ELCANA, un levita del monte de Efraín, era hombre
rico y de mucha influencia, que amaba y temía al Señor. Su esposa, Ana, era una mujer de piedad
fervorosa. De carácter amable y
modesto, se distinguía por una seriedad profunda y una fe muy grande.
A esta piadosa pareja le había sido negada la
bendición tan vehementemente deseada por todo hebreo. Su hogar no conocía la alegría de las voces infantiles; y el
deseo de perpetuar su nombre había llevado al marido a contraer un segundo
matrimonio, como hicieron muchos otros.
Pero este paso, inspirado por la falta de fe en Dios, no significó
felicidad. Se agregaron hijos e hijas a
la casa; pero se había mancillado el gozo y la belleza de la institución
sagrada de Dios, y se había quebrantado la paz de la familia. Peninna, la nueva esposa, era celosa e
intolerante, y se conducía con mucho orgullo e insolencia. Para Ana, toda esperanza parecía estar
destruida, y la vida le parecía una carga pesada; no obstante, soportaba la
prueba con mansedumbre y sin queja alguna.
Elcana observaba fielmente las ordenanzas de Dios. Seguía subsistiendo el culto en Silo, pero
debido a algunas irregularidades del ministerio sacerdotal no se necesitaban
sus servicios en el santuario, al cual, siendo levita, debía atender. Sin embargo, en ocasión de las reuniones
prescritas, subía con su familia a adorar y a presentar su sacrificio.
Aun en medio de las sagradas festividades
relacionadas con el servicio de Dios, se hacia sentir el espíritu maligno que
afligía su hogar. Después de presentar
las ofrendas, participaba toda la familia en un festín solemne aunque
placentero. En esas ocasiones, Elcana
daba a la madre de sus hijos una porción para ella y otra para cada uno de sus
hijos; y en señal de consideración especial para Ana, le daba a ella una
porción doble, con lo cual daba a entender que su afecto por ella era el mismo
que si le hubiera dado un hijo. Entonces
la segunda esposa, encendida de celos, reclamaba para sí la preferencia como
persona altamente favorecida por Dios, y echaba en cara a Ana su condición de
esterilidad como evidencia de que desagradaba al Señor. Esto se repitió año tras año hasta que Ana
ya no lo pudo soportar. Siéndole
imposible ocultar su dolor, rompió a llorar desenfrenadamente y se retiró de la
fiesta. En vano trató su marido de
consolarla diciéndole: "Anna, ¿por qué lloras? y ¿por qué no comes? y ¿por
qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?" (Véase
1 Samuel 1; 2: 1-11.)
Ana no emitió reproche alguno. Confió a Dios la carga que ella no podía
compartir con ningún amigo terrenal. Fervorosamente
pidió que él le quitase su oprobio, y que le otorgase el precioso regalo de un
hijo para criarlo y educarlo para él. Hizo
un solemne voto, a saber, que si le concedía lo que pedía, dedicaría su hijo a
Dios desde su nacimiento. Ana se había
acercado a la entrada del tabernáculo, y en la angustia de su espíritu,
"oró a Jehová, y lloró abundantemente." Pero hablaba con el Señor en
silencio, sin emitir sonido alguno. Rara
vez se presenciaban semejantes escenas de adoración en aquellos tiempos de
maldad. En las mismas fiestas
religiosas eran comunes los festines irreverentes y hasta las borracheras; y
Elí, el sumo sacerdote, observando a Ana, supuso que estaba ebria. Con la idea de dirigirle un merecido
reproche, le dijo severamente: "¿Hasta cuándo estarás borracha? digiere tu
vino."
Llena de dolor y sorprendida, Ana le contestó
suavemente: "No, señor mío: mas yo soy una mujer trabajaba de espíritu: no
he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva por una mujer impía:
porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta
ahora."
El sumo sacerdote se conmovió profundamente, porque
era hombre de Dios; y en lugar de continuar reprendiéndola pronunció una
bendición sobre ella: "Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la
petición que le has hecho."
Le fue otorgado a Ana lo que había pedido; recibió el
regalo por el cual había suplicado con tanto fervor. Cuando miró al niño, lo llamó Samuel, "demandado de
Dios." Tan pronto como el niño tuvo suficiente edad para ser separado de
su madre, cumplió ella su voto. Amaba a
su pequeñuelo con toda la devoción de que es capaz un corazón de madre; día tras
día, mientras observaba su crecimiento, y escuchaba su parloteo infantil, sus
afectos lo enlazaban cada vez más íntimamente.
Era su único hijo, el don especial del Cielo, pero lo había recibido
como un tesoro consagrado a Dios, y no quería privar al Dador de lo que le
pertenecía.
