Capítulo 3
“Guardaos
de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por
dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:15-16). “No
apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened
lo bueno” (1 Tes. 5:19-21).
Por muchas
razones cada profeta es “único-en-su-especie”. Las experiencias de la vida y su
propia misión específica en un tiempo específico en la historia, modelan los
productos en una configuración irrepetible de aptitudes físicas, mentales,
emocionales y espirituales. De este modo, aun los profetas pueden considerar su
llamado profético en un sentido diferente de como otros profetas lo harían.
Kenneth H. Wood ilustró bien esto: “Hacer dos galletitas exactamente iguales es
una cosa; hacer dos profetas iguales es otra totalmente distinta. Al hacer un
profeta, Dios debe tomar toda la persona —cuerpo, alma, espíritu, inteligencia,
personalidad, debilidades, puntos fuertes, educación, idiosincrasia— y luego
tratar mediante esa persona de proclamar su mensaje y cumplir una misión
especial”.[1]
Debido a
esas diferencias individuales y al hecho de que cada profeta fue llamado a dirigirse
a una audiencia particular en un tiempo específico de la historia (mucho de lo
cual es difícil, si no imposible, de reconstruir), lo mejor que podría hacer el
lector de la Biblia como también el de los escritos de Elena G. de White es concentrarse en el mensaje antes que en el
mensajero.
La
autoridad de la revelación está en el mensaje, no en el mensajero. Esto no es
para minimizar el valor de estudiar la vida del profeta. Cuánto más sabemos, mejor
comprenderemos el mensaje del profeta. Pero la prioridad de la inquietud
debiera estar en el contenido de la
contribución del profeta, no en el continente en el cual es llevado el
mensaje.
Los
profetas comparten características comunes
Los profetas asumen sus deberes
proféticos con una mezcla singular de experiencias de la vida acopladas a una
personalidad individualizada moldeada a su vez por sus limitaciones físicas y
mentales. Sin embargo, cuando están en visión, todos los profetas se encuentran
en un estado “anormal”. ¿Qué sabemos acerca de las características cambiadas de un profeta o una profetisa que se
halla en visión?
Balaam,
aunque tuvo graves dificultades espirituales, todavía fue usado por Dios en
favor de Israel. Su experiencia en visión es iluminadora: “Y alzando sus ojos,
[Balaam] vio a Israel alojado por sus tribus; y el Espíritu de Dios vino sobre
él. Entonces tomó su parábola, y dijo: “Dijo Balaam hijo de Beor, y dijo el
varón de ojos abiertos; Dijo el que oyó los dichos de Dios, el que vio la
visión del Omnipotente; Caído, pero abiertos los ojos” (Núm. 24:2-4).
La
experiencia de Daniel también es instructiva. Primero, sus visiones públicas:
“Y sólo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban
conmigo [otros no vieron lo que Daniel vio], sino que se apoderó de ellos un
gran temor, y huyeron y se escondieron.
“Quedé,
pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza
se cambió en desfallecimiento, y no
tuve vigor alguno [otros pudieron ver cómo el fenómeno afectó a Daniel].
“Pero oí
el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi
rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra [Daniel experimentó lo que
aparentemente fue un profundo sueño mientras yacía sobre la tierra]. “Y he aquí
una mano me tocó, e hizo que me pusiese sobre mis rodillas y sobre las palmas
de mis manos. Y me dijo: Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras
que te hablaré, y ponte en pie; porque a ti he sido enviado ahora. Mientras
hablaba esto conmigo, me puse en pie temblando [Daniel era consciente de una
Divina Presencia que le hablaba]…
“Mientras
me decía estas palabras, estaba yo con los ojos puestos en tierra, y
enmudecido. Pero he aquí, uno con semejanza de hijo de hombre tocó mis labios.
Entonces abrí mi boca y hablé, y dije al que estaba delante de mí: Señor mío,
con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza. ¿Cómo, pues,
podrá el siervo de mi señor hablar con mi señor? [Daniel habló con la Divina
Presencia.]
“Porque al
instante me faltó la fuerza, y no me quedó aliento [Daniel no podía respirar].
“Y aquel
que tenía semejanza de hombre me tocó otra vez, y me fortaleció” [se le dio a
Daniel fuerza física extra] (Dan. 10:7-11, 15-18).
Daniel
también tuvo visiones o sueños nocturnos: “En el primer año de Belsasar rey de
Babilonia tuvo Daniel un sueño, y visiones de su cabeza mientras estaba en su
lecho; luego escribió el sueño, y relató lo principal del asunto” (cap. 7:1).
[Daniel recibió comunicación divina durante su sueño.]
No sabemos
por qué los profetas/profetisas tuvieron tanto visiones públicas (o abiertas) y
visiones o sueños nocturnos. Pero sí sabemos que el profeta/profetisa no hizo
diferencia entre ellas en lo que respecta a su significado y autoridad.[2]
Ezequiel
probablemente provee más información que ningún otro escritor bíblico sobre
cómo las visiones afectan a los profetas y las profetisas. A veces fue
transportado en visión a lugares distantes, aunque su cuerpo físico no
“viajaba”. Mientras en visión se hallaba en lugares distantes, lo que él veía
era tan vívido y real como si estuviera físicamente presente.
Aunque
Ezequiel permanecía en Babilonia, Dios le mostró las miserables condiciones que
prevalecían en Jerusalén: “Allí se posó
sobre mí la mano de Jehová el Señor… Extendió la mano, y me tomó por las
guedejas de mi cabeza; y el Espíritu me alzó entre el cielo y la tierra, y me
llevó en visiones de Dios a Jerusalén, a la entrada de la puerta de adentro que
mira hacia el norte, donde estaba la habitación de la imagen del celo, la que
provoca a celos. Y he aquí, allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la
visión que yo había visto en el campo” (cap. 8:1-4).
Mas adelante
en el capítulo, Ezequiel describió gráficamente las corruptas condiciones que
prevalecían en el sistema del templo en Jerusalén. Aunque todavía en Babilonia,
caminó en visión a través del atrio del templo, hizo una excavación en la pared
del templo, oyó conversaciones, y vio varios grupos de personas en abominable
idolatría. En el capítulo 9 incluso vio eventos futuros, especialmente la
destrucción venidera de Jerusalén.
A
Zacarías, padre de Juan el Bautista, se le dio una visión que provee una idea
adicional de la condición de un profeta en visión: “Y se le apareció un ángel
del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó
Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no
temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un
hijo, y llamarás su nombre Juan… Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto?
Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada. [Zacarías conversó con la
Presencia celestial.] Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy
delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. Y
ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por
cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo. Y el
pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el
santuario. Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que había
visto visión en el santuario. El les hablaba por señas, y permaneció mudo”
(Luc. 1:11-13, 18-22). [Zacarías fue afectado físicamente por la experiencia de
su visión.]
