CAPITULO 2

 

DIOS HABLA MEDIANTE LOS PROFETAS

 

 

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profe-tas…”

(Heb. 1:1). “Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré

con él” (Núm. 12:6).

 

Dios se ha estado comunicando siempre con los seres humanos desde que creó a Adán y Eva.[1] Los seres

humanos fueron creados como contrapartes de Dios, hechos “a su imagen” (Gén. 1:27). Los hizo responsables, esto es, capaces de responder a Dios y a otras personas. Dios proveyó todo lo que podía imaginarse para la felicidad de nuestros padres. “Plantó un huerto” (Gén. 2:8) ya en floración, lleno de plantas adecuadas para proveer alimento.

Nuestra primera pareja no tuvo que luchar por la existencia ni valerse de tanteos a fin de sobrevivir.

 

Más aún, Dios hizo a los hombres y las mujeres con la capacidad de producir hijos a la imagen de ellos, aunque Adán y Eva fueron creados a la imagen de Dios. Nada fue omitido; todo lo que los seres humanos necesitaban estaba en su lugar apropiado: la clase correcta de comida, el gozo de trabajar, una deslumbrante exhibición diaria de flores y jardines, no llovía ni nada se enmohecía, y había un perfecto compañerismo mutuo y con Dios. El plan de Dios para nuestros primeros padres permanece como un anteproyecto factible para nosotros hoy, mientras buscamos paz y salud en medio de un triste colapso de lo que el Señor había planeado para la familia.

humana.

 

Comunicación antes del pecado

 

Antes de que nuestros primeros padres pecaran, estaban en constante comunicación con Dios y sus ángeles. De esta manera aprendían cómo cuidar de todas las criaturas vivientes y de qué manera proveer a sus propias necesidades como mayordomos de este fantástico paraíso llamado el Planeta Tierra. Quizás cada día tenían un culto con Dios a la puesta del sol, “al aire del día” (Gén. 3:8). ¡Y descubrieron que no todo era seguridad, aun en el Edén! El mal acechaba en la sombra “del árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gén. 2:17).

 

Pero cuando Adán y Eva pecaron, ocurrieron cambios terribles. Ya no podían hablar con Dios cara a cara. No porque Dios hubiese cambiado, sino porque la primera pareja lo había hecho: el pecado reconfiguró su mente y sus emociones. Isaías describió severamente esta nueva situación: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isa. 59:2).

 

El pecado estropea las vías neurales. Nadie vuelve a ser el mismo después que ha pe-cado: se forman nuevos surcos en los caminos neurales que hacen que el pecado sea más fácil de repetir. Pensar nuevamente en forma clara requiere ayuda especial de Dios. Por esto, cuando nuestros primeros padres pecaron, Dios tuvo que cambiar su sistema de comunicación con los seres humanos. No todos los deplorables resultados del pecado les ocurrieron a Adán y Eva en forma inmediata, pero la triste degeneración de la raza humana comenzó ese día cuando cedieron a “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Juan 2:16).

 

Cómo cubrió Dios la brecha del pecado

 

¿Cómo podía cubrirse la sima del pecado? Dios siempre tiene una solución. El sabe cómo adaptarse a las circunstancias cambiantes. Por ejemplo, en vez de la comunicación cara a cara, él “habla” a todo ser humano

mediante la “conciencia” (ver Juan 1:9; Rom. 2:15). En una forma significativa, el Espíritu Santo llama a la gente dotada de razón a que elijan el bien en lugar del mal, cualquiera sea su situación. Más aún, a aquellos que

específicamente piden la ayuda divina, aunque no conozcan mucho acerca de Dios, se les extiende la promesa abierta como a todos los demás: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Prov. 3:6).[2]

 

El también se revela a sí mismo mediante los ángeles: “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Heb.1:14).[3]

 

Aunque malogrado por los resultados del pecado, el mundo físico todavía revela mucho de la naturaleza y el carácter de Dios: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Rom. 1:20). La gente de todos los continentes y a lo largo de toda la historia han asociado a Dios con “atributos” tales como orden, belleza, predictibilidad y diseño inteligente que han visto en los cuerpos celestes o en las maravillas de la tierra, tanto animadas como inanimadas.[4]

 

Antes de que Moisés guiara a los israelitas fuera de Egipto, Dios se había estado comunicando con los seres humanos mediante patriarcas como Noé (Gén. 5-9), Abrahán (Gén. 12-24), Isaac (Gén. 26:2-5) y Jacob (Gén. 32:24-30). Moisés fue el ejemplo destacado de un ser humano con quien Dios conversó (Exo. 3, etc.).

 

Al relacionarse con la nación de Israel en sus primeros años, Dios “habló” mediante el Urim y el Tumim, dos piedras preciosas colocadas en el pectoral (unido al efod) del sumo sacerdote de Israel. Cuando los dirigentes de

la nación querían conocer la voluntad de Dios, el sumo sacerdote formulaba preguntas específicas que eran contestadas por la luz que descansaba ya sea sobre el Urim o el Tumim.[5]  Para una nación joven que acababa de salir del cautiverio y aún no había recibido la Palabra escrita, este dramático método de comunicación era decisivo y afirmador.

 

Dios también habló mediante sueños. Pensemos en los sueños de José que tuvieron un significado profético (Gén. 37), los sueños del copero y el panadero de Faraón (Gén. 40), los sueños de Faraón (Gén. 41), el sueño del

soldado madianita (Juec. 7), y los sueños de Nabucodonosor (Dan. 2, 4).

 

Sin la menor duda, la revelación más clara de Dios y de su voluntad hacia los seres humanos ha sido dada mediante Jesucristo: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres

por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Heb. 1:1-2). Jesús fue explícito: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Pero Cristo no señaló a Dios como todos los profetas lo habían estado haciendo; él era Aquel a quien ellos habían estado señalando.

