Capítulo
32
Hermenéutica/1 Principios básicos
“¡Dios ha
hablado! ¿Pero qué ha dicho? Cada declaración, cada documento escrito, demanda
interpreta-ción.
Y la
necesidad aumenta en proporción a la distancia a la que el texto se encuentra
de nosotros en el
tiempo y la cultura”.[1]
La hermenéutica es la ciencia de interpretar los documentos
literarios. Usamos este término cuando intentamos comprender los escritos de
autores seculares como Homero, Platón y Shakespeare, como también los de
escritores inspirados como Moisés, Pablo y Elena de White. Las reglas
hermenéuticas nos ayudan a entender
qué
querían decir los escritores con lo que dijeron.
Elena de White notó la necesidad de la hermenéutica cuando
sugirió: “Volvamos con los ojos de la imaginación a ese escenario” y sentémonos
“con los discípulos” en el Monte de las Bienaventuranzas” (Mat. 5). “Si
comprendemos lo que significaban las palabras de Jesús para quienes las oyeron,
podremos percibir en ellas nueva vida y belleza, y podremos aprovechar sus
lecciones más profundas”.[2]
Aquí se nos recomienda que estudiemos (1) qué “significaban”
las palabras del Señor en el año 30 d.C., y (2) qué debiéramos entender que
“significan” para nosotros hoy. Ese estudio debe seguir las reglas de
hermenéutica
si dos o
más personas han de concordar sobre qué “significaba” un documento
originalmente y qué “significa” hoy.[3] Además, el
blanco de la hermenéutica no sólo es entender lo que un autor quiso decir sino
asegurarse de que no es mal entendido.[4]
He aquí algunas reglas básicas de hermenéutica:
• Si un documento está en un idioma extranjero, se necesita
un conocimiento de ese idioma, incluyendo una comprensión de la estructura y
las expresiones idiomáticas de ese idioma. Aunque esto es especialmente cierto
respecto a
la Biblia con sus documentos hebreos, arameos y griegos, la comprensión de las
expresiones idiomáticas y peculiaridades del inglés norteamericano del siglo
XIX es útil para entender a Elena de White. El conocimiento
dado meramente
por un diccionario no es suficiente.
• Debe reconocerse el tipo de forma literaria, ya sea prosa
o poesía, profecía o historia, alegoría o parábola, etc. Tanto la Biblia como
los escritos de Elena de White requieren este tipo de conocimiento.
• Antes que puedan extraerse deducciones correctas debe
comprenderse el contexto histórico, incluyendo el tiempo preciso cuando fue
escrito el texto, especialmente si el documento trata de asuntos de ética,
interrelaciones
con
poderes civiles contemporáneos y patrones de pensamiento prevalecientes. Para
entender la Biblia y los escritos de Elena de White, los estudiantes deben ser
conscientes del contexto histórico.
• Es útil un conocimiento de los factores climatológicos y
geográficos que influyeron sobre el escritor. Mucho de la Biblia, por ejemplo,
sería oscuro sin un conocimiento de las condiciones geográficas de Palestina y
el impacto de su clima. Gran parte de las observaciones y consejos de Elena de
White resultan más comprensibles cuando reconocemos estos factores.
•A fin de pensar como el escritor y “oír” como sus oyentes,
debemos en la actualidad tratar de “ver” lo que ellos vieron y “oír” lo que
ellos oyeron. Debemos aprender todo lo que podamos sobre el carácter y la
personalidad
del autor
como también sobre la interacción personal general de las personas a las que se
hace referencia en el documento que se está estudiando.
• Los lectores deben descubrir qué significaban las
declaraciones bíblicas para los contemporáneos del profeta antes de concentrarse
en lo que debieran significar actualmente. Esto protegerá a los estudiantes de
“ver” en
la Biblia sólo lo que ellos están buscando.[5]
• En el estudio de la Biblia, aceptamos la comprensión
bíblica implícita de que el Antiguo y el Nuevo Testamentos juntos forman un
canon que contiene el registro de la única revelación de Dios a los seres
humanos. De esa manera la Biblia es su propio mejor intérprete que provee un
contexto teológico unificador para la comprensión de cualquier capítulo y
versículo en particular. Este mismo principio de unidad y coherencia ayudará a
los
estudiantes a entender más claramente la totalidad de los pensamientos de Elena
de White.[6]
Este desafío para comprender lo que la Biblia significa no
es un fenómeno moderno. Temprano en los tiempos del Nuevo Testamento surgió la
necesidad de interpretación con la pregunta de Felipe al etíope: “¿Entiendes
lo que
lees?”
Y el etíope dijo: “¿Cómo podré, si alguno no me enseñare?”
(Hech. 8:30-31). Aquellos que siguen fielmente los principios de interpretación
(hermenéutica) cumplen mejor el papel de guías.
Nosotros estamos en una condición mejor para entender lo que
la Sra. White quiso decir que para entender a muchos otros escritores, porque
tenemos cantidades masivas de material de Elena de White en forma de cartas,
diarios,
entrevistas, sermones, manuscritos generales, artículos de revistas y libros
publicados.
Además, poseemos un archivo voluminoso de observaciones
contemporáneas escritas por personas que conocían bien a Elena de White.
Centenares habían recibido de ella “testimonios” directos, escritos, y, a su
vez,
habían
expresado por escrito su aprecio por su consejo. Durante más de setenta años
hubo hombres y mujeres que la observaron de cerca, la oyeron a menudo y
aguardaban ansiosamente su próximo testimonio escrito, su artículo o libro. Los
comentarios de estas personas retienen mucha legitimidad cuando examinamos la
autoridad y relevancia de la Sra. White. La comprensión de ellas sobre lo que
Elena de White dijo contribuye mucho a nuestro intento actual de determinar qué
quiso decir la Hna. White.[7]
Como hemos indicado antes (ver pp. 256-283, 344), las
contribuciones de Elena de White en áreas como salud, educación y teología, se comprenden
más plenamente cuando se reconoce su tema dominante del Gran
Conflicto.