Cuando
Saulo encontró al Señor en el camino a Damasco, toda su vida cambió como
también su nombre. Notemos las circunstancias involucradas en esta visión junto
al camino: “Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco,
repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra,
oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién
eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar
coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres
que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá
lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos,
oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie” (Hech. 9:3-7). [Saulo también,
después de conversar con la Presencia divina, fue afectado físicamente por la
experiencia de su visión.]
Más tarde,
habló de haber sido “arrebatado hasta el tercer cielo… al paraíso, donde oyó
palabras inefables” (2 Cor. 12:2-4).
El apóstol
Juan registró una de sus visiones y dijo cómo le afectó físicamente: “Cuando le
vi [a Jesús], caí como muerto a sus pies” (Apoc. 1:17).
¿Qué nos
enseñan estos ejemplos en cuanto a los profetas durante la experiencia de sus
visiones?
No todas
estas características físicas acompañan a cada visión. Por lo tanto, los
fenómenos físicos no debieran usarse como la única prueba para determinar si un
profeta es genuino. Además, dichos fenómenos fácilmente pueden falsificarse.
Las Escrituras no los presentan como pruebas del carácter auténtico de un
profeta. Sin embargo, la presencia de dichas características debiera
considerarse normal para todo el que ciertamente alega que habla “en nombre de
Dios”. Aunque los aspectos físicos son útiles al considerar las credenciales de
un profeta, hay otros criterios que son mucho más dignos de confianza, como
observaremos ahora.
Al aplicar
“pruebas” o “exámenes”, como nos amonesta Pablo (1 Tes. 5:20), debiéramos
recordar la advertencia de Cristo: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen
a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus
frutos los conoceréis” (Mat. 7:15-16).
Al probar
las pretensiones de un profeta, es mucho más fácil pronunciar un juicio después
que ha pasado suficiente tiempo como para que madure el fruto de su ministerio.
Esta puede haber sido la razón por la que los consejeros de Josías fueron a
Hulda, una profetisa ya madura, antes que al joven Jeremías (ver páginas
30-32). Uno sólo puede imaginarse la escrupulosa integridad que los
contemporáneos de los profetas les requerían durante el tiempo en que estaban
estableciendo su papel profético. Consecuentemente, el aserto de los
contemporáneos que conocían al profeta y su ministerio debería ser un
testimonio de primera calidad en cuanto a la credibilidad del profeta o la
falta de ella.
Pero ¿a
qué contemporáneos debiera uno creer? Consideremos la experiencia de Cristo.
¿Cuántos dirigentes de iglesia y eruditos lo aceptaron? Algunos dijeron que sus
milagros estaban causados por “Beelzebú, príncipe de los demonios” (Mat.
12:24). Sus hermanos, que vivieron junto a él por muchos años, al principio no
creyeron en él (Juan 7:5). Sus discípulos “murmuraban” a menudo respecto a sus
enseñanzas (Juan 6:61), y lo abandonaron después de Getsemaní (Mar. 14:50).
Jesús
advirtió a sus contemporáneos que estaban en peligro de repetir los errores de
generaciones anteriores: “¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los
profetas a quienes mataron vuestros padres! De modo que sois testigos y
consentidores de los hechos de vuestros padres; porque a la verdad ellos los
mataron, y vosotros edificáis sus
sepulcros. Por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y
apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros perseguirán, para que se
demande de esta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado
desde la fundación del mundo… “Diciéndoles él estas cosas, los escribas y los
fariseos comenzaron a estrecharle en gran manera, y a provocarle a que hablase
de muchas cosas; acechándole, y procurando cazar alguna palabra de su boca para
acusarle” (Luc. 11:47-54).
Si Jesús,
el Hombre intachable, el paradigma de virtud, enfrentó este tipo de recepción,
¿qué pueden esperar hombres o mujeres con el don profético, inferiores al Señor
en todo sentido? ¡Uno se pregunta por qué alguien aceptaría tal responsabilidad
cuando es tan difícil que se lo escuche en forma imparcial y justa!
¡Pero
algunos creyeron! ¿Por qué? ¿Sobre qué base racional algunos contemporáneos de
Jeremías llegaron a convencerse gradualmente de que él era un profeta genuino?
Se necesitaron unas pocas pautas definidas porque en su tiempo muchos profetas
que se habían nombrado a sí mismos reclamaban la misma autoridad. Escuchemos al
Señor describiendo esta extraña situación: “Falsamente profetizan los profetas
en mi nombre; no los envié, ni les mandé, ni les hablé; visión mentirosa,
adivinación, vanidad y engaño de su corazón os profetizan” (Jer. 14:14; ver
también 5:13, 31; 14:18; 23:21).
Cada época
ha tenido la misma responsabilidad: “No apaguéis al Espíritu. No menos-preciéis
las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:19-21).
1. La
prueba de las predicciones cumplidas[3]
A los
contemporáneos de Jeremías se los instruyó a usar el hito de las “predicciones
cumplidas” como una de las pruebas de un profeta genuino: “El profeta que
profetiza de paz, cuando se cumpla la palabra del profeta, será conocido como
el profeta que Jehová en verdad envió” (Jer. 28:9).[4]
El hacer
predicciones, o vaticinios, es sólo un aspecto de la obra de un profeta. En
realidad, puede ser sólo una fase menor de su ministerio. A menudo pensamos en Daniel y Juan el
Revelador en relación con sus profecías.
Sin embargo, su obra como “proclamadores” de Dios fue aun más importante
que la de ser “vaticinadores” de Dios. Tanto Juan el Bautista como Moisés
fueron “grandes” profetas, pero por otras razones que por sus profecías
cumplidas.
Al
considerar las “predicciones cumplidas”, debemos también comprender el
principio
de la profecía condicional.
Jeremías nos ayuda a entender este principio, cuando in-forma sobre la
conversación del Señor con él: “En un instante hablaré contra pueblos y contra
reinos, para arrancar, y derribar, y destruir.
Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé,
yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré
de la gente y del reino, para edificar y para plantar. Pero si hiciere lo malo
delante de mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había
determinado hacerle” (Jer. 18:7-10).
La
profecía condicional, o la incertidumbre controlada, es un principio bíblico
aplicado
a declaraciones de una
naturaleza predictiva que afectan o implican las res-puestas de seres humanos.
Toda vez que el desarrollo de los eventos depende de la elección humana,
ciertos aspectos del cumplimiento profético son necesariamente condicionales.
Un profeta
cuyo nombre no se menciona subrayó este principio al anciano Elí: “Por tanto,
Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre
andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal
haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán
tenidos en poco. He aquí, vienen días en que cortaré tu brazo y el brazo de la
casa de tu padre, de modo que no haya anciano en tu casa” (1 Sam. 2:30-31).
