A TRAVÉS de
los largos siglos de "tribulación y tinieblas, oscuridad y angustia”
(Isa. 8: 22) que distinguieron la
historia de la humanidad, desde el momento en que nuestros primeros padres
perdieron su hogar edénico hasta el tiempo en que apareció el Hijo de Dios como
Salvador de los pecadores, la esperanza de la raza caída se concentró en la
venida de un Libertador para librar a hombres y mujeres de la servidumbre del
pecado y del sepulcro.
La primera
insinuación de una esperanza tal fue hecha a Adán y Eva en la sentencia
pronunciada contra la serpiente en el Edén, cuando el Señor declaró a Satanás
en oídos de ellos: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu
simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el
calcañar.” (Gén. 3: 15.)
Al escuchar
estas palabras la pareja culpable, le inspiraron esperanza; porque en la
profecía concerniente al quebrantamiento del poder de Satanás discernió una
promesa de liberación de la ruina obrada por la transgresión. Aunque le iba a tocar sufrir por causa del
poder de su adversario en vista de que había caído bajo su influencia seductora
y había decidido desobedecer a la clara orden de Jehová, no necesitaba ceder a
la desesperación absoluta. El Hijo de
Dios se ofrecía para expiar su transgresión con su propia sangre. Se les Iba a conceder un tiempo de gracia
durante el cual, por la fe en el poder que tiene Cristo para salvar, podrían
volver a ser hijos de Dios.
Mediante el
éxito que tuvo al desviar al hombre de la senda de la obediencia, Satanás llegó
a ser "el dios de este siglo.” (2 Cor.
4: 4.) Pasó al usurpador el dominio que antes fuera de Adán. Pero el Hijo de Dios propuso que vendría a
esta tierra para pagar la pena del pecado, y así no sólo redimiría al hombre,
sino que recuperaría el dominio perdido.
Acerca de esta restauración profetizó Miqueas cuando dijo: "Oh
torre del rebaño, la fortaleza de la hija de Sión vendrá hasta ti: y el señorío
primero.” (Miq. 4: 8.)El apóstol Pablo
llama a esto "la redención de la posesión adquirida.” (Efe. 1: 14.) Y el salmista pensaba en la misma
restauración final de la heredad original del hombre cuando declaró: "Los
justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella.” (Sal. 37: 29.)
Esta esperanza
de redención por el advenimiento del Hijo de Dios como Salvador y Rey, no se
extinguió nunca en los corazones de los hombres. Desde el principio hubo algunos cuya fe se extendió más allá de
las sombras del presente hasta las realidades futuras. Mediante Adán, Set, Enoc, Matusalén, Noé,
Sem, Abrahán, Isaac, Jacob y otros notables, el Señor conservó las preciosas
revelaciones de su voluntad. Y fue así
como a los hijos de Israel, al pueblo escogido por medio del cual iba a darse
al mundo el Mesías prometido, Dios hizo conocer los requerimientos de su ley y
la salvación que se obtendría mediante el sacrificio expiatorio de su amado
Hijo.
La esperanza
de Israel se incorporó en la promesa hecha en el momento de llamarse a Abrahán
y fue repetida después vez tras vez a su posteridad:"Serán benditas en ti
todas las familias de la tierra.” (Gén.
12: 3.) Al ser revelado a Abrahán el propósito de Dios para la redención
de la familia humana, el Sol de Justicia brilló en su corazón, y disipó sus
tinieblas. Y cuando, al fin, el
Salvador mismo anduvo entre los hijos de los hombres y habló con ellos, dio
testimonio a los judíos acerca de la brillante esperanza de liberación que el
patriarca tenía por la venida de un Redentor.
Cristo declaró: "Abraham vuestro padre se gozó por ver mi día; y lo
vio, y se gozó.” (Juan 8: 56.)
La misma
esperanza bienaventurada fue predicha en la bendición que pronunció el
moribundo patriarca Jacob sobre su hijo Judá:
"Judá,
alabarte han tus hermanos: tu mano en
la cerviz de tus enemigos: los hijos de
tu padre se inclinarán a ti. Cachorro
de león Judá: de la presa subiste, hijo
mío: encorvóse, echóse como león, así
como león viejo: ¿quién lo despertará?
No será quitado el cetro de Judá y el legislador de entre sus pies,
hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos.” (Gén. 49: 8-10.)
