A LA victoria de Beth-orón siguió pronto la conquista
de la parte meridional de Canaán. "Hirió
pues Josué toda la región de las montañas, y del mediodía, y de los llanos... Todos estos reyes y sus tierras tomó Josué de
una vez; porque Jehová el Dios de Israel peleaba por Israel. Y tornóse Josué, y todo Israel con él, al
campo en Gilgal." (Véase Josué 10; 11.)
Las tribus del norte de Palestina, atemorizadas por
el éxito que acompañaba a los ejércitos de Israel, formaron entonces una
alianza contra ellos. Encabezaba esa
alianza Jabín, rey de Hasor, cuyo territorio se hallaba al oeste del lago Merom. "Estos salieron, y con ellos todos sus
ejércitos." Esta hueste era mucho mayor que cualquier otra que hubieran
encontrado antes los israelitas en Canaán, "pueblo mucho en gran manera,
como la arena que está a la orilla del mar, con gran muchedumbre de caballos y
carros. Todos estos reyes se juntaron,
y viniendo reunieron los campos junto a las aguas de Merom, para pelear contra
Israel." Nuevamente recibió Josué un mensaje alentador: "No tengas
temor de ellos, que mañana a esta hora yo entregaré a todos éstos, muertos
delante de Israel."
Cerca del lago Merom, Josué cayó sobre el campamento
de los aliados, y derrotó totalmente sus fuerzas. "Y entrególos Jehová en manos de Israel, los cuales los
hirieron y siguieron ... hasta que no
les dejaron ninguno." Los israelitas no debían apropiarse de los carros y
caballos que habían constituido el orgullo y la vanagloria de los cananeos. Por orden divina, los carros fueron
quemados, y los caballos desjarretados e inutilizados para la batalla. Los israelitas no habían de depositar su
confianza en carros o caballos, sino en el nombre de Jehová su Dios. 546
Una a una fueron tomadas las ciudades y Hasor, la
gran fortaleza de la confederación, fue quemada. La guerra continuó durante varios años, pero cuando terminó Josué
se había adueñado de Canaán. "Y la
tierra reposó de guerra."
Pero a pesar de que había: sido quebrantado el poderío
de los cananeos, éstos no fueron completamente despojados. Hacia el oeste los filisteos seguían
poseyendo una llanura fértil a lo largo de la costa, mientras que al norte de
ellos estaba el territorio de los sidonios.
Estos tenían también el Líbano; y por el sur, hacia Egipto, la tierra
seguía ocupada por los enemigos de Israel.
Sin embargo, Josué no había de continuar la guerra. Había otra obra que el gran jefe debía hacer
antes de dejar el mando de Israel. Toda
la tierra, tanto las partes ya conquistadas como las aun, no subyugadas, debía
repartiese entre las tribus. Y a cada
tribu le tocaba subyugar completamente su propia heredad. Con tal que el pueblo fuera fiel a Dios, él
expulsaría a sus enemigos de delante de ellos; y prometió darles posesiones
todavía mayores si tan sólo eran fieles a su pacto. La distribución de la tierra fue encomendada a Josué, a Eleazar,
sumo sacerdote, y a los jefes de las tribus, habiéndose de fijar por suertes la
situación de cada tribu. Moisés mismo
había fijado las fronteras del país según se lo había de dividir entre las
tribus cuando entraran en posesión de Canaán, y había designado un príncipe de
cada tribu para que diera atención a la distribución. Por estar la tribu de Leví dedicada al servicio del santuario, no
se la tomó en cuenta en esta repartición; pero se les asignaron a los levitas
cuarenta y ocho ciudades en diferentes partes del país como su herencia.
