Capítulo 4
La persona y su época
“Acuérdense de aquellos dirigentes de ustedes que les expusieron la palabra de Dios, y, teniendo presente cómo acabaron su vida, imiten su fe” (Heb. 13:7, Nueva Biblia Española).
¿Cómo
puede una persona conocer al verdadero Abraham Lincoln o Florencia
Nightingale o a Booker T. Washington? En parte, leyendo sus escritos. Pero para
formar un cuadro objetivo, uno debiera escuchar lo que otros dicen sobre ellos.
Uno debe dirigirse a sus contemporáneos y notar cómo fueron afectados o
influenciados por estas personas excepcionales.
Cuando
Lincoln murió, repare en el luto de una nación. Mientras su tren mortuorio
serpenteaba lentamente hacia el oeste, rumbo a su lugar de descanso en
Springfield, Illinois, miles de dolientes flanqueaban las vías, llorando
abiertamente. Ricos y pobres, negros y blancos, educados e ignorantes: la
tristeza estremecía a una unión de Estados que ahora estaban casi en paz. Después de su muerte, aun sus enemigos
aplaudieron su grandeza de espíritu y su generosidad transparente.[1] Para los
millones que lo llamaban “Padre Abraham”, su muerte prematura fue como si
hubiese muerto un padre. Cuando los Estados Unidos construyeron su primera
supercarretera transcontinental desde Jersey City, Nueva Jersey, hasta San
Francisco, California, el Presidente Taft sintió que el hecho de ponerle al
nuevo camino el nombre de “Lincoln Highway” promovería la unidad nacional.[2]
Sin
embargo, cuando el Presidente Lincoln estaba vivo, fue el blanco de un inmenso
ridículo y del rechazo mordaz por parte de muchos dirigentes nacionales, de
seguidores y de miembros de la prensa pública. Pero después que murió, una
nación aturdida comenzó a apreciar
aquello que él representaba. Una nación triste pero agradecida pronto atesoró
sus profundos discursos y escritos, tales como el discurso de Gettysburg y el
de la Inauguración de su segunda presidencia. La enorme contribución de Abraham
Lincoln pudo ser vista en su verdadera perspectiva sólo con el transcurso del
tiempo y después de serena reflexión.
Al aguardar la visita de Elena de White a
Australia en 1891, G. C. Tenney, primer presidente de la Asociación
Australiana, escribió en la revista de la iglesia: “Apenas necesito decir que
todos nosotros anticipamos este evento con gran interés. Creo que es sumamente
oportuno. La posición que la Hna. White y su obra ocupan en conexión con
nuestra causa, hace imperativo que nuestro pueblo se relacione personalmente
con ella, hasta tanto sea posible.
“Las
evidencias, desde un punto de vista bíblico, de la autenticidad de la obra del
espíritu de profecía en conexión con la última iglesia son plenamente
suficientes, pero pareciera que se demanda un contacto más cercano con la obra
de la Hna. White, a fin de satisfacer al investigador honesto [con la certeza]
de que ésta llena los requisitos de la Palabra de Dios”.[3]
Al igual
que Lincoln, Elena de White a menudo fue calumniada. Ella enfrentó mentiras de
“completa malicia y enemistad” y “puras fabricaciones de iniquidad”.
Escribiendo desde Greenville, Michigan, cuando tenía 41 años, ella se hizo la
siguiente reflexión: “No tengo dudas ni por un momento de que el Señor me ha
enviado a fin de que las almas honestas que han sido engañadas puedan tener una
oportunidad para ver y oír por sí mismas qué tipo de espíritu poseía la mujer
que había sido presentada al público en una luz tan falsa a fin de hacer que la
verdad de Dios no tuviese ningún efecto…”.[4]
Más
adelante en esa carta ella escribió: “Ninguno está forzado a creer. Dios da
suficiente evidencia para que todos puedan decidir sobre el peso de la
evidencia, pero nunca ha quitado ni nunca quitará toda ocasión [oportunidad]
para dudar, ni nunca impondrá la fe”.
Carl
Sandburg, al ponerle título al penúltimo capítulo de su biografía de seis tomos
de Abraham Lincoln, cita un viejo proverbio de los leñadores: “Un árbol se mide
mejor cuando está caído”.[5]
Mientras vive, ningún hombre o
mujer puede ser plenamente medido. Nunca esto fue más cierto que con la vida de
Cristo. Sólo con el transcurso del tiempo la vida de alguien puede ser
debidamente evaluada. Tanto las efusivas alabanzas de los aduladores como el
desprecio burlón de los adversarios se miden y reconsideran mejor en contraste
con los resultados duraderos de las palabras y los hechos de una persona.