Ese tema provee la unidad coherente de sus escritos y ayuda a explicar su uso
de fuentes históricas y su aplicación de los pasajes bíblicos.
Sin embargo, una cosa es reconocer y aceptar este principio
dominante, y otra, contestar la pregunta de cómo se aplica y entiende este
principio en la extensión de su consejo en numerosas áreas de pensamiento. Es
esencial confiar en Elena de White, pero la confianza ciega no debiera
sustituir la reflexión cuidadosa cuando llegamos al punto de determinar qué
significa ella en la actualidad.
Para comprender sus escritos es útil notar nuevamente cómo
funciona la revelación/inspiración según está revelada en los escritos
bíblicos.[8] La
comparación entre la comprensión que uno tenga de los escritores bíblicos
y de Elena
de White puede verse en áreas tales como la actitud del lector, la inspiración
de pensamiento o verbal, la infalibilidad, el significado de sola scriptura,
el uso de fuentes comunes, y la diferencia entre lo sagrado y lo común. Lo que
sabemos sobre la manera como fueron inspirados los escritores bíblicos es útil
para nuestro estudio de los escritos de la Sra. White, y lo que sabemos sobre
cómo Dios habló mediante Elena de White puede ayudarnos a entender cómo Dios
habló mediante los profetas en los tiempos antiguos.
Para Elena de White, la Biblia es entendida mejor por
aquellos que la aceptan como la Palabra de Dios: “Tomo la Biblia tal como es,
como la Palabra Inspirada”. Cuando alguien encuentra necesario “definir lo que
es inspirado y lo que no es, se… [ha] adelantado a Jesús para mostrarle un
camino mejor que aquel en que nos ha conducido”.[9] Ella creía
que “la Biblia fue dada con propósitos prácticos”[10] y que
“nadie necesita perderse
por falta
de conocimiento, a menos que cierre los ojos voluntariamente”.[11]
Sin embargo, ella reconocía que había problemas en la
comunicación. “Las mentes que difieren en educación y pensamiento reciben
impresiones diferentes de las mismas palabras”. Por lo tanto, “es difícil que,
por medio del lenguaje, una persona le dé a otra, de diferente temperamento,
educación y hábitos de pensamiento, exactamente las
mismas
ideas en cuanto a lo que es claro y nítido en su propia mente. Sin embargo,
para los hombres honrados y de mentalidad recta, [un autor]… puede… transmitir
su significado para todos los fines prácticos”. Pero si el lector “no es
sincero y no desea ver y comprender la verdad, dará vuelta sus palabras y
lenguaje… para que se adapte a sus
propios
propósitos”.[12]
Elena de White lamentaba que algunos distorsionaban sus
escritos al igual que hacían con la Biblia: “Esta es la forma en que son
tratados mis escritos por los que desean entenderlos mal y pervertirlos… En la
misma forma en que tratan lo escrito en mis artículos publicados y en mis
libros, así tratan la Biblia los escépticos e incrédulos. La leen de acuerdo
con su deseo de pervertir, aplicar mal o voluntariamente distorsionar las
declaraciones de su verdadero significado”.[13]
Un problema que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos de
sus días fue que ellos usaron erróneamente el Antiguo Testamento, abusaron de él,
y por ello no reconocieron a Jesús como su Mesías. Elena de White indicó
que estos
dirigentes “no” estaban “acostumbrados a aceptar la Palabra de Dios tal como
reza, o a permitir que fuese su propio intérprete”. Los dirigentes judíos leían
el Antiguo Testamento “a la luz de sus máximas y tradiciones… Se volvieron con
aversión de la verdad de Dios a las tradiciones de los hombres”.[14]
La actitud de uno al leer la Biblia es fundamental para una
comprensión correcta de lo que significa la Biblia. Esto es más importante que
una preparación erudita. Los dirigentes judíos con su erudición no reconocieron
a Jesús. Elena de White recalcó en muchas ocasiones que “el egoísmo nos impide
contemplar a Dios. El espíritu que trata de
complacerse
a sí mismo juzga a Dios como enteramente igual a sí. A menos que hayamos
renunciado a esto, no podemos comprender a Aquel que es amor”.[15] Ella dio
esta pro-mesa: “Todo aquel que escudriña las Escrituras
diligente
y pacientemente para poder educar a otros y emprende la tarea correctamente y
con un corazón honesto, depositando a la puerta de la investigación sus ideas
preconcebidas, cualesquiera puedan haber sido, y sus prejuicios hereditarios,
obtendrá verdadero conocimiento”.[16]
En resumen, Elena de White proveyó varias sugerencias sobre
cómo estudiar para encontrar la verdad:
• Debiéramos invitar al Espíritu Santo para que nos ayude en
nuestro estudio.[17]
• Debemos estar dispuestos a obedecer la verdad.[18]
• Debemos tener una mente abierta, incluso preparada para
renunciar a opiniones sustentadas previamente.[19]
• Debiéramos anticipar el descubrimiento de verdades nuevas.[20]
• Debiéramos esperar luz “nueva” que armonice con verdades
antiguas.[21]
• Una interpretación puede estar equivocada si está
acompañada de un espíritu que no es semejante a Cristo. En el contexto de la
sesión del congreso de la Asociación General de 1888, Elena de White escribió a
los que todavía tenían una actitud antagonista hacia ella y hacia los pastores
Jones y Waggoner: “Estos testimonios del Espíritu de Dios, los frutos del
Espíritu de Dios, no tienen peso a menos que reciban el sello de vuestras ideas
sobre la ley en Gálatas. Siento temor de vosotros y de vuestra interpretación
de cualquier [pasaje de la] Escritura que ha sido manifestada con un espíritu
no cristiano como el que vosotros habéis mostrado y que me ha costado tanto
trabajo innecesario… Que vuestra cautela se ejercite mostrando temor no sea que
estéis cometiendo el pecado contra el Espíritu Santo… Siento temor de cualquier
aplicación de la Escritura que necesite tal espíritu y lleve tal fruto como el
que vosotros habéis manifestado”.[22]
Pero Elena de White vio problemas adicionales que pueden
surgir cuando uno pre-gunta: ¿Cómo habla el Dios infinito, infalible, a hombres
y mujeres falibles, finitos? ¿Cómo puede una persona, muchos años después
de la
aparición de un profeta, entender sus mensajes divinamente inspirados que han
sido escritos centenares, aun miles de años antes?