Antes que comenzara la distribución de la tierra,
Caleb, acompañado de los jefes de su tribu, presentó una petición especial. Con excepción de Josué, era Caleb el hombre
más anciano de Israel. Ambos habían
sido entre los espías los únicos que trajeron un buen informe acerca de la
tierra de promisión, y animaron al pueblo a que subiera y la poseyera 547 en
nombre del Señor. Caleb le recordó
ahora a Josué la promesa que se le hizo entonces como galardón por su
fidelidad: "¡Ciertamente la tierra en que ha pisado tu pie ha de ser
herencia tuya y de tus hijos para siempre! por cuanto has seguido cumplidamente
a Jehová mi Dios." (Jos. 14: 9,
V.M.) Por consiguiente solicitó que se le diera Hebrón como posesión. Allí habían residido muchos años Abrahán,
Isaac y Jacob; allí, en la cueva de Macpela, habían sido sepultados. Hebrón era la capital de los temibles anaceos,
cuyo aspecto formidable tanto había amedrentado a los espías. Y, por su medio, anonadado el valor de todo
Israel. Este sitio, sobre todos los
demás, era el que Caleb, confiado en el poder de Dios, eligió por heredad.
"Ahora bien -dijo Jehová me ha hecho vivir, como
él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas
palabras a Moisés, ... y ahora, he aquí
soy hoy día de ochenta y cinco años: pero aun estoy tan fuerte como el día que
Moisés me envió: cual era entonces mi fuerza, tal es ahora, para la guerra, y
para salir y para entrar. Dame, pues,
ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día
que los Anaceos están allá y grandes y fuertes ciudades. Quizá Jehová será conmigo, y los echaré como
Jehová ha dicho." Esta petición fue apoyada por los hombres principales de
Judá. Como Caleb mismo era
representante de su tribu, designado para colaborar en la repartición de la
tierra, había preferido tener a estos hombres consigo al presentar su pedido,
para que no hubiera apariencia siquiera de que se valía de su autoridad para
satisfacer fines egoístas.
Lo que pedía le fue otorgado inmediatamente. A ningún otro podía confiarse con más
seguridad la conquista de esa fortaleza de gigantes. "Josué entonces lo bendijo, y dio a Caleb hijo de Jephone a
Hebrón por heredad, ... porque cumplió
siguiendo a Jehová Dios de Israel." La fe de Caleb era en esa, época la
misma que tenía cuando su testimonio contradijo el informe desfavorable de los
espías. El había creído en la promesa
548 de Dios, de que pondría su pueblo en posesión de la tierra de Canaán, y en
esto había seguido fielmente al Señor. Había
sobrellevado con su pueblo la larga peregrinación por el desierto, y compartido
las desilusiones y las cargas de los culpables; no obstante, no se quejó de
esto, sino que ensalzó la misericordia de Dios que le había guardado en el
desierto cuando sus hermanos eran eliminados.
En medio de las penurias, los peligros y las plagas de las
peregrinaciones en el desierto, durante los años de guerra desde que entraron
en Canaán, el Señor le había guardado, y ahora que tenía más de ochenta años su
vigor no había disminuido. No pidió una
tierra ya conquistada, sino el sitio que por sobre todos los demás los espías
habían considerado imposible de subyugar.
Con la ayuda de Dios, quería arrebatar aquella fortaleza de manos -de
los mismos gigantes cuyo poder había hecho tambalear la fe de Israel. Al hacer su petición no fue movido Caleb por
el deseo de conseguir honores o engrandecimiento. El valiente y viejo guerrero deseaba dar al pueblo un ejemplo que
honrara a Dios, y alentar a las tribus para que subyugaran completamente la
tierra que sus padres habían considerado inconquistable.
Caleb obtuvo la heredad que su corazón había anhelado
durante cuarenta años, y confiado en que Dios le acompañaba, "echó de allí
tres hijos de Anac." (Jos. 15:
14.) Habiendo obtenido así una posesión para sí y su casa, no por ello
disminuyó su celo, ni se instaló a gozar de su heredad, sino que siguió
adelante con otras conquistas para beneficio de la nación y gloria de Dios.