En gran
medida, todos somos hijos de nuestro tiempo. Elena Harmon nació en un mundo de
enorme fermento y de cambios rápidos. Para ayudarnos a comprender los temas
sobre los que ella habló o escribió, aun las frases que usó, así como la clase
de vida cotidiana que vivió, notaremos brevemente los factores geográficos,
políticos, económicos, sociales y religiosos que pueden haber influido en el
proceso de maduración de su ministerio.
Portland, Maine,
la ciudad más grande más cercana a Elena durante sus primeros veinte años, era
también la más grande en Maine en 1840, con una población de 15.218 personas.
Aunque ese número parece pequeño actualmente, en la década de 1840 Portland
excedía el tamaño de New Haven y Hartford, Connecticut; y de Savannah, Georgia.
Portland, un activo puerto, colocaba a Maine en tercer lugar sólo detrás de
Massachusetts y Nueva York en el total de embarques. Las conexiones regulares por barco con Boston a menudo experimentaban
guerras de precios, bajando la tarifa cierta vez en 1841 al precio tan bajo de
50 centavos en cada sentido.[6]
En el
tiempo de Elena de White, como hoy en día, los veranos eran proverbialmente
agradables y los inviernos severos, con temperaturas a menudo bajo cero,
incluso habiendo llegado a un récord de 24 grados Fahrenheit bajo cero (-31 o C) (1. o de
febrero, 1826). Frecuentemente el puerto estaba helado durante días, aun
semanas, en tanto que la campiña, usualmente cubierta de nieve, hacía ideal el
viaje en trineo.[7]
Portland
tenía un “sistema escolar progresivo” para estudiantes entre 4 y 21 años de
edad. Después de la escuela primaria
básica (grados 1 al 4) un estudiante podía ingresar en la escuela primaria
superior (grados 5 al 8), llamada grammar school, luego de un examen
público. Sin embargo, la educación gratuita para las niñas terminaba con la
escuela primaria superior, mientras que los varones podían continuar en el
colegio secundario (grados 9 al 12), que se especializaba en la enseñanza
avanzada del inglés, después de aprobar otro examen público.[8]
Como
Portland no tuvo un hospital hasta 1855, los enfermos eran cuidados en la casa
o en el consultorio de un médico. Un título de Doctor en Medicina (M.D.) podía
obtenerse en el Colegio Bowdoin, en Brunswick (unas 26 millas [42 kilómetros]
de Portland), después de tres meses de conferencias, una tesis escrita y un
examen final ante la facultad de medicina (equivalente a las mejores escuelas
médicas norteamericanas de ese tiempo).[9]
Las estadísticas
de la ciudad enumeran una amplia serie de causas de defunción, “desde una
extensa variedad de fiebres (de tifoidea y tifus a ‘fiebre pútrida’) y
enfermedades comunes de la época (cólera y sarampión) hasta algunas
designaciones que actualmente son extrañas o arcaicas (escrófula, muerte
súbita, y gravela). Por lejos la causa más común de muerte era consunción
(tisis o tuberculosis), seguida por ‘fiebres’, hidropesía, ‘malestares de los
intestinos’, u otras enfermedades que habían alcanzado pro-porciones epidémicas
(tales como el sarampión en 1835 y la fiebre escarlatina en 1842).
“Los
jóvenes eran fuertemente afectados; los menores de 10 años a menudo constituían
cerca del 50 por ciento de las muertes en un año (sin contar los muchos que
nacían muertos). Dicho de otro modo, la edad promedio de muerte durante 1840
fue de 22,6 años, lo cual el Advertiser sostenía que era una
demostración del ‘grado superior de salud que se disfrutaba en Portland’ ”.[10]
Frederick
Hoyt, historiador adventista, resumió el impacto de crecer en la vecindad de
Portland, Maine, en las
décadas de 1830 y 1840: “Este fue entonces el ambiente que nutrió el cuerpo, la
mente y el alma de la joven Elena Gould Harmon. En muchos sentidos fue un
ambiente áspero que sólo podía endurecer el carácter de aquellos a quienes no
quebraba. En las palabras del historiador americano James Truslow Adams, en
este marco ‘el cartílago de la conciencia, el trabajo, la frugalidad, la
sagacidad y el deber, se convertía en hueso’. Bien podrían usarse otras
palabras para caracterizar a los habitantes de la región del extremo este del
país: fervor religioso, búsqueda apasionada de la verdad, terca independencia, resistencia espartana,
ingenio, frugalidad, porfiado indivi-dualismo, y una propensión a adoptar
causas impopulares y a pelear por ellas”.[11]
Quizás no
hubo dos décadas del siglo XIX que presenciaron un crecimiento más rápido y
eventos más trascendentales que las de 1830 y 1840. Los Estados Unidos se
unieron de costa a costa. Durante esas dos décadas, siete estados se unieron a
la Unión, convirtiéndose California, en 1850, en el estado trigésimo primero.
