Capítulo
34
Hermenéutica
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Reglas básicas de interpretación - Externas
“Muchos hombres toman los testimonios que el Señor ha dado y
los aplican como suponen que debieran
ser
aplicados, extrayendo una cláusula aquí y otra allí, sacándola de su contexto adecuado
y aplicándola de
acuerdo con
sus ideas. Así quedan perplejas las pobres almas, cuando podrían leer a fin de
que en todo lo
que ha sido dado pudieran ver la verdadera aplicación y no
se confundieran”.[1]
Ocho reglas básicas de interpretación que abarcan un
contexto más amplio de un documento incluirían:
• Regla Uno: Incluya todo lo que el
profeta ha dicho sobre el tema bajo discusión antes de llegar a una conclusión.[2]
Esta regla parece obvia; sin embargo, probablemente es la
primera razón por la que reina confusión cuando las personas no están de
acuerdo entre sí. ¿Cuál es la razón? La mayoría de las personas sólo ven lo que
quieren
ver. Este
simple hecho influye en la mayoría de las investigaciones, ya sea en
astrofísica, medicina, política o teología. Desafortunadamente, pocas personas
lo admitirán. Llamamos a este fenómeno la fijación del paradigma
o el
problema de las presuposiciones.[3] Especialmente
al estudiar la Biblia, ¡nada parece más difícil para la mayoría de las personas
que examinar todos los hechos! Esta dificultad no se debe a que la capacidad de
pensar de una persona sea deficiente. La dificultad que separa a los pensadores
que examinan la misma información es que sus presuposiciones son diferentes,
presuposiciones no sólo de la cabeza sino del corazón.
Más a menudo las presuposiciones llevan a los estudiantes a
“ver” sólo lo que desean ver, por lo que pasan por alto la extensión total de
lo que un escritor ha escrito sobre un tema particular. Estos paradigmas o
patrones controlan la mente en lo que ésta desea ver, y el corazón en lo que
éste desea creer. Anteriormente[4]
calificamos
este
fenómeno como “actitud”. Estas actitudes profundas, a menudo no expresadas,
determinan muy frecuentemente las
conclusiones a las que uno llega.[5]
Después de reconocer esta nube flotante de presuposiciones
(paradigmas o cosmovisión) que cada estudiante debiera admitir, el siguiente
desafío es examinar todo lo que una persona ha dicho o escrito sobre el tema
bajo discusión. Sólo de esta manera el escritor (u orador) puede ser tratado en
forma justa.
Muchos eruditos bíblicos a lo largo de los siglos han
aceptado el principio de Isaías: “La palabra, pues, de Jehová les será
mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón,
línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá” (cap. 28:13). La
aceptación de este principio presupone que la Biblia contiene un desarrollo
unificado, armonioso, de los mensajes de Dios para los seres humanos. Pero este
principio no enseña que todos los textos son igualmente claros, o que el
significado de un versículo puede entenderse aparte del contexto de ese
ver-sículo. El mensaje total de la Biblia (o de cualquier otro libro o autor)
provee el contexto final para el significado de cualquier “precepto” o “línea”
en particular.
El mismo principio se aplica a los escritos de Elena de
White. Ella explicó a menudo: “Los testimonios mismos serán la clave que
explicará los mensajes dados, a medida que se explique un texto con otro”.[6]
Ella creía que sus escritos eran consecuentes y armoniosos
desde el comienzo hasta el fin, y que revelaban “una cadena recta de verdad sin
una sola sentencia herética”.[7] Esta es
una declaración notable para que la haga cualquier autor, especialmente alguien
que ha estado escribiendo durante más de sesenta años.[8]
La Sra. White no escribió nada sobre algunos temas que
muchos consideran importantes hoy día. Las películas, los programas de
televisión y radio, el aborto, la cremación, los trasplantes de órganos, etc.,
no eran temas
corrientes
en su tiempo.
Sobre algunos temas ella dijo muy poco. Tenemos
relativamente pocas declaraciones sobre seguros de vida,[9] y sólo una
sobre el anillo de casamiento.[10] Sus
comentarios sobre dos “resurrecciones especiales” son breves; ella menciona una
resurrección especial de algunos en la mañana de la resurrección de Cristo [11] y otra
inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo.[12]
Sobre algunos temas ella escribió en forma abundante, temas
como Jesucristo, el Espíritu Santo, la fe y la cooperación divino-humana.
Ciertos temas han causado frecuentemente desacuerdos innecesarios dentro de la
iglesia porque los estudiantes no aplicaron esta primera regla de hermenéutica.
Por ejemplo, declaraciones tales como la de que “no debieran colocarse huevos
sobre su mesa” debieran balancearse con otras declaraciones
que ha
escrito Elena de White concerniente a los huevos y a su principio de una
comprensión “paso a paso”, gradual, de la verdad (ver pp. 282, 310-311).[13]
Otros temas de los escritos de Elena de White que se
benefician con un uso ecuánime de esta primera regla hermenéutica incluyen la
vestimenta apropiada, la observancia del sábado y el aconsejamiento.
Teológicamente,
hay
sabiduría en seguir esta primera regla cuando uno estudia temas tales como la
expiación, la naturaleza de Cristo, la naturaleza del pecado, cómo es castigado
el pecado, y la relación entre la “lluvia tardía” y la segunda venida. Varios
de estos temas han polarizado a los adventistas porque algunos les asignan más
valor a expresiones que aparecen
en una
carta personal que a la instrucción general de un libro, o a un párrafo sacado
de su contexto que parece desafiar capítulos enteros de un libro publicado.[14]
• Regla Dos: Cada declaración debe entenderse
dentro de su contexto histórico. Deben estudiarse el tiempo, el lugar y las
circunstancias bajo las cuales se hizo esa declaración a fin de comprender su
significado.
Aunque esta regla parece obvia, yace a la raíz de muchos
desacuerdos profundos. En un tiempo de comunicaciones publicitarias breves y
selectivas, casi todos los que están bajo el ojo público han sido mal
entendidos
porque sus
declaraciones se han sacado de contexto. Cuán a menudo se oye decir a una
persona que ha sido citada erróneamente, “¡Pero eso no es lo que yo quise
decir!” O, “Yo dije eso, ¡pero no incluyeron todo lo que yo dije!”