Para algunos parece más fácil creer que Dios dictó las
palabras que el profeta registró fielmente. Para ellos, este método evitaría
equivocaciones al eliminar el error humano. Para otros, este método del dictado
no sólo ignora la realidad sino que abre la puerta in-necesariamente a una
enorme lista de problemas que desacreditan lo que Dios ha estado tratando de
hacer.[23]
Elena de White se identificó con aquellos que aceptaban el
concepto de inspiración del pensamiento en vez de inspiración verbal. Ella
reconocía que “los escritores de la Biblia tuvieron que expresar sus ideas con
lenguaje
humano.
Fue escrita por seres humanos… La Biblia no nos es dada en un grandioso
lenguaje sobrehumano… Todo lo que es humano es imperfecto. Diferentes significados
se expresan con la misma palabra: no hay una palabra para cada idea distinta…
La Biblia está escrita por hombres inspirados, pero no es la forma del
pensamiento y de la expresión de Dios… La inspiración no obra en las palabras
del hombre ni en sus expresiones, sino en el hombre mismo, que está imbuido con
pensamientos bajo la influencia del Espíritu Santo. Pero las palabras reciben
la impresión de la mente individual… La mente y voluntad divinas se combinan
con la mente y voluntad humanas. De ese modo, las declaraciones del hombre son
la palabra de Dios”.[24]
¿Qué conclusión extraeremos de este re-conocimiento de la
enorme diversidad de expresión y lógica, tan diversa como el número de
escritores que hay? ¿De qué modo los lectores de estos profetas pueden
encontrar más
tarde
coherencia y unidad en lo que todos declaran que es “la palabra del Señor”? La
unidad del mensaje está garantizada por el Autor que los inspiró a todos. Elena
de White escribió: “El Creador de todas las ideas puede
impresionar
a diferentes mentes con el mismo pensamiento, pero cada una puede expresarlo de
una manera diferente, y sin embargo sin contradicción”.[25]
Con todo, la unidad de la Biblia no siempre es evidente al
lector casual. “El alma iluminada ve una unidad espiritual, una gran hebra de
oro que corre por todo el conjunto, pero se requieren paciencia, meditación y
oración
para
rastrear la preciosa hebra áurea”.[26]
Los eruditos bíblicos han comparado la unión divino-humana
en Jesucristo con la unión divino-humana en la escritura de la Biblia. Elena de
White respaldó esta comparación: “La Biblia no nos es dada en un grandioso
lenguaje
sobrehumano. Jesús tomó la humanidad a fin de llegar hasta el hombre donde éste
está”.[27] “La
Biblia, con sus verdades de origen divino expresadas en el idioma de los
hombres, es una unión de lo divino y lo humano. Esta unión existía en la
naturaleza de Cristo, quien era Hijo de Dios e Hijo del hombre. Se puede decir
de la Biblia lo que fue dicho de Cristo: ‘Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó
entre nosotros’ (Juan 1:14)”.[28]
Jesús nació como un judío, no un africano o un noruego.
Probablemente tenía menos de 1,80 m de alto. Estaba limitado por el ADN de su
pasado genético. No obstante, revelaba la Palabra de Dios, su mensaje, en su
sentido más puro.[29]
La Biblia tal como la conocemos hoy fue escrita por “hombres
[limitados] que diferían notablemente en posición social y eco-nómica y en
facultades intelectuales y espirituales”.[30] El Autor
de la Biblia habló a hombres diversos que tenían ideas diversas, algunos más
limitados que otros. Sin embargo, cada escritor captaba “los puntos que
armoniza[ba]n con su experiencia o con sus facultades de percepción y
apreciación”. Cuando los mensajes escritos son finalmente reunidos, todos estos
“aspectos diferentes de la verdad” son vistos en “perfecta armonía”.
En
conjunto, por limitado que cada escritor pueda ser, forman un “todo perfecto”.
Estas experiencias y percepciones diversas de sus muchos escritores presentan a
lectores posteriores, en todo lugar y en todos los tiempos, la Palabra del
Señor “adecuada para satisfacer las necesidades de los hombres en todas las
circunstancias de la vida”.[31]
En una carta significativa al joven médico David Paulson,
Elena de White trató de apartarlo del punto de vista de una inspiración verbal.
