TAN PRONTO como David se vio afianzado e trono e
Israel, comenzó a buscar una localidad más apropiada para la capital de su
reino. A unos treinta kilómetros de
Hebrón, se escogió un sitio como la futura metrópoli de la nación. Antes que Josué condujera los ejércitos de
Israel a través del Jordán, ese lugar se había llamado Salem. Cerca de allí Abrahán había probado su
lealtad a Dios. Ochocientos años antes
de la coronación de David, había vivido allí Melquisedec, sacerdote del
Altísimo. Ocupaba este sitio una
posición central y elevada en el país, protegida por un cerco de colinas. Como se hallaba en el límite entre Benjamín
y Judá, estaba también muy próxima a Efraín, y las otras tribus tenían fácil
acceso a él.
Para conquistar esta localidad, los hebreos debían
desalojar un remanente de los cananeos, que sostenía una posición fortificada
en las montañas de Sión y Moria. Este
fuerte se llamaba Jebus, y a sus habitantes se les conocía por el nombre de
jebuseos. Durante varios siglos, se
había considerado a Jebus como inexpugnable; pero fue sitiado y tomado por los
hebreos bajo el mando de Joab, a quien, como premio por su valor, se le hizo
comandante en jefe de los ejércitos de Israel.
Jebus se convirtió en la capital nacional, y su nombre pagano fue
cambiado al de Jerusalén.
Entonces Hiram, rey de la rica ciudad de Tiro,
situada en la costa del Mediterráneo, procuró hacer alianza con el rey de
Israel, y prestó ayuda a David en la construcción de un palacio en Jerusalén. Envió de Tiro embajadores acompañados de
arquitectos y trabajadores y de un gran cargamento de maderas costosas, cedros
y otros materiales valiosos.
El aumento del poderío de Israel debido a su unión
bajo el gobierno de David, la adquisición de la fortaleza de Jebus, y la
alianza con Hiram, rey de Tiro, provocaron la hostilidad de los filisteos, y
nuevamente invadieron el país con un poderoso ejército, tomando posiciones en
el valle de Rafaím, a poca distancia de la ciudad de Jerusalén. David y sus hombres de guerra se retiraron a
la fortaleza de Sión, a esperar la dirección divina. "Entonces consultó David a Jehová, diciendo: ¿Iré contra los
Filisteos? ¿los entregarás en mis manos? Y Jehová respondió a David: Ve, porque
ciertamente entregaré los Filisteos en tus manos." (2 Sam. 5: 17-25)
David avanzó inmediatamente contra el enemigo, lo
venció y destruyó, y le quitó los dioses que había llevado al campo de batalla
para asegurar su victoria. Exasperados
por la humillación de su derrota, los filisteos reunieron una fuerza aún mayor,
y volvieron al conflicto. Y otra vez
"extendiéronse por el valle de Raphaim." Nuevamente David buscó al
Señor, y el gran YO SOY asumió la dirección de los ejércitos de Israel.
Dios le dio instrucciones a David, diciéndole:
"No subas; mas rodéalos, y vendrás a ellos por delante de los morales: y
cuando oyeras un estruendo que irá por las copas de los morales, entonces te
moverás; porque Jehová saldrá delante de ti a herir el campo de los
Filisteos." Si David hubiera hecho como Saúl, es decir, hubiese decidido
por su cuenta, el éxito no le habría acompañado. Pero hizo como el Señor le había ordenado, "e hirieron el
campo de los Filisteos desde Gabaón hasta Gezer. Y la fama de David fue divulgada por todas aquellas tierras: y
puso Jehová temor de David sobre todas las gentes." (1 Crón. 14: 16, 17.)
Una vez que David estuvo firmemente establecido en el
trono, y libre de la invasión de enemigos extranjeros, quiso lograr un
propósito que había abrigado por mucho tiempo en su corazón: el de traer el
arca de Dios a Jerusalén. Durante
muchos años, el arca había permanecido en Kiriath-jearim, a unos quince
kilómetros de distancia; pero era propio que la capital de la nación fuera
honrada con el símbolo de la presencia divina.
