A POCAS millas al sur de Jerusalén, "la ciudad
del gran Rey" (Sal. 48: 2), está
Belén donde nació David el hijo de Isaí, más de mil años antes que el Niño
Jesús hallara su cuna en el establo, y fuera adorado por los magos del oriente. Siglos antes del advenimiento del Salvador,
David, en el vigor de la adolescencia cuidó sus rebaños mientras pacían en las
colinas que rodean a Belén. El sencillo
pastor entonaba los himnos que él mismo componía y con la música de su arpa
acompañaba dulcemente la melodía de su voz fresca y juvenil. El Señor había escogido a David, y le estaba
preparando, en su vida solitaria con sus rebaños, para la obra que se proponía
confiarle en los años venideros.
Mientras que David vivía así en el retiro de su vida
humilde de pastor, el Señor Dios habló al profeta Samuel acerca de él. "Y dijo Jehová a Samuel: ¿Hasta cuándo
has tú de llorar a Saúl, habiéndole yo desechado para que no reine sobre
Israel? Hinche tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Beth-lehem:
porque de sus hijos me he provisto de rey....
Toma contigo una becerra de la vacada, y di: A sacrificar a Jehová he
venido. Y llama a Isaí al sacrificio, y
yo te enseñaré lo que has de hacer; y ungirme has al que yo te dijere. Hizo pues Samuel como le dijo Jehová: y
luego que él llegó a Beth-lehem, los ancianos de la ciudad le salieron a
recibir con miedo, y dijeron: ¿Es pacífica tu venida? Y él respondió: Sí."
Los ancianos aceptaron una invitación al sacrificio, y Samuel llamó también a
Isaí y sus hijos. Se construyó un
altar, y el sacrificio quedó listo. Toda
la casa de Isaí estaba presente, con la excepción de David, el hijo menor, al
que se había dejado cuidando las ovejas, pues no era seguro dejar a los rebaños
sin protección.
Cuando el sacrificio hubo terminado, y antes de
participar del festín subsiguiente, Samuel inició su inspección profética de
los bien parecidos hijos de Isaí. Eliab
era el mayor, y el que más se parecía a Saúl en estatura y hermosura. Sus bellas facciones y su cuerpo bien
desarrollado llamaron la atención del profeta.
Cuando Samuel miró su porte principesco, pensó ciertamente que era el
hombre a quien Dios había escogido como sucesor de Saúl; y esperó la aprobación
divina para ungirle. Pero Jehová no
miraba la apariencia exterior. Eliab no
temía al Señor. Si se le hubiera
llamado al trono, habría sido un soberano orgulloso y exigente. La palabra del Señor a Samuel fue: "No
mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque
Jehová mira no lo que el hombre mira pues que el hombre mira lo que está
delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón."
Ninguna belleza exterior puede recomendar el alma a
Dios. La sabiduría y la excelencia del
carácter y de la conducta expresan la verdadera belleza del hombre; el valor
intrínseco y la excelencia del corazón determinan que seamos aceptados por el
Señor de los ejércitos. ¡Cuán
profundamente debiéramos sentir esta verdad al juzgarnos a nosotros mismos y a
los demás! Del error de Samuel podemos aprender cuán vana es la estima que se
basa en la hermosura del rostro o la nobleza de la estatura. Podemos ver cuán incapaz es la sabiduría del
hombre para comprender los secretos del corazón o los consejos de Dios, sin una
iluminación especial del cielo. Los
pensamientos y modos de Dios en relación con sus criaturas superan nuestras
mentes finitas; pero podemos tener la seguridad de que sus hijos serán llevados
a ocupar precisamente el sitio para el cual están preparados, y serán
capacitados para hacer la obra encomendada a sus manos, con tal que sometan su
voluntad a Dios, para que sus propósitos benéficos no sean frustrados por la
perversidad del hombre.
Terminó Samuel la inspección de Eliab, y los seis
hermanos que asistieron al servicio desfilaron sucesivamente para ser observados
por el profeta; pero el Señor no dio señal de que hubiese elegido a alguno de
ellos. En suspenso penoso, Samuel había
mirado al último de los jóvenes; el profeta estaba perplejo y confuso. Le preguntó a Isaí: "¿Hanse acabado los
mozos?" El padre contestó: "Aun queda el menor, que apacienta las
ovejas." Samuel ordenó que le hicieran llegar, diciendo: "No nos
sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí."