El Dr. Paulson, un notable hombre de fe, tuvo mucho que ver con el
establecimiento
del
Sanatorio y Hospital de Hinsdale, en Hinsdale, Illinois. Ella escribió: “En su
carta, usted habla de que fue instruido desde niño en tener fe implícita en los
testimonios y dice: ‘Fui inducido a concluir y creer con toda firmeza que cada
palabra que usted habló en público o en privado, que cada carta que usted
escribió en cualquier circunstancia y en
todas ellas,
fueron tan inspiradas como los Diez Mandamientos’ ”.
Ella continuó: “Mi hermano, usted ha estudiado mis escritos
diligentemente, y nunca ha encontrado que yo haya pretendido algo semejante, ni
tampoco encontrará que los pioneros de nuestra causa jamás pretendieran eso.
“En mi introducción al libro El conflicto de los siglos,
sin duda usted ha leído mi declaración en cuanto a los Diez Mandamientos y a la
Biblia, lo que debería haberle ayudado a una correcta comprensión del asunto
que consideramos”. Ella entonces citó
de su propia introducción a El conflicto de los siglos y de una
declaración anterior pertinente que se encuentra en el tomo 5 de los Testimonios.
[32]
En resumen, para entender la Biblia y los escritos de Elena
de White, debe ser clara la diferencia importante entre revelación del
pensamiento e inspiración verbal. Aunque los inspiracionistas verbales (ya sea
estudiantes
de la
Biblia o de los escritos de la Sra. White) pretenden disfrutar de mayor
seguridad al poseer la palabra exacta de Dios, tienen gran dificultad al tratar
de explicar los que parecen ser “errores”, “contradicciones” o “discrepancias”.
Los falsos
supuestos de los inspiracionistas verbales han causado mucha confusión y
pérdida de confianza entre aquellos que han tratado de estudiar los escritos
inspirados.
Aquellos que creen en la inspiración del pensamiento
entienden que el profeta es el “escribiente” de Dios, no su pluma. Dios obra a
través de los procesos mentales de su mensajero, inspirando los pensamientos,
pero, bajo la dirección del Espíritu, permite que el mensajero escoja la manera
como los pensamientos han de expresarse.
La introducción de Elena de White de El conflicto de los
siglos nos ha dado una percepción clara sobre cómo trabajan los
profetas. Reconociendo que pueden existir
discrepancias en la Biblia y que el “orden perfecto o [la] aparente unidad”
pueden a veces no estar presentes, ella concluyó: “Todos los errores no
ocasionarán dificultad a un alma ni harán que ningún pie tropiece, a menos que
se trate de alguien que elaboraría dificultades de la más sencilla verdad
revelada”.[33]
La infalibilidad es una característica sólo de Dios, no de
sus mensajeros. Los seres creados no pueden ser infalibles; siempre dependen de
su Creador, siempre están distantes de la perfección absoluta, siempre están en
el
proceso de
llegar a ser lo que Dios tenía planes de que fuesen.
Aunque el mensaje que Dios revela a través de sus mensajeros
es sin error, el mensaje es comunicado mediante mensajeros proclives al error,
falibles. Es por esto que Elena de White llamó a los profetas escribientes
de Dios,
no su pluma. Y es por esto que dijo francamente: “Acerca de la infalibilidad,
nunca pretendí tenerla. Sólo Dios es infalible”.[34]
Por lo tanto, la infalibilidad no está “a prueba” en las
palabras del profeta, ya sea en la Biblia o en los escritos de Elena de White.
Lo que está en juego es la búsqueda de esa autoridad infalible que Dios está
comunicando
mediante
sus mensajeros. Los mensajes de Dios están impregnados de autoridad infalible.
La búsqueda de exactitud en la comprensión de los mensajes infalibles de Dios
depende, en parte, de la fidelidad de una persona a las reglas de la
hermenéutica, no contaminada por las presuposiciones filosóficas humanas.
Sola
Scriptura (la Biblia sola)
“La Biblia y la Biblia sola” fue la premisa fundamental de
los reformadores protestantes, ya sea Lutero en Alemania, Zuinglio y Calvino en
Suiza, o Farel en Francia. En otras palabras, para los reformadores la Biblia
re-emplazaba a las autoridades humanas. Pero esta insistencia heroica en “la
Biblia sola” como la regla de fe y práctica del cristiano requiere tres
observaciones: (1) los reformadores tenían dificultad en aceptar toda la
Biblia; (2) no comprendían plenamente la continuidad de los dones espirituales
que la Biblia enseña expresamente; y (3) diferían
ampliamente
en cuanto a qué quería decir la Biblia. Claramente, la consigna no era
suficiente en sí misma.
La primera observación es respaldada por el hecho de que
Lutero tenía gran dificultad con los libros de Santiago, Hebreos y Apocalipsis.
Calvino descartaba virtualmente el libro de Apocalipsis. Otros reformadores
rechazaban el Antiguo Testamento. En realidad, reformadores posteriores que trataron
de lograr que los principales reformadores como Lutero viesen la integridad de
toda la Biblia, fueron tratados como heréticos.[35]
La segunda y tercera observaciones, para nuestros
propósitos, se refieren especialmente a Elena de White. ¿Cuál era su comprensión
de ese principio protestante vital, “La Biblia y la Biblia sola”?[36] Ella usó
la frase a menudo
y con
precisión. La usó como la usaban los reformadores, como autoridad; esto es, la
Biblia permanecía por encima y sola en contraste con los dogmas papales, los
concilios y los escritos de los padres de la iglesia. Para ella, al igual que
para los reformadores, la verdad de la salvación se encuentra en la Biblia, no
en decretos papales o en los votos de los concilios de la iglesia.
