LA BIBLIA tiene poco que decir en alabanza de los
hombres. Dedica poco espacio a relatar
las virtudes hasta de los mejores hombres que jamás hayan vivido. Este silencio no deja de tener su propósito
y su lección. Todas las buenas
cualidades que poseen los hombres son dones de Dios; realizan sus buenas
acciones por la gracia de Dios manifestada en Cristo. Como lo deben todo a Dios, la gloria de cuanto son y hacen le
pertenece sólo a él; ellos no son sino instrumentos en sus manos.
Además, según todas las lecciones de la historia
bíblica, es peligroso alabar o ensalzar a los hombres; pues si uno llega a
perder de vista su total dependencia de Dios, y a confiar en su propia
fortaleza, caerá seguramente. El hombre
lucha con enemigos que son más fuertes que él.
"No tenemos lucha contra sangre y carne; sino contra principados,
contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas,
contra malicias espirituales en los, aires." (Efes. 6: 12.) Es imposible que nosotros, con
nuestra propia fortaleza, sostengamos el conflicto; y todo lo que aleje a
nuestra mente de Dios, todo lo que induzca al ensalzamiento o a la dependencia
de sí, prepara seguramente nuestra caída.
El tenor de la Biblia está destinado a inculcamos desconfianza en el
poder humano y a fomentar nuestra confianza en el poder divino.
El espíritu de confianza y ensalzamiento de sí fue el
que preparó la caída de David. La
adulación y las sutiles seducciones del poder y del lujo, no dejaron de tener
su efecto sobre él. También las
relaciones con las naciones vecinas ejercieron en él una influencia
maléfica. Según las costumbres que
prevalecían entre los soberanos orientales de aquel entonces, los crímenes que
no se toleraban en los súbditos quedaban impunes cuando se trataba del rey; el
monarca no estaba obligado a ejercer el mismo dominio de si que el
súbdito. Todo esto tendía a aminorar en
David el sentido de la perversidad excesiva del pecado. Y en vez de confiar, humilde en el poder de
Dios, comenzó a confiar en su propia fuerza y sabiduría.
Tan pronto como Satanás pueda separar el alma de
Dios, la única fuente de fortaleza, procurará despertar los deseos impíos de la
naturaleza carnal del hombre. La obra
del enemigo no es abrupta; al principio no es repentina ni sorpresivo; consiste
en minar secretamente las fortalezas de los principios. Comienza en cosas aparentemente pequeñas: la
negligencia en cuanto a ser fiel a Dios y a depender de él por completo, la
tendencia a seguir las costumbres y prácticas del mundo.
Antes que terminara la guerra con los amonitas, David
regresó a Jerusalén, dejando la dirección del ejército a Joab. Los sirios ya se habían sometido a Israel, y
la completa caída de los amonitas parecía segura. David se veía rodeado de los frutos de la victoria y de los
honores de su gobierno sabio y hábil.
Fue entonces, mientras vivía en holgura y desprevenido, cuando el
tentador aprovechó la oportunidad de ocupar su mente. El hecho de que Dios había admitido a David en una relación tan
estrecha consigo, y había manifestado tanto favor hacia David, debiera haber
sido para él el mayor de los incentivos para conservar inmaculado su
carácter. Pero cuando él estaba cómodos
tranquilo y seguro de si mismo, se separó de Dios, cedió a las tentaciones de
Satanás, y atrajo sobre su alma la mancha de la culpabilidad. El hombre designado por el Cielo como
caudillo de la nación, el escogido por Dios para ejecutar su ley, violó sus preceptos. Por sus actos el que debía castigar a los
malhechores, les fortaleció las manos.
