DAVID y sus hombres no habían tomado parte en la
batalla entre Saúl y los filisteos, a pesar de que habían acompañado a los
filisteos al campo de batalla. Mientras
los dos ejércitos se preparaban para el combate, el hijo de Isaí se encontró en
una situación de suma perplejidad. Se
esperaba que lidiara en favor de los filisteos. Si durante la lucha abandonaba el puesto que se le asignara, y se
retiraba del campo, no sólo se haría tachar de cobarde, sino también de ingrato
y traidor a Achis que le había protegido y había confiado en él. Una acción tal cubriría su nombre de
infamia, y le expondría a la ira de enemigos mucho más temibles que Saúl. No obstante, no podía consentir en luchar
contra Israel. Si lo hiciera sería
traidor a su país, enemigo de Dios y de su pueblo. Perdería para siempre el derecho de subir al trono de Israel; y
si mataban a Saúl en la batalla, se acusaría a David de haber causado esa
muerte.
Se le hizo entender a David que había errado el
camino. Hubiera sido mucho mejor para
él hallar refugio en las poderosas fortalezas de las montañas de Dios que entre
los enemigos declarados de Jehová y de su pueblo. Pero el Señor, en su gran misericordia, no castigó este error de
su siervo ni le dejó solo en su angustia y perplejidad; pues aunque David, al
perder su confianza en el poder divino, había vacilado y se había desviado del
sendero de la integridad estricta, seguía teniendo en su corazón el propósito
de ser fiel a Dios. Mientras que
Satanás y su hueste estaban activos y ayunaban a los adversarios de Dios y de
Israel a hacer planes contra un rey que había abandonado a Dios, los ángeles
del Señor obraban para librar a David del peligro en que había caído. Los mensajeros celestiales movieron a los
príncipes filisteos a que protestaran contra la presencia de David y de su
fuerza junto al ejército en el conflicto que se avecinaba.
"¿Qué hacen aquí estos Hebreos?" gritaron
los señores filisteos, agolpándose en derredor de Achis. (Véase 1 Samuel 29, 30.) Este, no queriendo
separarse de tan importante aliado, contestó: "¿No es éste David, el
siervo de Saúl rey de Israel, que ha estado conmigo algunos días o algunos
años, y no he hallado cosa en él desde el día que se pasó a mí hasta hoy?"
Pero los príncipes insistieron airadamente en su exigencia:
"Envía a este hombre, que se vuelva al lugar que le señalaste, y no venga
con nosotros a la batalla, no sea que en la batalla se nos vuelva enemigo:
porque ¿con qué cosa volvería mejor a la gracia de su señor que con las cabezas
de estos hombres? ¿No es este David de quien cantaban en los corros, diciendo: Saúl
hirió sus miles, y David sus diez miles?" Aun recordaban los señores
filisteos la muerte de su famoso campeón y el triunfo de Israel en aquella
ocasión. No creían que David peleara
contra su propio pueblo; y si en el ardor de la batalla, se ponía de su parte,
podría infligir a los filisteos mayores daños que todo el ejército de Saúl.
Achis se vio así obligado a ceder, y llamando a
David, le dijo: "Vive Jehová, que tú has sido recto, y que me ha parecido
bien tu salida y entrada en el campo conmigo, y que ninguna cosa mala he
hallado en ti desde el día que viniste a mí hasta hoy: mas en los ojos de los
príncipes no agradas. Vuélvete pues, y
vete en paz; y no hagas lo malo en los ojos de los príncipes de los
Filisteos."
David, temiendo traicionar sus verdaderos
sentimientos, contestó: "¿Qué he hecho? ¿qué has hallado en tu siervo
desde el día que estoy contigo hasta hoy, para que yo no vaya y pelee contra
los enemigos de mi señor el rey?"
La contestación de Achis debió causar al corazón de
David un estremecimiento de vergüenza y remordimiento al recordarle cuán
indignos de un siervo de Jehová eran los engaños hasta los cuales se había
rebajado. "Yo sé que tú eres bueno
en mis ojos, como un ángel de Dios - le dijo Achis;- mas los príncipes de los
Filisteos han dicho: No venga con nosotros a la batalla. Levántate pues de mañana, tú y los siervos
de tu señor que han venido contigo; y levantándoos de mañana, luego al amanecer
partíos." Así quedó rota la trampa en que David se había enredado, y él se
vio libre.
