Después de la muerte de Goliat, Saúl retuvo a David
consigo y rehusó permitirle que volviera a la casa de su padre. Y sucedió que "el alma de Jonathán fue
ligada con la de David, y amólo Jonathán como a su alma." (Véase 1 Samuel
18-22.) Mediante un pacto, Jonatán y David se comprometieron a estar unidos
como hermanos; y el hijo del rey "se desnudó la ropa que tenía sobre sí, y
dióla a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, y su arco, y su
talabarte." A David se le confiaron responsabilidades importantes; sin
embargo conservó su modestia y se ganó el afecto del pueblo así como también el
de la casa real.
"Y salía David a donde quiera que Saúl le
enviaba, y portábase prudentemente. Hízolo
por tanto Saúl capitán de gente de guerra." David era prudente y fiel, y
era evidente que le acompañaba la bendición de Dios. Saúl se daba cuenta a veces de su propia incapacidad para
gobernar a Israel, y comprende que el reino estaría más seguro mientras él
mismo estuviese relacionado con quien recibiera instrucciones del Señor. Esperaba también que su relación con David
le sirviera de salvaguardia. Puesto que
David era favorecido y escudado por el Señor, podía ser su presencia una
protección para Saúl cuando salía a la guerra con él.
La providencia de Dios había relacionado a David con
Saúl. El puesto que ocupaba David en la
corte le había de impartir conocimiento de los asuntos y preparar su grandeza
futura. Le pondría en situación de
ganarse la confianza de la nación. Las
vicisitudes y las dificultades que le sucedieran a causa de la enemistad de
Saúl le conducirían a sentir su dependencia de Dios y a depositar toda su
confianza en él. Y la amistad de
Jonatán con David provenía también de la providencia de Dios con el fin de conservar
la vida al futuro soberano de Israel. En
todas estas cosas, Dios desarrollaba sus bondadosos propósitos, tanto para
David como para el pueblo de Israel.
Saúl, sin embargo, no permaneció por mucho tiempo en
amistad con David. Mientras ambos
regresaban de la batalla con los filisteos "salieron las mujeres de todas
las ciudades de Israel cantando y con danzas, con tamboriles, y con alegrías y
sonajas, a recibir al rey Saúl." Un grupo cantaba: "Saúl hirió sus
miles," en tanto que otro grupo respondía cantando: "Y David sus diez
miles."
El demonio de los celos penetró en el corazón del rey. Se airó porque el canto de las mujeres de
Israel ensalzaba más a David que a él mismo.
En lugar de sojuzgar esos sentimientos envidiosos, puso de manifiesto la
debilidad de su carácter, y exclamó: "A David dieron diez miles, y a mí
miles; no le falta más que el reino."
Uno de los mayores defectos del carácter de Saúl era
su amor al favor popular y al ensalzamiento.
Este rasgo había ejercido una influencia dominante sobre sus acciones y
pensamientos; todo llevaba la marca indeleble de su deseo de alabanza y
ensalzamiento propio. Su norma de lo
bueno y lo malo era la norma baja del aplauso popular. Ningún hombre está seguro cuando vive para
agradar a los hombres, y no busca primeramente la manera de obtener la
aprobación de Dios. Saúl ambicionaba
ser el primero en la estima de los hombres; y cuando oyó esta canción de
alabanza, se asentó en la mente del rey la convicción de que David conquistaría
el corazón del pueblo, y reinaría en su lugar.
Saúl abrió su corazón al espíritu de los celos, que
envenenó su alma. No obstante las
lecciones que había recibido del profeta Samuel, en el sentido de que Dios
lograría todo lo que decidiera y nadie podría estorbarle, el rey manifestó
claramente que no conocía en verdad los propósitos ni el poder de Dios. El monarca de Israel oponía su voluntad a la
del Infinito. Saúl no había aprendido,
mientras gobernaba el reino de Israel, que primero debía regir su propio
espíritu. Permitía que sus impulsos
dominaran su juicio, hasta ser presa de una furia apasionada. Llegaba a veces al paroxismo de la ira y se
inclinaba a quitar la vida a cualquiera que osara oponerse a su voluntad. De este frenesí pasaba a un estado de
abatimiento y desprecio de si mismo, y el remordimiento se posesionaba de su
alma.
Le deleitaba oír a David tocar el arpa, y el espíritu
malo parecía huir por el momento; pero un día cuando el joven le atendía y
arrancaba notas melodiosas a su instrumento, para acompañar su voz mientras
cantaba las alabanzas a Dios, Saúl arrojó de repente su lanza al músico con el
objeto de quitarle la vida. David se
salvó por la intercesión de Dios, e ileso, huyó del furor del rey enloquecido.