David citó a treinta mil de los hombres principales
de Israel, pues quería hacer de la ocasión una escena de gran regocijo e
imponente ostentación. El pueblo
respondió alegremente a la invitación. El
sumo sacerdote, acompañado de sus hermanos en el cargo sagrado, y los príncipes
y hombres principales de las tribus se congregaron en Kiriath-jearim. David estaba encendido de celo divino. Se sacó el arca de la casa de Abinadab, y se
la puso sobre una carreta nueva tirada por bueyes, y acompañada por dos de los hijos
de Abinadab.
Los hombres de Israel la seguían, con gritos de
alabanza y de regocijo, y con cantos de júbilo, pues era una gran multitud de
voces la que se unía a la melodía y el sonido de los instrumentos musicales. "Así David y toda la casa de Israel
llevaban el arca de Jehová con júbilo y sonido de trompeta." (Véase 2
Samuel 6.) Hacía mucho que Israel no presenciaba semejante escena de triunfo. Con regocijo solemne, la enorme procesión
iba serpenteando entre las colinas y los valles, hacia la ciudad santa.
Pero "cuando llegaron a la era de Nachón, Uzza
extendió la mano al arca de Dios, y túvola; porque los bueyes daban sacudidas. Y el furor de Jehová se encendió contra
Uzza, e hiriólo allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al
arca de Dios."
Un temor repentino se apoderó de la regocijada
multitud. David se asombró y alarmó, y
en su corazón puso en tela de juicio la justicia de Dios. El procuraba honrar el arca como símbolo de
la presencia divina. ¿Por qué,
entonces, se había mandado aquel terrible castigo para que cambiara la escena
de alegría en una ocasión de dolor y luto? Creyendo que seria peligroso tener
el arca cerca de sí, David resolvió dejarla donde estaba. Se encontró un lugar en las cercanías, en la
casa del geteo Obed-edom.
La suerte de Uzza fue un castigo divino por la
violación de un mandamiento muy explícito.
Por medio de Moisés el Señor había dado instrucciones especiales acerca
de cómo transportar el arca. Sólo los
sacerdotes, descendientes de Aarón, podían tocarla, o aun mirarla descubierta. El mandamiento divino era el siguiente:
"Vendrán . . . los
hijos de Coath para conducir: mas no tocarán cosa santa, que morirán."
(Núm. 4: 15.) Los sacerdotes habían de
cubrir el arca, y luego los coatitas debían levantarla mediante los palos que
pasaban por los anillos de cada lado del arca, y que nunca se quitaban. A los hijos de Gersón y de Merari, que
tenían a su cargo las cortinas y las tablas y los pilares del tabernáculo,
Moisés les dio carretas y bueyes para que transportaran en éstas lo que se les
había encomendado a ellos. "Y a
los hijos de Coath no dio; porque llevaban sobre sí en los hombros el servicio
del santuario." (Núm. 7: 9.) Así
al traer el arca de Kiriath-jearim se habían pasado por alto en forma directa e
inexcusable las instrucciones del Señor.
David y su pueblo se habían congregado para llevar a
cabo una obra sagrada, y la habían emprendido con corazón alegre y voluntario;
pero el Señor no podía aceptar el servicio, porque no se cumplía de acuerdo con
sus instrucciones. Los filisteos, que
no conocían la ley de Dios, habían puesto el arca sobre una carreta cuando la
devolvieron a Israel, y el Señor aceptó el esfuerzo que ellos habían hecho. Pero los israelitas tenían en sus manos una
declaración precisa de lo que Dios quería en estos asuntos, y al descuidar
estas instrucciones deshonraban a Dios.
Uzza incurrió en la culpa mayor de presunción. Al transgredir la ley de Dios había
aminorado su sentido de la santidad de ella, y con sus pecados inconfesos, a pesar
de la prohibición divina, había presumido tocar el símbolo de la presencia de
Dios. Dios no puede aceptar una
obediencia parcial ni una conducta negligente con respecto a sus mandamientos. Mediante el castigo infligido a Uzza, quiso
hacer comprender a todo Israel cuán importante es dar estricta obediencia a sus
requisitos. Así la muerte de ese solo
hombre, al inducir al pueblo a arrepentirse, había de evitar la necesidad de
aplicar castigos a miles.