La guerra con México terminó con grandes anexiones territoriales. La población
de los Estados Unidos se elevó de 5 millones en 1800 a más de 20 millones en
1850.
Crecientes
olas de inmigrantes cambiaron la estructura de las ciudades, de un “diminuto
hilillo de 150.000 inmigrantes en la década de 1820… a una poderosa corriente
de dos millones y medio en los años de 1850”. Aunque trajeron “vigor y
variedad”, también despertaron “temor, suspicacia y hostilidad”. Especialmente
hubo resentimiento contra los católicos romanos de Irlanda, Italia y otros
países europeos porque eran tantos que inundaron el mercado con mano de obra barata;
además, su homogeneidad religiosa amenazó la previa uniformi-dad de una América
protestante.[12]
Las
relaciones raciales, aunque un fenómeno social, afectaron muchos de los
problemas políticos aun en los estados “libres” de la esclavitud. La cuestión de
la esclavitud escaló inexorablemente a lo largo de la primera mitad del siglo
XIX, culminando en una nación polariza-da y en la Guerra Civil que sacudió y
drenó a la Unión. Mientras el joven país avanzaba a los tumbos hacia su oscura
noche de conflicto ci-vil, muchos abolicionistas blancos arriesgaron sus vidas,
al hablar contra la esclavitud y reclamar su inmediata eliminación.[13]
El siglo
XIX, en su parte media, fue estremecido por la dinámica de cambios sociales, la
mayoría de ellos impulsados por el flujo del individualismo. La presidencia de
Andrew Jackson abrió la puerta para liberar al “hombre común” del status quo.
Parecía que se inauguraba toda cuestión de reforma que podía concebirse.
Los ateneos,
y más tarde el circuito de Chautauqua [asambleas educativas, políticas y recreativas realizadas en los veranos],
atrajeron a millones para oír conferencias sobre temas diversos como
esclavitud, Fourierismo (comunidades cooperativas pequeñas), la ideología de no
resistencia, la reforma de la tierra, el perfeccionismo, el mesmerismo
(hipnotismo), el pan integral, y todos los aspectos de la salud. Y las
publicaciones de estas reformas inundaron el mercado. “Hay revistas de
temperancia… Ha habido numerosos
periódicos dedicados al espiritismo, el socialismo, la frenología, la
homeo-patía, la hidroterapia, la ideología de oposición a la renta, el
bloomerismo, el derecho de la mujer, la orden o sociedad secreta Odd Fellows,
la masonería, la antimasonería, y todas las nociones, movimientos y sensaciones
de una comunidad con una mentalidad muy activa”.[14]
La joven
América era también una caldera de polarizaciones sociales. Las relaciones
raciales eran un motivo de obsesión en la mayoría de las comunidades de cada
estado. Grupos étnicos, incluyendo a ciertos europeos, orientales, hispa-nos,
negros y americanos nativos, tenían que enfrentar ciegos prejuicios que
afectaban el lugar de trabajo como también el vecindario.[15]
El consumo
de bebidas alcohólicas era también una preocupación nacional. Un historiador
describió a los Estados Unidos como una “república alcohólica”. El consumo
anual de alcohol per capita aumentó de tres galones [11,3 litros] en 1800 a
cuatro galones [15,1 litros] en 1830. [16]
Alrededor
de 1839, la Sociedad Americana de Temperancia, mediante sus más de 8.000
sociedades locales, ya había convencido a 350.000 personas a firmar el voto de
abstinencia total; el voto “total” se convirtió en un gran paso aun para los
defensores de la temperancia. La Unión Cristiana Femenina de Temperancia,
organizada el 18 de noviembre de 1874, fue especialmente efectiva a nivel
local.[17]
La última
mitad del ministerio de Elena de White coincidió con el surgimiento fenomenal
de ciudades con sectores urbanos industriales. Una nación nacida en el campo se
había trasladado a las ciudades. “El número de americanos que vivían en centros
con más de 2.500 habitantes había aumentado del 19 por ciento en 1860 a 39 por
ciento en 1900, y a 52 por ciento en 1920”.[18]
El cambio
de ritmo desde el ritmo natural, tradicional, de la granja a la vida artificial
de la ciudad impuso muchos ajustes nuevos y difíciles. “La América rural tenía
sus vicios, pero ninguno parecía tan flagrante como los de las me-trópolis”.
