CUANDO el rey Saúl se dio cuenta de que había sido
rechazado por Dios, y cuando sintió la fuerza de las palabras condenatorias que
le había dirigido el profeta, se llenó de amarga rebelión y desesperación. No había sido un verdadero arrepentimiento
el que había hecho bajar la cabeza orgullosa del rey. No tenía una concepción clara del carácter ofensivo de su pecado,
y no se puso a reformar su vida, sino a cavilar, obsesionado por lo que
consideraba una injusticia de Dios al privarle del trono de Israel y quitar a
su posteridad la sucesión. Pensaba
siempre en la futura ruina que había atraído sobre su casa. Le parecía que el valor que había demostrado
al luchar contra sus enemigos debiera anular su pecado de desobediencia. No aceptó con mansedumbre el castigo de
Dios; sino que su espíritu altanero se sumió en tal desesperación, que parecía
a punto de perder la razón. Sus
consejeros le recomendaron que procurara los servicios de un músico hábil, con
la esperanza de que las notas calmantes de un suave instrumento pudieran
serenar su espíritu acongojado.
En la providencia de Dios, David, como hábil tañedor
de arpa fue llevado ante el rey. Sus
sublimes acordes inspirados por el cielo tuvieron el efecto deseado. La melancolía cavilosa que se había posado
como una nube negra sobre la mente de Saúl se desvaneció como por encanto.
Cuando no se necesitaban sus servicios en la corte de
Saúl, David volvía a cuidar sus rebaños entre las colinas, conservando su
sencillez de espíritu y de aspecto. Cada
vez que era necesario, se le llamaba nuevamente para que sirviera al rey, y
aliviara la mente del monarca perturbado hasta que el espíritu malo le
abandonaba. Pero aunque Saúl expresaba
su deleite por la presencia de David y por su música, el joven pastor regresaba
de la casa del rey a los campos y a sus colinas de pastoreo con alivio y
alegría.
David crecía en favor ante Dios y los hombres. Había sido educado en los caminos del Señor,
y ahora dedicó su corazón más plenamente que nunca a hacer la voluntad de Dios. Tenía nuevos temas en que pensar. Había estado en la corte del rey, y había
visto las responsabilidades reales. Había
descubierto algunas de las tentaciones que asediaban el alma de Saúl, y había
penetrado en algunos de los misterios del carácter y el trato del primer rey de
Israel. Había visto la gloria real
ensombrecida por una nube obscura de tristeza, y sabía que en su vida privada
la casa de Saúl distaba mucho de tener felicidad. Todas estas cosas provocaban inquietud en el que había sido
ungido para ser rey de Israel. Pero
cuando se sentía absorto en profunda meditación, y atribulado por pensamientos
de ansiedad, echaba mano a su arpa y producía acordes que elevaban su mente al
Autor de todo lo bueno, y se disipaban las nubes obscuras que parecían
entenebrecer el horizonte del futuro.
Dios estaba enseñando a David lecciones de confianza. Como Moisés fue educado para su obra, así
también el Señor preparaba al hijo de Isaí para hacerlo guía de su pueblo
escogido. En su cuidado de los rebaños,
aprendía a apreciar en forma especial el cuidado que el gran Pastor tiene por
las ovejas de su dehesa.
En las colinas solitarias y las hondonadas salvajes
por donde vagaba David con sus rebaños había fieras en acecho. A menudo salía algún león de los
bosquecillos que había al lado del Jordán, o algún oso, de su madriguera, en
las colinas, y enfurecidos por el hambre venían a atacar los rebaños. De acuerdo con las costumbres de su tiempo,
David sólo estaba armado de su honda y su cayado; pero no tardó en dar pruebas
de su fuerza y su valor al proteger a los animales que custodiaba. Dijo más tarde, describiendo estos
encuentros: "Venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada,
y salía yo tras él, y heríalo, y librábale de su boca: y si se levantaba contra
mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y mataba." (1 Sam. 17: 34, 35) Su experiencia en estos asuntos
probó el corazón de David y desarrolló en él valor, fortaleza y fe.
Aun antes de que fuese llamado a la corte de Saúl,
David se había distinguido por actos de valor.
El oficial que lo recomendó al rey dijo que era "valiente y
vigoroso, y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso," y
añadió: "Jehová es con él." (1 Sam.
16: 18.).
