EL SEÑOR mismo dirigía la educación de Israel. Sus cuidados no se limitaban solamente a los
intereses religiosos de ese pueblo; todo lo que afectaba su bienestar mental o
físico incumbía también a la divina Providencia, y estaba comprendido dentro de
la esfera de la ley divina.
Dios había ordenado a los hebreos que enseñaran a sus
hijos lo que él requería y que les hicieran saber cómo había obrado con sus
padres. Este era uno de los deberes
especiales de todo padre de familia, y no debía ser delegado a otra persona. En vez de permitir que lo hicieran labios
extraños, debían los corazones amorosos del padre y de la madre instruir a sus
hijos. Con todos los acontecimientos de
la vida diaria debían ir asociados pensamientos referentes a Dios. Las grandes obras que él había realizado en
la liberación de su pueblo, y las promesas de un Redentor que había de venir,
debían relatarse a menudo en los hogares de Israel; y el uso de figuras y
símbolos grababa las lecciones más indeleblemente en la memoria. Las grandes verdades de la providencia de
Dios y la vida futura se inculcaban en la mente de los jóvenes. Se la educaba para que pudiera discernir a
Dios tanto en las escenas de la naturaleza como en las palabras de la revelación. Las estrellas del cielo, los árboles y las
flores del campo, las elevadas montañas, los riachuelos murmuradores, todas
estas cosas hablaban del Creador. El
servicio solemne de sacrificio y culto en el santuario, y las palabras
pronunciadas por los profetas eran una revelación de Dios.
Tal fue la educación de Moisés en la humilde choza de
Gosén; de Samuel, por la fiel Ana; de David, en la morada montañesa de Belén;
de Daniel antes de que el cautiverio le separara del hogar de sus padres. Tal fue, también, la educación del niño
Jesús en Nazaret; y la que recibió el niño Timoteo quien aprendió de labios de
su "abuela Loida" y de su "madre Eunice" las verdades
eternas de las Sagradas Escrituras. (2
Tim. 1: 5; 3: 15.)
Mediante el establecimiento de las escuelas de los
profetas, se tomaron medidas adicionales para la educación de la juventud. Si un joven deseaba escudriñar más
profundamente las verdades de la Palabra de Dios, y buscar sabiduría de lo
alto, a fin de llegar a ser maestro en Israel, las puertas de estas escuelas
estaban abiertas para él. Las escuelas
de los profetas fueron fundadas por Samuel para servir de barrera contra la
corrupción generalizada, para cuidar del bienestar moral y espiritual de la
juventud, y para fomentar la prosperidad futura de la nación supliéndole
hombres capacitados para obrar en el temor de Dios como jefes y consejeros.
Con el fin de lograr este objeto, Samuel reunió
compañías de jóvenes piadosos, inteligentes y estudiosos. A estos jóvenes se les llamaba hijos de los
profetas. Mientras tenían comunión con
Dios y estudiaban su Palabra y sus obras, se iba agregando sabiduría del cielo
a sus dones naturales. Los maestros
eran hombres que no sólo conocían la verdad divina, sino que habían gozado
ellos mismos de la comunión con Dios, y habían recibido los dones especiales de
su Espíritu. Gozaban del respeto y la
confianza del pueblo, tanto por su saber como por su piedad.
En la época de Samuel había dos de estas escuelas:
una en Rama, donde vivía el profeta, y la otra en Kiriat-jearim, donde estaba
el arca en aquel entonces. Se
establecieron otras en tiempos ulteriores.
Los alumnos de estas escuelas se sostenían cultivando
la tierra o dedicándose a algún trabajo manual. En Israel esto no era considerado extraño ni degradante; más bien
se consideraba un crimen permitir que los niños crecieran sin que se les
enseñara algún trabajo útil. Por orden
divina, a todo niño se le enseñaba un oficio, aun en el caso de tener que ser
educado para el servicio sagrado. Muchos
de los maestros religiosos se sostenían por el trabajo de sus manos. Aun en el tiempo de los apóstoles, Pablo y
Aquila no veían menoscabado su honor porque se ganaban la vida ejerciendo su
oficio de tejedores de tiendas.
Las asignaturas principales de estudio en estas
escuelas eran la ley de Dios, con las instrucciones dadas a Moisés, la historia
sagrada, la música sagrada y la poesía.