Para la mayoría de los protestantes, la ciudad era un símbolo de todo lo malo,
“un mundo extraño y hostil, desesperadamente empapado en el licor y en el
romanismo”.[19]
Otro
factor que polarizó a las ciudades fue el conflicto de clases: conspicuos ricos
envidiados por aquellos que estaban trabajando en las fábricas, la mayoría de
ellos inmigrantes estereotipados, con sus costumbres tradicionales y estrechos
de miras. Por primera vez América oyó el término, “obreros sindicalizados”.[20]
El
ministerio de Elena de White tuvo lugar paralelamente con un tiempo turbulento
de grandes cambios sociales. Ella escribió mucho acerca de los años oscuros de
la Guerra Civil y la condición del esclavo, la reorganización causada por el
traslado desde el campo a la ciudad, las implicaciones obvias del consumo
extravagante del alcohol y la lucha de clases entre los ricos y los pobres.
Sería
difícil encontrar algún otro período en la historia de los Estados Unidos que
se aproximase al fermento religioso de mediados del siglo XIX.[21]
“Predicadores
de reavivamientos y milenaristas, partidarios de pequeñas comunidades y
utopistas, espiritistas y profetizadores, célibes y polígamos, perfeccionistas
y trascendentalistas”, todos le estaban añadiendo sabor a la
escena religiosa previamente
dominada por las denominaciones convencionales.[22]
Las
iglesias establecidas se estaban desgarrando por conflictos internos,
especialmente los calvinistas de la Antigua y la Nueva Escuela. El énfasis
wesleyano sobre la gracia gratuita produjo un asombroso aumento en la “primacía
de la experiencia religiosa”. Nuevos grupos religiosos estaban surgiendo con
sorprendente éxito, pero “en ninguna parte aparecieron en mayor variedad que en
el cálido semillero del área rural de Nueva York”.[23]
Los
campestres, primariamente metodistas, eran invernaderos espirituales donde se
fusionaban diversas etapas de exuberancia con la sensación de “nuevas
revelaciones”, la posibilidad de experimentar santidad aquí y ahora, y la
conciencia de participar en el cumplimiento de “antiguas esperanzas
milenarias”.[24] Los gritos
de los angustiados se mezclaban con los gritos de alabanza y gloria. Las
caídas, las convulsiones, las vociferaciones, aun el gateo y el rodamiento
sobre el piso, la danza celestial, las risas y los gritos de miles al mismo
tiempo, “creando tal volumen de ruido que el sonido se extendía por millas”,
todos esos elementos se convirtieron en características notables de aquellos
que eran “heridos por el Espíritu”.[25]
El “espíritu”
de los campestres se extendía a los servicios semanales de la iglesia y a los
tabernáculos evangélicos en la ciudad. Los evangelistas profesionales
continuaban el legado del campestre con predicación de alto voltaje; el respeto
por la “religión de antaño” se reflejaba en los cantos de los campestres, que
todavía hoy son efectivos. Como uno podría esperar, los primeros adventistas
(muchos de ellos ex metodistas) a menudo expresaban sus sentimientos
espirituales como lo hacían otros protestantes evangélicos. “Gritar”, por un
corto rato, era probablemente el modo más característico de expresión pública.[26]
La notable
coincidencia de la emergencia del mormonismo, la Ciencia Cristiana y el
espiritismo moderno con el surgimiento de la Iglesia Adventista del Séptimo Día
en la primera mitad del siglo XIX, ya se indicó en el capítulo previo.
Un hábil
agricultor y fabricante de sombreros, el padre de Elena, Robert F. Harmon, p.
(1786-1866), fue desfraternizado en 1843 de la Iglesia Metodista Episcopal de
Portland por abrazar el mensaje millerita.[27]
Eunice
Gould Harmon (1787-1863) fue la madre de dos hijos y seis hijas, de las cuales
Elena y su hermana melliza Elizabeth, fueron las últimas. Los registros dicen
que ella fue una maestra de escuela antes de su matrimonio; más tarde fue una
industriosa ama de casa en el tiempo de las lámparas de aceite de ballena y
estufas
que ardían con leña: un
ingreso familiar impredecible. Sus padres descendían de antepasados inventivos.
