Capítulo
10
“Ella se
levantó de un lecho de enferma y dio sus primeros pasos, débiles y vacilantes,
para llegar a ser una
mujer victoriana y una profetisa adventista”.[1]
De todas las mujeres líderes de grupos sociales o religiosos
del siglo XIX, Elena de White fue virtualmente
única.
Combinó las vigorosas características de la pionera norteamericana con las
virtudes de la típica mujer
victoriana.
He aquí una mujer que en un tiempo había sido frágil, de
1,57 m de altura (cinco pies y dos pulgadas), que podía ensillar caballos y
andar en ellos como la mayoría de los hombres.[2] Además de
eso, basada en su propia experiencia, ella recomendó fuertemente que los
varones debían aprender, ya sea en la casa o en la escuela, a “tender la cama,
ordenar una pieza, lavar la loza, preparar una comida, lavar y remendar su
ropa”. Las niñas debieran “aprender a enjaezar y guiar un caballo, manejar el
serrucho y el martillo, lo mismo que el rastrillo y la azada”.[3]
Elena de White es más a menudo recordada como una poderosa
oradora y una prolífica escritora, pero sus contemporáneos también la
conocieron como una ama de casa competente y una madre alegre. Todo eso no era
fácil en una época cuando no había electricidad o agua corriente. Tampoco lo
fue cuando por varios años ni ella ni su esposo recibieron un ingreso regular.
Y el no tener un “lugar fijo de residencia” hacía la vida sumamente difícil.[4]
Pero los White, con dos de sus hijos, sobrevivieron, como lo
hicieron la mayoría de otras familias que tenían el espíritu pionero del siglo
XIX. A lo largo de la mayor parte de su larga vida Elena de White se hizo la
ropa. En cierta oportunidad escribió: “Las sábanas y las almohadas y mi ropa
están en buena condición”.[5]
En un día de fines de noviembre de 1865, en Rochester, Nueva
York, ella le escribió una nota a Jaime: “Anoche fue una noche fría. Temía
dormir sola en un cuarto frío, pero mi hermoso y abrigado camisón estaba
terminado, me lo puse y me sentí realmente cómo-da… La costura está avanzando
en forma decidida sin que eso represente en absoluto una carga para mí”.[6]
Al leer los diarios y cartas de Elena de White uno obtiene
cierta comprensión de cómo era su vida diaria. En una carta de 1873 al pastor
D. M. Canright y a su esposa, ella escribió, en parte, lo siguiente: “Por algún
tiempo he sentido que debo escribirles, pero no he encontrado el tiempo. Me
levanté a las cinco y media de la mañana, ayudé a Lucinda a lavar los platos,
he escrito hasta que oscureció, y luego he hecho la costura necesaria,
quedándome levantada hasta cerca de la media noche; sin embargo, no nos hemos
enfermado. Después de haber escrito lo planeado para el día he lavado la ropa
de la familia. Frecuentemente he estado tan cansada que empiezo a tambalear
como una borracha, pero alabado sea el Señor, él me ha sostenido”.[7]
En cierto momento de su ocupado programa de actividades en
Europa, Elena de White necesitó descansar de sus rigurosos compromisos de
predicar y de escribir. Para distraerse, ella y Sara McEnterfer, su compañera
de
viaje,
cosieron para ellas y para otras personas. Algunas mujeres, al notar que ella
había comprado en forma económica y con
buen gusto, a menudo querían que ella les ayudase a hacer sus compras.[8]
Pero como en todas las cosas, aun en la costura, ella
recomendó equilibrio y urgió a mantener las debidas prioridades. Hablando de
las madres, escribió: “Consérvese alegre y animada. En vez de consagrar todo
momento
a
interminables costuras, haga de la velada de familia una ocasión de grata
sociabilidad, una reunión de familia después de las labores del día”.[9]
Elena de White era una jardinera entusiasta no sólo para
satisfacer las necesidades de verduras y fruta para la casa, sino también para
hermosear el hogar con flores frescas. La época primaveral en Battle Creek
(1859) avivó
el
entusiasmo por la horticultura de esta madre ocupada de 31 años de edad, con
tres hijos. El 24 de marzo, un día frío y ventoso, se lee en su diario: “Me
levanté temprano. Ayudé a mi esposo y al Hno. Richard [Godsmark] a llevar un
arbusto de grosella para plantarlo en nuestro jardín”.