Los métodos de enseñanza eran distintos de los que se usan en los
seminarios teológicos actuales, en los que muchos estudiantes se gradúan
teniendo menos conocimiento de Dios y de la verdad religiosa que cuando
entraron. En las escuelas de antaño, el
gran propósito de todo estudio era aprender la voluntad de Dios y la obligación
del hombre hacia él. En los anales de
la historia sagrada, se seguían los pasos de Jehová. Se recalcaban las grandes verdades presentadas por los símbolos o
figuras y la fe trababa del objeto central de todo aquel sistema: el Cordero de
Dios que había de quitar el pecado del mundo.
Se fomentaba un espíritu de devoción. No solamente se les decía a los estudiantes
que debían orar, sino que se les enseñaba a orar, a aproximarse a su Creador, a
ejercer fe en él, a comprender y obedecer las enseñanzas de su Espíritu. Intelectos santificados sacaban del tesoro
de Dios cosas nuevas y viejas, y el Espíritu de Dios se manifestaba en
profecías y cantos sagrados. Se
empleaba la música con un propósito santo, para elevar los pensamientos hacia
aquello que es puro, noble y enaltecedor, y para despertar en el alma la
devoción y la gratitud hacia Dios. ¡Cuánto
contraste hay entre la antigua costumbre y los usos que con frecuencia se le da
hoy a la música! ¡Cuántos son los que emplean este don especial para ensalzarse
a si mismos, en lugar de usarlo para glorificar a Dios! El amor a la música
conduce a los incautos a participar con los amantes de lo mundano en las
reuniones de placer adonde Dios prohibió a sus hijos que fueran. Así lo que es una gran bendición cuando se
lo usa correctamente se convierte en uno de los medios más certeramente
empleados por Satanás para desviar la mente del deber y de la contemplación de
las cosas eternas.
La música forma parte del culto tributado a Dios en
los atrios celestiales, y en nuestros cánticos de alabanza debiéramos procurar
aproximarnos tanto como sea posible a la armonía de los coros celestiales. La educación apropiada de la voz es un rasgo
importante en la preparación general, y no debe descuidarse. El canto, como parte del servicio religioso,
es tanto un acto de culto como lo es la oración. El corazón debe sentir el espíritu del canto para darle expresión
correcta.
¡Cuánta diferencia media entre aquellas escuelas
donde enseñaban los profetas de Dios, y nuestras instituciones modernas de
saber! ¡Cuán pocas escuelas pueden encontrarse que no se rijan por las máximas
y costumbres del mundo! Hay una falta deplorable de gobierno y disciplina. Es alarmante la ignorancia que existe acerca
de la Palabra de Dios entre los que se hacen llamar cristianos. Las conversaciones triviales y el mero
sentimentalismo pasan por enseñanza en el campo de la moral y de la religión. La justicia y la misericordia de Dios, la
belleza de la santidad y la recompensa segura por el bien hacer, el carácter
odioso del pecado y la certidumbre de sus terribles consecuencias, no se
recalcan en la mente de los jóvenes. Las
amistades perversas están instruyendo a la juventud en los caminos del crimen,
de la disipación y del libertinaje.
¿No podrían los educadores actuales aprender de las
antiguas escuelas hebreas algunas lecciones provechosas? El que creó al hombre
proveyó para el desarrollo de su cuerpo, alma y mente. Por consiguiente, el verdadero éxito en la
educación depende de la fidelidad con la cual el hombre lleva a cabo el plan del
Creador.
El verdadero propósito de la educación es restaurar
la imagen de Dios en el alma. En el
principio, Dios creó al hombre a su propia semejanza. Le dotó de cualidades nobles.
Su mente era equilibrada, y todas las facultades de su ser eran armoniosas. Pero la caída y sus resultados pervirtieron
estos dones. El pecado echó a perder y
casi hizo desaparecer la imagen de Dios en el hombre. Restaurar ésta fue el objeto con que se concibió el plan de la
salvación y se le concedió un tiempo de gracia al hombre. Hacerle volver a la perfección original en
la que fue creado, es el gran objeto de la vida, el objeto en que estriba todo
lo demás. Es obra de los padres y
maestros, en la educación de la juventud, cooperar con el propósito divino; y
al hacerlo son "coadjutores . . . de
Dios." (1 Cor. 3: 9.)
