ELÍ ERA sacerdote y juez de Israel. Ocupaba los puestos más altos y de mayor
responsabilidad entre el pueblo de Dios.
Como hombre escogido divinamente para las sagradas obligaciones del
sacerdocio, y puesto sobre todo el país, como la autoridad judicial más
elevada, se le consideraba como un ejemplo, y ejercía una gran influencia sobre
las tribus de Israel. Pero aunque había
sido nombrado para que gobernara al pueblo, no regía bien su propia casa. Elí era un padre indulgente. Amaba tanto la paz y la comodidad, que no
ejercía su autoridad para corregir los malos hábitos ni las pasiones de sus
hijos. Antes que contender con ellos, o
castigarlos, prefería someterse a la voluntad de ellos, y les cedía en todo. En vez de considerar la educación de sus
hijos como una de sus responsabilidades más importantes, trataba el asunto como
si tuviera muy poca importancia.
El sacerdote y juez de Israel no había sido dejado en
las tinieblas con respecto a la obligación de refrenar y disciplinar a los
hijos que Dios había confiado a su cuidado.
Pero Elí se substrajo a estas obligaciones, porque significaban
contrariar la voluntad de sus hijos, y le imponían la necesidad de castigarlos
y de negarles ciertas cosas. Sin pesar
las consecuencias terribles de su proceder, satisfizo todos los deseos de sus
hijos, y descuidó la obra de prepararlos para el servicio de Dios y los deberes
de la vida.
Dios había dicho de Abrahán: "Yo lo he conocido,
sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de
Jehová, haciendo justicia y juicio."(Gén.
18: 19.) Pero Elí permitió que sus hijos le dominaran a él. El padre se sometió a los hijos. La maldición de la transgresión era aparente
en la corrupción y la impiedad que distinguían la conducta de sus hijos. No apreciaban debidamente el carácter de
Dios ni la santidad de su ley. El
servicio de él era para ellos una cosa común.
Desde su niñez se habían acostumbrado al santuario y su servicio; pero
en vez de volverse más reverentes, habían perdido todo sentido de su santidad y
significado. El padre no había
corregido la falta de respeto que manifestaban hacia su propia autoridad, ni
había refrenado su irreverencia por los servicios solemnes del santuario; y
cuando llegaron a la edad viril estaban llenos de los frutos mortíferos del
escepticismo y la rebelión.
Aunque estaban completamente incapacitados para el
cargo, fueron puestos en el santuario como sacerdotes para ministrar ante Dios. El Señor había dado instrucciones muy precisas
con respecto al ofrecimiento de los sacrificios; pero estos impíos cumplían el
servicio de Dios con desprecio de la autoridad y no prestaban atención a la ley
de las ofrendas y sacrificios, que debían presentarse de la manera más solemne. Los sacrificios, que apuntaban a la futura
muerte de Cristo, tenían por objeto conservar en el corazón del pueblo la fe en
el Redentor que había de venir. Por
consiguiente, era de suma importancia que se acatasen estrictamente las
instrucciones del Señor con respecto a ellos.
Los sacrificios de agradecimiento eran especialmente una expresión de
gracias a Dios. En estas ofrendas
solamente la grasa del animal debía quemarse en el altar; cierta porción
especificada se reservaba para los sacerdotes, pero la mayor parte era devuelta
al dador, para que la comiesen él y sus amigos en un festín de sacrificio. Así todos los corazones se habían de
dirigir, con gratitud y fe, al gran Sacrificio que había de quitar los pecados
del mundo.
Los hijos de Elí, en vez de reconocer la solemnidad
de este servicio simbólico, sólo pensaban en cómo hacer de él un medio de
satisfacer sus propios deseos. No se
contentaban con la parte de las ofrendas de gracias que se les destinaba, y
exigían una porción adicional; y el gran número de estos sacrificios que se
presentaban en las fiestas anuales daba a los sacerdotes oportunidad de
enriquecerse a costa del pueblo. No
sólo exigían más de lo que lícitamente les correspondía, sino que hasta se
negaban a esperar que la grasa se quemase como ofrenda a Dios. Persistían en exigir cualquier porción que
les agradase, y si les era negada, amenazaban con tomarla por la fuerza.
Esta irreverencia por parte de los sacerdotes no
tardó en despojar los servicios de su significado santo y solemne, y los del
pueblo "menospreciaban los sacrificios de Jehová." (Véase 1 Sam. 2:12-36.) Ya no conocían el gran sacrificio
antitípico hacia el cual debían mirar. "Era
pues el pecado de los mozos muy grande delante de Jehová."
Estos sacerdotes infieles violaban también la ley de
Dios y deshonraban su santo cargo por sus prácticas viles y degradantes; pero
continuaban contaminando con su presencia el tabernáculo de Dios. Mucha gente, llena de indignación por la
conducta corrompida de Ofni y Finees, dejó de subir al lugar señalado para el
culto. Así el servicio que Dios había
ordenado fue menospreciado y descuidado porque estaba asociado con los pecados
de hombres impíos, mientras que aquellos cuyos corazones se inclinaban hacia el
mal se envalentonaron en el pecado. La
impiedad, el libertinaje y hasta la idolatría prevalecían en forma alarmante.