Ella escribió: “El gran principio que sostenían estos
reformadores… era la infalible autoridad de las Santas Escrituras como regla de
fe y práctica. Negaban a los papas, a los concilios, a los padres y a los reyes
todo derecho para dominar las conciencias en asuntos de religión”.[37]
Ella también usó este “principio vital” en agudo contraste
con los entusiastas de Zwic-kau en tiempo de Lutero que se permitían guiarse
primariamente por sus sentimientos, los que ellos suponían que estaban
dirigidos por el Espíritu Santo. Escribió la Sra. White: “Rechazaban el gran
principio que era la base misma de la Reforma, es a saber, que la Palabra de
Dios es la regla perfecta de fe y práctica; y en lugar de tan infalible guía
sustituían la norma variable e insegura de sus propios sentimientos e
impresiones. Y así, por haberse despreciado al único medio seguro de descubrir
el engaño y la mentira se le abrió camino a Satanás para que a su antojo
dominase los espíritus”.[38]
Para Elena de White, la Biblia era siempre la piedra de toque
de la verdad. Ninguna otra norma era necesaria o legítima: “Recomiendo al
amable lector la Palabra de Dios como regla de fe y práctica. Por esa Palabra
hemos de ser juzgados”.[39] En 1909,
en su última presentación pública en una sesión de la Asociación General, ella
dejó el púlpito para ir a su asiento después de haber terminado su sermón. Pero
regresó y, levantando la Biblia con la que había estado predicando, la abrió y
la sostuvo con manos temblorosas por la edad, diciendo: “Hermanos y hermanas, os
recomiendo este libro”.[40]
Ella contrastó la frase, “la Biblia y la Biblia sola”, con
puntos de vista humanos y cualquier otra forma de expresar “posiciones de
tradiciones religiosas no bíblicas, experiencia, posición eclesiástica y razón
humana”.[41]
Los profetas bíblicos siempre señalaron a las Escrituras
previamente aceptadas como el criterio de fe y práctica. Mucho antes que se
previera la existencia del Antiguo Testamento, hombres como el rey Josías (2
Rey. 22),
Esdras y
Nehemías (Neh. 8), y Daniel (Dan.9) se refirieron a los profetas previos como
portadores de la Palabra de Dios. Nunca ni siquiera entró en la mente de muchos
de esos profetas que sus escritos serían eventualmente
clasificados
con los escritos de Moisés. Cuando Pablo predicó el Evangelio, la Biblia que él
usó como autoridad fue el Antiguo Testamento. No tenía idea de que sus cartas
constituirían una parte principal de lo que se llamaría el Nuevo Testamento.
Cada escritor bíblico fue juzgado posteriormente como digno
de confianza por el hecho de que sus escritos satisfacían la prueba de Isaías
8:20: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no
les ha
amanecido”. Además, aquellos que leían estos escritos descubrían la voz de Dios
hablando a sus almas. Efectivamente, una de las pruebas principales de un
profeta es que armonice con mensajes inspirados previos.[42]
De este modo, sola scriptura significa que toda
pretensión de autoridad divina debe satisfacer la norma de mensajes proféticos
previamente aceptados. Apelaciones al sentimiento personal o a experiencias
dramáticas,
por un
lado,[43] o
apelaciones a autoridades humanas tales como concilios eclesiásticos o teólogos
respetados, por el otro, no son en sí mismas evidencias de que Dios ha hablado.
La consigna, “La Biblia y la Biblia sola”, significa que los
mensajes de cada profeta posterior tendrían que ser juzgados por su fidelidad a
los mensajes anteriores. Además de eso, esta frase significa que debe honrarse
todo lo que la Biblia ha enseñado, incluyendo su declaración de que el “don de
profecía” continuaría hasta el fin del tiempo. Por lo tanto, sola scriptura no
significa que Dios no planee dar más información a hombres y mujeres a través
del “don de profecía”, porque eso sería un non sequitur [conclusión errónea];
negaría un principio bíblico.[44]
Los primeros adventistas sabían que aceptar a Elena de White
como una mensajera de Dios conduciría a desacuerdos con otros grupos
cristianos. Al comienzo del ministerio de su esposa, Jaime White hizo claro que
el cris-tiano “debería orar fervientemente para ser ayudado por el Espíritu
Santo en el escudriñamiento de las Escrituras en busca de toda la verdad y de
todo su deber. No está en libertad para apartarse de ellas a fin de aprender su
deber mediante cualquiera de los dones. Afirmamos que en el mismo momento que
lo hace, coloca los dones en un lugar erróneo, y asume una posición
extremadamente peligrosa. La Palabra debiera estar al frente, y el ojo de la
iglesia debiera fijarse en ella como la regla por la cual caminar y la fuente
de sabiduría”.[45]
Los primeros adventistas también sabían que otros cristianos
sostendrían que el ministerio de Elena de White violaba el principio
protestante de “la Biblia y la Biblia sola”. Pero los adventistas respondían
“que era a causa de su confianza en las Escrituras que aceptaban el
ministerio de Elena de White como vital para ellos”.[46]
Cuando Dios habla a los profetas no instala un diccionario o
una enciclopedia en sus mentes. Los profetas toman el mensaje inspirado y hacen
lo mejor posible para comunicarlo en formas de lenguaje y pensamiento que le
harán justicia al mensaje. Algunos (como Pedro) necesitaban que otros les
ayudasen con su gramática;[47] otros
(como Lucas) reunían [información] de fuentes contemporáneas tanto como podían
a fin de exponer la verdad que ardía en su interior.[48] Pablo
usaba a escritores contemporáneos para establecer un mejor contacto con su
público griego.[49]
Los escritores del Antiguo Testamento dependían a menudo de
informes orales o documentos anteriores a fin de preparar sus mensajes. Moisés
no necesitó visiones para describir la historia de su nacimiento o para volver
a contar las narraciones históricas que colocó en el Génesis. Los libros de
Josué y Jueces fueron probablemente compilados durante la monarquía de David,
de acuerdo con la evidencia interna. Los autores de Reyes y Crónicas obviamente
usaron fuentes a las que a menudo hacían referencia. En realidad, a veces los
autores citaban de otros libros del Antiguo Testamento sin dar crédito a sus
fuentes: compare 2 Reyes 19:1-2 con Isaías 37:1-2, y 1 Crónicas 10:1-3 con 1
Samuel 31:1-3.[50]
El Nuevo Testamento presenta muchos casos en los que se
tomaba prestada información de fuentes no bíblicas, tales como la Sabiduría de
Salomón,[51] 1 Enoc,[52] Testimonios
de los doce patriarcas,[53] y los
Tárgumes Palestinos.[54]
Elena de White explicó francamente por qué ella usaba
diversos historiadores al trazar “la historia de la lucha en las edades pasadas”.
