EL GOBIERNO de Israel era administrado en el nombre y
por la autoridad de Dios. La obra de
Moisés, de los setenta ancianos, de los jefes y de los jueces consistía
simplemente en hacer cumplir las leyes que Dios les había dado; no tenían
autoridad alguna para legislar para la nación.
Esta era y continuaba siendo la condición impuesta para la existencia de
Israel como nación. De siglo en siglo
se suscitaron hombres inspirados por Dios para que instruyeran al pueblo, y para
que dirigieran la ejecución de las leyes.
El Señor previó que Israel desearía un rey, pero no
consintió en cambiar en manera alguna los principios en que se había fundado el
estado. El rey había de ser el
vicegerente del Altísimo. Dios había de
ser reconocido como cabeza de la nación, y su ley debía aplicarse como ley
suprema del país. (Véase el Apéndice,
nota 11.)
Cuando los israelitas se establecieron en Canaán,
reconocían los principios de la teocracia, y la nación prosperó mucho bajo el
gobierno de Josué. Pero el aumento de
la población y las relaciones con otras naciones no tardaron en producir un
cambio. El pueblo adoptó muchas de las
costumbres de sus vecinos paganos, y así sacrificó, en extenso grado, su
carácter santo especial. Gradualmente
perdió su reverencia hacia Dios, y dejó de apreciar el honor de ser su pueblo
escogido. Atraído por la pompa y
ostentación de los monarcas paganos, se cansó de su propia sencillez. Surgieron celos y envidias entre las tribus. Fueron éstas debilitadas por las discordias
internas; estaban constantemente expuestas a la invasión de sus enemigos
paganos, y estaban llegando a creer que para mantener su posición entre las
naciones debían unirse bajo un gobierno central y fuerte. Cuando dejaron de obedecer a la ley de Dios,
desearon libertarse del gobierno de su Soberano divino; se generalizó por toda
la tierra de Israel la exigencia de que se creara una monarquía.
Desde los tiempos de Josué, jamás había sido
administrado el gobierno con tanta sabiduría y éxito como durante la
administración de Samuel. Investido por
la divinidad con el triple cargo de juez, profeta y sacerdote, había trabajado
con infatigable y desinteresado celo por el bienestar de su pueblo, y la nación
había prosperado bajo su gobierno sabio.
Se había restablecido el orden, se había fomentado la piedad, y el
espíritu de descontento se había refrenado momentáneamente; pero con el
transcurso de los años el profeta se vio obligado a compartir con otros la
administración del gobierno, y nombró a sus dos hijos para que le ayudaran. Mientras Samuel continuaba desempeñando en
Rama los deberes de su cargo, los jóvenes administraban justicia entre el
pueblo en Beer-seba, cerca del límite meridional del país.
Con el consentimiento unánime de la nación, Samuel
había dado cargo a sus hijos; pero no resultaron dignos de la elección hecha
por su padre. Por medio de Moisés, el
Señor había dado instrucciones especiales a su pueblo para que los gobernantes
de Israel juzgaran con rectitud, trataran con justicia a la viuda y al
huérfano, y no recibieran sobornos de ninguna clase. Pero los hijos de Samuel "se ladearon tras la avaricia,
recibiendo cohecho y pervirtiendo el derecho." Los hijos del profeta no
acataban los preceptos que él había tratado de inculcarles. No imitaban la vida pura y desinteresada de
su padre. La advertencia dirigida a Elí
no había ejercido en el ánimo de Samuel la influencia que debiera haber
ejercido. El había sido, hasta cierto
grado, demasiado indulgente con sus hijos, y los resultados eran obvios en su
carácter y en su vida.
La injusticia de estos jueces causó mucho desafecto,
y así proporcionó al pueblo un pretexto para insistir en que se llevara a cabo
el cambio que por tanto tiempo había deseado secretamente. "Todos los ancianos de Israel se
juntaron, y vinieron a Samuel en Rama, y dijéronle: He aquí tú has envejecido,
y tus hijos no van por tus caminos: por tanto, constitúyenos ahora un rey que
nos juzgue, como todas las gentes." (Véase 1 Samuel 8-12.)
No se le había hablado a Samuel de los abusos
cometidos por sus hijos contra el pueblo.
Si él hubiera conocido la mala conducta de sus hijos, les habría quitado
sus cargos sin tardanza alguna; pero esto no era lo que deseaban los
peticionarios. Samuel vio que lo que los
movía en realidad era el descontento y el orgullo y que su exigencia era el
resultado de un propósito deliberado y resuelto. No había queja alguna contra Samuel. Todos reconocían la integridad y la sabiduría de su
administración; pero el anciano profeta consideró esta petición como una
censura dirigida contra él mismo, y como un esfuerzo directo para hacerle a un
lado. No reveló, sin embargo, sus
sentimientos; no pronunció reproche alguno, sino que llevó el asunto al Señor
en oración, y sólo de él procuró consejo.
Y el Señor le dijo a Samuel: "Oye la voz del
pueblo en todo lo que te dijeren: porque no te han desechado a ti, sino a mí me
han desechado, para que no reine sobre ellos.
Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto
hasta hoy, que me han dejado y han servido a dioses ajenos, así hacen también
contigo." Quedó reprendido el profeta por haber dejado que le afligiese la
conducta del pueblo hacia él como individuo.
No habían manifestado falta de respeto para con él, sino hacia la
autoridad de Dios, que había designado a los gobernantes de su pueblo. Los que desdeñan y rechazan al siervo fiel
de Dios, no sólo menosprecian al hombre, sino también al Señor que le envió. Menoscaban las palabras de Dios, sus
reproches y consejos; rechazan la autoridad de él.
Los tiempos de la mayor prosperidad de Israel fueron
aquellos en que reconoció a Jehová como su rey, cuando consideró las leyes y el
gobierno por él establecidos como superiores a los de todas las otras naciones. Moisés había declarado a Israel tocante a
los mandamientos del Señor: "Esta es vuestra sabiduría y vuestra
inteligencia en ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y
dirán: "Ciertamente pueblo sabio y entendido, gente grande es ésta."
(Deut. 4: 6.) Pero al apartarse de la ley
de Dios, los hebreos no llegaron a ser el pueblo que Dios deseaba hacer de
ellos, y quedaron luego tan completamente cegados por el pecado que imputaron
al gobierno de Dios todos los males que resultaron de su propio pecado e
insensatez.
El Señor había predicho por medio de sus profetas que
Israel sería gobernado por un rey; pero de ello no se desprende que esta forma
de gobierno fuera la mejor para ellos, o según su voluntad. El permitió al pueblo que siguiera su propia
elección, porque rehusó guiarse por sus consejos. Oseas declara que Dios les dio un rey en su "furor."
(Ose. 13: 11.) Cuando los hombres
deciden seguir su propio sendero sin buscar el consejo de Dios, o en oposición
a su voluntad revelada, les otorga con frecuencia lo que desean, para que por
medio de la amarga experiencia subsiguiente sean llevados a darse cuenta de su
insensatez y a arrepentirse de su pecado.
El orgullo y la sabiduría de los hombres constituyen una guía peligrosa. Lo que el corazón ansía en contradicción a
la voluntad de Dios resultará al fin en una maldición más bien que en una
bendición.
Dios deseaba que su pueblo le considerase a él solo
como su legislador y su fuente de fortaleza.
Al sentir que dependían de Dios, se verían constantemente atraídos hacia
él. Serían elevados, ennoblecidos y
capacitados para el alto destino al cual los había llamado como su pueblo
escogido. Pero si se llegaba a poner a
un hombre en el trono, ello tendería a apartar de Dios los ánimos del pueblo. Confiarían más en la fuerza humana, y menos
en el poder divino, y los errores de su rey los inducirían a pecar y separarían
a la nación de Dios.
Se le indicó a Samuel que accediera a la petición del
pueblo, pero advirtiéndole que el Señor la desaprobaba, y haciéndole saber
también cuál sería el resultado de su conducta. "Y dijo Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo que le
había pedido rey." Con toda fidelidad les expuso las cargas que pesarían
sobre ellos, y les mostró el contraste que ofrecía semejante estado de opresión
frente al estado comparativamente libre y próspero que gozaban.
