Capítulo 5

 

Mensajera, esposa y madre

 

“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?… El corazón de su marido está en ella confiado… Fuerza y honor son su vestidura; y se ríe de lo por venir… Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba; muchas mujeres hicieron el bien; mas tú sobrepasas a todas” (Prov. 31:10-11, 25, 28-29).

 

Durante el año 1845, Elena Harmon fue invitada a compartir sus primeras visiones con grupos adventistas en Maine, New Hampshire y Massachusetts. Un joven predicador, seis años mayor que Elena, se convenció de que sus visiones eran genuinas y que su mensaje de aliento era necesario. Y así fue como Jaime White entró en la vida de la joven Elena, pero no con ideas románticas al principio.

 

En realidad, por unos pocos meses después del 22 de octubre, él y muchos otros pertenecientes al cuarto grupo de milleritas mencionados en el último capítulo consideraban el matrimonio como una negación de su fe en el pronto regreso de Cristo. En el Day Star, Jaime condenó a una pareja que, al anunciar su próxima boda, había “negado su fe al publicar el anuncio del casamiento, y todos nosotros consideramos esto como una treta del diablo. Los fieles hermanos en Maine que están esperando que Cristo venga no comulgan con dicho plan”.[1]

 

Pero la realidad y el sentido común prevalecieron. ¡Jaime descubrió que el amor se estaba volviendo más que un principio! Después de comprender que su ministerio conjunto con la joven Elena, aunque siempre acompañados por una hermana de ella, Sarah, o por otros fieles amigos, estaba provocando comentarios, él le propuso matrimonio. Elena aceptó su propuesta y un juez de paz los casó en Portland, Maine, el 30 de agosto de 1846.[2]

 

Elena recordó después de la muerte de Jaime que “no había pasado un año antes de que Jaime White hablase del asunto conmigo. Dijo que algo había surgido, y que él tendría que marcharse y dejarme salir con cualquiera que yo quisiese, o que debíamos casarnos. Dijo que algo debía hacerse. De modo que nos casamos, y hemos estado casados desde entonces. Aunque él ha muerto, siento que es el mejor hombre que jamás haya vivido en esta tierra”.[3]

 

Jaime consideraba a Elena como su “corona de gozo”.[4]

 

L. H. Christian, por mucho tiempo dirigente de la iglesia, recordó una conversación con una mujer que, en su temprana juventud, había jugado con la joven Elena y recordaba su triste accidente. Cuando Christian le preguntó qué recordaba acerca de Elena cuando era joven, ella respondió con una sonrisa: “Bien, esa es una historia interesante que me encanta relatar. Jaime era unos seis años mayor que Elena. Nosotros éramos jóvenes del mismo grupo. Su amistad fue un modelo y una inspiración para todos nosotros, y su casamiento, un evento feliz y muy hermoso”.[5]

 

Así comenzó un notable matrimonio de 35 años de duración, fundado en su amor mutuo y en la convicción de que las visiones de Elena eran de origen divino. Elena Gould Harmon llegó a ser la Sra. Elena G. de White, el nombre por el cual se la conoce como la profetisa/mensajera de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

 

El público vio a Elena como la predicadora que exhortaba al reavivamiento y a Jaime como el organizador. “Como marido y mujer ellos formaban un equipo evangélico único y fuerte. Sus métodos y la división del trabajo eran perfectos. Los adventistas nunca han tenido quienes los igualen”.[6]

 

Aun antes de su matrimonio, Jaime reconoció las habilidades excepcionales de Elena como predicadora: “Aunque tenía apenas dieciséis años, era una obrera en la causa de Cristo en público y de casa en casa. Era una resuelta adventista, y sin embargo su experiencia era tan rica y su testimonio tan poderoso que ministros y hombres sobresalientes de diferentes iglesias buscaban sus servicios como una exhortadora en sus diferentes congregaciones. Pero en ese entonces ella era muy tímida, y no se imaginaba que sería conducida ante el público para hablar a multitudes”.[7]

 

Como Jaime era conocido por su persistencia y su juicio sólido, los adventistas de su tiempo lo consideraban un dirigente de confianza. No sólo era un estratega sino que peleaba como  un guerrero en el campo de batalla. Comenzó de la nada la obra de publicaciones de la iglesia, alentó la organización de la iglesia, y desarrolló un sistema educacional cuando otros veían eso sólo como un sueño. Su fe vigorosa y su alegría contagiosa movían a los oyentes. Aparecían los fondos y el apoyo. Su notable talento comercial libró a la denominación de muchas situaciones embarazosas.[8]

 

Cuando murió Jaime White, el director del Battle Creek Journal, quien había presenciado de cerca la mayoría de las iniciativas de White, escribió: “Fue un hombre de la escuela patriarcal, y su carácter fue formado en un molde heroico. Si la claridad lógica para formular un credo, si el poder para contagiar a otros con el celo de uno e impresionarlos con las propias convicciones; si la capacidad ejecutiva para establecer una secta y darle forma y estabilidad, si el genio para moldear y dirigir el destino de grandes comunidades fuesen una marca de la verdadera grandeza, el pastor White ciertamente tiene derecho a recibir tal apelativo, porque no sólo poseyó una de esas cualidades sino todas ellas en un grado notable”.[9]

 

