LA DERROTA de Absalón no trajo inmediatamente la paz
al reino. Era tan grande la parte de la
nación que se había unido a la rebelión, que David no quiso volver a la capital
ni reasumir su autoridad sin que las tribus le invitasen a hacerlo. En la confusión que siguió a la derrota de
Absalón, no se tomaron providencias inmediatas y decididas para llamar al rey,
y cuando al fin la tribu de Judá inició el plan de hacer volver a David, se
despertaron los celos de las otras tribus, y como consecuencia se desató una
contrarrevolución. Pero ésta fue
rápidamente sofocada, y la paz volvió a reinar en Israel.
La historia de David ofrece uno de los más
impresionantes testimonios que jamás se hayan dado con respecto a los peligros
con que amenazan al alma el poder, la riqueza y los honores, las cosas que más
ansiosamente codician los hombres.
Pocos son los que pasaron alguna vez por una experiencia mejor adaptada
para prepararlos para soportar una prueba semejante. La juventud de David como pastor, con sus lecciones de humildad,
de trabajo paciente y de cuidado tierno por los rebaños, la comunión con la
naturaleza en la soledad de las colinas, que desarrolló su genio para la música
y para la poesía, y dirigió sus pensamientos hacia su Creador; la prolongada
disciplina de su vida en el desierto, que le hacían manifestar valor,
fortaleza, paciencia y fe en Dios, habían sido cosas de las que el Señor se
valió en su preparación para ocupar el trono de Israel. David había tenido preciosas indicaciones
del amor de Dios y había sido abundantemente dotado de su Espíritu; en la
historia de Saúl había visto cuán absolutamente inútil es la sabiduría
meramente humana. No obstante, el éxito
y los honores mundanos habían debilitado tanto el carácter de David que
repetidamente fue vencido por el tentador.
Las relaciones con los pueblos paganos provocaron un
deseo de seguir las costumbres nacionales de éstos, y encendieron una ambición
de grandeza terrenal. Como pueblo de
Jehová, Israel había de recibir honores; pero a medida que aumentaron su
orgullo y confianza en sí, los israelitas no se conformaron con esa
preeminencia. Se preocupaban más por su
posición entre las otras naciones. Este
espíritu no podía menos que atraer tentaciones.
Con el objeto de extender sus conquistas entre las
naciones extranjeras, David decidió aumentar su ejército y requerir servicio
militar de todos los que tuviesen edad apropiada. Para llevar a cabo este proyecto, fue necesario hacer un censo de
la población. El orgullo y la ambición
fueron lo que motivó esta acción del rey.
El censo del pueblo revelaría el contraste que había entre la debilidad
del reino cuando David ascendió al trono y su fortaleza y prosperidad bajo su
gobierno. Esto tendería aun más a fomentar
la ya excesiva confianza en sí que sentían tanto el rey como el pueblo. Las Escrituras dicen: "Satanás se
levantó contra Israel, e incitó a David a que contase a Israel." (Véase 1
Crónicas 21.) La prosperidad de Israel bajo el gobierno de David se debía más a
la bendición de Dios que a la habilidad de su rey o a la fortaleza de su
ejército. Pero el aumento de las
fuerzas militares del reino daría a las naciones vecinas la impresión de que
Israel confiaba en sus ejércitos, y no en el poder de Jehová.
Aunque el pueblo de Israel sentía orgullo de su
grandeza nacional, no vio con buenos ojos el proyecto de David de extender
tanto el servicio militar. La leva
propuesta causó mucho descontento; en consecuencia se creyó necesario emplear
los oficiales militares en lugar de los sacerdotes y magistrados que
anteriormente habían tomado el censo.
El objeto de esta empresa era directamente contrario a los principios de
la teocracia. Aun Joab protestó a pesar
de que hasta entonces se había mostrado tan sin escrúpulos. Dijo él: "Añada Jehová a su pueblo cien
veces otros tantos. Rey señor mío, ¿no
son todos estos siervos de mi señor? ¿para qué procura mi señor esto, que será
pernicioso a Israel? Mas el mandamiento del rey pudo más que Joab. Salió por tanto Joab, y fue por todo Israel;
y volvió a Jerusalem."
