LOS HEBREOS habían entrado en la tierra de Canaán,
pero no la habían subyugado; y a juzgar por las apariencias humanas, habría de ser
larga y difícil la lucha para apoderarse de la tierra. La habitaba una raza poderosa, dispuesta a
oponerse a la invasión de su territorio.
Las varias tribus estaban unidas por su temor a un peligro común. Sus caballos y sus carros de guerra construidos
de hierro, su conocimiento del terreno y su preparación bélica les daban una
gran ventaja. Además, la tierra estaba
resguardada por fortalezas, por "ciudades grandes y encastilladas hasta el
cielo." (Deut. 9: 1.) Sólo con la
garantía de una fuerza que no era la suya, podían alentar los israelitas la
esperanza de obtener éxito en el conflicto inminente.
Una de las mayores fortalezas de la tierra, la grande
y rica ciudad de Jericó, se hallaba frente a ellos, a poca distancia de su
campamento de Gilgal. Situada en la
margen de una llanura feraz en que abundaban los ricos y diversos productos de
los trópicos, esta ciudad orgullosa, cuyos palacios y templos eran morada del
lujo y del vicio, desafiaba al Dios de Israel desde sus macizos baluartes. Jericó era una de las sedes principales de
la idolatría, y se dedicaba especialmente al culto de Astarté, diosa de la
luna. Allí se concentraban todos los
ritos más viles y degradantes de la religión de los cananeos. El pueblo de Israel que tenía aun fresco el recuerdo
de las consecuencias terribles del pecado que cometiera en Beth-peor, no podía
contemplar esta ciudad pagana sino con repugnancia y horror.
Josué veía que la toma de Jericó debía ser el primer
paso en la conquista de Canaán. Pero
ante todo buscó una garantía de la dirección divina; y ella le fue
concedida. Habiéndose retirado del
campamento para meditar y pedir en oración que el Dios de Israel fuera delante
de su pueblo, vio a un guerrero armado, de alta estatura y aspecto imponente,
"el cual tenía una espada desnuda en su mano." A la pregunta
desafiante de Josué: "¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?"
contestó: "No; mas Príncipe del ejército de Jehová, ahora he venido."
(Véase Josué 5-7.) La misma orden que se había dado a Moisés en Horeb:
"Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra
santa es" reveló el carácter verdadero del misterioso forastero. Era Cristo, el Sublime, quien estaba delante
del jefe de Israel. Dominado por santo
temor, Josué cayó sobre su rostro, adoró, y tras oír la promesa: "Mira, yo
he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra,"
recibió instrucciones respecto a la toma de la ciudad.
En obediencia al mandamiento divino, Josué reunió los
ejércitos de Israel. No debían
emprender asalto alguno. Sólo debían
marchar alrededor de la ciudad, llevando el arca de Dios y tocando las
bocinas. En primer lugar, venían los
guerreros, o sea un cuerpo de varones escogidos, no para vencer con su propia
habilidad y valentía, sino por obediencia a las instrucciones dadas por
Dios. Seguían siete sacerdotes con
trompetas. Luego el arca de Dios,
rodeada de una aureola de gloria divina, era llevada por sacerdotes ataviados
con las vestiduras de su santo cargo.
Seguía el ejército de Israel, con cada tribu bajo su estandarte. Tal era la procesión que rodeaba la ciudad
condenada. No se oía otro sonido que el
de los pasos de aquella hueste numerosa, y el solemne tañido de las trompetas
que repercutía entre las colinas y resonaba por las calles de Jericó. Una vez dada la vuelta, el ejército volvía
silenciosamente a sus tiendas, y el arca se colocaba nuevamente en su sitio en
el tabernáculo.
Con asombro y alarma, los centinelas de la ciudad
observaban cada movimiento y lo referían a las autoridades. No comprendían el significado de todo este
despliegue; pero al ver a aquella hueste numerosa marchar cada día alrededor de
su ciudad, con el arca santa y los sacerdotes que la acompañaban, el misterio de
la escena infundió terror en el corazón tanto de los sacerdotes como del
pueblo. Volvieron a inspeccionar sus
fuertes defensas, seguros de que podrían resistir con éxito el ataque más
vigoroso. Muchos se burlaban de la idea
de que estas demostraciones singulares pudieran hacerles daño. Otros eran presa de pavor al ver la
procesión que cada día cercaba la ciudad.