El tiempo era más cálido el 30 de marzo y ella escribió:
“Planté las frambuesas. Fui a Manchester en busca de plantas de fresa. Conseguí
algunos arbustos de grosella… Despaché tres cartas”.
Al día siguiente plantó “una cantidad de fresas”. Dos
semanas más tarde escribió: “Pasé la mayor parte del día haciendo un jardín
para mis hijos. Me siento deseosa de hacerles el hogar tan agradable como
pueda, para que el hogar pueda ser para ellos el lugar más placentero de
todos”.[10]
Desde su pequeño hogar en Washington, Iowa, le escribió a
Edson: “Estamos en medio de flores de casi toda descripción posible, pero lo
más hermoso de todo es estar rodeados por todas partes de rosas de todos los
colores, y tan fragantes. La reina de la pradera apenas se está abriendo,
también la campana de Baltimore. Las peonías han sido muy hermosas y fragantes,
pero ahora están decayendo rápidamente. Hemos tenido fresas por varios días”.[11]
Para Elena de White la atención del jardín significaba un
trabajo agradable. Al escribir desde Oakland,
California, a su esposo que estaba en Battle Creek, le contó de una
nueva amiga que había compartido plantas para su jardín: “Planté todo en el
jardín de la nueva casa a la luz de la luna y con la ayuda de la luz de un
farol. Las dos Marías trataron de hacerme esperar hasta la mañana, pero yo no
las escuché. Tuvimos una hermosa lluvia anoche.
Me alegré
entonces de haber perseverado en colocar mis plantas”.[12]
En 1881 los White estaban viviendo nuevamente en Battle Creek.
Esta vez, al escribirle a Mary, su nuera, Elena de White quería algunas cosas
de su jardín de Oakland: “Tengo que pedirte un favor. ¿Quisieras conseguir una
caja
pequeña y poner en ella raíces rosadas y retoños de clavellina, algunos tallos
selectos de rosa, fucsias y geranios, y enviármela?”
Algunos días más tarde escribió nuevamente: “Tenemos una
situación muy hermosa aquí en Michigan… He estado reuniendo arbustos y flores
hasta que contamos con un buen jardín. Tengo una gran cantidad de peonías;
espero
conseguir clavellinas californianas. Deseo conseguir de la Hna. Rollin algunas
de esas plantas verdes para los bordes… Ojalá tuviera algunas semillas de
California”.[13]
Su interés prolongado e intenso en el jardín y la huerta la
preparó para el desafío que enfrentó en Australia en la década de 1890. Cuando
notó que mucho de su consejo para expandir el desarrollo de la agricultura caía
en oídos pesimistas, declaró valientemente que los hombres del área estaban
equivocados. En realidad, dijo, estaban dando “falso testimonio” concerniente a
la tierra.
Ella enseñó el camino, por su ejemplo y por su exhortación
visionaria. El resultado fue analizado en una carta escrita el 3 de febrero de
1896: “Tenemos el testimonio de que al cuidar los árboles y las verduras en la
estación seca, obtendremos buenos resultados. Nuestros árboles están haciendo
bien… Puedo testificar por experiencia que se ha dado falso testimonio sobre
esta tierra. En los terrenos de la escuela hay tomates, calabazas, papas y
melones… Sabemos que la tierra rendirá bien con el debido cuidado”.
