SAÚL no había soportado la prueba de su fe en el
lance dificultoso de Gilgal, y había deshonrado el servicio de Dios; pero sus
errores no eran todavía irreparables, y el Señor quiso concederle otra
oportunidad para que aprendiera a tener una fe implícita en su palabra y a
obedecer a sus mandamientos.
Cuando fue reprendido por el profeta en Gilgal, no le
pareció a Saúl que hubiera un gran pecado en la conducta que había seguido. Creyó que había sido tratado injustamente y,
procurando vindicar sus acciones, presentó excusas por su error. Desde entonces tuvo muy pocas relaciones con
el profeta. Samuel amaba a Saúl como a
un hijo propio, mientras que Saúl, de temperamento osado y ardiente, había
estimado mucho al profeta; pero la reprensión de Samuel despertó su
resentimiento, y desde entonces le evitaba en lo posible.
Pero el Señor envió a su siervo con otro mensaje para
Saúl. Por la obediencia podía probar
todavía que era fiel a Dios y digno de ir a la cabeza de Israel. Samuel fue adonde estaba el rey, y le
entregó el mensaje del Señor. Para que
el monarca pudiera comprender cuán importante es acatar el mandamiento, Samuel
declaró expresamente que le hablaba por orden divina, por la misma autoridad
que había llamado a Saúl al trono. El
profeta dijo: "Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Acuérdome de lo que
hizo Amalec a Israel; que se le opuso en el camino, cuando subía de Egipto. Ve pues, y hiere a Amalec, y destruiréis en
él todo lo que tuviera: y no te apiades de él: mata hombres, mujeres, niños y
mamantes, vacas y ovejas, camellos y asnos." (Véase 1 Samuel 15)
Los amalecitas fueron los primeros que guerrearon
contra Israel en el desierto; y a causa de este pecado, juntamente con la
manera en que desafiaban a Dios y se envilecieron por la idolatría, el Señor,
por medio de Moisés, había pronunciado sentencia contra ellos. Por instrucción divina, quedó registrada la
historia de su crueldad hacia Israel, con la orden: "Raerás la memoria de
Amalec de debajo del cielo: no te olvides." (Deut. 25: 19.) Durante cuatrocientos años se había
postergado la ejecución de esta sentencia; pero los amalecitas no se habían
apartado de sus pecados. El Señor sabía
que esta gente impía raería, si fuera posible, su pueblo y su culto de la
tierra. Ahora había llegado la hora en
que debía ejecutarse la tan diferida sentencia.
La paciencia de Dios hacia los impíos envalentona a
los hombres en la transgresión; pero el hecho de que su castigo se demore no lo
hará menos seguro ni menos terrible. "Jehová
se levantará como en el monte Perasim, como en el valle de Gabaón se enojará
para hacer su obra, su extraña obra, y para hacer su operación, su extraña
operación." (Isa. 28: 21.)
Para nuestro Dios misericordioso, el acto del castigo
es un acto extraño. "Vivo yo, dice
el Señor Jehová, que no quiero la muerte del impío, sino que se torne el impío
de su camino, y que viva." (Eze. 33:
1.) El Señor es "misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en
benignidad y verdad, . . . que
perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado." No obstante, "de
ningún modo justificará al malvado." (Exo. 34: 6, 7) Aunque no se deleita en la venganza, ejecutará su
juicio contra los transgresores de su ley.
Se ve forzado a ello, para salvar a los habitantes de la tierra de la depravación
y la ruina total. Para salvar a
algunos, debe eliminar a los que se han empedernido en el pecado. "Jehová es tardo para la ira, y grande
en poder, y no tendrá al culpado por inocente." (Nah. 1: 3.) Mediante terribles actos de justicia
vindicará la autoridad de su ley pisoteada.
El mismo hecho de que le repugna ejecutar la justicia, atestigua la
enormidad de los pecados que exigen sus juicios, y la severidad de la
retribución que espera al transgresor.