 

Los profetas: la forma más reconocida de revelación divina

 

Aunque Dios usó muchos métodos, el “profeta” fue la forma más reconocida de comunicación divina. Los sacerdotes en Israel eran los representantes del pueblo ante Dios; los profetas eran los representantes oficiales

de Dios ante su pueblo. La vocación sacerdotal era hereditaria; el profeta era específicamente llamado por Dios.[6]

 

Los profetas han sido el canal más visible  en el sistema de comunicación de Dios. “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7). “Jehová el Dios de sus padres

envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación” (2 Crón. 36:15).

 

Dios dijo muy claramente que si el pueblo no escuchase a sus profetas, él no tenía otro remedio para ayudarles en sus problemas personales o nacionales: “Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que… no hubo ya remedio” (2 Crón. 36:16).

 

En el libro A Prophet Among You (Un profeta entre vosotros),[7] T. Housel Jemison enumeró ocho razones por las que Dios usó profetas en vez de algún recurso dramático que atrajese la atención, como escribir en las nubes

o proclamar estruendosamente su voluntad cada mañana al amanecer:

 

1.      Los profetas prepararon el camino para el primer advenimiento de Cristo.

 

2.      Como representantes del Señor, los profetas mostraron al pueblo que Dios valoraba a los seres humanos

lo suficiente como para elegir entre ellos hombres y mujeres que lo representasen.

 

3.      Los profetas eran un continuo recordativo de la cercanía y la accesibilidad de la instrucción de Dios.

 

4. Los mensajes a través de los profetas cumplían los mismos propósitos que una comunicación personal del Creador.

 

5. Los profetas eran una demostración del tipo de compañerismo con Dios y de la gracia transformadora del Espíritu Santo que podían experimentarse en la vida de un ser humano.

 

6. La presencia de los profetas ponía al pueblo a prueba en cuanto a su actitud hacia Dios.

 

7. Los profetas ayudaron en el plan de salvación, porque Dios ha usado consistentemente una combinación de lo humano y de lo divino como su medio más efectivo para alcanzar a la humanidad perdida.

 

8. El producto sobresaliente de los profetas es su contribución a la Palabra Escrita.

 

La obra del profeta

 

La obra del profeta era doble: recibir el mensaje divino y entregar ese mensaje fiel-mente. Estos aspectos se reflejan en las tres palabras hebreas para “profeta”. Para destacar  el papel de los profetas en escuchar la voluntad de Dios como ésta les era revelada, el escritor hebreo usaba chozeh o ro’eh, traducido como “vidente”. La palabra hebrea nabi (la palabra hebrea que más frecuentemente se usa para profeta) describe a los profetas como comunicando su mensaje en forma hablada o por escrito.

 

En 1 Samuel 9:9 se indican ambos papeles: “Antiguamente en Israel cualquiera que iba a consultar a Dios, decía así: Venid y vamos al vidente [ro’eh]; porque al que hoy se llama profeta [nabi], entonces se le llamaba

vidente [ro’eh]”.

 

La palabra chozeh, derivada de la misma raíz hebrea de la que obtenemos la palabra española visión, destaca el hecho de que el profeta recibe mensajes mediante visiones divinamente iniciadas.

 

 Cada uno de los tres términos hebreos para “profeta” subrayan el oficio profético como el lado humano del plan divino de comunicación.

 

En el Nuevo Testamento, la palabra griega prophetes, correspondiente al vocablo nabi del Antiguo

Testamento, se la translitera “profeta” en el idioma español. Su significado básico es “hablar, declarar [o hacer una declaración]”.El genuino “profeta” habla por Dios.

 

Largo linaje de esplendor

 

El primero (hasta tanto sepamos) de este asombroso linaje de valientes, fieles y luminosos profetas mediante los cuales Dios manifestó su pensamiento fue “Enoc, séptimo desde Adán” (Jud. 14). Más tarde estuvieron

Abrahán (Gén. 20:7) y Moisés (Deut. 18:15). María fue la primera mujer designada como una profetisa (Exo. 15:20).

 

Con el transcurso del tiempo, la nación de Israel perdió su visión espiritual y llegó a ser como sus vecinos en la adoración de otros dioses. Durante el largo y deprimente período de los jueces, Israel fue oprimido y humillado

por sus vecinos. Cuando Samuel fue llamado a su función profética, los filisteos do-minaban con dureza a Israel. Elí, el sumo sacerdote, era anciano e inefectivo. Sus dos hijos, Ofni y Finees, aunque se les había confiado el liderazgo tanto del gobierno como del sacerdocio, eran “impíos, y no tenían conocimiento de Jehová” (1 Sam. 2:12). No es de sorprenderse que “la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia” (1 Sam. 3:1).[8]

 

“La palabra de Jehová escaseaba” en Israel porque eran escasos los hombres y mujeres a quienes se les podían confiar los mensajes del Cielo. Dios estaba dispuesto a guiar a su pueblo, pero carecía de personas mediante

quienes pudiese impartir con seguridad su palabra. Cuando las visiones eran escasas, las circunstancias espirituales y políticas de Israel se hallaban en un nivel de decadencia. El bienestar de Israel fue restaurado sólo cuando se restauró el oficio profético.

 

Por ejemplo, la restauración de Israel como una nación libre y bendecida coincidió con el ministerio profético de Samuel. La larga vida de Samuel es un registro asombroso de cómo un hombre puede cambiar el curso de toda

una nación. Sus primeros años, después que su madre lo hubo entregado al Señor, son bien conocidos: “Y el joven Samuel iba creciendo, y era acepto delante de Dios y delante de los hombres” (1 Sam. 2:26). Al madurar, su liderazgo espiritual llegó a ser evidente: “Y Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová” (1 Sam. 3:19-20). Eventualmente, “Jehová se manifestó a Samuel en Silo… Y Samuel habló a todo Israel” (1 Sam. 3:21-4:1).