Aun no se había terminado el censo, cuando David se
convenció de su pecado. Condenándose a
sí mismo, dijo: "He pecado gravemente en hacer esto: ruégote que hagas
pasar la iniquidad de tu siervo, porque yo he hecho muy locamente."
A la mañana siguiente el profeta Gad le trajo a David
un mensaje: "Así ha dicho Jehová: Escógete, o tres años de hambre , o de
ser por tres meses deshecho delante de tus enemigos, y que la espada de tus
adversarios te alcance; o por tres días la espada de Jehová y pestilencia en la
tierra, y que el ángel de Jehová destruya en todo el término de Israel: mira
pues qué he de responder al que me ha enviado."
La contestación del rey fue: "En grande angustia
estoy: ruego que caiga en la mano de Jehová, porque sus miseraciones son
muchas, y que no caiga yo en manos de hombres." (2 Sam. 24: 14)
La tierra fue herida por una pestilencia, que
destruyó a setenta mil personas en Israel.
La pestilencia no había llegado a la capital cuando "alzando David
sus ojos, vio al ángel de Jehová, que estaba entre el cielo y la tierra,
teniendo una espada desnuda en su mano, extendida contra Jerusalem. Entonces David y los ancianos se postraron
sobre sus rostros, cubiertos de sacos" El rey imploró a Dios en favor de
Israel: "¿No soy yo el que hizo contra el pueblo? Yo mismo soy el que
pequé, y ciertamente he hecho mal; mas estas ovejas, ¿qué han hecho? Jehová
Dios mío, sea ahora tu mano contra mí, y contra la casa de mi padre, y no haya
plaga en tu pueblo."
La realización del censo había causado desafecto
entre el pueblo; pero éste había participado de los mismos pecados que
motivaron la acción de David. Así como
el Señor, por medio del pecado de Absalón, trajo castigos sobre David, por
medio del error de David, castigó los pecados de Israel.
El ángel exterminador se había detenido en las
inmediaciones de Jerusalén. Estaba en
el monte Moria, "en la era de Ornán Jebuseo." Por indicación del
profeta, David fue a la montaña, y edificó allí un altar a Jehová, "y ofreció
holocaustos y sacrificios pacíficos, e invocó a Jehová, el cual le respondió
por fuego de los cielos en el altar del holocausto." "Y Jehová se
aplacó con la tierra, y cesó la plaga de Israel." (2 Sam. 24: 25.)
El sitio en que se construyó el altar, que de allí en
adelante había de considerarse como tierra santa para siempre, fue obsequiado
al rey por Ornán. Pero el rey se negó a
recibirlo. "No, sino que
efectivamente la compraré por su justo precio: porque no tomaré para Jehová lo
que es tuyo, ni sacrificaré holocausto que nada me cueste. Y dio David a Ornán por el lugar seiscientos
siclos de oro por peso." Este sitio, ya memorable por ser el lugar donde
Abrahán había construido el altar para ofrecer a su hijo, y era ahora
santificado por esta gran liberación, fue posteriormente escogido como el sitio
donde Salomón erigió el templo.
Otra sombra aún había de obscurecer los últimos años
de David. Había llegado a la edad de
setenta años. Las penurias y
vicisitudes de su vida errante en los días de su juventud, sus muchas guerras,
los cuidados y las tribulaciones de sus años ulteriores, habían minado su
vitalidad. Aunque conservaba su
claridad y vigor mentales, la debilidad y la edad, con el consiguiente deseo de
reclusión, le impedían comprender rápidamente lo que sucedía en el reino, y
nuevamente surgió la rebelión a la sombra misma del trono. Otra vez se manifestó el fruto de la
complacencia paternal de David.