Pero aun mientras Dios ejecuta su justicia, recuerda
la misericordia. Los amalecitas debían
ser destruidos, pero los cineos, que moraban entre ellos, se habían de salvar. Este pueblo, aunque no estaba enteramente
libre de la idolatría, adoraba a Dios, y manifestaba amistad hacia Israel. De esta tribu procedía el cuñado de Moisés,
Obab, quien había acompañado a los israelitas en sus viajes por el desierto, y
por su conocimiento del país les había prestado valiosos servicios.
Desde que los filisteos fueron derrotados en Michmas,
Saúl había guerreado contra Moab, Ammón y Edom, como también contra los
amalecitas y los filisteos; y dondequiera que dirigiera sus armas, ganaba
nuevas victorias. Al recibir la orden
de ir contra los amalecitas, en seguida proclamó la guerra. A su autoridad de rey se agregó la del
profeta, y al ser convocados para la batalla, todos los hombres de Israel
acudieron a su estandarte.
Esta expedición no se había de emprender con un
objeto de engrandecimiento personal; los israelitas no habían de recibir ni el
honor de la conquista ni los despojos de sus enemigos. Debían emprender aquella guerra únicamente
como un acto de obediencia a Dios, con el propósito de ejecutar el juicio de él
contra los amalecitas. Dios quería que
todas las naciones contemplaran la suerte funesta de aquel pueblo que había
desafiado su soberanía, y que notaran cómo era destruido por el pueblo mismo
que habían menospreciado.
"Y Saúl hirió a Amalec, desde Havila hasta
llegar a Shur, que está a la frontera de Egipto. Y tomó vivo a Agag rey de Amalec, mas a todo el pueblo mató a
filo de espada. Y Saúl y el pueblo
perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas, y al ganado mayor, a los gruesos
y a los carneros, y a todo lo bueno: que no lo quisieron destruir: mas todo lo
que era vil y flaco destruyeron."
La victoria contra los amalecitas fue la más
brillante que Saúl jamás ganara, y sirvió para reanimar el orgullo de su
corazón, que era su mayor peligro. El
edicto divino que condenaba a los enemigos de Dios a la destrucción total, no
fue sino parcialmente cumplido. Con la
ambición de realzar el honor de su regreso triunfal con la presencia de un
cautivo real, Saúl se aventuró a imitar las costumbres de las naciones vecinas,
y por eso, salvó a Agag, el feroz y belicoso rey de los amalecitas. El pueblo se reservó lo mejor de los
rebaños, manadas y bestias de carga, disculpando su pecado con la excusa de que
guardaba el ganado para ofrecerlo como sacrificio al Señor. Pero su objeto era usar estos animales
meramente como substitutos, para economizar su propio ganado.
A Saúl se le había sometido ahora a la prueba final. Su presuntuoso desprecio de la voluntad de
Dios, al revelar su resolución de gobernar como monarca independiente, demostró
que no se le podía confiar el poder real como vicegerente del Señor.
Mientras Saúl y su ejército volvían a sus hogares
entusiasmados por la victoria, había profunda angustia en la casa de Samuel el
profeta. Este había recibido del Señor
un mensaje que denunciaba el procedimiento del rey: "Pésame de haber
puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí y no ha cumplido mis
palabras." El profeta se afligió profundamente por la conducta del rey
rebelde, y lloró y oró toda la noche pidiendo que se revocara la terrible
sentencia.
El arrepentimiento de Dios no es como el del hombre. "El Vencedor de Israel no mentirá, ni
se arrepentirá: porque no es hombre que se arrepienta." El arrepentimiento
del hombre implica un cambio de parecer.
El arrepentimiento de Dios implica un cambio de circunstancias y
relaciones. El hombre puede cambiar su
relación hacia Dios al cumplir las condiciones que le devolverán el favor
divino, o puede, por su propia acción, colocarse fuera de la condición
favorecedora; pero el Señor es el mismo "ayer, y hoy, y por los
siglos." (Heb. 13: 8.) La
desobediencia de Saúl cambió su relación para con Dios; pero quedaron sin
alteración las condiciones para ser aceptado por Dios: los requerimientos de
Dios seguían siendo los mismos; pues en él "no hay mudanza, ni sombra de
variación." (Sant. 1: 17.)
Con corazón adolorido salió el profeta la siguiente
mañana al encuentro del rey descarriado.
