ERA el tiempo
de la fiesta de las trompetas. Muchos estaban congregados en Jerusalén. La
escena encerraba un triste interés. El muro de Jerusalén había sido reedificado
y se habían colocado las puertas; pero gran parte de la ciudad estaba todavía
en ruinas.
En una
plataforma de madera, erigida en una de las calles más anchas y rodeada en
todas las direcciones por los tristes recuerdos de la gloria que se había
desvanecido de Judá, se encontraba Esdras, ahora anciano. A su mano derecha y a
su izquierda estaban reunidos sus hermanos los levitas. Mirando hacia abajo
desde la plataforma, sus ojos recorrían un mar de cabezas. De toda la región
circundante se habían reunido los hijos del pacto. "Bendijo entonces
Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió, ¡Amén! ...Y
humilláronse, y adoraron a Jehová inclinados a tierra."
Sin embargo,
allí mismo se notaban evidencias del pecado de Israel. Los casamientos mixtos
del pueblo con otras naciones habían contribuido a la corrupción del idioma
hebreo, y los que hablaban necesitaban poner mucho cuidado para explicar la ley
en el lenguaje del pueblo, a fin de que todos la comprendiesen. Algunos de los
sacerdotes y levitas cooperaban con Esdras para explicar los principios de la
ley. "Leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido,
de modo que entendiesen la lectura."
"Los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro
de la ley." Escuchaban con reverencia las palabras del Altísimo. Al serles
explicada la ley, se quedaron convencidos de su culpabilidad y lloraron por sus
transgresiones. Pero era un día de fiesta y regocijo, una santa convocación. El
Señor había mandado al pueblo que observara ese día con gozo y alegría; y en
vista de esto se les pidió que refrenasen su pesar y que se regocijasen por la
gran misericordia de Dios hacia ellos. Nehemías dijo: "Día santo es a
Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis... Id, comed grosuras, y
bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen prevenido; porque día
santo es a nuestro Señor: y no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es
vuestra fortaleza." La primera parte del día se dedicó a ejercicios
religiosos, y el pueblo pasó el resto del tiempo recordando agradecido las
bendiciones de Dios y disfrutando de los bienes que él había provisto. Se
mandaron también porciones a los pobres que no tenían nada que preparar. Había
gran regocijo porque las palabras de la ley habían sido leídas y comprendidas.
Al día
siguiente, se continuó leyendo y explicando la ley. Y al tiempo señalado, el
décimo día del mes séptimo, se cumplieron, según el mandamiento, los solemnes
servicios del día de expiación.
Desde el
décimoquinto día hasta el vigésimo segundo del mismo mes, el pueblo y sus
gobernantes observaron otra vez la fiesta de las cabañas. Se hizo "pregón
por todas sus ciudades y por Jerusalem, diciendo: Salid al monte, y traed ramos
de oliva, y ramos de pino, y ramos de arrayán, y ramos de palmas y ramos de
todo árbol espeso, para hacer cabañas como está escrito. Salió pues el pueblo,
y trajeron, e hiciéronse cabañas, cada uno sobre su terrado, y en sus patios, y
en los patios de la casa de Dios... Y hubo alegría muy grande. Y leyó Esdras en
el libro de la ley de Dios cada día, desde el primer día hasta el
postrero."
Día tras día,
al escuchar las palabras de la ley, el pueblo se había convencido de sus
transgresiones y de los pecados que había cometido la nación en generaciones
anteriores. Vieron que, por el hecho de que se habían apartado de Dios, él les había
retirado su cuidado protector y los hijos de Abrahán habían sido dispersados en
tierras extrañas; y resolvieron procurar su misericordia y comprometerse a
andar en sus mandamientos. Antes de tomar parte en este servicio solemne,
celebrado el segundo día después de terminada la fiesta de las cabañas, se
separaron de los paganos que había entre ellos.
Cuando el
pueblo se postró delante de Jehová, confesando sus pecados y pidiendo perdón,
sus dirigentes le alentaron a creer que Dios, según su promesa, oía sus
oraciones. No sólo debían lamentarse y llorar, arrepentidos, sino también creer
que Dios los perdonaba. Debían demostrar su fe recordando sus misericordias y
alabándole por su bondad. Dijeron esos instructores: "Levantáos, bendecid
a Jehová vuestro Dios desde el siglo hasta el siglo."
