Capítulo
12
“Y leían en
el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que
entendiesen la lectura” (Neh. 8:8).
“Animemos a todos a usar un lenguaje sencillo, puro y elevado. El habla,
la pronunciación y la voz, cultive estos talentos, no bajo la dirección de
algún famoso instructor mundano, sino bajo el poder del Santo Espíritu de
Dios”.[1]
Probablemente no ha habido un orador público que tuviese un
comienzo más desfavorable que Elena Harmon, pero a fines de 1844 ella oyó la
invitación: “Da a conocer a otros lo que te he revelado”. Nada le causó más
desesperación. Oraba para ser liberada de esta carga; hasta “deseaba la
muerte”.[2]
¿Estaba siendo meramente modesta? ¿Su reticencia era motivada
por la humildad cristiana? En cierta
manera hemos de contestar “Sí” a ambas preguntas, pero ella también era
realista, así como cualquiera que conocía a esta “frágil” jovencita de 17 años,
de apenas 36 kilogramos (80 libras). Sus contemporáneos no esperaban que
viviese; sus problemas respiratorios parecían ser fatales. En sus propias
palabras, “Era menuda y endeble, sin trato social y naturalmente tan tímida y
apocada que me era muy penoso encontrarme entre personas desconocidas”.[3]
¿Qué ocurrió cuando Elena Harmon aceptó la primera
invitación a relatar su visión en Poland, Maine? Movida por un sentido del
deber, capaz de hablar sólo en un susurro, ella comenzó a comunicar “a los
demás” lo que Dios le había revelado. Después de cinco minutos su “voz resonó
clara y firme”, y habló “con completa facilidad y soltura durante cerca de dos
horas”.[4] Cuando
terminó, reaparecieron sus problemas vocales hasta la siguiente vez que se puso
de pie ante el público para compartir su mensaje. Con cada nueva restauración”
de la fuerza y la soltura vocal, ella se sintió más segura que estaba siguiendo
la senda del deber.
Desde ese comienzo nada promisorio, los setenta años de
servicio público de Elena de White
revelan un registro asombroso e imprevisto. Ella llegó a ser una oradora
en demanda tanto por parte de los
adventistas como de los no adventistas. Durante muchas décadas fue uno de los
principales oradores en las sesiones de la Asociación General y posiblemente la
oradora más deseada en los campestres de costa a costa. Los no adventistas
escuchaban de a miles (los auditorios oscilaban de 20 a 20.000) y con gran
aprecio sus sermones evangelísticos,
mucho
antes de que hubiera sistema público de megafonía.[5]
¿Cómo lo hacía? Sin duda Dios le ayudó en forma especial cuando
ella avanzó por fe en 1845. Ella tuvo otras experiencias similares a la que
mencionaremos seguidamente, ocurrida en el campestre de Healdsburg, California,
en octubre de 1882. Durante el verano ella se había agotado debido a sus muchos
viajes y predicaciones, y al hecho de que había estado escribiendo
vigorosamente.[6] Aunque
confinada a su cama, pidió que la llevasen a una carpa grande para descansar en
un sofá. Después que J. H. Waggoner terminó su sermón, ella le pidió a su hijo
que la
ayudase a
llegar al púlpito.
Al recordar más tarde el incidente, ella escribió: “Durante
cinco minutos estuve allí tratando de hablar y pensando que éste era el último
discurso que debía hacer: mi discurso de despedida… De pronto sentí que un
poder descendió sobre mí, como una descarga de electricidad. Pasó por mi cuerpo
y llegó hasta la cabeza. Las personas dijeron que vieron claramente la sangre
que afluía a los labios, los oídos, las mejillas, la frente”.
Un comerciante de la ciudad se puso de pie y exclamó:
“Estamos viendo un milagro que se realiza ante nuestros ojos. ¡La Sra. White ha
sido sanada!”