Al ver caer a Uzza, David, reconociendo que su propio
corazón no estaba del todo en armonía con Dios, tuvo temor al arca, no fuese
que alguno de sus pecados le acarreara castigos. Pero Obed-edom, aunque se alegró temblando, dio la bienvenida al
sagrado símbolo como garantía del favor de Dios a los obedientes. La atención de todo Israel se dirigió ahora
hacia el geteo y su casa, para observar cómo les iría con el arca. "Y bendijo Jehová a Obed-edom y a toda
su casa."
La reprensión divina realizó su obra en David. Le indujo a comprender como nunca antes la
santidad de la ley de Dios, y la necesidad de obedecerla estrictamente. El favor manifestado a la casa de Obed-edom
infundió nuevamente en David la esperanza de que el arca pudiera reportarle
bendiciones a él y a su pueblo.
Al cabo de tres meses, resolvió hacer un nuevo
esfuerzo para transportar el arca, y esta vez tuvo especial cuidado de cumplir
en todo detalle las instrucciones del Señor.
Volvió a convocar a todos los hombres principales de la nación, y una
congregación enorme se reunió alrededor de la morada del geteo. Con cuidado reverente se colocó el arca en
los hombros de personas divinamente designadas; la multitud se puso en fila, y
con corazones temblorosos los que participaban en la vasta procesión se
pusieron en marcha. Cuando habían
andado seis pasos, sonaba la trompeta mandando hacer alto. Por orden de David, se habían de ofrecer
"un buey y un carnero grueso." El regocijo reinaba en lugar del temor
entre la multitud. El rey había puesto
a un lado los hábitos regios, y se había vestido de un efod de lino sencillo,
como el que llevaban los sacerdotes. No
quería indicar por este acto que asumía las funciones sacerdotales, pues el
efod era llevado a veces por otras personas además de los sacerdotes. Pero en este santo servicio tomaba su lugar,
ante Dios, en igualdad de condiciones con sus súbditos. 766 En ese día debía adorarse a Jehová. Era el único que debía recibir reverencia.
Nuevamente el largo séquito se puso en movimiento, y
flotó hacia el cielo la música de arpas y cometas, de trompetas y címbalos,
fusionada con la melodía de una multitud de voces. En su regocijo, David "saltaba con toda su fuerza delante de
Jehová," al compás de la música.
El hecho de que, en su alegría reverente, David bailó
delante de Dios ha sido citado por los amantes de los placeres mundanos para
justificar los bailes modernos; pero este argumento no tiene fundamento. En nuestros días, el baile va asociado con
insensateces y festines de medianoche. La
salud y la moral se sacrifican en aras del placer. Los que frecuentan los salones de baile no hacen de Dios el
objeto de su contemplación y reverencia.
La oración o los cantos de alabanza serían considerados intempestivos en
esas asambleas y reuniones. Esta prueba
debiera ser decisiva. Los cristianos
verdaderos no han de procurar las diversiones que tienden a debilitar el amor a
las cosas sagradas y a aminorar nuestro gozo en el servicio de Dios. La música y la danza de alegre alabanza a
Dios mientras se transportaba el arca no se asemejaban para nada a la
disipación de los bailes modernos. Las
primeras tenían por objeto recordar a Dios y ensalzar su santo nombre. Los segundos son un medio que Satanás usa
para hacer que los hombres se olviden de Dios y le deshonren.
En seguimiento del símbolo de su Rey invisible, la
procesión triunfal se aproximó a la capital.
Se produjo entonces una explosión de cánticos, para pedir a los
espectadores que estaban en las murallas que las puertas de la ciudad santa se
abrieran de par en par:
"Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y alzaos
vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria."
Un grupo de cantantes y músicos preguntó: "¿Quién es este Rey de gloria?"