Ella escribió: “Con este fin, he tratado de escoger y reunir acontecimientos de
la historia de la iglesia en forma que quedara bosquejado el desenvolvimiento
de las grandes verdades comprobantes que en diversas épocas han sido dadas al
mundo”.[55]
¿Cómo usaba ella a estos historiadores? Ella indicó: “En
algunos casos cuando he encontrado que un historiador había reunido los hechos
y presentado en pocas líneas un claro conjunto del asunto, o agrupado los
detalles en forma conveniente, he reproducido sus palabras, no tanto para citar
a esos escritores como autoridades, sino porque sus palabras resumían
adecuadamente el asunto. Y al referir los casos y puntos de vista de quienes
siguen adelante con la obra de reforma en nuestro tiempo, me he valido en forma
similar de las obras que han publicado”.[56]
Como lo hicieron todos los profetas, Elena de White tuvo que
proveer el lenguaje humano para comunicar los grandes pensamientos y los
panoramas abarcantes que ella veía en visión o sentía en otros momentos de
comunicación divina. Su capacidad para proveer un lenguaje y estilo apropiados
maduró a medida que pasaron los años, como lo indica cualquier estudio de sus
manuscritos personales y de sus escritos que han sido publicados. A veces ella
reconocía que otros habían escrito con belleza y precisión sobre ciertos temas
que deseaba hacer más claros en sus escritos. Para revestir mejor esas verdades
reveladas divinamente ella utilizaba expresiones prestadas. La motivación que
siempre la apremiaba era prontitud en la transmisión de la verdad junto con
toda la gracia humana que fuese posible.
Algunos han suscitado dos preguntas respecto a los
escritores bíblicos y a Elena de White: ¿Cómo afecta a la autoridad del
escritor el hecho de que pida material prestado? ¿Se vuelve inspirado el
material prestado? Estas preguntas surgen porque se entiende erróneamente la
inspiración como dictado mecánico (inspiración verbal).
Probablemente no se formularían esas dos preguntas si se
entendiera que se permite a los profetas encontrar los mejores métodos a su
disposición para comunicar los pensamientos que Dios les ha dado.[57]
¿Cuál es, entonces, el valor del material prestado? Parece
lógico que si Dios reveló su mensaje a los profetas, también les ayudaría a
comunicar el mensaje en lenguaje humano. Elena de White indicó que Dios “guió
la inteligencia de ellos en la elección de lo que debían decir y escribir. El
tesoro fue confiado a vasos de barro, pero no por eso deja de ser del cielo”.[58]
En cierto sentido, Dios no esperaba que el escritor bíblico
“reinventara la rueda”. Guió a Pablo para que tomase prestado de libros
apócrifos para desarrollar una parte sustancial de Romanos 1. Lo guió para que
encontrase material útil, por lo menos para los oyentes de su tiempo, en los tárgumes
judíos (traducción o paráfrasis aramea de una porción del Antiguo Testamento)
para desarrollar 1 Corintios 10:1-4 y 2 Timoteo 3:8. Guió a Juan para encontrar
ayuda generosa en fuentes contemporáneas tales como los tárgumes y 1 Enoc. Si
el lenguaje ya disponible parecía ayudar al autor bíblico para apresurar la
preparación de su mensaje, él tomaba prestado prudentemente para lograr su
propósito. Sin duda muchos de sus contemporáneos reconocían rápidamente de
dónde el
escritor había tomado prestado su material. Para los que recibían el mensaje
del profeta, ese préstamo no era un problema: veían el cuadro amplio del
mensaje del escritor.
En forma semejante, muchos en los días de Cristo reconocían
sus referencias a fuentes extrabíblicas que él usaba para desarrollar sus
mensajes, mensajes que eran verdaderamente originales. Pero su uso de fuentes
no tenía nada que ver con la autoridad u originalidad de sus mensajes.[59]
¿Se vuelve inspirado el material prestado? Sólo en el
sentido de que ayuda al escritor a expresar más claramente su mensaje. Esto
puede conducir a otra pregunta: ¿Por qué ni Pablo ni Juan dieron crédito a los
autores del material que tomaron prestado? Tal vez creían, como pasó con Elena
de White, que “todo rayo del pensamiento, todo destello del intelecto, procede
de la Luz del mundo”.[60] Esta
convicción de que Dios es el Autor de toda verdad puede haber sido una de las
razones por las que no sintieron la necesidad de hacer referencia a sus
frecuentes “préstamos”.