El pastor Waggoner, el orador anterior de ese día, escribió
en su informe a Signs: “Su voz y apariencia cambiaron, y durante algún
tiempo habló con claridad y energía. Luego invitó a aquellos que deseaban dar
el primer paso en su servicio a Dios y a los que estaban alejados en la
apostasía, que pasasen adelante, y un número considerable respondió al
llamado”.[7]
Según opinión general, las características vocales de Elena
de White eran extraordinariamente agradables y poderosas. Un pastor, al
informar sobre su experiencia en el Instituto Bíblico de 1874 en Battle Creek,
escribió lo
siguiente acerca
de Jaime y Elena White: “Me atrevo a afirmar que ninguna persona de mente culta
puede escuchar a cualquiera de los dos sin sentir la certeza de que Dios está
con ellos. El estilo y el lenguaje de la Hna. White es sumamente solemne e
impresionante, e influye increíblemente sobre la congregación, elevándola
siempre hacia el cielo”.[8]
L. H. Christian oyó por primera vez a Elena de White en
Minneapolis en 1888. Escribió lo siguiente sobre esa experiencia: “Comenzó a
hablar en una voz baja, agradable, melodiosa… hermosamente natural. Uno
pensaría
que estaba
hablando a gente ubicada a un metro o metro y medio (cuatro o cinco pies) de
donde ella estaba parada. Me preguntaba si el resto de la gente podría oírla.
Más tarde, en la conferencia de 1905 en Takoma Park, Washington, D.C., después
que hube entrado en el ministerio, tuve una oportunidad para probar su voz.
Ella estaba de pie sobre una gran plataforma en el frente del lugar
dirigiéndose a un auditorio de cinco mil personas, algunas de las cuales se hallaban
en el mismo fondo de una gran carpa. Me senté en el frente y me dije a mí
mismo, ‘Nunca pueden oír en la parte de atrás lo que ella está diciendo’.
Escurriéndome, caminé fuera de la carpa hasta la parte posterior, y cuando
entré y me
paré detrás de la gran multitud pude oír cada palabra y casi cada sílaba de
cada palabra tan claramente como si estuviese en el frente.
“Con su magnífico don de oratoria y su capacidad para
dominar al auditorio y conducirlo ya sea a pensar sólidamente o a experimentar
las emociones más profundas, parecía totalmente segura como mensajera de Dios;
sin embargo ella no hizo nada para llamar la atención sobre sí o para exaltar
su autoridad. Estaba allí meramente como una portavoz del Señor, pensando sólo
en su Palabra y procurando sólo exaltar a Jesús, de modo que pudiéramos verlo
únicamente a él”.[9]
Para estudiantes de oratoria, el estilo de oratoria de Elena
de White es una mina de continuos ejemplos de claridad, temperamento vigoroso y
belleza. “Ella lograba claridad al escoger palabras y oraciones sencillas que
se
caracterizaban por su franqueza y que no se prestaban para ser malentendidas.
Ganaba vigor en su expresión mediante la reiteración, los enlaces repetitivos,
el clímax, la anáfora, el desafío y el dominio del lenguaje. Alcanzaba
las
cumbres más elevadas de belleza en sus imágenes descriptivas mediante los
tropos y las figuras de lenguaje las cuales, aunque familiares y comunes,
guardaban equilibrio con sus temas. A menudo había una cadencia agradable en el
ritmo de su prosa que hacía eco de su familiaridad con el lenguaje de la
Escritura”.[10]
S. P. S. Edwards, un médico, recordaba cómo Elena de White
tenía tanto una “voz conversacional” como una “voz de hablar en público”. En la
conversación, ella era una mezzo soprano, un “tono dulce, no monótono,
pero especialmente notable debido a la dulce sonrisa y al toque personal que
ella ponía en lo que decía”.
La voz de oratoria
de Elena de White, su “voz procedente del estómago”, como la describió Edwards,
era una “voz de contralto con un maravilloso poder persuasivo… Siempre podíamos
oírla… No estoy seguro si era su voz lo que persuadía o el poder de las
palabras que hablaba… Todos podían oír siempre… ya fuese un auditorio de 10.000
personas al aire libre o un corazón solitario en la intimidad de su propio
cuarto”.[11]
En 1957-1959, Horace Shaw,
profesor de oratoria por mucho tiempo en el Colegio Misionero Emanuel (ahora Universidad
Andrews), elaboró una lista de 366 personas que habían oído hablar a Elena de
White. Les pidió que recordasen sus modales en la plataforma, si el evento era
público o privado, qué más les había impresionado y qué recordaban de su
mensaje. También les pidió que describiesen la influencia de su oratoria sobre
el auditorio.[12]
Puesto que estos “oyentes” fueron entrevistados tarde en la
vida, obviamente habían observado a la Sra. White en sus últimos años. Algunas
frases típicas eran, “a los 82 años, doblegada por la edad”, “pequeña y
frágil”,
“estructuralmente
baja… más bien regordeta pero no obesa”.