A medida que su odio hacia David aumentaba, Saúl
procuraba con mayor diligencia una oportunidad de quitarle la vida; pero
ninguno de sus planes contra el ungido de Dios tuvo éxito. Saúl se entregó al dominio del espíritu malo
que le gobernaba; en tanto que David confió en Aquel que es poderoso en el
consejo y fuerte para librar. "El
temor de Jehová es el principio de la sabiduría" (Prov. 9: 10), y David rogaba a Dios continuamente
que le ayudara a caminar ante él en una manera perfecta.
Deseando librarse de la presencia de su rival,
"apartólo pues Saúl de sí, e hízole capitán de mil.... Mas todo Israel y Judá amaba a David."
El pueblo comprendió muy pronto que David era una persona competente, y que
atendía con prudencia y pericia los asuntos que se le confiaban. Los consejos del joven eran de un carácter
sabio y discreto, y resultaba seguro seguirlos; en tanto que el juicio de Saúl
no era a veces digno de confianza y sus decisiones no eran sabias.
Aunque Saúl estaba siempre alerta y en busca de una
oportunidad para matar a David, vivía temiéndole, en vista de que evidentemente
el Señor estaba con él. El carácter
intachable de David provocaba la ira del rey; consideraba que la misma vida y
presencia de David significaban un reproche para él, puesto que dejaba a su
propio carácter en contraste desventajoso.
La envidia hacía a Saúl desgraciado, y ponía en
peligro al humilde súbdito de su trono.
¡Cuánto daño indecible ha producido en nuestro mundo este mal rasgo de
carácter! Había en el corazón de Saúl la misma enemistad que incitó el corazón
de Caín contra su hermano Abel, porque las obras de Abel eran justas, y Dios le
honraba, mientras que las de Caín eran malas, y el Señor no podía bendecirle. La envidia es hija del orgullo, y si se la
abriga en el corazón, conducirá al odio, y eventualmente a la venganza y al
homicidio. Satanás ponía de manifiesto
su propio carácter al excitar la furia de Saúl contra aquel que jamás le había
hecho daño.
El rey vigilaba estrictamente a David, con la
esperanza de descubrir alguna muestra de temeridad e indiscreción que sirviera
de excusa para hacerlo caer en desgracia.
Le parecía imposible quedarse satisfecho mientras no pudiera quitar la
vida al joven en forma tal que permitiera justificar ante la nación su acto
inicuo. Puso una trampa para los pies
de David al incitarle a que guerreara con mayor vigor contra los filisteos, con
la promesa de recompensar su valor dándole la mano de su hija mayor. La contestación de David a esta propuesta
fue: "¿Quién soy yo, o qué es mi vida, o la familia de mi padre en Israel,
para ser yerno del rey?" El monarca demostró su falta de sinceridad
casando a la princesa con otro.
El hecho de que Mical, hija menor de Saúl, amara a
David le suministró al rey otra ocasión para maquinar contra su rival. La mano de Mical le fue ofrecida al joven, a
condición de que diera pruebas de haber derrotado y muerto a un número
determinado de los enemigos de la nación.
"Saúl pensaba echar a David en manos de los Filisteos;" pero
Dios protegió a su siervo. David
regresó vencedor de la batalla, para ser hecho yerno del rey.
"Mas Michal la otra hija de Saúl amaba a
David," y el monarca vio con enojo que sus maquinaciones habían resultado
en la elevación de aquel a quien trataba de destruir. Más que nunca se sintió seguro de que era el hombre que el Señor
había declarado mejor que él, y que reinaría en el trono de Israel en su lugar.
Quitándose la máscara, ordenó a Jonatán y a todos los
oficiales de la corte que mataran al objeto de su odio. Jonatán reveló a David la intención del rey,
y le pidió que se escondiera mientras él rogaba a su padre que le perdonara la
vida al libertador de Israel. Jonatán
expuso al rey lo que David había hecho para preservar el honor y aún la vida de
la nación, y cuán terrible sería la culpa del asesino de aquel a quien Dios
había usado como instrumento para dispersar a sus enemigos. La conciencia del rey se conmovió, y se le
ablandó el corazón. "Y oyendo Saúl
la voz de Jonathán, juró: Vive Jehová que no morirá." Se trajo a David a
la presencia de Saúl, y siguió sirviéndole, como lo había hecho en el pasado.