Sin embargo, Jaime White probablemente no sería admirado y recordado hoy tan vívidamente si no hubiese unido sus fuerzas con alguien que poseía el espíritu de profecía. L. H. Christian escribió: “Grande como fue el servicio de liderazgo del pastor White a la causa adventista, su mayor servicio fue su fe permanente en el espíritu de profecía y su defensa de este don. Que él —un vigoroso hombre de negocios de amplio sentido común y de juicio equilibrado, absolutamente libre de fanatismo, siempre en contra de las manifestaciones espurias de la religión, y que conocía íntimamente a la mensajera como su esposa— abogase siempre tan lealmente en favor del llamamiento y trabajo de ella como una mensajera de Dios, les dio a nuestros miembros gran confianza en sus testimonios… Para él la misión de su vida era ser un instrumento para dar a conocer a la iglesia las visiones del Señor dadas a su compañera. Estos testimonios lo instruyeron y reprendieron a él tanto como a otros, pero los aceptó y siguió implícitamente como luz del cielo”.[10]

 

Mensajera y arquitecto, profetisa y apóstol, “Jaime y Elena White fueron un equipo invalorable. Elena compartió con Jaime su sabiduría basada en sus revelaciones; él actuó vigorosamente para implementar lo que ella aconsejaba y lo que a él le parecía que estaba respaldado por el] sentido común”.[11]

 

El papel de Elena de White como una es-posa amante y leal está bien documentado. En 1876, mientras vivían en Oakland, California, Elena, entonces de 48 años, sintió la necesidad de concentrarse en la terminación del segundo tomo de The Spirit of Prophecy, que destacaba la vida y la obra de Cristo. Jaime salió solo hacia Battle Creek para asistir a una sesión especial de la Asociación General.

 

Dos días después de su partida, ella le escribió una nota típica (24 de marzo): “Todos estamos bien como de costumbre. Nos toma un poco de tiempo calmarnos tras la emoción producida por tu partida. Puedes tener la seguridad de que te extrañamos. Sentimos la falta de tu compañía especialmente cuando nos reunimos junto a la chimenea por las noches. Sentimos tu ausencia cuando nos sentamos en torno a la mesa del comedor. Pero con el transcurso del tiempo nos acostumbraremos más a esto. Hoy hemos estado escribiendo”.[12]

 

Unas pocas semanas más tarde ella escribió una carta que reveló más de su sentido de humor como también su cálida relación con Jaime. Parte de la carta reza: “Anoche te había escrito una carta bien extensa, pero se derramó tinta sobre ella haciendo una mancha fea, y no te la mandaré. Anoche recibimos tus pocas palabras en una tarjeta postal: ‘Battle Creek, 11 de abril. Ninguna carta tuya por dos días, Jaime White’.

 

“Esta extensa carta fue escrita por ti. Gracias, porque sabemos que estás vivo. Ninguna carta de Jaime White previa a ésta desde el 6 de abril de 1876. Estuvimos muy agradecidos de recibir de la Hna. Hall unas pocas líneas el 9 de abril con referencia a ti. He estado esperando ansiosamente algo para contestar”.

 

Luego siguió una extensa descripción del paseo del día anterior en la bahía de San Fran-cisco, en el que las altas olas le hicieron recordar de los discípulos en el tormentoso mar de Galilea. Unas pocas líneas más adelante, “Te escribiré cada mañana… ¿Harás tú lo mismo?”[13]

 

Varios días más tarde, ella expresó por escrito su afecto a Jaime y la soledad que sentía cuando él estaba ausente: “Estamos todos bastante bien y contentos. Cada día sentimos un deseo más ferviente de una proximidad más sagrada a Dios. Esta es mi oración cuando me acuesto, cuando me despierto por la noche, y cuando me levanto por la mañana: Más cerca mi Dios de ti, más cerca de ti”.[14]

 

Como tarde o temprano lo descubren los esposos más maduros, en el matrimonio llegan momentos de tensión. En 1876, Jaime, con 55 años de edad, estaba llevando responsabilidades extremadamente pesadas como presidente de la Asociación General y también era el firme consejero de la obra de publicaciones. A menudo su mayor preocupación consistía en que pocos de sus colegas eran tan esforzados y valientes como él para enfrentar los desafíos. Por ser un hombre de acción, Jaime tendía a volverse dictatorial y exigente. A veces sentía que no era apreciado. Al experimentar los efectos de varios derrames cerebrales y el avance en edad, le asaltaban pensamientos de desaliento y resentimiento. En sus cartas a su esposa se filtraban pensamientos sombríos.

 

El 12 de mayo de 1876, Elena, a los 48 años de edad, contestó una de las cartas de su esposo de la siguiente manera: “Respecto a mi independencia, no he tenido más de la que debiera tener en el asunto considerando las circunstancias. No recibo [acepto] tus puntos de vista o interpretación de mis sentimientos sobre este asunto. Me entiendo a mí misma mucho mejor de lo que tú me entiendes a mí. Pero así tendrá que ser, y no diré más con respecto al asunto. Me alegro de que estés activo y feliz, y yo me regocijo que Dios me ha bendecido con libertad, con paz y con alegría y valor… Acudiré a Dios en busca de dirección y trataré de avanzar de la manera en que él me guíe en el camino”.[15]

 

Cuatro días más tarde escribió: “Me apena que yo haya dicho o escrito algo que te entristezca. Perdóname, y tendré cuidado de no iniciar ningún tema que te incomode o aflija. Vivimos en tiempos sumamente solemnes y no podemos permitirnos, a nuestra edad avanzada, tener diferencias que separen nuestros sentimientos. Quizás yo no vea todas las cosas como tú, pero no pienso que me correspondería o sería mi deber tratar de que veas las cosas como yo las veo y que sientas como yo siento. Si he hecho esto, lo siento mucho.