En medio de los peligros de su juventud, David,
consciente de su integridad, podía confiar su caso a Dios. La mano del Señor le había guiado y hecho
pasar sano y salvo por infinidad de trampas tendidas para sus pies. Pero ahora, culpable y sin arrepentimiento,
no pidió ayuda ni dirección al Cielo, sino que buscó la manera de desenredarse
de los peligros en que el pecado le había envuelto. Betsabé, cuya hermosura fatal había resultado ser una trampa para
el rey, era la esposa de Urías el heteo, uno de los oficiales más valientes y
más fieles de David. Nadie podía prever
cuál seria el resultado si se llegase a descubrir el crimen. La ley de Dios declaraba al adúltero
culpable de la pena de muerte, y el soldado de espíritu orgulloso, tan
vergonzosamente agraviado, podría vengarse quitándole la vida al rey, o
incitando a la nación a la revuelta.
Todo esfuerzo de David para ocultar su culpabilidad
resulto fútil. Se había entregado al
poder de Satanás; el peligro le rodeaba; la deshonra, que es más amarga que la
muerte, le esperaba. No había sino una
manera de escapar, y en su desesperación se apresuró a agregar un asesinato a
su adulterio. El que había logrado la
destrucción de Saúl, trataba ahora de llevar a David también a la ruina. Aunque las tentaciones eran distintas, ambas
se asemejaban en cuanto a conducir a la transgresión de la ley de Dios. David pensó que si Urías era muerto por la
mano de los enemigos en el campo de batalla, la culpa de su muerte no podría
atribuirse a las maquinaciones del rey; Betsabé quedaría libre para ser la
esposa de David las sospechas se eludirían y se mantendría el honor real.
Urías fue hecho portador de su propia sentencia de
muerte. El rey envió por su medio una
carta a Joab, en la cual ordenaba: "Poned a Urias delante de la fuerza de
la batalla, y desamparadle, para que sea herido y muera." (Véase 2 Samuel
11, 12.) Joab, ya manchado con la culpa de un asesinato protervo, no vaciló en
obedecer las instrucciones del rey, y Urías cayó herido por la espada de los
hijos de Ammón.
Hasta entonces la foja de servicios de David como
soberano había sido tal que pocos monarcas la tuvieron jamás igual. Se nos dice que "hacía David derecho y
justicia a todo su pueblo." (2 Sam.
8: 15.) Su integridad le había ganado la, confianza y la lealtad de toda
la nación. Pero cuando se apartó de
Dios y cedió al maligno, se hizo, por el momento, agente de Satanás; sin
embargo, conservaba el puesto y la autoridad que Dios le había dado, y a causa
de esto exigía ser obedecido en cosas que hacían peligrar el alma del que las
hiciera. Y Joab, más leal al rey que a
Dios, violó la ley de Dios por orden del rey.
El poder de David le había sido dado por Dios, pero
para que lo ejercitara solamente en armonía con la ley divina. Cuando ordenó algo que era contrario a la
ley de Dios, el obedecerle se hizo pecado.
"Las [potestades] que son, de Dios son ordenadas" (Rom. 13: 1), pero no debemos obedecerlas en
contradicción a la ley de Dios. El
apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, fija el principio que, ha de
guiarnos. Dice: "Sed imitadores de
mí, así como yo de Cristo. (1 Cor. 11: 1.)
Una relación de cómo se había ejecutado su orden fue
enviada a David, pero redactada tan cuidadosamente que no comprometió a Joab ni
al rey. Joab "mandó al mensajero,
diciendo: Cuando acabares de contar al rey todos los negocios de la guerra, si
el rey comenzara a enojarse, . . .
entonces tú le dirás: También tu siervo Urías Hetheo es muerto. Y fue el mensajero, y llegando, contó a
David todas las cosas a que Joab le había enviado." La contestación del
rey fue: "Dirás así a Joab: No tengas pesar de esto, que de igual y
semejante manera suele consumir la espada: esfuerza la batalla contra la
ciudad, hasta que la rindas. Y tú
asiéntale."