Si viviera hoy, Elena de White podría decir a menudo, “¡Pero
eso no es lo que yo quise decir!” “Sí, yo dije eso, ¡pero ellos no incluyeron
todo lo que dije!” Notemos tres ocasiones en las que ella recalcó la
importancia de esta segunda regla de hermenéutica.
En 1875 indicó que
aquello “que en un tiempo podía realmente decirse de algunos individuos puede
no ser correcto decirlo en otro tiempo”.[15] ¿Por qué
dijo esto? Porque estaba siendo criticada por su respaldo a ciertos dirigentes
que más tarde cayeron en desgracia o apostataron.
En 1904 ella apeló al hecho de que “Dios quiere… que
razonemos con sentido común. Las circunstancias alteran las condiciones. Las
circunstancias cambian la relación de las cosas”.[16]
En 1911 ella hizo hincapié en que “acerca de los
testimonios, nada es ignorado, nada es puesto a un lado. Sin embargo, deben
tomarse en cuenta el tiempo y el lugar”.[17]
Aquí tenemos tres categorías fundamentales: tiempo, lugar y
circunstancias; todas ellas deben considerarse cuando uno procura entender el
significado de cualquier declaración. Estas categorías no son sinónimas.
Tiempo. Algunas declaraciones de Elena de White necesitan
entenderse teniendo en cuenta cuándo ella las hizo. Por ejemplo, el 16
de enero de 1898 escribió: “Todavía estamos en el tiempo de gracia”.[18] ¿Serán
estas palabras siempre ciertas? Obviamente no. Llegará la hora cuando cesará el
tiempo de gracia (Dan. 12:1; Apoc. 22:11). En la actualidad sabemos que ciertos
eventos todavía yacen en el futuro, por ejemplo, la creación de la imagen de la
bestia (Apoc. 13), la imposición de la ley dominical, el gran terremoto final,
etc. Por lo tanto, por el momento “todavía estamos en el tiempo de gracia”.
¿Qué diremos de las siguientes declaraciones? “La voz desde
Battle Creek, que ha sido considerada como autoridad para aconsejar de qué
manera debiera hacerse la obra, ya no es más la voz de Dios”.[19] “Han pasado
algunos años desde que he considerado a la Asociación General como la voz de
Dios”.[20]
Pero en 1875 Elena de White escribió respecto a la
Asociación General en sesión: “Cuando la Asociación General, que es la
autoridad más elevada que Dios tiene sobre la tierra, pronuncia su decisión, la
independencia
y la
opinión personales no deben mantenerse, sino que hay que renunciar a ellas”.[21]
¿Por qué la diferencia en su posición? Durante las
postrimerías de las décadas de 1880 y 1890, como lo muestran los registros en
sus cartas y sermones, Elena de White no podía aprobar algunos de los
procedimientos de los oficiales de la Asociación General. El 1. o de abril
de 1901, el día anterior a que se abriese la sesión de la Asociación General,
ella dijo estas palabras: “Lo que ha acarreado su actual desconcierto a la
causa de Dios es el hecho de que se ha trabajado en base a principios
equivocados. La gente ha perdido confianza en aquellos que administran la obra.
Sin embargo oímos que la voz de la Asociación [General] es la voz de Dios. Cada
vez que he oído esto, he pensado que era casi una blasfemia. La voz de la
Asociación General debería ser la voz de Dios, pero no lo es”.[22] Obviamente,
los tiempos habían cambiado y sus observaciones cambiaron consecuentemente.
Pero ese congreso de la Asociación General de 1901 hizo
cambios significativos en los reglamentos y el personal. Elena de White se
sintió satisfecha. Sólo dos meses después de los cambios, ella se dio cuenta
que su hijo Edson estaba citando algunas de sus declaraciones anteriores al
congreso de 1901 y aplicándolas al nuevo período, posterior al congreso de
1901. Los tiempos habían cambiado y las declaraciones de la década de 1890 ya
no se aplicaban más. Ella le escribió a Edson: “Tu curso de acción hubiera sido
el curso a seguir si no se hubiesen hecho cambios en [el congreso] de la
Asociación General [1901]. Pero se ha hecho un cambio y se harán muchos cambios
más [en 1903 fueron hechos muchos más] y se verán [aún] grandes progresos. No
deben forzarse los asuntos… Me duele pensar que estás usando palabras que
escribí antes del congreso”.[23]
En 1909 Elena de White estaba claramente en la disposición
posterior a 1901 cuando escribió: “Dios ordenó que tengan autoridad los
representantes de su iglesia de todas partes de la tierra, cuando están
reunidos en el
congreso
de la Asociación General”.[24] En
re-sumen, cuando hablamos de la autoridad de la Asociación General y de varias
declaraciones de Elena de White, debiéramos determinar inmediatamente cuándo
se hicieron las declaraciones y bajo qué condiciones.