De sus rasgos físicos, parece que su rostro era lo que por
más tiempo se recordaba —“rasgos plenos y redondeados”, “se asomaba
ocasionalmente la más dulce sonrisa”, “noté su nariz, pero pronto la olvidé— al
pensar que era realmente hermosa, digna”, y que “el rostro parecía iluminarse”.
Sus ojos, según los encuestados: “hermosos ojos marrones y de
mirada distante”, “ojos veraces”, “mirada ferviente que parecía penetrar”, “sus
ojos eran grandes y se volvían más grandes si estaba dominada por el fervor o
la emoción, y se achicaban cuando se sonreía”.
Había un acuerdo general respecto al cabello de Elena de
White: “usaba una red sobre su pulcro cabello”, “estilo de peinado sencillo”,
“cabello oscuro y siempre partido y peinado hacia atrás con sencillez, y que
terminaba en una trenza anudada en la nuca”.
Veintinueve de esas personas se refirieron al material de su
vestido, describiéndolo como “terciopelo o seda negro”, “una vestimenta de dos
piezas”, “el vestido no parecía adornarla, ella parecía adornar al vestido”.
Para acentuar el color negro, la Sra. White a menudo usaba puños y cuello
blancos. Otros accesorios que se mencionaron fueron “una cadena de reloj de
oro” con un “reloj de plata en su bolsillo, y un sencillo prendedor”.
Los centenares de personas que respondieron a esta encuesta
recordaban por igual que la Sra. White usaba pocos gestos, sin agitar los
brazos y las manos, con “un aplomo natural y delicado y modales suaves”.
Ella predicaba con más frecuencia sin notas, aunque en
algunas ocasiones leía de un manuscrito. Con la Biblia abierta, hablaba con
vigor y lógica que cautivaba a su auditorio.[13] Un
periodista de Detroit Post describió el hecho de observar uno de los
sermones de la Sra. White como una experiencia “notable y emocionante”: “Aunque
su elocuencia y capacidad persuasiva eran bien conocidas por sus oyentes, no
estaban aun preparados para la apelación poderosa e irrefutable que ella hacía.
Parecía ciertamente inspirada mientras imploraba a los pecadores a que huyesen
de sus pecados. El efecto de su oratoria magnética y de sus modales era
sumamente notable”.[14]
Obviamente, la Sra. White oyó y vio esos comentarios sobre
su extraordinaria capacidad como oradora. Ella le daba la gloria a Dios pero no
siempre calificaba el fenómeno como un milagro. Aprendió cómo hablar estudiando
los
fundamentos de la proyección de la voz. Además de eso, escribió muchos consejos
generales sobre la comunicación vocal efectiva, y muchas veces se dirigió
específicamente a ministros que no sólo estaban arruinando sus voces sino
también su salud debido a hábitos impropios de oratoria.