Nuevamente se declaró la guerra entre los israelitas
y los filisteos, y David dirigió al ejército contra el enemigo. Los hebreos obtuvieron una gran victoria, y
la población del reino alabó la sabiduría y el heroísmo de David. Esto sirvió para despertar la anterior
amargura de Saúl contra él. Mientras el
joven tocaba ante el rey, llenando el palacio con dulces melodías, la pasión de
Saúl le dominó, y arrojó a David una lanza, pensando clavar al músico a la
pared; pero el ángel del Señor desvió el arma mortal. David escapó, y huyó a su casa.
Saúl envió espías para que le prendieran cuando
saliera de su casa a la mañana siguiente, y le dieran muerte. Mical informó a David del propósito de su
padre. Le instó a que huyera para
salvar su vida, y haciéndole bajar por la ventana, le permitió escapar. El huyó adonde vivía Samuel, en Rama, y el
profeta, sin temer el desagrado del rey, dio la bienvenida al fugitivo.
La casa de Samuel era un sitio apacible en comparación
con el palacio real. Allí, en medio de
las colinas, era donde el honrado siervo del Señor continuaba su obra. Le acompañaba un grupo de videntes que
estudiaban cuidadosamente la voluntad de Dios, y escuchaban reverentemente las
palabras de instrucción que salían de los labios de Samuel. Fueron preciosas las lecciones que David
aprendió del maestro de Israel.
David creía que Saúl no ordenaría a sus tropas que
invadieran este sagrado recinto; pero ningún lugar parecía sagrado para la
mente entenebrecido del rey desesperado.
La relación de David con Samuel despertaba los celos del rey, por temor
a que el anciano reverenciado en todo Israel como profeta de Dios dedicara su
influencia a fomentar el progreso del rival de Saúl. Cuando el rey supo donde estaba David, mandó a sus oficiales para
que le trajesen a Gabaa donde pensaba llevar a cabo su designio homicida.
Los mensajeros salieron con el propósito de quitarle
la vida a David; pero Uno más grande que Saúl los dominó. Se encontraron con ángeles invisibles, así
como Balaam cuando iba de camino para maldecir a Israel. Principiaron a pronunciar frases proféticas
de lo que sucedería en el futuro, y proclamaron la gloria y la majestad de
Jehová. Así contrarrestó Dios la ira
del hombre, y puso de manifiesto su poder para reprimir el mal, mientras que
protegió a su siervo con una muralla de ángeles guardianes.
Estas noticias llegaron a Saúl mientras esperaba
ansiosamente tener a David en su poder; pero en vez de sentir la reprensión de
Dios, se exasperó aún más y envió otros mensajeros. Estos también fueron dominados por el Espíritu de Dios, y se
unieron con los primeros para profetizar.
Una tercera misión fue enviada por el rey; pero cuando los que la
componían llegaron adonde estaban los profetas, la influencia divina cayó
también sobre ellos, y profetizaron.
Saúl decidió entonces ir personalmente, pues su
enemistad feroz se había vuelto ingobernable.
Resolvió no esperar más opurtunidades para matar a David, y que tan
pronto como lo tuviera a su alcance lo mataría con su propia mano, fueran lo
que fueran las consecuencias. Pero un
ángel de Dios le encontró en el camino, y le dominó. El Espíritu de Dios le mantuvo bajo su poder, y salió dirigiendo
a Dios oraciones entremezcladas con predicciones y melodías sagradas. Profetizó acerca de la venida del Mesías
como Redentor del mundo.
Cuando llegó a la casa del profeta en Rama, puso a un
lado las prendas de vestir que señalaban su categoría, y permaneció todo el día
y toda la noche acostado ante Samuel y sus discípulos, bajo la influencia del
Espíritu divino. El pueblo se congregó
para presenciar esta escena extraña, y lo experimentado por el rey se difundió
por todas partes. Así volvió a ser
proverbial en Israel, esta vez al acercarse el fin de su reinado, que Saúl
también estaba entre los profetas.
El perseguidor había sido nuevamente derrotado en sus
propósitos. Aseguró a David que estaba
en paz con él; pero David tenía poca confianza en el arrepentimiento del rey. Aprovechó esta ocasión para escaparse, no
fuera que el humor del rey cambiara, como antes. Su corazón estaba herido, y ansiaba ver otra vez a su amigo
Jonatán. Seguro de su inocencia, buscó
al hijo del rey, y le dirigió una súplica muy conmovedora. " ¿Qué he hecho yo? le preguntó ¿cuál
es mi maldad, o cuál mi pecado contra tu padre, que él busca mi vida?"
