LA MUERTE de Saúl eliminó los peligros que habían
obligado a David a permanecer en el destierro.
Ya no había nada que le impidiera volver a su tierra. Cuando terminaron los días de luto por la
muerte de Saúl y Jonatán, "David consultó a Jehová, diciendo: ¿Subiré a
alguna de las ciudades de Judá? Y Jehová le respondió: Sube. Y David tornó a decir: ¿Adónde subiré? Y él
le dijo: A Hebrón." (Véase 2 Samuel 2-4; 5: 1-10.)
Hebrón se hallaba a unos treinta kilómetros al norte
de Beer-seba, y como a medio camino entre esa ciudad y el sitio futuro de
Jerusalén. Originalmente se la llamaba
Kiriath-Arba, "ciudad de Arba," padre de Anac. Más tarde fue llamada Mamré, y era el sitio
donde estaban sepultados los patriarcas, en "la cueva de Macpela."
Hebrón había sido posesión de Caleb, y era ahora la ciudad principal de Judá. Estaba situada en un valle rodeado de
fértiles colinas y tierras fructíferas.
Los viñedos más hermosos de Palestina se encontraban en sus linderos,
así como también muchos olivares y plantaciones de árboles frutales.
David y sus compañeros se dispusieron inmediatamente
a obedecer las instrucciones que habían recibido de Dios. Pronto los seiscientos hombres armados, con
sus esposas e hijos, sus rebaños y manadas, estaban en camino hacia Hebrón. Al entrar la caravana en la ciudad, los
hombres de Judá la aguardaban para dar la bienvenida a David y saludarlo como
al futuro rey de Israel. En seguida se
hicieron arreglos para su coronación. "Y
ungieron allí a David por rey sobre la casa de Judá." Pero no se hizo
ningún esfuerzo para establecer su autoridad por medio de la fuerza sobre las
otras tribus.
Uno de los primeros actos del monarca recién coronado
consistió en expresar su tierna consideración y afecto por la memoria de Saúl y
Jonatán. Al saber del acto heroico de
los hombres de Jabes de Galaad, que habían rescatado los cuerpos de los jefes
caídos en la batalla y les habían dado sepultura honorable, David envió a Jabes
una embajada con el siguiente mensaje: "Benditos seáis vosotros de Jehová,
que habéis hecho esta misericordia con vuestro señor Saúl en haberle dado
sepultura. Ahora pues, Jehová haga con
vosotros misericordia y verdad; y yo también os haré bien por esto que habéis
hecho." Anunció luego su ascensión al trono de Judá, y solicitó la lealtad
de quienes habían demostrado tanta sinceridad.
Los filisteos no se opusieron al acuerdo de Judá para
hacer rey a David. Le habían
manifestado amistad cuando estaba desterrado, para molestar y debilitar el
reino de Saúl, y ahora esperaban que, gracias a la bondad que habían mostrado a
David, los beneficiaria la extensión de su poder. Pero el reinado de David no había de ser exento de dificultades. Con su coronación empezaron los anales
negros de la conspiración y de la rebelión.
David no se sentó en el trono como traidor; Dios le había escogido para
ser rey de Israel, y no había dado ocasión para la desconfianza o la oposición. Sin embargo, apenas reconocieron su
autoridad los hombres de Judá, cuando bajo la influencia de Abner, Is-boseth,
el hijo de Saúl, fue proclamado rey, y se estableció un trono rival en Israel.
Is-boseth no era sino un débil e incompetente
representante de la casa de Saúl, en tanto que David era preeminentemente
capacitado para desempeñar las responsabilidades del reino. Abner, el principal instrumento de la
elevación de Is-boseth al poder regio, había sido comandante en jefe del
ejército de Saúl, y era el hombre más distinguido de Israel. Abner sabía que David había sido designado por
el Señor para ocupar el trono de Israel, pero habiéndole buscado y perseguido
por tanto tiempo, no quería ahora que el hijo de Isaí sucediera en el reino que
Saúl había gobernado.