Los cobardes rebeldes habían perecido en el desierto;
pero los espías íntegros comieron de las uvas de Escol. A cada uno se le dio de acuerdo con su fe. Los incrédulos habían visto sus temores
cumplidos. No obstante la promesa de
Dios, habían dicho que era imposible heredar la tierra de Canaán, y no la
poseyeron. Pero los que confiaron en
Dios y no consideraron tanto las dificultades que se habían de encontrar como
la 549 fuerza de su Ayudador todopoderoso, entraron en la buena tierra. Por la fe fue cómo los antiguos notables
"ganaron reinos, ... evitaron filo
de cuchillo, convalecieron de enfermedades, fueron hechos fuertes en batallas,
trastornaron campos de extraños." "Esta es la victoria que vence al
mundo, nuestra fe." (Heb. 11: 33,
34; 1 Juan 5: 41)
Otra reclamación tocante a la repartición de la
tierra reveló un espíritu muy diferente del de Caleb. La presentaron los hijos de José, la tribu de Efraín con la media
tribu de Manasés. Basándose en la
superioridad de su número, estas tribus exigieron una porción doble de
territorio. La que les había tocado en
suerte era la más rica de la tierra e incluía la fértil llanura de Sarón; pero
muchas de las ciudades principales del valle estaban aún en poder de los
cananeos, y las tribus, rehuyendo el trabajo y peligro que significaba
conquistar sus posesiones, deseaban una porción adicional del territorio ya
conquistado. La tribu de Efraín era una
de las más grandes de Israel, y a ella pertenecía el mismo Josué. Por consiguiente sus miembros se creían con
derecho a recibir una consideración especial.
Dijeron a Josué: "¿Por qué me has dado por heredad una sola suerte
y una sola parte, siendo yo un pueblo tan grande?" (Jos. 17: 14-18.) Pero no lograron que el jefe
inflexible se apartara de la estricta justicia.
Su respuesta fue: "Si eres pueblo tan grande,
sube tú al monte, y corta para ti allí en la tierra del Pherezeo y de los
gigantes, pues que el monte de Ephraim es angosto para ti."
La contestación de ellos demostró el verdadero motivo
de su queja: les hacía falta fe y valor para desalojar a los cananeos. "No nos bastará a nosotros este monte
-dijeron,- y todos los Cananeos que habitan la tierra de la campiña, tienen carros
herrados."
El poder del Dios de Israel había sido prometido a su
pueblo, y si los efrainitas hubieran tenido el valor y la fe de Caleb, ningún
enemigo habría podido oponérseles. Josué
encaró firmemente el deseo manifiesto de ellos de evitar los trabajos 550 y
peligros. Les dijo: "Tú eres gran
pueblo, y tienes gran fuerza; no tendrás una sola suerte; mas aquel monte será
tuyo; que bosque es, y tú lo cortarás, y serán tuyos sus términos: porque tú
echarás al Cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte."
Así sus propios argumentos fueron esgrimidos contra ellos. Siendo ellos un gran pueblo, como alegaban
serlo, tenían plena capacidad para abrirse camino, como sus hermanos. Con la ayuda de Dios, no necesitaban temer
los carros herrados.
Hasta entonces, Gilgal había sido cuartel general de
la nación y asiento del tabernáculo. Pero
ahora el tabernáculo debía ser trasladado al sitio escogido como su lugar
permanente: la pequeña ciudad de Silo, en tierra adjudicada a Efraín. Estaba situada cerca del centro del país, y
era fácilmente accesible para todas las tribus. Esa parte del país había sido subyugada completamente, y por lo
tanto los adoradores no serían molestados.
"Y toda la congregación de los hijos de Israel se juntó en Silo, y
asentaron allí el tabernáculo del testimonio." (Jos. 18: 1-10.) Las tribus que aun estaban
acampadas cuando se trasladó el tabernáculo de Gilgal a Silo, lo siguieron y
acamparon cerca de esa ciudad hasta que se dispersaron para ocupar sus
respectivas heredades.
El arca permaneció en Silo por espacio de trescientos
años, hasta que, a causa de los pecados de la casa de Elí, cayó en manos de los
filisteos y Silo fue destruida totalmente.