 

“Quiero un corazón humilde, un espíritu manso y sosegado. Donde he permitido, en cualquier caso, que mis sentimientos se agiten, ha sido un error…

 

“Deseo que el yo se esconda en Jesús. Deseo que el yo sea crucificado. No pretendo tener  infalibilidad, ni siquiera la perfección de un carácter cristiano. No estoy libre de equivocaciones y errores en mi vida. Si hubiese seguido más de cerca a mi Salvador, no tendría que lamentar tanto mi falta de conformidad con su querida imagen… Ya no escribiré más en mis cartas ni una línea ni una expresión que pueda causarte aflicción. Nuevamente, te digo, perdóname por toda palabra o acto que te haya lastimado”.[16]

 

Jaime y Elena escribieron sus emotivas cartas personales sin la menor idea de que algún día serían leídas por otros. A través de esas cartas adquirimos una comprensión fuera de lo corriente sobre cómo cristianos consagrados manejaban la tensión marital, y gracias a ellas otros esposos y esposas han recibido aliento y han aprendido a manejar sus propias tensiones y conflictos. Esas cartas se han convertido en fuente de esperanza y fortaleza para muchos matrimonios modernos.[17]

 

Su fidelidad mutua, ¿eclipsó momentos aislados de incomprensión? Ciertamente que sí. Los años venideros revelaron su amor constante y tenaz. Un año después de la carta precitada, la salud de Jaime comenzó nuevamente a fallar. A fines de octubre de 1877, Elena les escribió a su hijo William y a su esposa Mary en Battle Creek:

 

“Queridos hijos: Estoy cansada esta noche. He estado tratando de completar un material para el [Health] Reformer. Es difícil escribir mucho porque papá se siente tan solo que tengo que dedicarle mucho tiempo para acompañarlo. Papá está bastante contento, pero habla poco. Tenemos algunos períodos muy preciosos de oración. Creemos que Dios le devolverá la salud. Estamos de buen ánimo”.[18]

 

El quincuagésimo cumpleaños de Elena de White

 

Jaime todavía podía escribir, aunque hablaba  poco en público. En honor del quincuagésimo  cumpleaños de Elena, él escribió estas palabras en Signs of the Times:

 

 “Hoy, 26 de noviembre, la Sra. White cumple 50 años. Llegó a ser una cristiana devota a la tierna edad de 12 años, e inmediatamente se convirtió en una obrera en favor de otros jóvenes, y tuvo mucho éxito en ganarlos para Cristo.

 

 “A la temprana edad de 17 años llegó a ser una poderosa oradora pública, y podía mantener la atención de grandes auditorios durante una hora o más. Ella ha viajado y hablado a grandes auditorios, algunos de ellos de hasta veinte mil personas, desde el Atlántico hasta el Pacífico en dieciocho estados, además del Canadá. Ella ahora ha trabajado públicamente durante treinta y tres años.

 

 “Además de esta gran labor, ella ha escrito muchísimo. Sus libros ahora impresos suman no menos de cinco mil páginas, además de miles de páginas de carácter epistolar dirigidas a iglesias e individuos.

 

 “Y a  pesar de este gran trabajo, la Sra. White, a la edad de 50 años, es tan activa como lo ha sido en  cualquier época anterior en su vida, y más eficiente en sus trabajos. Su salud es excelente y durante las últimas dos temporadas de campestres ella pudo realizar tanto trabajo al hablar, exhortar y orar como dos de nuestros ministros más capaces…

 

“La Sra. White ingresa en los segundos cincuenta años de su vida con la confiada expectativa de pasar la mayor parte de ellos en la Tierra Nueva”.[19]

 

Estas son palabras de un esposo amante y agradecido.

 

El servicio solícito y dedicado de Elena como compañera de Jaime, especialmente en tiempo de enfermedad y desaliento, es legendario. Pero en cierta ocasión en 1878, Jaime, ahora ya de 58 años de edad, aunque intentaba mantener un riguroso programa como escritor, progresaba poco en el aspecto físico. Elena le escribió a Mary, esposa de William: “Soy su constante compañera en paseos a caballo y estando junto a la chimenea. Si yo saliese y me encerrase en una habitación, y lo dejase sentado solo, se pondría nervioso e intranquilo… El depende de mí y no lo dejaré en su debilidad”.[20]

 

En la noche del 4 de abril, Elena recibió una visión sobre la verdadera condición de su esposo, cuyos detalles registró por escrito al día siguiente:

 

“Querido esposo: Anoche soñé que un reconocido médico vino al cuarto mientras orábamos por ti. El dijo: ‘Está bien orar, pero el vivir vuestras oraciones es todavía más esencial. Vuestra fe debe estar sostenida por vuestras obras, de otro modo es una fe muerta…

 

“ ‘No eres valiente en Dios. Si hay algún inconveniente, en vez de adaptarte a las circunstancias, tú mantienes el problema en tu mente, por pequeño que sea, hasta tanto te parezca conveniente; por lo tanto, no ejercitas tu fe. Aun no tienes una fe verdadera. No ansías la victoria. Cuando tu fe se perfeccione por las obras, dejarás de estudiarte a ti mismo y pondrás tu caso en las manos de Dios, sobrellevando algo, soportando algo que no está exactamente de acuerdo con tus sentimientos.

 

“ ‘Todos los poderes de la tierra no podrían ayudarte a menos que tú trabajes en armonía, ejercitando tu razón y tu juicio y desechando tus sentimientos y tu inclinación. Estás en una condición crítica’ ”.