Su rey imitaría la pompa y el lujo de otros monarcas,
y ello haría necesario cobrar pesados tributos y exacciones en sus personas y
sus propiedades. Exigiría para sus
servicios los más hermosos de sus jóvenes.
Los haría conductores de sus carros, jinetes y corredores delante de él. Habrían de llenar las filas de su ejército,
y se les exigiría que trabajaran las tierras del rey, segaran sus mieses y
fabricaran elementos de guerra para su servicio. Las hijas de Israel serían llevadas al palacio para hacerlas
confiteras y panaderas de la casa del rey.
Para mantener su regio estado, se apoderaría de las mejores tierras
dadas al pueblo por Jehová mismo. Tomaría
los mejores de los siervos de ellos y de sus animales para hacerlos trabajar en
su propio beneficio.
Además de todo esto, el rey les exigiría una décima
parte de todas sus rentas, de las ganancias de su trabajo, o de los productos
de la tierra. "Y seréis sus
siervos -concluyó el profeta.- Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que
os habréis elegido, mas Jehová no os oirá en aquel día." Por onerosas que
fueran sus exacciones, una vez establecida la monarquía, no la podrían hacer a
un lado a su gusto.
Pero el pueblo contestó: "No, sino que habrá rey
sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las gentes, y nuestro rey
nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras."
"Como todas las gentes." Los israelitas no
se dieron cuenta de que ser en este respecto diferentes de las otras naciones
era un privilegio y una bendición especial.
Dios había separado a los israelitas de todas las demás gentes, para
hacer de ellos su propio tesoro. Pero
ellos, despreciando este alto honor, desearon ansiosamente imitar el ejemplo de
los paganos. Y aun hoy subsiste entre
los profesos hijos de Dios el desea de amoldarse a las prácticas y costumbres
mundanas. Cuando se apartan del Señor,
se vuelven codiciosos de las ganancias y los honores del mundo. Los cristianos están constantemente tratando
de imitar las prácticas de los que adoran al dios de este mundo. Muchos alegan que al unirse con los mundanos
y amoldarse a sus costumbres se verán en situación de ejercer una influencia
poderosa sobre los impíos. Pero todos
los que se conducen así se separan con ello de la Fuente de toda fortaleza. Haciéndose amigos del mundo, son enemigos de
Dios. Por amor a las distinciones
terrenales, sacrifican el honor inefable al cual Dios los ha llamado, el de
manifestar las alabanzas de Aquel que nos "ha llamado de las tinieblas a
su luz admirable." (1 Ped. 2: 9.)
Con profunda tristeza, Samuel escuchó las palabras
del pueblo; pero el Señor le dijo: "Oye su voz, y pon rey sobre
ellos." El profeta había cumplido con su deber. Había presentado fielmente la advertencia, y ésta había sido
rechazada. Con corazón acongojado,
despidió al pueblo, y él mismo se fue a hacer preparativos para el gran cambio
que había de verificarse en el gobierno.
La vida de Samuel, toda de pureza y devoción
desinteresada, era un reproche perpetuo tanto para los sacerdotes y ancianos
egoístas como para la congregación de Israel, orgullosa y sensual. Aunque el profeta no se había rodeado de
pompa ni ostentación alguna, sus obras llevaban el sello del cielo. Fue honrado por el Redentor del mundo, bajo
cuya dirección gobernó la nación hebrea.
Pero el pueblo se había cansado de su piedad y devoción; menosprecio su
autoridad humilde, y le rechazó en favor de un hombre que lo gobernara como
rey.
En el carácter de Samuel vemos reflejada la semejanza
de Cristo. Fue la pureza de la vida de
nuestro Salvador la que provocó la ira de Satanás. Esa vida era la luz del mundo y revelaba la depravación oculta en
los corazones humanos. Fue la santidad
de Cristo la que despertó contra él las pasiones más feroces de los que con
falsedad en su corazón, profesaban ser piadosos. Cristo no vino con las riquezas y los honores de la tierra; pero
las obras que hizo demostraron que poseía un poder mucho mayor que el de
cualquiera de los príncipes humanos.