Ya no volvió a colocarse el arca en el tabernáculo en ese lugar, pues el
servicio del santuario se trasladó por último al templo de Jerusalén, y Silo se
convirtió en una localidad insignificante.
Sólo quedan algunas ruinas para señalar el sitio que ocupó. Mucho después la suerte que corrió aquel
pueblo sirvió para amonestar a Jerusalén.
"Andad empero ahora a mi lugar que fue en Silo, donde hice que
morase mí nombre al principio declaró el Señor por el profeta Jeremías,- y ved
lo que le hice por la maldad de mi pueblo Israel.... Haré también a esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, en
la que vosotros 551 confiáis, y a este lugar que di a vosotros y a vuestros
padres, como hice a Silo." (Jer. 7:
12-14.)
"Y después que acabaron de repartir la tierra en
heredad," y cuando ya todas las tribus habían recibido la heredad que les
tocara, Josué presentó su derecho. A
él, como a Caleb, se le había prometido una herencia especial; no pidió, sin
embargo, una provincia grande, sino una sola ciudad. "Le dieron la ciudad que él pidió; ... y él reedificó la ciudad, y habitó en ella."
(Jos. 19: 49, 50.) El nombre que se le
puso a la ciudad fue Timnath-sera, "la parte que sobra," y atestiguó
para siempre el carácter noble y espíritu desinteresado del vencedor que, en
vez de ser el primero en apropiarse del botín de la victoria, postergó su
derecho hasta que los más humildes de su pueblo habían recibido su parte.
Seis de las ciudades dadas a los levitas, tres a cada
lado del Jordán, fueron designadas como ciudades, de refugio, a las cuales
pudieran huir los homicidas en busca de seguridad. La designación de estas ciudades había sido ordenada por Moisés,
para que a ellas pudiera huir "el homicida que hiriere a alguno de muerte
por yerro. Y os serán aquellas ciudades
por acogimiento del pariente -dijo,- y no morirá el homicida hasta que esté a
juicio delante de la congregación." (Núm- 35: 11, 12.) Lo que hacía
necesaria esta medida misericordioso era la antigua costumbre de vengarse
particularmente, que encomendaba el castigo del homicida al pariente o heredero
más cercano al muerto. En los casos en
que la culpabilidad era clara y evidente, no era menester esperar que los
magistrados juzgaran al homicida. El
vengador podía buscarlo y perseguirlo dondequiera que lo encontrara. El Señor no tuvo a bien abolir esa costumbre
en aquel entonces; pero tomó medidas para afianzar la seguridad de los que sin
intención quitaran la vida a alguien.
Las ciudades de refugio estaban distribuidas de tal
manera que había una a medio día de viaje de cualquier parte del país. Los caminos que conducían a ellas habían de
conservarse en 552 buen estado; y a lo largo de ellos se habían de poner postes
que llevaran en caracteres claros y distintos la inscripción
"Refugio" o "Acogimiento" para que el fugitivo no perdiera
un solo momento. Cualquiera, ya fuera
hebreo, extranjero o peregrino, podía valerse de esta medida. Pero si bien no se debía matar
precipitadamente al que no fuera culpable, el que lo fuera no había de escapar
al castigo. El caso del fugitivo debía
ser examinado con toda equidad por las autoridades competentes, y Sólo cuando
se comprobaba que era inocente de toda intención homicida podía quedar bajo la
protección de las ciudades de asilo. Los culpables eran entregados a los
vengadores. Los que tenían derecho a gozar protección podían tenerla tan sólo
mientras permanecieran dentro del asilo designado. El que saliera de los límites prescritos y fuera encontrado por
el vengador de la sangre, pagaba con su vida la pena que entrañaba el
despreciar las medidas del Señor. Pero
a la muerte del sumo sacerdote, todos los que habían buscado asilo en las
ciudades de refugio quedaban en libertad para volver a sus respectivas
propiedades.