Lugar. Algunas declaraciones pueden ser ciertas para una
persona o grupo mientras que al mismo tiempo pueden no serlo para otra persona
o grupo. Jaime White habló acerca de esta dificultad cuando dos grupos, en lugares
diferentes, leían admoniciones de su esposa: “Ella trabaja en esta situación
des-ventajosa… dirige fuertes llamados a la gente que conmueven profundamente a
unos pocos, quienes toman posiciones firmes y se van
a los
extremos. Luego, para salvar la causa de la ruina como consecuencia de estos
extremos, ella se ve obligada a reprender a los extremistas en una manera
pública. Esto es mejor que permitir que las cosas se desmoronen;
pero la
influencia de ir a los extremos y de los reproches es terrible para la causa, y
coloca sobre la Sra. White una triple carga. He aquí la dificultad: lo que ella
pudiera decir para urgir a los lentos es tomado por los rápidos para instarlos
a ir más allá de lo correcto. Y lo que ella pudiese decir para advertir a los rápidos,
celosos, incautos, es tomado por los lentos como una excusa para quedarse
demasiado rezagados”.[25]
La consideración del “lugar” ayudará a aquellos que han
estado confundidos en cuanto a si debieran citarse en público los escritos de
Elena de White. En una ocasión la Sra. White escribió que “las palabras de la
Biblia, y de la Biblia sola, deben oírse desde el púlpito”. [26] En otras
dos ocasiones escribió: “En el trabajo público no hagáis prominente ni citéis
lo que la Hna. White ha escrito”.[27] “Los testimonios
de la Hna. White no deben ser presentados en primera línea. La Palabra de Dios
es la norma infalible”.[28]
¿Prohíben estas declaraciones a los ministros que citen
públicamente los escritos de Elena de White, especialmente en un servicio de
iglesia? La primera cita habla al mundo cristiano en general, y compara “una
religión
imaginaria,
una religión de palabras y formas” con “las palabras de la Biblia y de la
Biblia sola, [las cuales] deben oírse desde el púlpito”. Toda la página (el
contexto) recalca que “aquellos que sólo han oído de tradiciones, teorías y
máximas humanas, [debieran] oír la voz de Aquel que puede renovar el alma para
vida eterna”.
Las siguientes dos citas se dirigen a evangelistas
adventistas, quienes debieran probar sus doctrinas en base a la Biblia y no en
base a los escritos de la Sra. White. La segunda razón para esta advertencia es
obvia: aquellos
que no
están relacionados con la autoridad de Elena de White no serán persuadidos por sus
declaraciones, y podrían reaccionar negativamente.[29] En
resumen, la Sra. White nunca dijo que sus escritos no debieran citarse en el
púlpito de la Iglesia Adventista.
La prueba del lugar es especialmente importante
cuando se hacen compilaciones de pensamientos de Elena de White sobre temas
escogidos. Un incidente ocurrido a comienzos de la década de 1890 demuestra el
problema
de aplicar
erróneamente testimonios dados a una persona para un propósito particular. La
Sra. White, escribiendo desde Australia, le dirigió una carta a A. W. Stanton
en Battle Creek, un hombre que había tomado la posición de que la Iglesia
Adventista del Séptimo Día es Babilonia. Ella incluyó esa carta en artículos
impresos en la revista de la
iglesia.[30]
En su panfleto de 50 páginas, “The Loud Cry of the Third
Angel’s Message” (El Fuerte Clamor del Mensaje del Tercer Angel), Stanton citó
profusamente de las reprensiones de Elena de White a la iglesia, y extrajo la
conclusión de que esos testimonios constituían el rechazo de Dios de la iglesia
organizada. Declaró que aquellos que terminaran la obra de Dios en la tierra
debían separarse de la Iglesia Adventista, la que se ha convertido en
Babilonia. Elaboró su argumentación ensartando comentarios mal aplicados de
Elena de White e incluyendo una carta personal que fue usada fuera de contexto.
La Sra. White replicó que Stanton había aplicado
“erróneamente [una carta personal enviada a otra persona para un propósito
particular], como muchos hacen con los textos de la Escritura, para perjuicio
de su propia alma y de las almas de los demás… Al utilizar una carta particular
enviada a otra persona, el Hno. S. ha hecho un mal uso de los bondadosos
esfuerzos de alguien que deseaba ayudarlo”.
Además, ella reconoció que sus declaraciones erróneamente
citadas podrían aparentemente respaldar las conclusiones de Stanton. Sin
embargo, “aquellos que toman ciertas partes, simplemente para sostener alguna
teoría o
idea de su propia factura, para defender su conducta errónea, no serán
bendecidos y beneficiados por lo que enseñen”.[31]
Este incidente de Stanton y la respuesta de Elena de White
(que resolvió el asunto para los miembros de iglesia) nos provee un ejemplo
histórico de cuán dañina y engañosa puede ser una compilación de escritos
meritorios
cuando no
se tienen en cuenta el tiempo y el lugar.[32]
• Regla Tres: Debe reconocerse el principio
implícito de cada declaración de consejo o instrucción a fin de comprender su
relevancia para quienes viven en tiempos o lugares diferentes.
Siempre
que hablan los profetas, comunican la verdad como un principio o como una norma
o regla. Los principios son universales, en el sentido de que se aplican a
hombres y mujeres en todas partes; son eternos, en el sentido de que siempre
son relevantes, siempre se pueden aplicar.
Las normas o reglamentos, sin embargo, son la aplicación
oportuna de principios eternos, universales. Los principios nunca cambian pero
las normas sí, dependiendo de las circunstancias. De ese modo las normas pueden
aplicar un principio en una manera que el profeta nunca había previsto.[33]
Elena de White estaba bien consciente de la diferencia entre
principios universales y normas o reglas que
están
determinadas por circunstancias cambiantes: “Aquello que puede decirse de los
hombres bajo ciertas circunstancias, no se puede decir de ellos bajo otras
circunstancias”.[34] Sus
contemporáneos reconocían que la Sra. White apelaba a la inteligencia de sus
lectores más a menudo citando principios que dando respuestas detalladas a
asuntos
locales.[35]
El comprender la diferencia básica entre principios y normas
le ayudará a uno a evitar el uso incorrecto tanto de la Biblia como de los
escritos de Elena de White. Los siguientes asuntos ilustran la necesidad de
colocar el
consejo de
la Sra. White en el contexto del tiempo, del lugar y de las circunstancias.
Enseñar a las niñas a enjaezar y guiar un caballo. Al
bosquejar el currículum de una escuela, Elena de White escribió que “si las
niñas… pudiesen aprender a enjaezar y guiar un caballo, manejar el serrucho y
el martillo, lo mismo que el rastrillo y la azada, estarían mejor preparadas
para hacer frente a las emergencias de la vida”.[36] ¿Es éste
un principio o una norma? Obviamente, el principio es claro: las niñas debieran
estar “preparadas para hacer frente a las emergencias de la vida”.
