DESPUÉS de rodear a Edom por el sur, los israelitas
se volvieron hacia el norte y otra vez se dirigieron hacia la tierra
prometida. Su camino pasaba ahora por
una alta y vasta llanura refrescada por las brisas vivificantes de las
colinas. Fue un cambio grato después
del valle árido y calcinante por el cual habían viajado, así que avanzaban
llenos de ánimo y esperanza. Habiendo
atravesado el arroyo de Zered, pasaron al oriente de la tierra de Moab; pues se
les había dado la orden: "No molestes a Moab, ni te empeñes con ellos en
guerra, que no te daré posesión de su tierra; porque yo he dado a Ar por
heredad a los hijos de Lot." (Véase Deuteronomio 2.) Y se les repitió la
misma orden con respecto a los amonitas que eran también descendientes de Lot.
Continuando hacia el norte, los ejércitos de Israel
llegaron pronto a la tierra de los amorreos.
Este pueblo fuerte y guerrero ocupaba originalmente la parte meridional
de la tierra de Canaán, pero al aumentar en número, cruzaron el jordán,
guerrearon con los moabitas y les quitaron una parte de su territorio. Allí se establecieron, y dominaban sin
oposición toda la tierra desde el Arnón hasta el Jaboc en el norte. El camino que los israelitas deseaban seguir
para ir al Jordán pasaba directamente por ese territorio, y Moisés le envió un
mensaje amistoso a Sehón, rey de los amorreos, en su capital: "Pasaré por
tu tierra por el camino: por el camino iré, sin apartarme a diestra ni a
siniestra: la comida me venderás por dinero, y comeré: el agua también me darás
por dinero, y beberé: solamente pasaré a pie." La contestación fue una
negativa terminante, y todos los ejércitos de los amorreos fueron convocados
para oponerse al paso de los invasores.
Este ejército formidable aterrorizó a los israelitas que distaban mucho
de estar preparados para sostener un encuentro con fuerzas bien pertrechadas y
disciplinadas. Los enemigos le
aventajaban ciertamente en habilidad guerrera, y a juzgar por las apariencias
humanas, pronto acabarían con él.
Pero Moisés mantuvo fija la mirada en la columna de
nube, y alentó al pueblo con el pensamiento de que la señal de la presencia de
Dios estaba aun con ellos. Al mismo
tiempo les mandó que hicieran todos los esfuerzos humanos posibles a fin de
prepararse para la guerra. Sus enemigos
estaban ansiosos de librar batalla, en la seguridad de que raerían de la tierra
a los israelitas mal preparados. Pero
el jefe de Israel había recibido la orden del Dueño de todas las tierras:
"Levantaos, partid, y pasad el arroyo Arnón: he aquí he dado en tu mano a
Sehón rey de Hesbón, Amorrheo, y a su tierra: comienza a tomar posesión, y
empéñate con él en guerra. Hoy
comenzaré a poner tu miedo y tu espanto sobre los pueblos debajo de todo el
cielo; los cuales oirán tu fama, y temblarán, y angustiarse han delante de
ti."
Estas naciones que estaban situadas en los confines
de Canaán se habrían salvado si no se hubieran opuesto al progreso de Israel en
desafío de la palabra de Dios. El Señor
se había mostrado longánime, sumamente bondadoso, tierno y compasivo, aun hacia
esos pueblos paganos. Cuando en visión
se le mostró a Abrahán que su posteridad, los hijos de Israel, serían
extranjeros en tierra ajena durante cuatrocientos años, el Señor le prometió:
"En la cuarta generación volverán acá porque aun no está cumplida la
maldad del Amorrheo hasta aquí." (Gén.
15: 16.)
Aunque los amorreos eran idólatras que por su gran
iniquidad habían perdido todo derecho a la vida, Dios los toleró cuatrocientos
años para darles pruebas inequívocas de que él era el único Dios verdadero, el
Hacedor de los cielos y la tierra.
Ellos conocían todas las maravillas que Dios había realizado al sacar de
Egipto a los israelitas. Les dio
suficiente evidencia; y podrían haber
conocido la verdad, si hubieran querido apartarse de su idolatría y de su vida
licenciosa. Pero rechazaron la luz, y
se aferraron a sus ídolos.
Cuando Dios condujo a su pueblo por segunda vez a la
frontera de Canaán, proporcionó evidencias adicionales de su poder a aquellas naciones
paganas. