HABÍA tres asambleas anuales de todo Israel rendir
culto en el santuario. (Exo. 23: 14-16.) Por algún tiempo fue Silo el
lugar de reunión; pero más tarde Jerusalén llegó a ser el centro del culto de
la nación, y allí se congregaban las tribus para las fiestas solemnes.
El pueblo estaba rodeado de tribus feroces y
belicosas, ansiosas de apoderarse de sus tierras; y sin embargo, tres veces al
año todos los hombres robustos y fuertes para la guerra, y toda la gente que
podía soportar el viaje, tenían orden de dejar sus casas para dirigirse al
lugar de reunión, cerca del centro del país.
¿Qué había de impedir a sus enemigos que se precipitasen sobre aquellas
moradas y familias sin protección y destruirlas a sangre y fuego? ¿Qué había de
estorbar una invasión de la tierra, que reduciría a Israel al cautiverio bajo
el dominio de algún enemigo extraño? Dios había prometido ser el protector de
su pueblo. "el ángel de Jehová
acampa en derredor de los que le temen, y los defiende." (Sal. 34: 7.) Mientras los israelitas subieran
para adorar, el poder divino refrenaría a sus enemigos. Dios había prometido: "Yo arrojaré las
gentes de tu presencia, y ensancharé tu término: y ninguno codiciará tu tierra,
cuando tú subieres para ser visto delante de Jehová tu Dios tres veces en el
año." (Exo. 34: 24.)
La primera de esta fiestas, la pascua, o fiesta de
los panes ázimos o sin levadura, se celebraba en Abib, el primer mes de año
judío, que correspondía a fines de marzo y principios de abril. Entonces el frío del invierno había pasado,
como también la lluvia tardía y toda la naturaleza se regocijaba en la frescura
y hermosura de la primavera. La hierba
reverdecía en las colinas y los valles, y por doquiera las flores silvestres
adornaban los campos. La luna, ya casi
llena, embellecía las noches. Era la
estación tan bien descrita por el santo poeta que cantó:
"He aquí ha pasado el invierno, Hase mudado, la
lluvia se fue; Hanse mostrado las flores en la tierra, El tiempo de la canción
es venido, Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola; La higuera ha
echado sus higos, Y las vides en cierne dieron olor." (Cant. 2: 11-13.)
Por todo el país, grupos de peregrinos se dirigían
hacia Jerusalén. Los pastores que
habían dejado por el momento sus rebaños y sus montes, así como los pescadores
del mar de Galilea, los labradores de los campos y los hijos de los profetas
que acudían de las escuelas sagradas, todos dirigían sus pasos hacia el sitio
donde se revelaba la presencia de Dios.
Viajaban en cortas etapas, pues muchos iban a pie. Las caravanas veían continuamente aumentar
sus filas, y a menudo se hallan muy numerosas antes de llegar a la santa
ciudad.
La alegría de la naturaleza despertaba alborozo en el
corazón de Israel y gratitud hacia el Dador de todas las cosas buenas. Se cantaban los grandiosos salmos hebreos
que ensalzaban la gloria y la majestad de Jehová. A la señal de la trompeta, con acompañamiento de címbalos, se
elevaba el coro de agradecimiento, entonado por centenares de voces:
"Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos. Nuestros pies estuvieron en tus puertas, oh
Jerusalén.... Y allá subieron las
tribus, las tribus de JAH,... Para
alabar el nombre de Jehová.... Pedid la
paz de Jerusalem: Sean prosperados los
que te aman." (Sal. 122: 1-6.)
Cuando veían en derredor suyo las colinas donde los
paganos, solían encender antaño los fuegos de sus altares, los hijos de Israel
cantaban:
"Alzaré mis ojos a los montes, De donde vendrá
mi socorro. Mi socorro viene de Jehová,
Que hizo los cielos y la tierra." (Sal.
121: 1, 2.)
"Los que confían en Jehová son como el monte de
Sión, Que no deslizará: estará para siempre.
Como Jerusalem tiene montes alrededor de ella, Así Jehová alrededor de
su pueblo Desde ahora y para siempre." (Sal. 125: 1, 2.)