Pocos días más tarde escribió en su diario que se levantó a
las 4:30 y estaba en el jardín alrededor de las 5:00, “revolviendo la tierra y
preparando para plantar mis flores”. Luego, con dos ayudantes, plantó 28
plantas de
tomate. A
la mañana siguiente estaba en la huerta “atando los árboles. Se coloca un
manojo de pasto entre la estaca y el árbol para que el árbol no se lastime”.[14]
El espíritu pionero de Elena de White probablemente se
manifestó mejor en su notable itinerario de viajes. Ya para 1885, sólo 16 años
después que se concretase la conexión transcontinental en Promintory, Utah,
había cruzado los Estados Unidos desde California a Michigan por tren alrededor
de 24 veces. Obviamente, estos viajes no se asemejaban para nada a lo que la
gente hoy en día incluso puede recordar, ni tampoco se parecían al “romance”
que la gente sentía por los viajes en ferrocarril en la primera mitad del siglo
XX.[15]
Los coches de madera para pasajeros, muy peligrosos cuando
había accidentes, eran muy comunes y no fueron reemplazados por coches hechos
enteramente de acero hasta 1907. “Los asientos tenían un respaldo derecho y
cojines delgados, si es que los había. Una estufa de carbón proveía la única
calefacción disponible; velas y lámparas de aceite proporcionaban la luz. Los
vestíbulos en las plataformas abiertas ofrecían poca protección
contra
[las inclemencias] del tiempo cuando se caminaba de un coche a otro”.[16] El
maquinista “podía ser identificado tan fácilmente por su aroma a whisky como lo
era un vendedor ambulante por su caja [de mercadería]”.[17]
Los primeros cuarenta años de los viajes por tren al Oeste
fueron la “mejor época del minero, del vaquero, del ladrón de trenes y del
hombre malo; usted podía encontrar a uno o a todos ellos usando los asientos de
felpa o
de
tablillas de madera de los coches impulsados a vapor”. Al viajar al Oeste “se
enfrentaban privaciones y dificultades, [y la persona era] azotada por crueles
inviernos y cocinada por tórridos veranos. La lluvia, cuando venía,
era un
torrente destructivo. Las sequías ocurrían a intervalos regulares… En 1874, con
la mayor parte de la construcción de ferrocarriles detenida debido al pánico
financiero de 1873, aparecieron las langostas, las que comieron todo lo que
crecía desde el límite con Canadá hasta el norte de Texas. Un tren de la línea
Pacific Union quedó atascado en Kearney [Nebraska] por un amontonamiento de
langostas de casi un metro (tres pies)”.[18]
En 1876 el tiempo normal de viaje entre la costa del
Pacífico y Nueva York era de siete días y siete noches, con cambios de tren en
Omaha y Chicago.[19]
Tres veces Elena de White realizó el riesgoso viaje oceánico
a Oregon (1878, 1880, 1884), cuando los servicios al viajero eran todavía
primitivos. La esposa de un obrero informó lo siguiente sobre la visita de la
Sra.
White en
1878, cuando tenía 50 años: “La Hna. White era tan ambiciosa cuando estuvo
aquí, al considerar la obra que debía hacerse, que realmente parecía que había olvidado
sus años. Su visita a Oregon fue de un beneficio
sumamente
valioso para la obra de la Verdad Presente [sic] aquí”.[20]
En 1852 los White dejaron Rochester, Nueva York, para realizar
un viaje de dos meses a Nueva Inglaterra con un carruaje tirado por caballo.
Jaime arregló el itinerario e informó a los adventistas mediante la revista de
la iglesia lo relativo al tiempo y lugar en que podrían esperarlos. El horario
era agotador. Un tramo de 160 kilómetros (100 millas)
tomaba dos
días. Pero con buen tiempo y sin inconvenientes, lograron cumplir con sus
citas. Mientras iban traqueteando en un
coche abierto, Jaime pensaba qué escribiría para la Review y Youth’s
Instructor. Cuando se detenían para permitir que Charlie, su caballo,
comiese, él escribía los artículos “sobre la tapa de la cesta de la comida, o
sobre la parte superior de su sombrero”.[21]
La experiencia de Elena de White al tratar de llegar a una
cita en un campestre en Williamsport, Pennsylvania, a comienzos de junio de
1889, ilustra bien su espíritu perseverante y de pionera. Este fue el año de
las lluvias fuertes y de la inundación de Johns-town. Muchos caminos y puentes de la ruta fueron barridos por el agua.