 

Luego el “reconocido médico” se volvió específico: “Tus propios hábitos depravados te están impidiendo no sólo a ti sino también a tu esposa el hacer la obra a la cual Dios los ha llamado…

 

“ ‘Te has sentido tan temeroso de que se reduciría tu vigor que has comido más de lo necesario, has colocado en tu estómago una cantidad de alimento mayor que lo que el sistema podría atender  satisfactoriamente… Debieras ingerir la comida seca, y dedicar más tiempo para masticarla. Come  lentamente y una cantidad mucho menor. En una comida no debiera colocarse en el estómago más que dos o tres platos diferentes… Estás muriendo a causa de teorías y sin embargo no haces un esfuerzo suficiente como para efectuar un cambio radical… Tu vida estaría más segura si te olvidaras de ti mismo. Dios tiene un trabajo para ti y para tu esposa. Satanás dice: “No cumpliréis el trabajo si yo tengo poder para controlar la mente. Puedo controlar todo y atarlos a ambos como con cadenas de hierro”… Puedes levantarte. Puedes librarte de esta invalidez’ ”.[21]

 

 El consejo dio resultado. Se sintió animado por la promesa de que “puedes levantarte. Puedes librarte de esta invalidez”. El desgastado presidente de la Asociación General estuvo de acuerdo en ir a Battle Creek y colocarse bajo el cuidado del Dr. John Harvey Kellog. El 24 de junio, Jaime le escribió a Elena: “Te informo que me siento mucho mejor”. Parte de esta alegría era el resultado de haber encontrado a un hombre que podía tomar notas taquigráficas, capacitándolo a Jaime a hacer “en dos días… lo que requeriría toda una se-mana”.[22]

 

A comienzos de julio, Jaime partió hacia su cabaña en Colorado con Dudley Canright y Mary White (William fue más tarde). Cuando Elena los encontró en agosto, escribió: “Encuentro a papá mejorado en todo sentido. Aquí está fresco todo el tiempo… Nuevamente papá está como era antes en casi todas las cosas. Se encuentra siempre contento”.[23]

 

Debido a citas de trabajo en el este de los Estados Unidos, Elena de White no quedó mucho tiempo en Colorado. Al informarles de nuevo a Jaime y a sus hijos en cuanto a lo ocurrido en Battle Creek, ella escribió con celo y sabiduría de esposa y de madre: “No consideres este tiempo de recreación como una labor monótona o una tarea. Deja a un lado tu trabajo; olvídate de lo que hay que escribir. Recorre el parque y observa todo lo que puedas… Desecha toda preocupación, y sé nuevamente un muchacho libre de cuidados… Papá necesita ser un muchacho nuevamente. Recorran todos los alrededores. Trepen las cuestas de las montañas.  Anden a caballo. Encuentren cada día algo nuevo para ver y gozar. Esto será en beneficio de la salud de papá. No sientan la menor ansiedad por mí. Verán qué buen aspecto tendré después que terminen los campestres… Procuren hacerse felices el uno al otro”.[24]

 

Hacia 1880 el cansado cuerpo de Jaime re-clamaba un descanso, aun cuando su cabeza continuaba planeando nuevas campañas. Otros ahora se encargaban de sus principales responsabilidades, pero la retirada no fue fácil para el general. En una carta del 18 de abril enviada a Elena, escribió: “Estoy considerando estas cosas con gran cuidado. No importa lo que el Señor te haya mostrado respecto a mi deber, dedica tiempo a registrarlo cuidadosamente por escrito y dame la idea completa… Los dos nos damos cuenta que hay mucho que se debe escribir, y nuestros hermanos nos urgen constantemente a que vayamos al campo para hablar. En el temor de Dios, debemos tomar este asunto en nuestras propias manos y ser nuestros propios jueces de lo que debiéramos hacer y de cuánto debiéramos hacer”.[25]

 

El “cansado guerrero” murió el 6 de agosto de 1881. La noticia conmovió a los adventistas desde el Atlántico hasta el Pacífico. Nadie podía considerar el desarrollo de la Iglesia Adventista sin pensar en Jaime White. Los elogios, aun de aquellos con quienes él había diferido, pusieron al valiente dirigente de iglesia en su debida perspectiva.[26]

 

Aunque estaba muy enferma, Elena de White se levantó de su lecho de paciente para elogiar a su “esposo fuerte, valiente y de noble corazón”. La esposa mensajera resumió el camino que habían recorrido juntos: “Y ahora él, en cuyo afecto generoso me he apoyado, con quien he trabajado, con quien he estado unida en el trabajo por treinta y seis años, me es arrebatado; pero puedo colocar mis manos sobre sus ojos y decir: Encomiendo mi tesoro a Dios hasta la mañana de la resurrección”.[27]

 

Unos pocos días después del funeral, Elena de White escribió a amigos íntimos: “La luz de mi hogar se ha apagado y de aquí en adelante debiera amarlo [el hogar de ellos] por causa de él [de Jaime], para quien era muy especial. Se ajustaba exactamente a su gusto… ¿Pero cómo podré jamás considerarlo como podría hacerlo si él aún viviera?”[28]

 

Cualquiera que repase la historia de su matrimonio debe concluir que se trató de una relación extraordinaria entre dos personas excepcionales. Cada uno tenía una absorbente vida pública, sin embargo su afecto mutuo fluía del uno hacia el otro a través de sus menajes y acciones. Aunque vivieron durante el “período victoriano”, la devoción cálida y perseverante de Elena a Jaime era mucho más que platónica. El aprecio que él sentía hacia ella era bien conocido, y cualquier esposa se sentiría feliz de gozar la profundidad de su afecto.