Jonás había
aprendido en forma dolorosa esta lección de la condicionalidad: “Y vio Dios lo
que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que
había dicho que les haría, y no lo hizo” (Jon.3:10).
La
experiencia del joven rey Josías, aun-que triste, es otro ejemplo de profecía
condicional. El había guiado a su
pueblo en una notable reforma (2 Crón. 34). Debido a su fidelidad, el Señor
prometió: “He aquí que yo te recogeré con tus padres, y serás recogido en tu
sepulcro en paz” (vers. 28). Pero Josías no murió en paz, ¡murió en una
batalla! ¿Qué anduvo mal? El no obedeció la
instrucción de Dios. Dios no le ordenó que atacase a Egipto. En
realidad, el rey de Egipto le envió un mensaje especial a Josías, destacando el
hecho de que el Dios de Josías estaba dirigiendo a Egipto en batalla contra
Babilonia: “Deja de oponerte a Dios, quien está conmigo, no sea que él te
destruya” (2 Crón. 35:21).
El joven
Josías debiera haber obedecido a Dios y escuchado la voz confirmatoria del rey
de Egipto. Pero no, se disfrazó, condujo a su ejército a la batalla de
Carquemis (605 a.C.), y fue muerto. La promesa de Dios de que Josías moriría
una muerte pacífica estaba condicionada a una continua obediencia. Cuando
dirigentes fieles van contra el consejo de Dios, siguiendo su inclinación
personal, Dios no libra a los obstinados de las consecuencias de sus acciones.
2. Armonía
con la Biblia
Obviamente,
Dios no incluye contradicciones conceptuales dentro de su sistema de
comunicación. Ni le da más tarde a los profetas un botón para “borrar” o
“eliminar”. La inmutabilidad de Dios se reflejará en sus re-velaciones a los
seres humanos.[5]
Isaías
observa que los profetas genuinos serán probados por su fidelidad a
revelaciones escritas previamente: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren
conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (cap. 8:20).
Muchos son los intentos que ha habido en cada generación
para definir la “verdad” acerca del origen y el destino del hombre. Abundan las
aventuras intelectuales que tratan de explicar detalladamente lo que está
“bien” y “mal” para la conducta humana. Pero la Biblia ha soportado el embate
de los siglos como la piedra de toque para los hombres y mujeres de todas
partes, bajo todas las condiciones, respecto a la verdad sobre el origen del
hombre y la moralidad. La Biblia no sólo es la verdad inspirada; es la norma
final de toda pretensión de inspiración.
Cada
profeta que ha aparecido, en los tiempos del Antiguo o del Nuevo Testamentos,
ha hecho de todos los escritos proféticos previos el hito para su propio
ministerio. Cada uno, en un sentido, fue una luz menor que apuntó a la luz
mayor. Pablo resumió sucintamente esta relación: “Toda la Escritura es
inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para
instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente
preparado para toda buena obra” (2 Tim. 3:16-17).
Esta
segunda prueba de la autenticidad de un profeta es clara e ineludible. Aunque
profetas posteriores revelen ideas adicionales sobre los pensamientos de Dios
respecto al plan de salvación, no contradirán los conceptos básicos ya dados.
3. La
prueba del “huerto”
El marco
para la prueba de la fructificación se encuentra en el Sermón del Monte, cuando
trata específicamente con los “falsos profetas”: “Guardaos de los falsos
profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son
lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los
espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el
árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el
árbol malo dar frutos buenos… Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mat.
7:15-20).
¿Qué clase
de persona ven y oyen los con-temporáneos del profeta? ¿Cuál es el tenor
general de su vida? ¿Digno de confianza o contradictorio? ¿Mundano o piadoso?
¿Fiel a los compromisos o infiel? ¿Sus enseñanzas exaltan la Palabra escrita, o
crean caminos nuevos y exóticos que no se fundamentan en la Palabra? Sobre todo
lo demás, ¿refleja el profeta en forma exacta el claro y sólido mensaje
bíblico? ¿Cuál es el resultado del liderazgo del profeta? Bajo su
dirección, ¿prospera la obra de Dios en formas que cumplen mejor la misión
evangélica? ¿Ven otros la relación del profeta con el Señor como consecuente?
¿Encuentran los pecadores al Señor mediante sus escritos?
Desafortunadamente,
a lo largo de los años muchos han seguido a hombres y mujeres exaltados y
carismáticos, que han usurpado las credenciales de un profeta. Muchos cofres se
han llenado de dinero y se han creado masivos imperios religiosos. Pero debemos
preguntarnos: ¿Refleja el líder el estilo de vida sencillo ejemplificado por
los profetas bíblicos y por el mismo Señor? La
mayoría de las veces, este criterio de evaluación rápidamente categoriza
a los autopromocionados “pro-fetas” como meros simuladores.
A
diferencia de las dos primeras pruebas, la prueba o el criterio del “huerto” a
menudo requiere tiempo; el “fruto” se desarrolla lentamente. Pero una evaluación cuidadosa de los
resultados que emergen del ministerio del “profeta” es tan necesaria como las
dos primeras pruebas. Lo que puede aparecer como bíblico, y que puede
argüirse como “predicciones cumplidas”, a la larga puede probar que es de otra
manera. La prueba más válida para los profetas auténticos se ve en las con
secuencias de sus enseñanzas. ¿Dirigen la mente y la conducta hacia Dios de
modo que el patrón de vida refleja el espíritu y la práctica de Jesús? ¿Sus
enseñanzas teológicas revelan sencillez a la vez que mantienen la plenitud de
la Palabra escrita? ¿O sus enseñanzas crean “nuevas” doctrinas no enraizadas en
la Escritura?
Los
profetas, por supuesto, son humanos. Moisés fue un profeta que habló con Dios “cara
a cara” (Exo. 33:11), pero su don profético no garantizaba que no cometería
errores. Debido a su falta de
paciencia, no se le permitió entrar a la Tierra Prometida, un premio digno de
su largo y valiente liderazgo.
Podrían
indicarse muchos otros ejemplos bíblicos para mostrar que a veces la vasija
profética estuvo sometida a la debilidad humana. Pero el contenido trasciende el envase. El mensaje profético se autentifica a sí mismo; el mensajero
es apreciado pero no canonizado.
Además,
aun cuando el mensaje del profeta sea precisamente lo que Dios quiere que se
comunique, puede ser que su ministerio no parezca producir un impacto
positivo. Piense en los ministerios
heroicos pero “sin éxito” de Jeremías e Isaías. Cuando estos hombres vivían,
parecían ser unos “fracasos”. ¡Pero no es lo que se piensa hoy!