En un juicio por homicidio, no se podía condenar al
acusado por la declaración de un solo testigo, aunque hubiera graves pruebas
circunstanciales contra él. La orden
del Señor fue: "Cualquiera que hiriere a alguno, por dicho de testigos,
morirá el homicida: mas un solo testigo no hará fe contra alguna persona que
muera." (Núm. 35: 30.) Fue Cristo
quien le dio a Moisés estas instrucciones para Israel; y mientras estaba
personalmente con sus discípulos en la tierra, al enseñarles cómo debían tratar
a los pecadores, el gran Maestro repitió la lección de que el testimonio de un
solo hombre no basta para condenar ni absolver. Las cuestiones en disputa no han de decidirse por las opiniones
de un solo hombre. En todos estos asuntos, dos o más han de
reunirse y llevar juntos la responsabilidad, "para que en boca de dos o
tres testigos conste toda palabra." (Mat.
18: 16.)
Si el enjuiciado por homicida era reconocido
culpable, ninguna 553 expiación ni rescate podía salvarle. "El que derramare sangre del hombre,
por el hombre su sangre será derramada." "Y no tomaréis precio por la
vida del homicida; porque está condenado a muerte: mas indefectiblemente
morirá;" "de mi altar lo quitarás para que muera," éstas fueron
las instrucciones de Dios juntamente con las siguientes: "La tierra no
será expiada de la sangre que fue derramada en ella, sino por la sangre del que
la derramó." (Gén. 9: 6; Núm. 35: 31-33; Exo. 1: 14.) La seguridad y la pureza de la nación exigía que el
pecado de homicidio fuese castigado severamente. La vida humana, que sólo Dios podía dar, debía considerarse
sagrada.
Las ciudades de refugio destinadas al antiguo pueblo
de Dios eran un símbolo del refugio proporcionado por Cristo. El mismo Salvador misericordioso que designó
esas ciudades temporales de refugio proveyó por el derramamiento de su propia
sangre un asilo verdadero para los transgresores de la ley de Dios, al cual
pueden huir de la segunda muerte y hallar seguridad. No hay poder que pueda arrebatar de sus manos las almas que
acuden a él en busca de perdón. "Ahora
pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús."
"¿Quien es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que
también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también
intercede por nosotros," "para que ... tengamos un fortísimo consuelo, los que nos acogemos a trabarnos
de la esperanza propuesta." (Rom. 8:
1, 34; Heb. 6: 18.)
El que huía a la ciudad de refugio no podía demorarse. Abandonaba su familia y su ocupación. No tenía tiempo para despedirse de los seres
amados. Su vida estaba en juego y debía
sacrificar todos los intereses para lograr un solo fin: llegar al lugar seguro. Olvidaba su cansancio; y no le importaban
las dificultades. No osaba aminorar el
paso un solo momento hasta hallarse dentro de las murallas de la ciudad. El pecador está expuesto a la muerte eterna
hasta que encuentre un escondite en Cristo; y así como la demora y la 554
negligencia podían privar al fugitivo de su única oportunidad de vivir, también
pueden las tardanzas y la indiferencia resultar en ruina del alma. Satanás, el gran adversario, sigue los pasos
de todo transgresor de la santa ley de Dios, y el que no se percata del peligro
en que se halla y no busca fervorosamente abrigo en el refugio eterno, será
víctima del destructor.
El prisionero que en cualquier momento salía de la
ciudad de refugio era abandonado a la voluntad del vengador de la sangre. En esa forma se le enseñaba al pueblo a
seguir celosamente los métodos que la sabiduría infinita había designado para
su seguridad. Asimismo no basta que el
pecador crea en Cristo para el perdón de sus pecados; debe, mediante la fe y la
obediencia, permanecer en él. "Porque
si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la
verdad, ya no queda sacrificio por el pecado, sino una horrenda esperanza de
juicio, y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios." (Heb. 10: 26, 27.)