Ella abogaba para que la voz tuviese el soporte del
diafragma, más la práctica de respirar profundamente: “El hablar desde la
garganta, permitiendo que las palabras salgan del extremo superior de los
órganos vocales irritándolos todo el tiempo, no es la mejor manera de preservar
la salud o de aumentar la eficiencia de esos órganos… Si usted permite que sus
palabras salgan desde abajo, ejercitando los músculos abdominales, podrá hablar
a miles con tanta facilidad como puede hablar a diez”.[15]
Las instrucciones de Elena de White sobre el arte de hablar
en público implicaban más que la capacidad de hablar a miles. Sobre toda otra
cosa, era un asunto espiritual, especialmente para el ministro del Evangelio:
“Quienes consideran que es poca cosa hablar con mala pronunciación están deshonrando
a Dios”.[16] “Realicen
esfuerzos decididos para aprender a hablar correcta y enérgicamente los alumnos
que se preparan para el servicio del Maestro, para que cuando conversen con
otros acerca de la verdad, o cuando se dediquen al ministerio público, puedan
presentar apropiadamente las verdades de origen celestial”.[17]
Para Elena de White, los métodos erróneos para hablar
afectan directamente la salud del orador. Ella escribió: El “uso excesivo [de
los órganos vocales]…, si esto se repite con frecuencia, no sólo dañará los
órganos vocales sino también someterá a todo el sistema nervioso a una tensión
indebida… La cultura de la voz tiene una parte importante en la cultura física,
puesto que tiende a dilatar y fortalecer los pulmones, y así aleja la enfermedad”.[18]
A lo largo de los años, estudiantes concienzudos de todas
las edades se han sentido agradecidos por los consejos de Elena de White sobre
el arte de hablar en público. Su propia experiencia, que comenzó con un susurro
ronco para
convertirse en una oradora solicitada a menudo, le otorgó profunda autenticidad
a sus principios. Estos principios expresados en temas como “El cristiano y su
actitud correcta al hablar”, “La educación de la voz”, “Métodos efectivos para
hablar en público”, “El contenido de nuestros discursos”, y “El uso de la voz
en el canto”, han
sido
reunidos en un libro titulado, La voz, su educación y uso correcto.[19]
¿Cuáles fueron los temas generales de la Sra. White? Sus
mensajes públicos, de acuerdo con los oyentes, se concentraban en el gozo, en
levantar a los abatidos, y en presentar los encantos de un Señor amante. La
conclusión típica de un sermón sería algo como esto: “La vida es un conflicto,
y tenemos a un enemigo que nunca duerme. El está vigilando constantemente para
destruir nuestras mentes y desviarnos de nuestro precioso Salvador,
quien dio
su vida por nosotros. ¿Elevaremos la cruz que se nos ha dado? ¿O permitiremos
que nos domine una complacencia egoísta, y perderemos una eternidad de
bendición?”[20]
Elena de White predicaba más a menudo de Isaías en el
Antiguo Testamento, y del Evangelio de Juan en el Nuevo. Los capítulos del
Nuevo Testamento que usaba más a menudo eran Juan 15 (“Yo soy la Vid…”), 2
Pedro 1 (la escalera del crecimiento cristiano), y 1 Juan 3 (“Mirad cuál
amor…”).[21]
Los pastores notaban que los mensajes de la Sra. White sobre
los temas bíblicos más sencillos, como la conversión, la obra del Espíritu
Santo y el amor de Dios, llegaban a ser momentos de inusual escudriñamiento del
corazón
que elevaban sus espíritus y los llenaban de valor y de un conocimiento más
profundo. En la última sesión de la Asociación General a la cual asistió
(1909), ya con 81 años, ella pidió hablar a los pastores, quienes podrían
pensar en muchos temas sobre los cuales deseaban su opinión.
L. H. Christian informó que ella eligió Juan 3:1-5 como su
texto, concentrándose en la frase, “Os es necesario nacer de nuevo”. Los
pastores estaban chasqueados al sentir que el tema no era apropiado; querían
algo más sólido. Sin embargo, después de dos minutos Christian se estaba
diciendo: “Esto es algo nuevo. Esto es algo más profundo y elevado y grande que
cualquier cosa que haya leído u oído sobre el tema del nuevo nacimiento, y del
nuevo nacimiento como una experiencia diaria para el predicador”.
Luego registró sus pensamientos ulteriores: “Nunca he oído
antes ni después una presentación como la que ella nos hizo de la obra del
Espíritu Santo en la transformación de la vida humana a la gloriosa semejanza
de Cristo,
que constreñía
a hacer un examen de con-ciencia y que sin embargo era amable y hermosa… Cuando
terminó su tema (duró menos de treinta minutos), nosotros los predicadores
dijimos: ‘Esto es lo mejor para nuestras almas que lo que jamás hayamos oído’.
No fue crítico; no fue desalentador; no nos condenó; pero nos dio una vislumbre
de las
alturas de
la excelencia espiritual que podríamos alcanzar y que deberíamos alcanzar si
realmente fuéramos siervos de Cristo que hemos de conducir a la gente a una fe
viviente en el Señor Jesús”.[22]
A menudo ocurrían fenómenos interesantes cuando Elena de
White estaba en el púlpito. Ocasionalmente ella interrumpía su mensaje
preparado y reconocía a personas que estaban en el auditorio y a quienes no
había visto antes excepto en visión. En Bushnell, Michigan, el 20 de julio de
1867, Elena y Jaime White encontraron afuera, bajo los árboles, a un grupo espiritualmente sombrío. Jaime
informó que poco después que su esposa comenzara a hablar, ella puso a un lado
su Biblia y comenzó a dirigirse a aquellos que recientemente habían sido
bautizados.