Las circunstancias que rodeaban a Abner sirvieron
para desenmascarar su verdadero carácter, y revelaron que era ambicioso y falto
de principios. Había estado vinculado
estrechamente con Saúl, y en él había influido el espíritu del rey para hacerle
despreciar al hombre que Dios había escogido para que gobernara a Israel. El odio que le tenía había aumentado por el
mordaz reproche que David le había dirigido cuando quitó del lado de Saúl el
jarro de agua y la lanza del rey, mientras éste dormía en su campamento. Recordaba cómo David había gritado a oídos
del rey y del pueblo de Israel: "¿No eres varón tú? ¿Y quién hay como tú
en Israel? ¿Por qué pues no has guardado al rey tu señor?. . . Esto que has hecho, no está bien. Vive Jehová, que sois dignos de muerte, que
no habéis guardado a vuestro señor, al ungido de Jehová." (1 Sam. 26: 15, 16.) Este reproche se había clavado
en su pecho; decidió llevar a cabo sus propósitos de venganza, y crear una
división en Israel que pudiera exaltarle.
Se valió de los representantes del monarca fallecido para fomentar sus
ambiciones y fines egoístas. Sabia que
el pueblo amaba a Jonatán, que se le recordaba con afecto, y las primeras
campañas victoriosas de Saúl no habían sido olvidadas por el ejército. Con una decisión digna de una causa mejor,
este jefe rebelde siguió adelante con sus planes.
Como residencia real, eligió Mahanaim, localidad
situada al otro lado del Jordán, porque ofrecía más seguridad contra un ataque
de parte de David o los filisteos. Allí
se realizó la coronación de Is-boseth. Su
reinado fue aceptado primeramente por las tribus del este del Jordán, y se
extendió finalmente por toda la tierra de Israel a excepción de Judá. Durante dos años el hijo de Saúl gozó de los
honores reales en su capital aislada. Pero
Abner, resuelto a extender su poder sobre todo Israel, preparó una guerra de
agresión. "Y hubo larga guerra
entre la casa de Saúl y la casa de David, mas David se iba fortificando, y la
casa de Saúl iba en disminución."
Por último, la perfidia derrocó el trono que la
malicia y la ambición habían establecido.
Abner, indignado contra la debilidad y la incompetencia de Is-boseth,
desertó y se pasó a las filas de David, con el ofrecimiento de traerle todas
las tribus de Israel. Las propuestas
que hizo Abner fueron aceptadas por el rey, quien lo despachó con honor para
que llevara a cabo su propósito. Pero
el favorable recibimiento de un guerrero tan valiente y tan famoso despertó los
celos de Joab, el comandante en jefe del ejército de David. Había pendiente una cuenta de sangre entre
Abner y Joab. El hermano de éste,
Asael, había sido muerto por aquél, durante la guerra entre Israel y Judá. Ahora Joab, viendo una oportunidad de vengar
la muerte de su hermano y de deshacerse de un posible rival, vilmente aprovechó
la oportunidad de acechar y asesinar a Abner.
Al saber de este asalto alevoso, David exclamó:
"Limpio estoy yo y mi reino, por Jehová, para siempre, de la sangre de
Abner hijo de Ner. Caiga sobre la
cabeza de Joab, y sobre toda la casa de su padre." En vista de la
condición inestable del reino, y del poder y la posición de los asesinos pues
Abisaí, hermano de Joab, se le había unido en el hecho, David no pudo castigar
el crimen con justa retribución; pero repudio públicamente el aborrecible hecho
sangriento. El entierro de Abner se
hizo con honores públicos. Se requirió
del ejército encabezado por Joab, que tomara parte en los funerales, con
hábitos rasgados y vistiendo sacos. El
rey manifestó su dolor ayunando durante el día del entierro. Siguió el féretro como principal doliente; y
en la tumba de él pronunció una elegía que fue un duro reproche para los
asesinos, "Y endechando el rey al mismo Abner, decía:
"¿Murió Abner como muere un villano? Tus manos no estaban atadas, Ni tus pies
ligados con grillos: Caíste como los
que caen delante de malos hombres."
El reconocimiento magnánimo por parte de David del
valor de quien había sido su enemigo acérrimo, le ganó la confianza y la
admiración de todo Israel. "Súpolo
así todo el pueblo, y plugo en sus ojos; porque todo lo que el rey hacía
parecía bien en ojos de todo el pueblo.
Y todo el pueblo y todo Israel entendieron aquel día, que no había
venido del rey que Abner hijo de Ner muriese." En el círculo privado de
sus consejeros y asistentes de confianza, el rey habló del crimen, y,
reconociendo que no le era posible castigar a los asesinos, como lo deseaba,
les dejó a la justicia de Dios: "¿No sabéis que ha caído hoy en Israel un
príncipe, y grande? Que yo ahora aun soy tierno rey ungido; y estos hombres, los
hijos de Sarvia, muy duros me son: Jehová dé el pago al que mal hace, conforme
a su malicia."