Cuando se dio este consejo en los primeros años del siglo
XX, la mayoría de los norteamericanos vivían todavía en granjas. Por muchas
razones prácticas, incluso la de seguridad, las niñas podían aplicar mejor este
principio al aprender cómo “enjaezar y guiar un caballo”, y no dejarles estas
cosas sólo a los varones. En la actualidad, el principio sería practicado mejor
en la escuela secundaria o el colegio mediante cursos en automecánica y en cómo
conducir vehículos.
Edad para ingresar en la escuela. En 1872
Elena de White escribió su primer libro importante sobre la educación
cristiana.[37] Respecto a
la edad cuando los estudiantes debieran comenzar a ir a la escuela, ella dijo:
“Los
padres
debieran ser los únicos maestros de sus hijos hasta que éstos hayan alcanzado
la edad de ocho o diez años… La única aula de clases para niños de ocho a diez
años de edad debiera ser al aire libre en medio de las flores que se abren y de
las hermosas escenas de la naturaleza”.[38]
Durante treinta años este consejo fue la regla para las
escuelas primarias adventistas en general. En 1904 se reunió la junta escolar
local de la Iglesia de St. Helena, California, con Elena de White presente,
para discutir el
asunto de
la edad de ingreso en la escuela.[39] Los
principios emergieron rápidamente: (1) Los niños difieren en su desarrollo; (2)
idealmente, los padres debieran ser los maestros de sus hijos durante los
primeros años, hasta
que tengan
8 a 10 años de edad (reconociendo así diferencias en el desarrollo del niño);
(3) si los padres no son capaces de enseñar y controlar a sus hijos
debidamente, sería mejor para los niños que aprendiesen bajo un
maestro
que les enseñase disciplina como también los estudios propios de su edad; (4)
si ambos padres están empleados fuera de la casa, sería mejor que sus hijos
fueran colocados en el ambiente controlado del aula de clases
en vez de
quedar en una casa vacía; (5) por causa de la reputación del Sanatorio de St.
Helena, sería beneficioso para todos que no se observase a los niños durante el
día como “vagabundos, sin nada que hacer, haciendo
travesuras,
y todas estas cosas”.
De modo que sobre la base del principio, desde el punto de
vista de qué es lo mejor para los niños y para su influencia sobre la
reputación del sanatorio, se cambiaron las reglas y se hicieron arreglos para
que se aceptaran estudiantes de menor edad en la escuela de la Iglesia de St.
Helena.
La manía de las bicicletas. A
comienzos del siglo XX, “el pueblo norteamericano estaba arrebatado por una
pasión absorbente que les dejaba con poco tiempo o dinero para cualquier otra
cosa… ¿Cuál era esta distracción
nueva e
importante? Para una respuesta, los comerciantes sólo tenían que mirar por la
ventana y observar a sus clientes de otros tiempos que pasaban zumbando.
Norteamérica había descubierto la bicicleta y todos estaban
sacando el
máximo provecho de la nueva libertad que esta traía… La bicicleta comenzó como
el juguete de un hombre rico. La primera bicicleta y de la mejor calidad
costaba $150, una inversión comparable al costo de un automóvil en la
actualidad… Cada miembro de la familia quería una ‘rueda’, y los ahorros de
toda la familia se usaban a menudo en suplir la demanda”.[40]
Con ese marco de fondo podremos comprender
mejor el consejo de Elena de White en aquel tiempo cuando escribió que
“habrá que dar cuenta del dinero invertido en bicicletas, vestidos y otras
cosas innecesarias”.[41]
Ella fue
más allá del principio del costo exorbitante; advirtió en cuanto al espíritu de
competencia “fascinante” y al deseo de “ser el más grande”.[42]
Por lo tanto, su norma sobre las bicicletas (la cual, si se
la coloca dentro del contexto de hoy día, puede parecer excéntrica, aun
ridícula) se basaba en principios bíblicos inequívocos. El uso sabio y
equilibrado de fondos y
el evitar
el espíritu competitivo son principios que debieran gravitar sobre las
decisiones en todos los tiempos. Si la Sra. White viviera en la actualidad,
ella podría aplicar el principio de ser responsable en la manera en que se
gasta el dinero en artículos de lujo, automóviles, equipos deportivos,
artefactos electrónicos o en ropa.
Deportes. Desafortunadamente algunos han
extractado algunas de las declaraciones de Elena de White sobre los deportes
sin mantener el sentido de equilibrio que ella tenía. En 1895 ella advirtió a
los estudiantes que al
“sumirse
en diversiones, juegos de competencia, actuaciones pugilísticas”, estaban
declarando “al mundo que Dios no era su líder. Todo esto provocaba la
amonestación de Dios”. Sin embargo, la siguiente oración, a menudo no citada,
revela su sentido común: “Lo que me preocupa ahora es el peligro de ir a los
extremos en el otro lado”.[43]
Por ejemplo, descartar totalmente los de-portes sería no
entender el punto de vista de la Sra. White. A comienzos de la década de 1870
ella aconsejó a los padres y maestros que debían acercarse a sus hijos y
estudiantes, y que si “manifestasen interés en todos sus esfuerzos, y aun en
sus juegos [deportes], siendo a veces niños entre los niños, podrían hacer muy
felices a éstos y conquistarían su amor y su confianza”.[44]
En otra ocasión Elena de White escribió que no condenaba “el
ejercicio sencillo del juego de pelota”. Lo que la preocupaba era que el jugar
a la pelota, y los deportes en general, pudieran llevarse “a la exageración”.
Tras esta declaración ella explicó qué quería decir con caer en la exageración.[45]
La lección que debiera aprenderse aquí, al igual que en
otros temas que a menudo polarizan a los lectores de los escritos de Elena de
White, es que debiera leerse la gama completa de los pensamientos de ella sobre
un tema de-terminado a fin de captar su perspectiva.
La carne como alimento. Hemos estudiado
anteriormente los principios de salud de Elena de White y la aplicación que
ella hizo de estos principios.[46] Aquí
recalcaremos nuevamente cómo ella, que estaba muriendo de
tuberculosis
a los 17 años, siguió viviendo hasta sobrevivir a sus contemporáneos después de
una existencia notablemente rigurosa.
Uno de sus secretos públicos era el hecho de que distinguía entre
principios y reglas.
