LOS ISRAELITAS lloraron profundamente la partida de
su jefe, y dedicaron treinta días de servicios especiales a honrar su
memoria. Nunca, hasta que les fue
quitado, habían comprendido tan cabalmente el valor de sus sabios consejos, su
ternura paternal y su fe constante, Con un aprecio nuevo y más profundo,
recordaron las lecciones preciosas que les había dado mientras estaba con
ellos.
Moisés había muerto, pero su influencia no murió con
él. Ella había de sobrevivir, reproduciéndose
en el corazón de su pueblo. El
recuerdo de aquella vida santa y desinteresada se conservaría por mucho tiempo
con amor, y con poder silencioso y persuasivo amoldaría la vida hasta de los
que habían descuidado sus palabras cuando vivía. Como el resplandor del sol poniente sigue iluminando las cumbres
de las montañas mucho después que el sol se ha hundido detrás de las colinas
así las obras de los puros, santos y justos derramarán su luz sobre el mundo
mucho tiempo después que murieron quienes las hicieron. Sus obras, sus palabras y su ejemplo vivirán
para siempre. "En memoria eterna
será el justo." (Sal. 112: 6.)
Aunque llenos de pesar por su gran pérdida, los
israelitas sabían que no quedaban solos.
De día, la columna de nube descansaba sobre el tabernáculo, y de noche
la columna de fuego, como garantía de que Dios seguiría guiándoles y
ayudándoles si querían andar en el camino de sus mandamientos.
Josué era ahora el jefe reconocido de Israel. Se había distinguido principalmente como
guerrero, y sus dones y virtudes resultaban de un valor especial en esta etapa
de la historia de su pueblo. Valeroso,
resuelto y perseverante, pronto para actuar, incorruptible, despreocupado de
los intereses egoístas en su solicitud por aquellos encomendados a su
protección y, sobre todo, inspirado por una viva fe en Dios, tal era el
carácter del hombre escogido divinamente para dirigir los ejércitos de Israel
en su entrada triunfal en la tierra prometida.
Durante la estada en el desierto, había actuado como primer ministro de
Moisés, y por su fidelidad serena y humilde, su perseverancia cuando otros
flaqueaban, su firmeza para sostener la verdad en medio del peligro, había dado
evidencias de su capacidad para suceder a Moisés aun antes de ser llamado a ese
puesto por la voz de Dios.
Con gran ansiedad y desconfianza de si mismo, Josué
había mirado la obra que le esperaba; pero Dios eliminó sus temores al
asegurarle: "Como yo fui con Moisés, seré contigo; no te dejaré, ni te
desampararé.... Tú repartirás a este
pueblo por heredad la tierra, de la cual juré a sus padres que la daría a
ellos." "Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar
que pisare la planta de vuestro pie." (Véase Josué 1 - 4.) Había de ser
suya toda la tierra que se extendía hasta las alturas del Líbano en la lejanía,
hasta las playas de la gran mar, y hasta las orillas del Eufrates en el este.
A esta promesa se agregó el mandamiento:
"Solamente te esfuerces, y seas muy valiente, para cuidar de hacer
conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó." Además le ordenó el
Señor: "El libro de aquesta ley nunca se apartará de tu boca; antes de día
y de noche meditarás en él; no te apartes de ella ni a diestra ni a
siniestra;" "porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá
bien."
Los israelitas seguían acampados en la margen
oriental del Jordán, y este río presentaba la primera barrera para la ocupación
de Canaán. "Levántate, había sido
el primer mensaje de Dios a Josué, "y pasa este Jordán, tú y todo este
pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel." No se les dio
ninguna instrucción acerca de cómo habían de cruzar el río. Josué sabía, sin embargo, que el Señor haría
posible para su pueblo la ejecución de cualquier cosa por él ordenada, y
con esta fe el intrépido caudillo
inició inmediatamente los arreglos pertinentes para avanzar.
A pocas millas más allá del río, exactamente frente
al sitio donde los israelitas estaban acampados, se hallaba la grande y muy
fortificada ciudad de Jericó. Era
virtualmente la llave de todo el país, y representaba un obstáculo formidable
para el éxito de Israel. Josué envió,
por lo tanto, a dos jóvenes como espías para que visitaran la ciudad, y para
que averiguaran algo acerca de su población, sus recursos y la solidez de sus
fortificaciones. Los habitantes de la
ciudad, aterrorizados y suspicaces, se mantenían en constante alerta y los
mensajeros corrieron gran peligro.
