DE SIQUEM los israelitas volvieron a su campamento de
Gilgal. Allí los visitó poco después
una embajada extraña, que deseaba pactar un tratado con ellos. Los embajadores manifestaron que venían de
tierras lejanas, cosa que parecía confirmar su apariencia. Llevaban ropas viejas y raídas; sus
sandalias estaban recosidas; sus provisiones de boca estaban mohosas, y sus
odres, rasgados y remendados, como si se los hubiera reparado apresuradamente
durante el viaje.
En su lejana tierra, situada, según ellos, más allá
de los límites de Palestina, sus conciudadanos habían oído hablar de las
maravillas que Dios había obrado por su pueblo, y los habían mandado a hacer
alianza con Israel. A los hebreos se
les había advertido especialmente que no se aliaran en manera alguna con los
idólatras de Canaán, y se despertó una duda en la mente de los jefes acerca de
si los extraños decían la verdad o no. "Quizás
vosotros habitáis en medio de nosotros," dijeron. A esto los embajadores sólo contestaron:
"Nosotros somos tus siervos." (Véase Josué 9, 10.) Pero cuando Josué
les preguntó directamente: "¿Quién sois vosotros y de dónde venís?"
ellos repitieron la contestación anterior, y agregaron en prueba de su
sinceridad: "Este nuestro pan tomamos caliente de nuestras casas para el
camino el día que salimos para venir a vosotros; y helo aquí ahora que está
seco y mohoso. Estos cueros de vino
también los henchimos nuevos; helos aquí ya rotos-. también estos nuestros vestidos y nuestros zapatos están ya
viejos a causa de lo muy largo del camino."
Estas explicaciones prevalecieron. Los hebreos "no preguntaron a la boca
de Jehová. Y Josué hizo paz con ellos,
y concertó con ellos que les dejaría la vida: también los príncipes de la congregación
les juraron." Así se concertó la alianza.
Tres días después se descubrió la verdad. "Oyeron como eran sus vecinos, y que habitaban en medio de
ellos." Sabiendo que les era imposible resistir a los hebreos, los
gabaonitas habían recurrido a esa estratagema para conservar la vida.
Fue grande la indignación de los israelitas cuando
supieron que se los había engañado. Y
esta indignación aumentó cuando después de tres días de viaje, llegaron a las
ciudades de los gabaonitas, cerca del centro del país. "Toda la congregación murmuraba contra
los príncipes;" pero éstos rehusaron quebrantar la alianza que habían
hecho a pesar de que fue lograda por fraude, porque habían "jurado por
Jehová Dios de Israel." "Y no los hirieron los hijos de Israel."
Los gabaonitas se habían comprometido solemnemente a renunciar a la idolatría,
y a aceptar el culto de Jehová; y al perdonarles la vida, no se violaba el
mandamiento de Dios que ordenaba la destrucción de los cananeos idólatras. De manera que por su juramento los hebreos
no se habían comprometido a cometer pecado.
Y aunque el juramento se había obtenido por engaño no debía ser violado. La obligación incurrida al empeñar uno su
palabra, con tal que no sea para cometer un acto malo o ilícito, debe tenerse
por sagrada. Ninguna consideración de
ganancia material, venganza o interés personal, puede afectar la inviolabilidad
de un juramento o promesa. "Los
labios mentirosos son abominación a Jehová." "Subirá al monte de
Jehová" y estará en lugar de su santidad "el que "habiendo
jurado en daño suyo, no por eso muda." (Prov. 12: 22; Sal. 24: 3; 15:
4.)
A los gabaonitas se les permitió vivir, pero se los
destinó a prestar servidumbre en el santuario, a desempeñar todos los trabajos
inferiores. "Y constituyólos Josué
aquel día por leñadores y aguadores para la congregación y para el altar de
Jehová." Ellos aceptaron agradecidos esta imposición, y sabiendo que eran
culpables, se conformaron con comprar su vida bajo cualesquiera condiciones. "Henos aquí en tu mano -dijeron a
Josué:- lo que te pareciera bueno y recto hacer de nosotros, hazlo." Durante
muchos siglos sus descendientes estuvieron vinculados con el servicio del
santuario.