Samuel abrigaba la esperanza de que Saúl, al reflexionar, reconociera su
pecado, y por el arrepentimiento y humillación, fuese restaurado al favor
divino. Pero cuando se ha dado el
primer paso en el sendero de la transgresión, el camino se vuelve fácil. Saúl, envilecido por su desobediencia, vino
al encuentro de Samuel con una mentira en los labios. Exclamó: "Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la
palabra de Jehová."
Los ruidos que oía el profeta desmentían la
declaración del rey desobediente. A la
pregunta directa: "¿Pues qué balido de ganados y bramido de bueyes es éste
que yo oigo con mis oídos?" contestó Saúl: "De Amalec los han traído;
porque el pueblo perdonó a lo mejor de las ovejas y de las vacas, para
sacrificarlas a Jehová tu Dios; pero lo demás lo destruimos." El pueblo
había obedecido a las instrucciones de Saúl; pero éste, para escudarse, quería
cargar al pueblo con el pecado de su propia desobediencia.
El mensaje de que Saúl había sido rechazado infundía
indecible tristeza al corazón de Samuel.
Debía dárselo ante todo el ejército de Israel, cuando todos rebosaban de
orgullo y regocijo triunfal por la victoria acreditada al valor y la estrategia
de su rey, pues Saúl no había asociado a Dios con el éxito de Israel en este
conflicto; pero cuando el profeta comprobó la evidencia de la rebelión de Saúl,
se indignó al ver como había violado el mandamiento del Cielo e inducido al
pecado a Israel aquel que había sido tan altamente favorecido por Dios.
Samuel no fue engañado por el subterfugio del rey. Con dolor e indignación declaró:
"Déjame declararte lo que Jehová me ha dicho esta noche. . . . Siendo
tú pequeño en tus ojos ¿no has sido hecho cabeza a las tribus de Israel, y
Jehová te ha ungido por rey sobre Israel?" Le repitió el mandamiento del Señor
con respecto a Amalec, y quiso saber por qué había desobedecido el rey.
Saúl persistió en justificarse: "Antes he oído
la voz de Jehová, y fui a la jornada que Jehová me envió, y he traído a Agag
rey de Amalec, y he destruido a los Amalecitas: mas el pueblo tomó del despojo
ovejas y, vacas, las primicias del anatema, para sacrificarlas a Jehová tu Dios
en Gilgal."
Con palabras severas y solemnes el profeta deshizo su
refugio de mentiras, y pronunció la sentencia irrevocable: "¿Tiene Jehová
tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer a las
palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el
prestar atención que el sebo de los carneros: porque como pecado de adivinación
es la rebelión, y como ídolos e idolatría el infringir. Por cuanto tú desechaste la palabra de
Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey."
Cuando el rey oyó esta temible sentencia, exclamó
"Yo he pecado; que he quebrantado el dicho de Jehová y tus palabras:
porque temí al pueblo, consentí a la voz de ellos." Aterrorizado por la
denuncia del profeta, Saúl reconoció su culpa, que antes había negado
tercamente; pero siguió culpando al pueblo y declarando que había pecado por
temor a él.
No era una tristeza causada por su pecado, sino más
bien el temor a la pena, lo que movía al rey de Israel cuando rogó así a Samuel:
"Perdona pues ahora mi pecado, y vuelve conmigo para que adore a
Jehová." Si Saúl hubiera sentido arrepentimiento verdadero, habría
confesado públicamente su pecado, pero se preocupaba principalmente de
conservar su autoridad y retener la lealtad del pueblo. Deseaba ser honrado con la presencia de
Samuel para fortalecer su propia influencia en la nación.
"No volveré contigo -fue la contestación del
profeta;- porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para
que no seas rey sobre Israel."
Cuando Samuel se volvió para marcharse, el rey,
desesperado por el temor, trabó de su manto para detenerle, pero éste se rasgó
en sus manos. Declaró entonces el
profeta: "Jehová ha desgarrado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado
a tu prójimo mejor que tú."
Saúl estaba más perturbado porque se veía enajenado
de Samuel que por el desagrado de Dios.