El tren se movía
lentamente
desde Battle Creek. Cuando llegaron a Elmira, Nueva York, se les aconsejó que
regresasen a la casa. Pero la Sra. White (ahora con 61 años) y Sara McEnterfer
prosiguieron su viaje. Cuando el tren no pudo continuar
más, estas
dos mujeres alquilaron un carruaje. Cuando el carruaje se vio obligado a
detenerse, las mujeres caminaron,
completando los últimos 64 kilómetros (40 millas) en cuatro días.
Este viaje fenomenal está descrito en el informe de Elena de
White a la Review and Herald del 30 de julio de 1889. En ese informe
ella escribió: “Nos vimos obligadas a caminar [muchas] millas en este viaje, y
parecía
maravilloso
que yo pudiese soportar la marcha como lo hice. Mis dos tobillos se habían
fracturado hace años, y desde entonces siempre habían quedado débiles. Antes de
salir de Battle Creek para Kansas, me había torcido uno de los tobillos y tuve
que usar muletas por algún tiempo; pero en esta emergencia no sentí debilidad
ni molestia, y viajamos sin contratiempos sobre rocas ásperas y resbaladizas”.[22] En el campestre de Williamsport,
ella habló trece veces, incluyendo todas las reuniones matutinas, ¡y eso sin un
sistema de amplificación!
Este espíritu perseverante, animoso y de pionera fue
evidente, como de costumbre, cuando los White cruzaron el río Mississippi en
diciembre de 1857. Treinta centímetros (un pie) de agua corrían por encima del
hielo;
otros
carruajes se habían estancado, pero el grupo de los White siguió avanzando. En
Iowa, en medio de vientos violentos y fríos, con sus caballos abriendo camino a
través de nieve profunda, finalmente llegaron a su destino.[23]
Sin embargo, aunque Elena de White era un valiente ejemplo
de la fuerte mujer pionera del siglo XIX, ella desplegaba las características
de la dama victoriana. La investigadora Kathleen Joyce señaló un pasaje
ampliamente citado de Barbara Welter, quien enumeró cuatro virtudes por las
cuales era juzgada la mujer victoriana: “… piedad,
pureza,
espíritu sumiso y dedicación a los asuntos domésticos. Reunámoslas y veremos
que significan madre, hija, hermana, esposa: mujer. Sin ellas, no importa que
hubiese fama, logros o riqueza, todo era cenizas. Con ellas se le prometía a
ella felicidad y poder”.[24]
Joyce agregó el área de “la salud y la atención médica de
las mujeres” como otra característica especial de la mujer victoriana. Ella
señaló que la trayectoria de Elena de White fue un constante equilibrio entre
el cumplimiento de sus obligaciones victorianas (matrimonio, maternidad, ama de
casa) y la respuesta a su llamado profético. “Su fragilidad, las visiones sobre
las cuales no tenía control, su renuencia, particularmente en los primeros
años, a aceptar una posición de liderazgo que requería de ella ser más que la
amanuense de Dios, revelan un patrón particularmente femenino de la profecía
religiosa. Era un patrón que reconciliaba la necesidad de las mujeres de ser
siervas antes que patrones, y servía para reforzar la reconfortante percepción
de las mujeres como vasos pasivos a través de los cuales Dios y los hombres
llevan a cabo grandes logros. Por adherirse a este patrón, Elena de White se
convirtió en el tipo de profetisa que la América victoriana podía tolerar”.[25]
La Sra. White manifestó una de las muchas características
del modelo victoriano por su uso frecuente de eufemismos. Por ejemplo, al
referirse a las relaciones sexuales, ella usaba frases como “privilegio de la
relación
matrimonial”,[26] “privilegios
matrimoniales”,[27] y “el
carácter… privado de la relaciónfamiliar”.[28]
Sus eufemismos victorianos no eran fingidos. Ella fue
siempre una esposa amante y devota que ganó y mantuvo la admiración de su
esposo hasta el día que él murió. Pero ella entendía los principios de la salud
mental y
cómo
debían establecerse las prioridades maritales. Sus frecuentes consejos a otros
respecto a las relaciones matrimoniales nacieron no sólo gracias a la
inspiración divina sino que fueron articulados en base a su experiencia
personal.