 

La fidelidad de Samuel como mensajero de Dios permitió que Dios revertiese la miseria de Israel. El ejemplo espiritual del profeta, su exhortación y su liderazgo nacional fueron tan efectivos que el registro declara: “Así

fueron sometidos los filisteos, y no volvieron más a entrar en el territorio de Israel; y la mano de Jehová estuvo contra los filisteos todos los días de Samuel” (1 Sam. 7:13).

 

 La vida de Samuel es una ilustración clara y profunda de cuán efectivo puede ser el espíritu de profecía para establecer el programa de Dios en la tierra. ¡Quién puede imaginar lo que puede lograrse en estos últimos días

al prestar atención al espíritu de profecía!

 

 Cuando Samuel envejeció, ocurrió algo casi inexplicable. Los dirigentes israelitas acudieron a él y le pidieron que nombrase “un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 Sam. 8:5). Olvidaron que su soberanía

restaurada y sus circunstancias placenteras se debían al liderazgo profético de Samuel.

 

Dios les advirtió a los dirigentes que un rey le traería problemas y dificultades a su tierra, pero ellos persistieron: “Nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras” (vers. 20).

 

Pero, aunque Israel rechazó el plan de Dios para la conducción de su pueblo (teocracia), Dios no rechazó a Israel. No retiró el don profético. Desde el tiempo de Saúl, el primer rey de Israel, hasta los días sombríos cuando tanto Israel como Judá fueron llevados en cautiverio por Asiria y Babilonia, treinta profetas se mencionan por nombre en la Biblia. Además, junto con los “hijos de los profetas” había también profetas cuyos nombres no se mencionan.

 

Bajo índice de éxito

 

¿Cuán exitosos fueron los profetas? Sólo en forma mínima, para gran detrimento de aquellos dirigentes nacionales que los rechazaron. Notemos a Joacim (Jer. 36), para quien el profeta Jeremías, por orden divina, debía

escribir palabras de condenación y esperanza. Baruc, el ayudante editorial de Jeremías, leyó el mensaje “a oídos del pueblo” (vers. 10). El rollo pronto estuvo en las manos de los consejeros de la corte, quienes también se sintieron grandemente impresionados. Instaron al rey Joacim a que también leyese el mensaje de Jeremías. El rey le pidió a Jehudí que lo leyese en voz alta.

 

Pero cuando el ministro de confianza del rey hubo leído sólo “tres o cuatro planas, lo rasgó el rey con un cortaplumas de escriba, y lo echó en el fuego que había en el brasero, hasta que todo el rollo se consumió sobre el fuego… Y no tuvieron temor ni rasgaron sus vestidos” (Jer. 36:23-24).

 

Desafortunadamente, Joacim fue un símbolo de muchos dirigentes espirituales, aun de dirigentes cristianos de nuestro tiempo, que si pudiesen, destruirían completamente el mensaje de Dios y a sus mensajeros. Muchos han tratado a través de los años, ya sea con “un cortaplumas de escriba” o mediante el “descuido benigno”, de anular la efectividad de un profeta, pero el mensaje de Dios sobre-vive para aquellos que procuran conocer su voluntad.

 

David es otro ejemplo de un dirigente israelita que recibió un mensaje de reproche de parte de un profeta. Pero el resultado fue el opuesto a la experiencia de Joacim. Después que el rey David hubo matado a Urías, de modo

que pudiese casarse con Betsabé, la esposa de Urías, Dios le dijo al profeta Natán que enfrentase al rey. Sin tratar de velar sus palabras con “simpatía” o con concesiones, Natán apuntó con su índice a David y pronunció el mensaje

de condenación de Dios: “Tú eres aquel hombre” (2 Sam. 12:7). David aceptó la palabra del Señor y capituló: “¡He pecado contra el Señor!” (2 Sam. 12:13, Nueva Biblia Española; ver también Sal. 51). David es uno de los ejemplos más excelentes de aquellos que han prestado atención a las palabras condenatorias del Señor, cambiando de ese modo su futuro para bien. Su ejemplo ha sido repetido muchas veces en la historia de la iglesia.

 

Nombres aplicados a los mensajes proféticos

 

En la Biblia se usan diversos términos para describir los mensajes dados por los profetas: consejo (Isa. 44:26); mensaje del Señor (Hag. 1:13, Nueva Biblia Española); profecía o profecías (2 Crón. 9:29; 15:8; 1 Cor. 13:8); testimonios (1 Rey. 2:3; 2 Rey. 11:12; 17:15; 23:3; también muchos versículos en el Salmo 119); y Palabra de Dios o de Jehová (1 Sam. 9:27; 1 Rey. 12:22).

 

Cada término, aunque fácilmente intercambiable, subraya un aspecto particular del sistema de comunicación de Dios. “Testimonios”, por ejemplo, sugiere “mensajes”. El pensamiento incluido en la frase “el testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17 y 19:10) es que los mensajes o la voluntad de Jesús son revelados cuando un profeta habla o escribe.

 

Cómo interactúan Dios y los profetas

 

Los profetas reconocen claramente la presencia y el poder del Espíritu Santo en su papel como mensajeros de Dios. Pedro comprendió bien esta relación: “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21).

 

Notemos la experiencia de Saúl: “Y cuando llegaron allá al collado, he aquí la compañía de los profetas que venía a encontrarse con él; y el Espíritu de Dios vino sobre él [Saúl] con poder, y profetizó entre ellos” (1 Sam. 10:10).

 

Ezequiel se refirió a menudo a la presencia del Espíritu Santo: “Y luego que me habló, entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba” (Eze.2:2; ver también 3:12, 14, 24; 8:3; 11:5; 37:1).

 

¿Cómo reconoció el profeta la presencia y el poder del Espíritu? Mediante visiones y sueños fuera de lo ordinario, y a través de los fenómenos físicos que los acompañan. Muchos de ellos han sido el cumplimiento de la

promesa de Dios, de que “cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él” (Núm. 12:6). (El registro bíblico no hace una clara distinción entre una visión profética y un sueño profético; a menudo los términos se han usado en forma intercambiable.)