El que ahora aspiraba al trono era Adonía, hombre
"de hermoso parecer" en su persona y porte, pero sin principios de
ninguna clase, y temerario. En su
juventud se le había sometido a muy poca restricción y disciplina; pues
"su padre nunca lo entristeció en todos sus días con decirle ¿Por qué haces
así?" (Véase 1 Reyes 1.) Ahora se rebeló contra la autoridad de Dios, que
había designado a Salomón como sucesor de David en el trono. Tanto por sus dotes naturales como por su
carácter religioso, Salomón estaba mejor capacitado que su hermano mayor para
desempeñar el cargo de soberano de Israel; no obstante, aunque la elección de
Dios había sido indicada claramente, Adonía no dejó de encontrar
adherentes. Joab, aunque culpable de
muchos crímenes, había sido hasta entonces leal al trono; pero ahora se unió a
la conspiración contra Salomón, como también lo hizo Abiathar, el sacerdote.
La rebelión estaba madura; los conspiradores se
habían reunido en una gran fiesta en las cercanías de la ciudad para proclamar
rey a Adonía, cuando sus planes fueron frustrados por la rápida acción de unas
pocas personas fieles, entre las cuales las principales eran Sadoc, el
sacerdote, Natán, el profeta, y Betsabé, la madre de Salomón. Estas personas presentaron al rey cómo iban
las cosas y le recordaron la instrucción divina de que Salomón debería
sucederle en el trono. David abdicó
inmediatamente en favor de Salomón, quien fue en seguida ungido y proclamado
rey. La conspiración fue
aplastada. Sus principales actores
habían incurrido en la pena de muerte.
Se le perdonó la vida a Abiathar, por respeto a su cargo y a su antigua
fidelidad hacia David; pero fue destituido del puesto de sumo sacerdote, que
pasó al linaje de Sadoc. A Joab y
Adonía se les perdonó por el momento, pero después de la muerte de David
sufrieron la pena de su crimen. La
ejecución de la sentencia en la persona del hijo de David completó el castigo
cuádruple que atestiguaba el aborrecimiento en que Dios tenía el pecado del
padre.
Desde los mismos comienzos del reinado de David, uno
de sus planes favoritos había sido el de erigir un templo a Jehová. A pesar de que no se le había permitido
llevar a cabo este propósito, no había dejado de manifestar celo y fervor por
esa idea. Había suplido una gran
abundancia de los materiales más costosos: oro, plata, piedras de ónix y de
distintos colores; mármol y las maderas más preciosas. Y ahora estos tesoros de valor incalculable,
reunidos por David, debían ser entregados a otros; pues otras manos que las
suyas iban a construir la casa para el arca, símbolo de la presencia de Dios.
Viendo que su fin se acercaba, el rey hizo llamar a
los príncipes de Israel y a hombres representativos de todas las partes del
reino, para que recibieran este legado en calidad de depositarios. Deseaba hacerles su última recomendación antes
de morir y obtener su acuerdo y su apoyo en favor de esta gran obra que había
de llevarse a cabo. A causa de su
debilidad física, no se había contado con que él asistiera personalmente a esta
entrega; pero vino sobre él la inspiración de Dios y con aun mayor medida de
fervor y poder que de costumbre pudo dirigirse por última vez a su pueblo. Le expresó su deseo de construir el templo y
le manifestó el mandamiento del Señor de que la obra se encomendara a Salomón,
su hijo. La promesa divina era:
"Salomón tu hijo, él edificará mi casa y mis atrios. porque a éste me he escogido por hijo, y yo
le seré a él por padre. Asimismo yo
confirmaré su reino para siempre, si el se esforzara a poner por obra mis
mandamientos y mis juicios, como aqueste día." "Ahora pues -dijo
David,- delante de los ojos de todo Israel, congregación de Jehová, y en oídos
de nuestro Dios, guardad e inquirid todos los preceptos de Jehová vuestro Dios,
para que poseáis la buena tierra, y la dejéis por heredad a vuestros hijos,
después de vosotros perpetuamente." (Véase 1 Crónicas 28, 29.)