Nuevamente, en
los lindes de la tierra prometida, el advenimiento del Redentor del mundo fue
predicho en la profecía que pronunció Balaam:
"Verélo, mas no ahora: lo
miraré, mas no de cerca: saldrá
ESTRELLA de Jacob, y levantaráse cetro de Israel, y herirá los cantones de
Moab, y destruirá a todos los hijos de Seth.” (Núm. 24: 17.)
Mediante
Moisés, Dios recordaba constantemente a Israel su propósito de enviar a su Hijo
como redentor de la humanidad caída. En
una ocasión, poco antes de su muerte, Moisés declaró: "Profeta de en medio
de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él
oiréis." (Deut. 18: 15). Moisés había recibido instrucciones claras
en favor de Israel concernientes a la obra del Mesías venidero. Las palabras que Jehová dirigió a su siervo
fueron: "Profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú; y
pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le
mandare." (Deut. 18: 18.)
En los tiempos
patriarcales, el ofrecimiento de sacrificios relacionados con el culto divino
recordaba perpetuamente el advenimiento de un Salvador; y lo mismo sucedía
durante toda la historia de Israel con el ritual de los servicios en el
santuario. En el ministerio del
tabernáculo, y más tarde en el del templo que lo reemplazó, mediante figuras y
sombras se enseñaban diariamente al pueblo las grandes verdades relativas a la
venida de Cristo como Redentor, Sacerdote y Rey; y una vez al año se le inducía
a contemplar los acontecimientos finales de la gran controversia entre Cristo y
Satanás, que eliminarán del universo el pecado y los pecadores. Los sacrificios y las ofrendas del ritual
mosaico señalaban siempre hacia adelante, hacia un servicio mejor, el celestial. El santuario terrenal "era figura de
aquel tiempo presente, en el cual se ofrecían presentes y sacrificios;”
(Heb. 9: 9) y sus dos lugares santos
eran "figuras de las cosas celestiales;” (Heb. 9: 23) pues Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, es hoy
"ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor
asentó, y no hombre." (Heb. 8: 2.)
Desde el día
en que el Señor declaró a la serpiente en el Edén: "Enemistad pondré entre
ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya” (Gén. 3: 15), supo Satanás que nunca podría
ejercer el dominio absoluto sobre los habitantes de este mundo. Cuando Adán y sus hijos comenzaron a ofrecer
los sacrificios ceremoniales ordenados por Dios como figura del Redentor
venidero, Satanás discernió en ellos un símbolo de la comunión entre la tierra
y el cielo. Durante los largos siglos
que siguieron, se esforzó constantemente por interceptar esa comunión. Incansablemente procuró calumniar a Dios y
dar una falsa interpretación a los ritos que señalaban al Salvador; y logró
convencer a una gran mayoría de los miembros de la familia humana.
Mientras Dios
deseaba enseñar a los hombres que el don que los reconcilia consigo mismo
proviene de él, el gran enemigo de la humanidad procuró representar a Dios como
un Ser que se deleita en destruirlos.
De este modo, los sacrificios y los ritos mediante los cuales el Cielo
quería revelar el amor divino fueron pervertidos para servir de medios por los
cuales los pecadores esperaban en vano propiciar, con dones y buenas obras, la
ira de un Dios ofendido. Al mismo
tiempo, Satanás se esforzaba por despertar y fortalecer las malas pasiones
de los hombres, a fin de que por sus
repetidas transgresiones multitudes fuesen alejadas cada vez más de Dios y
encadenadas sin esperanza por el pecado.
Cuando la
palabra escrita de Dios era transmitida por profetas hebreos, Satanás estudiaba
con diligencia los mensajes referentes al Mesías. Seguía cuidadosamente las palabras que bosquejaban con inequívoca
claridad la obra de Cristo entre los hombres como sacrificio abrumado de
sufrimientos y como rey vencedor. En
los pergaminos de las Escrituras del Antiguo Testamento leía que Aquel que
había de aparecer sería "llevado al matadero” “como cordero,” (Isa. 53:
7), "desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de
los hijos de los hombres.” (Isa. 52:
14.) El prometido Salvador de la humanidad iba a ser "despreciado y
desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto;”
(Isa. 53: 3, 4) y sin embargo iba a
ejercer también su gran poder para juzgar a "los afligidos del
pueblo." Iba a salvar a "los hijos del menesteroso," y
quebrantar "al violento.” (Sal.
