer. Había estado creciendo gradualmente por más de un año hasta
llegar a ser muy dolorosa, y me afectaba la visión”.[11]
Un “médico célebre de Rochester” le proveyó una “solución
para los ojos” después de decirle que pensaba que la inflamación resultaría ser
cancerosa. Pero después de sentirle el pulso, le dijo que moriría de apoplejía
antes
que el
cáncer se desarrollase. “Usted está en una condición peligrosa con una enfermedad
del corazón”, le aseguró.
Al cabo de unas pocas semanas sufrió un ataque de apoplejía
que le dejó inútiles su brazo y costado izquierdos, y su lengua entumecida. Por
todas partes se ofrecieron oraciones en su favor, pero no se produjo la
curación. Sin embargo, ella mantuvo su certeza de que Dios la amaba. Le susurró
a Jaime: “ ‘Creo que me recuperaré’. El contestó: ‘Desearía poder creerlo’. Me
acosté esa noche sin sentir alivio, pero descansando con firme confianza en las
promesas de Dios. No podía dormir, pero continué mi oración silenciosa a Dios.
Justo antes de que llegase el día me dormí”.
Cuando ella se despertó, su esposo apenas podía “comprender
al principio lo que había pasado; pero cuando me levanté, me vestí y caminé por
la casa, y él presenció el cambio en mi rostro, pudo alabar a Dios conmigo.
Mi ojo
afectado estaba libre de dolor. Pocos días después el cáncer había
desaparecido, y mi visión estaba plenamente restaurada. La obra había sido
completa”.
Su médico declaró más tarde que había ocurrido un cambio
“completo”, un misterio que trascendía su capacidad de comprensión.[12]
Dos años más tarde, Elena de White se resbaló en el hielo,
torciéndose malamente un tobillo, por lo que tuvo que usar muletas durante seis
semanas. Eventualmente el reumatismo le afectó ambos tobillos y le molestó
severamente
hasta el día de su muerte.
Cuando en marzo de 1860 se hallaba en su tercer mes de
embarazo, ella, con Jaime, se dirigieron hacia el oeste, a Iowa. El informe de Jaime
en la Review (6 de marzo) fue gráfico: “Dejamos Battle Creek a las 3:00
de
la tarde,
cambiamos de tren a medianoche en Chicago, llegamos al río Mississippi a las
7:00 de la mañana, cruzamos el hielo a pie y caminamos detrás del equipaje que
era arrastrado en un trineo por cuatro hombres, porque
el hielo
estaba demasiado débil como para sostener a los caballos; y sentimos alivio cuando
pisamos en tierra de Iowa”.
La primera noche en Iowa, Elena se enfermó gravemente y
vomitaba sangre. Pero ella siguió adelante, en medio del barro de la época de
primavera en Iowa, y habló a menudo en las reuniones.
Después del nacimiento de John Herbert, ella recuperó
lentamente las fuerzas. Seis semanas después del parto, le comentó por carta a
Lucinda Hall que se sentía tan débil que ascendía las escaleras gateando de
rodillas, y que “de vez en cuando lloraba para desahogarse” y encontraba que
“esto me hace bien”. Apenas tres meses después de haber nacido, el bebé murió.