Los judíos esperaban que el Mesías quebrantara el
yugo del opresor; y sin embargo, albergaban los pecados que precisamente se lo
habían atado en la cerviz. Si Cristo
hubiera tolerado sus pecados y aplaudido su piedad, le habrían aceptado como su
rey; pero no quisieron soportar su manera intrépida de reprocharles sus vicios. Despreciaron la hermosura de un carácter en
el cual predominaban en forma suprema la benevolencia, la pureza y la santidad,
que no sentía otro odio que el que le inspiraba el pecado. Así ha sucedido en todas las edades del
mundo. La luz del cielo trae
condenación a todos los que rehusan andar en ella. Cada vez que se sientan reprendidos por el buen ejemplo de
quienes odian al pecado, los hipócritas se harán agentes de Satanás para
hostigar y perseguir a los fieles. "Todos
los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución." (2
Tim. 3: 12.)
Aunque en la profecía se había predicho que Israel
tendría una forma monárquica de gobierno, Dios se había reservado el derecho de
escoger al rey. Los hebreos respetaron
la autoridad de Dios lo suficiente para dejarle hacer la selección. La decisión recayó en Saúl, hijo de Cis, de
la tribu de Benjamín.
Las cualidades personales del futuro monarca eran
tales que halagaban el orgullo que había impulsado el corazón del pueblo a
desear un rey. "Entre los hijos de
Israel no había otro más hermoso que él." De porte noble y digno, en la
flor de la vida, bien parecido y alto, parecía nacido para mandar. Sin embargo, a pesar de estos atractivos
exteriores, Saúl carecía de las cualidades superiores que constituyen la
verdadera sabiduría. No había aprendido
en su juventud a dominar sus pasiones impetuosas y temerarias; jamás había
sentido el poder renovador de la gracia divina.
Saúl era hijo de un jefe poderoso y opulento; sin
embargo, de acuerdo con la sencillez de la vida de aquel entonces, desempeñaba
con su padre los humildes deberes de un agricultor. Habiéndose extraviado algunos animales de su padre, Saúl salió a buscarlos
con un criado. Los buscaron en vano
durante tres días, cuando, en vista de que no estaban lejos de Rama (véase el
Apéndice, nota 12), donde vivía Samuel, el siervo propuso que fueran a
consultar al profeta acerca del ganado perdido. "He aquí se halla en mi mano la cuarta parte de un siclo de
plata -dijo,- esto daré al varón de Dios, porque nos declare nuestro
camino." Esto concordaba con las costumbres de aquel tiempo. Al acercarse alguien a una persona que le
fuese superior en categoría o cargo, le ofrecía un pequeño regalo, como
testimonio de respeto.
Al aproximarse a la ciudad, encontraron a unas
jóvenes que habían ido a sacar agua, y les preguntaron por el vidente. En contestación, ellas manifestaron que se
iba a realizar un servicio religioso, que el profeta ya había llegado, pues
habría un sacrificio "en el alto," y luego un festín de sacrificio.
Bajo la administración de Samuel se había producido
un gran cambio. Cuando Dios le llamó
por primera vez, los servicios del santuario eran considerados con desdén. "Los hombres menospreciaban los
sacrificios de Jehová." (1 Sam. 2:
17.) Pero ahora se rendía culto a Dios en todo el país, y el pueblo manifestaba
vivo interés en los servicios religiosos.
Como no había servicio en el tabernáculo, los sacrificios se ofrecían en
ese entonces en otros sitios; y para este fin se elegían las ciudades de los
sacerdotes y de los levitas adonde el pueblo iba para instruirse. Los puntos más altos de estas ciudades se
escogían generalmente como sitios de sacrificio, y a esto se refería la
expresión "en el alto."
En la puerta de la ciudad, Saúl se encontró con el
profeta mismo. Dios le había revelado a
Samuel que en esa ocasión el rey escogido para Israel se presentaría delante de
él. Mientras estaban uno frente al
otro, el Señor le dijo a Samuel: "He aquí éste es el varón del cual te
hablé; éste señoreará a mi pueblo." A la petición de Saúl: "Ruégote
que me enseñes dónde está la casa del vidente," Samuel respondió: "Yo
soy el vidente." Asegurándole también que los animales perdidos habían
sido encontrados, le exhortó a que se quedara y asistiera al festín, al mismo
tiempo que le hacía una insinuación acerca del gran destino que le esperaba:
"¿Por quién es todo el deseo de Israel, sino por ti y por toda la casa de
tu padre?"