72: 4.) Estas profecías hacían temer y temblar a Satanás; mas no
renunciaba a su propósito de anular, si le era posible, las medidas
misericordiosas de Jehová para redimir a la humanidad perdida. Resolvió cegar los ojos de la gente hasta
donde pudiera, para que no viera el significado real de las profecías
mesiánicas, con el fin de preparar el terreno para que Cristo fuese rechazado
cuando viniera.
Durante los
siglos que precedieron el diluvio, tuvieron éxito los esfuerzos de Satanás para
que prevaleciera en todo el mundo la rebelión contra Dios. Ni siquiera las lecciones del diluvio fueron
recordadas mucho tiempo. Con arteras
insinuaciones y paso a paso, Satanás volvió a inducir a los hombres a una
rebelión abierta. Nuevamente parecía
estar a punto de triunfar; pero el propósito de Dios para el hombre caído no
debía ser puesto así a un lado.
Mediante la posteridad del fiel Abrahán, del linaje de Sem, se
conservaría para las generaciones futuras un conocimiento de los designios
benéficos de Jehová. De cuando en cuando
Dios levantaría mensajeros de la verdad para recordar el significado de los
sacrificios ceremoniales, y especialmente la promesa de Jehová concerniente al
advenimiento de Aquel a quien señalaban todos los ritos del sistema de
sacrificios. Así se preservaría al
mundo de la apostasía universal.
El propósito
divino no se cumplió sin arrostrar la oposición más resuelta. De todas las maneras que pudo, el enemigo de
la verdad y de la justicia obró para inducir a los descendientes de Abrahán a
olvidar su alta y santa vocación y a desviarse hacia el culto de los dioses
falsos. Y con frecuencia sus esfuerzos
triunfaron excesivamente. Durante
siglos, antes del primer advenimiento de Cristo, las tinieblas cubrieron la
tierra y densa obscuridad los pueblos. Satanás
arrojaba su sombra infernal sobre la senda de los hombres, a fin de impedirles
que adquiriesen un conocimiento de Dios y del mundo futuro. Multitudes moraban en sombra de muerte. Su única esperanza consistía en que se
disipase esta lobreguez, para que Dios pudiese ser revelado.
Con visión
profética, David, el ungido de Dios, había previsto que el advenimiento de
Cristo sería "como la luz de la mañana cuando sale el sol, de la mañana
sin nubes.” (2 Sam. 23: 4.) Y Oseas
atestiguó: "Como el alba está aparejada su salida.” (Ose. 6: 3.) En silencio y con suavidad se produce
el amanecer en la tierra, y se despierta la vida en ella cuando se disipan las
sombras de las tinieblas. Así había de
levantarse el Sol de Justicia, y traer "en sus alas ... salud.” (Mal. 4: 2.) Las multitudes "que moraban en tierra de sombra de
muerte" habían de ver "gran luz.” (Isa. 9: 2.)
El profeta
Isaías, mirando con arrobamiento esa gloriosa liberación, exclamó: "Un niño nos es nacido, hijo nos es
dado; y el principado sobre su hombro:
y llamaráse su nombre Admirable, consejero, Dios fuerte, Padre eterno,
Príncipe de paz. Lo dilatado de su
imperio y la paz no tendrán término, sobre el trono de David, y sobre su reino,
disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará
esto.” (Vers. 6, 7.)
Durante los
últimos siglos de la historia de Israel antes del primer advenimiento, era de
comprensión general que se aludía a la venida del Mesías en esta profecía:
"Poco es que tú me seas siervo para levantar las tribus de Jacob, y para
que restaures los asolamientos de Israel: también te dí por luz de las gentes,
para que seas mi salud [salvación] hasta lo postrero de la tierra.” (Isa 49: 6)
El profeta había predicho: "Manifestaráse la gloria de Jehová, y toda
carne juntamente la verá.” (Isa. 40:
5.) Acerca de esta luz de los hombres testificó osadamente Juan el Bautista
cuando proclamó: "Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el
camino del Señor, como dijo Isaías profeta.” (Juan 1: 23.)