Los profetas
obviamente mezclan informa-ción común, de todos los días, con el mensaje
divino. Cuando Pablo se refería con aprecio a contemporáneos, ese no era el
mensaje divino. Cuando le pidió a Timoteo que encontrase el capote y los pergaminos
que había dejado en Troas y que viniese “antes del invierno”, esa era
conversación común y corriente (2 Tim. 4:9-21). Cuando leemos la genealogía de
las familias de Israel desde
Adán,
estamos leyendo información histórica común, no un mensaje dado por revelación
(1 Crón. 1-8).
Elena de White reconoció esta distinción entre información
ordinaria y el mensaje divino: “Hay oportunidades cuando deben declararse cosas
comunes, pensamientos comunes deben ocupar la mente, deben escribirse cartas
comunes y se debe dar información que ha pasado de un obrero a otro. Tales
palabras, tal información, no son dadas bajo la inspiración especial del
Espíritu de Dios. Se hacen preguntas a veces que no tienen nada que ver con
temas religiosos, y esas preguntas deben ser contestadas. Conversamos acerca de
casas y tierras, transacciones comerciales y ubicación para nuestras
instituciones, sus ventajas y desventajas”.[61]
Esta distinción apareció en una carta en 1909 en la que
Elena de White estaba “preocupada” por el ex gerente del Sanatorio de Paradise
Valley, E. S. Ballenger. Ella escribió que Ballenger estaba “negando los
testimonios en su conjunto por lo que a él le parece una contradicción: una
declaración hecha por mí en cuanto al número de habitaciones del Sanatorio de
Paradise Valley”. En una carta anterior ella había comentado que el sanatorio
tenía cuarenta habitaciones, cuando tenía sólo treinta y ocho.
Ella continuó: “La información dada en cuanto al número de
habitaciones del Sanatorio de Paradise Valley no fue dada como una revelación
del Señor sino simplemente como una opinión humana. Nunca me ha sido revelado
el número exacto de habitaciones de ninguno de nuestros sanatorios, y el
conocimiento que tengo en cuanto a tales cosas lo he obtenido preguntando a los
que suponía que estaban informados… Es un gran error que uno mezcle lo sagrado
con lo común. En una tendencia a hacer esto podemos ver la obra del enemigo
para destruir las almas”.[62]
Los estudiantes de los escritos proféticos debieran saber
cómo separar lo sagrado de lo común. A veces la pregunta se plantea en términos
de qué está inspirado y qué no lo está. (Obviamente la distinción no debiera
basarse
en si
estamos de acuerdo con una porción definida de los escritos de un profeta.) El
incidente de 1909 respecto al número de habitaciones en el Sanatorio de
Paradise Valley es un ejemplo de una referencia “común”. Se encuentran otros
ejemplos en centenares de cartas de la Sra. White donde ella hablaba del
tiempo, listas de compras, el jardín, o sus nietos. Pero tarde o temprano ella
dirigía el pensamiento del lector a sus necesidades espirituales o a alguna
actividad de la iglesia. Este cambio era una señal clara a los lectores de que
ahora estaban escuchando un mensaje
que
trascendía los temas “comunes”.
Sólo un porcentaje pequeño de los escritos publicados de
Elena de White se refieren a temas “comunes”, como cualquiera puede comprobarlo
fácilmente. Ella pudo escribir: “ ‘En estas cartas que escribo, en el testimonio
dado, os presento lo que el Señor me ha presentado. No escribo un solo artículo
en la revista que exprese meramente mis propias ideas. Son lo que Dios ha
desplegado ante mí en visión: los preciosos rayos de luz que brillan del
trono’. Esto es verdad en cuanto a los artículos en nuestras revistas y en los
muchos tomos de mis libros”.[63]
La Sra. White no hace diferencia entre la inspiración de sus
libros, artículos o cartas cuando están dando consejo espiritual. Esto invalida
la posición que algunos han asumido de que sólo sus libros están inspirados.
Los que toman esa posición olvidan que mucho de lo que está en sus libros fue
escrito primeramente
en forma
de artículo.[64]
Además, es muy claro el hecho de que los escritores bíblicos
‘mezclaban’ fuentes extrabíblicas con sus mensajes basados en una visión. En
consecuencia, uno no puede descartar la obra de un profeta simplemente porque
alguna porción del libro contiene material procedente de fuentes que no son de
revelación divina. Si los profetas incluyen los escritos de otros para expresar
mejor la verdad, no se considera ese material como meramente
“común” en
el sentido en que hemos estado usando el término.
[1] Raoul Dederen, “Introduction
to Hermeneutics”, ed., Gordon M. Hyde, A Symposium on Biblical Hermeneutics (Washing-ton,
D.C.:
Instituto de Investigación Bíblica, 1974), pp. 1-2.
[2] El discurso maestro de Jesucristo, p. 7.
[3] Para un
estudio de las reglas de hermenéutica, ver Gerhard F. Hasel, “Principles of
Biblical Interpretation”, Gordon M. Hyde, ed., A Symposium on Biblical
Hermeneutics (Washington, D.C.: Instituto de Investigación Bíblica,
Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 1974), pp.163-193;
Miroslav M. Kis, “Biblical Interpretation and Moral Authority”, Journal of
the Adventist Theological Society, Otoño, 1995, pp. 52-62. George R. Knight, Reading Ellen White: How to
Understand and Apply Her Writings (Hagerstown, MD, Review and Herald
Publishing Asso-ciation,1997).
[4] Quintiliano,
del primer siglo, un maestro en la historia de la teoría persuasiva, escribió:
“Debemos tener cuidado no de
que a él
[el lector o el oyente] le sea posible entender, sino de que le sea
completamente imposible no entender”.—The Institutio Oratorio of Quintilian,
libro VIII, cap. 2, N.o 23-24 (traducido por John A. Broadus, On the
Preparation of Sermons, edición revisada por Jesse Burton Weatherspoon;
Nueva York: Harper and Brothers, 1944), p. 241.