 

Después de verse liberada de sus responsabilidades de esposa debido a la pérdida de su compañero, ella viajó aun más extensamente. Su producción literaria llegó a ser incluso más abundante, no sólo en cantidad sino también en la profundidad de sus libros más extensos. Jaime había sido útil como editor, pero nunca fue la fuente de sus mensajes.

 

Una madre mensajera

 

Débora es quizás la profetisa bíblica mejor conocida. Su reputación era tan grande, su juicio y sus consejos tan respetados, que hasta su residencia se conocía como “la palmera de Débora, entre Ramá y Betel” (Juec. 4:5). Pero era más que una juez sabia. Sus contemporáneos confiaban en ella como una “madre en Israel” (Juec. 5:7; ver p. 18).

 

De igual manera, los contemporáneos de Elena de White la consideraron como una “madre de Israel”.[29] La conocían como una esposa y madre increíblemente ocupada, una ama de casa que proverbialmente abría su casa a los necesitados, los huérfanos y a cualquiera que necesitara una cama para pasar la noche. Cuando examinamos cómo ella se granjeó el respeto de sus contemporáneos mientras combinaba sus responsabilidades de madre con sus deberes públicos, eso nos ayuda a apreciar más plenamente sus consejos para las madres y padres de hoy día.

 

¿Pero cómo les iba a sus hijos mientras compartían a su ocupada madre con otros que le demandaban siempre más de su tiempo y energías?

 

Como fue mencionado previamente, Jaime y Elena tuvieron cuatro hijos, todos varones: Henry, nacido el 26 de agosto de 1847; Edson, el 28 de julio de 1849; William, el 29 de agosto de 1854; y John Herbert, el 20 de septiembre de 1860.

 

Herbert murió después de vivir sólo tres meses, víctima de erisipela. Su madre, entonces de 33 años, recordó así esta experiencia angustiosa: “Mi querido bebé estaba muy enfermo. Lo cuidamos ansiosos durante veinticuatro días y noches. Usamos todos los remedios posibles para lograr su recuperación y presentamos fervientemente su caso ante el Señor. A veces no podía controlar mis sentimientos al presenciar sus sufrimientos. Mucho de mi tiempo lo pasaba en lágrimas y en humilde súplica a Dios”.[30]

 

Ella describió las horas finales del pequeño: “Mi bebé estaba peor. Escuchaba su respiración difícil y sentía su muñeca sin pulso. Sabía que él iba a morir. Esa fue una hora de angustia para mí. La helada mano de la muerte ya estaba sobre él. Observamos su aliento débil y jadeante, hasta que cesó, y nos sentimos agradecidos de que sus sufrimientos habían terminado. Yo no podía llorar cuando mi niño estaba muriendo. Me desmayé en el entierro. El corazón me dolía como si fuese a romperse, sin embargo no pude derramar una lágrima… Después de regresar del servicio fúnebre, mi hogar parecía solitario. Me sentí en paz con la voluntad de Dios, sin embargo el abatimiento y la tristeza se apoderaron de mí”.[31]

 

El primogénito de Elena de White, Henry, murió a los dieciséis años. Había llegado a ser el deleite de sus padres como también el de una multitud de amigos. Su magnífica voz para el canto era bien conocida entre sus compañeros de trabajo en la casa publicadora, la Review and Herald. A fines de noviembre de 1863 se resfrió y este mal se convirtió en neumonía.

 

Fue tratado con drogas venenosas, lo indicado por la medicina convencional. Elena y Jaime habían usado la hidroterapia al principio de ese año para ayudar a dos de sus hijos a combatir la difteria, pero todavía no conocían su valor para tratar la neumonía.

 

Como podía predecirse, Henry decayó rápidamente.  El y sus padres hablaron abiertamente acerca de la muerte. El confesó francamente sus pecados; su fe se fortaleció y su confianza en la vida eterna fue más luminosa que nunca. Cierta mañana le dijo a su madre: “Prométeme, mamá, que si muero me llevarán a Battle Creek y me pondrán junto a mi hermanito, John Herbert, para que podamos levantarnos juntos en la mañana de la resurrección”.[32]

 

Más tarde le dijo a su padre: “Papá, estás perdiendo a tu hijo. Me extrañarás, pero no llores. Me escaparé de ser reclutado [para la Guerra Civil], y no presenciaré las siete últimas plagas. Morir tan feliz es un privilegio”.[33]

 

Durante sus últimas horas, Henry dictó mensajes de amonestación y confianza a sus jóvenes amigos en Battle Creek. Adelia Patten, una amiga íntima de la familia y una de las ayudantes de Elena de White, registró sus últimos momentos: “ ‘Madre, te encontraré en el cielo en la mañana de la resurrección, porque yo sé que tú estarás allí’. Luego llamó por señas a sus hermanos, padres y amigos, y les dio a todos un beso de espedida, después de lo cual señaló hacia arriba y susurró: ‘El cielo es dulce’. Esas fueron sus últimas palabras”.[34]

 

Después de la muerte de Henry, se publicó un pequeño libro que incluía el sermón que Uriah Smith predicó en el funeral, una breve biografía, y muchas de las frecuentes cartas que Elena de White les envió a él y a sus hermanos, especialmente cuando ella estaba ausente atendiendo responsabilidades de la iglesia. Esas cartas muestran claramente por qué Henry pudo morir con tal paz y confianza en Jesús.