Después de un viaje de tres días, David y su compañía
de seiscientos hombres llegaron a Siclag, su hogar filisteo. Pero sus ojos encontraron una escena de
desolación. Los amalecitas, aprovechando
la ausencia de David y su fuerza, se habían vengado de sus incursiones en la
tierra de ellos. Habían sorprendido la
pequeña ciudad mientras estaba indefensa, y después de saquearla y quemarla,
habían partido, llevándose a todas las mujeres y los niños como cautivos, con
mucho botín.
Mudos de horror y de asombro, David y sus hombres se
quedaron un momento mirando en silencio las ruinas negras y humeantes. Luego se apoderó de ellos un sentido de
terrible desolación, y aquellos guerreros con cicatrices de antiguas batallas,
"alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para
llorar."
Con esto David era castigado nuevamente por la falta
de fe que le había llevado a colocarse entre las filas de los filisteos. Tenía ahora oportunidad de ver cuánta
seguridad había entre los enemigos de Dios y de su pueblo. Los seguidores de David se volvieron contra
él y le acusaron de ser la causa de sus calamidades. Había provocado la venganza de los amalecitas al atacarlos; y sin
embargo, confiando demasiado en su seguridad entre sus enemigos, había dejado
la ciudad sin resguardo alguno. Enloquecidos
de dolor y de ira, sus soldados estaban ahora dispuestos a tomar cualquier
medida desesperada, y hasta llegaron a amenazar con apedrear a su jefe.
David parecía privado de todo apoyo humano. Había perdido todo lo que apreciaba en la
tierra. Saúl le había expulsado de su
país; los filisteos le habían echado de su campamento; los amalecitas habían
saqueado su ciudad; sus esposas e hijos habían sido hechos prisioneros; y sus
propios amigos y familiares se habían unido contra él y hasta le amenazaban con
la muerte. En esta hora de suma
gravedad, David, en lugar de permitir que su mente se espaciara en esas
circunstancias dolorosas, imploró vehementemente la ayuda de Dios. "Se esforzó en Jehová su Dios."
Repasó su vida agitada por tantos acontecimientos. ¿En qué circunstancias le había abandonado el Señor? Su alma se
refrigeró recordando las muchas evidencias del favor de Dios. Los hombres de David, por su descontento y
su impaciencia, hacían doblemente penosa su aflicción; mas el hombre de Dios,
teniendo aun mayores motivos para acongojarse, se portó con valor. "En el día que temo, yo en ti
confío" (Sal 56: 3), fue lo que expresó su corazón. Aunque no acertaba a discernir una salida de
esta dificultad, Dios podía verla, y le enseñaría lo que debía hacer.
Mandó llamar a Abiathar, el sacerdote, hijo de
Ahimelech, y "consultó a Jehová, diciendo: ¿Seguiré esta tropa? ¿podréla
alcanzar?" La respuesta fue: "Síguela, que de cierto la alcanzarás, y
sin falta librarás la presa."
Cuando se oyeron estas palabras, el tumulto,
producido por la aflicción y por la ira, cesó.
David y sus soldados emprendieron en seguida el perseguimiento de sus
enemigos que huían. Fue tan rápida su
marcha que al llegar al arroyo de Besor, que desemboca en el Mediterráneo cerca
de Gaza, doscientos hombres de la compañía fueron obligados a rezagarse por el
cansancio. Pero David, con los
cuatrocientos restantes, siguió avanzando indómito.
Encontraron un esclavo egipcio, aparentemente
moribundo de cansancio y de hambre. Pero
al recibir alimentos y agua revivió, y se supo que lo había abandonado allí,
para que muriera, su amo cruel, un amalecita que pertenecía a la fuerza
invasora. Contó la historia del ataque
y del saqueo; y luego, habiendo obtenido la promesa de que no sería muerto ni
entregado a su amo, consintió en dirigir a la compañía de David al campamento
de sus enemigos.