Al llegar a la cumbre de las colinas que dominaban la
santa ciudad, miraban con asombro y reverencia las multitudes de adoradores que
se dirigían hacia el templo. Veían
ascender el humo del incienso, y al oír las trompetas de los levitas que
anunciaban el servicio sagrado, sentían la inspiración de la hora sagrada, y
cantaban:
"Grande es Jehová y digno de ser en gran manera
alabado, En la ciudad de nuestro Dios, en el monte de su santuario. Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra
es el monte de Sión, A los lados. del
aquilón, la ciudad del gran Rey." (Sal.
48:1, 2.)
"Haya paz en tu antemuro, Y descanso en tus
palacios."
"Abridme las puertas de la justicia: Entraré por ellas, alabaré a JAH."
"A Jehová pagaré ahora mis votos delante de todo
su pueblo; En los atrios de la casa de Jehová, en medio de ti, oh Jerusalem. Aleluya." (Sal. 122:7; 118.191 116:18, 19.)
Todas las casas de Jerusalén se abrían para recibir a
los peregrinos, y se les proporcionaba alojamiento gratuito; pero esto no
bastaba para la vasta asamblea, y se levantaban tiendas en todos los sitios
disponibles de la ciudad y de las colinas circundantes.
El día catorce del mes, por la noche, se celebraba la
pascua, cuyas ceremonias solemnes e imponentes conmemoraban la liberación de la
esclavitud en Egipto y señalaban hacia adelante, al sacrificio que los había de
librar de la servidumbre del pecado. Cuando
el Salvador dio su vida en el Calvario, cesó el significado de la pascua, y
quedó instituída la santa cena para conmemorar el acontecimiento que había sido
prefigurado por la pascua.
La pascua seguía por siete días como fiesta de los
panes ázimos. El primero y el último
eran días de santa convocación, durante los cuales no debía hacerse trabajo
servil alguno. El segundo día de la
fiesta se presentaban a Dios las primicias de la mies del año. La cebada era el primer cereal que se
cosechaba en Palestina, y al principio de la fiesta empezaba a madurar. El
sacerdote agitaba una gavilla de este cereal ante el altar de Dios en
reconocimiento de que todo era suyo. No
se había de recoger la cosecha antes que se cumpliera este rito.
Cincuenta días después de la ofrenda de las
primicias, venía la fiesta de Pentecostés, también llamada fiesta de la mies o
de las semanas. Como expresión de
gratitud por el cereal que servía de alimento, se ofrecían al Señor dos panes
cocidos con levadura. La fiesta duraba
un solo día que se dedicaba al culto.
En el séptimo mes venia la fiesta de las cabañas, o
de la recolección. Esta fiesta
reconocía la bondad de Dios en los productos de la huerta, del olivar, y del
viñedo. Así se completaba la serie de
reuniones festivas del año. La tierra
había dado su abundancia, la mies había sido recogida en los graneros, los frutos,
el aceite y el vino habían sido almacenados y las primicias se habían puesto en
reserva, y ahora acudía el pueblo con los tributos de agradecimiento al Dios
que le había bendecido.
Esta fiesta debía ser ante todo una ocasión de
regocijo. Se celebraba poco después del
gran día de la expiación, en el cual se había dado la seguridad de que no sería
ya recordada la iniquidad del pueblo. Este,
ahora reconciliado con Dios, se presentaba ante él para reconocer su bondad, y
para alabar su misericordia. Terminados
los trabajos de la siega, y no habiendo empezado aún las labores del año nuevo,
el pueblo estaba libre de cuidados y podía someterse a las influencias sagradas
y placenteras de la hora. Aunque se les
mandaba solamente a los padres y a los hijos que acudieran a las fiestas,
siempre que fuera posible las familias debían asistir también a ellas, y de su
hospitalidad debían participar los siervos, los levitas, los extranjeros y los
pobres.
Como la pascua, la fiesta de los tabernáculos era
conmemorativa. En recuerdo de su
peregrinación por el desierto, el pueblo debía dejar sus casas y morar en
cabañas o enramadas hechas con "gajos ...
de árbol hermoso, ramos de palmas, y ramas de árboles espesos, y sauces
de los arroyos." (Ley. 23: 40, 42,
43.) El primer día era una santa convocación, y a los siete días de la fiesta
se añadía otro octavo que se observaba de la misma manera.
En estas asambleas anuales, los corazones de jóvenes
y ancianos recibían aliento para servir a Dios, al mismo tiempo que el trato
amistoso de los habitantes de las diferentes partes de la tierra reforzaba los
vínculos que los unían a Dios y unos a otros.