Una vez más Ana hizo el viaje a Silo con su esposo, y
presentó al sacerdote, en nombre de Dios, su precioso don, diciendo: "Por
este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo pues le vuelvo también a Jehová: todos los días que viviere,
será de Jehová."
Elí se sintió profundamente impresionado por la fe y
devoción de esta mujer de Israel. Siendo
él mismo un padre excesivamente indulgente, se quedó asombrado y humillado
cuando vio el gran sacrificio de la madre al separarse de su único hijo para
dedicarlo al servicio de Dios. Se
sintió reprendido a causa de su propio amor egoísta, y con humildad y
reverencia se postró ante el Señor y adoró.
El corazón de la madre rebosaba de gozo y alabanza, y
anhelaba expresar toda su gratitud hacia Dios.
El Espíritu divino la inspiró "y Anna oró, y dijo:
"Mi corazón se regocija en Jehová, Mi cuerno es
ensalzado en Jehová; Mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, Por cuanto me
alegré en tu salud. No hay santo como
Jehová; Porque no hay ninguno fuera de ti; Y no hay refugio como el Dios
nuestro. No multipliquéis hablando grandezas, altanerías; Cesen las palabras
arrogantes de vuestra boca; Porque el Dios de todo saber es Jehová. Y a él toca el pesar las acciones... Jehová
mata, y él da vida: El hace descender
al sepulcro, y hace subir. Jehová
empobrece, y él enriquece: Abate, y
ensalza. El levanta del polvo al pobre,
Y al menesteroso ensalza del estiércol, Para asentarlo con los príncipes; Y
hace que tengan por heredad asiento de honra:
Porque de Jehová son las columnas de la tierra, Y él asentó sobre ellas
el mundo. El guarda los pies de los
santos, Mas los impíos perecen en tinieblas; Porque nadie será fuerte por su
fuerza. Delante de Jehová serán
quebrantados sus adversarios, Y sobre ellos tronará desde los cielos: Jehová juzgará los términos de la tierra, Y
dará fortaleza a su Rey, Y ensalzará el cuerno de su Mesías."
Las palabras de Ana eran proféticas, tanto en lo que
tocaba a David, que había de reinar como soberano de Israel, como con relación
al Mesías, el ungido del Señor. Refiriéndose
primero a la jactancia de una mujer insolente y contenciosa, el canto apunta a
la destrucción de los enemigos de Dios y al triunfo final de su pueblo
redimido.
De Silo, Ana regresó quedamente a su hogar en
Ramatha, dejando al niño Samuel para que, bajo la instrucción del sumo
sacerdote, se le educase en el servicio de la casa de Dios. Desde que el niño diera sus primeras
muestras de inteligencia, la madre le había enseñado a amar y reverenciar a
Dios, y a considerarse a sí mismo como del Señor. Por medio de todos los objetos familiares que le rodeaban, ella
había tratado de dirigir sus pensamientos hacia el Creador. Cuando se separó de su hijo no cesó la
solicitud de la madre fiel por el niño.
Era el tema de las oraciones diarias de ella. Todos los años le hacía con sus propias manos un manto para su
servicio; y cuando subía a Silo a adorar con su marido, entregaba al niño ese
recordatorio de su amor. Mientras la
madre tejía cada una de las fibras de la pequeña prenda rogaba a Dios que su
hijo fuese puro, noble, y leal. No
pedía para él grandeza terrenal, sino que solicitaba fervorosamente que pudiese
alcanzar la grandeza que el cielo aprecia, que honrara a Dios y beneficiara a
sus conciudadanos.
¡Cuán grande fue la recompensa de Ana! ¡Y cuánto
alienta a ser fiel el ejemplo de ella! A toda madre se le confían oportunidades
de valor inestimable e intereses infinitamente valiosos. El humilde conjunto de deberes que las
mujeres han llegado a considerar como una tarea tediosa debiera ser mirado como
una obra noble y grandiosa. La madre
tiene el privilegio de beneficiar al mundo por su influencia, y al hacerlo
impartirá gozo a su propio corazón. A
través de luces y sombras, puede trazar sendas rectas para los pies de sus
hijos, que los llevarán a las gloriosas alturas celestiales. Pero sólo cuando ella procura seguir en su
propia vida el camino de las enseñanzas de Cristo, puede la madre tener la
esperanza de formar el carácter de sus niños de acuerdo con el modelo divino. El mundo rebosa de influencias corruptoras. Las modas y las costumbres ejercen sobre los
jóvenes una influencia poderosa. Si la
madre no cumple su deber de instruir, guiar y refrenar a sus hijos, éstos
aceptarán naturalmente lo malo y se apartarán de lo bueno. Acudan todas las madres a menudo a su
Salvador con la oración: "¿Qué orden se tendrá con el niño, y qué ha de
hacer?" Cumpla ella las instrucciones que Dios dio en su Palabra, y se le
dará sabiduría a medida que la necesite.