Elí había cometido un grave error al permitir que sus
hijos asumieran los cargos sagrados. Al
disculpar la conducta de ellos con este o aquel pretexto, quedó ciego con
respecto a sus pecados; pero por último llegaron a tal punto que ya no pudo
desviar más los ojos de los delitos de sus hijos. El pueblo se quejaba de sus actos de violencia, y el sumo
sacerdote sintió pesar y angustia. No
osó callar por más tiempo. Pero sus hijos
se habían criado pensando sólo en sí mismos, y ahora no respetaban a nadie. Veían la angustia de su padre, pero sus
corazones endurecidos no se conmovían. Oían
sus benignas amonestaciones, pero no se dejaban impresionar, ni quisieron cambiar
su mal camino cuando fueron advertidos de las consecuencias de su pecado. Si Elí hubiera tratado con justicia a sus
hijos impíos, habrían sido destituidos del sacerdocio y castigados con la
muerte. Temiendo deshonrarlos así
públicamente y condenarlos, los mantuvo en los puestos más sagrados y de más
responsabilidad. Siguió permitiéndoles
que mezclaran su corrupción con el santo servicio de Dios, y que infligieran a
la causa de la verdad un perjuicio que muchos años no podrían borrar. Pero cuando el juez de Israel descuidó su
obra, Dios se hizo cargo de la situación.
"Y vino un varón de Dios a Elí, y díjole: Así ha
dicho Jehová: ¿No me manifesté yo claramente a la casa de tu padre, cuando
estaban en Egipto en casa de Faraón? Y yo le escogí por mi sacerdote entre
todas las tribus de Israel, para que ofreciese sobre mi altar, y quemase
perfume, y trajese ephod delante de mí; y dí a la casa de tu padre todas las
ofrendas de los hijos de Israel. ¿Por
qué habéis hollado mis sacrificios y mis presentes, que yo mandé ofrecer en el
tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándolos de lo
principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel? Por tanto, Jehová el Dios
de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían
delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga,
porque yo honraré a los que me honran, y los que me tuvieren en poco, serán
viles. . . .Y yo me suscitaré un
sacerdote fiel, que haga conforme a mi corazón y a mi alma; y yo le edificaré
casa firme, y andará delante de mi ungido todos los días."
Dios acusó a Elí de honrar a sus hijos más que al
Señor. Antes que avergonzar a sus hijos
por sus prácticas impías y odiosas, Elí había permitido que la ofrenda
destinada por Dios a ser una bendición para Israel se trocase en cosa
abominable. Los que siguen sus propias
inclinaciones, en su afecto ciego por sus hijos, y, permitiéndoles que
satisfagan sus deseos egoístas, no les hacen sentir el peso de la autoridad de
Dios para reprender el pecado y corregir el mal, ponen de manifiesto que honran
a sus hijos impíos más que a Dios. Sienten
más anhelo por escudar la reputación de ellos que por glorificar a Dios; y
tienen más deseo de complacer a sus hijos que de agradar al Señor y de mantener
su servicio libre de toda apariencia de mal.
A Elí, como sumo sacerdote y juez de Israel, Dios le
consideraba responsable por la condición moral y religiosa de su pueblo, y en
un sentido muy especial, por el carácter de sus hijos. El debió haber procurado refrenar primero la
impiedad por medidas benignas; pero si éstas no daban resultados positivos,
debiera haber dominado el mal por los medios más severos. Provocó el desagrado del Señor al no
reprender el pecado ni ejecutar justicia sobre el pecador. No se podría confiar en él para que
mantuviera puro a Israel. Aquellos que
no tienen suficiente valor para reprender el mal, o que por indolencia o falta
de interés no hacen esfuerzos fervientes para purificar la familia o la iglesia
de Dios, son considerados responsables del mal que resulte de su descuido del
deber. Somos tan responsables de los
males que hubiéramos podido impedir en otros por el ejercicio de la autoridad
paternal o pastoral, como si hubiésemos cometido los tales hechos nosotros
mismos.
Elí no administró su casa de acuerdo con los
reglamentos que Dios dio para el gobierno de la familia. Siguió su propio juicio. El padre indulgente pasó por alto las faltas
y los pecados de sus hijos en su niñez, lisonjeándose de que después de algún
tiempo, al crecer, abandonarían sus tendencias impías. Muchos están cometiendo ahora un error
semejante. Creen conocer una manera
mejor de educar a sus hijos que la indicada por Dios en su Palabra. Fomentan tendencias malas en ellos y se
excusan diciendo: "Son demasiado jóvenes para ser castigados. Esperemos que sean mayores, y se pueda
razonar con ellos." En esta forma se permite que los malos hábitos se
fortalezcan hasta convertirse en una segunda naturaleza. Los niños crecen sin freno, con rasgos de
carácter que serán una maldición para ellos durante toda su vida, y que
propenderán a reproducirse en otros.