Cuando avistaron el campamento, sus ojos presenciaron
una escena de francachela. Las huestes
victoriosas estaban celebrando una gran fiesta. "Y he aquí que estaban derramados sobre la haz de toda
aquella tierra, comiendo y bebiendo y haciendo fiesta, por toda aquella gran
presa que habían tomado de la tierra de los Filisteos, y de la tierra de
Judá." David ordenó atacar inmediatamente, y los perseguidores se
precipitaron con fiereza contra su presa.
Los amalecitas fueron sorprendidos y sumidos en
confusión. La batalla continuó toda
aquella noche y el siguiente día, hasta que casi toda la hueste hubo perecido. Sólo alcanzó a escapar un grupo de
cuatrocientos hombres, montados en camellos.
La palabra del Señor se había cumplido.
"Y libró David todo lo que los amalecitas habían tomado, y asimismo
libertó David a sus dos mujeres. Y no
les faltó cosa chica ni grande, así de hijos como de hijas, del robo, y de
todas las cosas que les habían tomado: todo lo recobró David."
Cuando David había invadido el territorio de los
amalecitas, había pasado a cuchillo a todos los habitantes que cayeron en sus
manos. Si no hubiera sido por el poder
refrenador de Dios, los amalecitas habrían tomado represalias destruyendo a la
gente de Siclag. Resolvieron dejar con
vida a los cautivos, para realzar más el honor de su triunfo con un gran número
de prisioneros, pero pensaban venderlos después como esclavos. Así, sin quererlo, cumplieron los propósitos
de Dios, guardando los prisioneros sin hacerles daño, para ser devueltos a sus
maridos y a sus padres.
Todos los poderes terrenales están bajo el dominio
del Ser Infinito. Al soberano más
poderoso, al opresor más cruel, les dice: "Hasta aquí vendrás, y no
pasarás adelante." (Job 38: 11.) El poder de Dios se ejerce constantemente
para contrarrestar los agentes del mal.
Obra de continuo entre los hombres, no para destruirlos, sino para
corregirlos y preservarlos Con gran regocijo, los vencedores regresaron a sus
casas. Al llegar adonde estaban los
compañeros que se habían quedado atrás, los más egoístas e indisciplinados de
los cuatrocientos insistieron en que aquellos que no habían tomado parte en la
batalla no debían compartir el botín; que era suficiente que recobraran a sus
esposas e hijos. Pero David no quiso
permitir tal arreglo. "No hagáis
eso, hermanos míos -les dijo,- de lo que nos ha dado Jehová y . . . porque igual parte ha de ser la de los que
vienen a la batalla, y la de los que quedan con el bagaje: que partan
juntamente." Así se arregló el asunto, y llegó a ser desde entonces
ordenanza de Israel que todo el que estuviera relacionado honorablemente con
una campaña militar debía participar del botín igualmente con los que habían
tomado parte activa en el combate.
Además de haber recuperado todo el botín que les
había sido tomado en Siclag, David y sus compañeros habían capturado grandes
rebaños y manadas que pertenecían a los amalecitas. Estos rebaños y manadas fueron llamados "presa de
David," y al regresar a Siclag, envió de este botín regalos a los ancianos
de su propia tribu de Judá. En esta
distribución recordó a todos los que le habían tratado amistosamente a él y a
sus compañeros cuando estaban en las montañas y se veían obligados a huir de
lugar a lugar para proteger su vida. Así
reconoció con agradecimiento la bondad y simpatía que tan preciosas habían sido
para el fugitivo perseguido.