Y de otro grupo partió la respuesta: "Jehová el
fuerte y valiente, "Jehová el fuerte y el valiente, Jehová el poderoso en
batalla."
Entonces centenares de voces, al unísono, se unieron
al coro triunfal: "Alzad, oh
puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey
de gloria."
Nuevamente se oyó la regocijada pregunta: "¿Quién es este Rey de gloria?"
Y "como ruido de muchas aguas" se oyó la
voz de la gran multitud en contestación, arrobada:
"Jehová de los ejércitos, El es el Rey de la
gloria." (Sal. 24: 7-10.)
Entonces las puertas se abrieron de par en par; entró
la procesión, y con temor reverente se depositó el arca en la tienda que había
sido preparada de antemano para recibirla.
Delante del recinto sagrado, se habían erigido altares para los
sacerdotes y ascendió al cielo el humo de los holocaustos y de las ofrendas de
paz con las nubes de incienso y las alabanzas y las súplicas y oraciones de
Israel. Terminado el servicio, el rey
mismo pronunció una bendición sobre el pueblo.
Luego con generosidad regia hizo distribuir regalos de alimentos y de
vino para su refrigerio.
Todas las tribus habían estado representadas en este
servicio, cuya celebración había sido el acontecimiento más sagrado que hasta
entonces señalara el reinado de David. El
Espíritu de la inspiración divina había reposado sobre el rey, y mientras los
últimos rayos del sol poniente bañaban el tabernáculo con luz santificada elevó
él su corazón en gratitud hacia Dios porque el símbolo bendito de su presencia
estaba ahora tan cerca del trono de Israel.
Meditando así, David se volvió hacia su palacio,
"para bendecir su casa." Pero alguien había presenciado la escena de
regocijo con un espíritu muy diferente del que impulsó el corazón de David. "Y como el arca de Jehová llegó a la
ciudad de David, aconteció que Michal hija de Saúl, miró desde una ventana, y
vio al rey David que saltaba con toda su fuerza delante de Jehová: y
menosprecióle en su corazón." En la amargura de su ira, ella no pudo
aguardar el regreso de David al palacio, sino que salió a su encuentro, y
cuando él la saludó bondadosamente, soltó un torrente de palabras amargas
pronunciadas en tono mordaz, diciendo: "¡Cuán honrado ha sido hoy el rey
de Israel, desnudándose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se
desnudara un juglar!"
David consideró que Mical había menospreciado y
deshonrado el servicio de Dios, y le contestó severamente: "Delante de
Jehová, que me eligió más bien que a tu padre y a toda tu casa, mandándome que
fuese príncipe sobre el pueblo de Jehová, sobre Israel, danzaré delante de
Jehová. Y aún me haré más vil que esta
vez, y seré bajo a mis propios ojos y delante de las criadas que dijiste,
delante de ellas seré honrado." Al reproche de David se agregó el del
Señor: A causa de su orgullo y arrogancia, Mical "nunca tuvo hijos hasta
el día de su muerte."
Las ceremonias solemnes que acompañaron el traslado
del arca habían hecho una impresión duradera sobre el pueblo de Israel, pues
despertaron un interés más profundo en el servicio del santuario y encendieron
nuevamente su celo por Jehová. Por
todos los medios que estaban a su alcance, David trató de ahondar estas
impresiones. El servicio de canto fue
hecho parte regular del culto religioso, y David compuso salmos, no sólo para
el uso de los sacerdotes en el servicio del santuario, sino también para que
los cantara el pueblo mientras iba al altar nacional para las fiestas anuales. La influencia así ejercida fue muy
abarcante, y contribuyó a liberar la nación de las garras de la idolatría. Muchos de los pueblos vecinos, al ver la
prosperidad de Israel, fueron inducidos a pensar favorablemente en el Dios de
Israel, que había hecho tan grandes cosas para su pueblo.