Pensemos
en la situación difícil que enfrentaba Ezequiel: “Y tú, hijo de hombre, los
hijos de tu pueblo se mofan de ti junto a las paredes y a las puertas de las
casas, y habla el uno con el otro, cada uno con su hermano, diciendo: Venid
ahora, y oíd qué palabra viene de Jehová. Y vendrán a ti como viene el pueblo,
y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán
por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el corazón de ellos anda en pos
de su avaricia. Y he aquí que tú eres a
ellos como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus
palabras, pero no las pondrán por obra. Pero cuando ello viniere (y viene ya),
sabrán que hubo profeta entre ellos” (Eze.33:30-33).
A Ezequiel
se lo saludaba y encomiaba, pero raramente se lo seguía. Debido a que sus
contemporáneos no se le unieron en una genuina reforma, ¿era ésa la falta del
profeta? ¿Muestra este “fracaso” que las consecuencias de su ministerio eran
negativas e infructíferas? ¿Cuál podría haber sido el fruto de su ministerio si
sus oyentes hubieran seguido su consejo?
Muchos
hombres y mujeres piadosos, consecuentes y fieles a su llamamiento y a las más
elevadas normas bíblicas, han sido dirigentes de iglesia a lo largo de los
siglos. Pero sus vidas fructíferas no probaron que eran profetas. Las pruebas
de un profeta son acumulativas en el sentido de que todas ellas deben
aplicarse; pero sin la prueba de “buenos frutos”, todas las demás debieran mirarse
con sospecha.
4.
Testimonio inequívoco sobre la naturaleza divino-humana de Jesucristo
Juan
ofreció una prueba adicional de un profeta genuino: “Amados, no creáis a todo
espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos
profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo
espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo
espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios” (1
Juan 4:1-3).
Como
dijimos en el capítulo 1, el Evangelio no es acerca de Jesús, el
Evangelio es Jesús. Pero durante
los últimos veinte siglos el mundo ha oído raramente la verdad acerca de Jesús.
De ahí que se difunda un Evangelio vago y confuso.
La prueba
de Juan no consiste en que el profeta debiera meramente concordar en que Jesús
de Nazaret vivió una vez en la tierra. La mayoría de los cristianos creen eso,
aunque muchos no creen que él es Dios encarnado. Muchos otros creen que él es ciertamente Dios en la carne, pero
que no llegó a ser verdaderamente hombre, como un hombre “en la carne”.
Juan vio
el problema en su tiempo, y su advertencia es aun más relevante hoy. Toda la
verdad acerca de por qué Jesús vino, por qué llegó a ser nuestro Salvador y
Ejemplo, por qué murió y ahora sirve como nuestro Sumo Sacerdote: todo esto
está implicado en esta prueba de un profeta genuino. Este reconocimiento de
Jesús “en la carne” es más que un asentimiento intelectual. Jesús no es nuestro
Señor si no nos sometemos a su señorío.
Jesús no es nuestro Salvador si no le permitimos que nos salve de
nuestros pecados (Mat. 1:21). Las acciones revelan la genuinidad de una
entrega personal. Y un conocimiento correcto nos ayuda a hacer un compromiso
espiritual de calidad, que nos capacita para producir acciones que honren a
Dios.
De modo
que ésta es la prueba: ¿Enseña el profeta toda la verdad sobre el propósito de
la venida de Cristo “en la carne”?
Como hemos
notado antes (pág. 28), ciertos fenómenos físicos están asociados con los
profetas bíblicos mientras éstos están en visión. Aunque un “espíritu” falso pueda duplicar estas manifestaciones,
cuando éstas se combinan con las pruebas mencionadas anteriormente añaden una
evidencia coercitiva al hecho de que un profeta es genuino.
Ya hemos
visto que el “fruto” del ministerio del profeta a menudo requiere tiempo para “madurar”.
Sin embargo, fueron muchas las ocasiones cuando el profeta cambió el curso de
la historia por ser la persona correcta, en el momento correcto, en el lugar
correcto con el mensaje correcto.
Pensemos en Eliseo y el rey de Siria, como está registrado en 2 Reyes 6.
El rey sirio estaba decidido a invadir a Israel. Armó emboscadas aquí y allá.
Pero Eliseo mantuvo informado al rey de Israel sobre esas emboscadas, y el
registro dice que “el rey estaba allí alerta, y no una ni dos veces” (vers. 10,
Biblia de Jerusalén).
El rey
sirio se exasperó por esto y estaba seguro de que había espías entre sus
consejeros; después de todo, sus más secretas estrategias eran conocidas casi
inmediatamente por su enemigo. Pero uno de sus consejeros sabía lo que estaba
ocurriendo: “Eliseo, el profeta que hay en Israel, ha avisado al rey de Israel
de las palabras que has dicho en el interior de tu dormitorio” (vers. 12,
Biblia de Jerusalén).
Para los
contemporáneos de un profeta, su intervención rápida y precisa mediante su
presencia personal o por comunicación escrita es una afirmación apremiante de
sus credenciales divinas.
Hay
numerosos ejemplos bíblicos de testimonios intrépidos dados por profetas fieles
y auténticos. Natán condenó fuertemente a David, su rey (2 Sam. 12).
Elías
confrontó a Acab, su rey (no fue una tarea fácil). Notemos su respuesta a la
pregunta de Acab: “¿Eres tú el que turbas a Israel?” (1 Rey. 18:17). La contestación fue: “Yo no he turbado a Israel,
sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová, y siguiendo
a los baales” (vers. 18). ¡Oportuna y
valiente!
Conectado
a las otras pruebas, el testimonio inequívoco es una parte esencial del
ministerio de un profeta genuino.
Consejos
prácticos, no abstracciones, caracterizan su ministerio
Los
escritos de los profetas genuinos se conocen por su carácter intensamente
práctico. Notemos el Sermón del Monte
de Cristo, o cualquiera de las cartas de Pablo a las jóvenes iglesias.
Comparada a escritos religiosos generales, la Biblia forma una categoría en sí
misma. No meramente por sus temas, sino porque los profetas bíblicos se
dirigieron a la condición humana. ¡Nada de teoría sino admoniciones prácticas,
aun al hablar de aspectos teológicos de quién es Jesús, por qué vino y qué está
haciendo ahora!
Una de las
características de muchos pro-fetas falsos es el hecho de que apelan a lo
misterioso, al atractivo por lo novedoso. Por alguna razón, la gente se siente
inclinada a
seguir a dirigentes
religiosos que los atraen con interpretaciones proféticas extravagantes o con
fantasías teológicas complicadas.
Pero el
profeta genuino habla a la gente “común”, a gente con problemas prácticos que
necesitan soluciones prácticas y consuelo.
Sin este énfasis, el “profeta” carece de credenciales divinas.