Recordaban que una vez las aguas del mar Rojo se habían dividido ante
este pueblo, y que acababa de abrírselas el paso a través del Jordán. No sabían qué otros milagros podría hacer
Dios por ellos.
Durante seis días, la hueste de Israel dio una vuelta
por día alrededor de la ciudad. Llegó
el séptimo día, y al primer rayo del sol naciente, Josué movilizó los ejércitos
del Señor. Les dio la orden de marchar
siete veces alrededor de Jericó, y cuando oyesen el fuerte tañido de las
trompetas, gritasen en alta voz, porque Dios les había dado la ciudad.
Solemnemente el inmenso ejército marchó alrededor de
las murallas condenadas. Reinaba el
silencio; sólo se oía el paso lento y uniforme de muchos pies y el sonido
ocasional de las trompetas, que perturbaba la tranquilidad de la
madrugada.
Las murallas macizas de piedra sólida parecían
desafiar el asedio de los hombres. Los
que vigilaban en las murallas observaron con temor creciente, que cuando
terminó la primera vuelta, se realizó la segunda, y luego la tercera, la
cuarta, la quinta y la sexta. ¿Qué
objeto podrían tener estos movimientos misteriosos? ¿Qué gran acontecimiento
estaría a punto de producirse? No tuvieron que esperar mucho tiempo. Cuando acabó la séptima vuelta, la larga
procesión hizo alto. Las trompetas, que
por algún tiempo habían callado, prorrumpieron ahora en un ruido atronador que
hizo temblar la tierra misma. Las
paredes de piedra sólida, con sus torres y almenas macizas, se estremecieron y
se levantaron de sus cimientos, y con grande estruendo cayeron desplomadas a
tierra en ruinas. Los habitantes de
Jericó quedaron paralizados de terror, y los ejércitos de Israel penetraron en
la ciudad y tomaron posesión de ella.
Los israelitas no habían ganado la victoria por sus
propias fuerzas; la victoria había sido totalmente del Señor; y como primicias
de la tierra, la ciudad, con todo lo que ella contenía, debía dedicarse como
sacrificio a Dios. Debía recalcarse en
la mente de los israelitas que en la conquista de Canaán ellos no habían de
pelear por sí mismos, sino como simples instrumentos para ejecutar la voluntad
de Dios; no habían de procurar riquezas o exaltación personal, sino la gloria
de Jehová su Rey. Antes de la toma de
Jericó se les había dado la orden: "La ciudad será anatema a Jehová, ella
con todas las cosas que están en ella." "Guardaos vosotros del
anatema, que ni toquéis, ni toméis alguna cosa del anatema, porque no hagáis
anatema el campo de Israel, y lo turbéis."
Todos los habitantes de la ciudad, con toda alma
viviente que contenía, "hombres y mujeres, mozos y viejos, hasta los
bueyes, y ovejas, y asnos" fueron pasados a cuchillo. Sólo la fiel Rahab, con todos los de su
casa, se salvó, en cumplimiento de la promesa hecha por los espías. La ciudad misma fue incendiada; sus palacios
y sus templos, sus magníficas moradas, con todo su moblaje de lujo, las ricas
cortinas y la costosa indumentaria, todo fue entregado a las llamas. Lo que no pudo ser destruido por el fuego,
"toda la plata, y el oro, y vasos de metal y de hierro," había de
dedicarse al servicio del tabernáculo.
El sitio mismo de la ciudad fue maldito; jamás se había de construir a
Jericó como fortaleza; una amenaza de severos castigos pesaba sobre cualquiera
que intentase restaurar las murallas destruidas por el poder divino. Se hizo la solemne declaración en presencia
de todo Israel: "Maldito delante de Jehová el hombre que se levantara y
reedificare esta ciudad de Jericó. En
su primogénito eche sus cimientos, y en su menor asiente sus puertas."
La destrucción total de los habitantes de Jericó no
fue sino el cumplimiento de las órdenes dadas previamente por medio de Moisés
con respecto a las naciones de los habitantes de Canaán: "Del todo las
destruirás." "De las ciudades de estos pueblos, ... ninguna persona dejarás con vida."