Sabía que el pueblo confiaba más en el profeta que en él mismo. Si por orden divina se ungía ahora a otro
rey, comprendía Saúl que le sería imposible mantener su autoridad. Temía que si Samuel le abandonaba
completamente se produjera una revuelta inmediata. Saúl suplicó al profeta que le honrara ante los ancianos y el
pueblo uniéndosela públicamente en un servicio religioso. Por indicación divina, Samuel accedió a la
petición del rey, a fin de no dar lugar a una revuelta. Pero sólo se quedó allí como testigo
silencioso del servicio.
Había de cumplirse todavía un acto de justicia severo
y terrible. Samuel debía vindicar
públicamente el honor de Dios, y reprender la conducta de Saúl. Mandó que se trajera ante él al rey de los
amalecitas. Agag era más culpable y más
despiadado que todos los que habían perecido por la espada de Israel. Era hombre que había odiado al pueblo de
Dios y procurado destruirlo por todos los medios a su alcance. Había ejercido la influencia más enérgica en
favor de la idolatría. Vino a la orden
del profeta, lisonjeándose de que el peligro de muerte había pasado. Samuel declaró: "Como tu espada dejó
las mujeres sin hijos, así tu madre será sin hijo entre las mujeres. Entonces Samuel cortó en pedazos a Agag
delante de Jehová." Hecho esto, Samuel regresó a su casa en Rama, y Saúl
regresó a la suya en Gabaa, y sólo una vez volvieron a encontrarse el profeta y
el rey.
Cuando fue llamado al trono, Saúl tenía una opinión
muy humilde de su propia capacidad, y se dejaba instruir. Le faltaban conocimientos y experiencia, y
tenía graves defectos de carácter. Pero
el Señor le concedió el Espíritu Santo para guiarle y ayudarle, y le colocó
donde podía desarrollar las cualidades requeridas para ser soberano de Israel. Si hubiera permanecido humilde, procurando
siempre ser dirigido por la sabiduría divina, habría podido desempeñar los
deberes de su alto cargo con éxito y honor.
Bajo la influencia de la gracia divina, toda buena cualidad habría ido
ganando fuerza, mientras que las tendencias pecaminosas habrían perdido su
poder.
Tal es la obra que el Señor se propone hacer en
beneficio de todos los que se consagran a él.
Son muchos los que él llamó a ocupar cargos en su obra porque tienen un
espíritu humilde y dócil. En su
providencia los coloca donde pueden aprender de él. Les revelará los defectos de carácter que tengan, y a todos los
que busquen su ayuda, les dará fuerza para corregir sus errores.
Pero Saúl se vanaglorió de su ensalzamiento, y
deshonró a Dios por su incredulidad y desobediencia. Aunque al ser llamado a ocupar el trono era humilde y dudaba de
su capacidad, el éxito le hizo confiar en sí mismo. La primera victoria de su reinado encendió en su corazón aquel
orgullo que era su mayor peligro. El
valor y la habilidad militar que manifestó en la liberación de Jabes-Galaad
despertaron el entusiasmo de toda la nación.
El pueblo honró a su rey, olvidándose de que no era sino el agente por
medio de quien Dios había obrado; y aunque al principio Saúl dio toda la gloria
a Dios, más tarde se atribuyó el honor.
Perdió de vista el hecho de que dependía de Dios, y en su corazón se
apartó del Señor. Así se preparó para
cometer su pecado de presunción y sacrilegio en Gilgal.
La misma confianza ciega en sí mismo le condujo a
rechazar la reprensión de Samuel. Saúl
reconocía que Samuel era un profeta enviado de Dios; por consiguiente, debiera
haber aceptado el reproche, aunque él mismo no pudiese ver que había pecado. Si se hubiera mostrado dócil para ver y
confesar su error, esta amarga experiencia le habría resultado en una
salvaguardia para el futuro.