Debido a
que no los había visto antes, excepto en visión, “designó a cada hermano y
hermana por su ubicación, como el que está junto a ese árbol, o el que está
sentado junto a ese hermano o hermana de la Iglesia de Greenville
o de la de
Orleans, con quienes se había relacionado personalmente y a quienes llamaba por
nombre”.
Durante la hora siguiente, ella examinó los casos, uno por
uno, declarando que dos años antes el Señor le había mostrado la condición de
ellos, que mientras estaba leyendo su texto de la Biblia sus necesidades
individuales
fueron
iluminadas “como un relámpago repentino en una noche oscura revela claramente
cada objeto circundante”.
¿Cuál fue la respuesta? Cada persona, cuando la Hna. White
se dirigió a ella, se levantó y “testificó que sus casos habían sido descritos
mejor que lo que ellos mismos podrían haberlo hecho”. Se corrigieron errores y
se manifestó una reforma que condujo a una iglesia vigorosa.[23]
A veces Elena de White era arrebatada en visión mientras
predicaba. En Lovett Grove, Ohio, a mediados de marzo de 1858, después que su
esposo predicó un sermón fúnebre, ella estaba dando su testimonio sobre la
gozosa
esperanza
del segundo advenimiento. Entonces, según escribió más tarde, “fui arrebatada
en una visión de la gloria de Dios”. Durante las dos horas siguientes ella
permaneció en visión mientras que aquellos que se encontraban en ese atestado
edificio escolar observaban con ávido interés. Esa visión de Lovett Grove ha llegado
a conocerse como
“la visión
del gran conflicto”.[24]
Los mensajes de Elena de White eran escuchados por
auditorios no adventistas, quienes, a menudo por más de una hora, prestaban atención
embelesados y con un sentimiento de gratitud. Un periodista de un diario cubrió
una
conferencia que ella dio en Battle Creek, Michigan, en 1887: “Anoche, en la
conferencia de la Sra. Elena G. de White, en el Tabernáculo, había una buena
concurrencia incluyendo a una gran cantidad de nuestra gente más prominente.
Esta dama le dio a su audiencia un discurso muy elocuente, el que fue escuchado
con marcado interés y atención. Su exposición estuvo intercalada con hechos
instructivos que había recogido en su reciente visita a países
extranjeros,
lo que demostró que esta dama talentosa, en adición a sus muchas otras raras
habilidades, posee una gran capacidad para observar con cuidadosa atención y
una notable memoria de detalles; esto unido a su fina presentación y a su
capacidad de revestir sus ideas con un lenguaje escogido, hermoso y apropiado,
hizo de su conferencia una de las mejores que haya sido presentada alguna vez
por alguna dama en nuestra ciudad. Ojalá ella
pueda
pronto favorecer a nuestra comunidad con otro discurso; este es el ferviente
deseo de todos los que asistieron anoche, y si ella lo hace, habrá una gran
concurrencia”.[25]
A veces algunos han aseverado que la belleza, el vigor y el
poder de los escritos de Elena de White se deben a sus ayudantes editoriales.
Pero, ¿quiénes fueron los ayudantes editoriales que se interponían entre ella y
sus audiencias? Ningún ayudante literario estuvo a su lado, “puliendo” su
gramática, “corrigiendo” los detalles, etc., mientras ella usaba “un lenguaje escogido,
hermoso y apropiado”.
Esta “dama talentosa” con una “notable memoria de detalles”
demostró, como ocurre con muchas otras personas públicas, que las habilidades
de oratoria a menudo son diferentes de las técnicas para escribir que uno
tenga. Los hábitos de redacción revelan a menudo que la mente del autor va más
rápido que lo que la pluma puede escribir; a pesar de todo, el autor sabe que
lo que realmente interesa es el producto final, no las técnicas apresuradas que
el autor usa para poner sus pensamientos en el papel.