Pelearon en guerras anteriores, comenzando con la Guerra del Rey Felipe (1675).
Algunos fueron empresarios. El tatarabuelo
de Elena construyó un
molino junto al río en Scarboro, Maine, conocido como el “Molino de Harmon”.[28]
Cuatro de
los ocho hijos Harmon llegaron a ser observadores del sábado: Elena y sus
hermanas Mary y Sarah (seis y cinco años mayores que Elena, respectivamente), y
Robert. María, la hija de Carolina (1811-1883), trabajó brevemente como
ayudante literaria de Elena (1876-1877). Robert, h., murió de tuberculosis a
los 27 años, en 1853. Ambos padres de Elena de White llegaron a ser adventistas
observadores del sábado más tarde en la vida.
Poco antes de que muriera
su padre (y después de que Elena hubo visitado a sus hermanas una vez más),
ella escribió: “Aunque no estábamos prácticamente de acuerdo en todos los
puntos del deber religioso, sin embargo nuestros corazones eran uno”.[29]
El
casamiento de Elena con Jaime White, el 30 de agosto de 1846, produjo cuatro
hijos, de los cuales sólo dos sobrevivieron hasta llegar a la vida adulta. Su
primogénito, Henry Nichols (1847-1863), un joven de carácter alegre, murió de
neumonía a los 16 años.[30] James
Edson (1849-1928) aprendió de su padre el oficio de impresor a los 14 años de
edad. Llegó a ser un popular escritor y compositor adventista. Su trabajo tenaz
a favor de la gente de color en los estados sureños no tuvo paralelo. Su
imprenta se convirtió en el fundamento de la ex Southern Publishing
Association.[31]
Los
talentos administrativos de William Clarence (1854-1937) fueron reconocidos
temprano en su vida; se lo eligió para una variedad de pesadas
responsabilidades en el liderazgo de la iglesia. Después que su padre murió,
llegó a ser un compañero de viaje y un consejero de confianza para su madre.
Poco después que su madre muriera en 1915, se lo nombró secretario del Centro
White, supervisando su trabajo durante más de dos décadas.
John
Herbert, nacido en 1860, murió a los tres meses, de erisipela.[32]
Primeros
años, antes de 1845 [33]
Tres eventos
o circunstancias importantes ocurrieron en los primeros años de Elena de White
que afectaron directamente el resto de su vida: su trauma físico a los nueve
años; la predicación de Guillermo Miller; y su profunda
experiencia religiosa.
En 1836 mientras
Elena estaba caminando con un grupo de condiscípulos, una niña mayor los siguió
con amenazas. Justamente cuando Elena se dio vuelta, la niña mayor arrojó una
roca que se estrelló contra su rostro, derribándola inconsciente. Durante tres
semanas permaneció en virtual estado de coma. Algunos días más tarde, cuando su
padre regresó a la casa después de un viaje de negocios, Elena sufrió un golpe
adicional: su padre no la
reconoció. “Cada rasgo” de su
rostro fue cambiado. Más que eso, la pérdida de sangre había afectado
severamente su sistema respiratorio, una debilidad que sobrellevó por el resto
de su vida. Además, debido a que su mano “temblaba”, Elena no pudo progresar
“en la escritura”.[34]
Mirando
hacia atrás después de casi cincuenta años, ella escribió: “El cruel golpe que
marchitó los goces de la tierra, fue el medio para dirigir mis ojos al cielo.
Jamás podría haber conocido a Jesús, si la tristeza que empañó mis primeros
años no me hubiese inducido a buscar consuelo en él”.[35]
A Elena le
resultó imposible seguir los estudios. Las letras del alfabeto en sus libros se
juntaban, sus ojos no podían enfocar debidamente, le corría la transpiración, y
se sentía mareada y a punto de desmayarse. Y de ese modo, a la edad de nueve
años, esta brillante estudiante dejó su preparación académica profundamente
chasqueada,
para nunca retomar los
estudios formales; este fue el primero de los dos grandes chascos que vivió en
sus primeros años de vida. Su madre llegó a ser su maestra, y los campos
alrededor de Portland, su laboratorio.[36]
Pero una
nueva esperanza llegó a la vida de Elena en 1840, cuando Guillermo Miller
mantenía fascinado a su auditorio en Portland, Maine, mientras delineaba las
profecías que parecían indicar que el regreso de Jesús estaba
cercano. Esta nueva
comprensión de la Biblia, novedosa (y por ello controversial) para la mayoría
de los contemporáneos religiosos de
Elena, afectó profundamente el resto de su vida.