Las palabras del profeta conmovieron el corazón del
que le escuchaba. No podía menos que
percibir algo de su significado; pues la demanda por tener un rey había llegado
a ser asunto de interés absorbente para toda la nación. No obstante, con modestia Saúl contestó:
"¿No soy yo hijo de Benjamín, de las más pequeñas tribus de Israel? Y mi
familia ¿no es la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín?
¿Por qué pues me has dicho cosa semejante?"
Samuel condujo al forastero al sitio de la asamblea,
donde los hombres principales de la ciudad se encontraban reunidos. Entre ellos, por orden del profeta, se le
dio a Saúl el sitio de honor, y en el festín se le dio la mejor porción. Terminados los servicios, Samuel llevó a su
huésped a su casa. Allí conversó con él
en la terraza y le presentó los grandes principios sobre los cuales se había
fundado el gobierno de Israel, y procuró así darle cierta preparación para su
elevado cargo.
Cuando Saúl se marchó, temprano por la mañana siguiente,
el profeta le acompañó. Cuando hubieron
atravesado la ciudad, pidió que el siervo siguiera adelante. Cuando éste se hubo alejado algo, Samuel
ordenó a Saúl que se detuviera para recibir un mensaje que Dios le enviaba. "Tomando entonces Samuel una ampolla de
aceite, derramóla sobre su cabeza, y besólo y díjole: ¿No te ha ungido Jehová
por capitán sobre su heredad?" Como evidencia de que hacia esto por
autoridad divina, le predijo los incidentes que le ocurrirían en su viaje de regreso
a su casa, y le aseguró a Saúl que el Espíritu de Dios le capacitaría para
ocupar el cargo que le esperaba. "El
Espíritu de Jehová te arrebatará," le dijo el profeta, "y serás
mudado en otro hombre. Y cuando te
hubieren sobrevenido estas señales, haz lo que te viniere a mano, porque Dios
es contigo."
Mientras Saúl iba por su camino, todo sucedió tal
como lo había predicho el profeta. Cerca
de la frontera de Benjamín, se le informó que los animales habían sido
encontrados. En la llanura de Tabor,
dio con tres hombres que iban a rendir culto a Dios a Bethel. Uno de ellos llevaba tres cabritos para el
sacrificio, el otro tres panes, y el tercero una vasija de vino para el festín
del sacrificio. Saludaron a Saúl en la
forma acostumbrada, y también le regalaron dos, de los tres panes.
En Gabaa, su propia ciudad, un grupo de profetas
bajaba del "alto" cantando alabanzas a Dios al son de la flauta y del
arpa, del salterio y del adufe. Cuando
Saúl se les acercó, el Espíritu del Señor se apoderó también de él; de modo que
unió el suyo a sus cantos de alabanza y profetizó con ellos. Hablaba con tanta fluidez y sabiduría, y los
acompañó con tanto fervor en su servicio, que los que le conocían exclamaron
con asombro: "¿Qué ha sucedido al hijo de Cis? ¿Saúl también entre los
profetas?"
Cuando Saúl se unió a los profetas en su culto, el
Espíritu Santo obró un gran cambio en él.
La luz de la pureza y de la santidad divinas brillé sobre las tinieblas
del corazón natural. Se vio a si mismo
como era delante de Dios. Vio la belleza
de la santidad. Se le invitó entonces a
principiar la guerra contra el pecado y contra Satanás, y se le hizo comprender
que en este conflicto toda la fortaleza debía provenir de Dios. El plan de la salvación, que antes le había
parecido nebuloso e incierto, fue revelado a su entendimiento. El Señor le dotó de valor y sabiduría para
su elevado cargo. Le reveló la Fuente
de fortaleza y gracia, e iluminó su entendimiento con respecto a las divinas
exigencias y su propio deber.