Los años que Elena de White pasó en Australia fueron los más
productivos, no sólo por ayudar a establecer un sólido programa educativo y
evangelístico en ese joven país, sino al escribir El Deseado de todas las
gentes, más miles de páginas de cartas oportunas. ¡Pero esto tenía su
costo! Sus enfermedades en Australia fueron devastadoras: “Hice el largo viaje y asistí a la conferencia
realizada en Melbourne… Justamente antes que terminase
la
conferencia, fui afectada por una enfermedad grave. Sufrí durante once meses de
fiebre palúdica y de reumatismo inflamatorio. En ese período pasé por el
sufrimiento más terrible de toda mi vida. No podía levantar los pies del suelo
sin sufrir de gran dolor. La única parte del cuerpo libre de dolor era el brazo
derecho, del codo para abajo. Las caderas y la espina dorsal me dolían
constantemente. No podía estar acostada por más de dos horas a la vez, aunque
debajo de mí tenía almohadones de hule. Me arrastraba a una cama similar para
cambiar de posición. Así
pasaban
las noches… Los médicos me dijeron que nunca volvería a caminar, y yo temía que
mi vida iba a ser un conflicto perpetuo con el sufrimiento”.[13]
¿Cómo se las arreglaba para sobrellevar todo esto? Aquellos
que estaban a su lado pudieron confirmar con gratitud las reflexiones que Elena
hizo posteriormente: “Pero había un aspecto alegre en todo esto. Mi Salvador
parecía
estar muy cerca de mí. Sentía su sagrada presencia en mi corazón y estaba agradecida
por ello. Estos meses de sufrimiento fueron los meses más felices de mi vida debido
al compañerismo de mi Salvador. El era la esperanza y corona de mi regocijo. Estoy
muy agradecida de que tuve esta experiencia porque conozco mejor a mi precioso Señor
y Salvador…
“Al principio sentí que no podía soportar esta inactividad.
Creo que me sentía molesta por la
situación, y a veces me rodeaban las ti-nieblas. Esta falta de resignación tuvo
lugar al comienzo de mi sufrimiento e
invalidez, pero no pasó mucho tiempo antes que viera que la aflicción era parte
del plan de Dios. Repasé cuidadosamente la historia de los últimos años y la
obra que el Señor me había dado que hiciera. Ni una vez me había fallado. A
menudo se había manifestado de una manera notable, y no vi nada en el pasado de
lo cual quejarme. Comprendí que, como hebras de oro, habían ocurrido hechos
preciosos a lo largo de esta severa experiencia.
“Entonces oré fervientemente y me di cuenta continuamente de
cuán dulce consuelo hay en las promesas de Dios: ‘Acercaos a Dios, y él se
acercará a vosotros’. ‘Vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará
bandera contra él’ ”.[14]
Por razones que sólo Dios puede
explicar, Elena de White sufrió mucho en su vida. Sin embargo, fue una mujer
notablemente productiva y activa, y de su sufrimiento provino una filosofía del
sufrimiento que ha sido una roca
sólida
para millones. Su libro El ministerio de curación, además de muchos
centenares de cartas dirigidas a personas que también estaban sobrellevando
gran aflicción, jamás podrían haber sido escritos sin que su propia experiencia
proveyera el marco humano para principios divinos básicos sobre este tema.
Una cosa es cierta: Elena de White jamás usó el hecho de que
sufría muchas aflicciones físicas como un medio para que otros le tuviesen
lástima. Por el contrario, cuando otros veían su espíritu alegre y su firme
resolución
bajo
intensa adversidad física, cobraban ánimo.[15]
Su vida de producción literaria y ministerio personal, más
sus extensos viajes públicos, demuestran su vigorosa percepción del hecho de
que la voluntad humana puede triunfar sobre las penurias físicas en la prosecución
del plan
de Dios para la vida de uno. En 1915, llegar a los 87 años de edad no era algo común.
Su último trozo escrito del que se tenga conocimiento, una carta del 14 de
junio de 1914, rebosaba de esperanza y gozo cristiano.[16] La causa de su muerte, como se
registró tanto en su certificado de defunción como en los registros del
custodio del cementerio, fue: “Miocarditis crónica; astenia resultante de la fractura
intracapsular del fémur izquierdo (13 de febrero, 1915) (factor contribuyente);
arteriosclerosis (factor contribuyente secundario)”.
Referencias
[1] Manuscrito
16, 1885, citado en D. A. Delafield, Elena G. de White en Europa, p. 27.
Ver pp. 104-105.
[2] Roger Coon, A Gift of Light (Washington, D.C.:
Review and Herald Publishing Association, 1983), p. 21.