David había aprendido por su propia experiencia cuán
duro es el sendero del que se aparta de Dios.
Había sentido la condenación de la ley quebrantada, y había cosechado
los frutos de la transgresión; y toda su alma se conmovía de solicitud y ansia
de que los jefes de Israel fuesen leales a Dios y de que Salomón obedeciese la
ley de Dios y evitase los pecados que habían debilitado la autoridad de su
padre, amargado su vida y deshonrado a Dios.
David sabía que Salomón necesitaría humildad de corazón, una confianza
constante en Dios, y una vigilancia incesante para soportar las tentaciones que
seguramente le acecharían en su elevada posición; pues los personajes eminentes
son el blanco especial de las saetas de Satanás. Volviéndose hacia su hijo, ya reconocido como quien debía
sucederle en el trono, David le dijo: "Y tú, Salomón, hijo mío, conoce al
Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto, y con ánimo voluntario;
porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende toda imaginación de
los pensamientos. Si tú le buscares, lo
hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre. Mira, pues, ahora que Jehová te ha elegido
para que edifiques casa para santuario: esfuérzate, y hazla."
David dio a Salomón instrucciones minuciosas para la
construcción del templo, con modelos de cada una de las partes, y de todos los
instrumentos de servicio, tal como se los había revelado la inspiración
divina. Salomón era todavía joven y
habría preferido rehuir las pesadas responsabilidades que le incumbirían en la
erección del templo y en el gobierno del pueblo de Dios. David dijo a su hijo: "Anímate y
esfuérzate, y ponlo por obra; no temas, ni desmayes, porque el Dios Jehová, mi
Dios, será contigo: él no te dejará ni te desamparará."
Nuevamente David se volvió a la congregación y le
dijo "A solo Salomón mi hijo ha elegido Dios; él es joven y tierno, y la
obra grande; porque la casa no es para hombre, sino para Jehová Dios." Y
continuó diciendo: "Yo empero con todas mis fuerzas he preparado para la
casa de mi Dios," y procedió a enumerar los materiales que había
reunido. Además dijo: "A más de
esto, por cuanto tengo mi gusto en la casa de mi Dios, yo guardo en mi tesoro
particular oro y plata que, además de todas las cosas que he aprestado para la casa
del santuario, he dado para la casa de mi Dios; a saber, tres mil talentos de
oro, de oro de Ophir, y siete mil talentos de plata afinada para cubrir las
paredes de las casas." Y preguntó a la congregación que había traído sus
ofrendas voluntarias: "¿Quién quiere hacer hoy ofrenda a Jehová?"
La asamblea respondió con buena voluntad. "Entonces los príncipes de las
familias, y los príncipes de las tribus de Israel, tribunos y centuriones, con
los superintendentes de la hacienda del rey, ofrecieron de su voluntad; y
dieron para el servicio de la casa de Dios cinco mil talentos de oro y diez mil
sueldos, y diez mil talentos de plata, y dieciocho mil talentos de metal, y
cinco mil talentos de hierro. Y todo el
que se halló con piedras preciosas, diólas para el tesoro de la casa de Jehová,
. .
. y holgóse el pueblo de haber
contribuido de su voluntad; porque con entero corazón ofrecieron a Jehová
voluntariamente.
"Asimismo holgóse mucho el rey David, y bendijo
a Jehová delante de toda la congregación; y dijo David: Bendito seas tú, oh
Jehová, Dios de Israel nuestro padre, de uno a otro siglo. Tuya es, oh Jehová, la magnificencia, y el
poder, y la gloria, la victoria, y el honor; porque todas las cosas que están
en los cielos y en la tierra son tuyas.
Tuyo, oh Jehová, es el reino, y la altura sobre todos los que están por
cabeza. Las riquezas y la gloria están
delante de ti, y tú señoreas a todos: y en tu mano está la potencia y la
fortaleza, y en tu mano la grandeza y fuerza de todas las cosas.