De los muchos ejemplos disponibles, notemos nuevamente cómo
ella se relacionó con los alimentos con carne, la parte de su dieta que más
disfrutaba cuando era joven. En el capítulo 27 vimos cómo ella abrazó el
mensaje de salud cuando le fue dado en 1863, partes del cual censuraban
directamente sus hábitos y gustos personales. También notamos cómo ella se
desvió ocasionalmente de su práctica habitual de abstenerse de comida con
carne. Sin embargo, en 1870 sostuvo que siempre había actuado de acuerdo a los
principios desde que recibiera la visión de salud en 1863: “No he cambiado ni
un ápice mi curso de vida desde que adopté la reforma pro salud. No he
retrocedido un paso desde que la luz del cielo sobre este tema brilló por
primera vez en mi camino… Dejé esas cosas por principio. Y desde ese tiempo,
hermanos, no me han oído promover un punto de vista extremo de la reforma pro
salud del que [luego] tuviera que retractarme. No he abogado en favor de nada
sino aquello que hoy sostengo”.[47]
¿Cuáles eran los principios básicos de la reforma pro salud
que Elena de White creía que había seguido fielmente? (1) Hacer lo mejor que
uno pueda bajo circunstancias que puedan hallarse más allá del control de uno.
(2) Evitar todo lo que es dañino, como ser el alcohol, el tabaco y las drogas.
(3) Usar juiciosamente lo que es saludable; ejercer dominio propio. (4) No
trazar ninguna línea precisa en la dieta pretendiendo que todos deben seguirla,
porque no todos tienen las mismas necesidades físicas u oportunidades para
encontrar el mejor alimento. (5) Seguir los principios de salud para mejorar la
mente de uno con propósitos espirituales, no para granjearse la aceptación de
Dios (legalismo). Y (6), razonar de causa a efecto.
Las normas o reglas de la reforma pro salud son elecciones
que emanan de esos principios. Si el vegetarianismo fuera un principio, entonces
tendríamos un problema con la orden de Dios a los israelitas de que comiesen el
cordero pascual. También nos preguntaríamos por qué él distinguió entre carnes
limpias e inmundas. ¿Y qué haríamos con la práctica de nuestro Señor de comer
con sus discípulos el cordero pascual, al igual que pescado fresco?
El vegetarianismo es una regla, una regla sabia, que está
siendo reafirmada constantemente en los
laboratorios científicos del mundo, como también a través de los
estudios epidemiológicos que muestran la diferencia impresionante en la
incidencia de enfermedades entre los vegetarianos y los consumidores de
alimentos con carne.[48] El deber
del cristiano es comer aquello “que es más nutritivo”, dejando a cada persona
que aplique este principio haciendo decisiones sobre la base del “deber
conocido”.[49] A veces
surgen situaciones de emergencia y uno se ve forzado a elegir lo bueno en vez
de lo mejor, o incluso un mal menor para evitar un mal mayor. Aunque el
principio permanece, la regla o aplicación puede cambiar con las
circunstancias.
El galanteo en la escuela. Algunas
personas entienden mal el consejo de Elena de White respecto a galantear o
noviar durante los años escolares. No tienen en cuenta la edad de los
estudiantes involucrados. Parte de la instrucción fue dada especialmente para
el campus de Avondale donde muchos de los estudiantes todavía estaban en la
escuela secundaria: “Hemos trabajado fuertemente para tener a raya en la
escuela todo lo que sea favoritismo,
lazos
afectivos y galanteo. Les hemos dicho a los estudiantes que no permitiríamos
que la primera hebra de esto se entretejiese con su trabajo escolar. Sobre este
punto somos tan firmes como una roca”.[50]
Parte de su preocupación estaba dirigida a los estudiantes
del Colegio de Battle Creek, donde también había una mezcla de alumnos de
escuela secundaria y de colegio: “Los estudiantes no son enviados aquí para
formar vínculos afectivos, para entregarse a flirteos o galanteos, sino para
obtener una educación. Si se les permitiera seguir sus propias inclinaciones al
respecto, el colegio pronto se desmoralizaría. Varios han usado sus preciosos
días escolares en flirteos y galanteos furtivos, pese a la vigilancia de
profesores y maestros”. [51]
¿Habría dado Elena de White el mismo
consejo en relación con estudiantes mayores, más maduros? ¿Dónde encontrarían
sus compañeros para la vida los jóvenes cristianos si no fuera en el ambiente
de un campus cristiano
en donde
se promueven ideales adventistas? En
varias ocasiones ella expuso los principios que debieran guiar a los jóvenes y
al programa escolar en el área del cortejeo cristiano. Por ejemplo: “En todo trato con los
estudiantes,
debemos
tener en cuenta la edad y el carácter. No podemos tratar exactamente igual a
los jóvenes y a los viejos. En ciertas circunstancias, hombres y mujeres de
sana experiencia y buena conducta pueden recibir algunos privilegios que no se
darían a los estudiantes más jóvenes. La edad, las condiciones y la disposición
mental deben tomarse en
cuenta. Debemos
ser sabiamente considerados en todo lo que hacemos. Pero no debemos disminuir
nuestra firmeza y vigilancia al tratar con los estudiantes de todas las edades,
ni nuestra severidad al prohibir el trato sin provecho e imprudente de los
alumnos jóvenes y poco maduros”.[52]
• Regla Cuatro: Debemos usar el sentido común y
una razón santificada cuando analizamos la diferencia entre principios y normas
o reglas.
Durante los comentarios que hizo Elena de White en la
reunión de la junta de la escuela de St. Helena en 1904, ella destacó
nuevamente un principio de hermenéutica que les ayudaría a ellos y a otros al
tratar de aplicar
los
principios a las reglas. Notó que miembros de iglesia estaban tomando sus
palabras en forma legalista, irreflexiva: “La Hna. White ha dicho tal y tal
cosa, y la Hna. White ha dicho esto y aquello, y por lo tanto vamos a proceder
como ella dijo”.
He aquí su respuesta: “Dios quiere que tengamos sentido
común, y que razonemos con sentido común. Las circunstancias alteran las condiciones.