El tabernáculo construido por Moisés, con todo lo que
pertenecía al servicio del santuario, a excepción del arca, estaba aún en Gabaa. David quería hacer de Jerusalén el centro
religioso de la nación. Había
construido un palacio para si, y consideraba que no era apropiado que el arca
de Dios reposara en una tienda. Resolvió
construirle un templo de tal suntuosidad que expresara cuánto apreciaba Israel
el honor otorgado a la nación con la presencia permanente de su Rey Jehová. Cuando comunicó su propósito al profeta
Natán, recibió esta respuesta alentadora: "Anda, y haz todo lo que está en
tu corazón, que Jehová es contigo."
Pero esa noche llegó a Natán la palabra de Jehová y
le dio un mensaje para el rey. David no
había de tener el privilegio de construir una casa para Dios, pero le fue
asegurado el favor divino, a él, a su posteridad y al reino de Israel:
"Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé de la majada, de detrás
de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel; y he
sido contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he talado todos tus
enemigos, y te he hecho nombre grande, como el nombre de los grandes que son en
la tierra. Además yo fijaré lugar a mi
pueblo Israel, yo lo plantaré, para que habite en su lugar, y nunca más sea
removido, ni los inicuos le aflijan mas, como antes." (Véase 2 Samuel 7.)
Como David había deseado construir una casa para
Dios, le fue hecha esta promesa: "Jehová te hace saber, que él te quiere
hacer casa. . . . Yo estableceré tu simiente después de ti. . . . El
edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su
reino."
La razón por la cual David no había de construir el
templo fue declarada así: "Tú has derramado mucha sangre, y has traído
grandes guerras: no edificarás casa a mi nombre, . . . he aquí, un hijo te nacerá, el cual será
varón de reposo, porque yo le daré quietud de todos sus enemigos; . . . su nombre será Salomón [pacífico]; y yo daré
paz y reposo sobre Israel en sus días: él edificará casa a mi nombre." (1
Crón. 22: 8-10.)
Aunque le fue negado el permiso para ejecutar el
propósito que había en su corazón, David recibió el mensaje con gratitud "Señor
Jehová -exclamó,- ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me traigas hasta
aquí? Y aun te ha parecido poco esto, Señor Jehová, pues que también has
hablado de la casa de tu siervo en lo por venir," y renovó su pacto con
Dios.
David sabía que sería un honor para él, y que
reportaría gloria a su gobierno, el llevar a cabo la obra que se había
propuesto en su corazón; pero estaba dispuesto a someterse a la voluntad de
Dios.
Muy raras veces se ve aun entre los cristianos la
resignación agradecida que él manifestó.
¡Cuán a menudo los que sobrepasaron los años de más vigor en la vida se
aferran a la esperanza de realizar alguna gran obra a la que aspiran de todo
corazón, pero para la cual no están capacitados! Es posible que la providencia
de Dios les hable, tal como le habló su profeta a David y les advierta que la
obra que tanto desean no les ha sido encomendada. Les toca preparar el camino para que otro realice la obra. Pero en vez de someterse con agradecimiento
a la dirección divina, muchos retroceden como si fueran menospreciados y
rechazados, y deciden que si no pueden hacer lo que desean, no harán nada. Muchos se aferran con energía desesperada a
responsabilidades que son incapaces de llevar y en vano procuran hacer algo
imposible para ellos, mientras descuidan lo que pudieran hacer. Y por falta de cooperación, la obra mayor es
estorbada o se frustra.
En su pacto con Jonatán, David había prometido que
cuando tuviera descanso de sus enemigos, manifestaría bondad hacia la casa de
Saúl. En su prosperidad, teniendo en
cuenta este pacto, el rey preguntó: "¿Ha quedado alguno en la casa de
Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonathán?" (Véase 2 Samuel
9, 10.) Se le habló de un hijo de Jonatán, Mefi-boseth, quien había sido cojo
desde la niñez.
En la fecha de la derrota de Saúl, por los filisteos
en la llanura de Jezreel, la nodriza de este niño, tratando de huir con el lo
había dejado caer, y como consecuencia quedó él lisiado para toda la vida. David hizo traer al joven a la corte, y le
recibió con mucha bondad. Se le
devolvieron las propiedades particulares de Saúl para el mantenimiento de su
casa; pero el hijo de Jonatán había de ser huésped permanente del rey y
sentarse diariamente a la mesa real. Los
informes propalados por los enemigos de David, habían creado en Mefi-boseth
fuertes prejuicios contra él y lo consideraba usurpador, pero la recepción
generosa y cortés que le acordó el monarca, y sus bondades continuas ganaron el
corazón del joven; se hizo muy amigo de David, y como su padre Jonatán, se
convenció de que tenia el mismo interés que el rey escogido por Dios.