En resumen, cuando una persona reúne todas
las características mencionadas anteriormente y satisface las pruebas citadas,
el “peso de la evidencia” parece ineludible, adecuado y coercitivo. Apuntalando
todas estas pruebas observables, sin embargo, la prueba suprema de las
credenciales de un profeta es su mensaje: ¿Armoniza con todos los mensajes
proféticos previos, a la vez que habla desde un punto de vista más cabal a las
demandas de la época del profeta?
¿Pueden
todos ser profetas?
El
llamamiento profético no es una carrera para la cual uno puede estudiar, como
la de la enseñanza en la escuela elemental o la práctica de la abogacía. Los
profetas son escogidos por Dios. Los seres humanos debieran buscar los frutos
del Espíritu, pero los dones del Espíritu son precisamente eso, dones.[6]
Pero la
Biblia también se refiere a los “hijos de los profetas” y a la “compañía de los
profetas”, especialmente en los días de Samuel, Elías y Eliseo.[7] Parece que Samuel inauguró la “escuela de los profetas” para
educar a maestros que ayudasen a los padres en la preparación de sus hijos para
toda una vida de utilidad y servicio. Aunque no directamente inspirados como lo
era Samuel, los jóvenes de estas escuelas “eran divinamente llamados a instruir
al pueblo en las obras y caminos de Dios”.[8]
La
pregunta sobre si todos pueden ser pro-fetas llega a ser extremadamente
práctica. En cierta ocasión se le preguntó a Elena de White: “¿Piensa usted que
debemos entender la verdad por nosotros mismos? ¿Por qué no podemos tomar las
verdades que otros han reunido, y creerlas porque ellos han investigado los
temas, y luego sentirnos en libertad para continuar…? ¿No cree que estos
hombres que han descubierto la verdad en el pasado fueron inspirados por Dios?”
Su
respuesta es instructiva: “No me atrevo a decir que no fueron guiados por Dios,
porque Cristo guía a toda verdad; pero cuando se trata de inspiración en el
sentido más pleno de la palabra, mi respuesta es, No”.[9]
La
cuestión no es respecto a la dirección personal del Espíritu Santo que todo
creyente consagrado debiera experimentar diariamente. Pablo enfrentó un asunto similar en 1 Corintios 12, y preguntó:
“¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros?” (vers. 29). La
respuesta implícita era “No”.
En tiempos
modernos, la “predicación profética” es a menudo entendida desde el punto de
vista de alguien que busca interpretar y proclamar la Palabra de Dios,
especial-mente en función de los problemas sociales. Si esa predicación o escritura se hace con especial fervor y
dramatismo, se describe el esfuerzo como de un tono profético. Sin embargo,
aseverar que dicha proclamación es una evidencia de que alguien tiene el don
del espíritu de profecía, sería un error. Deben aplicarse todas las pruebas de
un profeta genuino.
Jack
Provonsha, por mucho tiempo profesor de Etica Cristiana en la Universidad de
Loma Linda, señaló tres maneras en las cuales los profetas difieren de otros
miembros del pueblo de Dios: (1) Los profetas son es-cogidos, “no porque su
comprensión y transmisión [del mensaje divino] sean sin tacha, sino porque son
el mejor vehículo” disponible; por ejemplo, sus percepciones “se desvían menos
debido al carácter y la experiencia que lo que ocurre con otros”. (2) A los
profetas se les da una voz porque “consiguen que se les preste atención”; sus
contemporáneos “ven en ellos personas especiales, diferentes de lo ordinario”.
(3) Los profetas reciben “comunicaciones especiales” de Dios, a veces en “maneras
extraordinarias” y otras veces “en formas más bien corrientes, tales como
pensamientos, impresiones e intuiciones, las que fueron percibidas por el
profeta como el impulso del Espíritu”.[10]
Algunos
han defendido el punto de vista de que todos los creyentes tienen el don de
profecía, en el sentido de que cada uno de ellos posee la capacidad de
distinguir entre escritos inspirados y no inspirados; esto es, que su propio
juicio determina qué es inspirado y qué no lo es al leer las demandas de un
profeta genuino. No se enseña esta posición en la Biblia.
Los
profetas no siempre son conscientes del pleno significado de sus mensajes
Pedro notó
que los profetas no siempre comprendían el pleno significado de sus
propios escritos, especialmente
aquellos que se relacionaban con eventos futuros: “Por esta salvación empezaron
a interesarse y a investigar ciertos profetas que habían predicho la gracia
destinada a ustedes. El Espíritu de Cristo que estaba en ellos les declaraba
por anticipado los sufrimientos por Cristo y los triunfos que seguirían.
Indagaban ellos queriendo saber para cuándo y para qué circunstancia lo
indicaba, y se les reveló que aquel ministerio profético no miraba a ellos,
sino a ustedes. Ahora, por medio de los
que les trajeron la buena noticia [el
vangelio], se lo ha comunicado el Espíritu Santo enviado del cielo. Los ángeles se asoman deseosos de verlo” (1
Ped. 1:10-12, Nueva Biblia Española).
Los
profetas no son omniscientes. Su comprensión de la verdad y del deber puede
desarrollarse a medida que reciben nuevas re-velaciones. Pero, a menos que se
les dé una ayuda divina especial, aun aquello que se les revele será entendido
sólo dentro del contexto limitado de sus propias circunstancias y experiencia.
El
principio de la revelación progresiva (ver pág. 422) se cumple en la vida de
cada profeta e incluso de una generación a otra. Elías continuó aprendiendo
acerca del carácter de Dios desde la experiencia en el Monte Carmelo hasta lo
que le ocurrió en la cueva de Horeb (1 Rey. 18, 19). Isaías tuvo sólo una
pálida idea de cómo y cuándo sobrecogerían a Israel y Judá los espantosos días
que él había predicho. Jeremías vio mucho más clara-mente aquello sobre lo cual
Isaías había escrito.
Al no ser
omniscientes, a veces los profetas cometen errores de juicio y deben cambiar su
consejo. El rey David consultó al profeta Natán sobre la construcción de un
templo apropiado para Dios en Jerusalén, y Natán replicó: “Haz todo lo que está
en tu corazón, porque Dios está contigo” (1 Crón. 17:2). Pero Natán tuvo que
cambiar su testimonio: “En aquella misma noche vino palabra de Dios a Natán,
diciendo: Ve y di a David mi siervo: Así ha dicho Jehová: Tú no me edificarás
casa en que habite” (vers. 3-4). El hecho de que un profeta pueda cambiar de
idea respecto a un testimonio del Señor muestra claramente que alguien que
busca verdaderamente la voluntad de Dios debe mirar el cuadro completo, y no
rechazar un mensaje a causa del carácter humano del profeta.