Betsabé observó los acostumbrados días de luto por su
marido; y cuando terminaron, "envió David y recogióla a su casa: y fue
ella su mujer." Aquel que antes tenía tan sensible la conciencia y alto el
sentimiento del honor que no le permitían, ni aun cuando corría peligro de
perder su propia vida, levantar la mano contra el ungido del Señor, se había
rebajado tanto que podía agraviar y asesinar a uno de sus más valientes y
fieles soldados, y esperar gozar tranquilamente el premio de su pecado. ¡Ay! ¡Cuánto se había envilecido el oro
fino! ¡Cómo había cambiado el oro más puro!
Desde el principio, Satanás ha venido presentando a
los hombres un cuadro de las ganancias que pueden obtenerse por la
transgresión. Así sedujo a los ángeles. Así tentó a Adán y a Eva a que pecaran. Y así sigue todavía apartando a las
multitudes de la obediencia a Dios.
Representa el camino de, la transgresión como apetecible; "empero
su fin son caminos de muerte." (Prov.
14: 12.) ¡Felices aquellos que, habiéndose aventurado en ese camino,
aprenden cuán amargos son los frutos del pecado, y se apartan de él a tiempo!
En su misericordia, Dios no dejó a David abandonado para que fuese atraído a la
ruina total por los premios engañosos del pecado.
También por causa de Israel era necesario que Dios
interviniera. Con el transcurso del
tiempo se fue conociendo el pecado de David para con Betsabé, y se despertó la
sospecha de que él había planeado la muerte de Urías. Esto redundó en deshonor para el Señor. El había favorecido y ensalzado a David, y el pecado de éste
representaba mal el carácter de Dios, y echaba oprobio sobre su nombre. Tendía a rebajar las normas de la piedad en
Israel, a aminorar en muchas mentes el aborrecimiento del pecado, mientras que
envalentonaba en la transgresión a los que no amaban ni temían a Dios.
El profeta Natán recibió órdenes de llevar un mensaje
de reprensión a David. Era un mensaje
terrible en su severidad. A pocos
soberanos se les podría haber dirigido una reprensión sin que el mensajero
perdiese la vida. Natán transmitió la
sentencia divina sin vacilación, aunque con tal sabiduría celestial que
despertó la simpatía y la conciencia del rey y le indujo a que con sus labios
emitiera su propia sentencia de muerte.
Apelando a David como al guardián divinamente designado para proteger
los derechos de su pueblo, el profeta le relató una historia de agravio y
opresión que exigía justicia y castigo.
"Había dos hombres en una ciudad -dijo,- el uno
rico, y el otro pobre. El rico tenía
numerosas ovejas y vacas; mas el pobre no tenía más que una sola cordera, que
él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos
juntamente, comiendo de su bocado, y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su
seno: y teníala como a una hija. Y vino
uno de camino al hombre rico; y él no quiso tomar de sus ovejas y de sus vacas,
para guisar al caminante que le había venido, sino que tomó la oveja de aquel
hombre pobre, y aderezóla para aquel que le había venido."
El rey se airó y exclamó: "Vive Jehová, que el
que tal hizo es digno de muerte. Y que
él debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo esta tal cosa, y no
tuvo misericordia."
Natán fijó los ojos en el rey; y luego, alzando la
mano derecha, le declaró solemnemente: "Tú eres aquel hombre." ¿Por
qué pues -continuó- tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo
delante de sus ojos?" Como David, los culpables pueden procurar que su
crimen quede oculto para los hombres; pueden tratar de sepultar la acción perversa
para siempre, a fin de que el ojo humano no la vea ni lo sepa la inteligencia
humana; pero "todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de
aquel a quien tenemos que dar cuenta." (Heb. 4: 13.) "Nada hay encubierto, que no haya de ser
manifestado; ni oculto, que no haya de saberse." (Mat. 10: 26.)
Natán le manifestó: "Así ha dicho Jehová, Dios
de Israel: Yo te ungí por rey sobre Israel, y te libré de la mano de Saúl;
. .