 

En Daniel 10, el profeta describió algunos de los fenómenos físicos que acompañaron a esta “gran visión” (vers. 8). Aunque cayó sobre su rostro “en un profundo sueño”, pudo oír “el sonido de sus palabras” (vers. 9). Otros

se encontraban con Daniel cuando estaba en visión, pero “sólo yo, Daniel, vi aquella visión” (vers. 7).

 

Daniel cambió físicamente mientras estaba en visión: “No quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno” (vers. 8). Cualesquiera puedan haber sido los fenómenos particulares que acompañaban a una visión o un sueño, los profetas sabían que Dios les estaba hablando.

 

Lo que sabemos sobre los mensajes de los profetas y cómo los daban, se encuentra registrado en la Biblia. Originalmente, no todos los mensajes tal como los tenemos actualmente estuvieron en forma escrita. Algunos fueron sermones públicos, otros fueron cartas a amigos o a grupos de la iglesia, y otros fueron anuncios oficiales que reyes hacían a su pueblo. Algunos de los escritos proféticos inspirados ni siquiera se originaron con los profetas.

 

A partir de los abundantes mensajes proféticos presentados a lo largo de varios miles de años, Dios supervisó una compilación que llamamos la Biblia. Esta muestra se ha preservado con un propósito: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Cor. 10:11).

 

Cómo entregaron los profetas sus mensajesç

 

A lo largo de la historia el espíritu de profecía ha usado tres métodos para dar los mensajes de Dios: en forma oral, escrita o dramatizada.

 

Oral. La presentación regular, tipo sermón, es quizás la forma mejor conocida del trabajo de un profeta. Pensamos inmediatamente en Jesús dando su sermón sobre el Monte de las Bienaventuranzas (Mat. 5-7), o en el sermón de Pedro el día de Pentecostés (Hech. 2). Todo el libro de Deuteronomio fue un discurso oral en el cual Moisés recapituló los cuarenta años previos de la historia israelita. Muchos de los profetas menores entregaron

primero sus mensajes oralmente.

 

 Además de estas presentaciones más formales, los profetas registraron por escrito sus consejos dados antes a dirigentes individuales o a grupos de personas. Isaías escribió su entrevista con Ezequías (Isa. 37). La mayor

parte del libro de Jeremías es un resumen escrito de sus mensajes públicos. Ezequiel transcribió sus conversaciones anteriores con los dirigentes de Israel. Por ejemplo: “En el sexto año, en el mes sexto, a los cinco días del mes, aconteció que estaba yo sentado en mi casa, y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, y allí se posó sobre mí la mano de Jehová el Señor” (Eze. 8:1; ver 20:1).

 

Estas entrevistas privadas como las de Natán con David (2 Sam. 12:1-7); Jeremías con Sedequías (Jer.8:14-19); y Jesús con Nicodemo (Juan 3), fueron también consideradas dignas por el espíritu de profecía de una aplicación más amplia.

 

Además de sus deberes más oficiales y públicos, los profetas escribieron cartas personales a personas que tenían necesidades especiales.

 

Por escrito. Los mensajes escritos tienen ventajas sobre otras formas de comunicación. Pueden ser leídos y releídos. En comparación con una presentación oral, son menos susceptibles de una mala interpretación. El Señor le

dijo a Jeremías que escribiese un libro que contuviese las palabras que él le daría. Jeremías le pidió a Baruc que fuese su ayudante editorial, y el libro eventualmente fue leído al pueblo de Jerusalén y al rey. Años más tarde, el profeta Daniel (9:2) habla de su lectura de los mensajes de Jeremías y de cómo Jeremías había prometido liberación para el pueblo de Dios después de la cautividad de setenta años. Al mismo Daniel se le dijo que escribiese un libro especialmente para quienes viviesen en “el tiempo del fin” (12:4).

 

 El apóstol Pablo escribió catorce libros del Nuevo Testamento, y todos ellos menos uno fueron cartas a varias iglesias o a sus pastores.  Algunas de sus cartas no se incluyeron en la Biblia, como la carta a la iglesia de

Laodicea (Col. 4:16).

 

Pedro también escribió cartas a varios grupos de iglesia: “Amados, esta es la segunda carta que os escribo, y en ambas despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento” (2 Ped. 3:1). También escribió cartas privadas,

tal como a Silvano (1 Ped. 5:12).

 

Juan escribió por lo menos tres cartas además de su Evangelio y el libro de Apocalipsis: “Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1:4).

 

Las cartas llevan autoridad

 

Las cartas de los profetas llevaban el mismo peso de autoridad que sus sermones formales. En algunos casos, las cartas serían más útiles que un sermón porque estaban escritas a personas específicas con problemas específicos. Las cartas escritas a una persona o a una iglesia llegaron a ser igualmente beneficiosas a otros, en la medida que dichas cartas (y sermones) se copiaron y distribuyeron ampliamente. Personas de todas partes a lo

largo del tiempo se han identificado con estas aplicaciones inspiradas y prácticas de principios divinos a los detalles de la vida.

 

Dramatización. Parábolas en palabras o en acciones son recursos didácticos frecuentemente usados a lo largo de la Biblia. Jesús usó parábolas generosamente a fin de hacer claro el valor de los principios divinos.

 

El ministerio de Jeremías usó a menudo la parábola de la acción y el ejemplo. Dios le pidió que no se casase (16:1-2), de modo que fuese un recordativo viviente para los judíos de los sufrimientos que se avecinaban durante

la destrucción de Jerusalén. Pensemos en los recursos didácticos contenidos en “la vasija de barro del alfarero” (Jer. 19) que debía ser rota como una señal de la caída de Jerusalén; o las “coyundas y yugos” (Jer. 27) que presagiaban el yugo venidero bajo Babilonia.