Cuando Israel declaró la, guerra a los filisteos,
tres de los hijos de Isaí se unieron al ejército bajo las órdenes de Saúl; pero
David permaneció en casa. Después de
algún tiempo, sin embargo, fue a visitar el campamento de Saúl. Por orden de su padre debía llevar un mensaje
y un regalo a sus hermanos mayores, y averiguar si estaban sanos y salvos. Pero, sin que lo supiera Isaí, se le había
confiado al joven pastor una misión más elevada. Los ejércitos de Israel estaban en peligro, y un ángel había
indicado a David que fuera a salvar a su pueblo.
A medida que David se acercaba al ejército, oyó un
alboroto, como si se estuviera por entablar una batalla. El ejército "había salido en ordenanza,
y tocaba alarma para la pelea." (Véase 1 Samuel 17) Israel y los filisteos
estaban alineados en posiciones de batalla, una hueste contra otra. David corrió hacia el ejército, llegó y
saludó a sus hermanos. Mientras hablaba
con ellos, Goliat, el campeón de los filisteos, salió, y con lenguaje ofensivo
retó a duelo a Israel, y lo desafió a presentar de entre sus filas un hombre
que pudiera enfrentársele en singular pelea.
Repitió su reto, y cuando David vio que todo Israel estaba amedrentado,
y supo que el filisteo lanzaba su desafío día tras día, sin que se levantara un
campeón que acallara al jactancioso, su espíritu se conmovió dentro de él. Se encendió su celo para salvar el honor del
Dios viviente y el crédito de su pueblo.
Los ejércitos de Israel estaban deprimidos. Les faltaba el valor. Se decían unos a otros: "¿No habéis
visto aquel hombre que ha salido? él se adelanta para provocar a Israel."
Lleno de vergüenza e indignación, David exclamó: "¿Quién es este Filisteo
incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?"
Al oír estas palabras, Eliab, hermano mayor de David,
comprendió muy bien qué sentimientos agitaban al alma del joven. Aun mientras era pastor, David había
manifestado audacia, valor y fortaleza poco comunes; y la misteriosa visita de
Samuel a la casa de Isaí así como su partida sigilosa, habían despertado en la
mente de los hermanos de David sospechas en cuanto al verdadero objeto de su
visita. Los celos de ellos se habían
despertado al verle recibir mayor honra que la tributada a ellos, y no le
miraban con el respeto y el amor que merecía por su integridad y su ternura
fraternal. Lo consideraban como un
pastorcillo joven, y ahora la pregunta que hizo fue interpretada por Eliab como
una censura de la cobardía que él mismo demostraba al no hacer esfuerzo alguno
por acallar al gigante filisteo. El
hermano mayor exclamó airado: "¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién
has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la
malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido."
Respetuosamente, pero con decisión, contestó David: "¿Qué he hecho yo
ahora? Estas, ¿no son palabras?"
Las palabras de David fueron repetidas al rey, quien
inmediatamente hizo comparecer al joven ante sí. Saúl escuchó con asombro las palabras del pastor cuando dijo:
"No desmaye ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará con este
Filisteo." Saúl procuró disuadir a David de su propósito; pero el joven no
se dejó convencer. Contestó con
sencillez y sin jactancia relatando lo que le sucediera mientras cuidaba los
rebaños de su padre, y dijo: "Jehová que me ha librado de las garras del
león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este Filisteo. Y dijo Saúl a David: Ve, y Jehová sea
contigo."
Durante cuarenta días la hueste israelita había
temblado ante el desafío arrogante del gigante filisteo. Sus corazones decaían cuando miraban el
enorme cuerpo, que media seis codos y un palmo. Llevaba en la cabeza un almete de metal, y estaba vestido de una
coraza de planchas que pesaba cinco mil siclos, y con grebas de metal en las
piernas. La cota estaba hecha de
planchas de metal puestas la una sobre la otra, como las escamas de un pez, tan
estrechamente juntadas que ningún dardo o saeta podía penetrar a través de la
armadura. A la espalda el gigante
llevaba una jabalina o lanza enorme, también de bronce. "El asta de su lanza era como un enjullo
de telar, y tenía el hierro de su lanza seiscientos siclos de hierro: e iba su
escudero delante de él."
Mañana y tarde Goliat se había acercado al campamento
israelita, diciendo en alta voz: "¿Para qué salís a dar batalla? ¿no soy
yo el Filisteo, y vosotros los siervos de Saúl? Escoged de entre vosotros un
hombre que venga contra mí: si él pudiere pelear conmigo, y me venciere,
nosotros seremos vuestros siervos: y si yo pudiera más que él, y lo venciere,
vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis. Y añadió el Filisteo: Hoy yo he desafiado el campo de Israel;
dadme un hombre que pelee conmigo."