"Ahora pues, Dios nuestro, nosotros te
confesamos, y loamos tu glorioso nombre.
Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer
de nuestra voluntad cosa semejante? porque todo es tuyo, y lo recibido de tu
mano te damos. Porque nosotros, extranjeros
y advenedizos somos delante de ti, como todos nuestros padres; y nuestros días
cual sombra sobre la tierra, y no dan espera.
Oh Jehová Dios nuestro, toda esta abundancia que hemos aprestado para
edificar casa a tu santo nombre, de tu mano es, y todo es tuyo. Yo sé, Dios mío, que tú escudriñas los
corazones, y que la rectitud te agrada: por eso yo con rectitud de mi corazón
voluntariamente te he ofrecido todo esto, y ahora he visto con alegría que tu
pueblo, que aquí se ha hallado ahora, ha dado para ti espontáneamente.
"Jehová, Dios de Abraham, de Isaac, y de Israel,
nuestros padres, conserva perpetuamente esta voluntad del corazón de tu pueblo,
y encamina su corazón a ti. Asimismo da
a mi hijo Salomón corazón perfecto, para que guarde tus mandamientos, tus
testimonios y tus estatutos, y para que haga todas las cosas, y te edifique la
casa para la cual yo he hecho el apresto.
"Después dijo David a toda la congregación: Bendecid ahora a Jehová
vuestro Dios. Entonces toda la
congregación bendijo a Jehová Dios de sus padres, e inclinándose adoraron
delante de Jehová, y del rey."
Con el interés más profundo el rey había reunido
aquellos preciosos materiales para la construcción y para el embellecimiento
del templo. Había compuesto los himnos
gloriosos que en los años venideros habrían de resonar por sus atrios. Ahora su corazón se regocijaba en Dios, al
ver como los principales de los padres y los caudillos de Israel respondían tan
noblemente a su solicitud, y se ofrecían para llevar a cabo la obra importante
que los esperaba. Y mientras daban su
servicio, estaban dispuestos a hacer más.
Añadieron al tesoro más ofrendas de su propio caudal.
David había sentido hondamente su propia indignidad
para reunir el material destinado a la casa de Dios, y le llenaba de gozo la
expresión de lealtad que había en la pronta respuesta de los nobles de su
reino, cuando con corazones solícitos ofrecieron sus tesoros a Jehová, y se
dedicaron a su servicio. Pero sólo Dios
era el que había impartido esa disposición a su pueblo. Sólo él, y no el hombre, debía ser
glorificado. Era él quien había
provisto al pueblo con las riquezas de la tierra, y su Espíritu les había dado
buena voluntad para traer sus cosas preciosas en beneficio del templo. Todo era del Señor, y si su amor no hubiese
movido los corazones del pueblo, los esfuerzos del rey habrían sido en vano y
el templo no se habría construido.
Todo lo que el hombre recibe de la bondad de Dios
sigue perteneciendo al Señor. Todo lo
que Dios ha otorgado, en las cosas valiosas y bellas de la tierra, ha sido
puesto en las manos de los hombres para probarlos, para sondear la profundidad
de su amor hacia él y del aprecio en que tienen sus favores. Ya se trate de tesoros o de dones del
intelecto, han de depositarse como ofrenda voluntaria a los pies de Jesús y el
dador ha de decir como David: "Todo es tuyo, y lo recibido de tu mano te
damos."