Una vez que David se hubo afianzado en el trono de
Israel, la nación gozó de un largo periodo de paz. Los pueblos vecinos, viendo la fortaleza y la unidad del reino,
no tardaron en creer prudente desistir de las hostilidades abiertas; y David,
ocupado con la organización y el desarrollo de su reino, evitó toda guerra
agresiva. Sin embargo, hizo finalmente
la guerra a los viejos enemigos de Israel, los filisteos, y a los moabitas, y
logró la victoria sobre ambos pueblos y los sujetó a tributo.
Todas las naciones vecinas formaron entonces contra
David una gran coalición, que dio origen a las mayores guerras y victorias de
su reinado, y al mayor incremento de su poder.
Esta alianza hostil, que surgió en realidad de los celos inspirados por
el creciente poder de David, no había sido provocada por él, sino que nació de
estas circunstancias:
Llegaron a Jerusalén noticias de la muerte de Naas,
rey de los amonitas y monarca que había sido bondadoso con David cuando éste
huía de la ira de Saúl. Deseando
expresar su aprecio agradecido del favor que se le había hecho cuando estaba en
desgracia, David envió una embajada de condolencia a Hanún, hijo y sucesor del
rey amonita. "Y dijo David: Yo
haré misericordia con Hanún, hijo de Naas, como su padre la hizo conmigo."
Pero su acto de cortesía fue mal interpretado. Los amonitas aborrecían al verdadero Dios, y
eran acerbos enemigos de Israel. La aparente
bondad de Naas para con David había sido motivada enteramente por la hostilidad
hacia Saúl, rey de Israel. Los
consejeros de Hanún torcieron el significado del mensaje de David. "Dijeron a Hanún su señor: ¿Te parece
que por honrar David a tu padre te ha enviado consoladores? ¿no ha enviado
David sus siervos a ti por reconocer e inspeccionar la ciudad, para
destruirla?"
Medio siglo antes las instrucciones de sus consejeros
indujeron a Naas a imponer sus crueles condiciones al pueblo de Jabes de Galaad,
cuando la sitiaban los amonitas, y sus habitantes solicitaron un pacto de paz. Naas había exigido que se sometieran todos a
que se les sacase el ojo derecho. Los
amonitas aun recordaban vívidamente cómo el rey de Israel había frustrado aquel
cruel propósito, y había rescatado a la gente a la que ellos querían humillar y
mutilar. Los animaba todavía el mismo
odio hacia Israel. No podían concebir
el espíritu generoso que había inspirado el mensaje de David.
Cuando Satanás domina las mentes humanas, las incita
a la envidia y las sospechas para que interpreten mal las mejores intenciones. Escuchando a sus consejeros, Hanún consideró
a los mensajeros de David como espías, y los abrumó de desprecios e insultos. A los amonitas se les permitió ejecutar sin
restricción los malos designios de su corazón, para que su verdadero carácter
fuese revelado a David. Dios no quería
que Israel se coligara con ese pueblo pagano y pérfido.
En los tiempos antiguos, como ahora, el cargo de
embajador era considerado sagrado. De conformidad
con el derecho universal de las naciones, aseguraba protección contra la
violencia y los insultos personales. El
embajador era representante de su soberano, y cualquier indignidad que se le
infligiese exigía prontas represalias. Sabiendo
los amonitas que el insulto hecho a Israel sería seguramente vengado, hicieron
preparativos para la guerra. "Y
viendo los hijos de Ammón que se habían hecho odiosos a David, Hanán y los
hijos de Ammón enviaron mil talentos de plata, para tomar a sueldo carros y
gente de a caballo de Siria de los ríos, y de la Siria de Maachá, y de Soba. Y tomaron a sueldo treinta y dos mil carros. . . . Y
juntáronse también los hijos de Ammón de sus ciudades, y vinieron a la
guerra." (1 Crón. 19: 6, 7.)