Clifton L. Taylor,
un profesor de Biblia a nivel universitario con larga experiencia, reflexionó
sobre la ocasión cuando oyó por primera vez a Elena de White: “Toda mi vida
había oído hablar de esta mujer, y deseado oírla y verla por mí mismo… Había
oído declarar a sus críticos que sus escritos eran mayormente la obra de sus
secretarias. Ahora observé que en sus discursos espontáneos sus declaraciones
estaban llenas de expresiones exactamente iguales a las que había leído tantas
veces en sus escritos… Mientras relataba sus diversas experiencias… me impresionó como alguien que estaba contenta de
compartir con otros las riquezas y bendiciones que había recibido”.[26]
Comentarios hechos por periodistas seculares no se limitaban
a las “talentosas” habilidades de oratoria de Elena de White. También incluían
su mensaje directo: “Quisiera que todas las otras creencias religiosas que
hay en
Battle Creek fueran tan conforme a la moralidad como la de la Sra. White y sus
adherentes. Entonces no tendríamos ningún antro infame de vicio, ninguna tienda
de bebidas alcohólicas, ningún negocio de venta de tabaco, ningún garito de
juegos de azar, no habría aire contaminado con las emanaciones de la bebida ni
de ese destructor cruel del hombre, el tabaco”.[27]
La Sra. White disfrutaba al responder a las invitaciones de
iglesias no adventistas. En 1880, después que hubo hablado en el campestre de
Salem, Oregon (el que se realizó en la plaza de la ciudad), algunos metodistas
se
quedaron
impresionados. Dirigentes de la iglesia le pidieron que les hablase el domingo
siguiente. En una carta a Jaime, ella describió el evento: “El domingo de tarde
la iglesia metodista, que se reúne en un magnífico edificio,
estaba
bien llena. Hablé a unas setecientas personas que escucharon con profundo
interés. El ministro metodista me agradeció por el discurso. La esposa del
ministro y todos los asistentes parecían muy complacidos”.[28]
En ese notable viaje de 1879 en que seguían en las huellas
de los convoyes de carretas de antaño, Jaime y Elena White predicaron la mayor
parte de las noches a aquellos que viajaban con ellos y a los que encontraban
en el
camino. Al
escribir sobre cierta experiencia, ella dijo: “Anoche hablé a un centenar de
personas reunidas en una respetable capilla protestante. Encontramos allí una
excelente clase de personas… Tuve amplia libertad para presentarles el amor de
Dios evidenciado al hombre en el don de su Hijo. Todos escucharon con el más
profundo interés. El ministro bautista se levantó y dijo que esa noche habíamos
oído el Evangelio y esperaba que todos hicieran
caso de
las palabras allí habladas”.[29]
Los dirigentes adventistas comprendían la contribución única
que los White prestaban a sus diversas reuniones. Uriah Smith informó lo
siguiente sobre el campestre en Sparta, Wisconsin, en 1876: “Aquí, como en
Iowa,
la
presencia del Hno. y la Hna. White constituyó en gran medida la vida de la
reunión; sus consejos y labores les dieron el tono a los ejercicios
[espirituales] y al progreso de la obra. A veces se le pidió en forma especial
a la Hna. White que dirigiera llamados poderosos y que realizara las
descripciones más vigorosas de la vida de Cristo de la que pueden extraerse
lecciones aplicables a la experiencia cotidiana del cristiano. Las mismas
fueron de interés absorbente para toda la congregación. Estos siervos de la iglesia, aunque ahora de
una experiencia tan prolongada
y grande,
todavía siguen creciendo en fuerza mental y espiritual, pese a todas sus
labores cansadoras”.[30]
Cuando Jaime murió en 1881, varios diarios registraron sus
contribuciones. En esas apologías y reseñas biográficas se incluyeron
comentarios sobre la Sra. White y su obra pública: “En sus labores ministeriales
y educativas, su esposa, Elena G. de White, le ha ayudado admirablemente; ella
es una de las escritoras y oradoras religiosas más capaces en el Oeste”.[31]
“En 1846 se casó con Elena G. Harmon, una mujer de
extraordinarios talentos, quien ha sido una colaboradora en todo su trabajo y
contribuyó grandemente al éxito de su esposo mediante sus dones como escritora
y especialmente por su vigor como una oradora pública”.[32]
En 1878, a la edad de 50 años, Elena de White fue incluida
en la página 108 de un libro de referencia, American Biographical History of
Eminent and Self-Made Men of the State of Michigan, Third Congressional
District (Historia
biográfica norteamericana de hombres eminentes del estado de Michigan, que han
triunfado por esfuerzo propio, Tercer Distrito Electoral): “La Sra. White es
una mujer de una organización mental singularmente bien equilibrada. La
benevolencia, la espiritualidad, la rectitud y el idealismo son sus rasgos
predominantes.