El territorio de los gabaonitas comprendía cuatro
ciudades. El pueblo no estaba bajo la soberanía de un rey, sino que lo
gobernaban ancianos o senadores. Gabaón,
la más importante de sus ciudades, "era una gran ciudad, como una de las
ciudades reales," "y todos sus hombres fuertes." El hecho de que
el pueblo de esa ciudad recurriera a una argucia tan humillante para salvar la
vida, demuestra cuánto terror inspiraban los israelitas a los habitantes de
Canaán.
Pero les hubiera salido mejor a los gabaonitas si
hubieran tratado honradamente con Israel.
Aunque su sumisión a Jehová les permitió conservar la vida, su engaño
sólo les reportó deshonra y servidumbre.
Dios había estatuído que todos los que renunciaran al paganismo, y se
unieran con los israelitas, habían de participar de las bendiciones del pacto. Quedaban incluidos en la expresión "el
extranjero que peregrina entre vosotros," y con pocas excepciones esta
clase había de gozar iguales favores y privilegios que Israel. El mandamiento de Dios fue:
"Y cuando el extranjero morare contigo en
vuestra tierra, no le oprimiréis. Como
a un natural de vosotros tendréis al extranjero que peregrinare entre vosotros;
y ámalo como a ti mismo." (Lev. 19:
33, 34.) Con respecto a la pascua y al ofrecimiento de sacrificios se había
ordenado: "Un mismo estatuto tendréis, vosotros de la congregación y el
extranjero que con vosotros mora; ... como
vosotros, así será el peregrino delante de Jehová." (Núm. 5: 15.)
Tales eran las condiciones en las cuales los
gabaonitas podrían haber sido recibidos de no haber mediado el engaño al cual
habían recurrido. Ser hechos leñadores
y aguadores por todas las generaciones no era poca humillación para aquellos
ciudadanos de una ciudad real, donde todos los hombres eran
"fuertes." Pero habían adoptado el manto de la pobreza con fines de
engaño, y les quedó como insignia de servidumbre perpetua. A través de todas las generaciones, esta
servidumbre iba a atestiguar el aborrecimiento en que Dios tiene la mentira.
La sumisión de Gabaón a los israelitas desalentó a
los reyes de Canaán. Tomaron
inmediatamente medidas para vengarse de los que habían hecho la paz con los
invasores. Bajo la dirección de
Adonisedec, rey de Jerusalén, cinco de los reyes cananeos se confederaron
contra Gabaón. Sus movimientos fueron
rápidos. Los gabaonitas no estaban
preparados para defenderse y enviaron un mensaje a Josué que estaba en Gilgal:
"No encojas tus manos de tus siervos; sube prestamente a nosotros para
guardarnos y ayudarnos: porque todos los reyes de los Amorrheos que habitan en
las montañas, se han juntado contra nosotros." El peligro no sólo
amenazaba al pueblo de Gabaón, sino también a Israel. La ciudad dominaba los pasos que daban acceso al centro y al sur
de Palestina, y había que conservarla si se quería conquistar el país. Josué se preparó en seguida para acudir en
auxilio de Gabaón. Los habitantes de la
ciudad sitiada habían temido que a causa del fraude que habían cometido, Josué
rechazara su pedido de ayuda. Pero en
vista de que se habían sometido al dominio de Israel, y habían aceptado adorar
a Dios, Josué se sintió obligado a protegerlos. No obró esta vez sin consultar a Dios, y el Señor le alentó en la
empresa. "No tengas temor de ellos
-fue el mensaje divino:- porque yo los he entregado en tu mano, y ninguno de
ellos parará delante de ti." Así que "subió Josué de Gilgal, él y
todo el pueblo de guerra con él, y todos los hombres valientes."
Marchando toda la noche, tuvo sus fuerzas frente a
Gabaón por la mañana. Apenas habían
colocado los príncipes aliados sus ejércitos alrededor de la ciudad cuando
Josué cayó sobre ellos. El ataque
resultó una derrota total para los sitiadores.