 

Adelia Patten, que había vivido en el hogar de los White durante casi dos años, ayudó a compilar este librito, An Appeal to the Youth (Un llamado a la juventud). Ella escribió: “Ellas  [las cartas de la Sra. White a sus hijos] fueron escritas apresuradamente sólo para sus hijos, sin pensar en que se las haría públicas. Esto las hace aún más dignas de publicación, ya que en ellas se ven más claramente los verdaderos sentimientos de una madre piadosa”.[35]

 

Al leer estas cartas familiares íntimas, personales, leemos el corazón de una madre joven, y más tarde, de una madre madura, de un modo raramente revelado a otros.

 

Como podría esperarse, los niños White se desarrollaron como lo hacen todos los niños. Tuvieron que aprender mediante la experiencia y los consejos de los padres, como debieran hacerlo todos los niños. Más aún, Jaime y Elena White tuvieron que aprender a ser padres a medida que sus hijos se desarrollaban.

 

Consejo dado mediante una visión

 

En 1862, Elena, de 35 años de edad, y Jaime, de 41, estaban tratando diligentemente de balancear sus responsabilidades de la iglesia con el cuidado de sus tres hijos, que entonces tenían 15, 13 y 8 años. En una visión Dios intervino para darles a los padres algunos consejos necesarios: “Se me mostró respecto a nuestra familia que hemos fracasado en nuestro deber; no los hemos reprimido. Los hemos consentido demasiado, tolerándoles que siguiesen sus inclinaciones y deseos y permitiendo que se entreguen a sus insensateces… Nos encontramos separados de ellos tanto tiempo que cuando estamos con ellos debemos trabajar con perseverancia a fin de ligar sus corazones a los nuestros para que incluso cuando nos ausentemos podamos ejercer influencia sobre ellos. Vi que debiéramos instruirlos con sobriedad y sin embargo con bondad y paciencia, de manera uniforme. Satanás tienta activamente a nuestros hijos y los induce a ser olvidadizos y a entregarse a insensateces para que nosotros nos descorazonemos y aflijamos, y luego decidamos censurarlos y encontrarles faltas con un espíritu que sólo los ofenderá y desanimará en vez de ayudarlos.

 

“Vi que había sido un error reírse ante sus dichos y hechos y luego, cuando se equivocaban, caerles encima con mucha severidad aun delante de otros, lo que destruye sus delicados sentimientos y transforma en algo común el que se los censure por bagatelas y equivocaciones; de este modo se colocan accidentes y errores al mismo nivel de los pecados y las faltas reales. Se amargarán y cortaremos el cordón que los une a nosotros y nos da influencia sobre ellos… Hemos estado en peligro de esperar que nuestros hijos posean una experiencia más perfecta de lo que su edad nos permite esperar…

 

“Nuestros hijos nos aman y cederán ante lo razonable, y la bondad tendrá una influencia más poderosa que la reprensión severa. El espíritu y la influencia que han rodeado a nuestros hijos requieren que los restrinjamos y los apartemos de la compañía de otros jóvenes y les neguemos privilegios que los niños comúnmente han disfrutado. Si en estas cosas tomamos el curso de acción que es nuestro deber tomar, nuestras palabras y acciones siempre debieran resultarles perfectamente razonables a nuestros hijos, para que su actitud no se amargue a causa de palabras duras o palabras dichas en una forma severa. Esto deja una herida o un aguijón en el espíritu de ellos que destruye su amor por sus padres y la influencia de sus padres sobre ellos”.[36]

 

Para Elena de White, sus hijos constituían una elevada prioridad.[37] Sus anotaciones en su diario, sus cartas a otras personas y a sus hijos, todo indica su preocupación constante por ellos, especialmente por su  crecimiento espiritual.[38] Consideró muy seriamente los defectos de ellos como también los propios. Después de un encuentro difícil con el joven Edson, ella escribió lo siguiente en su diario: “Tuve una entrevista con Edson. Me sentí sumamente angustiada y tuve la sensación de que la misma no fue conducida sabiamente”.[39]

 

Algunos pocos se han preguntado en cuanto a ciertas expresiones que Elena de White usó en algunas cartas a sus hijos a comienzos de la década de 1860. En su tierno amor, apeló al alma de ellos de muchas maneras. En 1860 ella estaba hablando a niños entre 6 y 13 años de edad. Al tratar de explicar claramente y en un lenguaje sencillo los principios básicos de la experiencia cristiana, esta madre de 33 años usó a veces un lenguaje que se parecía más a taquigrafía teológica, especialmente cuando escribió que el Señor ama a los niños “que tratan de hacer lo correcto”, pero que “Dios no ama a los niños malos”.[40]

 

Así como algunos textos bíblicos difíciles debemos considerarlos dentro del contexto bíblico total, lo mismo debemos hacer con Elena de White. Por ejemplo, en Deuteronomio 7:10-11 notamos que Dios “da el pago en persona al que le aborrece, destruyéndolo; y no se demora con el que le odia, en persona le dará el pago. Guarda, por tanto, los mandamientos, estatutos y decretos que yo te mando hoy que cumplas”. En sí mismo este pasaje suena como muy duro, pero cuando se lo coloca en el contexto de toda la Biblia (junto a pasajes como Isa. 1:18-20; Jer. 31:3; Juan 3:16-17; Juan 14-17), su verdadero significado se vuelve claro.