La consagración de Saúl como rey no había sido
comunicada a la nación. La elección de
Dios había de manifestarse públicamente al echar suertes. Con este fin, Samuel convocó al pueblo en
Mizpa. Se elevó una oración para pedir
la dirección divina; y luego siguió la ceremonia solemne de echar suertes. La multitud congregada allí esperó en
silencio el resultado. La tribu, la
familia, y la casa fueron sucesivamente señaladas, y finalmente Saúl, el hijo
de Cis, fue designado como el hombre escogido.
Pero Saúl no estaba en la congregación. Abrumado con el sentimiento de la gran
responsabilidad que estaba a punto de recaer sobre él, se había retirado
secretamente. Fue traído de nuevo a la
congregación, que observó con orgullo y satisfacción su aspecto regio y porte
noble, pues "desde el hombro arriba era más alto que el pueblo." Aun
Samuel, al presentarle ante la asamblea, exclamó: "¿Habéis visto al que ha
elegido Jehová, que no hay semejante a él en todo el pueblo?" Y en
contestación la enorme muchedumbre dio un grito largo y regocijado: "¡Viva
el rey!"
Samuel presentó luego al pueblo "el derecho del
reino," y declaró los principios en que se fundaba el gobierno monárquico
y por los cuales se había de regir. El
rey no había de ser un monarca absoluto, sino que había de ejercer su poder en
sujeción a la voluntad del Altísimo. Este
discurso se escribió en un libro donde se asentaron las prerrogativas del
príncipe y los derechos y privilegios del pueblo. Aunque la nación había menospreciado la advertencia de Samuel y
el fiel profeta se había visto forzado a acceder a sus deseos, procuró en lo
posible, salvaguardar sus libertades.
En tanto que la mayoría del pueblo estaba dispuesta a
reconocer a Saúl como su rey, un partido grande se le oponía. Les parecía un agravio intolerable que el
monarca se hubiese escogido de entre la tribu de Benjamín, la más pequeña de
todas las de Israel, pasando por alto la tribu de Judá y la de Efraín, las más
grandes y poderosas. Estas tribus se
negaron a prometer fidelidad y obediencia a Saúl, y a traerle los regalos acostumbrados. Los que habían sido más exigentes en su
demanda de un rey fueron los mismos que se negaron a aceptar con gratitud al
hombre que Dios había designado. Los
miembros de cada una de las facciones tenían su favorito, a quien deseaban ver
en el trono, y entre los príncipes muchos habían deseado el honor para sí. La envidia y los celos ardían en el corazón
de muchos. Los esfuerzos del orgullo y
de la ambición habían resultado en desengaño y descontento.
Así las cosas, Saúl no juzgó conveniente asumir la
dignidad real. Dejando a Samuel la
administración del gobierno como antes, regresó él a Gabaa. Lo escoltó allá con honores un grupo de
hombres que, viendo en él al hombre escogido divinamente, estaban resueltos a
sostenerlo. Pero él no hizo esfuerzo
alguno por apoyar con la fuerza su derecho al trono. En su casa de las alturas de Benjamín, desempeñaba pacíficamente
sus deberes de agricultor, dejando enteramente a Dios el afianzamiento de su
autoridad.
Poco después del nombramiento de Saúl, los amonitas,
bajo su rey Naas, invadieron el territorio de las tribus establecidas al este
del Jordán, y amenazaron la ciudad de Jabes de Galaad. Los habitantes de esa región trataron de
llegar a un entendimiento de paz ofreciéndoles a los amonitas hacerse
tributarios de ellos. A esto el rey
cruel no quiso acceder a menos que fuese bajo la condición de que les sacara el
ojo derecho a cada uno de ellos, como testimonio permanente de su poder.
Los habitantes de la ciudad sitiada suplicaron que se
les diera una tregua de siete días. Los
amonitas accedieron a esta solicitud, creyendo que con esto engrandecerían más
el honor de su esperado triunfo. En
seguida los de Jabes enviaron mensajeros para pedir auxilio a las tribus del
oeste del Jordán. Así llegaron a Gabaa
las noticias que despertaban terror por todas partes.