. ¿por qué pues tuviste en poco
la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías Hetheo
heriste a cuchillo, y tomaste por tu mujer a su mujer, y a él mataste con el
cuchillo de los hijos de Ammón. Por lo
cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada. . . He aquí yo levantaré sobre ti el mal de tu
misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu
prójimo. . . . Porque tú lo hiciste en secreto: mas yo haré
esto delante de todo Israel, y delante del sol."
El reproche del profeta conmovió el corazón de David;
se despertó su conciencia; y su culpa le apareció en toda su enormidad. Su alma se postró en penitencia ante
Dios. Con labios temblorosos exclamó:
"Pequé contra Jehová." Todo daño o agravio que se haga a otros se
extiende del perjudicado a Dios. David
había cometido un grave pecado contra Urías y Betsabé, y se daba cuenta
perfecta de su gran transgresión. Pero
mucho más grave era su pecado contra Dios.
Aunque no se hallara a nadie en Israel que ejecutara
la sentencia de muerte contra el ungido del Señor, David tembló por temor de que,
culpable y sin perdón, fuese abatido por el rápido juicio de Dios. Pero se le envió por medio del profeta este
mensaje: "También Jehová ha remitido tu pecado: no morirás." No
obstante, la justicia debía mantenerse.
La sentencia de muerte fue transferida de David al hijo de su
pecado. Así se le dio al rey
oportunidad de arrepentirse; mientras que el sufrimiento y la muerte del niño,
como parte de su castigo, le resultaban más amargos de lo que hubiera sido su propia
muerte. El profeta dijo: "Por cuanto
con este negocio hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha
nacido morirá ciertamente."
Cuando el niño cayó enfermo, David imploró y suplicó
por su vida, con ayuno y profunda humillación.
Se despojó de sus prendas reales, hizo a un lado su corona, y noche tras
noche yacía en el suelo, intercediendo con dolor desesperado en pro del
inocente que sufría a causa de su propia culpa. "Y levantándose los ancianos de su casa fueron a él para
hacerlo levantar de tierra; mas él no quiso.
"A menudo cuando se habían pronunciado juicios contra personas o
ciudades, la humillación y el arrepentimiento habían bastado para apartar el
golpe, y el Dios que siempre tiene misericordia y es presto a perdonar, había
enviado mensajeros de paz. Alentado por
este pensamiento, David perseveró en su súplica mientras vivió el niño. Cuando supo que estaba muerto, con calma y
resignación David se sometió al decreto de Dios. Había caído el primer golpe de aquel castigo que él mismo había
declarado justo. Pero David, confiando
en la misericordia de Dios, no quedó sin consuelo.
Muchos, leyendo la historia de la caída de David, han
preguntado: ¿Por qué se hizo público este relato? ¿Por qué consideró Dios
conveniente descubrir al mundo este pasaje obscuro de la vida de uno que fue
altamente honrado por el Cielo? El profeta, en el reproche que hizo a David,
había declarado tocante a su pecado: "Con este negocio hiciste blasfemar a
los enemigos de Jehová." A través de las generaciones sucesivas, los
incrédulos han señalado el carácter de David y la mancha negra que lleva, y han
exclamado en son de triunfo y burla: "¡He aquí el hombre según el corazón
de Dios!" Así se ha echado oprobio sobre la religión; Dios y su palabra
han sido blasfemados; muchas almas se han endurecido en la incredulidad, y
muchos, bajo un manto de piedad, se han envalentonado en el pecado.
Pero la historia de David no suministra motivos por
tolerar el pecado. David fue llamado
hombre según el corazón de Dios cuando andaba de acuerdo con su consejo. Cuando pecó, dejó de serlo hasta que, por
arrepentimiento, hubo vuelto al Señor.
La Palabra de Dios manifiesta claramente: "Esto que David había
hecho, fue desagradable a los ojos de Jehová." Y el Señor le dijo a David
por medio del profeta: "¿Por qué pues tuviste en poco la palabra de
Jehová, haciendo lo malo delante de sus, ojos? . . . Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu
casa la espada; por cuanto me menospreciaste." Aunque David se arrepintió
de su pecado, y fue perdonado y aceptado por el Señor, cosechó la funesta mies
de la siembra que él mismo había sembrado.