 

Notemos el contexto más amplio del consejo de Elena de White a los padres (1892): “Jesús querría que los padres y madres les enseñasen a sus hijos… que Dios los ama, que su naturaleza puede ser cambiada y puesta en armonía con Dios. No enseñéis a vuestros hijos que Dios no los ama cuando hacen algo malo; enseñadles que él los ama tanto que su tierno Espíritu se aflige cuando ve que cometen una transgresión porque sabe que están perjudicando sus almas. No aterroricéis a vuestros hijos hablándoles de la ira de Dios, sino más bien procurad impresionarlos con su inexpresable amor y bondad, y de ese modo permitid que la gloria de Señor sea revelada ante ellos”.[41]

 

En otras circunstancias, ella estableció claramente una diferencia entre el hecho de que Dios ame a una persona y que apruebe lo que esa persona pueda estar haciendo.[42]

 

En términos teológicos claros, ella expuso el hecho de que el carácter determina el destino. Aun un Dios amante no modificará el carácter de las personas después de su muerte a fin de redimirlas.[43]

 

Sin embargo, ¿cuánta teología puede entender un niño de seis años? Dios tuvo el mismo desafío cuando instruyó a los israelitas recientemente liberados después de su éxodo de Egipto. Usó lenguaje y métodos de un jardín de infantes —incluyendo las ilustraciones de una “caja de arena”: el servicio del santuario en el desierto— porque ese era el único nivel de lenguaje que ellos podían entender. A veces la amenaza de desaprobación y castigo puede atraer la atención de niños de seis años y de israelitas recientemente liberados, cuando el “lenguaje del amor” no tendría ningún impacto.

 

Elena de White usó ambos métodos al tratar con sus hijos, aparentemente con buenos resultados.[44]

 

Los registros contienen numerosos casos en los cuales ella habló a sus hijos acerca de un Dios amigable, y en muchas ocasiones oró con ellos sobre su crecimiento espiritual. Si la joven Elena tuviese que hacer frente a un posible malentendido de sus palabras, ella rápidamente diría lo que, en esencia, expresó más tarde por escrito en forma más completa: “Lo que yo quise decir —y creo que los muchachos lo  entendieron— fue que Dios no tolera la desobediencia, aunque siempre ama a los niños y niñas, buenos o malos. La desobediencia tiene consecuencias duras, y Dios, en su amor, no quiere que ellos sufran el precio de la desobediencia.[45]

 

Una extensa porción de los consejos de Elena de White a la iglesia se concentran en la importancia del hogar y la atmósfera positiva en la que debieran crecer los niños. Los dos libros El hogar adventista y  conducción del niño (compilación de centenares de fragmentos de sus diarios, manuscritos y sermones) han sido estudiados con gratitud por miles de hombres y mujeres. A uno le resultaría difícil encontrar otro escritor que se haya concentrado tan clara o gráficamente en la elevada vocación de la madre y del padre cristianos. Sus lúcidos llamados a todos los padres a comprender su enorme responsabilidad de conducir a sus hijos al cielo son memorables.

 

Elena de White dio consejos sólo después de haberlos practicado. Por ejemplo: “ ‘¡Oh! —dicen algunas madres—, mis hijos me molestan cuando procuran ayudarme’. Así me pasaba a mí con los míos, pero ¿pensáis que se lo dejaba saber? Alabad a vuestros hijos. Enseñadles, renglón tras renglón, precepto sobre precepto. Esto es mejor que leer novelas, hacer visitas, o seguir las modas del mundo”.[46]

 

Aunque se la conoce mejor a la Sra. White como una notable figura pública, para aquellos que la conocieron bien de cerca ella fue una madre y esposa cristiana consecuente que mantuvo una estrecha y tierna relación con su esposo y con sus hijos.

 

 

Referencias



[1] 11 de octubre, 1845, citado en Charles W. Teel, h., ed., Remnant & Republic (Loma Linda, CA: Center for Christian Bioethics,

1995), p. 148. Ver también The Day Star, 11 de octubre, 1845, p. 47.

 

[2] Ronald Graybill, “The Courtship of Ellen Harmon”, Insight (Washington, D.C.: Review and Herald Publishing Association), 23 de enero, 1973, pp. 4-7; Virgil Robinson, James White (Washington, D.C: Review and Herald Publishing Association, 1976), pp. 33-39; Schwarz, Light Bearers, p. 66; Bio., t. 1, pp. 110-112.

 

[3] Documento del Centro White, File 733-c, citado en Bio., t. 1, p. 84.

 

[4] Life Sketches, Ancestry, Early Life, Christian Experience, and Extensive Labors of Elder James White, and his wife, Mrs.Ellen G. White (Battle Creek, MI: Seventh-day Adventist Publishing Association, 1888), pp. 131-132.

 

[5] Lewis Harrison Christian, The Fruitage of Spiritual Gifts (Was-hington, D.C.: Review and Herald Publishing Association, 1947), p. 50.

 

[6] Id., p. 98.

 

[7] Jaime White, Life Sketches, p. 126.

 

[8] Christian, The Fruitage of Spiritual Gifts, p. 99; Robinson, James White, pp. 111-115, 151-163, 207-218, 226-231; Spalding, Origin and History, t. 1, pp. 43-55.

 

[9] George Willard, In Memoriam, A Sketch of the Last Sickness and Death of Elder J. White (Battle Creek, MI: Review and

Herald Press, 1881), p. 10, citado en Robinson, James White, p. 302.

 

[10] Christian, The Fruitage of Spiritual Gifts, p. 111.

 

[11] Emmett K. VandeVere, “Years of Expansion, 1865-1885”, Land, The World of Ellen G. White, p. 67.

 

[12] Carta 1a, 1876, citado en Bio., t. 3, p. 23.

 

[13] Carta 5, 1876, citada en Id., p. 26.

 

[14] Carta 5, 1876, citada en Id., p. 26.