Los
asuntos espirituales siempre fueron importantes para la joven Elena. Pero su
motivación primaria era el temor, temor de no estar lista cuando Jesús viniese,
temor al fracaso debido a su instrucción limitada y a su cuerpo debilitado, y
temor de que de alguna manera Dios la había afligido con su horrible carga
física. Todo esto se convirtió en su “secreta agonía” que mantenía encerrada en
su solitario corazón. Años de escuchar sermones sobre “el fuego del infierno”
habían grabado en su alma un cuadro falso de Dios. Dios era el Gobernante
celestial de Elena, ¿pero era su Amigo?
Dos sueños
y un aconsejamiento pastoral oportuno se convirtieron en el tercero de los
momentos cruciales en la vida de la joven Elena, que marcaron el rumbo para el
resto de su existencia. Durante los próximos 75 años, su
misión más apremiante fue
decir la verdad sobre el carácter de Dios.
Uno de los
dos sueños describía gráficamente una visita al templo celestial; el otro, un
encuentro con Jesús. Con una sonrisa, Jesús pareció tocar su cabeza, diciendo:
“No temas”. Le dio un cordón verde, representando la fe, guiándola a declarar:
“La belleza y la sencillez de confiar en Dios comenzó a asomarse en mi alma”.
Ahora Elena se sintió libre para comentar sus temores con su madre. Con rápida
percepción y alentándola, su madre le sugirió que visitase al joven pastor Levi
Stockman, cercano a los cuarenta años.
Después
que el pastor Stockman oyó su historia de los dos sueños como también sus
profundos temores, le dijo: “Elena, tú eres sólo una niña. Tu experiencia es
sumamente singular para alguien de tu tierna edad. Jesús debe estar
preparándote para una obra especial”.
Luego el
perspicaz pastor le dio un cuadro más claro de Dios como se lo ve en Jesús. Más
adelante Elena escribió: “Durante los pocos minutos en que recibí instrucciones
del pastor Stockman aprendí más del amor y la compasiva ternura de Dios que en
todos los sermones y exhortaciones que había oído antes”.[37] Su nueva
comprensión del tema —que Dios es como Jesús, su mejor Amigo— la impulsó a
compartir sus ideas y gratitud con otros: “Mientras refería mi experiencia, me
parecía que nadie podría negar la prueba evidente del poder misericordioso
de Dios, que tan
maravillosa mudanza había efectuado en mí. La realidad de la verdadera
conversión me parecía tan notoria, que procuré aprovechar toda oportunidad de
ejercer influencia en mis amigas para guiarlas hacia la luz”.[38]
Este nuevo
cuadro de Dios, unido a su profunda convicción de que Jesús iba a venir pronto,
era compartido por su hermano Robert. El reflexionó con Elena sobre lo que
estas nuevas ideas habían hecho por ellos: “ ‘Por el fruto se conoce el árbol
—observó Robert—. ¿Qué ha hecho por nosotros esta creencia? Nos ha convencido
de que no estábamos preparados para la venida del Señor; que debíamos purificar
nuestro corazón so pena de no poder ir en paz al encuentro de nuestro Salvador.
Nos ha movido a buscar nueva fuerza y una gracia renovada en Dios.
“ ‘¿Qué ha
hecho por ti esta creencia, Elena? ¿Serías lo que eres si no hubieses oído la
doctrina del pronto advenimiento de Cristo? ¡Qué esperanza ha infundido en tu
corazón! ¡Cuánta paz, gozo y amor te ha dado! Y por mí lo ha hecho todo. Yo amo
a Jesús y a todos los hermanos. Me complazco en la reunión de oración. Me gozo en
orar y en leer la Biblia’ ”.[39]
Muy
probablemente, si Elena no hubiese tenido esta relación con su Señor que le dio
autenticidad a su propio yo, no habría estado preparada para el profundo chasco
del 22 de octubre de 1844. Ella recordó: “Un amarguísimo desengaño sobrecogió a
la pequeña grey que había tenido una fe tan firme y esperanzas tan altas. No
obstante, nos sorprendimos de sentirnos libres en el Señor y poderosamente
sostenidos por su gracia y fortaleza… Quedamos… chasqueados, pero no
descorazonados”.[40]
De este
modo, a fines de 1844 Elena estaba preparada para su imprevisto futuro.