No hay maldición más grande en una casa que la de
permitir a los niños que hagan su propia voluntad. Cuando los padres acceden a todos los deseos de sus hijos y les
permiten participar en cosas que reconocen perjudiciales, los hijos pierden
pronto todo respeto por sus padres, toda consideración por la autoridad de Dios
o del hombre, y son llevados cautivos de la voluntad de Satanás. La influencia de una familia mal gobernada
se difunde, y es desastrosa para toda la sociedad. Se acumula en una ola de maldad que afecta a las familias, las
comunidades y los gobiernos.
A causa de su cargo, la influencia de Elí era mayor
que si hubiera sido un hombre común. Su
vida familiar se imitaba por doquiera en Israel. Los resultados funestos de su negligencia y de sus costumbres
indulgentes se podían ver en miles de hogares que seguían el modelo de su
ejemplo. Si se toleran las prácticas
impías en los hijos mientras que los padres hacen profesión de religión, la
verdad de Dios queda expuesta al oprobio.
La mejor prueba del cristianismo en un hogar es la clase de carácter
engendrada por su influencia. Las
acciones hablan en voz mucho más alta que la profesión de piedad más positiva.
Si los que profesan la religión, en vez de hacer
esfuerzos fervientes, persistentes y concienzudos para criar una familia bien
ordenada como testimonio de los beneficios que reporta la fe en Dios, son
flojos en el gobierno de la casa y toleran los malos deseos de sus hijos, obran
como Elí y acarrean deshonra a la causa de Cristo, y ruina para si mismos y sus
familias. Pero por grandes que sean los
males debidos a la infidelidad paternal en cualquier circunstancia, son diez
veces mayores cuando existen en las familias de quienes fueron designados
maestros del pueblo. Cuando éstos no
gobiernan sus propias casas, desvían por su mal ejemplo a muchos del buen
camino. Su culpabilidad es tanto mayor
que la de los demás cuanto mayor es la responsabilidad de su cargo.
Se había prometido que la casa de Aarón andaría
siempre delante de Dios; pero esta promesa se había hecho a condición de que
los miembros de la tal casa se dedicaran a la obra del santuario con corazón
sincero y honraran a Dios en toda forma, no sirviéndose a sí mismos ni
siguiendo sus propias inclinaciones perversas.
Elí y sus hijos habían sido probados, y el Señor los había hallado
enteramente indignos del elevado cargo de sacerdotes en su servicio. Así que Dios declaró: "Nunca yo tal
haga." No podía hacer en su favor el bien que quería hacerles, porque
ellos no habían hecho su parte.
El ejemplo que deben dar los que sirven en las cosas
santas debe ser de tal carácter que induzca al pueblo a reverenciar a Dios y a
temer ofenderle. Cuando los hombres que
actúan como "en nombre del Cristo"(2 Cor. 5: 20), para proclamar al pueblo el mensaje divino de
misericordia y reconciliación, usan su sagrada vocación como un disfraz para
satisfacer sus deseos egoístas o sensuales, se convierten en los agentes más
eficaces de Satanás. Como Ofni y
Finees, inducen al pueblo a aborrecer el sacrificio a Jehová. Puede ser que se entreguen secretamente a su
mala conducta por algún tiempo; pero cuando finalmente se revela su verdadero
carácter, la fe del pueblo recibe un golpe que a menudo resulta en la
destrucción de toda fe en la religión. Queda
en su mente desconfianza hacia todos los que profesan enseñar la palabra de
Dios. Reciben con dudas el mensaje del
siervo verdadero de Cristo. Se
preguntan constantemente: "¿No será este hombre como aquel que creíamos
tan santo y que resultó tan corrupto?" Así pierde la palabra de Dios todo
su poder sobre las almas de los hombres.
En la reprensión que dirigió Elí a sus hijos, hay
palabras de significado solemne y terrible, palabras que deben pesar todos los
que sirven en las cosas sagradas: "Si pecare el hombre contra el hombre,
los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por
él?" Si los delitos de ellos hubieran perjudicado tan sólo a sus
semejantes, el juez podría haber hecho una reconciliación señalando una pena y
requiriendo la restitución correspondiente; y los culpables podrían haber sido
perdonados. O si su pecado no hubiese
sido de presunción, podría haberse ofrecido en su favor un sacrificio
expiatorio. Pero sus pecados estaban
tan entretejidos con su ministerio como sacerdotes del Altísimo en el
ofrecimiento de sacrificios por los pecados, y la obra de Dios había sido tan
profanada y deshonrada ante el pueblo, que no había expiación aceptable en su
favor. Su propio padre, a pesar de que
era sumo sacerdote, no se atrevía a interceder por ellos; ni podía escudarlos
de la ira de un Dios santo.
De todos los pecadores, son más culpables los que arrojan menosprecio sobre los medios que el Cielo proveyó para la redención del hombre, los que crucifican "de nuevo para si mismos al hijo de Dios," y le exponen "a vituperio." (Heb. 6: 6.)