Las circunstancias cambian la relación de las cosas”.[53]
El cristianismo es una religión razonable. Dios implantó
dentro de los seres humanos no sólo la capacidad de responder a su gracia (y la
de no responder) sino también la capacidad de razonar de causa a efecto. En
muchas
ocasiones
Elena de White dijo: “Dios nos ha dado facultades que debemos usar, desarrollar
y fortalecer por medio de la edu-cación. Deberíamos razonar y reflexionar,
distinguiendo cuidadosamente la relación que existe entre la causa y el efecto.
Cuando esto se pone en práctica, habrá de parte de muchos mayor reflexión… de
manera que puedan
cumplir
plenamente el propósito que tuvo Dios al crearlos”.[54]
Ella no hizo de la razón el árbitro final de lo correcto e
incorrecto. La razón, para ella, es la capacidad de comprender el carácter
razonable del consejo de Dios y la habilidad para reflexionar sobre los
resultados de obedecer o desobedecer ese consejo. Ella describió esta relación
entre la voluntad de Dios y las facultades de razonamiento del hombre: “Debemos
guiarnos por la teología verdadera y el sentido común”.[55] Para ella,
la razón
santificada
y el sentido común son virtualmente sinónimos.
La razón y los extremos. Cada tema, ya sea de
teología, leyes, ética, música, artes gráficas o ley constitucional, está
asediado por aquellos que tienden a irse a los extremos. Llamamos a esos grupos
fariseos o saduceos, conservadores o liberales, literalistas o simbolistas,
indiferentes (fríos) o fanáticos (ardientes), etc. En la filosofía y la
religión, llamamos a un grupo objetivistas y al otro, subjetivistas.[56]
La verdad (como principio) no es una especie de equilibrio
entre dos errores. La verdad trasciende los errores de ambos extremos al
reconocer las verdades que cada extremo quiere resguardar.[57] Pero la
verdad no incorpora
el
espíritu o los errores que cada extremo sustenta. Cuando la gente reconoce el
elemento de verdad que hay en quienes se les oponen, ocurre un evento notable:
prevalece la paz, se produce la conciliación y se desarrolla
una unidad
verdadera. La verdadera unidad no es el resultado de una apelación
administrativa o del voto de una junta; la unidad se basa en principios de
interpretación aceptados en forma común.
Al mismo tiempo, los asuntos que tienen que ver con normas o
reglas (no principios) requieren un enfoque diferente. Por ejemplo, Elena de
White escribió lo siguiente al tratar con la cuestión de la vestimenta: “En
estas cosas hay una posición que está en el término medio. Oh, que todos
pudiéramos encontrar sabiamente esa posición y mantenerla”. Al hablar de la
dieta, ella aconsejó: “Tome el camino del medio evitando todos los extremos”.[58]
Pero evitar los extremos es más que un asunto intelectual. Algunas
personas pueden entender intelectualmente la relación correcta entre principio
y norma, pero emocionalmente tienden a irse a los extremos. Aun cuando
promueven la norma correcta, pueden ser extremadamente ardientes o fríos. Elena
de White señaló acertadamente el problema de esas personas, incluso cuando la
norma de las tales es correcta: “Hemos encontrado en nuestra experiencia que si
Satanás no puede sujetar a las almas en el hielo de la indiferencia, tratará de
empujarlas al fuego del fanatismo”.[59]
Un respetado teólogo adventista de una generación anterior
recuerda cómo él practicó involuntariamente “el fuego del fanatismo” al aplicar
uno de los principios de salud de Elena de White. Mientras vendía libros
religiosos en su juventud, M. L. Andreasen vivía en base a granola. La llevaba
consigo, la mezclaba con agua y la comía dos veces por día.
Entonces alguien leyó en uno de los libros de Elena de White
que la gente “comía demasiado”. Al mirar a su alrededor, encontró suficiente
confirmación de esa declaración. De modo que para ser fiel a la nueva luz,
redujo su ración diaria por la mitad. Algún tiempo más tarde leyó él mismo la
declaración en Testimonios, t. 2, p. 374 (en inglés): “Usted come
demasiado”. Eso le hizo pensar nuevamente. “¿Debería reducir su ración diaria
nuevamente por la mitad?”
Entonces comprendió. Era honesto y quería hacer lo correcto,
pero ahora le agradeció a Dios por “un poco de sentido común”.[60]
Debido a que Elena de White dijo en varias ocasiones que
“dos comidas al día dan mejor resultado que tres”,[61] algunas
familias hicieron de esto una regla para todos, incluyendo a los que estaban en
los sanatorios. En cuanto a los sanatorios ella mostró cómo vincular el
principio con la regla y las circunstancias: “Si, después de suprimir la
tercera comida, veis por los resultados que esto está apartando a la gente de
la institución, vuestro deber es sencillo. Debemos recordar que aun cuando hay
personas para quienes es mejor comer solamente dos veces, hay otras que comen
livianamente en cada comida, y que sienten que necesitan algo por la tarde… [El
eliminar la tercera comida puede ser] que en el caso de algunos haga más mal
que bien”.[62]
En 1867 la Sra. White contestó algunas preguntas que se
hacían con frecuencia respecto a la reforma pro
salud. Una
de las preguntas era: “¿No hay peligro que los hermanos y hermanas asuman
puntos de vista extremos respecto a la reforma pro salud?” Ella contestó: “Esto
puede esperarse en todas las reformas que conmueven a la gente… Es el plan de
Dios que personas idóneas para el trabajo expongan la reforma pro salud en
forma prudente y concienzuda, y que luego dejen que cada uno arregle el asunto
con Dios y con su propia alma. Aquellos que están cabalmente calificados tienen
el deber de enseñarla [la reforma pro salud] para hacer que la gente crea y
obedezca, y todos los demás debieran guardar silencio y ser enseñados”.[63]
En resumen, ese cuarto principio
de hermenéutica apela al sentido común al vincular el principio con la norma o
regla. Esto requiere tanto solidez de pensamiento como ecuanimidad emocional.