Fueron, sin embargo, salvados por Rahab, mujer de Jericó que arriesgó
con ello su propia vida. En retribución
de su bondad, ellos le hicieron una promesa de protección para cuando la ciudad
fuese conquistada.
Los espías regresaron sin novedad, con las siguientes
noticias: "Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos, y también
todos los moradores del país están desmayados delante de nosotros." Se les
había dicho en Jericó: "Hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del mar
Bermejo delante de vosotros, cuando salasteis de Egipto, y lo que habéis hecho
a los dos reyes de los Amorrheos que estaban de la parte de allá del Jordán, a
Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido.
Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más espíritu en
alguno por causa de vosotros: porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los
cielos y abajo en la tierra."
Se ordenó entonces que se hiciesen los preparativos
para el avance. El pueblo había de
abastecerse de alimentos para tres días, y el ejército había de ponerse en pie
de guerra para la batalla. Todos
aceptaron de corazón los planes de su jefe y le aseguraron su confianza y su
apoyo: "Nosotros haremos todas las cosas que nos has mandado, e iremos
adonde quiera que nos mandares. De la
manera que obedecimos a Moisés en todas las cosas, así te obedeceremos a ti;
solamente Jehová tu Dios sea contigo, como fue con Moisés:"
Abandonando su campamento en los bosques de acacias
de Sittim, el ejército descendió a la orilla del Jordán. Todos sabían, sin embargo, que sin la ayuda
divina no podían esperar cruzar el río.
Durante esa época del año, la primavera, las nieves derretidas de las
montañas habían hecho crecer tanto el Jordán que el río se había desbordado, y
era imposible cruzarlo en los vados acostumbrados. Dios quería que el cruce del Jordán por Israel fuese milagroso. Por orden divina, Josué mandó al pueblo que
se santificase; debía poner a un lado sus pecados y librarse de toda impureza
exterior; "porque -dijo- Jehová hará mañana entre vosotros
maravillas." El "arca del pacto" había de encabezar el ejército
y abrirle paso. Para cuando vieran ese
distintivo de la presencia de Jehová, cargado por los sacerdotes, moverse de su
sitio en el centro del campamento y avanzar hacia el río, la orden era:
"Vosotros partiréis de vuestro lugar, y marcharéis en pos de ella."
Las circunstancias del cruce del río fueron predichas minuciosamente; y Josué
dijo: "En esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros,
y que él echará de delante de vosotros al Cananeo.... He aquí, el arca del pacto del Señoreador de toda la tierra pasa
el Jordán delante de vosotros."
A la hora señalada comenzó el avance. El arca, llevada en hombros de los
sacerdotes, encabezaba la vanguardia.
Se le había ordenado al pueblo que se retrasara un poco, de manera que
había un espacio de más de media milla entre ellos y el arca. Todos observaron con profundo interés cómo
los sacerdotes bajaban hacia la orilla del Jordán. Los vieron avanzar firmemente con el arca santa en dirección a la
corriente airada y turbulenta, hasta que los pies de los portadores del arca
tocaron el agua. Entonces, las aguas
que venían de arriba fueron rechazadas de repente, mientras que las de abajo
siguieron su curso, y se vació el lecho del río.
Obedeciendo el mandamiento divino, los sacerdotes
avanzaron hacia el centro del cauce, y se quedaron detenidos allí, mientras
todo el ejército descendía y cruzaba al otro lado. Así se grabó en la mente de todo Israel el hecho de que el poder
que había contenido las aguas del Jordán, era el mismo que había abierto el mar
Rojo para sus padres cuarenta años antes.
Cuando todo el pueblo hubo pasado, se llevó el arca a la orilla
occidental. En cuanto llegó a un sitio
seguro, y "las plantas de los pies de los sacerdotes estuvieron en
seco," las aguas aprisionadas, quedando libres, se precipitaron hacia
abajo por el cauce natural del río en un torrente irresistible.
Las generaciones venideras no debían carecer de
testimonio con referencia a este gran milagro.