Sus
cualidades personales son tales que le granjean el más cálido compañerismo de
todos aquellos con quienes se relaciona, a quienes inspira con la máxima
confianza en su sinceridad… A pesar de sus muchos años de labor pública, ella
ha retenido toda la sencillez y honestidad que caracterizaron su juventud.
“Como oradora, la
Sra. White es una de las más exitosas de las pocas damas que han llegado a
destacarse como conferenciantes en este país, durante los últimos veinte años.
Ha fortalecido sus órganos vocales por su constante uso hasta el punto de darle
a su voz una rara profundidad y potencia. Su claridad y firmeza de articulación
son tan grandes que, cuando habla al aire libre, frecuentemente se la oye con
nitidez a una milla de distancia. Su lenguaje, aunque sencillo, siempre es
vigoroso y elegante. Cuando se siente inspirada con su tema, con frecuencia es
maravillosamente elocuente, y por horas mantiene hechizados a grandes
auditorios sin una señal de impaciencia o cansancio.
“El tema de sus discursos siempre es
de carácter práctico, y gira principalmente sobre deberes hogareños, la
educación religiosa de los niños, la temperancia y temas semejantes. En
ocasiones de reavivamientos, ella
siempre es
el orador más efectivo. Frecuentemente ha hablado a inmensos auditorios, en las
ciudades grandes, sobre sus temas favoritos, y siempre ha sido recibida en
forma muy favorable”.[33]
[1] La voz: su educación y uso correcto, p. 19.
[2] Testimonies, t. 1, p.
63; Notas biográficas de Elena G. de White, p. 77.
[3] Notas
biográficas de Elena G. de White, p. 76.
[4] Id., pp.
78-80.
[5] La
concurrencia de unas 20.000 personas en el campestre de Groveland, en
Groveland, Massachusetts, del 25 al 30 de agosto
de 1876,
representó la cifra más alta de todos los tiempos en campestres adventistas. A
muchos más se les negó acceso a las reuniones porque todos los servicios de
transporte, incluyendo trenes, vapores fluviales, lanchones, etc., fueron
exigidos por encima de su capacidad para dar cabida a todos los que querían
asistir, de acuerdo con un periodista local.— Review and Herald, 7 de
septiembre, 1876, p. 84. Tan pronto como Elena de White terminó, fue invitada
por el Club de Reforma de la Temperancia de Haverhill a hablar la noche
siguiente. Ella informó: “La reina de Inglaterra no podría haber sido más honrada…
Estuvieron ante mí unas mil personas de las más excelentes y selectas de la
ciudad. Varias veces me interrumpieron con aplausos y zapateos… Nunca presencié
tal entusiasmo como el que estos nobles caballeros, dirigentes en la reforma
pro temperancia, manifestaron hacia mi disertación sobre la temperancia. Fue
nuevo para ellos. Les hablé del ayuno de Cristo en el desierto y de su
objetivo. Hablé
contra el
tabaco. Me rodearon después de la reunión y me felicitaron, y se me instó, si
volvía a Haverhill, a que les hablase nuevamente”.—Carta 42, 1876, citado en Bio.,
t. 3, p. 46; ver Uriah Smith, “Grand Rally in New England”, Review and
Herald, 7 de septiembre, 1876, p. 84.
[6] En julio
ella había escrito quinientas páginas de manuscrito. Ver Bio., t. 3, p.
202.
[7] Bio., t. 3, p.
204; ver también p. 158. Reflexionando sobre este fenómeno que ocurría a
menudo, Mervyn Maxwell sugiere
que “Dios
directamente podía haberla sanado, pero es evidente que él prefirió
proporcionarle esta prueba de su dirección cuando ella se disponía a dirigirse
a una congre-gación”.— Maxwell, Dilo al mundo, p. 186.
[8] Review and
Herald, 8 de enero de 1875, p. 14. En otra ocasión, J. N.