Jonatán creía que su padre había mudado su propósito,
y que ya no pensaba quitarle la vida a David.
Y Jonatán le dijo: "En ninguna manera; no morirás. He aquí que mi padre ninguna cosa hará,
grande ni pequeña, que no me la descubra: ¿por qué pues me encubrirá mi padre
este negocio? No será así." Jonatán no podía creer que, después de la
manifestación extraordinaria del poder de Dios, su padre quisiera todavía hacer
daño a David, puesto que esto sería una rebelión manifiesta contra Dios. Pero David no estaba convencido. Con intenso fervor declaró a Jonatán:
"Ciertamente, vive Jehová y vive tu alma, que apenas hay un paso entre mi
y la muerte."
En ocasión de la luna nueva, se celebraba en Israel
una fiesta sagrada. Esta fiesta caía en
el día que seguía al de la entrevista entre David y Jonatán. En esta fiesta se esperaba que ambos jóvenes
aparecieran a la mesa del rey; pero David temía presentarse, y quedó arreglado
que fuese a visitar a sus hermanos en Belén.
A su regreso se escondería en un campo no muy distante del salón de
banquetes, y durante tres días se mantendría ausente de la presencia del rey; y
Jonatán observaría los efectos en Saúl.
En caso de que preguntara por el paradero del hijo de Isaí, Jonatán
diría que se había ido para asistir al sacrificio ofrecido por la casa de su padre. Si el rey no expresaba ira, sino que
contestaba: "Bien está", entonces no sería peligroso para David
volver a la corte. Pero si el rey se
enfurecía por la ausencia, ello decidiría que David debía huir.
El primer día del banquete el rey no inquirió acerca
de la ausencia de David, pero cuando su sitio estuvo vacante el segundo día,
preguntó: "¿Por qué no ha venido a comer el hijo de Isaí hoy ni ayer? Y
Jonathán respondió a Saúl: David me pidió encarecidamente le dejase ir hasta
Beth-lehem. Y dijo: Ruégote que me
dejes ir, porque tenemos sacrificio los de nuestro linaje en la ciudad, y mi
hermano mismo me lo ha mandado; por tanto, si he hallado gracia en tus ojos,
haré una escapada ahora, y visitaré a mis hermanos. Por esto pues no ha venido a la mesa del rey."
Cuando Saúl oyó estas palabras, su ira se desenfrenó. Declaró que mientras viviera David, Jonatán
no podría subir al trono de Israel, y exigió que se mandara en seguida por
David, para ejecutarle. Jonatán
nuevamente intercedió por su amigo, suplicando: " ¿ Por qué morirá? ¿qué
ha hecho? " Esta súplica dirigida al rey sirvió sólo para hacerlo más
satánico en su furia, y arrojó a su propio hijo la lanza que había destinado
para David.
El príncipe se acongojó y se indignó, y saliendo de
la presencia real, no asistió más al banquete.
El dolor agobiaba su alma cuando fue, en el momento señalado, al sitio
donde debía comunicar a David las intenciones del rey hacia él. Ambos se abrazaron, y lloraron amargamente. El odio sombrío del rey obscurecía la vida
de los jóvenes, y el dolor de ellos era demasiado intenso para que pudieran
expresarle con palabras. Las últimas
palabras de Jonatán cuando se separaron para seguir cada uno su respectivo
camino cayeron en el oído de David. Fueron:
"Vete en paz, que ambos hemos jurado por el nombre de Jehová, diciendo:
Jehová sea entre mí y ti, entre mi simiente y la simiente tuya, para
siempre."
El hijo del rey regresó a Gabaa, y David se apresuró
a llegar a Nob, ciudad que se encontraba a pocas millas de distancia, y que
también pertenecía a la tribu de Benjamín.
Se había llevado de Silo a este sitio el tabernáculo, y allí oficiaba
Ahimelech, el sumo sacerdote. David no
sabía adónde refugiarse, sino en casa del siervo de Dios. El sacerdote le miró con asombro, al verle
llegar con apresuramiento y aparentemente solo, con la ansiedad y la tristeza
impresas en el rostro; y le preguntó qué lo traía allí.