Los juicios que cayeron sobre él y sobre su casa atestiguan cuanto
aborrece Dios al pecado.
Hasta entonces la providencia de Dios había protegido
a David de todas las conspiraciones de sus enemigos, y se había ejercido
directamente para refrenar a Saúl. Pero
la transgresión de David había cambiado su relación con Dios. En ninguna forma podía el Señor sancionar la
iniquidad. No podía ejercitar su poder
para proteger a David de los resultados de su pecado como le había protegido de
la enemistad de Saúl.
Se produjo un gran cambio en David mismo. Quebrantaba su espíritu la comprensión de su
pecado y de sus abarcantes resultados.
Se sentía humillado ante los ojos de sus súbditos. Su influencia sufrió menoscabo. Hasta entonces su prosperidad se había
atribuido a su obediencia concienzuda a los mandamientos del Señor. Pero ahora sus súbditos, conociendo el
pecado de él, podrían verse inducidos a pecar más libremente. En su propia casa, se debilitó su autoridad
y su derecho a que sus hijos le respetasen y obedeciesen. Cierto sentido de su culpabilidad le hacía
guardar silencio cuando debiera haber condenado el pecado; y debilitaba su
brazo para ejecutar justicia en su casa.
Su mal ejemplo influyó en sus hijos, y Dios no quiso intervenir para
evitar los resultados. Permitió que las
cosas tomaran su curso natural, y así David fue castigado severamente.
Durante un año entero después de su caída, David
vivió en seguridad aparente; no había evidencia externa del desagrado de
Dios. Pero la sentencia divina pendía
sobre él. Rápida y seguramente se
aproximaba el día del juicio y del castigo, que ningún arrepentimiento podía
evitar, es decir, la agonía y la vergüenza que ensombrecía toda su vida
terrenal. Los que, señalando el ejemplo
de David, tratan de aminorar la culpa de sus propios pecados, debieran aprender
de las lecciones del relato bíblico que el camino de la transgresión es duro. Aunque, como David, se volvieran de sus
caminos impíos, los resultados del pecado, aun en esta vida, serán amargos y
difíciles de soportar.
Dios quiso que la historia de la caída de David
sirviera como una advertencia de que aun aquellos a quienes él ha bendecido y
favorecido grandemente no han de sentirse seguros ni tampoco descuidar el velar
y orar. Así ha resultado para los que
con humildad han procurado aprender lo que Dios quiso enseñar con esa
lección. De generación en generación,
miles han sido así inducidos a darse cuenta de su propio peligro frente al
poder tentador del enemigo común. La
caída de David, hombre que fue grandemente honrado por el Señor, despertó en
ellos la desconfianza de sí mismos.
Comprendieron que sólo Dios podía guardarlos por su poder mediante la
fe. Sabiendo que en él estaba la
fortaleza y la seguridad, temieron dar el primer paso en tierra de Satanás.
Aun antes de que se hubiese dictado la sentencia
divina contra David, éste ya había comenzado a cosechar el fruto de su
transgresión. Su conciencia no tenía
paz. En el salmo 32 presenta la agonía
que su espíritu soportó entonces. Dice:
"Bienaventurado aquel cuyas iniquidades son
perdonadas, Y borrados sus pecados.
Bienaventurado el hombre a quien no imputa Jehová la iniquidad, Y en
cuyo espíritu no hay superchería. Mientras
callé, envejeciéronse mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí
tu mano; Volvióse mi verdor en sequedades de estío." (Sal. 32: 1-4.)
Y el salmo 51 es una expresión del arrepentimiento de
David, cuando le llegó el mensaje de reprensión de parte de Dios:
"Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu
misericordia: Conforme a la multitud de
tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad, Y
límpiame de mi pecado. Porque yo
reconozco mis rebeliones; Y mi pecado está siempre delante de mí... Purifícame con hisopo, y seré limpio: Lávame, y seré emblanquecido más que la
nieve. Hazme oír gozo y alegría; Y se
recrearán los huesos que has abatido.
Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; Y
renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de delante de ti; Y no quites de mí tu santo espíritu. Vuélveme el gozo de tu salud; Y el espíritu
libre me sustente. Enseñaré a los
prevaricadores tus caminos; Y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi
salud: Cantará mi lengua tu
justicia." (Sal. 51: 1-3, 7-14.)
Así en un himno sagrado que había de cantarse en las
asambleas públicas de su pueblo, en presencia de la corte, los sacerdotes y
jueces, los príncipes y guerreros, y que iba a preservar hasta la última
generación el conocimiento de su caída, el rey de Israel relató todo lo
concerniente a su pecado, su arrepentimiento, y su esperanza de perdón por la
misericordia de Dios. En vez de
procurar ocultar la culpa, quiso que otros se instruyeran por el conocimiento
de la triste historia de su caída.
El arrepentimiento de David fue sincero y
profundo. No hizo ningún esfuerzo para
aminorar su crimen. Lo que inspiró su
oración no fue el deseo de escapar a los castigos con que se le amenazaba. Pero vio la enormidad de su transgresión
contra Dios; vio la depravación de su alma y aborreció su pecado. No oró pidiendo perdón solamente, sino
también pidiendo pureza de corazón.
David no abandonó la lucha en su desesperación. Vio la evidencia de su perdón y aceptación,
en la promesa hecha por Dios a los pecadores arrepentidos.
"Porque no quieres tú sacrificio, Que yo daría;
No quieres holocausto. Los sacrificios
de Dios son el espíritu quebrantado: Al
corazón contrito, y humillado No despreciarás tú, oh Dios." (Vers. 16, 17.)
Aunque David había caído, el Señor le levantó. Estaba ahora más plenamente en armonía con
Dios y en simpatía con sus semejantes que antes de su caída. En el gozo de su liberación cantó:
"Mi pecado te declaré, y no encubrí mi
iniquidad. Confesaré, dije, contra mi
mis rebeliones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado... Tú eres mi refugio; Me guardarás de
angustia; Con cánticos de liberación me rodearás." (Sal. 32: 5-7.)
Muchos murmuran contra lo que llaman la injusticia de
Dios al salvar a David, cuya culpa era tan grande, después de haber rechazado a
Saúl por lo que a ellos les parece ser pecados mucho menos flagrantes. Pero David se humilló y confesó su pecado,
en tanto que Saúl menospreció el reproche y endureció su corazón en la
impenitencia.
Este pasaje de la historia de David rebosa de
significado para el pecador arrepentido.
Es una de las ilustraciones más poderosas que se nos hayan dado de las
luchas y las tentaciones de la humanidad, y de un verdadero arrepentimiento
hacia Dios y una fe sincera en nuestro Señor Jesucristo. A través de todos los siglos ha resultado
ser una fuente de aliento para las almas que, habiendo caído en el pecado, han
tenido que luchar bajo el peso agobiador de su culpa. Miles de los hijos de Dios han sido los que, después de haber
sido entregados traidoramente al pecado y cuando estaban a punto de desesperar,
recordaron como el arrepentimiento sincero y la confesión de David fueron
aceptados por Dios, no obstante haber tenido que sufrir las consecuencias de su
transgresión; y también cobraron ánimo para arrepentirse y procurar nuevamente
andar por los senderos de los mandamientos de Dios.
Quienquiera que bajo la reprensión de Dios humille su alma con la confesión y el arrepentimiento, tal como lo hizo David, puede estar seguro de que hay esperanza para él. Quienquiera que acepte por la fe las promesas de Dios, hallará perdón. Jamás rechazará el Señor a un alma verdaderamente arrepentida. El ha dado esta promesa: "Echen mano . . . de mi fortaleza, y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!" "Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos: y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar." (Isa. 27: 5, VM; 55: 7)