Loughborough observó: “La Hna. White dio dos discursos prácticos, penetrantes y
poderosos”.—Signs of the Times, 11 de enero, 1877, p. 24. D. M.
Canright, entonces presidente de la Asociación de Ohio, escribió: “La Hna.
White habló brevemente sobre la gran importancia de la obra de la escuela
sabática en su manera habitualmente vigorosa y elocuente”.—Review and Herald,
4 de septiembre, 1879, p. 85.
[9] Christian, Fruitage of
Spiritual Gifts, pp. 45-46.
[10] Horace Shaw, “A Rhetorical
Analysis of the Speaking of Mrs. Ellen G. White, A Pioneer Leader and
Spokeswoman
of the Seventh-day Adventist Church” (Michigan State
University,
1959, una disertación doctoral), p. 282.
[11] Id., p. 514.
[12] Id., pp. 502-510, 606-644.
[13] “Cuando estoy hablando a la gente,
digo mucho que no he meditado de antemano. El Espíritu del Señor desciende frecuentemente
sobre mí. Me parece que soy transportada, lejos de mí; la vida y el carácter de
personas diversas se presentan
claramente
a mi mente. Veo sus errores y peligros, y me siento compelida a hablar de lo
que de esta manera es traído ante mí”.—Testimonies, t. 5, p. 678.
[14] Citado en Review and Herald, 18 de agosto, 1874, p.
68.
[15] Testimonies, t. 2, p. 616. “El uso correcto de los músculos
abdominales al leer y hablar, será un remedio para muchas
de las
dificultades de la voz y del pecho y un medio de prolongar la vida”.—La
educación cristiana, p. 280.
[16] El
evangelismo, p. 482.
[17] Id., p. 483.
[18] Id., p. 484-485.
[19] Pacific Press Publishing
Association, 1995.
[20] Notas
biográficas de Elena G. de White, p. 321.
[21] Shaw, “A Rethorical Analysis of
the Speaking of Mrs. Ellen G. White”, p. 355.
[22] Christian, Fruitage of
Spiritual Gifts, p. 47.
[23] Signs of the Times, 29 de agosto, 1878, p. 260.
[24] Ver
Capítulo 22; Bio., t. 1, pp. 368-375.
[25] “Mrs. Ellen G. White’s Able Address.
A Characteristic and Eloquent Discourse by This Remarkable Lady”, Daily
Journal, de Battle Creek, 5 de octubre, 1887. El director
y publicador de Free Press, de Newton, Iowa, le concedió amplio espacio
al campestre adventista a comienzos de junio de 1875. Entre sus observaciones,
dijo: “La Sra. White es una predicadora de gran capacidad y vigor, muy
solicitada como oradora en los campestres de la denominación en todos los
Estados Unidos, y dedica gran parte de su tiempo a esta obra”.
[26] Review and Herald, 25 de
septiembre, 1958, p. 3.
[27] Lansing [Michigan] Republican,
7 de enero, 1880, citado en Bio., t. 3, p. 131.
[28] Carta 33a,
1880, citada en Bio., t. 3, p. 142; más adelante en la carta ella dice:
“Uno de los ministros metodistas le dijo al
Hno. Levitt
que él lamentaba que la Sra. White no fuese una fiel metodista, porque ellos
inmediatamente la convertirían en una obispo; ella podría hacer justicia al
cargo”. Ver también Id., p. 88.
[29] Carta 36,
1879, citada en Id., p. 111. En octubre de 1886, Elena de White presentó
doce mensajes evangelísticos consecutivos, diez de los cuales están hoy
disponibles. Los textos y temas de sus sermones revelan el énfasis
Cristocéntrico
de los
mismos. Ver también Delafield, Elena G. de White en Europa, pp. 271-272.
[30] Review
and Herald, 29 de junio, 1876, p. 4.
[31] Lansing [Michigan] Republican, 9 de agosto, 1881,
citado en Nichol, Ellen G. White and Her Critics, p. 475.
[32] The Echo [Detroit], 10 de agosto, 1881, citado en Nichol, Id.,
p. 475.
[33] Citado en Shaw, “A Rhetorical Analysis of the Speaking
of Mrs. Ellen G. White”, pp. 28-29, y en Arthur White, Messenger to the
Remnant, pp. 114-115.