 

Como Jeremías, Ezequiel expresó a menudo sus mensajes proféticos en la forma de parábolas. Ejemplos de ello incluyen el rollo que se le pidió que comiese (Eze. 3:1-3); la navaja para cortar el cabello y la barba (Eze. 5:1); la olla para cocinar (Eze. 24:3-4); y el valle de huesos secos (Eze. 37). Los mensajes mediante parábolas captaban la atención y se los recordaba fácilmente.

 

Al repasar estos diferentes métodos para atraer la atención, a uno le impresiona el hecho de que Dios escogía cualquier método que mejor se adecuase a la ocasión. Dios es adaptable y persistente. Todos los métodos son

auténticos porque proceden de la misma Fuente. El sermón deuteronómico de Moisés, las entrevistas personales de Isaías, los sermones transcriptos de Jeremías, las cartas de Pablo, las dramatizaciones parabólicas de Ezequiel, los libros de Daniel, el sermón de Pedro en Pentecostés, la entrevista de Jesús con Nicodemo, todos fueron inspirados por el Espíritu. “Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped.1:21).

 

Ayudantes literarios

 

Conocemos muy poco sobre cómo prepararon sus materiales la mayoría de los autores bíblicos. Sólo  sabemos lo que ellos nos han dicho. Jeremías explicó de qué manera usó a Baruc como su ayudante literario: “Y

llamó Jeremías a Baruc hijo de Nerías, y escribió Baruc de boca de Jeremías, en un rollo de libro, todas las palabras que Jehová le había hablado” (36:4). Cuando los oficiales del rey oyeron a Baruc que leía estos mensajes, le preguntaron: “Cuéntanos ahora cómo escribiste de boca de Jeremías todas estas palabras”. Baruc les contestó: “El me dictaba de su boca todas estas palabras, y yo escribía con tinta en el libro” (36:17-18).

 

Baruc, conocido como un escriba (36:26), tenía una buena educación. Jeremías empleó las habilidades literarias de este hombre para preparar en forma escrita sus mensajes dados oralmente: “Y tomó Jeremías otro rollo y lo dio a Baruc hijo de Nerías escriba; y escribió en él de boca de Jeremías todas las palabras del libro que quemó en el fuego Joacim rey de Judá; y aun fueron añadidas sobre ellas muchas otras palabras semejantes” (36:32).

 

Varios ayudantes de Pablo

 

En el Nuevo Testamento, Pablo empleó varios ayudantes editoriales. Tercio ayudó a preparar el manuscrito a los Romanos (16:22). Aparentemente Sóstenes ayudó a escribir la primera carta a los Corintios (1:1). Pablo, en

la prisión romana, dictó su segunda epístola a Timoteo, y Lucas, su médico, la preparó en forma escrita.[9]

 

Pablo era un erudito griego consumado, bien reconocido por los dirigentes judíos. Pero hubo razones plausibles para que él emplease ayudantes literarios. En la prisión, su capacidad para escribir se vio severamente reducida, pero sus ayudantes podían tomar sus pensamientos y escribirlos mucho más convenientemente.

Algunos consideran que su “aguijón en la carne” era una vista deficiente (2 Cor. 12:7-9; Gál. 4:15). Cualquiera haya

sido el método que Pablo usó para escribir sus epístolas, los que leían esas cartas (u oían su lectura) sabían que estaban escuchando mensajes inspirados.

 

La diferencia significativa en el estilo griego (no necesariamente en el contenido) de cada una de sus epístolas, sugiere fuertemente que Pablo usó diferentes ayudantes litera-rios, con variadas aptitudes para colocar sus

mensajes en forma escrita.[10]

 

            Pedro se refirió por nombre a su ayudante literario, Silvano [Silas], calificándolo como nuestro “hermano fiel” (1 Ped. 5:12). ¿Por qué Pedro necesitaría ayuda editorial? Por varias razones: Además de no tener preparación académica, Pedro tuvo las mismas restricciones de prisión que Pablo; y puesto que su lengua materna era el arameo, probablemente no era hábil en el uso del griego. La primera epístola de Pedro se encuentra en un griego pulido, de una calidad superior, la marca de una mente educada, lo que refleja la ayuda de Silvano. Aunque la segunda epístola de Pedro está escrita en un estilo literario tosco, la verdad resplandece en forma brillante.  Evidentemente, Silvano no estuvo disponible en esa ocasión, y Pedro la escribió por sí mismo o empleó a otro escriba sin la habilidad literaria de Silvano.[11]

 

Diferencia obvia entre 1 y 2 Pedro

 

La diferencia entre Primera y Segunda Pedro es tan obvia que la paternidad literaria de una y aun de ambas epístolas ha sido cuestionada. Allan A. McRae observó: “Tampoco podemos descartar la idea de que ocasionalmente

un escritor pudiese haber dado a un ayudante una idea general de lo que quería, diciéndole que lo pusiese en forma

escrita.[12] En tal caso, habría revisado el texto para asegurarse de que representaba lo que él quería decir, y por lo tanto él podía verdaderamente ser llamado su autor. El Espíritu Santo habría guiado todo el proceso de modo que lo que finalmente estaba escrito, expresase las ideas que Dios deseaba que su pueblo tuviese.