También hoy sería bueno que el pueblo de Dios tuviera una fiesta de las
cabañas, una alegre conmemoración de las bendiciones que Dios le ha otorgado. Como los hijos de Israel celebraban el
libramiento que Dios había concedido a sus padres, y también como los había
protegido milagrosamente a ellos mismos durante sus peregrinaciones después de
la salida de Egipto, así debiéramos recordar con gratitud los diferentes medios
que él ideó para apartarnos del mundo y de las tinieblas del error y para
llevamos a la luz preciosa de su gracia y de su verdad.
A los que vivían lejos del tabernáculo la asistencia
a las fiestas anuales les requería más de un mes de cada año. Este ejemplo de devoción a Dios debe
recalcar la importancia de los servicios religiosos y la necesidad de
subordinar nuestros intereses egoístas y mundanos a los que son espirituales y
eternos. Sufrimos una pérdida si
hacemos caso omiso del privilegio de reunirnos para fortalecernos y alentarnos
los unos a los otros en el servicio de Dios.
Las verdades de su palabra pierden entonces para nuestra mente su vigor
e importancia. Nuestro corazón deja de
sentirse iluminado e inspirado por la influencia santificadora, y decae nuestra
espiritualidad. En nuestro trato mutuo como cristianos
perdemos mucho por carecer de simpatía unos hacia otros. El
que se encierra en sí mismo no desempeña bien la misión que Dios le ha encargado. Somos todos hijos de un solo Padre y
dependemos unos de otros para ser felices.
Somos objeto de los requerimientos de Dios y la humanidad. Al cultivar debidamente los elementos
sociales de nuestra naturaleza simpatizamos con nuestros hermanos y los
esfuerzos que hacemos por beneficiar a nuestros semejantes, nos proporcionan
felicidad.
La fiesta de las cabañas no era sólo una
conmemoración, sino también un tipo o figura.
No solamente señalaba algo pasado: la estada en el desierto, sino que,
además, como la fiesta de la mies, celebraba la recolección de los frutos de la
tierra, y apuntaba hacia algo futuro: el gran día de la siega final, cuando el
Señor de la mies mandará a sus segadores a recoger la cizaña en manojos
destinados al fuego y a juntar el trigo en su granero. En aquel tiempo todos los impíos serán
destruídos. "Serán como si no
hubieran sido." (Abd. 16.) Y todas
las voces del universo entero se unirán para elevar alegres alabanzas a Dios. Dice el revelador. "Y oí a toda criatura que está en el cielo, y sobre la
tierra, y debajo de la tierra, y que está en el mar, y todas las cosas que en
ellos están, diciendo: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la
bendición, y la honra, y la gloria, y el poder, para siempre jamás." (Apoc. 5:13.)
En la fiesta de las cabañas, el pueblo de Dios
alababa a Dios porque recordaba la misericordia que le manifestara al librarle
de la servidumbre de Egipto, y el tierno cuidado del que le hiciera objeto
durante su peregrinación en el desierto.
Se regocijaba también por saber que le había perdonado y aceptado
gracias al reciente servicio del día de expiación. Pero cuando los redimidos de Jehová estén a salvo en la Canaán
celestial, para siempre libertados del yugo de la maldición bajo el cual "todas
las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora" (Rom. 8: 22), se regocijarán con un deleite
indecible y glorioso. Entonces habrá
concluido la gran obra expiatorio que Cristo emprendió para redimir a los
hombres, y sus pecados habrán sido borrados para siempre.
"Alegrarse han el desierto y la soledad: El yermo se gozará, y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, también se alegrará y cantará con júbilo: La gloria del Líbano le será dada, la hermosura de Carmel y de Sarón. Ellos verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro... Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, Y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, Y cantará la lengua del mudo; Porque aguas serán cavadas en el desierto, Y torrentes en la soledad. El lugar seco será tornado en estanque, Yel secadal en manaderos de aguas... Y habrá allí calzada y camino, Y será llamado camino de Santidad; no pasará por él inmundo; y habrá para ellos en él quien los acompañe, de tal manera que los insensatos no yerren. No habrá allí león, ni bestia fiera subirá por él, Ni allí se hallará, para que caminen los redimidos. Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sión con alegría, Y gozo perpetuo será sobre sus cabezas: Y retendrán el gozo y alegría, y huirá la tristeza y el gemido." (Isa. 35: 1, 2, 5-10.)