El inmenso ejército invasor huyó ante Josué montaña arriba por el
desfiladero de Beth-orón; y habiendo ganado las alturas, se precipitaron
montaña abajo al otro lado. Allí
estalló sobre ellos terrible tempestad de granizo. "Jehová echó sobre ellos del cielo grandes piedras.... Muchos más murieron de las piedras del
granizo, que los que los hijos de Israel habían muerto a cuchillo."
Mientras los amorreos continuaban huyendo precipitadamente,
procurando hallar refugio en las fortalezas de la montaña, Josué, mirando hacia
abajo desde la altura, vio que el día iba a resultar corto para completar su
obra. Si sus enemigos no quedaban
completamente derrotados, se reunirían y reanudarían la lucha. "Entonces Josué habló a Jehová, ... y dijo en presencia de los Israelitas: Sol,
detente en Gabaón; y tú, Luna, en el valle de Ajalón. Y el sol se detuvo y la luna se paró, hasta tanto que la gente se
hubo vengado de sus enemigos.... El sol
se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día
entero."
Antes de que anocheciera, la promesa que Dios hizo a
Josué se había cumplido. Todo el
ejército enemigo había sido entregado en sus manos. Israel iba a recordar durante mucho tiempo los acontecimientos de
aquel día. "Nunca fue tal día
antes ni después de aquél, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre:
porque Jehová peleaba por Israel." "El sol y la luna se pararon en su
estancia: a la luz de tus saetas anduvieron, y al resplandor de tu fulgente
lanza. Con ira hollaste la tierra, con
furor trillaste las gentes. Saliste
para salvar tu pueblo." (Hab. 3:
11-13.)
El Espíritu de Dios inspiró la oración de Josué, para
que se manifestara otra vez el poder del Dios de Israel. Por consiguiente, la petición no evidenciaba
presunción por parte del gran caudillo.
Aunque Josué había recibido la promesa de que Dios derrocaría
ciertamente a los enemigos de Israel, realizó un esfuerzo tan ardoroso como si
el éxito de la empresa dependiera solamente de los ejércitos de Israel. Hizo todo lo que era posible para la energía
humana, y luego pidió con fe la ayuda divina.
El secreto del éxito estriba en la unión del líder divino con el
esfuerzo humano. Los que logran los
mayores resultados son los que confían más implícitamente en el Brazo
todopoderoso. El hombre que exclamó-
"Sol, detente en Gabaón; y tú, Luna, en el valle de Ajalón es el mismo que
durante muchas horas permanecía postrado en tierra, en ferviente oración, en el
campamento de Gilgal. Los hombres que
oran son los hombres fuertes.
Este gran milagro atestigua que toda la creación está
bajo el dominio del Creador. Satanás
procura impedir a los hombres que vean la intervención divina en el mundo
físico y quiere ocultarles la obra incansable de la gran Causa primera. Este milagro reprende a todos los que
ensalzan a la naturaleza sobre el Dios de la naturaleza.
Por su propia voluntad, Dios convoca las fuerzas de
la naturaleza y les ordena que exterminen el poderío de sus enemigos; "el
fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta su
palabra." (Sal. 148: 8.) Cuando
los paganos amorreos se empecinaron en su oposición a los propósitos de él,
Dios intervino y lanzó "del cielo grandes piedras" sobre los enemigos
de Israel. Se nos dice que durante las
escenas finales de la historia de este mundo, habrá una batalla más grande aún,
cuando abrirá "Jehová su armería" y sacará "las armas de su
indignación." Pregunta: "¿Has tú entrado en los tesoros de la nieve,
o has visto los tesoros del granizo, lo cual tengo yo reservado para el tiempo
de angustia, para el día de la guerra y de la batalla?" (Jer. 50: 25, V.M.; Job 38: 22, 23.)
El revelador describe la destrucción que se producirá cuando salga "una grande voz del templo del cielo, del trono, diciendo- Hecho es." Dice él: "Y cayó del cielo sobre los hombres un grande granizo como del peso de un talento." (Apoc. 16: 17, 21.)