Ella no sólo abogó verbalmente en favor de la cortesía y la modestia cristiana,
sino que las practicó con un esposo que la adoraba.
Por ejemplo, note la sugerencia que le hizo a Daniel T.
Bourdeau, un nervioso joven de 26 años, en su noche de bodas. Bourdeau,
ordenado como pastor a los 23 años de edad, buscó una esposa durante tres años.
En 1861
se casó
con Marion Saxby en Bakersfield, Vermont, y Jaime White ofició en la ceremonia
en una casa particular. Jaime tenía 40 años y Elena 33, todavía una mujer
joven. Debido a que el servicio religioso ocurrió tarde en el
día, los
novios aceptaron la invitación de su anfitrión de pasar la noche en su casa.
Los White también quedaron como huéspedes.
Cuando Elena subió las escaleras para acostarse, vio a un
joven muy nervioso que iba y venía frente a la puerta cerrada del dormitorio.
Ella sospechó que había un problema. Amablemente le dijo al recién casado
(según
lo relató
más tarde la flamante esposa en base a lo que le había contado su esposo):
“Daniel, dentro de esa habitación hay una joven en la cama petrificada de
temor. Vaya enseguida a su lado, y ámela y confórtela. Y,
Daniel,
trátela amablemente, trátela tiernamente, trátela con amor. Eso le hará bien”.
Luego agregó: “¡También le hará bien a usted!”[29] He aquí
una mujer victoriana cuyas prioridades eran correctas, y esa joven pareja
permaneció para siempre agradecida.
En algunos otros aspectos, Elena de White era claramente
diferente de la típica mujer victoriana. No usaba su fragilidad para obtener
ventajas personales o atención especial, sino que se elevaba por encima de ella
para el asombro de sus contemporáneos. Aunque respetuosa de Jaime, ella no
practicaba la típica sumisión victoriana al esposo, ni intentaba satisfacer las expectativas sociales
(meramente para ganar la aprobación masculina) o la domesticidad victoriana
(para realzar su posición como mujer entre otras mujeres). En cumplimiento de
su papel profético, esas “virtudes” victorianas asumieron un nuevo significado.
La fragilidad física se convirtió en un desafío para conquistar la debilidad
mediante la gracia de Dios, un logro que le dio creciente fortaleza y
resistencia a medida que pasaban los años.
Aunque la sumisión a su esposo y la atención de las
necesidades de su familia eran importantes, las responsabilidades proféticas de
Elena de White fueron supremas en su vida. Mostró a todos que las responsabilidades religiosas no disminuyen
las responsabilidades hogareñas. La vida para ella no estaba dividida
en
compartimentos, ya sea como profetisa o como ama de casa. Ella vio la vida como
un todo: el cumplimiento de sus responsabilidades religiosas no disminuiría sus
responsabilidades de esposa, madre y vecina.
[1] Jonathan
Butler, “Prophecy, Gender and Culture: Ellen Gould Harmon [White] and the Roots
of Seventh-day Adventism”,
Religion and American Culture: A
Journal of Interpretation, t. 1 (invierno, 1991), pp. 3-29.
[2]
Una
cantidad de referencias describen su práctica de andar a caballo en las
montañas de Colorado, tanto por placer como
para
viajar. Ver MR, t. 3, pp. 158, 163, 170; t. 8, p. 121; t. 20, p. 208.
[3]
La
educación, pp. 212-213.
[4] Notas biográficas de Elena G. de White, p. 115. Ver p. 87-88.
[5] MR, t.
5, p. 430 (1874).
[6] Id., t. 10, p. 27.
[7] Id., t. 15, p. 231.
[8]
Delafield,
Elena G. de White en Europa, p. 226. Willie, viajando con su madre,
escribió a su esposa Mary en Basilea:
“Mamá y
Sara últimamente se han dedicado en grande a la costura. Si alquilaras una
tienda, creo que ellas podrían surtirla
con una
buena línea de vestidos”.