Era en verdad una alianza formidable. Los habitantes de la región situada entre el
río Eufrates y el Mediterráneo habían hecho una liga con los amonitas. Había al norte y al este de Canaán enemigos
armados, unidos para aplastar a Israel.
Los hebreos no esperaron que fuera invadido su país. Sus fuerzas, bajo el mando de Joab, cruzaron
el Jordán y avanzaron hacia la capital amonita. Mientras el capitán hebreo dirigía su ejército al campo, procuró
asentarlo para el conflicto, diciéndole: "Esfuerzate, y esforcémonos por
nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien
le pareciera." (Vers. 13.) Las
fuerzas unidas de los aliados fueron vencidas en el primer encuentro. Pero aun no estaban dispuestas a renunciar a
la lucha, y el año siguiente reanudaron la guerra. El rey de Siria reunió sus fuerzas, y amenazó a Israel con un
ejército enorme. David, dándose cuenta
de cuánto dependía del resultado de esta lucha, se encargó personalmente de la
campaña, y por la bendición de Dios infligió a los aliados una derrota tan
desastrosa que los sirios, desde el Líbano hasta el Eufrates, no sólo
renunciaron a la guerra, sino que pagaron tributo a Israel. David prosiguió con vigor la guerra contra
Ammón, hasta que cayeron sus fortalezas y toda la región quedó bajo el dominio
de Israel.
Los peligros que habían amenazado a la nación con la
destrucción total, resultaron, mediante la providencia de Dios, en medios de
llevarla a una grandeza sin precedente.
Al conmemorar sus notorios libramientos, David cantó así:
"Viva Jehová, y sea bendita mi roca; Y ensalzado
sea el Dios de mi salud: El Dios que me
da las venganzas, Y sujetó pueblos a mí.
Mi libertador de mis enemigos: Hicísteme también superior de mis
adversarios; Librásteme de varón violento. Por tanto yo te confesaré entre las
gentes, oh Jehová, Y cantaré a tu
nombre. El cual engrandece las saludes de su rey, Y hace misericordia a su
ungido, A David y a su simiente, para siempre." (Sal. 18: 46-50.)
Y mediante los cantos de David se inculcó al pueblo
el pensamiento de que Jehová era su fortaleza y su libertador:
"El rey no es salvo con la multitud del
ejército: No escapa el valiente por la
mucha fuerza. Vanidad es el caballo para salvarse: Por la grandeza de su fuerza no librará."
"Tú, oh Dios, eres mi Rey: Manda saludes a Jacob por medio de ti
sacudiremos a nuestros enemigos: En tu
nombre atropellaremos a nuestros adversarios.
Porque no confiaré en mi arco, Ni mi espada me salvará. Pues tú nos has guardado de nuestros
enemigos, y has avergonzado a los que nos aborrecían."
"Estos confían en carros, y aquellos en
caballos: Mas nosotros del nombre de
Jehová nuestro Dios tendremos memoria." (Sal. 33: 16, 17; 44: 4-7; 20: 7.)
El reino de Israel había alcanzado ahora en extensión
el cumplimiento de la promesa hecha a Abrahán, y repetida después a Moisés:
"A tu simiente daré esta tierra desde el río de Egipto hasta el río
grande, el río Eufrates." (Gén. 15:
18; Deut. 11: 22-25.) Israel se había
convertido en una nación poderosa, respetada y temida de los pueblos vecinos. En su propio reino, el poder de David se
había hecho muy grande. Gozaba de los
afectos y de la lealtad de su pueblo como muy pocos soberanos, de cualquier
época, los han podido gozar. Había
honrado a Dios, y ahora Dios le honraba a él.
Pero en medio de la prosperidad acechaba el peligro. En la época de mayor triunfo exterior, David estaba en mayor de los peligros, y sufrió la derrota más humillante de su vida.