Todas las distintas capacidades que el hombre posee
-de la mente, del alma y del cuerpo- le fueron dadas por Dios para que las
dedique a alcanzar el más alto grado de excelencia posible. Pero esta cultura no puede ser egoísta ni
exclusiva; porque el carácter de Dios, cuya semejanza hemos de recibir, es
benevolencia y amor. Toda facultad y
todo atributo con que el Creador nos haya dotado deben emplearse para su gloria
y para el ennoblecimiento de nuestros semejantes. Y en este empleo se halla la ocupación más pura, más noble y más
feliz.
Si se concediera a este principio la atención que
merece por su importancia, se efectuaría un cambio radical en algunos de los
métodos corrientes de enseñanza. En vez
de despertar el orgullo, la ambición egoísta y un espíritu de rivalidad, los
maestros procurarían evocar un sentimiento de amor a la bondad, a la verdad y a
la belleza; harían desear lo excelente.
El alumno se esforzaría por desarrollar en sí mismo los dones de Dios,
no para superar a los demás, sino para cumplir el propósito del Creador y
recibir su semejanza. En vez de ser
encauzado hacia las meras normas terrestres o movido por el deseo de exaltación
propia que de por si empequeñece y rebaja, el espíritu sería dirigido hacia el
Creador, para conocerle y llegar a serle semejante.
"El temor de Jehová es el principio de la
sabiduría; y la ciencia de los santos es inteligencia." (Prov. 9: 10.) La formación del carácter es la gran
obra de la vida; y un conocimiento de Dios, el fundamento de toda educación
verdadera. Impartir este conocimiento y
amoldar el carácter de acuerdo con él, debe ser el propósito del maestro en su
trabajo. La ley de Dios es un reflejo
de su carácter. Por esto dice el
salmista: "Todos tus mandamientos son justicia," y "de tus
mandamientos he adquirido inteligencia." (Sal. 119: 172, 104.) Dios se nos ha revelado en su Palabra y en las
obras de la creación. Por el libro de
la inspiración y el de la naturaleza hemos de obtener un conocimiento de Dios.
Una ley del intelecto humano hace que se adapte
gradualmente a las materias en las cuales se le enseña a espaciarse. Si se dedica solamente a asuntos triviales,
se atrofia y se debilita. Si no se le
exige que considere problemas difíciles, pierde con el tiempo su capacidad de
crecer.
Como instrumento educador la Biblia no tiene rival. En la Palabra de Dios, la mente halla temas
para la meditación más profunda y las aspiraciones más sublimes. La Biblia es la historia más instructiva que
posean los hombres. Proviene
directamente de la fuente de verdad eterna, y una mano divina ha conservado su
integridad y pureza a través de los siglos.
Ilumina el lejano pasado más remoto, donde las investigaciones humanas
procuran en vano penetrar.
En la Palabra de Dios contemplamos el poder que
estableció los fundamentos de la tierra y que extendió los cielos. Únicamente en ella podemos hallar una
historia de nuestra raza que no esté contaminada por el prejuicio o el orgullo
humanos. En ella se registran las
luchas, las derrotas y las victorias de los mayores hombres que el mundo haya
conocido jamás. En ella se desarrollan
los grandes problemas del deber y del destino.
Se levanta la cortina que separa el mundo visible del mundo invisible, y
presenciamos el conflicto de las fuerzas encontradas del bien y del mal, desde
la primera entrada del pecado hasta el triunfo final de la rectitud y de la
verdad; y todo ello no es sino una revelación del carácter de Dios.
En la contemplación reverente de las verdades
presentadas en su Palabra, la mente del estudiante entra en comunión con la
Mente infinita. Un estudio tal no sólo
purifica y ennoblece el carácter, sino que inevitablemente amplía y fortalece
las facultades mentales.
Las enseñanzas de la Biblia influyen en forma vital
sobre la prosperidad del hombre en todas las relaciones de esta vida. Desarrolla los principios que son la base de
la prosperidad de una nación, principios vinculados con el bienestar de la
sociedad y que son la salvaguardia de la familia, principios sin los cuales
ningún hombre puede alcanzar utilidad, felicidad u honra en esta vida, ni
asegurarse la vida futura inmortal. No
hay posición alguna en esta vida, ni fase alguna de la experiencia humana para
la cual la enseñanza de la Biblia no constituya una preparación indispensable. Si se estudiara la Palabra de Dios y se la
obedeciera, daría al mundo hombres de intelecto más enérgico y activo que
cuantos puede producir la mayor aplicación al estudio de todas las materias
abarcadas por la filosofía humana. Produciría
hombres fuertes y firmes de carácter, de entendimiento agudo y sano juicio,
hombres que glorificarían a Dios y beneficiarían al mundo.
Por el estudio de las ciencias también hemos de
obtener un conocimiento del Creador. Toda
ciencia verdadera no es más que una interpretación de lo escrito por la mano de
Dios en el mundo material. Lo único que
hace la ciencia es obtener de sus investigaciones nuevos testimonios de la
sabiduría y del poder de Dios. Si se
los comprende bien, tanto el libro de la naturaleza como la Palabra escrita nos
hacen conocer a Dios al enseñarnos algo de las leyes sabias y benéficas por
medio de las cuales él obra.
Se debe inducir al estudiante a ver a Dios en todas
las obras de la creación. Los maestros
deben imitar el ejemplo del gran Maestro, quien de las escenas familiares de la
naturaleza sacaba ilustraciones que simplificaban sus enseñanzas y las grababan
más profundamente en los corazones de sus oyentes. Los pájaros que gorjeaban en las ramas frondosas, las flores del
valle, los soberbios árboles, las tierras fructíferas, el cereal que germinaba,
el suelo árido, el sol poniente que doraba los cielos con sus rayos, todo
servía como medio de enseñanza. El
relacionaba las obras visibles del Creador con las palabras de vida que
pronunciaba, para que cada vez que estos objetos se presentaran a los ojos de
sus oyentes, éstos recordaran las lecciones de verdad con las cuales las había
vinculado.
El sello de la Deidad, manifestado en las páginas de
la revelación, se ve en las altas montañas, los valles fructíferos, y en el
ancho y profundo océano. Las cosas de
la naturaleza hablan al hombre del amor de su Creador. Por señas innumerables en el cielo y en la
tierra, nos ha unido consigo. Este mundo
no consiste sólo en tristeza y miseria.
"Dios es amor," está escrito en cada capullo que se abre, en
los pétalos de toda flor y en cada tallo de hierba. Aunque la maldición del pecado ha hecho que la tierra produzca
espinas y cardos, hay flores en los cardos, y las espinas son ocultadas por las
rosas. Todas las cosas de la naturaleza
atestiguan el cuidado tierno y paternal de nuestro Dios, y su deseo de hacer
felices a sus hijos. Sus prohibiciones
y mandamientos no se destinan solamente a mostrar su autoridad, sino que en
todo lo que hace, procura el bienestar de sus hijos. No exige que ellos renuncien a nada que les convendría guardar.
La opinión prevaleciente en algunas clases de la
sociedad, de que la religión no favorece el logro de la salud o de la felicidad
en esta vida, es uno de los errores más perniciosos. La Sagrada Escritura dice: "El temor de Jehová es para vida;
y con él vivirá el hombre, lleno de reposo; no será visitado de mal." "¿Quién
es el hombre que desea vida, que codicia días para ver bien? Guarda tu lengua
de mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate
del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela." Las palabras de la
sabiduría "son vida a los que las hallan, y medicina a toda su
carne." (Prov. 19: 23; Sal. 34: 12-14; Prov. 4: 22.)
La verdadera religión pone al hombre en armonía con
las leyes de Dios, físicas, mentales y morales. Enseña el dominio de sí mismo, la serenidad y la templanza. La religión ennoblece el intelecto, purifica
el gusto y santifica el juicio. Hace al
alma participante de la pureza del cielo.
La fe en el amor de Dios y en su providencia soberana alivia las cargas
de ansiedad y cuidado. Llena de
regocijo y de contento el corazón de los encumbrados y los humildes. La religión tiende directamente a fomentar
la salud, alargar la vida y realzar nuestro goce de todas sus bendiciones. Abre al alma una fuente inagotable de
felicidad.