Plenamente consciente de su frágil condición física, cautivada por su nuevo e
irresistible cuadro de Dios como su Amigo celestial, y concentrada en la
absorbente verdad de que Jesús todavía estaba por venir pronto, ella estaba
lista para su primera visión. Acababa de cumplir los 17 años.
Pero no
todos los milleritas pensaban de la misma manera después del Gran Chasco. No
todos podían decir que estaban “chasqueados, pero no descorazonados”. Por una
parte, ideas radicales generaban una conducta radical. Algunos ex dirigentes,
creyendo que Cristo ciertamente había venido en forma espiritual, se casaban
con una “consorte espiritual”, por medio de lo cual renunciaban al matrimonio y
con nuevos cónyuges formaban uniones “espirituales”, desprovistas de sexo.
Otros, creyendo que había comenzado el día de reposo de 1.000 años
y para mostrar su fe en lo
que creían, no hacían más trabajo secular.[41]
Por otra
parte, diferencias doctrinales comenzaron a separar a los seguidores de Miller.[42] Pronto se
dividieron en por lo menos cuatro grupos: (1) Aquellos conocidos como
adventistas evangélicos eventualmente abandonaron las enseñanzas proféticas de
Miller y fueron absorbidos dentro de otros grupos protestantes, cuando resultó
evidente que era muy poco lo que los dividía. (2) Otro grupo creía que el
milenio estaba en el pasado, que los muertos estaban ahora “durmiendo”,
esperando la resurrección, y que los impíos serían aniquilados. Eventualmente
llegaron a ser
conocidos como la Iglesia
Cristiana Adventista, actualmente el remanente más grande del adventismo
millerita que no guarda el sábado. (3) Centrado alrededor de Rochester, N.Y.,
otro grupo veía el milenio como ubicado todavía en
el futuro, en el que los
judíos regresarían a Palestina.
Firmemente opuestos a una organización formal de la iglesia, estos
adventistas de la “Era-Venidera” nunca fueron fuertes y unidos.
(4) El
cuarto grupo llegó a ser conocido como los adventistas del “sábado y la
puerta-cerrada”. Mediante la oración, el estudio de la Biblia y la confirmación
divina elaboraron una exposición racional de los eventos centrados en el 22 de
octubre de 1844. Este grupo esparcido encontró eventualmente su unidad y
misión, y llegaron a convertirse en los adventistas del séptimo día, el más
grande de los grupos milleritas que existen en la actualidad. Creían que algo
había ocurrido el 22 de octubre, ¿pero qué?[43]
Dios
comprendió el dolor y la confusión de ellos, así como comprendió a esos dos
abatidos discípulos que, después de la resurrección, caminaban pesadamente
hacia Emaús “cariacontecidos” (Luc. 24:17, Nueva Biblia Española). Jesús no
permitió que sus desalentados discípulos se hundiesen en el abatimiento, hace
2.000 años, sin darles una explicación, y él no olvidó a sus creyentes a fines
de 1844.
Fue así
como hizo sentir su presencia esa mañana de diciembre de 1844, cuando un
pequeño grupo de mujeres adventistas en Portland, Maine, se unieron en oración
y en el estudio de la Biblia, dirigiéndose a Dios y unas a otras en busca de
aliento y entendimiento. La extenuada y demacrada Elena había estado
hospedándose en el hogar de los Haines por unos pocos días, dándole a su madre
algo del mucho descanso que necesitaba. Su médico y sus amigos habían aceptado
la idea de que ella moriría de tuberculosis. Mientras estaban orando, esta
adolescente
de 17 años perdió contacto
con lo que la rodeaba, y Dios le dio la clase de aliento que esos atribulados
creyentes necesitaban desesperadamente. De esa manera comenzó un ministerio de
setenta años que llegó a ser más
significativo a medida que pasaban los años.[44]
Referencias
[1] Ver Carl Sandburg, Abraham Lincoln (New York: Charles
Scribner’s Sons, 1939), t. 6, pp. 387-413.
[2] “Lincoln, Abraham”, The World Book Encyclopedia (Chicago:Field
Enterprises Educational Corporation, 1960), p. 287.
[6] Frederick Hoyt, “Ellen White’s Hometown: Portland,
Maine, 1827-1846", ed. Gary Land, The World of Ellen G. White (Hagerstown,
MD: Review and Herald Publishing Association, 1987), pp. 14-15, 30-31.
[12] Id., p. xii; Ronald E.
Osborn, The Spirit of American Christianity (New York: Harper &
Brothers, 1958), pp. 18-21.
