AUN no se
había terminado la muralla de Jerusalén cuando se llamó la atención de Nehemías
a las condiciones desafortunadas de las clases más pobres del pueblo. Con la intranquilidad que reinaba, los
cultivos se habían descuidado en cierta medida. Además, debido a la conducta egoísta de algunos que habían
regresado a Judea, la bendición del Señor no descansaba sobre su tierra, y
había escasez de cereal.
A fin de
obtener alimento para sus familias, los pobres se veían obligados a comprar a
crédito y a precios exorbitantes. También
estaban compelidos a tomar dinero prestado a interés para pagar los gravosos
impuestos que les cobraban los reyes de Persia. Y para aumentar la angustia de los pobres, los más ricos de entre
los judíos habían aprovechado aquellas necesidades para enriquecerse. Mediante Moisés el Señor había ordenado a
Israel que cada tercer año se recogiese un diezmo para beneficio de los pobres;
y además se había provisto ayuda con la suspensión de las labores agrícolas
cada séptimo año, a fin de que mientras la tierra quedase en barbecho lo que
produjese espontáneamente fuese dejado para los menesterosos. La fidelidad en dedicar estas ofrendas al
alivio de los pobres y a otros usos benévolos, habría contribuido a recordar al
pueblo la verdad de que Dios lo posee todo, así como su oportunidad de ser
intermediarios de sus bendiciones. Dios
quería que los israelitas recibiesen una preparación que desarraigase el
egoísmo y diese amplitud y nobleza a su carácter.
Dios había
dado también esas instrucciones mediante Moisés: "Si dieres a mi pueblo
dinero emprestado, al pobre que está contigo, no te portarás con él como
logrero." "No tomarás de tu hermano logro de dinero, ni logro de
comida, ni logro de cosa alguna de que se suele tomar." También había dicho:
"Cuando hubiere en ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de
tus ciudades, en tu tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón,
ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre: mas abrirás a él tu mano liberalmente,
y en efecto le prestarás lo que basta, lo que hubiere menester... Porque no faltarán menesterosos de en medio
de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, a tu
pobre, y a tu menesteroso en tu tierra."(Exo. 22: 25; Deut. 23: 19; 15:
7, 8, 11.)
Después que
regresaron los desterrados de Babilonia, hubo ocasiones en que los judíos
pudientes obraron en forma directamente contraria a esas órdenes. Cuando los pobres se habían visto obligados
a pedir dinero prestado para pagar su tributo al rey, los ricos se lo habían
prestado, pero cobrándoles un interés elevado.
Hipotecando las tierras de los pobres, habían reducido gradualmente a
los infortunados deudores a la más profunda miseria. Muchos habían tenido que vender en servidumbre a sus hijos e
hijas; y no parecía haber para ellos esperanza de mejorar su condición, ni
medio de redimir a sus hijos ni sus tierras, y sólo veían delante de sí la
perspectiva de una angustia cada vez peor, necesidad perpetua y esclavitud. Eran, sin embargo, de la misma nación, hijos
del mismo pacto que sus hermanos más favorecidos.
Al fin el
pueblo presentó su situación a Nehemías.
"He aquí -le explicaron- que nosotros sujetamos nuestros hijos y
nuestras hijas a servidumbre, y hay algunas de nuestras hijas sujetas: mas no
hay facultad en nuestras manos para rescatarlas, porque nuestras tierras y
nuestras viñas son de otros."
Al imponerse
Nehemías de esta cruel opresión, su alma se llenó de indignación. "Enojéme -dice- en gran manera cuando
oí su clamor y estas palabras." Vio que para quebrantar la opresiva
costumbre de la extorsión, debía asumir una actitud decidida por la justicia. Con la energía y la determinación que le
caracterizaban, se puso a trabajar para aliviar a sus hermanos.
El hecho de
que los opresores eran hombres de fortuna, cuyo apoyo se necesitaba mucho en la
obra de restaurar la ciudad, no influyó por un momento en Nehemías. Reprendió vivamente a los nobles y
gobernantes; y después de congregar una gran asamblea del pueblo, les presentó
los requerimientos de Dios acerca del caso.
Les recordó
acontecimientos que habían sucedido durante el reinado de Acaz. Repitió el mensaje que Dios había enviado
entonces a Israel para reprender su crueldad y opresión. A causa de su idolatría, los hijos de Judá
habían sido entregados en manos de sus hermanos aun más idólatras: el pueblo de
Israel. Este último había saciado su
enemistad matando en batalla a muchos miles de los hombres de Judá y se había
apoderado de todas las mujeres y los niños, con la intención de guardarlos como
esclavos, o de venderlos como tales a los paganos.
Debido a los
pecados de Judá, el Señor no había intervenido para evitar la batalla; pero por
el profeta Obed reprendió el cruel designio del ejército victorioso, diciendo:
"Habéis determinado sujetar a vosotros a Judá y a Jerusalem por siervos y
siervas: mas ¿no habéis vosotros pecado contra Jehová vuestro Dios?"(2
Crón. 28: 10). Obed advirtió al pueblo de Israel que la ira
de Jehová se había encendido contra ellos, y que su conducta injusta y opresiva
atraería sobre ellos los juicios de Dios.
Al oír estas palabras, los hombres armados dejaron a los cautivos y los
despojos delante de los príncipes y de toda la congregación. Entonces ciertos hombres principales de la
tribu de Efraín "tomaron los cautivos, y vistieron del despojo a los que
de ellos estaban desnudos; vistiéronlos y calzáronlos, y diéronles de comer y
de beber, y ungiéronlos, y condujeron en asnos a todos los flacos, y lleváronlos hasta Jericó,
ciudad de las palmas, cerca de sus hermanos." (2 Crón. 28: 10 , 15.)