(Deut. 7: 2; 20: 16.) Muchos consideran
estos mandamientos como contrarios al espíritu de amor y de misericordia
ordenado en otras partes de la Biblia; pero eran en verdad dictados por la
sabiduría y bondad infinitas. Dios
estaba por establecer a Israel en Canaán, para desarrollarlo en una nación y un
gobierno que fuesen una manifestación de su reino en la tierra. No sólo habían de ser los israelitas
herederos de la religión verdadera, sino que habían de difundir sus principios
por todos los ámbitos del mundo. Los
cananeos se habían entregado al paganismo más vil y degradante; y era necesario
limpiar la tierra de lo que con toda seguridad habría de impedir que se cumplieran
los bondadosos propósitos de Dios.
A los habitantes de Canaán se les habían otorgado
amplias oportunidades de arrepentirse.
Cuarenta años antes, la apertura del mar Rojo y los juicios caídos sobre
Egipto habían atestiguado el poder supremo del Dios de Israel. Y ahora la derrota de los reyes de Madián,
Galaad y Basán, había recalcado aún más que Jehová superaba a todos los dioses. Los juicios que cayeron sobre Israel a causa
de su participación en los ritos abominables de Baal-peor, habían demostrado
cuán santo es el carácter de Jehová y cuánto aborrece la impureza. Los habitantes de Jericó conocían todos
estos acontecimientos, y eran muchos los que, aunque se negaban a obedecerla,
participaban de la convicción de Rahab, de que Jehová, el Dios de Israel, era
"Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra." Como los
antediluvianos, los cananeos vivían sólo para blasfemar contra el Cielo y
corromper la tierra. Tanto el amor como
la justicia exigían la pronta ejecución de estos rebeldes contra Dios y
enemigos del hombre.
¡Cuán fácilmente derribaron los ejércitos celestiales
las murallas de Jericó, orgullosa ciudad cuyos baluartes, cuarenta años antes,
habían aterrado a los espías incrédulos! El Poderoso de Israel había dicho:
"He entregado en tu mano a Jericó." Y contra esa palabra fueron
impotentes las fuerzas humanas.
"Por fe cayeron los muros de Jericó."
(Heb. 11: 30.) El Capitán de las
huestes del Señor se comunicaba únicamente con Josué; no se revelaba a toda la
congregación, y a ésta le tocaba creer o no creer en las palabras de Josué,
obedecer los mandamientos que daba en el nombre del Señor, o negar su
autoridad. No podían ver el ejército de
ángeles que les asistían a ellos bajo la jefatura del Hijo de Dios. Hubieran podido discurrir: "¡Cuán poco
sentido tienen estos movimientos y cuán ridículo es dar diariamente la vuelta
alrededor de las murallas de la ciudad y tocar las bocinas de cuernos de carneros!
Esto no puede tener efecto alguno sobre estas altas fortificaciones." Pero
el plan mismo de continuar con esta ceremonia durante tanto tiempo antes de la
caída final de las murallas, dio a los israelitas ocasión para desarrollar su
fe. Había de hacerles comprender que su
fuerza no dependía de la sabiduría del hombre, ni de su poder, sino únicamente
del Dios de su salvación. Debían
acostumbrarse así a confiar enteramente en su Jefe divino.
Dios hará cosas maravillosas por los que confían en
él. El motivo porque los que profesan
ser sus hijos no tienen más fuerza consiste en que confían demasiado en su
propia sabiduría, y no le dan al Señor ocasión de revelar su poder en favor de
ellos. El ayudará a sus hijos creyentes
en toda emergencia, si ponen toda su confianza en él y le obedecen fielmente.
Poco después de la caída de Jericó, Josué decidió
atacar a Hai, ciudad pequeña situada entre las hondonadas a pocos kilómetros al
oeste del valle del Jordán. Los espías
que se enviaron a este sitio trajeron el informe de que los habitantes eran
pocos, y que bastaría una fuerza pequeña para conquistarla.
La gran victoria que Dios había ganado por ellos
había llenado de confianza propia a los israelitas. Por el hecho de que les había prometido la tierra de Canaán, se
sentían seguros y perdieron de vista que sólo la divina ayuda podía darles
éxito. Aun Josué hizo sus planes para
la conquista de Hai sin pedir el consejo de Dios.