El joven temía constantemente ser descubierto, y en
su angustia recurrió al engaño. Dijo al
sacerdote que el rey le había enviado en una misión secreta, que requería la
mayor celeridad. Con esto demostró
David falta de fe en Dios, y su pecado causó la muerte del sumo sacerdote. Si le hubiera manifestado claramente los
hechos tales como eran, Ahimelech habría sabido qué conducta seguir para
proteger su vida. Dios requiere que la
verdad distinga siempre a los suyos, aun en los mayores peligros. David le pidió al sacerdote cinco panes. No había más que pan sagrado en poder del
hombre de Dios, pero David consiguió vencer los escrúpulos de él, y obtuvo el
pan para satisfacer su hambre.
Pero se le presentó un nuevo peligro. Doeg, el principal de los pastores de Saúl,
que había aceptado la fe de los hebreos, estaba entonces pagando sus votos en
el lugar de culto. Al ver a este
hombre, David decidió buscar apresuradamente otro refugio, y conseguir alguna arma con la cual
defenderse en caso de que fuese necesario.
Le pidió a Ahimelech una espada, y él le dijo que no tenía otra que la
de Goliat, conservada como una reliquia en el tabernáculo. David le contestó: "Ninguna como ella:
dámela." El valor de David revivió cuando asió la espada que había usado
una vez para matar al campeón de los filisteos.
David huyó hasta donde estaba Achis, rey de Gath,
pues le parecía que había más seguridad en medio de los enemigos de su pueblo
que en los dominios del rey Saúl. Pero
se le informó a Achis que David había sido el hombre que había dado muerte al
campeón filisteo años antes; y ahora el que buscaba refugio entre los enemigos
de Israel se encontraba en un gran peligro.
Pero fingiendo que estaba loco, pudo engañar a sus enemigos y logró
escapar.
Cometió David su primer error al desconfiar de Dios
en Nob, y el segundo al engañar a Achis.
David había revelado nobles rasgos de carácter, y su valor moral le
había ganado el favor del pueblo; pero cuando fue probado, su fe vaciló, y
aparecieron sus debilidades humanas. Veía
en todo hombre un espía y un traidor. En
una gran emergencia, David había mirado a Dios con el ojo firme de la fe, y
había vencido al gigante filisteo. Creía
en Dios, y salió a la lucha en su nombre.
Pero mientras se le buscaba y perseguía, la perplejidad y la aflicción
casi habían ocultado de su vista a su Padre celestial.
No obstante, lo que experimentaba servía para enseñar
sabiduría a David; pues le indujo a comprender su propia debilidad, y la
necesidad de depender constantemente de Dios.
¡Cuán preciosa y valiosa es la dulce influencia del Espíritu de Dios
cuando llega a las almas deprimidas o desesperadas, anima a los de corazón
desfalleciente, fortalece a los débiles e imparte valor y ayuda a los probados
siervos del Señor! ¡Qué Dios tan bondadoso el nuestro, que trata tan suavemente
a los descarriados, y muestra su paciencia y ternura en la adversidad, y cuando
estamos abrumados de algún gran dolor!
Todo fracaso de los hijos de Dios se debe a la falta
de fe. Cuando las sombras rodean el
alma, necesitamos luz y dirección, debemos mirar hacia el cielo; hay luz mas
allá de las tinieblas. David no debió
de desconfiar un solo momento de Dios. Tenía
motivos para confiar en él: era el ungido del Señor, y en medio de los peligros
había sido protegido por los ángeles de Dios; se le había armado de valor para
que hiciera cosas maravillosas; y si tan sólo hubiera apartado su atención de
la situación angustiosa en que se encontraba, y hubiera apartado su atención de
la situación angustiosa en que se encontraba, y hubiera pensado en el poder y
la majestad de Dios, habría estado en paz aun en medio de las sombras de
muerte; habría podido repetir con toda confianza la promesa del Señor:
"Los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se apartará de ti
mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará." (Isa. 54: 10.)
En las montañas de Judá, David buscó refugio de la
persecución de Saúl. Escapó sin
tropiezo de la a la cueva de Adullan, sitio que, con una fuerza pequeña, podía
defenderse de un ejercito grande. "Lo
cual como oyeron sus hermanos y toda la casa de su padre, vinieron allí a
él." La familia de David no podía sentirse segura, sabiendo que en
cualquier momento las sospechas irracionales de Saúl podían caer sobre aquella
a causa de su parentesco con David. Ya
sabían sus miembros, como lo sabía la generalidad de Israel, que Dios había
escogido a David como futuro soberano de su pueblo; y creían que con él, aunque
estuviese como fugitivo en una cueva solitaria, estarían más seguros que si se
quedaban a merced de la locura de una rey celoso.