[3] Al
referirse a su nariz fracturada y a la pérdida de sangre, Elena de White
informó: “Los médicos pensaron que podrían ponerme en la nariz un cable de
plata para sostenerla en su forma [sin anestesia, por supuesto], pero dijeron
que sería de poca utilidad; que yo había perdido tanta sangre que mi
recuperación estaba en duda; que si yo me mejorase, no podría vivir por mucho
tiempo. Estaba reducida casi a un esqueleto”.—Spiritual Gifts, t. 2, p.
9. A fines de 1840 ella no estaba mejor: “Mi salud se deterioró rápidamente. Sólo
podía hablar en un susurro, o con un tono quebrado de voz. Un médico dijo que
estaba enferma de tuberculosis hidrópica; que el pulmón derecho estaba
consumido, y el izquierdo, afectado. Pensó que no podría vivir mucho, que podría
morir muy repentinamente. Me era muy difícil respirar al estar acostada, y por
las noches me sostenía estando en una posición casi sentada, y a menudo me
despertaba con mi boca llena de sangre”.—Id., p. 30.
[4] Ministry, agosto,
1984, y se hace referencia a esto en Adventist Review, 16 de agosto,
1984.4
[5] Ibíd.
[6] Boise, Idaho: Pacific Press Publishing Association,
1988.
[7] Id., pp.
26-27.
[8] Spiritual Gifts, t. 2, p. 30; Documento Archivo N.o 230 (Centro White), J. N.
Loughborough, “Some Individual
Experiences”, p. 44.
[9] Id., p. 38.
[10] Id., p. 60. Años más
tarde, ella hizo la siguiente reflexión: “El Señor ha dicho: ‘Escribe las cosas
que yo te daré’. Y comencé a hacer este trabajo cuando era muy joven. La mano que
estaba débil y temblorosa debido a mis enfermedades, se volvió firme tan pronto
como tuve la pluma en la mano, y desde esos primeros escritos he podido
escribir… La mano derecha apenas ha tenido alguna vez una sensación desagradable.
Nunca se cansa”.—Elena G. de White, Manuscrito 88a, 1900, citado en Bio.,
t. 1, pp. 91-92.
[11] Notas
biográficas de Elena G. de White, p. 165.
[12] Bio., t. 1, pp.
292-293.
[13] Bio., t. 4, pp.
31-32.
[14] Manuscrito
75, 1893, citado en Bio., t. 4, p. 33.
[15] Podrían
citarse numerosas ocasiones que demuestran el variado estrés físico que Elena
de White soportó sin quejarse. Por ejemplo, estando en Nueva Zelanda en 1893,
tuvo problemas con abscesos en la dentadura. Sabía por experiencia que era
alérgica a medicamentos para calmar el dolor. Recogemos la historia de su
diario del 5 de julio: “La hermana Caro [una dentista] vino por la noche; está
en la casa. La encontré en la mañana en la mesa del desayuno. Ella dijo: ‘¿Lamenta
usted verme?’ Le contesté: ‘Ciertamente, me alegro de encontrarme con la
hermana Caro. No estoy tan segura si me agrada encontrarme con la Sra. Dra.
Caro, la dentista’. “A las diez yo estaba en la silla, y en un corto tiempo me fueron
extraídos ocho dientes. Me sentí contenta de que el trabajo había terminado. No
hice muecas de dolor ni gemí... Le había pedido al Señor que me fortaleciese y
me diese gracia para soportar el
doloroso proceso, y sé que el Señor oyó mi oración. “Después que los dientes
fueron extraídos, la hermana
Caro
temblaba como la hoja de un álamo temblón. Las manos le temblaban, y estaba
sufriendo de dolor… Tenía mucho temor de causarle dolor a la hermana White…
Pero ella sabía que debía realizar la operación y procedió a ejecutarla”. El
diario concluye con la paciente convirtiéndose en asistente, cuando Elena de
White condujo a la Dra. Caro a una silla y encontró algo para
refrescarla.—Manuscrito 81, 1893, citado en Bio., t. 4, p. 98.
[16] Testimonios
para los ministros, pp. 516-520.