En vista
del gran conflicto entre Cristo y Satanás, uno podría esperar que Satanás usase
su mente brillante para socavar el sistema de comunicación de Dios con los
seres humanos. El ha hecho eso en el
pasado. Y aun habrá mayor número de profetas falsos en los últimos días de la
crisis final.[11]
Un
incidente registrado en 1 Reyes 22 ilustra ciertas estrategias que Satanás usa
al tratar de subvertir la obra de los profetas verdaderos. Acab, rey de Israel, le había pedido al rey
Josafat, del reino del sur, que uniese fuerzas con él para luchar contra el rey
de Siria. Entusiastamente Josafat concordó, pero luego recapacitó
aprensivamente. Sintiendo la necesidad de una confirmación de parte del Señor,
le preguntó a Acab dónde podía preguntársele a un profeta en cuanto a la
empresa. Acab estaba preparado con sus propios profetas, “como cuatrocientos
hombres, a los cuales dijo: ¿Iré a la guerra contra Ramot de Galaad, o la
dejaré? Y ellos dijeron: Sube, porque Jehová la entregará en mano del rey”
(vers. 6).
Pero
Josafat sentía que algo no andaba bien. Podía ver que estos 400 eran profetas
cortesanos. De modo que preguntó: “¿Hay aún aquí algún profeta de Jehová, por
el cual consultemos?” (vers. 7).
Acab
replicó: “Aun hay un varón…, Micaías hijo de Imla; mas yo le aborrezco, porque
nunca me profetiza bien, sino sola-mente mal” (vers. 8).
Cuando
trajeron a Micaías para que se uniese a los 400 que continuaban insistiendo en
que el Señor entregaría a los sirios en sus manos, él contestó: “Vive Jehová,
que lo que Jehová me hablare, eso diré” (vers. 14).
Acab le
preguntó a Micaías si deberían ir a la guerra contra el rey de Siria. En velada
ironía, replicó: “Sube, y serás prosperado,
y Jehová la entregará en mano del rey” (vers. 15).
Acab captó
el tono burlón —Micaías había repetido textualmente las palabras de los
profetas falsos—, y replicó: “¿Hasta cuántas veces he de exigirte que no me
digas sino la verdad en el nombre de Jehová?” (vers. 16).
El resto
de la historia (vers. 24-28) es una ejemplificación de cómo profetas genuinos
son atacados y ridiculizados por aquellos que no desean oír la verdad. Poco
después, Acab fue muerto en batalla, tal como Micaías lo había predicho.
En base a
este incidente es evidente que la mentira y el engaño son herramientas del
negocio de Satanás. El se cerciora en cuanto a los deseos de los seres humanos,
y luego produce lo que parece ser una confirmación religiosa para esos deseos.
En otras palabras, las personas
generalmente encuentran el mensaje “profético” que sus corazones desean.
De una manera u otra, obtendrán algún tipo de afirmación “espiritual” para lo
que realmente quieren hacer. Si los deseos de uno no pueden ser fácilmente
afirmados por aquellos que hablan en nombre de Dios, hombres y mujeres
egocéntricos y decididos ridiculizarán y/o atacarán al profeta genuino.
Josafat
deseaba sinceramente oír el mensaje del profeta verdadero en medio de todas las
otras voces religiosas de sus días. Micaías prefirió sufrir el abuso de la
prisión antes que cambiar su testimonio. Pero los eventos le dieron la razón.
Como
Josafat, los cristianos de la actualidad deben detectar el aire de engaño e
ilegitimidad mientras escuchan el mensaje de aquellos que falsamente pretenden
hablar en el nombre de Dios. Deben saber rápidamente cómo aplicar las pruebas
de un profeta genuino. Nadie debería
confundirse en cuanto a cómo puede determinar si un profeta es falso o
verdadero.[12]
Antes de que
hubiese pasado suficiente tiempo como para ser juzgado por el “fruto” de su
ministerio, Jesús le señaló a Juan el Bautista las manifestaciones físicas que
acompañaban su ministerio. Juan, en prisión, estaba al borde de la duda, y
envió un mensaje a su primo, Jesús: “¿Eres tú aquel que había de venir, o
esperaremos a otro?” (Mat. 11:3).
Jesús no
envió de vuelta un simple, “Yo soy”. El Bautista necesitaba más que palabras.
Jesús instruyó a los discípulos de Juan: “Id, y haced saber a Juan las cosas
que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados,
los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el
evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (vers. 4-6).
Unos pocos
años más tarde, después de la ascensión de Cristo, llegó otro momento crucial
en el plan de Dios: ¿Cómo las buenas nuevas de Jesucristo podrían conseguir una
atención justa y favorable? ¿Podría lograrse eso mediante debates frontales o
se necesitaría algo más? Dios llegó a la conclusión de que se necesitaría algo
más que eso.
En el día
de Pentecostés, los discípulos se reunieron para orar como había sido su
costumbre desde que Cristo ascendiera al cielo (Hech. 1:14; 2:1). Aunque no
eran conscientes de ello, el Señor estaba listo para darle inicio a la iglesia
cristiana. ¿Cómo lo haría? Enviando fenómenos físicos junto con la palabra
profética: “Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio
que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les
aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de
ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hech. 2:2-4).
Con el
transcurso del tiempo, los fenómenos físicos llegaron a ser menos y menos
comunes porque había quedado demostrado que se le había dado a la iglesia
cristiana un comienzo dramático. Estas manifestaciones maravillosas habían
confirmado [las credenciales de la iglesia] a aquellos que vieron y oyeron. Los
fenómenos públicos cesaron cuando hubo pasado suficiente tiempo como para que
se estableciese el fruto del mensaje cristiano.
De muchas
maneras los primeros días del Movimiento Adventista repitieron los primeros
días de la iglesia cristiana. ¿De qué otro modo un grupo relativamente pequeño
de creyentes podría obtener la atención de suficiente gente como para lanzar un
movimiento destinado a abarcar el mundo? ¿De qué otra manera podría un profeta
conseguir el reconocimiento que su mensaje merecía a menos que Dios acompañase
las visiones con fenómenos físicos?