 

[15] Carta 25, 1876, citada en Id., p. 34.

 

[16] Ibíd.

 

[17] Ver el Apéndice B donde aparece un intercambio de cartas en 1874 que revelan tensiones maritales que ambos superaron

en base a su amor mutuo y a su confianza en Dios.

 

[18]  Carta 25, 1877, citado en Bio., t. 3, p. 73.

 

[19] Signs of the Times, 6 de diciembre de 1877, citado en Id., p. 76.

 

[20] Carta 4d, 1878, citada en Id., p. 81.

 

[21] Carta 22, 1878, citada en Id., pp. 82-83.

 

[22] Id., p. 90.

 

[23] Id., p. 93.

 

[24] Carta 1, 1878, Id., pp. 94-95.

 

[25] Id., p. 139.

 

[26] Ver el discurso funerario de Uriah Smith, citado en Id., pp.174-175.

 

[27] Ibíd.

 

[28] Carta 9, 1881, citada en Id., p. 177.

 

[29] Una carta de adventistas noruegos a Elena de White en su 85. o cumpleaños comenzaba así: “¡Querida madre de Israel y sierva del Señor!”—D.A. Delafield, Elena G. de White en Europa (Washington, D.C.: Review and Herald Publishing Association, 1975), p. 367.

 

[30] Spiritual Gifts, t. 2, p. 296, citado en Bio., t. 1, p. 430.

 

[31] Ibíd.

 

[32] An Appeal to the Youth, p. 26, citado en Id., t. 2, p. 71.

 

[33] Appeal, p. 29, citado en Id., p. 72.

 

[34] Appeal, p. 31, citado en Ibíd.

 

[35] Appeal, p. 19, citado en Id., p. 62.

 

[36] Manuscrito 8, 1862.

 

[37] “Aunque nuestras responsabilidades en la obra de publicaciones y otras ramas de nuestro trabajo nos producían mucha

preocupación, el sacrificio más fuerte que me imponía la obra en que estaba empeñada era tener que dejar con frecuencia a mis hijos al cuidado de otras personas”.—Notas biográficas de Elena G. de White, p. 182.

 

[38] Ver Jerry Allen Moon, W.C. White and Ellen G. White (Berrien Springs, MI: Andrews University Press, 1993), pp. 34-42

 

[39] Manuscrito 12, 1868.

 

[40] Un ejemplo de las cartas de Elena de White a su hijo Willie, que entonces tenía seis años, revela sus esfuerzos maternales

para que cultivase perseverantemente una actitud de obediencia alegre: “Debes ser un niñito bueno, dulce, y amar y obedecer

a Jenny [Fraser] y a Lucinda [Hall]. Renuncia a tu voluntad y cuando tienes muchos deseos de hacer algo, pregúntate: ¿No es algo egoísta? Debes aprender a renunciar a tu voluntad y a tus preferencias. Esta será una lección difícil para que la aprenda mi pequeño niño, pero al fin será para él más valiosa que el oro”.* “Aprende, mi querido Willie, a ser paciente, a tener encuenta el tiempo y la conveniencia de otros; entonces no te impacientarás ni irritarás. El Señor ama a esos niñitos que tratan de hacer lo correcto y ha prometido que estarán en su reino. Pero Dios no ama a los niños malos. No los llevará a la hermosa Ciudad, porque sólo acepta allí a los niños buenos, obedientes y pacientes. Un niño irritable y desobediente, echaría a perder toda la armonía del cielo. Cuando te sientas tentado a hablar en forma impaciente y con descontento, recuerda que el Señor te ve, y no te amará si haces lo malo. Cuando te portas bien y vences sentimientos indebidos, el Señor te sonríe. “Aunque él está en el cielo y tú no puedes verlo, sin embargo él te ama cuando haces algo bueno; y cuando haces algo malo, coloca una marca negra contra ti. Ahora, querido Willie, trata de portarte bien siempre, y entonces no se registrará ninguna marca negra contra ti; y cuando Jesús venga, él llamará a ese buen niño Willie White y colocará en tu cabeza una corona de oro y pondrá en tu mano una pequeña arpa para que puedas tocar con ella, y emitirá hermosa música, y jamás estarás enfermo, jamás serás tentado a hacer lo malo, sino que estarás siempre feliz, y comerás de rica fruta y arrancarás hermosas flores. Trata, trata, querido niño, de ser bueno. Con cariño tu madre”. [*”Por la  bendición de Dios y las instrucciones de su madre, Willie ha vencido el espíritu impaciente que a veces se manifestaba cuando era bien pequeño, y ahora posee una disposición afectuosa, amable y obediente”.— A.P.P]—Elena de White, An Appeal, pp. 62-63.

Una mirada cuidadosa a toda la carta (y a todos sus escritos sobre la conducción del niño) sugiere fuertemente que cuando

Elena de White escribió que “Dios no ama a los niños malos”, ella quiso decir que finalmente los niños que continúan siendo “malos” no serán llevados al cielo.

 

[41] Signs of the Times. 15 de febrero, 1892; “Su corazón el de Jesús] se siente atraído, no sólo a los niños que mejor se conducen, sino a aquellos que han heredado rasgos criticables de carácter. Muchos padres no comprenden cuánta responsabilidad tienen ellos por estos rasgos de sus niños... Jesús considera a estos niños con compasión. El puede seguir de la causa al efecto” (El Deseado de todas las gentes, p. 476).

 

[42] Ver Testimonies, t. 2, pp. 558-565, donde figura una carta sensible a una adolescente mimada.

 

[43]