A Cristo fue a
quien se dirigió la promesa profética: "Así ha dicho Jehová, Redentor de
Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las gentes,
... así dijo Jehová: ...guardarte he, y te daré por alianza del pueblo, para
que levantes la tierra, para que heredes asoladas heredades; para que digas a
los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Manifestaos... No tendrán
hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos
misericordia los guiará, y los conducirá a manaderos de aguas.” (Isa. 49: 7-10.)
Los que eran
firmes en la nación judía, los descendientes del santo linaje por medio del
cual se había conservado el conocimiento de Dios, fortalecían su fe meditando
en estos pasajes y otros similares. Con
sumo gozo leían que el Señor ungiría al que iba "a predicar buenas nuevas
a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a
los cautivos, ... a promulgar año de la buena voluntad de Jehová.” (Isa. 61: 1, 2.) Sin embargo, sus corazones se
entristecían al pensar en los sufrimientos que debería soportar para cumplir el
propósito divino. Con profunda
humillación en su alma leían en el rollo profético estas palabras:
"¿Quién
ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre
quién se ha manifestado el brazo de Jehová?
"Y subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra
seca: no hay parecer en él, ni
hermosura: verlo hemos, mas sin
atractivo para que le deseemos.
"Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores,
experimentado en quebranto: y como que
escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. "Ciertamente llevó él nuestras
enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por
herido de Dios y abatido. "Mas él
herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su
llaga fuimos nosotros curados.
"Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó
por su camino: mas Jehová cargó en él
el pecado de todos nosotros.
"Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fue llevado al matadero; y como
oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. "De la cárcel y del juicio fue quitado;
y su generación ¿quién la contará?
Porque cortado fue de la tierra de los vivientes; por la rebelión de mi
pueblo fue herido. "Y dispúsose
con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; porque nunca
hizo él maldad, ni hubo engaño en su boca.” (Isa. 53: 1-9.)
Acerca del
Salvador que tanto iba a sufrir, Jehová mismo declaró por Zacarías:
"Levántate, oh espada, sobre el Pastor, y sobre el Hombre compañero
mío." (Zac. 13: 7.) Como
substituto y garante del hombre pecaminoso, Cristo iba a sufrir bajo la
justicia divina. Había de comprender lo
que significaba la justicia. Había de
saber lo que representa para los pecadores estar sin intercesor delante de
Dios.
Por medio del
salmista, el Redentor había profetizado acerca de sí mismo: "La afrenta ha quebrantado mi corazón,
y estoy acongojado: y esperé quien se
compadeciese de mí, y no lo hubo: y
consoladores, y ninguno hallé.
Pusiéronme además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber
vinagre.” (Sal. 69: 20, 21.)
Profetizó
acerca del trato que iba a recibir: "Perros me han rodeado, hame cercado
cuadrilla de malignos: horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; ellos miran,
considéranme. Partieron entre sí mis
vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.” (Sal. 22: 16-18.)
Estas
descripciones del acerbo sufrimiento y de la muerte cruel del Mesías prometido,
por tristes que fuesen, abundaban en promesas; porque con respecto al que
"quiso" quebrantar, "sujetándole a padecimiento" para que
entregase "su vida en expiación por el pecado," Jehová declaró:
"Verá
linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano
prosperada. Del trabajo de su alma verá
y será saciado; con su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y él
llevará las iniquidades de ellos.
"Por tanto yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes
repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado
con los perversos, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los
transgresores.” (Isa. 53: 10-12.)
El amor hacia
los pecadores fue lo que indujo a Cristo a pagar el precio de la redención. "Vió que no había hombre, y maravillóse
que no hubiera quien se interpusiese;" ningún otro podía rescatar a
hombres y mujeres del poder del enemigo; por lo tanto "salvólo su brazo, y
afirmóle su misma justicia.” (Isa. 59:
16.)
"He aquí
mi siervo, yo le sostendré; mi Escogido, en quien mi alma toma
contentamiento: he puesto sobre él mi
Espíritu, dará juicio a las gentes." (Isa. 42: 1.)
En su vida no
había de entretejerse ninguna aserción de sí mismo. El Hijo de Dios no conocería los homenajes que el mundo tributa a
los cargos, a las riquezas y al talento.
El Mesías no iba a emplear recurso alguno de los que usan los hombres
para obtener obediencia u homenaje. Su
absoluto renunciamiento de sí mismo se predecía en estas palabras:
"No
clamará, ni alzará, ni hará oír su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare.”