Los israelitas habían comenzado a ensalzar su propia
fuerza y a mirar despectivamente a sus enemigos. Esperaban obtener la victoria con facilidad, y creyeron que
bastarían tres mil hombres para tomar el lugar. Estos se precipitaron al ataque sin tener la seguridad de que
Dios estaría con ellos. Avanzaron hasta
muy cerca de las puertas de la ciudad, tan sólo para encontrarse con la más
resuelta resistencia. Dominados por el
pánico que les infundieron el crecido número y la preparación esmerada de sus
enemigos, huyeron confusamente por la escarpada bajada. Los cananeos los persiguieron vivamente;
"y siguiéronlos desde la puerta, ... y los rompieron en la bajada." Aunque la pérdida fue pequeña
en cuanto al número de hombres, pues sólo treinta y seis hombres perecieron, la
derrota descorazonó a toda la congregación.
"Por lo que se disolvió el corazón del pueblo, y vino a ser como
agua." Era la primera vez que se habían encontrado con los cananeos en
batalla campal, y si habían huído ante los defensores de esa ciudad pequeña,
¿cuál sería el resultado de las grandes batallas que les esperaban? Josué
consideró su fracaso como una expresión del desagrado de Dios y con angustia y
aprensión "rompió sus vestidos, postróse en tierra sobre su rostro delante
del arca de Jehová hasta la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo
sobre sus cabezas."
"¡Ah, Señor Jehová! -exclamaba- ¿Por qué hiciste
pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los Amorrheos,
que nos destruyan? . . .
¡Ay Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto las espaldas delante de
sus enemigos? Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y
nos cercarán y raerán nuestro nombre de sobre la tierra; entonces ¿qué harás tú
a tu grande nombre?"
La contestación que recibió de Jehová fue:
"Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha ... quebrantado mi pacto que yo les había
mandado." El momento requería medidas rápidas y resueltas, y no
desesperación y lamentos. Había un
pecado secreto en el campamento, y era preciso buscarlo y eliminarlo antes que
la presencia y la bendición del Señor pudieran acompañar a su pueblo. "No seré más con vosotros, si no
destruyerais el anatema de en medio de vosotros."
Uno de los designados para ejecutar los juicios de
Dios había desobedecido su mandamiento y toda la nación era responsable de la
culpa del transgresor: "Pues aun han tomado del anatema, y hasta han
hurtado, y también han mentido." Se le indicó a Josué cómo había de
descubrir y castigar al criminal. Este
se había de determinar por medio de la suerte.
No se señaló directamente al pecador, sino que el asunto permaneció en
duda por algún tiempo, a fin de que el pueblo se percatase de su
responsabilidad por los pecados que existían en su medio, y se sintiese
inducido a escudriñar sus corazones y a humillarse delante de Dios.
Temprano por la mañana Josué reunió al pueblo
"por sus tribus," y comenzó la solemne e impresionante
ceremonia. Paso a paso proseguía la
investigación. La temible prueba se
estrechaba cada vez más. Primero la
tribu, luego la familia, después la casa, y por fin se consideró al hombre, y
Acán, hijo de Carmi, de la tribu de Judá, fue señalado por el dedo de Dios como
perturbador de Israel.
Para establecer su culpabilidad en forma
indisputable, que no dejase motivo alguno para pensar que se lo había condenado
injustamente, Josué exhortó solemnemente a Acán para que reconociera la
verdad. El miserable culpable hizo una
confesión completa de su falta: "Verdaderamente yo he pecado contra Jehová
el Dios de Israel.... Vi entre los
despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un
changote de oro de peso de cincuenta siclos; lo cual codicié, y tomé: y he aquí
está escondido debajo de tierra en el medio de mi tienda." Se enviaron en
seguida a su tienda mensajeros que cavaron la tierra en el sitio indicado, y
"he aquí estaba escondido en su tienda, y el dinero debajo de ello: y
tomándolo de en medio de la tienda, trajéronlo a Josué y a todos los hijos de
Israel, y pusiéronlo delante de Jehová."
La sentencia fue pronunciada y ejecutada
inmediatamente. "¿Por qué nos has
turbado? -dijo Josué.- Túrbete Jehová en este día." Como el pueblo había
sido hecho responsable del pecado de Acán y había sufrido en consecuencia,
debía ahora, por medio de sus representantes, tomar parte en el castigo,
"Y todo Israel le mató a pedradas." (V.M.)