Aunque Saúl había dado permiso a David para que
aceptara el desafío, el rey tenía muy pocas esperanzas de que David tuviera
éxito en su valerosa empresa. Había
ordenado que se vistiera al joven de la coraza del rey. Se le puso el pesado almete de metal en la
cabeza y se le ciñó al cuerpo la coraza así como la espada del monarca. Así pertrechado, inició la marcha, pero
pronto volvió sobre sus pasos. Lo
primero que pensaron los espectadores ansiosos fue que David había decidido, no
arriesgar su vida en tan desigual encuentro con su antagonista. Pero el valiente joven distaba mucho de
pensar así. Cuando regresó adonde
estaba Saúl, suplicó que le permitiera, quitarse aquella pesada armadura,
diciendo: "Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué." Se
quitó la armadura del rey, y en vez de ella sólo tomó su cayado en la mano, con
su zurrón de pastor, y una simple honda.
Escogiendo cinco piedras lisas en el arroyo, las puso en su talega, y
con su honda en la mano se aproximó al filisteo.
El gigante avanzó audazmente, esperando encontrarse
con el más poderoso de los guerreros de Israel. Su escudero iba delante de él, y parecía que nada podía resistirle. Cuando se acercó a David, no vio sino un
zagalillo, llamado mancebo a causa de su juventud. El semblante de David era rosado de salud; y su cuerpo bien
proporcionado, sin protección de armadura, se destacaba ventajosamente; no
obstante, entre su figura juvenil y las macizas proporciones del filisteo,
había un marcado contraste.
Goliat se llenó de asombro y de ira. "¿Soy yo perro -exclamó- para que
vengas a mi con palos?" Y entonces soltó contra David las maldiciones y
los insultos más terribles, en nombre de todos los dioses que conocía. Gritó mofándose: "Ven a mi, y daré tu
carne a las aves del cielo, y a las bestias del campo."
David no se acobardó frente al campeón de los
filisteos. Avanzando, dijo a su
contrincante: "Tú vienes a mí con espada y lanza y escudo; mas yo vengo a
ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de
Israel, que tú has provocado. Jehová te
entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y quitaré tu cabeza de ti: y daré
hoy los cuerpos de los Filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la
tierra: y sabrá la tierra toda que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no
salva con espada y lanza; porque de Jehová es la guerra, y él os entregará en
nuestras manos."
Había un tono de intrepidez en su voz y una mirada de
triunfo y regocijo en su bello semblante.
Este discurso, pronunciado con voz clara y musical, resonó por los
aires, y lo oyeron distintamente los millares que escuchaban, convocados para
la guerra. La ira de Goliat llegó al
extremo. Furiosamente, empujó hacia
atrás el yelmo que le protegía la frente, y corrió para vengarse de su
adversario. El hijo de Isaí se estaba
preparando para recibir a su enemigo. "Y
aconteció que, como el Filisteo se levantó para ir y llegarse contra David,
David se dio prisa, y corrió al combate contra el Filisteo. Y metiendo David su mano en el saco, tomó de
allí una piedra, y tirósela con la honda, e hirió al Filisteo en la frente: y
la piedra quedó hincada en la frente, y cayó en tierra sobre su rostro."
El asombro cundió entre las filas de los dos
ejércitos. Habían estado seguros de que
David perecería; pero cuando la piedra cruzó el aire zumbando y dio de lleno en
el blanco, vieron al poderoso guerrero temblar y extender las manos, como
herido de una ceguera repentina. El
gigante se tambaleó y como una encina herida cayó al suelo. David no se demoró un solo instante. Se lanzó sobre el postrado filisteo y asió
con las dos manos la pesada espada de Goliat.
Un momento antes el gigante se había jactado de que con ella separaría
la cabeza de los hombros del joven, y daría su cuerpo a las aves del cielo. Ahora el arma se elevó en el aire, y la
cabeza del jactancioso rodó apartándose del tronco, y un grito de triunfo subió
del campamento de Israel.
El pánico se apoderó de los filisteos, y la consiguiente confusión resultó en una retirada precipitada. Los gritos de los hebreos victoriosos repercutían por las cumbres de las montañas, mientras corrían apresuradamente detrás de sus enemigos que huían; y "siguieron a los Filisteos hasta llegar al valle, y hasta las puertas de Ecrón. Y cayeron heridos de los Filisteos por el camino de Saraim, hasta Gath y Ecrón. Tornando luego los hijos de Israel de seguir los Filisteos, despojaron su campamento. Y David tomó la cabeza del Filisteo. Y trájola a Jerusalén, mas puso sus armas en su tienda."