Nehemías y
otros habían redimido a ciertos judíos que habían sido vendidos a los paganos,
y puso ahora esta conducta en contraste con la de aquellos que por amor a las
ganancias terrenales estaban esclavizando a sus hermanos. Dijo: "No es bien lo que hacéis, ¿no
andaréis en temor de nuestro Dios, por no ser el oprobio de las gentes enemigas
nuestras?"
Nehemías les
explicó que, por el hecho de que el rey de Persia le había investido de
autoridad, él mismo podría haber exigido grandes contribuciones para su
beneficio personal. Pero en vez de
obrar así, no había recibido siquiera lo que le pertenecía con justicia, sino
que había dado liberalmente para aliviar de su necesidad a los pobres. Instó a los gobernadores judíos culpables de
extorsión a que renunciasen a este inicuo proceder, devolviesen las tierras de
los pobres, así como el interés del dinero que les habían exigido, y les
prestasen lo necesario sin garantía ni usura.
Estas palabras
fueron pronunciadas en presencia de toda la congregación. Si los gobernadores hubiesen querido
justificarse, tenían oportunidad de hacerlo.
Pero no ofrecieron excusa alguna.
Declararon: "Devolveremos, y nada les demandaremos; haremos así
como tú dices." Oyendo esto, Nehemías, en presencia de los sacerdotes, los
juramentó "que harían conforme a esto...
Y respondió toda la congregación: ¡Amén! Y alabaron a Jehová. Y el pueblo hizo conforme a esto."
Este relato
enseña una lección importante. "El
amor del dinero es la raíz de todos los males."(1 Tim. 6: 10.) En esta generación, el deseo de
ganancias es la pasión absorbente. Con
frecuencia las riquezas se obtienen por fraude. Multitudes están luchando con la pobreza, obligadas a trabajar
arduamente por un salario ínfimo, que no suple siquiera las necesidades
primordiales de la vida. El trabajo y
las privaciones, sin esperanza de cosas mejores, hacen muy pesada la carga. Agotados y oprimidos, los pobres no saben
dónde buscar alivio. ¡Y todo esto para
que los ricos puedan sufragar su extravagancia o satisfacer su deseo de
acumular más riquezas!
El amor al
dinero y a la ostentación han hecho de este mundo una cueva de ladrones. Las Escrituras describen la codicia y la
opresión que prevalecerán precisamente antes de la segunda venida de Cristo. Santiago escribe: " Ahora, oh ricos... Os habéis allegado tesoro para en los
postreros días. He aquí, el jornal de
los obreros que han segado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido
pagado de vosotros, clama; y los clamores de los que habían segado, han entrado
en los oídos del Señor de los ejércitos.
Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis
cebado vuestros corazones como en el día de sacrificios. Habéis condenado y muerto al justo; y él no
os resiste."(Sant. 5: 1-6.)
Aun entre los
que profesan andar en el temor del Señor, hay quienes siguen todavía la
conducta de los nobles de Israel. Por
el hecho de que pueden hacerlo, exigen más de lo justo, y se vuelven así
opresores. Y porque hay avaricia y
traición en la vida de los que llevan el nombre de Cristo, porque la iglesia
conserva en sus libros los nombres de aquellos que adquirieron sus posesiones
mediante injusticias, se desprecia la religión de Cristo. El despilfarro, las ganancias excesivas y la
extorsión están corrompiendo la fe de muchos y destruyendo su espiritualidad. La iglesia es en gran medida responsable de
los pecados cometidos por sus miembros.
Presta su apoyo al mal si no alza la voz contra él.
Las costumbres
del mundo no constituyen el criterio que debe seguir el cristiano. Este último no ha de imitar a aquél en sus
prácticas injustas, en su codicia ni en sus extorsiones. Todo acto injusto contra un semejante es una
violación de la regla de oro. Todo
perjuicio ocasionado a los hijos de Dios se hace contra Cristo mismo en la
persona de sus santos. Toda tentativa
de aprovecharse de la ignorancia, debilidad o desgracia de los demás, se
registra como fraude en el libro mayor del cielo. El que teme verdaderamente a Dios preferirá trabajar noche y día
y comer su pan en la pobreza antes que satisfacer un afán de ganancias que
oprimiría a la viuda y a los huérfanos, o despojaría al extraño de su derecho.
El menor
desvío de la rectitud quebranta las barreras y prepara el corazón para cometer
mayores injusticias. En la medida en
que un hombre esté dispuesto a sacar ventajas para sí de las desventajas de
otro, se vuelve su alma insensible a la influencia del Espíritu de Dios. La ganancia obtenida a un costo tal es una
terrible pérdida.
Eramos todos deudores de la justicia divina; pero nada teníamos con qué pagar la deuda. Entonces el Hijo de Dios se compadeció de nosotros y pagó el precio de nuestra redención. Se hizo pobre para que por su pobreza fuésemos enriquecidos. Mediante actos de generosidad hacia los pobres, podemos demostrar la sinceridad de nuestra gratitud por la misericordia que se nos manifestó. "Hagamos bien a todos recomienda el apóstol Pablo, y mayormente a los domésticos de la fe."(Gál. 6: 10) Y sus palabras concuerdan con las del Salvador: "Siempre tendréis los pobres con vosotros, y cuando quisiereis les podréis hacer bien."(Mar. 14: 7) "Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esta es la ley y los profetas."(Mat. 7: 12.)