Si el Señor se hubiera separado enteramente de Saúl,
no le habría hablado otra vez por medio de su profeta, ni le habría confiado
una obra definida que hacer, para que corrigiera sus errores pasados. Cuando un profeso hijo de Dios se vuelve
descuidado en el cumplimiento de la voluntad de su Padre, e induce así a otros
a que sean irreverentes y desprecien los mandamientos de Dios, hay todavía una
posibilidad de que sus fracasos se truequen en victorias si tan sólo acepta la
reprensión con verdadera contrición de alma, y se vuelve hacia Dios con
humildad y fe. La humillación de la
derrota resulta a menudo en una bendición al mostrarnos nuestra incapacidad
para hacer la voluntad de Dios sin su ayuda.
Cuando Saúl se desvió de la reprensión que le mandó
el Espíritu Santo de Dios, y persistió en justificarse obstinadamente, rechazó
el único medio por el cual Dios podía obrar para salvarle de sí mismo. Se había separado voluntariamente de Dios. No podía recibir ayuda ni dirección de Dios
antes de volver a él mediante la confesión de su pecado.
En Gilgal, Saúl había aparentado ser muy concienzudo,
cuando ante el ejército de Israel ofreció un sacrificio a Dios. Pero su piedad no era genuina. Un servicio religioso realizado en oposición
directa al mandamiento de Dios, sólo sirvió para debilitar las manos de Saúl y
le colocó en una posición tal que no podía recibir la ayuda que Dios quería
tanto otorgarle.
En la expedición contra Amalec, Saúl creyó que había
hecho cuanto era esencial entre todo lo que el Señor le había mandado; pero al
Señor no le agradó la obediencia parcial, ni quiso pasar por alto lo que se
había descuidado por un motivo tan plausible.
Dios no le ha dado al hombre la libertad de apartarse de sus
mandamientos. El Señor había declarado
a Israel: "No haréis ... cada uno
lo que le parece," sino "guarda y escucha todas estas palabras que yo
te mando." (Deut. 12: 8, 28.) Al
decidir sobre cualquier camino a seguir, no hemos de preguntarnos si es
previsible que de él resultará algún daño, sino más bien si está de acuerdo con
la voluntad de Dios, "Hay camino que al hombre parece derecho; empero su
fin son caminos de muerte." (Prov.
14: 12.)
"El obedecer es mejor que los sacrificios."
Las ofrendas de los sacrificios no tenían en sí mismas valor alguno a los ojos
de Dios. Estaban destinadas a expresar,
por parte del que las ofrecía, arrepentimiento del pecado y fe en Cristo, y a
prometer obediencia futura a la ley de Dios.
Pero sin arrepentimiento, ni fe ni un corazón obediente, las ofrendas no
tenían valor. Cuando, violando
directamente el mandamiento de Dios, Saúl se propuso presentar en sacrificio lo
que Dios había dispuesto que fuese destruido, despreció abiertamente la
autoridad divina. El sacrificio hubiera
sido un insulto para el Cielo. No
obstante conocer el relato del pecado de Saúl y sus resultados, ¡cuántos siguen
una conducta parecida! Mientras se niegan a creer y obedecer algún mandamiento
del Señor, perseveran en ofrecer a Dios sus servicios religiosos formales. No responde el Espíritu de Dios a tal
servicio. Por celosos que sean los
hombres en su observancia de las ceremonias religiosas, el Señor no las puede
aceptar si ellos persisten en violar deliberadamente uno de sus mandamientos.
"Como pecado de adivinación es la rebelión, y
como ídolos e idolatría el infringir." La rebelión tuvo su origen en Satanás,
y toda rebelión contra Dios se debe directamente a las influencias satánicas. Los que se oponen al gobierno de Dios se han
aliado con el caudillo de los apóstatas, y éste ejercerá su poder y astucia
para cautivar los sentidos de ellos y descarriar su entendimiento. Hará que todo aparezca bajo una luz falsa. Como nuestros primeros padres, los que están
bajo el dominio de su hechizo ven sólo los grandes beneficios que han de
recibir por su transgresión.