Entonces, de
la muchedumbre congregada, que estaba le pie con las manos extendidas al cielo,
se elevó este canto: "Bendigan el
nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza. Tú, oh Jehová, eres solo: tú hiciste los cielos, y los cielos de los
cielos y toda su milicia; la tierra y todo lo que está en ella, los mares y
todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas; y los ejércitos de
los cielos te adoran."
Acabado el
canto de alabanza, los dirigentes de la congregación relataron la historia de
Israel, para demostrar cuán grande había sido la bondad de Dios hacia ellos, y
cuán ingratos habían sido. Entonces toda la congregación pactó que guardaría
todos los mandamientos de Dios. Habían sido castigados por sus pecados; ahora
reconocían la justicia con que Dios los había tratado, y se comprometían a
obedecer su ley. Y para que su pacto fuese una "fiel alianza" y se
conservase en forma permanente como recuerdo de la obligación que habían
asumido, fue escrito, y los sacerdotes, levitas y príncipes lo firmaron. Debía
servir para recordar los deberes y proteger contra la tentación. Los del pueblo
juraron solemnemente "que andarían en la ley de Dios, que fue dada por
mano de Moisés siervo de Dios, y que guardarían y cumplirían todos los
mandamientos de Jehová nuestro Señor, y sus juicios y sus estatutos." Y
ese juramento incluyó una promesa de no hacer alianzas matrimoniales con el pueblo
de la tierra.
Antes que terminase
el día de ayuno, el pueblo recalcó aun más su resolución de volver al Señor, al
comprometerse a dejar de profanar el sábado. Nehemías no ejerció entonces, como
lo hizo en fecha ulterior, su autoridad para impedir a los traficantes paganos
que entrasen en Jerusalén; sino que en un esfuerzo para evitar que el pueblo
cediese a la tentación, lo comprometió en un pacto solemne a no transgredir la
ley del sábado comprando de dichos vendedores, con la esperanza de que esto
desanimaría a los tales y acabaría con el tráfico.
Se proveyó
también para el sostenimiento del culto público de Dios. En adición al diezmo,
la congregación se comprometió a dar anualmente una suma fija para el servicio
del santuario. Escribe Nehemías: "Echamos también las suertes, ...que cada
año traeríamos las primicias de nuestra tierra, y las primicias de todo fruto
de todo árbol, a la casa de Jehová: asimismo los primogénitos de nuestros hijos
y de nuestras bestias, como está escrito en la ley; y que traeríamos los primogénitos
de nuestras vacas y de nuestras ovejas."
Israel se
había tornado a Dios con profunda tristeza por su apostasía. Había hecho su
confesión con lamentos. Había reconocido la justicia con que Dios le había
tratado, y en un pacto se había comprometido a obedecer su ley. Ahora debía
manifestar fe en sus promesas. Dios había aceptado su arrepentimiento; ahora
les tocaba a ellos regocijarse en la seguridad de que sus pecados estaban
perdonados y de que habían recuperado el favor divino.
Los esfuerzos
de Nehemías por restablecer el culto del verdadero Dios habían sido coronados
de éxito. Mientras el pueblo fuese fiel al juramento que había prestado,
mientras obedeciese a la palabra de Dios, el Señor cumpliría su promesa
derramando sobre él copiosas bendiciones.
Este relato
contiene lecciones de fe y aliento para los que están convencidos de pecado y
abrumados por el sentido de su indignidad. La Biblia presenta fielmente el
resultado de la apostasía de Israel; pero describe también su profunda
humillación y su arrepentimiento, la ferviente devoción y el sacrificio
generoso que señalaron las ocasiones en que regresó al Señor.
Cada verdadero
retorno al Señor imparte gozo permanente a la vida. Cuando el pecador cede a la
influencia del Espíritu Santo, ve su propia culpabilidad y contaminación en
contraste con la santidad del gran Escudriñador de los corazones. Se ve
condenado como transgresor. Pero no por esto debe ceder a la desesperación,
pues ya ha sido asegurado su perdón. Puede regocijarse en el conocimiento de
que sus pecados están perdonados y en el amor del Padre celestial que le
perdona. Es una gloria para Dios rodear a los seres humanos pecaminosos y arrepentidos
con los brazos de su amor, vendar sus heridas, limpiarlos de pecado y cubrirlos
con las vestiduras de salvación.