(Isa. 42: 2, 3.)
En pronunciado
contraste con la conducta de los instructores de su época, iba a destacarse la
del Salvador entre los hombres. En su
vida no iban a presenciarse disputas ruidosas, adoración ostentosa ni actos
destinados a obtener aplausos. El
Mesías iba a esconderse en Dios, y Dios iba a revelarse en el carácter de su
Hijo. Sin un conocimiento de Dios, la
humanidad quedaría eternamente perdida.
Sin ayuda divina, hombres y mujeres se degradarían cada vez más. Era necesario que Aquel que había hecho el
mundo les impartiese vida y poder. De
ninguna otra manera podían suplirse las necesidades del hombre.
Se profetizó,
además, acerca del Mesías: "No se cansará, ni desmayará, hasta que ponga
en la tierra juicio; y las islas esperarán su ley." El Hijo de Dios iba a
"magnificar la ley y engrandecerla." (Vers. 4, 21.) No iba a reducir su importancia ni la vigencia de sus
requerimientos; antes iba a exaltarla.
Al mismo tiempo, iba a librar los preceptos divinos de aquellas gravosas
exigencias impuestas por los hombres, que desalentaban a muchos en sus
esfuerzos para servir aceptablemente a Dios.
Acerca de la
misión del Salvador, la palabra de Jehová fue: "Yo Jehová te he llamado en
justicia, y te tendré por la mano; te guardaré y te pondré por alianza del
pueblo, por luz de las gentes; para que abras ojos de ciegos, para que saques
de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que están de asiento en
tinieblas. Yo Jehová: éste es mi
nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas. Las cosas primeras he aquí vinieron, y yo
anuncio nuevas cosas: antes que salgan a luz, yo os las haré notorias.”
(Vers. 6-9.)
Mediante la
Simiente prometida, el Dios de Israel iba a dar liberación a Sión. "Saldrá una Vara del tronco de Isaí, y
un Vástago retoñará de sus raíces.” (Isa.
11: 1) "He aquí una virgen que concibe y da a luz un hijo, y le da
el nombre de Emmanuel. Requesones y
miel comerá, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.(Isa. 7: 14, 15, V.M.)
"Y
reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de
inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de
temor de Jehová. Y harále entender
diligente en el temor de Jehová. No
juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oyeren sus oídos;
sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los
mansos de la tierra: y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el
espíritu de sus labios matará al impío.
Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus
riñones.... Y acontecerá en aquel
tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos,
será buscada de las gentes; y su holganza será gloria.” (Isa. 11 : 2-5, 10.)
"He aquí
el Varón cuyo nombre es Pimpollo, ... edificará el templo de Jehová, y él
llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y será sacerdote en su
solio.” (Zac. 6: 12, 13.)
Iba a abrirse
un manantial para limpiar "el pecado y la inmundicia” (Zac. 13: 1); los hijos de los hombres iban a oír
la bienaventurada invitación:
"A todos
los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad, y
comed. Venid, comprad, sin dinero y sin
precio, vino y leche. "¿Por qué
gastáis el dinero no en pan, y vuestro trabajo no en hartura? Oídme atentamente, y comed del bien, y
deleitaráse vuestra alma con grosura.
"Inclinad vuestros oídos, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma;
y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David.” (Isa. 55: 1-3.)
A Israel fue
hecha la promesa: "He aquí, que yo lo dí por testigo a los pueblos, por
jefe y por maestro a las naciones. He
aquí, llamarás a gente que no conociste, y gentes que no te conocieron correrán
a ti; por causa de Jehová tu Dios, y del Santo de Israel que te ha honrado.”
(Vers. 4, 5.)
"Haré que
se acerque mi justicia, no se alejará: y mi salud no se detendrá. Y pondré salud en Sión, y mi gloria en
Israel.” (Isa. 46: 13.)
Con sus
palabras y sus acciones, durante su ministerio terrenal, el Mesías iba a
revelar a la humanidad la gloria de Dios el Padre. Cada acto de su vida, cada palabra que hablara, cada milagro que
realizara, iba a dar a conocer a la humanidad caída el amor infinito de Dios.