Dos de las tribus de Israel, Gad y Rubén, con la
mitad de la tribu de Manasés, habían recibido su heredad antes de cruzar el
Jordán. Para un pueblo de pastores, las
anchas llanuras de las tierras altas y valiosos bosques de Galaad y de Basán,
que ofrecían extensos campos de pastoreo para sus rebaños y manadas, tenían
atractivos que no podían encontrarse en la propia Canaán; y las dos tribus y
media, deseando establecerse en esa región, se habían comprometido a proporcionar
su cuota de soldados armados para que acompañaran a sus hermanos al otro lado
del Jordán y participaran en todas sus batallas hasta que todos entraran en
posesión de sus respectivas heredades. Esta
obligación se había cumplido fielmente.
Cuando las diez tribus entraron en Canaán, cuarenta mil de "los
hijos de Rubén y los hijos de Gad, y la media tribu de Manasés, ... armados a punto pasaron hacia la campiña de
Jericó delante de Jehová a la guerra." (Jos. 4: 12, 13.) Durante años habían luchado valientemente al lado de
sus hermanos. Ahora había llegado el
momento en que habían de entrar en la tierra de su posesión. Mientras acompañaban a sus hermanos en los
conflictos, también habían compartido los despojos; y regresaron "con
grandes riquezas, y con grande copia de ganado, con plata, y con oro, y metal,
y muchos vestido" (véase Josué 22), todo lo cual debían compartir con los
que se habían quedado al cuidado de las familias y los rebaños.
Iban a morar ahora a cierta distancia del santuario
del Señor, y Josué presenció su partida con corazón acongojado, pues sabía cuán
fuertemente tentados se verían, en su vida aislada y nómada, a adoptar las
costumbres de las tribus paganas que moraban en sus fronteras.
Mientras el ánimo de Josué y de otros jefes estaba
aun deprimido por presentimientos angustiosos, les llegaron noticias extrañas. Al
lado del Jordán, cerca del sitio donde Israel cruzó milagrosamente el río, las
dos tribus y media habían erigido un gran altar, parecido al altar de los
holocaustos que se había erigido en Silo.
La ley de Dios prohibía, so pena
de muerte, el establecimiento de otro culto que el del santuario. Si tal era el objeto de ese altar, y se le
permitía subsistir, apartaría al pueblo de la verdadera fe.
Los representantes del pueblo se reunieron en Silo, y
en el acaloramiento de su excitación e indignación, propusieron declarar la
guerra en seguida a los transgresores. Sin
embargo, gracias a la influencia de los más cautos, se resolvió mandar
primeramente una delegación para que obtuviera de las dos tribus y media una
explicación de su comportamiento. Se
escogieron diez príncipes, uno de cada tribu.
Encabezaba esta delegación
Phinees, que se había distinguido por su celo en el asunto de Peor.
Las dos tribus y media habían cometido un error al
llevar a cabo, sin explicación alguna, un acto susceptible de tan graves
sospechas. Los embajadores, dando por sentado que sus hermanos eran
culpables, les dirigieron reproches mordaces.
Los acusaron de rebelarse contra
Dios, y los invitaron a recordar cómo habían caído castigos sobre Israel por
haberse juntado con Baal- peor. En nombre de todo Israel, Phinees manifestó a
los hijos de Gad y de Rubén que si no querían vivir en aquella tierra sin altar
para el sacrificio, se les daba la bienvenida para que participaran en los
bienes y privilegios de sus hermanos al otro lado del río.
En contestación, los acusados explicaron que el altar
que habían erigido no era para ofrecer sacrificios, sino sencillamente para
atestiguar que, a pesar de estar separados por el río, tenían la misma fe que
sus hermanos de Canaán. Habían temido
que en algún tiempo futuro podría suceder que sus hijos fuesen excluídos del
tabernáculo, como quienes no tuviesen parte en Israel. Entonces este altar, erigido de conformidad
con el modelo del altar de Jehová en Silo, atestiguaría que los fundadores y
constructores de él adoraban también al Dios viviente.