Después se levantó sobre él un enorme montón de
piedras, como testimonio del pecado y su castigo. "Por esto fue llamado aquel lugar el Valle de Acor," lo
que quiere decir "turbación." En el libro de las Crónicas se asentó
así su recuerdo: "Acar, el perturbador de Israel." (1 Crón. 2: 7, V.M.)
Acán cometió su pecado en desafío de las advertencias
más directas y solemnes y de las manifestaciones más poderosas de la
omnipotencia de Dios. Se había
proclamado a todo Israel: "Guardaos, vosotros del anatema, ... porque no hagáis anatema el campo de
Israel." Se le dio este mandamiento inmediatamente después del milagroso
cruce del Jordán, después que el pacto de Dios fuera reconocido mediante la
circuncisión del pueblo, y después que se observara la pascua y apareciera el
Ángel del pacto, el Capitán de la hueste del Señor. Se había producido luego la caída de Jericó, evidencia de la
destrucción que sobrevendrá infaliblemente a todos los transgresores de la ley
de Dios. El hecho de que el poder
divino era lo único que había dado la victoria a Israel y éste no había
alcanzado, por lo tanto, la posesión de Jericó por sus propias fuerzas, daba un
peso solemne al mandamiento que prohibía tomar despojos. Por el poder de su palabra, Dios había
derrocado esta fortaleza; la conquista era suya, y sólo a él debía dedicarse la
ciudad con todo lo que contenía.
Entre los millones de Israel, sólo hubo un hombre
que, en aquella hora solemne de triunfo y castigo, osó violar el mandamiento de
Dios. La vista de aquel costoso manto
babilónico despertó la codicia de Acán; y aun frente a la muerte que por su
causa arrostraba, lo llamó "manto babilónico muy bueno." Un pecado le
había llevado a cometer otro, y se adueñó del oro y la plata dedicados al
tesoro del Señor; le robó a Dios parte de las primicias de la tierra de Canaán.
El pecado mortal que condujo a Acán a la ruina tuvo
su origen en la codicia, que es, entre todos los pecados, el más común y el que
se considera con más liviandad.
Mientras que otros pecados se averiguan y se castigan, ¡cuán raro es que
se censure siquiera la violación del décimo mandamiento! La historia de Acán
nos enseña la enormidad de ese pecado y cuáles son sus terribles
consecuencias. La codicia es un mal que
se desarrolla gradualmente. Acán
albergó avaricia en su corazón hasta que ella se hizo hábito en él y le ató con
cadenas casi imposibles de romper.
Aunque fomentaba este mal, le habría horrorizado el pensamiento de que
pudiera acarrear un desastre para Israel; pero el pecado embotó su percepción,
y cuando le sobrevino la tentación cayó fácilmente.
¿No se cometen aun hoy pecados semejantes a ése, y
frente a advertencias tan solemnes y explícitas como las dirigidas a los
israelitas? Se nos prohibe tan expresamente albergar la codicia como se le
prohibió a Acán que tomara despojos en Jericó.
Dios declara que la codicia o avaricia es idolatría. Se nos amonesta: No podéis servir a Dios y a
Mamón." "Mirad, y guardaos de toda avaricia." "Ni aun se
nombre entre vosotros." (Col. 3: 5;
Mat. 6: 24; Luc. 12:
15; Efes. 5: 3.) Tenemos ante nosotros
la terrible suerte que corrieron Acán, Judas, Ananías y Safira. Y aun antes de estos casos tenemos el de
Lucifer, aquel "hijo de la mañana" que, codiciando una posición más
elevada, perdió para siempre el resplandor y la felicidad del cielo. Y no obstante, a pesar de todas estas
advertencias, la codicia reina por todas partes.
Por doquiera se ve su viscosa huella. Crea descontento y disensión en las
familias; despierta en los pobres envidia y odio contra los ricos; e induce a
éstos a tratar cruelmente a los pobres.
Es un mal que existe no sólo en las esferas seglares del mundo, sino
también en la iglesia. ¡Cuán común es
encontrar entre sus miembros egoísmo, avaricia, ambición, descuido de la
caridad y retención de los "diezmos las primicias"! Entre los
miembros de la iglesia que gozan del respeto y la consideración de los demás
hay, desgraciadamente, muchos Acanes.