¡Ojalá que todos aquellos que no han escogido a
Cristo se dieran cuenta de que él tiene algo que ofrecerles que es mucho mejor
de lo que ellos buscan! El hombre hace a su propia alma el mayor daño e
injusticia cuando piensa y obra en forma contraria a la voluntad de Dios. No se puede hallar gozo verdadero en la
senda prohibida por Aquel que sabe en qué consiste lo mejor, y procura el bien
de sus criaturas. El sendero de la
transgresión lleva a la miseria y a la perdición; pero los caminos de la
sabiduría "son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz." (Prov. 3: 17.)
Se puede estudiar con provecho tanto el adiestramiento
físico como la disciplina religiosa que se practicaban en las escuelas de los
hebreos. El valor de esta educación no
se aprecia debidamente. Hay una
estrecha relación entre la mente y el cuerpo, y para alcanzar un alto nivel de
dotes morales e intelectuales, debemos acatar las leyes que gobiernan nuestro
ser físico. Para alcanzar un carácter
fuerte y bien equilibrado, deben ejercitarse y desarrollarse nuestras fuerzas,
tanto mentales como corporales. ¿ Qué
estudio puede ser más importante para los jóvenes que el de este maravilloso
organismo que Dios nos ha encomendado y de las leyes por las cuales ha de
conservarse en buena salud?
Y ahora, como en los tiempos de Israel, cada joven
debe recibir instrucción sobre los deberes de la vida práctica. Cada uno debe adquirir el conocimiento de
algún ramo del trabajo manual, por el cual, en caso de necesidad, podrá ganarse
la vida. Esto es indispensable, no sólo
como protección contra las vicisitudes de la vida, sino también a causa de la
influencia que ejercerá en el desarrollo físico, mental y moral. Aunque hubiese seguridad de que uno no
habría de depender del trabajo manual para mantenerse, debiera sin embargo
aprender a trabajar. Sin ejercicio
físico nadie puede tener una constitución sana ni una salud vigorosa, y la
disciplina del trabajo bien regulado no es menos esencial para desarrollar una
inteligencia fuerte y activa y un carácter noble.
Todo estudiante debiera dedicar una porción de cada
día a un trabajo físico activo. Así se
adquirirían hábitos de aplicación y laboriosidad, y se formaría un espíritu de
confianza propia, al mismo tiempo que se escudaría al joven contra muchas
prácticas malas y degradantes que tan a menudo son los resultados del ocio. Todo esto cuadra con el fin principal de la
educación; porque al estimular la actividad, la diligencia y la pureza, nos
ponemos en armonía con el Creador.
Los jóvenes deben ser inducidos a comprender el
propósito de su creación, que es honrar a Dios y beneficiar a sus semejantes;
hágaseles ver el tierno amor que nuestro Padre celestial ha manifestado y el
alto destino para el cual la disciplina de esta vida los ha de preparar, la
dignidad y el honor a los cuales están llamados, a saber, ser hijos de Dios, y
millares se apartarán con desprecio y repugnancia de los propósito bajos y
egoístas y de los placeres frívolos que hasta ahora les han absorbido. Aprenderán a odiar y evitar el pecado, no
meramente por la esperanza de la recompensa o por el miedo al castigo, sino por
un sentido de su vileza inherente, porque degradaría las facultades que Dios
les ha dado, mancharía su carácter de seres humanos semejantes a Dios.
Dios no ordena que los jóvenes tengan menos
aspiraciones. Los rasgos de carácter
que dan éxito y honores a un hombre entre sus semejantes; el deseo
inextinguible de algún bien mayor; la voluntad indomable; los esfuerzos arduos;
la perseverancia incansable, no deben eliminarse. Por la gracia de Dios, deben encauzarse hacia fines que superen
los intereses egoístas y temporales como los cielos son más altos que la
tierra.
Y la educación comenzada en esta vida continuará en la vida venidera. Un día tras otro revelarán a la mente con nueva belleza las maravillosas obras de Dios, las evidencias de su sabiduría y poder al crear y sostener el universo, así como el misterio infinito del amor y de la sabiduría en el plan de la redención. "Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman." (1 Cor. 2: 9.) Hasta en esta vida podemos entrever su presencia y gozar de la comunión con el Cielo; pero la plenitud de su gozo y de su bendición se ha de alcanzar en el más allá. La eternidad sola habrá de revelar el destino glorioso que el hombre, restaurado a la imagen de Dios, puede alcanzar.