Elena de White lo dijo muy bien: “Hay personas que siempre están listas para
escaparse por alguna tangente, que se entusiasman por alguna cosa extraña,
llamativa y nueva; pero Dios quiere que todos actuemos con serenidad y
consideración, eligiendo palabras que estén en armonía con la sustanciosa
verdad para este tiempo, la que debe ser presentada a la consideración de la
mente tan libre como sea posible de lo emocional, aunque conservando el fervor
y la solemnidad que le corresponden. Debemos precavernos contra los extremos, y
guardarnos de animar a aquellos que quisieran estar en el fuego o en el agua”.[64]
• Regla Cinco: Debemos estar seguros que las
supuestas citas han sido realmente escritas por el autor a quien se las
atribuyen.
Toda
figura pública ha tenido el problema de enfrentar personas que han sido
inflexibles acerca de lo que “saben” que el orador o el autor ha dicho. Lo que
creen saber puede ser tan desenfrenado como la imaginación de
uno, pero
aún el orador o autor debe tratar de defenderse contra el error o la
distorsión. Obviamente, la persona que contiende no posee la referencia de la
cual “cita”. La mayoría de las veces ha obtenido su información de una
tercera o
cuarta mano. A menudo llamamos “declaraciones apócrifas” a estos recuerdos
distorsionados y errores crasos.
Este problema acosó a Elena de White desde el comienzo de su
ministerio y aun hoy en día. En declaraciones que le han sido atribuidas
incorrectamente se incluyen temas como los siguientes: (1) Los habitantes de
otros planetas están ahora recogiendo fruta para una parada de los redimidos en
el día sábado en el viaje al cielo. (2) Ella vio a un ángel de pie junto a
Uriah Smith inspirándolo mientras escribía Las profecías de Daniel y el
Apocalipsis. (3) El Espíritu Santo es, o fue, Melquisedec. (4) Ella designó
ciertos sitios montañosos como escondites seguros en el tiempo de angustia. (5)
Ella nombró ciudades específicas, etc., que serían destruidas por los
terremotos, incendios, inundaciones, etc., futuros. (6) Cristo volverá a
medianoche. (7) Nunca debiera comerse huevos (olvidando el contexto inmediato y
muchas otras declaraciones respecto a circunstancias variables). (8) Ella sería
un miembro de los 144.000. (9) Una oscuridad literal cubrirá la tierra como una
señal de que ha terminado el tiempo de gracia. (10) La última obra mediadora de
Cristo antes de que cierre el tiempo de gracia será para niños que se han
descarriado de la iglesia. (11) Debiéramos vivir como si tuviéramos 1.000 años
de vida por delante, y al mismo tiempo como si fuéramos a morir mañana. (12)
Iglesias y asociaciones enteras apostatarán, etc.[65]
• Regla Seis: Debemos conceder que los autores,
incluso los profetas, aunque no se contradigan a sí mismos, pasan por el
proceso de maduración, en el que la verdad se revela ante ellos sólo en forma
tan rápida como
son
capaces de comprenderla.
Esta regla ayuda a los estudiantes que están preocupados por
ciertas porciones de la vida o los escritos de un profeta que corresponden a
otra categoría que la de “tiempo, lugar y circunstancias”, ya considerada
anteriormente bajo la Regla Tres.
Elena de White enseñó claramente que Dios conduce a su
pueblo tan rápidamente como puede recibir verdad adicional. La historia de
Israel es un ejemplo espléndido de cómo obra él con las personas donde ellas
están, no donde estarán en el futuro.[66] Los
profetas también eran parte de este plan divino de revelar la verdad tan rápidamente
como la gente está lista para ella. Ellos mismos experimentaron el proceso.
Pablo no sólo sabía más acerca del plan de salvación que Joel o David, sino que
experimentó la “revelación” en su propia vida.[67]
Algunos llaman a este proceso la “verdad progresiva”. El
término es útil si describe el conocimiento progresivo de las verdades
espirituales que experimenta una persona. Pero es defectuoso si se lo usa en el
contexto de un
desarrollo
evolutivo que procede de la evolución del entendimiento humano a través del
ensayo y el error, y mediante la tesis y la antítesis que permiten llegar a la
síntesis. El método de Dios para enseñar a la raza humana implica tanto la
recuperación de la verdad perdida como el descubrimiento de verdades nuevas,
tan rápidamente como la gente esté lista para recibirla. Se entiende que la
progresión evolutiva es el crecimiento de la humanidad desde la ignorancia
hasta el conocimiento, sin ningún absoluto que colocaría valor universal en el
conocimiento.[68]
Este proceso ocurre con individuos como también con grupos
de personas. La mayoría de las personas saben cómo este proceso ha estado
ocurriendo en sus propias vidas. Si hemos estado creciendo en la gracia, lo que
sabíamos hace diez años acerca de la voluntad de Dios para nosotros
individualmente era mucho menos que lo que cada uno de nosotros sabe en la
actualidad. Sin duda todos nosotros quisiéramos poder corregir lo que les
dijimos a otros hace diez años, aunque en aquel entonces pensábamos que era
sabio.[69]
Pero quizás algunos digan, “Un profeta debiera ser
diferente. ¡Lo que los profetas dijeron cuando tenían veinte años no debiera
necesitar ‘aclaración’ o ‘expansión’ cuando tienen cincuenta y cinco!” Este
punto de vista surge al aceptar un esquema de inspiración verbal. No debemos
olvidar que Dios habla a hombres y mujeres que difieren “notablemente en
posición social y económica y en facultades intelectuales y espirituales”.[70] Esta
“notable” gama de diferencias individuales incluye la “notable” diversidad en
la comprensión que una persona tiene de la verdad cuando es joven y cuando
llega a los años maduros.