El solitario pastorcillo se sorprendió al recibir la
llamada inesperada del mensajero, que le anunció que el profeta había llegado a
Belén y le mandaba llamar. Preguntó
asombrado por qué el profeta y juez de Israel deseaba verle; pero sin tardanza
alguna obedeció al llamamiento. "Era
rubio, de hermoso parecer y de bello aspecto." Mientras Samuel miraba con
placer al joven pastor, bien parecido, varonil y modesto, le habló la voz del
Señor diciendo: "Levántate y úngelo, que éste es." En el humilde
cargo de pastor, David había demostrado que era valeroso y fiel; y ahora Dios
le había escogido para que fuera el capitán de su pueblo. "Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y
ungiólo de entre sus hermanos: y desde aquel día en adelante el espíritu de
Jehová tomó a David." El profeta había cumplido la obra que se le había
designado, y con el corazón aliviado regresó a Rama.
Samuel no había hablado de su misión, ni siquiera a
la familia de Isaí, y realizó en secreto la ceremonia del ungimiento de David. Fue para el joven un anuncio del destino
elevado que le esperaba, para que en medio de todos los diversos incidentes y
peligros de sus años venideros, este conocimiento le inspirara a ser fiel al
propósito que Dios quería lograr por medio de su vida.
El gran honor conferido a David no le ensoberbeció. A pesar del elevado cargo que había de
desempeñar, siguió tranquilamente en su ocupación, contento de esperar el
desarrollo de los planes del Señor a su tiempo y manera. Tan humilde y modesto como antes de su
ungimiento, el pastorcillo regresó a las colinas, para vigilar y cuidar sus
rebaños tan cariñosamente como antes. Pero
con nueva inspiración componía sus melodías, y tocaba el arpa. Ante él se extendía un panorama de belleza
rica y variada. Las vides, con sus
racimos, brillaban al sol. Los árboles
del bosque, con su verde follaje, se mecían con la brisa. Veía al sol, que inundaba los cielos de luz,
saliendo como un novio de su aposento, y regocijándose como hombre fuerte que
va a correr una carrera. Allí estaban
las atrevidas cumbres de los cerros que se elevaban hacia el firmamento; en la
lejanía se destacaban las peñas estériles de la montaña amurallada de Moab; y
sobre todo se extendía el azul suave de la bóveda celestial.
Y más allá estaba Dios. El no podía verle, pero sus obras rebosaban alabanzas. La luz del día, al dorar el bosque y la
montaña, el prado y el arroyo, elevaba a la mente y la inducía a contemplar al
Padre de las luces, Autor de todo don bueno y perfecto. Las revelaciones diarias del carácter y la
majestad de su Creador henchían el corazón del joven poeta de adoración y
regocijo.
En la contemplación de Dios y de sus obras, las
facultades de la mente y del corazón de David se desarrollaban y fortalecían
para la obra de su vida ulterior. Diariamente
iba participando en una comunión más intima con Dios. Su mente penetraba constantemente en nuevas profundidades en
busca de temas que le inspirasen cantos y arrancasen música a su arpa. La rica melodía de su voz difundida a los
cuatro vientos repercutía en las colinas como si fuera en respuesta a los
cantos de regocijo de los ángeles en el cielo.
¿Quién puede medir los resultados de aquellos años de
labor y peregrinaje entre las colinas solitarias? La comunión con la naturaleza
y con Dios, el cuidado diligente de sus rebaños, los peligros y libramientos,
los dolores y regocijos de su humilde suerte, no sólo habían de moldear el
carácter de David e influir en su vida futura, sino que también por medio de
los salmos del dulce cantor de Israel, en todas las edades venideras, habrían
de comunicar amor y fe al corazón de los hijos de Dios, acercándolos al corazón
siempre amoroso de Aquel en quien viven todas sus criaturas.
David, en la belleza y el vigor de su juventud, se preparaba para ocupar una elevada posición entre los más nobles de la tierra. Empleaba sus talentos, como dones preciosos de Dios, para alabar la gloria del divino Dador. Las oportunidades que tenía de entregarse a la contemplación y la meditación sirvieron para enriquecerse con aquella sabiduría y piedad que hicieron de él el amado de Dios y de los ángeles. Mientras contemplaba las perfecciones de su Creador, se revelaban a su alma concepciones más claras de Dios. Temas que antes le eran obscuros, se aclaraban para él con luz meridiana, se allanaban las dificultades, se armonizaban las perplejidades, y cada nuevo rayo de luz le arrancaba nuevos arrobamientos e himnos más dulces de devoción, para gloria de Dios y del Redentor. El amor que le inspiraba, los dolores que le oprimían, los triunfos que le acompañaban, eran temas para su pensamiento activo; y cuando contemplaba el amor de Dios en todas las providencias de su vida, el corazón le latía con adoración y gratitud más fervientes, su voz resonaba en una melodía más rica y más dulce; su arpa era arrebatada con un gozo más exaltado; y el pastorcillo procedía de fuerza en fuerza, de sabiduría en sabiduría; pues el Espíritu del Señor le acompañaba.