Por la noche, al regresar Saúl de seguir los bueyes
en el campo, oyó ruidosas lamentaciones indicadoras de una gran calamidad. Dijo entonces: "¿Qué tiene el pueblo,
que lloran?" Cuando se le contó la vergonzosa historia, se despertaron
todas sus facultades latentes. "El
espíritu de Dios arrebató a Saúl, . . .y tomando un par de bueyes, cortólos en
piezas, y enviólas por todos los términos de Israel por mano de mensajeros,
diciendo: Cualquiera que no saliere en pos de Saúl y en pos de Samuel, así será
hecho a sus bueyes."
Trescientos treinta mil hombres se congregaron en la
llanura de Bezec, bajo las órdenes de Saúl.
Inmediatamente se mandaron mensajeros a los habitantes de la ciudad
sitiada, con la promesa de que podrían esperar auxilio al día siguiente, el
mismo día en el cual habían de someterse a los amonitas. Gracias a una rápida marcha nocturna, Saúl y
su ejército cruzaron el Jordán, y llegaron a Jabes, "a la vela de la
mañana." Dividiendo, como Gedeón, sus fuerzas en tres compañías, cayo
sobre el campo de los amonitas aquella madrugada, en el momento en que, por no
sospechar ningún peligro, estaban menos en guardia. En el pánico que siguió al ataque, fueron derrotados
completamente y hubo una gran matanza. "Y
los que quedaron fueron dispersos, tal que no quedaron dos de ellos
juntos."
La celeridad y el valor de Saúl, así como el don de
mando que reveló en la feliz dirección de tan grande ejército, eran cualidades
que el pueblo de Israel había deseado en su monarca, para poder hacer frente a
las otras naciones. Ahora le saludaron
como su rey, atribuyendo el honor de la victoria a los instrumentos humanos y
olvidándose de que sin la bendición especial de Dios todos sus esfuerzos
hubieran sido en vano. En el calor de
su entusiasmo, algunos propusieron que se diera muerte a los que al principio
había rehusado reconocer la autoridad de Saúl.
Pero el rey intervino diciendo: "No morirá hoy ninguno, porque hoy
ha obrado Jehová salud en Israel."
Con esto dio Saúl testimonio del cambio realizado en
su carácter. En vez de atribuirse el
honor, dio a Dios toda la gloria. En
vez de manifestar un deseo de venganza, mostró un espíritu de compasión y
perdón. Este es un testimonio
inequívoco de que la gracia de Dios mora en el corazón.
Samuel propuso entonces que se convocara una asamblea
nacional en Gilgal, para que el reino fuese públicamente confiado a Saúl. Se hizo así; "y sacrificaron allí
víctimas pacíficas delante de Jehová; y alegráronse mucho allí Saúl y todos los
de Israel."
Gilgal había sido el sitio donde Israel había
acampado por primera vez en la tierra prometida. Allí fue donde Josué, por indicación divina, erigió la columna de
doce piedras para conmemorar el cruce milagroso del Jordán. Allí se había reanudado la práctica de la
circuncisión. Allí se había celebrado
la primera pascua después del pecado de Cades y la peregrinación en el desierto. Allí cesó el suministro del maná. Allí el Capitán de la hueste de Jehová se
había revelado como comandante en jefe de los ejércitos de Israel. De ese sitio habían salido para conquistar a
Jericó y a Hai. Allí Acán recibió el
castigo de su pecado, y se hizo con los gabaonitas aquel tratado que castigó la
negligencia de Israel en cuanto a pedir consejo a Dios. En esa llanura, vinculada con tantos
recuerdos conmovedores, estaban Samuel y Saúl; y cuando los gritos de
bienvenida al rey se hubieron acallado, el anciano profeta pronunció sus
palabras de despedida como gobernante de la nación.
"He aquí -dijo él,- yo he oído vuestra voz en
todas las cosas que me habéis dicho, y os he puesto rey. Ahora pues, he aquí vuestro rey va delante
de vosotros. Yo soy ya viejo y cano; . . . y yo he andado delante de vosotros desde mi
mocedad hasta este día. Aquí estoy;
atestiguad contra mí delante de Jehová y delante de su ungido, si he tomado el
buey de alguno, o si he tomado el asno de alguno, o si he calumniado a alguien,
o si he agraviado a alguno, o si de alguien he tomado cohecho por el cual haya
cubierto mis ojos: y os satisfaré."