Más de un hombre asiste ostentosamente al culto y se sienta a la mesa del
Señor mientras que entre sus bienes se ocultan ganancias ilícitas, cosas que
Dios maldijo. A cambio de un buen manto
babilónico, muchos sacrifican la aprobación de la conciencia y su esperanza del
cielo. Muchos truecan su integridad y
su capacidad para ser útiles, por un saco de monedas de plata. Los clamores de los pobres que sufren son
desoídos; se le ponen obstáculos a la luz del Evangelio; existen prácticas que
provocan el desprecio de los mundanos y desmienten la profesión cristiana; y
sin embargo, el codicioso continúa amontonando tesoros. "¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros
me habéis robado" (Mal. 3: 8),
dice el Señor.
El pecado de Acán atrajo el desastre sobre toda la
nación. Por el pecado de un hombre, el
desagrado de Dios descansará sobre toda su iglesia hasta que la transgresión
sea buscada, descubierta y eliminada.
La influencia que más ha de temer la iglesia no es la de aquellos que se
le oponen abiertamente, ni la de los incrédulos y blasfemadores, sino la de los
cristianos profesos e inconsecuentes.
Estos son los que impiden que bajen las bendiciones del Dios de Israel y
acarrean debilidad entre su pueblo.
Cuando la iglesia se encuentra en dificultades,
cuando existen frialdad y decadencia espiritual, y se da lugar a que triunfen
los enemigos de Dios, traten entonces sus miembros de averiguar si hay o no un
Acán en el campamento, en vez de cruzarse de brazos y lamentarse de su triste
situación. Con humillación y con
escudriñamiento de corazón, procure cada uno descubrir los pecados ocultos que
vedan la presencia de Dios.
Acán reconoció su culpabilidad, pero lo hizo cuando
ya era muy tarde para que su confesión le beneficiara. Había visto los ejércitos de Israel
regresar de Hai derrotados y desalentados; pero no se había adelantado a
confesar su pecado. Había visto a Josué
y a los ancianos de Israel postrarse en tierra con indecible congoja. Si hubiera hecho su confesión entonces,
habría dado cierta prueba de verdadero arrepentimiento; pero siguió guardando
silencio. Había escuchado la
proclamación de que se había cometido un gran delito, y hasta había oído
definir claramente su carácter. Pero
sus labios quedaron sellados. Luego se
realizó la solemne investigación. ¡Cómo
se estremeció de terror su alma cuando vio que se señalaba a su tribu, luego su
familia y finalmente su casa! Pero ni aun entonces dejó oír su confesión, hasta
que el dedo de Dios le tocó, por así decirlo.
Entonces, cuando su pecado ya no pudo ocultarse, reconoció la
verdad. ¡Cuán a menudo se hacen
semejantes confesiones! Hay una enorme diferencia entre admitir los hechos una
vez probados, y confesar los pecados que sólo nosotros y Dios conocemos. Acán no hubiera confesado su pecado si con
ello no hubiera esperado evitar las consecuencias.
Pero su confesión sólo sirvió para demostrar que su
castigo era justo. No se había
arrepentido en verdad de su pecado; no había sentido contrición, ni cambiado de
propósito, ni aborrecía lo malo. Así
también formularán sus confesiones los culpables cuando estén delante del
tribunal de Dios, después que cada caso haya sido decidido para la vida o para
la muerte. Las consecuencias que
incumban a cada pecador le arrancarán un reconocimiento de su pecado. Lo impondrá a su alma el espantoso sentido
de condenación y la horrenda expectativa del juicio. Pero las tales confesiones no pueden salvar al pecador.
Como Acán, muchos se sienten seguros mientras pueden ocultar sus transgresiones a sus semejantes, y se lisonjean de que Dios no es tan estricto que note la iniquidad. Demasiado tarde, sus pecados los denunciarán en aquel día cuando ya no podrán ser expiados con sacrificio ni ofrenda. Cuando se abran los registros del cielo, el juez no declarará con palabras su culpa a los hombres, sino que le bastará con lanzar una mirada penetrante, que evocará vívidamente toda acción y toda transacción de la vida, en la memoria del obrador de iniquidad. La persona no tendrá que ser buscada por su tribu y luego su familia, como en tiempo de Josué, sino que sus propios labios confesarán su vergüenza. Los pecados ocultos al conocimiento de los hombres serán entonces proclamados al mundo entero.