[5] “Esto no
significa… que el autor original o la audiencia original entendían plenamente
el propósito de Dios al compartir el futuro con ellos. Pero lo que Dios nos
diría a nosotros acerca del fin [del mundo] no contradecirá lo que les
dijo a ellos… Leer estos textos como si estuvieran escritos exclusivamente
para nosotros es lanzarnos en un viaje extravagante que puede parecer
bíblico, pero que en realidad nos conducirá lejos de la verdad”.—Jon Paulien, What
the Bible Says About the End-Time (Hagerstown, MD: Review and Herald Publishing
Association, 1994), p. 36.
[6] “Explicar
la Escritura mediante la Escritura… fue el gran principio de la
Reforma”.—D’Aubigné, History of the Reformation, p. 501.
[7] Podemos
estar agradecidos que Elena de White vivió en una era anterior al uso extenso de
teléfonos, e-mail y el botón para borrar en una computadora. Lo que normalmente
se transmitiría hoy mediante una corta llamada telefónica, requería un
documento escrito.
[8] Ver pp. 16, 120, 173, 421.
[9] Mensajes
selectos, t. 1, p. 19.
[10] Id., p. 23.
[11] Id., p. 21.
[12] Ibíd.
[13] Id., p. 22.
[14] Manuscrito 24, 1891, citado en MR, t. 19, p. 253.
[15] El Deseado
de todas las gentes, p. 270. “La percepción y apreciación de la verdad,
dijo, dependen menos de la mente que del corazón. La verdad debe ser recibida
en el alma; exige el homenaje de la voluntad. Si la verdad pudiese ser sometida
a la razón sola, el orgullo no impediría su recepción. Pero ha de ser recibida
por la obra de gracia en el corazón; y su recepción depende de que se renuncie
a todo pecado revelado por el Espíritu de Dios”.—Id., p. 419.
[16] Manuscrito
4, 1896, citado en MR, t. 4, p. 56. Jon Paulien, al comenzar una lista
de principios hermenéuticos, escribió: “Toda vez que usted tome la Biblia
para efectuar un estudio a fondo ore fervientemente para pedir una actitud
discipular y receptiva a la dirección del Espíritu Santo. Sin oración y la
iluminación del Espíritu Santo, el trabajo del erudito aun más excelente puede
sutilmente errar el camino. Las ideas de Dios no son dominadas naturalmente por
mentes seculares. He encontrado útil la siguiente oración: ‘Señor, ayúdame a
encontrar la verdad sobre este tema, no importa cuál sea el costo’. Conocer la
verdad le costará algo, pero vale la pena el sacrificio para entender la mente
de Dios”.—GAT the Bible Says About the End-Time, p. 37. (Ver también Jon
Paulien,
“The Interpreter’s Use of the Writings of Ellen G. White”, Frank B. Holbrook
ed., Symposium on Revelation, t. 1 (Silver Spring, MD: Instituto Bíblico
de Investigación, Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 1992).
[17] “Sin la
iluminación del Espíritu, los hombres no podrán distinguir la verdad del error,
y caerán bajo las tentaciones maestras de Satanás”.—Palabras de vida del
gran Maestro, p. 338.
[18] “Cuandoquiera
que los hombres no traten de estar en armonía con Dios en sus palabras y
acciones, por sabios que sean están expuestos a errar en su comprensión de la
Escritura, y es peligroso confiar en sus explicaciones”.—Joyas de los
Testimonios, t. 2, pp. 309-310. “La creencia no es un acto intelectual sino
un acto moral por el cual me comprometo deliberadamente… La creencia debe ser
la voluntad de creer”.—Chambers, My Utmost for His Highest, p.
265.
[19] “No
podemos sostener que ninguna posición, una vez adoptada, ninguna idea, una vez
defendida, no habrá de ser abandonada en circunstancia alguna. Hay solamente
Uno que es infalible”.—Testimonios para los ministros, p. 105.
[20] “En cada
época hay un nuevo desarrollo de la verdad, un mensaje de Dios al pueblo de esa
generación. Las viejas verdades
son todas
esenciales; la nueva verdad no es independiente de la vieja, sino un desarrollo
de ella. Es únicamente comprendiendo las viejas verdades como podemos entender
las nuevas”.—Palabras de vida del gran Maestro, p. 98. “Aunque autores
excelentes y talentosos hayan dado a conocer verdades maravillosas y hayan
presentado mayor luz a la gente, todavía en nuestros días encontraremos nuevas
ideas”.—Review and Herald, 3 de junio, 1890.
[21] “Se
levantará uno, y después otro, con nueva luz que contradiga la luz que Dios ha
dado mediante la demostración de su Espíritu Santo… No hemos de recibir las
palabras de los que vienen con un mensaje que contradice los puntos especiales de
nuestra fe. Reúnen un montón de versículos y los amontonan como una prueba en
torno de las teorías que afirman. Esto ha sido hecho vez tras vez durante los
últimos cincuenta años. Y al paso que las Escrituras son la Palabra de Dios y
han de ser respetadas, es un gran error la aplicación de ellas, si tal
aplicación mueve un puntal del fundamento que Dios ha sostenido durante estos
cincuenta años”.—Mensajes selectos, t. 1, pp. 188-189.
[22] Carta 83,
1890, citada en MR, t. 9, p. 330.
[23] Ver pp. 16, 120, 173, 421.
[24] Mensajes
selectos, t. 1, pp. 22-24. “Con frecuencia los hombres dicen que
cierta expresión no parece de Dios. Pero Dios