Con gran regocijo los embajadores aceptaron esta
explicación, y en seguida se volvieron para llevar las buenas noticias a los
que los habían enviado. Toda idea de
guerra fue desechada, y el pueblo unido se regocijó y alabó a Dios.
Los hijos de Gad y de Rubén grabaron entonces en su
altar una inscripción que indicaba el objeto para el cual había sido erigido; y
dijeron: "Porque es testimonio entre nosotros que Jehová es Dios."
Así procuraron evitar futuras interpretaciones erróneas y eliminar cuanto
pudiera ser causa de tentación.
¡Cuán a menudo provienen serias dificultades de una
simple interpretación errónea, hasta entre aquellos que son guiados por los
móviles más dignos! Y sin el ejercicio de la cortesía y la paciencia, ¡qué
resultados tan graves y aun fatales pueden sobrevenir! Las diez tribus
recordaban cómo, en el caso de Acán, Dios había reprendido la falta de
vigilancia para descubrir los pecados que existían entre ellas. Ahora habían decidido obrar rápida y
seriamente; pero al tratar de evitar su primer error, habían llegado al extremo
opuesto. En vez de hacer una
investigación cortés para averiguar los hechos del caso, se habían presentado a
sus hermanos con censuras y condenación.
Si los hombres de Gad y de Rubén hubieran respondido animados del mismo
espíritu, la guerra habría sido el resultado.
Si bien es importante, por un lado, que se evite la indiferencia al
tratar con el pecado, es igualmente importante, por otro lado, que se eviten
los juicios duros y las sospechas infundadas.
Muchos que son muy sensibles a la menor crítica
dirigida contra su propio comportamiento, dan, sin embargo, un trato
excesivamente severo a las personas a quienes consideran en el error. La
censura y el oprobio no lograron jamás rescatar a nadie de una opinión falsa,
sino que más bien han contribuido a alejar a muchos del camino recto, por
haberlos inducido a endurecer su corazón para no dejarse convencer. Un espíritu bondadoso y un comportamiento
cortés, afable y paciente pueden salvar a los descarriados y ocultar una
multitud de pecados.
La prudencia manifestada por los hijos, de Rubén y
sus compañeros es digna de imitación. En
tanto que se esforzaban sinceramente por hacer progresar la causa de la
verdadera religión, fueron juzgados erróneamente y censurados con severidad;
pero no manifestaron resentimiento. Escucharon con toda cortesía y paciencia los
cargos que sus hermanos les hacían, antes de tratar de defenderse, y luego les
explicaron ampliamente sus móviles y demostraron su inocencia. Así
se arregló amigablemente la dificultad que amenazaba tener tan graves
consecuencias.
Aun cuando se los acuse falsamente, los que están en
lo justo pueden permitirse tener calma y ser considerados. Dios conoce todo lo que los hombres no
entienden o interpretan mal, y con toda confianza podemos entregarle nuestro
caso. El vindicará la causa de los que
depositan su confianza en él tan seguramente como sacó a luz la culpa de Acán. Los que son movidos por el espíritu de
Cristo poseerán la caridad, que todo lo soporta y es benigna.
Dios quiere que haya unión y amor fraternal entre su pueblo. En la oración que elevó Cristo precisamente antes de su crucifixión pidió que sus discípulos fueran uno como él era uno con el Padre, para que el mundo creyera que Dios le había enviado. Esta oración conmovedora y admirable llegaba a través de los siglos hasta nuestros días, pues sus, palabras fueron: "Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mi por la palabra de ellos." (Juan 17: 20 ) Aunque no hemos de sacrificar un solo principio de la verdad, debemos procurar constantemente ese estado de unidad. Es la evidencia de nuestro carácter de discípulos de Jesús, pues él dijo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros." (Juan 13: 35.) El apóstol Pedro exhorta a la iglesia así: "Sed todos de un mismo corazón, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciendo; sabiendo que vosotros sois llamados para que poseáis bendición en herencia." (1 Ped 3: 8, 9.)