Mientras los sacerdotes que llevaban el arca estaban aún en medio del
Jordán, doce hombres escogidos con anticipación, uno de cada tribu, se
encargaron de tomar cada uno una piedra del cauce del río donde estaban los
sacerdotes, y las llevaron a la orilla occidental. Estas piedras habían de acomodarse en forma de monumento en el
primer sitio donde acampara Israel después de cruzar el río. El pueblo recibió la orden de repetir a sus
hijos y a los hijos de sus hijos la historia del libramiento que Dios había
obrado en su favor, como dijo Josué: "Para que todos los pueblos de la
tierra conozcan la mano de Jehová, que es fuerte; para que temáis a Jehová
vuestro Dios todos los días."
Este milagro ejerció gran influencia, tanto sobre los
hebreos como sobre sus enemigos. Por él
Dios daba a Israel una garantía de su continua presencia y protección, una
evidencia de que obraría en su favor por medio de Josué como lo había hecho por
medio de Moisés. Esta seguridad era
necesaria para fortalecer su corazón en el momento de emprender la conquista de
la tierra, tarea estupenda que había hecho tambalear la fe de sus padres cuarenta
años atrás. Antes que se cruzara el
río, el Señor había declarado a Josué: "Desde aqueste día comenzaré a
hacerte grande delante de los ojos de todo Israel, para que entiendan que como
fui con Moisés, así seré contigo." Y el resultado cumplió la promesa. "En aquel día Jehová engrandeció a
Josué en ojos de todo Israel: y temiéronle, como habían temido a Moisés, todos
los días de su vida."
Este ejercicio del poder divino en favor de Israel
estaba destinado también a aumentar el temor con que lo consideraban las
naciones circunvecinas y a ayudarle así a obtener un triunfo más fácil y más
completo. Cuando las nuevas de que Dios
había detenido las aguas del Jordán ante los hijos de Israel llegaron a oídos
de los reyes de los amorreos y de los cananeos, sintieron gran temor en su
corazón. Los hebreos ya habían dado
muerte a cinco reyes de Madián, al poderoso Sehón, rey de los amorreos y a Og
de Basán, y luego el cruce del impetuoso y crecido río Jordán había llenado de
terror a todas las naciones vecinas.
Tanto a los cananeos como a todo Israel y al mismo Josué, se les habían
dado evidencias inequívocas de que el Dios viviente, el Rey del cielo y de la
tierra, estaba entre su pueblo y no los dejaría ni los desampararía.
A corta distancia del Jordán, los hebreos levantaron
su primer campamento en Canaán. Allí
Josué "circuncidó a los hijos de Israel," "y los hijos de Israel
asentaron el campo en Gilgal, y celebraron la pascua." (Jos. 5: 3, 10.) La suspensión del rito de la
circuncisión desde la rebelión ocurrida en Cades había sido para Israel un
testimonio constante de que había sido quebrantado su pacto con Dios, del cual
la circuncisión era el símbolo señalado.
Y la suspensión de la pascua, ceremonia conmemorativa del libramiento de
la servidumbre egipcia, había evidenciado el desagrado que causara al Señor el
deseo de Israel de volver a esa servidumbre.
Pero habían terminado los años de repudiación. Dios reconocía nuevamente a Israel como su pueblo, y se
restablecía la señal de su pacto. El
rito de la circuncisión se aplicó a todo el pueblo que había nacido en el
desierto. Y el Señor le declaró a
Josué: "Hoy he hecho rodar de sobre vosotros el oprobio de Egipto"
(Jos. 5: 9, V.M.), y en alusión a este
gran acontecimiento llamaron el lugar de su campamento Gilgal, o sea
"rodadura."
Las naciones paganas habían mirado con oprobio al
Señor y a su pueblo porque los hebreos no había tomado posesión de Canaán, como
lo esperaban, poco después de haber abandonado Egipto. Sus enemigos se habían regocijado porque
Israel había errado tanto tiempo en el desierto, y habían declarado en son de
burla que el Dios de los hebreos no podía introducirlos en la tierra
prometida. Ahora el Señor había
manifestado señaladamente su poder y favor al abrir el Jordán ante su pueblo, y
sus enemigos ya no podían tenerlos en oprobio.
"A los catorce días del mes, por la tarde," se celebró la pascua en las llanuras de Jericó. "Y al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas. Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra: y los hijos de Israel nunca más tuvieron mana, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año." (Jos. 5: 10-12.) Los largos años de peregrinación por el desierto habían tocado a su fin. Los pies de Israel pisaban por último la tierra prometida.