Los
fenómenos físicos que atrajeron la atención en el día de Pentecostés no fueron
el mensaje cristiano, pero indujeron a la gente a escuchar atentamente ese
mensaje. De la misma manera, los fenómenos visibles curaciones divinas,
fenómenos asociados con visiones públicas, etc.) asociados con el ministerio
inicial de Elena de White, no fueron, y no son, su mensaje. Ni necesariamente
son una prueba de sus credenciales divinas. Pero los fenómenos físicos
atrajeron la atención de sus contemporáneos, y ella retuvo esa atención hasta
que muchos se convencieron de que su mensaje era una palabra que provenía de
Dios. Con el transcurso del tiempo, después de que miles se convencieron del
fruto de sus mensajes, las visiones públicas, acompañadas de fenómenos físicos,
se volvieron menos frecuentes. Sin embargo, Dios continuó hablando a su
profetisa mediante visiones nocturnas. La calidad del consejo continuó siendo
la misma, pero sin los fenómenos físicos.[13]
La década
de 1840, un período turbulento para las pretensiones proféticas
Uno de los
rasgos más prominentes de la agitación religiosa de las “inquietas décadas de
los treinta y los cuarenta [del siglo XVIII]” es que mucho del interés “yacía
fuera de los límites de la religión convencional”.[14]
Una de las
voces más llamativas de este fermento religioso fue la de la expectativa
milenial.[15]
Durante
una década o más, Norteamérica había estado escuchando muchas voces, en el
púlpito y en la prensa pública, diciendo que el segundo advenimiento estaba
cerca. Pero la mayor parte del mundo cristiano creía que Jesús volvería sólo
después que el mundo se hubiese convertido al cristianismo. Llamados
postmilenaristas (el segundo advenimiento ocurre después de los 1.000
años de Apocalipsis 20), estos dirigentes cristianos miraban con desdén a los
premilenaristas (el segundo advenimiento ocurre antes del período de los
1.000 años), quienes predijeron que Jesús regresaría en 1843-1844.[16]
Entre los
muchos sucesos fascinantes de la década de 1840, también estuvo la emergencia
de una cantidad de personas que pretendían poseer el don profético. No todos
los que hacían ese reclamo eran premilenaristas; algunos desarrollaban “nuevas”
religiones; otros se concentraban en experimentos socia-les. Debido a que estos
experimentos a menudo iban acompañados de hechos extravagantes, ya sea
religiosos o sociales, muchos contemporáneos eran hostiles a los fenómenos
carismáticos.[17]
Mirando a
este período desde el punto de vista de Satanás y a la luz del tema del Gran
Conflicto (ver páginas 256-263), ¿no podría esperarse que él enredaría los
eventos a fin de hacer más difícil la aceptación de un pro-feta genuino? El
libro de Apocalipsis hace claro el hecho de que Satanás está consciente de la
línea del tiempo profético y del proyectado fin de su propio tiempo en el
universo. Como los eventos continuaron ocurriendo según estaba divinamente
predicho, el diablo “ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene
poco tiempo” (cap. 12:12).
Fanatismo
extremo y manifestaciones extravagantes asociadas con falsos profetas, hacen
que personas sensatas miren con disgusto a cualquiera que pretenda
hablar en nombre de Dios. Tanto los postmilenaristas como los premilenaristas
consideraron desdeñosamente la manifestación del don de profecía.[18]
J. V.
Himes, en la Conferencia de Albany de dirigentes milleritas, en 1845, dijo: “El
movimiento del séptimo mes produjo mesmerismo de siete pies de profundidad”.[19]
Dirigentes
milleritas, en la misma conferen-cia, votaron la siguiente resolución, según se
informó en The Advent Herald, 21 de mayo, 1845: “Resuelto, Que no
tenemos confianza en ningún mensaje nuevo, visiones, sueños, lenguas, milagros,
dones extraordinarios, re-velaciones, impresiones, discernimiento de espíritus,
o enseñanzas, etc., etc., que no estén de acuerdo con la palabra de Dios no
adulterada”.
Además de
esto, en gran medida paralelamente al surgimiento de la Iglesia Adventista del
Séptimo Día, tuvo lugar el desarrollo de la secta de los Shakers (“los
que se sacuden”, [secta derivada de una rama radical de los cuáqueros
ingleses]), la Iglesia Mormona, la Ciencia Cristiana, y el surgimiento del
espiritismo.[20]
Es notable
que cada uno de estos movimientos religiosos modernos fue generado por
dirigentes carismáticos que pretendían poseer el don de profecía. Jemina
Wilkinson y Ann Lee fueron de las primeras profetisas norte-americanas. Lee,
mejor conocida como la “madre” de los Shakers, experimentó lo que
parecían ser “trances y visiones en los que se le reveló que la raíz y
fundamento de la depravación humana y la fuente de todo mal eran las relaciones
sexuales… Durante los últimos cuatro años de su vida, se informó que la ‘Madre
Ann’ realizó milagros que con-vencieron a sus s seguidores de que ella era
Cristo en su ‘segunda venida’ ”.[21]
El joven
Joseph Smith se sintió muy perturbado por el variado despliegue de opciones
religiosas: “ ‘En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones’, me
digo a menudo a mí mismo, ‘¿qué debe hacerse? ¿Cuál de estas facciones tiene
razón? ¿O están todas ellas equivocadas?’ ”
Pronto su
oración fue contestada por la “aparición” de tanto el Padre como el Hijo. De
acuerdo con él, le dijeron que no debía unirse a ninguna denominación, que
todas estaban corrompidas. Después de un período de estudio adicional, Smith
informó que el ángel Moroni se le había aparecido y lo condujo a “planchas de
oro largo tiempo enterradas que contaron la historia de una tribu perdida de
Israel que había habitado el continente americano siglos antes”. Más tarde,
Smith publicó el Libro del Mormón en 1830.
Esta nueva
“Escritura” se convirtió en la autoridad de los mormones en la mayoría de todos
los asuntos. Declaró que “cualquiera que niegue ‘las revelaciones de Dios’ y
diga ‘que están abolidas, que no hay revelaciones, ni profecías, ni dones, ni
hablar en lenguas e interpretación de lenguas’, denuncia su ignorancia y niega
‘el evangelio de Cristo’ ”.[22]
El
espiritismo, o espiritualismo, encontró sus raíces teológicas en la doctrina
cristiana prevaleciente del estado consciente de los muertos, que están en el
infierno o en el cielo.
La moderna resurrección de
este antiguo paganismo se atribuye a Andrew Jackson Davis (1826-1910), el
“Vidente de Pough-keepsie”, y a los fenómenos audibles en la casa de las
hermanas Fox, cerca de Rochester, N.Y., en 1848. Se caracteriza a Davis como el
que introdujo el “espiritismo intelectual”,y a Katie Fox como la
iniciadora del “espiri-tismo fenomenal”.[23]
Más
relevantes para los primeros adventistas del séptimo día son las experiencias
de William Foy y Hazen Foss. Ambos tuvieron visiones similares a la primera
visión dada a Elena Harmon.