A una voz el pueblo contestó: "Nunca nos has
calumniado, ni agraviado, ni has tomado algo de mano de ningún hombre."
Samuel no procuraba meramente justificar su propia
conducta. Había expuesto previamente
los principios que debían regir tanto al rey como al pueblo, y deseaba tan sólo
agregar a sus palabras el peso de su propio ejemplo. Desde su niñez había estado relacionado con la obra de Dios, y
durante toda su larga vida había tenido un solo propósito: la gloria de Dios y
el mayor bienestar de Israel.
Antes de que pudiera Israel tener alguna esperanza de
prosperidad, debía ser inducido al arrepentimiento para con Dios. Como consecuencia del pecado había perdido
la fe en Dios, y la capacidad de discernir su poder y sabiduría para gobernar
la nación; había perdido su confianza en que Dios pudiera vindicar su causa. Antes de que pudieran los israelitas hallar
verdadera paz, debían ser inducidos a ver y confesar el pecado mismo del cual
se habían hecho culpables. Habían
expresado así su objeto al exigir un rey: "Nuestro rey nos gobernará, y
saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras."
Samuel reseñó la historia de Israel, desde el día en
que Dios lo sacó de Egipto. Jehová, el
Rey de reyes, había ido siempre delante de ellos, y había librado sus batallas. A menudo sus propios pecados los habían
entregado al poder de sus enemigos, pero tan pronto como ellos se apartaban de
sus caminos impíos, la misericordia de Dios les suscitaba un libertador. El Señor envió a Gedeón y a Barac, "a
Jephté, y a Samuel, y os libró de mano de vuestros enemigos alrededor, y
habitasteis seguros." Sin embargo, cuando se vieron amenazados de peligro
declararon: "Rey reinará sobre nosotros; siendo -dijo el profeta- vuestro
rey Jehová vuestro Dios."
Samuel continuó diciendo: "Esperad aún ahora, y
mirad esta gran cosa que Jehová hará delante de vuestros ojos. ¿No es ahora la siega de los trigos? Yo
clamaré a Jehová, y él dará truenos y aguas; para que conozcáis y veáis que es
grande vuestra maldad que habéis hecho en los ojos de Jehová, pidiéndoos rey. Y Samuel clamó a Jehová; y Jehová dio
truenos y aguas en aquel día."
En el Oriente, no solía llover durante el tiempo de
la siega del trigo, en los meses de mayo y junio. El cielo se mantenía despejado, y el aire era sereno y suave. Una tormenta tan violenta en ese tiempo
llenó de temor todos los corazones. Con
humillación el pueblo confesó sus pecados, -el pecado preciso del cual se había
hecho culpable: "Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, que no muramos:
porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para
nosotros."
Samuel no dejó al pueblo en el desaliento, pues éste
habría impedido todo esfuerzo por vivir mejor.
Satanás los habría inducido a considerar a Dios como severo e
implacable, y así habrían quedado expuestos a múltiples tentaciones. Dios es misericordioso y perdonador, y desea
siempre manifestar favor hacia su pueblo cuando éste obedece a su voz. "No temáis -fue el mensaje que Dios
envió por medio de su siervo:- vosotros habéis cometido todo este mal; mas con
todo eso no os apartéis de en pos de Jehová, sino servid a Jehová con todo
vuestro corazón: no os apartéis en pos de las vanidades, que no aprovechan ni libran,
porque son vanidades. Pues Jehová no
desamparará a su pueblo."
Nada dijo Samuel acerca del desprecio que él había sufrido; ni reprochó a Israel la ingratitud con la cual le había retribuido toda una vida de devoción. Antes le prometió seguir interesándose incesantemente por él: "Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes yo os enseñaré por el camino bueno y derecho. Solamente temed a Jehová, y servidle de verdad con todo vuestro corazón, porque considerad cuán grandes cosas ha hecho con vosotros. Mas si perseveraréis en hacer mal, vosotros y vuestro rey pereceréis."