Aun cuando sintió que se acercaba su muerte, siguió
preocupándose David por Salomón y el reino de Israel, cuya prosperidad iba a
depender en gran manera de la fidelidad de su rey. Entonces "mandó a Salomón su hijo, diciendo: Yo voy el
camino de toda la tierra: esfuérzate, y sé varón. Guarda la ordenanza de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y
observando sus estatutos y mandamientos, y sus derechos y sus testimonios,
.. para que seas dichoso en todo lo que
hicieres, y en todo aquello a que te tornares; para que confirme Jehová la
palabra que me habló, diciendo: Si tus hijos guardaren su camino, andando
delante de mí con verdad, de todo su corazón, y de toda su alma, jamás, dice,
faltará a ti varón del trono de Israel." (1 Rey. 2: 14)
Las "postreras palabras" de David que hayan
sido registradas, constituyen un canto que expresa confianza, principios
elevados y fe imperecedera:
"Dijo David hijo de Isaí, Dijo aquel varón que
fue levantado alto, El ungido del Dios de Jacob, El suave en cánticos de
Israel: El Espíritu de Jehová ha
hablado por mí, ... El señoreador de los hombres será justo, Señoreador en
temor de Dios, Será como la luz de la mañana cuando sale el sol, De la mañana
sin nubes; Cuando la hierba de la tierra brota por medio del resplandor después
de la lluvia. No así mi casa para con
Dios: Sin embargo él ha hecho conmigo
pacto perpetuo, Ordenado en todas las cosas, y será guardado; Bien que toda
esta mi salud, y todo mi deseo No lo haga él florecer todavía." (2
Sam. 23: 1-5.)
Grande había sido la caída de David; y profundo fue
su arrepentimiento; ardiente su amor, y enérgica su fe. Mucho le había sido perdonado, y por consiguiente
él amaba mucho. (Luc 7: 47)
Los salmos de David pasan por toda la gama de la
experiencia humana, desde las profundidades del sentimiento de culpabilidad y
condenación de sí hasta la fe más sublime y la más exaltada comunión con
Dios. La historia de su vida muestra
que el pecado no puede traer sino vergüenza y aflicción, pero que el amor de
Dios y su misericordia pueden alcanzar hasta las más hondas profundidades, que
la fe elevará el alma arrepentida hasta hacerle compartir la adopción de los
hijos de Dios. De todas las promesas
que contiene su Palabra, es uno de los testimonios más poderosos en favor de la
fidelidad, la justicia y la misericordia del pacto de Dios.
El hombre "huye como la sombra, y no
permanece," "mas la palabra del Dios nuestro permanece para
siempre." "La misericordia de Jehová desde el siglo hasta el siglo
sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos; sobre los
que guardan su pacto, y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por
obra." "He entendido que todo lo que Dios hace, eso será
perpetuo." (Job 14: 2; Isa 40: 8; Sal. 103: 17, 18; Ecl 3: 14)
Grandes y gloriosas fueron las promesas hechas a
David y a su casa. Eran promesas que
señalaban hacia el futuro, hacia las edades eternas, y encontraron la plenitud
de su cumplimiento en Cristo. El Señor
declaró:
"Juré a David mi siervo, diciendo:.. Mi mano será firme con él, mi brazo también
lo fortificará... Y mi verdad y mi
misericordia serán con él; y en mi nombre será ensalzado su cuerno. Asimismo pondré su mano en la mar, y en los
ríos su diestra. El me llamará: Mi
padre eres tú, mi Dios, y la roca de mi salud.
Yo también le pondré por primogénito, alto sobre los reyes de la
tierra. Para siempre le conservaré mi
misericordia; y mi alianza será firme con él.
Y pondré su simiente para siempre, y su trono como los días de los
cielos." (Sal. 89: 3, 21- 29.)
"Juzgará los afligidos del pueblo, Salvará los
hijos del menesteroso, Y quebrantará al violento. Temerte han mientras duren el sol y la luna, Por generación de
generaciones... Florecerá en sus días
justicia, Y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna. Y dominará de mar a mar, Y desde el río
hasta los cabos de la tierra... Será su
nombre para siempre, Perpetuaráse su nombre mientras el sol dure: Y benditas serán en él todas las
gentes: Llamarlo han
bienaventurado." (Sal. 72: 4-8,
17.)
"Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro: y llamaráse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz." "Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo: y le dará el Señor Dios el trono de David su padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin." (Isa. 9: 6; Luc. 1: 32, 33)