 

“Probablemente Pablo raramente siguió este último procedimiento, puesto que tenía una educación elevada y debe haber confiado en su capacidad para expresarse en griego. Pero la situación puede haber sido diferente en el caso de Pedro y Juan. El estilo de Primera y Segunda Pedro difiere tan considerablemente que algunos críticos han sugerido que una de ellas es un fraude. Sin embargo, Pedro mismo pudo haber escrito una de las epístolas en griego (2 Pedro?) y, para la otra, haberle expresado su pensamiento en arameo a un asociado, quien tenía más experiencia

para escribir en griego (1 Pedro). Este asociado pudo entonces haber escrito las ideas de Pedro en su propio estilo, y más tarde haber hecho alteraciones que Pedro podría haber sugerido. De este modo las dos cartas diferían en estilo; no obstante, bajo la dirección del Espíritu Santo ambas expresarían el pensamiento de Pedro tan ciertamente como

si Pedro hubiese dictado cada palabra. Juan Calvino sustentó tal punto de vista, pero no tuvo dudas de que ambas presentaron fielmente el pensamiento de Pedro”.[13]

 

Al comparar el Evangelio de Juan con el libro de Apocalipsis vemos nuevamente un estilo literario llamativamente diferente. La evidencia muestra en forma convincente que el apóstol Juan escribió ambos libros, aun

cuando los estilos literarios sean muy diferentes. El libro de Apocalipsis tiene una construcción griega generalmente imprecisa mientras que el Evangelio de Juan se amolda a normas literarias aceptables: una clara indicación de que hubo diferentes escribas.[14]  Parte de la diferencia, por supuesto, podría atribuirse al hecho de que Juan era un anciano cuando escribió Apocalipsis.

 

Cómo fue escrito Lucas

 

El análisis de cómo y por qué fue preparado el libro de Lucas provee otra forma de examinar la cuestión de la ayuda editorial en la preparación del material bíblico. Lucas no fue un testigo ocular del ministerio de Cristo. Es probable que nunca oyó hablar a Jesús.  Sin embargo, el Evangelio de Lucas ha sido comparable con el de Mateo, el de Marcos y el de Juan en cuanto a informar fielmente las palabras y los hechos de Jesús.

 

¿Cómo lo hizo Lucas? Recopilando los relatos más válidos de testigos oculares y presentándolos en una forma coherente.[15]

 

Lucas describió este procedimiento de la siguiente manera: “Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el

principio lo vieron con sus propios ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido” (1:1-4).

 

Dios no comunicó sus mensajes a través de un dictado mecánico sino mediante actos y palabras que los hombres y mujeres podían entender. Los profetas que oyeron a Dios hablarles directamente transmitieron esos menajes mediante la manera de pensar de su época, y a través de los idiomas y las analogías que sus oyentes podían comprender.

 

 La comprensión correcta del proceso de revelación/inspiración impide una preocupación inquietante cuando la gente ve en los Evangelios claras diferencias entre informes sobre el mismo evento, incluso entre los mismos mensajes de Jesús. Nada perturba más a algunos sinceros estudiantes que observar las diferentes maneras en que los escritores bíblicos describen el mismo evento, “citan” la misma conversación, o informan las parábolas de Jesús. Aun el tener dos versiones del Padrenuestro, según se lo registra en Mateo 6 y en Lucas 11, perturba a aquellos que creen erróneamente que los escritores bíblicos escribieron, palabra por palabra, mientras el Espíritu Santo dictaba.

 

Inspiración verbal o inspiración de pensamiento

 

La inspiración verbal, infalible, implica que el profeta es una máquina grabadora, que transmite mecánica e infaliblemente el mensaje de Dios. La creencia en una inspiración mecánica excluye diferencias al informar un

mensaje o evento. La inspiración verbal requiere profetas que transmitan las palabras exactas suplidas por el Guía celestial, así como el taquígrafo de una corte o tribunal escribe lo que está siendo dicho por los testigos. No se les da margen a los profetas para usar su propia individualidad (y limitaciones) al expresar las verdades que se les revelan.

 

Uno de los problemas obvios para aquellos que creen en la inspiración verbal es qué hacer al traducir la Biblia, ya sea del hebreo/ arameo del Antiguo Testamento o del griego del Nuevo Testamento, a otros idiomas. Otro  problema aparece en Mateo 27:9-10, donde Mateo se refiere a Jeremías en vez de Zacarías (11:12) como la fuente del Antiguo Testamento para una profecía mesiánica. Este podría ser el error de un copista. Pero si fue-se

de Mateo, es un error humano que cualquier maestro o ministro religioso podría cometer, un error que no causará ningún problema a los partidarios de la inspiración del pensamiento. ¿Por qué? Porque los que aceptan la inspiración de pensamiento saben lo que Mateo quiso decir.

 

¿O qué escribió realmente Pilato en el cartel colocado en la cruz de Cristo? Mateo 27:37; Marcos 15:26;  Lucas 23:38, y Juan 19:19 presentan el texto en forma diferente. Para los que aceptan la inspiración de pensamiento,

el mensaje es claro; para los que creen en la inspiración verbal, es un problema.

 

Los profetas son inspirados, no las palabras

 

Para los partidarios de la inspiración de pensamiento, Dios inspira al profeta, no sus palabras.[16] Ellos leen la Biblia y ven a Dios obrando a través de seres humanos con sus características individuales. Dios provee los pensamientos, y los profetas, al transmitir el mensaje divino, usan la capacidad literaria que poseen, cualquiera sea. Eruditos con preparación presentarán un mensaje o describirán un evento de manera muy diferente de como lo haría un pastor de ovejas. Pero si ambos están inspirados por Dios, la verdad será oída igualmente por el educado y el indocto. Esta es la manera como fue escrita la Biblia; todos los escritores usaron sus mejores palabras para  expresar fielmente el mensaje que habían recibido del Señor.

 

La revelación en el proceso de revelación/ inspiración destaca el acto divino que descubre la información. Los adventistas del séptimo día creen que este mensaje o contenido divinamente revelado, es infalible y autorizado.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105).[17]

 

La inspiración se refiere al proceso por el cual Dios capacita a una persona para que sea su mensajero. Esta clase de inspiración es diferente del uso coloquial de la palabra cuando describimos a un poeta perspicaz o a un

cantante dotado como que están “inspirados”.

 

Pablo le escribió al joven Timoteo diciéndole que “toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Tim. 3:16). La palabra griega que Pablo usó, traducida como “inspirada”, es theopneustos, una contracción de dos palabras,

“Dios-respira”. Esto es más descriptivo que un mero toque poético. Por ejemplo, cuando Daniel cierta vez estaba en visión, ¡literalmente no respiraba! (Dan. 10:17).