Había llegado el tercer día de la vuelta de David y
de sus guerreros a Siclag. Mientras
trabajaban para reparar las ruinas de sus hogares, esperaban ansiosamente las
noticias del resultado de la batalla que, por lo que sabían, debía haberse
librado entre Israel y los filisteos. De
repente llegó al pueblo un mensajero, "rotos sus vestidos, y tierra sobre
su cabeza." (Véase 2 Sam. 1:
2-16.) Fue llevado en seguida a la presencia de David, ante quien se postró con
reverencia, reconociendo en él a un príncipe poderoso cuyo favor deseaba. David inquirió ansiosamente por el resultado
de la batalla. El fugitivo le informó
de la derrota y muerte de Saúl, y de la muerte de Jonatán. Pero no se conformó con relatar
sencillamente los hechos. Suponiendo
evidentemente que David debía sentir enemistad hacia su perseguidor implacable,
el forastero creyó conseguir honor para sí si se declaraba matador del rey. Con aire jactancioso el hombre prosiguió
relatando que durante el curso de la batalla había encontrado al monarca de
Israel herido, gravemente apremiado y acorralado por sus enemigos, y que, a
pedido del propio Saúl, él mismo, es decir el mensajero, le había dado muerte;
y traía a David la corona de la cabeza de Saúl y los brazaletes de oro de su
brazo. El mensajero esperaba con toda
confianza que estas noticias serían recibidas con regocijo, y que recibiría un
premio cuantioso por la parte que había desempeñado.
Pero "entonces David trabando de sus vestidos,
rompiólos; y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él. Y lloraron y lamentaron, y ayunaron hasta la
tarde, por Saúl y por Jonathán su hijo, y por el pueblo de Jehová, y por la
casa de Israel porque habían caído a cuchillo."
Pasada la primera impresión de las terribles noticias,
los pensamientos de David se volvieron al heraldo extranjero, y al crimen del
que era culpable, según su propia declaración.
El jefe preguntó al joven: "¿De dónde eres tú? Y él respondió: Yo
soy hijo de un extranjero, Amalecita. Y
díjole David: ¿Cómo no tuviste temor de extender tu mano para matar al ungido
de Jehová?" Dos veces había tenido David a Saúl en su poder; pero cuando
se le exhortó a que le diera muerte, se negó a levantar la mano contra el que
había sido consagrado por orden de Dios para gobernar a Israel. No obstante, el amalecita no temía jactarse
de haber dado muerte al rey de Israel. Se
había acusado a sí mismo de un crimen digno de muerte, y la pena se ejecutó en
seguida. David dijo: "Tu sangre
sea sobre tu cabeza, pues que tu boca atestiguó contra ti, diciendo: Yo maté al
ungido de Jehová."
El dolor de David por la muerte de Saúl era sincero y
profundo; y revelaba la generosidad de una naturaleza noble. No se alegró de la caída de su enemigo. El obstáculo que había impedido su ascensión
al trono de Israel había sido eliminado, pero no se regocijó por ello. La muerte había borrado por completo todo
recuerdo de la desconfianza y crueldad de Saúl, y de su historia, David
recordaba sólo lo que era regio y noble.
El nombre de Saúl iba vinculado con el de Jonatán, cuya amistad había
sido tan sincera y tan desinteresada.
El canto en que David derramó los sentimientos de su
corazón, llegó a ser un tesoro para la nación, y para el pueblo de Dios en las
generaciones sucesivas:
"¡Perecido ha la gloria de Israel sobre tus montañas! ¡Cómo han caído los valientes! No lo denunciéis en Gath, No deis las nuevas en las plazas de Ascalón; Porque no se alegren las hijas de los Filisteos, Porque no salten de gozo las hijas de los incircuncisos. Montes de Gilboa, Ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros, Ni seáis tierras de ofrendas; Porque allí fue desechado el escudo de los valientes, El escudo de Saúl, como si no hubiera sido ungido con aceite. Sin sangre de muertos, sin grosura de valientes, El arco de Jonathán nunca volvió, Ni la espada de Saúl se tornó vacía. Saúl y Jonathán, amados y queridos en su vida, En su muerte tampoco fueron apartados: Más ligeros que águilas, más fuertes que leones. Hijas de Israel, llorad sobre Saúl, Que os vestía de escarlata en regocijos, Que adornaba vuestras ropas con ornamentos de oro. ¡Como han caído los valientes en medio de la batalla! ¡Jonathán, muerto en tus alturas! Angustia tengo por ti, hermano mío Jonathán, Que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor, que el amor de las mujeres. ¡Cómo han caído los valientes, Y perecieron las armas de guerra!" (2 Sam. 1: 19-27.)