[9]
El
ministerio de curación, p. 226.
[10]
Bio., t. 1, p.
400.
[11] Id., t. 2, p. 340.
[12] Id., t. 3, p. 24.
[13] Id., p. 158.
[14] Id., t. 4, pp. 261-262.
[15] Ver pp.
84-87.
[17] Lucius
Beebe y Charls Clegg, The Age of Steam (Nueva York: Rinehart &
Company, Inc., n.d.), p. 17. En esta cita se
hace
referencia a un vendedor ambulante.
[18] Oliver O.
Jensen, The American Heritage History of Railroads in America (Nueva
York: American Heritage Publishing Company, 1975), p. 123. Ver
Apéndice C para selecciones del relato de Robert Louis Stevenson de su viaje en
tren al Oeste en 1879.
[19] Lucius
Beebe, The Age of Steam, p. 161. En 1848 nadie había viajado todavía
una milla en sesenta segundos en ningún medio de transporte. Médicos eminentes
le dijeron al presidente Washington “que la velocidad de quince millas por hora
en un carruaje invariablemente resultaría en la muerte de cualquiera que lo
intentase al hacer que toda la sangre del cuerpo fuese a la cabeza”.—Lucius
Beebe, High Iron (Nueva York: D. Appleton-Century Company, 1938), p. 55.
En su capítulo, “Overland by Rail, 1869- 1890”, en Gary Land, The World of
Ellen G. White, pp. 63-76, Randall R. Butler II escribió que antes de 1880
los trenes
de la Union
Pacific y el Central Pacific iban a un promedio de 35 kilómetros (22 millas)
por hora. Después de 1880 la velocidad promedio se duplicó, pero con paradas en
más de doscientas estaciones y tanques de agua, el total de horas que se
pasaban cruzando el país permanecía el mismo. En la conclusión de este
capítulo, Butler escribió: “A media mañana llegaban a la terminal de Oakland
los trenes que iban hacia el Oeste. Los agotados pasajeros se regocijaban
universalmente con la conclusión del viaje.
Habían sido
cuatro días y medio, largos y difíciles, desde Omaha, y la mayoría de los
pasajeros habían empezado su viaje entre uno y tres días más hacia el este o el
sur. Después de una semana de ruido, polvo, tabaco y humo de la locomotora, los
pasajeros que desembarcaban estaban ansiosos de un baño caliente y tranquilo
descanso”.
[20] Citado en
Land, The World of Ellen G. White, p. 83. Para una comprensión mayor
de las penurias que soportaban esos
primeros
obreros adventistas, ver Id., pp. 74-80.
[21]
Bio., t. 1, pp.
232-234.
[22]
L. H.
Christian recordó que “este artículo en la Review fue leído y discutido
y usado como un ejemplo a seguir, pero nunca se pensó de él como algo fuera de
lo ordinario”.— The Fruitage of Spiritual
Gifts, p. 152.
[23]
Bio., t. 1, pp.
346-349. Ver también p. 431. Para otro ejemplo de la vida emocionante pero
rigurosa de los pioneros, repasar los meses pasados en Texas durante el
invierno de 1878-1879 y la prueba dura en el coche de ferrocarril en la primavera
de 1879.—Id., pp. 98-120.
[24] “The Cult
of True Womanhood: 1820-1860”, American Quarterly, t. 8 (1966), p. 151,
citado en el trabajo de Kathleen Joyce, “An Ambiguous Woman: Victorian
Womanhood and Religious Prophecy in the Life of Ellen Gould White”, 1991, un manuscrito
no publicado.
[25] Joyce, Id.,
p. 24.
[26] Testimonies, t. 2, p. 380.
[27]
Id., p. 391.
[28] Joyas de los testimonios, t. 1, p. 198.
[29] Roger W.
Coon, “Counsel to a Nervous Bridegroom”, Adventist Heritage, verano,
1990, pp. 17-22.