William
Ellis Foy (c. 1818-1893), un nor-teamericano negro que tenía entonces algo más
de veinte años, recibió varias visiones dramáticas en 1842, algunos años antes
de aquellas que recibieron Hazen Foss y Elena Harmon. La primera (18 de enero)
duró dos horas y media, y la segunda (4 de febrero),¡doce horas y media! Su
condición física durante las visiones se asemejaba al estado de trance en que
se hallaba Daniel.[24]
Algún
tiempo antes del 22 de octubre de 1844, Elena Harmon oyó hablar a Foy en el
Salón Beethoven, en Portland, Maine. Unas pocas semanas más tarde, poco después
de la primera visión de Elena en diciembre de 1844, Foy estuvo presente en una
reunión celebrada cerca de Cape Elizabeth, Maine, durante la cual ella habló de
su primera visión. “Cuando ella empezó, Foy se sintió absorto en lo que ella
estaba diciendo; se contagió con el entusiasmo y la expresión que acompañaban a
su presentación. Ella habló de cosas celestiales—de guías, de luces, de
imágenes—, asuntos familiares a Foy… Arrebatado por el júbilo del momento, no
pudo contenerse más. De repente, precisamente en el medio de la presentación de
Elena, Foy emitió un grito de gozo, se puso de pie, y excitadamente ‘saltó
hacia arriba y hacia abajo’. Como Elena lo recordó: ‘Oh, él alabó al Se-ñor,
alabó al Señor’. “El repitió vez tras vez que la visión de ella era justamente
lo que él había visto. Sabía que no había manera de falsificar una experiencia
tal; la de ella era legítima”.[25]
En 1906
Elena de White rememoró sus conversaciones con William Foy. Recordó que él
había tenido cuatro visiones, todas antes de su primera visión. “Fueron
escritas y publicadas, y es… [extraño] que no puedo encontrarlas en ninguno de
mis libros. Pero nos hemos mudado tantas veces”. luego dio de Foy una lisonja
muy significativa: “El fue el portador de testimonios notables”.[26]
Hazen Foss
encontró a Elena Harmon en enero de 1845, en una reunión en Poland, Maine. Allí
Elena había sido invitada por Mary Foss, su hermana, para que relatase su
primera visión ocurrida un mes antes.[27]
Se recuerda
a Hazen, cuñado de Mary [Mary era la esposa de Samuel Foss], “como un hombre de
delicada apariencia, porte agradable y educación”. Antes del 22 de octubre de
1844, había tenido una visión que describía el viaje de los adventistas
(milleritas) a la ciudad de Dios. Se le instruyó a que hiciera pública esta
visión junto con mensajes específicos de advertencia, pero declinó hacerlo.
Después
del 22 de octubre sintió que había sido confundido por su visión anterior. En
su segunda visión, se le advirtió que si no era fiel en relatar la primera
visión, se le quitarían la visión y la responsabilidad y serían dadas a alguien
con aptitudes mucho menores. Hazen continuó temiendo el posible ridículo y
rechazo por parte de sus compañeros milleritas. Finalmente creyó haber oído una
voz diciendo: “Tú has contristado y ahuyentado al Espíritu del Señor”.
Atemorizado
ante esta perspectiva, convocó una reunión para relatar la visión. Pero después
de varios intentos infructuosos para recordarla, declaró: “Se ha ido de mí; no
puedo decir nada, el Espíritu del Señor me ha dejado”. Algunos asistentes
informaron que ésta fue “la reunión más terrible en la que jamás hayan estado”.
Después de
esta experiencia, Hazen encontró a Elena en Poland, Maine. Aunque invitado a la
reunión, él permaneció fuera de la puerta cerrada, aunque lo suficientemente
cerca como para oír su mensaje. Al día siguiente le dijo a Elena: “El Señor me
dio un mensaje para llevar a su pueblo y yo rehusé después de que se me dijo
cuáles serían las consecuencias; fui orgulloso; no me resigné al chasco… Le oí
hablar a usted ano-che. Creo que me han sido quitadas las visiones, y le han
sido dadas a usted. No se niegue a obedecer a Dios, porque será a riesgo de su
alma. Yo soy un hombre perdido. Usted
ha sido escogida por Dios; sea fiel en hacer su obra, y recibirá la corona que
yo podría haber tenido”.[28]
Dios es
muy compasivo y está muy interesado en el bienestar de su pueblo, especialmente
cuando se hace conocer en períodos de crisis.
La aparición de sus profetas a menudo se vincula con crisis muy
importantes. Por esto, cuando un profeta aparece debiéramos examinar la
naturaleza de la crisis. Y cuando estudiamos la crisis, debiéramos buscar el
mensaje del profeta. Pensemos en el Diluvio, y Noé viene a la mente. Israel en
la esclavitud egipcia: Moisés. Opresión espantosa: Débora y más tarde Samuel.
Apostasía oscura: Elías. Trágica declinación nacional: Isaías y Jeremías.
Cautividad deprimente: Daniel y Ezequiel. Nacimiento de la iglesia cristiana:
Pedro y Pablo. Restauración de la
verdad especial en los últimos días: Elena de White.
Este mismo
tipo de previsión divina fue evidente en el domingo de Resurrección. Dos
derrotados discípulos estaban viajando lentamente a Emaús, caminando en la
oscura sombra de una crucifixión (Luc. 24). Pero el Señor conocía su
desesperación y se les acercó. Sabía que había
permitido que los envolviese esa lobreguez. Pero no los dejaría con su
tristeza y perplejidad.
¿Cómo se
reveló Jesús? Primero, dirigiendo sus mentes nuevamente a las Escrituras. Les
ayudó a descubrir la verdad que habían comprendido sólo nebulosamente. Este
tipo de estudio bíblico les proveyó a esos primeros discípulos más estabilidad
y comprensión bíblica que lo que aun un milagro podría haber proporcionado.
En la
década de 1840 ocurrió otro momento trascendental en el plan de salvación de
Dios. Estaba muy próximo el fin del período profético más largo de la Biblia
(Dan. 8:14). La ocasión era imponente: el advenimiento estaba cercano. Pero,
aunque gran parte del mundo había estado escuchando el auténtico mensaje del
segundo advenimiento, el tiempo del advenimiento estaba basado en una
interpretación errónea de la profecía de Daniel.
Durante la
confusión y desesperación que siguieron al 22 de octubre de 1844, Dios se
acercó a su pueblo. Mediante una adolescente los animó a volver a estudiar la
Biblia[29]
y los instruyó a que oyesen su mensaje de con-suelo y afirmación. Mediante la
joven Elena Harmon, la perplejidad y lobreguez que rodearon el Gran Chasco del
22 de octubre pronto se convirtieron en esperanza y valor. Así como los dos
discípulos que iban a Emaús regresaron a Jerusalén con el gozo de la verdad
presente, de la misma manera esos primeros adventistas enfrentaron nuevamente
al mundo con el gozo de la verdad presente.
Elena de
White tuvo que contender con el sentimiento prevaleciente entre los dirigentes
milleritas de que los fenómenos carismáticos, tales como visiones y trances,
debían rechazarse.[30]
Igualmente perturbadoras eran las divisiones en aumento y el terrible fanatismo dentro de las filas de los milleritas después del 22 de octubre de 1844.