"Súbete
sobre un monte alto, anunciadora de Sión; levanta fuertemente tu voz,
anunciadora de Jerusalem; levántala, no temas; Di a las ciudades de Judá: ¡Veis
aquí el Dios vuestro! "He aquí que
el Señor Jehová vendrá con fortaleza, y su brazo se enseñoreará: he aquí que su salario viene con él, y su
obra delante de su rostro. Como pastor
apacentará su rebaño; en su brazo cogerá los corderos, y en su seno los
llevará; pastoreará suavemente las paridas.” (Isa. 40: 9-11.)
"Y en
aquel tiempo los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos
verán en medio de la oscuridad y de las tinieblas. Entonces los humildes crecerán en alegría en Jehová y los pobres
de los hombres se gozarán en el Santo de Israel... Y los errados de espíritu
aprenderán inteligencia, y los murmuradores aprenderán doctrina.” (Isa. 29: 18, 19, 24.)
Mediante los
patriarcas y los profetas, así como mediante las figuras y los símbolos, Dios
hablaba al mundo del advenimiento de Quien lo libertaría del pecado. Una larga cadena de profecías inspiradas
señalaba la venida del "Deseado de todas las gentes.” (Hag. 2: 7.) Hasta el lugar de su nacimiento y el
tiempo de su aparición fueron minuciosamente especificados.
El Hijo de
David debía nacer en la ciudad de David.
Dijo el profeta que de Belén saldría "el que será Señor en Israel;
y sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo.” (Miq. 5: 2.)
"Y tú,
Bet-lehem, en tierra de Judá, no eres de ninguna manera el más pequeño entre los
príncipes de Judá; porque de ti saldrá el Caudillo que pastoreará a mi pueblo
Israel.” (Mat. 2: 6, V.M.)
El tiempo en
que iban a producirse el primer advenimiento y algunos de los principales
acontecimientos relacionados con la vida y la obra del Salvador, fue comunicado
a Daniel por el ángel Gabriel. Dijo
éste: "Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa
ciudad, para acabar la prevaricación, y concluir el pecado, y expiar la iniquidad;
y para traer la justicia de los siglos, y sellar la visión y la profecía, y
ungir al Santo de los santos.” (Dan. 9:
24.) En la profecía un día representa un año.
(Véase Núm. 14:34; Eze. 4: 6.) Las setenta semanas, o 490 días,
representan 490 años. El punto de
partida de este plazo se da así: "Sepas pues y entiendas, que desde la
salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalem hasta el Mesías
Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas” (Dan. 9: 25), es decir 69 semanas, o 483
años. La orden de reedificar a
Jerusalén, según la completó el decreto de Artajerjes Longímano (véase Esdras
6: 14; 7: 1, 9), entró en vigencia en el otoño del año 457 ant. de J.
C. Desde esa fecha, 483 años
llegan hasta el otoño del año 27 de nuestra era. De acuerdo con la profecía, ese plazo debía llegar hasta el
Mesías, o Ungido. En el año 27 de
nuestra era, Jesús recibió, en ocasión de su bautismo, el ungimiento del
Espíritu Santo, y poco después comenzó su ministerio. Se proclamó entonces el mensaje: "El tiempo es cumplido “
(Mar. 1 :15.)
Había dicho el
ángel: "En otra semana [7 años] confirmará el pacto a muchos."
Durante siete años después que el Salvador iniciara su ministerio, el Evangelio
iba a ser predicado especialmente a los judíos; por Cristo mismo durante tres
años y medio, y después por los apóstoles.
"A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.”
(Dan. 9: 27.) En la primavera del año
31 de nuestra era, Cristo, el verdadero Sacrificio, fue ofrecido en el
Calvario. Entonces el velo del templo
se rasgó en dos, por lo cual se demostró que dejaban de existir el carácter
sagrado y el significado del servicio de los sacrificios. Había llegado el momento en que debían cesar
el sacrificio y la oblación terrenales.
Aquella semana, o siete años, terminó en el año 34 de nuestra era. Entonces, al apedrear a Esteban, los judíos
sellaron finalmente su rechazamiento del Evangelio; los discípulos, dispersados
por la persecución, "iban por todas partes anunciando la palabra” (Hech. 8: 4); y poco después se convirtió Saulo el
perseguidor, para llegar a ser Pablo, el apóstol de los gentiles.