No puede darse mayor evidencia del poder engañador de
Satanás que el hecho de que muchos que son dirigidos por él se engañan a sí
mismos con la creencia de que están en el servicio de Dios. Cuando Coré, Datán y Abiram se rebelaron
contra la autoridad de Moisés, creyeron que sólo se estaban oponiendo a un jefe
humano, a un hombre como ellos mismos; y llegaron a creer que estaban realmente
haciendo la voluntad de Dios. Pero al
rechazar el instrumento escogido por Dios, rechazaron a Cristo; e insultaron al
Espíritu de Dios. Así, en los días de
Cristo, los escribas y ancianos judíos, que profesaban ser muy celosos por el
honor de Dios, crucificaron a su Hijo. El
mismo espíritu existe todavía en los corazones de los que insisten en seguir su
propia voluntad en oposición a la voluntad de Dios.
Saúl había tenido pruebas abundantes de que Samuel
era inspirado por Dios. Al atreverse a
desobedecer el mandamiento que Dios le había dado por el profeta, obró contra
los dictados de la razón y del sano juicio.
Su presunción fatal debe atribuirse al hechizo satánico. Saúl había demostrado gran celo en el
exterminio de la idolatría y de la hechicería; no obstante, en su desobediencia
al mandamiento divino había sido instigado por el mismo espíritu de oposición a
Dios que animaba a los que practicaban la hechicería, y había sido tan
realmente inspirado por Satanás como ellos; y cuando fue reprendido por ello,
sumó la obstinación a la rebelión. No
podría haber hecho mayor insulto al Espíritu de Dios si se hubiera unido
abiertamente con los idólatras.
Pasar por alto los reproches y las advertencias de la
palabra de Dios o de su Espíritu, es un paso peligroso. Muchos, como Saúl, ceden a la tentación
hasta que se ponen ciegos y no pueden ver el carácter verdadero del pecado. Se jactan de que tenían algún buen propósito
en vista, y que no han hecho ningún daño al apartarse de las instrucciones de
Dios. Así desprecian el Espíritu de la
gracia hasta que ya no oyen su voz, y él los deja entregados a los engaños que
han escogido.
En Saúl Dios había dado a los israelitas un rey según
el corazón de ellos, como dijo Samuel cuando le fue confirmado el reino a Saúl
en Gilgal: "Ahora pues, ved aquí vuestro rey que habéis elegido." (1
Sam. 12: 13.) Bien parecido, de
estatura noble y de porte principesco, tenía una apariencia en un todo de
acuerdo con el concepto que ellos tenían de la dignidad real; y su valor
personal y su pericia en la dirección de los ejércitos eran las cualidades que
ellos consideraban como las mejor calculadas para obtener el respeto y el honor
de otras naciones.
Les interesaba muy poco que su rey tuviera las
cualidades superiores que eran las únicas capaces de habilitarle para gobernar
con justicia y con equidad. No pidieron
un hombre que tuviera verdadera nobleza de carácter, y que amara y temiera a
Dios. No buscaron el consejo de Dios
acerca de las cualidades que su gobernante debía tener para que ellos pudieran
conservar su carácter distintivo y santo como pueblo escogido del Señor. No buscaron el camino de Dios, sino el
propio. Por lo tanto, Dios les dio un
rey como lo querían, uno cuyo carácter reflejaba el de ellos mismos. El corazón de ellos no se sometía a Dios, y
su rey tampoco era subyugado por la gracia divina. Bajo el gobierno de este rey, iban a obtener la experiencia
necesaria para que pudieran ver su error, y volver a ser leales a Dios.
Sin embargo, habiendo el Señor encargado a Saúl la responsabilidad del reino, no le abandonó ni le dejó solo. Hizo que el Espíritu Santo se posara en Saúl para que le revelara su propia debilidad y su necesidad de la gracia divina; y si Saúl hubiera fiado en Dios, el Señor habría estado con él. Mientras la voluntad de Saúl fue dominada por la voluntad de Dios, mientras cedió a la disciplina de su Espíritu, Dios pudo coronar sus esfuerzos de éxito. Pero cuando Saúl escogió obrar independientemente de Dios, el Señor no pudo ya ser su guía, y se vio obligado a hacerle a un lado. Entonces llamó a su trono a un "varón según su corazón" (1 Sam. 13: 14), no a uno que no tuviera faltas en su carácter, sino a uno que, en vez de confiar en sí mismo, dependería de Dios, y sería guiado por su Espíritu; que, cuando pecara, se sometería a la reprensión y la corrección.