Abner había sido sincero en sus ofrecimientos a
David, pero sus móviles eran viles y egoístas.
Se había opuesto obstinadamente al rey que Dios había designado, con la
esperanza de obtener mucho honor para sí.
El resentimiento, el orgullo herido y la ira fueron los motivos que le
indujeron a abandonar la causa que por tanto tiempo había servido; y al pasarse
a las filas de David esperaba recibir el puesto de más honor en su servicio. Si hubiera tenido éxito en su propósito, sus
talentos y su ambición, su gran influencia y su falta de piedad, habrían hecho
peligrar el trono de David así como la paz y prosperidad de la nación.
"Luego que oyó el hijo de Saúl que Abner había
sido muerto en Hebrón, las manos se le descoyuntaron, y fue atemorizado todo
Israel." Era evidente que el reino no podría sostenerse ya mucho más. Muy pronto otro acto de traición completó la
caída del poder decreciente. Is-boseth
fue asesinado alevosamente por dos de sus capitanes, quienes, cortándole la
cabeza, se apresuraron a llevársela al rey de Judá, esperando así congraciarse
con él y ganar su favor.
Se presentaron a David con el testimonio sangriento
de su crimen, diciendo: "He aquí la cabeza de Is-boseth hijo de Saúl tu
enemigo, que procuraba matarte; y Jehová ha vengado hoy a mi señor el rey, de
Saúl y de su simiente."
Pero David cuyo trono había sido establecido por Dios
mismo, y a quien Dios había librado de sus adversarios, no deseaba la ayuda de
la traición para establecer su poder. Mencionó
a estos asesinos la suerte fatal que impuso al que se jactara de haber dado
muerte a Saúl. "¿Cuánto más
-añadió-[he de matar] a los malos hombres que mataron a un hombre justo en su
casa, y sobre su cama? Ahora pues, ¿no tengo yo de demandar su sangre de
vuestras manos, y quitaros de la tierra? Entonces David mandó a los mancebos, y
ellos los mataron. . . . Luego tomaron la cabeza de Is-boseth, y
enterráronla en el sepulcro de Abner en Hebrón."
Después de la muerte de Is-boseth, hubo entre todos
los hombres principales de Israel el deseo general de que David reinase sobre
todas las tribus. "Y vinieron
todas las tribus de Israel a David en Hebrón, y hablaron, diciendo: He aquí
nosotros somos tus huesos y tu carne." Declararon además: "Tú sacabas
y volvías a Israel. Además Jehová te ha
dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel, y tú serás sobre Israel príncipe. Vinieron pues todos los ancianos de Israel
al rey en Hebrón, y el rey David hizo con ellos alianza en Hebrón delante de
Jehová." Así fue abierto por la providencia de Dios el camino que le
condujo al trono. No tenía ambición
personal que satisfacer, puesto que no había buscado el honor al cual se le
había llevado.
Más de ocho mil de los descendientes de Aarón y de
los levitas acompañaban a David. El
cambio que experimentaron los sentimientos del pueblo fue pronunciado y
decisivo. La revolución se llevó a cabo
con calma y dignidad como convenía a la gran obra que se estaba haciendo. Cerca de medio millón de los antiguos
súbditos de Saúl llenaron Hebrón y sus inmediaciones. Las colinas y los valles rebosaban de multitudes. Se designó la hora para la coronación; el
hombre que había sido expulsado de la corte de Saúl, que había huido a las montañas,
las colinas y las cuevas de la tierra para salvar la vida iba a recibir el
honor más alto que puedan conferir a hombre alguno sus semejantes. Los sacerdotes y los ancianos, vestidos con
los hábitos de su sagrado oficio, los capitanes y los soldados con relumbrantes
lanzas y yelmos, y los forasteros de lejanas comarcas, estaban allí para
presenciar la coronación del rey escogido.
David estaba vestido con el manto real. El sumo sacerdote derramó el aceite sagrado sobre su frente, pues la unción hecha por Samuel había sido profético de lo que sucedería en la coronación del rey. La hora había llegado, y por este rito solemne David fue consagrado en su cargo como vicegerente de Dios. El cetro fue puesto en sus manos. Se escribió el pacto de su justa soberanía, y el pueblo formuló sus promesas de lealtad. Se le colocó la diadema en la frente, y así terminó la ceremonia de la coronación. Israel tenía ahora un rey designado por Dios. El que había esperado pacientemente al Señor, vio cumplirse la promesa de Dios. "Y David iba creciendo y aumentándose, y Jehová Dios de los ejércitos era con él."