Las muchas
profecías concernientes al advenimiento del Salvador inducían a los hebreos a
vivir en una actitud de constante expectación.
Muchos murieron en la fe, sin haber recibido las promesas; pero,
habiéndolas visto desde lejos, creyeron y confesaron que eran extranjeros y
advenedizos en la tierra. Desde los
días de Enoc, las promesas repetidas por intermedio de los patriarcas y los
profetas habían mantenido viva la esperanza de su aparición.
Al principio
Dios no había revelado la fecha exacta del primer advenimiento; y aun cuando la
profecía de Daniel la daba a conocer, no todos interpretaban correctamente el
mensaje. Transcurrieron los siglos uno
tras otro; finalmente callaron las voces de los profetas. La mano del opresor pesaba sobre
Israel. Al apartarse los judíos de
Dios, la fe se empañó y la esperanza casi dejó de iluminar el futuro. Muchos no comprendían las palabras de los
profetas; y aun aquellos cuya fe se había conservado vigorosa estaban a punto
de exclamar: "Se van prolongando los días, y fracasa toda visión.”
(Eze. 12: 22, V.M.) Pero en el concilio
celestial había sido determinada la hora en que Cristo había de venir; y llegado
"el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, ... para que redimiese a los que estaban debajo
de la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.” (Gál. 4: 4, 5.)
La humanidad
debía recibir lecciones en su lenguaje.
El Mensajero del pacto debía hablar.
Su voz debía oírse en su propio templo.
El, que es Autor de la verdad, debía separarla del tamo de las
expresiones humanas, que la habían anulado.
Los principios del gobierno de Dios y el plan de redención debían ser
definidos claramente. Las lecciones del
Antiguo Testamento debían presentarse a los hombres en toda su plenitud.
Cuando
finalmente apareció el Salvador "hecho semejante a los hombres” (Fil. 2: 7), e inició su ministerio de gracia,
Satanás pudo tan sólo herirle el calcañar, mientras que con cada acto que le
humillara e hiciera sufrir, Cristo hería la cabeza de su adversario. La angustia que el pecado había producido se
derramó en el seno del que era sin pecado; y sin embargo mientras Cristo
soportaba la contradicción de los pecadores, pagaba la deuda del hombre
pecaminoso y deshacía la servidumbre en la cual la humanidad había estado
sujeta. Toda angustia y todo insulto
que sufría obraba para liberar la humanidad.
Si Satanás
hubiese logrado que Cristo cediese a una sola tentación, o que manchase su
pureza perfecta por un solo acto o aun por un pensamiento, el príncipe de las
tinieblas habría triunfado sobre el Garante del hombre y habría ganado para sí
toda la familia humana. Pero si bien
Satanás podía afligir, no podía contaminar; podía ocasionar angustia, pero no
profanar. Hizo de la vida de Cristo una
larga escena de conflicto y prueba; y sin embargo, con cada ataque iba
perdiendo su dominio sobre la humanidad.
En el desierto
de la tentación, en el huerto de Getsemaní y en la cruz, nuestro Salvador cruzó
armas con el príncipe de las tinieblas.
Sus heridas llegaron a ser los trofeos de su victoria en favor de la
familia humana. Mientras Cristo pendía
agonizante de la cruz, mientras los malos espíritus se regocijaban, y los
hombres impíos le escarnecían, su calcañar fue en verdad herido por
Satanás. Pero ese mismo acto aplastaba
la cabeza de la serpiente. Por la
muerte destruyó "al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo.”
(Heb. 2: 14.) Este acto decidió el
destino del jefe de los rebeldes, y aseguró para siempre el plan de la
salvación. Al morir, Cristo venció el
poder de la muerte; al resucitar, abrió para sus seguidores las puertas del
sepulcro. En esa última gran contienda
vemos cumplirse la profecía: "Esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás
en el calcañar.” (Gén. 3: 15.)
"Muy
amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de
ser; pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le
veremos como él es.” (1 Juan 3: 2.) Nuestro Redentor abrió el camino, para que
aun el más pecaminoso, el más necesitado, el más oprimido y despreciado, pueda
hallar acceso al Padre.
"Jehová, tú eres mi Dios: te ensalzaré, alabaré tu nombre; porque has hecho maravillas, los consejos antiguos, la verdad firme.” (Isa. 25: 1.)