"Y el joven Samuel iba creciendo, y adelantando
delante de Dios y delante de los hombres." Aunque Samuel pasaba su
juventud en el tabernáculo dedicado al culto de Dios, no estaba libre de
influencias perversas ni de ejemplo pecaminoso. Los hijos de Elí no temían a Dios ni honraban a su padre; pero Samuel
no buscaba la compañía de ellos, ni tampoco seguía sus malos caminos. Se esforzaba constantemente por llegar a ser
lo que Dios deseaba que fuese. Este es
un privilegio que, tiene todo joven. Dios
siente agrado cuando aun los niñitos se entregan a su servicio.
Samuel había sido puesto bajo el cuidado de Elí, y la
amabilidad de su carácter le granjeó el cálido afecto del anciano sacerdote. Era bondadoso, generoso, obediente y
respetuoso. Elí, apenado por los
extravíos de sus hijos, encontraba reposo, consuelo y bendición en la presencia
de su pupilo. Samuel era servicial y
afectuoso, y ningún padre amó jamás a un hijo más tiernamente que Elí a este
joven. Era cosa singular que entre el
principal magistrado de la nación y un niño sencillo existiera tan cálido
afecto. A medida que los achaques de la
vejez le sobrevenían a Elí, y le abrumaba la ansiedad y el remordimiento por la
conducta disipada de sus propios hijos, buscaba consuelo en Samuel.
No era costumbre que los levitas comenzaran a
desempeñar sus servicios peculiares antes de cumplir los veinte y cinco años de
edad, pero Samuel había sido una excepción a esta regla. Cada año se le encargaban responsabilidades
de más importancia; y mientras era aún niño, se le puso un efod de lino como
señal de consagración a la obra del santuario.
Aunque era muy joven cuando se le trajo a servir en
el tabernáculo, Samuel tenía ya entonces algunos deberes que cumplir en el
servicio de Dios, según su capacidad. Eran,
al principio, muy humildes, y no siempre agradables; pero los desempeñaba lo
mejor que podía, con corazón dispuesto.
Introducía su religión en todos los deberes de la vida. Se consideraba como siervo de Dios, y miraba
su obra como obra de Dios. Sus
esfuerzos eran aceptados, porque los inspiraban el amor a Dios y un deseo
sincero de hacer su voluntad. Así se
hizo Samuel colaborador del Señor del cielo y de la tierra. Y Dios le preparó para que realizara una
gran obra en favor de Israel.
Si se les enseñara a los niños a considerar el
humilde ciclo de deberes diarios como la conducta que el Señor les ha trazado,
como una escuela en la cual han de prepararse para prestar un servicio fiel y
eficiente, ¡cuánto más agradable y honorable les parecería su trabajo! El
cumplimiento de todo deber como para el Señor rodea de un encanto especial aun
los menesteres más humildes, y vincula a los que trabajan en la tierra con los
seres santos que hacen la voluntad de Dios en el cielo.
El éxito que se ha de obtener en esta vida, el éxito
que nos asegurará la vida futura, depende de que hagamos fiel y
concienzudamente las cosas pequeñas. En
las obras menores de Dios no se ve menos perfección que en las más grandes. La mano que suspendió los mundos en el
espacio es la que hizo con delicada pericia los lirios del campo. Y así como Dios es perfecto en su esfera,
hemos de serlo nosotros en la nuestra. La
estructura simétrica de un carácter fuerte y bello, se edifica por los actos
individuales en cumplimiento del deber.
Y la fidelidad debe caracterizar nuestra vida tanto en los detalles
insignificantes como en los mayores. La
integridad en las cosas pequeñas, la ejecución de actos pequeños de fidelidad y
bondad alegrarán la senda de la vida; y cuando hayamos acabado nuestra obra en
la tierra, se descubrirá que cada uno de los deberes pequeños ejecutados
fielmente ejerció una influencia benéfica imperecedera.
Los jóvenes de nuestro tiempo pueden hacerse tan valiosos a los ojos de Dios como lo fue Samuel. Si conservan fielmente su integridad cristiana, pueden ejercer una influencia poderosa en la obra de reforma. Hombres tales se necesitan hoy. Dios tiene una obra especial para cada uno de ellos. Jamás lograron los hombres resultados más grandes en favor de Dios y de la humanidad que los que pueden lograr en esta época nuestra quienes sean fieles al cometido que Dios les ha confiado.