Aunque la esencia de la verdad permanezca la misma, las
percepciones de uno se amplían. Las habilidades de comprensión y de
comunicación que maduran pueden expresar el mensaje esencial en forma diferente
en años posteriores. En 1906 Elena de White reflexionó sobre su experiencia de
aprendizaje: “Por sesenta años he estado en comunicación con mensajeros
celestiales, y he estado aprendiendo constantemente con respecto a las cosas
divinas y al modo como Dios obra continuamente para atraer a las almas del
error de sus caminos a la luz de Dios”.[71] Los
profetas son personas humildes que han visto, hasta cierto grado, la gloria del
Señor. Los profetas humildes reconocen fácilmente su deuda hacia Dios por sus
nuevas perspectivas, semejantes a “la luz de la aurora, que va en aumento hasta
que el día es perfecto” (Prov. 4:18).[72]
El principio de crecimiento impregna toda la creación.
Explica la exhortación de Pablo a los corintios: “Nosotros todos, mirando a
cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de
gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor.
3:18). Este texto yace detrás de la regla: “Es una ley del espíritu humano que
nos hacemos semejantes a lo que contemplamos”.[73] De ese
modo, cuanto más
la joven
Elena Harmon estudiaba su Biblia y oraba en busca de dirección divina mientras
enfrentaba las decisiones de la vida, más llegó a ser “transformada” y
“cambiada”; creció en el conocimiento del carácter de Dios y de sus caminos.[74]
Por lo tanto, al permitir que el principio del crecimiento
moldee nuestro estudio de Elena de White (o de la Biblia) debiéramos esperar
una comprensión más profunda [de las verdades divinas] a medida que ella
comunica
a otros
los mensajes de Dios. Podemos observar el crecimiento de su capacidad para
comunicar ideas más profundas cuando comparamos sus primeras descripciones del
origen del gran conflicto en el cielo con las
que
aparecen en Patriarcas y profetas.[75]
De este
modo, cuando los lectores captan una perspectiva más amplia en Patriarcas y
profetas (1890) que la que se encuentra en Dones espirituales [Spiritual
Gifts] (1858), están reconociendo la regla hermenéutica de que un profeta
crecerá en percepción espiritual, al igual que cualquier otra persona. Este
crecimiento de la percepción espiritual le ayudará al profeta a expresar más
claramente el mensaje que Dios desea que transmita. Este es el principio que
describe mejor la experiencia de Jesús en la tierra. Lucas describió su
crecimiento y maduración en su capacidad de compartir los asuntos espirituales
con otros: “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con
Dios y los hombres” (Luc. 2:52).[76]
• Regla Siete: En algunos casos, una persona debe
comprender la experiencia de un evento, ya sea directa o indirectamente, antes
de entender la verdad del evento.
Esta regla
puede parecer contraria a lo que dicta un razonamiento sólido. Pero esa fue la
situación cuando los apóstoles enfrentaron a un mundo incrédulo después de la
resurrección de Cristo. ¿Quién les creería a menos que los apóstoles hubiesen
visto la tumba vacía o hubiesen contemplado a Jesús durante los siguientes
cuarenta días antes de su ascensión? En un sentido similar, los primeros
adventistas a fines de la década de 1840 y a comienzos de la de 1850
“experimentaron” la conexión creciente entre las visiones sobrenaturales de
Elena Harmon/White y la voz de autoridad para su comunidad en crecimiento.[77]
A fines de 1896, mientras estaba en Australia, la Sra. White
tuvo que responder a John Bell quien estaba
promoviendo
un mensaje que causaba disensión respecto al tiempo cuando se cumplirían los mensajes
de los tres ángeles de Apocalipsis 14. En esencia, él lo estaba colocando en el
futuro. Ella escribió perspicazmente en términos que armonizaban con esta
séptima regla de interpretación: “Los conceptos particulares que él sostiene
son una mezcla de la verdad y el error. Si él hubiera pasado por las
experiencias del pueblo de Dios a medida que él lo ha guiado durante los
cuarenta años pasados, estaría mejor preparado para aplicar correctamente la
Escritura. Los grandes hitos de la verdad, que nos muestran nuestro rumbo en la
historia profética, deben ser cuidadosamente protegidos para que no sean
demolidos y reemplazados con teorías que producirían confusión antes que luz
verdadera”.
Ella terminó su respuesta de cinco páginas señalando esta
séptima regla: “Se propusieron muchas teorías que tenían una apariencia de
verdad, pero estaban tan mezcladas con pasajes bíblicos mal interpretados y mal
aplicados, que conducían a errores peligrosos. Sabemos muy bien cómo se
estableció cada rasgo de la verdad, y conocemos el sello puesto sobre la verdad
por el Espíritu Santo de Dios… La dirección del Señor fue evidente,
y sus
revelaciones de la verdad fueron muy admirables. El Dios del cielo la
estableció punto por punto. Aquello que era verdad entonces sigue siendo
verdad ahora”.[78]
Más adelante Elena de White escribió en forma más extensa
sobre este “futurismo” que se enseñaba en Australia. Nuevamente destacó el
papel de la experiencia que debiera ser respetada por los adventistas: “El
Señor
no
inducirá ahora a las mentes a que pongan de lado la verdad que el Espíritu
Santo indujo a sus siervos a proclamar en el pasado… El Señor no pone sobre
aquellos que no han tenido experiencia en su obra la responsabilidad
de
realizar una nueva exposición de las profecías que él, mediante el Espíritu
Santo, ha revelado a sus siervos escogidos para que las expliquen”.[79]
Participar de la experiencia cuando la verdad es revelada se
convierte en un fundamento sólido como la roca no sólo para aquellos que
primeramente la experimentan sino también para quienes más tarde desean “volver
a
experimentarla”
en su propio sistema de la verdad. La verdad, cuandoquiera se encuentre,
“encaja” con la verdad previa así como la rama de un árbol “encaja” con su
tronco. La verdad es coherente.
• Regla Ocho: No todo lo que está en la Biblia o
en los escritos de Elena de White puede entenderse a primera vista, o aun
después de años de estudio.
Este pensamiento puede parecer extraño a la mente
inquisitiva. Pero piense en los astrónomos y neurocirujanos (o investigadores
del código genético, los especialistas en microplaquetas, etc.) que pasan toda
su vida expandiendo su conocimiento, aunque sintiéndose crecientemente
asombrados por lo que se abre ante ellos.
Los cristianos verdaderos practican el principio de suspender el juicio [80]