 

Pedro dijo que los profetas fueron “movidos por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21, Biblia de Jerusalén). La palabra griega para “movidos” es pheromeni, la misma palabra que usó Lucas (Hech. 27:17, 27) para describir el hecho de ser “llevados” a través del mar Mediterráneo en una terrible tormenta. Los profetas no confundieron el “movimiento” del Espíritu con impulsos emocionales normales. Sabían cuándo el Señor les estaba hablando, ¡eran movidos o inspirados!

 

Otra palabra que se usa a menudo al describir el sistema de comunicación de Dios es iluminación. Cuando los profetas dan sus mensajes, ¿cómo reconocen las personas que los mensajes son auténticos? El mismo Espíritu

Santo que habló mediante los profetas habla a aquellos que oyen o leen el mensaje del profeta. El oyente o el lector es “iluminado” (pero no inspirado). Más aún, el Espíritu Santo capacita al creyente sincero para comprender el mensaje y aplicarlo personalmente.[18]

 

 En el capítulo 13 se ventilará cómo el proceso de revelación/inspiración funcionó en el ministerio de Elena de White. Afortunadamente, la Sra. White habló enérgica y lúcidamente sobre cómo este proceso tuvo lugar en los tiempos bíblicos y en su propio ministerio.

 

Algunos mensajes proféticos no preservados

 

La Biblia no contiene todo lo que los profetas han dicho o escrito. Por ejemplo, no tenemos todo lo que Jesús dijo o hizo.[19]

 

¿Significa eso que los mensajes no preservados eran menos importantes, menos inspirados, que aquellos que tenemos en la Biblia?  ¡No! Todo lo que Dios dice es importante e inspirado. Pero algunos mensajes eran

de interés local. Otros estaban incluidos en otros mensajes que fueron preservados. In-discutiblemente, la mayor cantidad de mensajes proféticos, incluyendo las palabras de Jesús, no se preservaron.

 

Los profetas bíblicos pueden clasificarse en cuatro grupos:[20]

 

1.      Profetas que escribieron algo de la Biblia, como Moisés, Jeremías, Pablo y Juan.

 

2.      Profetas que no escribieron nada de la Biblia, pero cuyos mensajes y ministerio se preservan ampliamente

en la Biblia, como Enoc, Elías y Eliseo.

 

3. Profetas que dieron testimonios orales (quizás aun mensajes escritos), pero cuyas palabras no se  preservaron. A lo largo del Antiguo Testamento, se mencionan muchos profetas sin indicar su nombre, incluyendo a los setenta ancianos que recibieron el Espíritu Santo y profetizaron (Núm. 11:24-25), el grupo que se unió a Saúl después que éste llegó a ser rey (1 Sam. 10:5-6, 10), y aquellos que fueron escondidos en cuevas por Abdías (1

Rey. 18:4, 13). En el Nuevo Testamento, por ejemplo, las cuatro hijas de Felipe profetizaron, pero sus mensajes no fueron registrados (Hech. 21:9).

 

4.  Profetas que escribieron libros que no han sido preservados, incluyendo a Natán (1 Crón. 29:29), Gad (1 Crón. 29:29), Semaías (2 Crón. 12:15), Jaser (Jos. 10:13; 2 Sam. 1:18), Iddo (2 Crón. 12:15; 9:29), Ahías (2 Crón. 9:29) y Jehú (2 Crón. 20:34).

 

Lo que ha sido preservado en la Biblia es la esencia del glorioso linaje de esplendor mediante el cual Dios ha hablado a la humanidad, “muchas veces y de muchas maneras” (Heb. 1:1). El propósito de los escritos bíblicos no fue producir una historia completa de todo lo que le ocurrió al pueblo de Dios en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento. El propósito primario de la Biblia es darles a los lectores una comprensión clara del plan de salvación y de los eventos más importantes que exponen el gran conflicto entre Cristo y Satanás. Además, Pablo escribió que la Biblia provee “ejemplos” del bien y el mal, de la verdad y el error, para alertar al lector a “estar firme, mire que no caiga” (1 Cor. 10:12).

 

Dios no hace acepción de género

 

La Biblia menciona a un número de profetisas. Moisés consideraba que su hermana María era una profetisa (Exo. 15:20-21). Estando junto a su hermano desde sus más tiernos años, ella fue una fiel portavoz de Dios. A través de los siglos, Israel la consideró en alta estima y la incluyó como uno de los tres enviados “delante de ti” para la fundación de la nación israelita después del Exodo (Miq. 6:4). En cierto momento su fragilidad humana la indujo a rebelarse contra Moisés (Núm. 12), pero este triste hecho no puso en riesgo su posición como una verdadera

profetisa.

 

Débora fue juez durante un largo y deprimente período de la historia de Israel. Notemos cuán sombría fue esta era: “Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación

que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová el Dios de sus padres… Y se encendió contra Israel el furor de Jehová, el cual los entregó en manos de robadores que los despojaron, y los vendió en mano de sus enemigos de alrededor; y no pudieron ya hacer frente a sus enemigos… Y Jehová levantó jueces que los librasen de mano de los que les despojaban… Y cuando Jehová les levantaba jueces, Jehová estaba con el juez, y los libraba de mano de los enemigos todo el tiempo de aquel juez” (Juec. 2:10-18).

 

Débora, más que una juez

 

Débora no sólo fue una juez, sino que fue la única juez llamada también una profetisa (Juec. 4:4). Fue una dirigente espiritual tan vigorosa que cuando se le pidió a Barac, su general, que encabezase un ejército contra los

opresores cananitas, él dijo que no iría sin ella. Israel la reconocía como su líder espiritual, y Barac quería que la nación supiese que lo que a él se le había pedido era en realidad un llamado de su líder espiritual, y no una confabulación ambiciosa y personal. Después de todo, ¿cómo podría conseguir que 10.000 hombres fueran contra un ejército entrenado, con “novecientos carros herrados” (Juec. 4:3), a menos que también ellos estuvieran convencidos de que Dios había dirigido el plan? La trayectoria de Débora como una juez fiel era tan convincente que su consejo respecto a lo que parecía ser una aventura imposible, fue aceptado como la voluntad de Dios. Ella hablaba la palabra del Señor con autoridad, y puso su propia vida en peligro mientras condujo a sus compatriotas hacia un futuro mejor mediante su voz y su ejemplo.