En la cueva de Adullam, la familia se hallaba unida
por la simpatía y el afecto. El hijo de
Isaí podía producir melodías con la voz y con su arpa mientras cantaba:
"!Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos igualmente en
uno!" (Sal 133: 1.) Había probado las amarguras de la desconfianza de sus
propios hermanos; y la armonía que había reemplazado la discordia llenaba de
regocijo el corazón del desterrado. Allí
fue donde David compuso el salmo 57.
Antes de que transcurriera mucho tiempo se unieron a
la compañía de David otros hombres que trataban de escapar a las exigencias del
rey. Muchos eran los que habían perdido
la confianza en el soberano de Israel, pues podían ver que ya no los guiaba le
Espíritu del Señor. "Y juntáronse
con él todos los afligidos, y todo el que estaba adeudado, y todos los que se
hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho capitán de ellos: y tuvo consigo
como cuatrocientos hombres." Así tuvo David un pequeño reino propio, y en
el imperaba la disciplina y el orden.
Pero aun en su retiro de las montañas, distaba mucho
de sentirse seguro; pues de continuo tenía evidencias de que el rey no había
renunciado a sus propósitos homicidas. Cerca
del rey de Moab halló refugio para sus padres; y luego al recibir una
advertencia de peligro, huyó de su escondite hacia el bosque de Hareth.
Lo que experimentaba David no era necesario ni
estéril. Dios le sometía a un proceso
de disciplina a fin de prepararle tanto para el cargo de sabio general como
para el de rey justo y misericordioso. Con
su banda de fugitivos, David obtenía una excelente para asumir una obra de la
cual Saúl se hacía totalmente indigno por su furia asesina y por su ciega
indiscreción. No pueden los hombres
alejarse del consejo de Dios, y retener la calma ni la sabidurías necesarias
para obrar con justicia y discreción. No
hay locura tan temible ni tan desesperada y fútil, como la que consiste en
seguir el juicio humano, sin dirección de la sabiduría de Dios.
Saúl había hechos preparativos para atrapar y
capturar a David en la cueva de Adullam, y cuando descubrió que David había
dejado ese refugio el rey se enfureció mucho.
La huida de David era un misterio para Saúl. Sólo podía explicársela por la sospecha de que había en su
campamento traidores que habían puesto al hijo de Isaí al tanto de su
proximidad y sus propósitos.
Afirmó David a sus consejeros que se había tramado
una conspiración contra él, y ofreciéndoles ricos presentes y puestos de honor,
los sobornó para que le revelasen quienes entre su pueblo tratado amistosamente
a David. Doeg, el idumeo, se hizo el
delator. Movido por la ambición y la
avaricia y por el odio al sacerdote, que había reprobado sus pecados, Doeg dio
parte de la visita de David a Ahimelech, presentando el asunto en forma tal que
se encendiera la ira de Saúl contra el hombre de Dios. La palabra de aquella lengua perversa,
encendida por el mismo infierno, despertó las peores pasiones del corazón de
Saúl. Loco de ira, declaró que debía
perecer toda la familia del sacerdote. Y
el terrible decreto fue ejecutado. No
sólo se mató Ahimelech, sino también a los mismos miembros de la casa de su
padre -"ochenta y cinco varones que vestían ephod de lino,"- les dio
muerte, por orden del rey, la mano homicida de Doeg.
"Y a Nob, ciudad de los sacerdotes, puso a
cuchillo: así a hombres como a mujeres, niños y mamantes, bueyes y asnos y
ovejas, todo a cuchillo." Esto era lo que Saúl podía hacer bajo el dominio
de Satanás. Cuando Dios declaró que la
iniquidad de los amalecitas estaba rebosando, y le ordenó que los destruyera
totalmente, Saúl se creyó demasiado compasivo para ejecutar la sentencia
divina, y salvó lo que estaba dedicado a la destrucción; pero ahora, sin ningún
mandamiento de Dios, bajo la dirección de Satanás, podía dar muerte a los
sacerdotes del Señor, y llevar la ruina a los habitantes de Nob. Tal es la perversidad del corazón humano que
ha rechazado la dirección de Dios.
Esta acción llenó a todo Israel de horror. El rey a quien ellos habían escogido era el
que había cometido semejante ultraje; y sólo había procedido a la usanza de los
reyes de otras naciones que no temían a Dios.
El arca estaba con ellos; pero los sacerdotes a quienes solían consultar
yacían muertos por la espada. ¿Qué
sucedería luego?