[13] H. Shelton Smith, et. al., American Christianity: An Historical
Interpretation with Documents, pp. 167-212.
[14] Thomas Low Nichols, Forty Years of American Life:
1821-1861 (New York: Stackpole Sons, 1937), p. 208.
[15] “Dentro de
la armazón de la historia americana, el siglo XIX fue probablemente el período
más crucial respecto a las relaciones raciales. Los problemas raciales ocupaban
los titulares de los diarios mientras los americanos blancos [caucásicos]
se encontraban en posiciones
de conflicto y compromiso con grupos étnicos como los negros, los americanos nativos
(indios),
hispanos, orientales, y
grupos étnicos europeos. En cada encuentro la mayoría caucásica tenía que
enfrentar sus propios
temores y prejuicios hacia
los grupos minoritarios. A menudo el prejuicio absoluto y ciego dictaba la
manera en que eran tratadas las personas de las minorías hasta que un contacto
mayor modificaba los puntos de vista más extremos… El contacto y la apertura
entre las razas hicieron poco para modificar los estereotipos ya formados en
cuanto al grupo minoritario. En tales situaciones, relaciones complejas tanto
sociológicas como psicológicas atenuaron la posibilidad de cualquier armonía o
comprensión racial verdadera. Esto fue especialmente cierto en el caso de los
afroamericanos”.— Norman K. Miles, “Tension
Between the Races”, en Land, The World of Ellen G. White, p. 47.
[18] Carlos A. Schwantes, “The Rise of Urban-Industrial
America”, en Land, World of Ellen G. White, p. 80.
[19] Land, World of Ellen G.
White, pp. 84-85; Osborn, The Spirit of American Christianity, pp.
16-18; Winthrop S. Hudson, The
Great Tradition of the American Churches (New York: Harper & Row [Torchbooks], 1963), pp. 110-136.
[20] “En las
postrimerías del siglo XIX la gente a menudo se refería a las corporaciones
como ‘trusts’ [consorcios], ‘monopolios’,
‘máquinas sin alma’, o
‘pulpos’ cuyos avaros tentáculos llegaban a todas partes; se hacía referencia a
los gremios o sindicatos
como ‘comunales’ o ‘comunistas’,
o como ‘antiamericanos’. De las dos formas de organización, los gremios
generalmente
parecían la mayor amenaza… A
medida que el siglo XIX se acercaba a su término, llegó a ser más evidente que
el protestantismo
estaba perdiendo a sus
miembros de la clase trabaja-dora. La estrecha alianza entre el protestantismo
y los ricos, y la actitud de los clérigos protestantes hacia las luchas de la
clase obrera, no dejaron de ser advertidas por los obreros… Para muchos
adoradores pertenecientes a la clase trabajadora, fue cada vez más difícil
encontrar siquiera una iglesia protestante a la cual asistir. A medida que la
iglesia adoptó una posición crecientemente en favor de la clase media, no sólo
alienó a muchos obreros sino que también descubrió razones apremiantes para
abandonar físicamente los muchos vecindarios de clase trabajadora ubicados en
las metrópolis, a fin de huir a ambientes suburbanos o rurales”.—Land, World
of Ellen G. White, pp. 91-93.
[21] K. S. Latourette, A History
of the Expansion of Christianity (New York: Harper & Brothers, 1941),
t. VI, pp. 442-443, 450;
VII, p.
450.
[25] Charles A. Johnson, The Frontier Camp Meeting (Dallas:Southern
Methodist University Press, 1955), pp. 52-64. Ver Apéndice A para una
descripción de un testigo ocular de un campestre o congreso a comienzo de 1800.
[26] Malcolm Bull y Keith Lockhart, Seeking a Sanctuary
(San Fran-cisco:Harper & Row, 1989), p. 152.
[33] La reseña
más completa de los primeros años de Elena Harmon se encuentra en el libro de
Arthur L. White, Ellen G. White:
The Early
Years, que es el primer volumen de su biografía de seis volúmenes;
t. 1: 1827-1862 (Washington, D.C.: Review and Herald Publishing Association,
1985), pp. 15-71.
[36] Charles
Dickens y Mark Twain, entre otros autores, no alcanzaron a completar el
equivalente de la escuela secundaria.—Anthony Smith, The Mind (New York:
The Viking Press, 1984), p. 208.
[37] Elena G. de
White, Notas biográficas de Elena G. de White, p. 42; Maxwell, Tell
It to the World, p. 56; ver también Bio., t. 1,
pp. 38-49.