 

A lo largo de la historia otras mujeres han llevado la pesada carga de la responsabilidad profética. Claramente, el sexo no es un problema cuando Dios escoge a una persona para que hable en su nombre.

 

Hulda fue una profetisa durante un gran momento de cambio, cuando el joven rey Josías se consagró a sí mismo y a su nación a una obra de profunda reforma espiritual. En el proceso de “limpieza” del templo, los obreros

encontraron una copia de lo que puede haber sido Deuteronomio, un libro que había sido extrañamente descuidado por los dirigentes religiosos de la nación.

 

 Josías, sintiendo que necesitaba saber más acerca de este descubrimiento, ordenó a sus consejeros: “Id y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado” (2

Rey. 22:13). Así que, ¿adónde fueron el sacerdote y los principales consejeros? “A la profetisa Hulda, mujer de Salum” (vers. 14). Jeremías había estado viviendo en Jerusalén durante cinco años (comparar 2 Rey. 22:3 y Jer. 1:2), ¡pero fue a Hulda a quien se dirigieron en busca de dirección espiritual!

 

Cualquiera haya sido la razón, Hulda se ha-bía granjeado el respeto y la confianza de sus contemporáneos. Cuando querían recibir una palabra del Señor, se dirigían a ella. Les ayudó a comprender más claramente el  significado de los escritos de Moisés. Iluminó la Palabra escrita e hizo predicciones específicas. Su comprensión

de la Biblia y sus predicciones fueron aceptadas como divinamente inspiradas. Isaías se refirió a su esposa como “la profetisa” (8:3) en ocasión del nacimiento de su hijo, pero lo hizo sólo en esa ocasión.

 

Cuando José y María llevaron al recién nacido Jesús al templo para su dedicación, encontraron a dos personas interesantes además del sacerdote que realizó el servicio (ver Luc. 2). Simeón, “justo y piadoso”, había estado esperando al Libertador de Israel, e hizo varias predicciones conmovedoras respecto al ministerio del Salvador. Ese día también estaba Ana en el templo, una profetisa (vers. 36), que también reconoció al bebé Jesús

como el Mesías. Debido a su clara comprensión de las Escrituras, ella captó la importancia de este Niño; por lo tanto, “hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (vers. 38).

 

Más de treinta y tres años más tarde, la joven iglesia cristiana estaba expandiéndose explosivamente en número e influencia. La presencia de hombres y mujeres piadosos mediante los cuales Dios reveló su consejo

fue una de las razones de este fenómeno religioso.[21]

 

El cuadro bíblico del sistema de comunicación de Dios incluye a hombres y mujeres. Aunque mencionadas menos frecuentemente que los hombres, las mujeres profetisas fueron reconocidas por sus contemporáneos

como genuinas mensajeras del Señor.  Iluminaron las Escrituras, aconsejaron a dirigentes e hicieron predicciones significativas.

 

Un intervalo sombrío entre Malaquías y Juan el Bautista

 

El registro del Antiguo Testamento de la ilustre línea de profetas y profetisas termina con Malaquías, quien vivió en la última mitad del siglo V a.C. ¿Se cerró el sistema de comunicación de Dios durante más de cuatro siglos?

 

Parece que Israel no tuvo más el beneficio de profetas nacionales durante este período. Al mismo tiempo, las  escrituras (el registro profético) eran grandemente valoradas. Se convirtieron en el foco de la adoración en las sinagogas, recién construidas en todo Israel por los exilados que regresaron de Babilonia.

 

 ¿Pero retiró Dios el “don de profecía” durante este período? Elena de White hace un comentario interesante sobre este largo intervalo entre profetas bíblicos: “Hubo, fuera de la nación judía, hombres que predijeron el aparecimiento de un instructor divino… y a quienes se les había impartido el Espíritu de la inspiración”.[22]

 

Durante este período intertestamentario (entre el tiempo de Malaquías y Mateo), eruditos “paganos” estudiaron las Escrituras hebreas (tal vez las tradujeron a sus propios idiomas). Dios les habló mientras ellos buscaban la verdad.[23]

 

Los “magos” que “vinieron del oriente” (Mat. 2:1) sin duda fueron ejemplos de aquellos que en tierras de gentiles “predijeron el aparecimiento de un instructor divino” y a quienes “se les había impartido el Espíritu de

la inspiración”. Conocieron el tiempo del nacimiento del Mesías y dónde habría de nacer. Dios habló directamente a estos hombres devotos, urgiéndolos a regresar a su hogar en el Oriente sin un contacto adicional con el malvado

Herodes.

 

Debiéramos ponderar bien este incidente y la verdad general: “Dios no hace acepción de personas” (Hech. 10:34). Cada generación ha tenido en algún lugar hombres y mujeres, judíos o gentiles, que fueron testigos inspira-dos de Dios. Sus nombres pueden no estar registrados prominentemente en la Santa Escritura, pero su testimonio existe y la llama de la verdad sobrevivió.

 

Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento, cerró sus mensajes con la predicción: “He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible” (Mal. 4:5).

 

El primer siglo d.C.[24]

 

Hablando de Juan el Bautista, Jesús dijo: “Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu

camino delante de ti” (Mat. 11:9-10).

 

Aun antes de su nacimiento, Juan el Bautista fue destinado a ser el portavoz de Dios. El ángel le dijo a su padre Zacarías: “Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan… Será grande delante de Dios… Y hará que muc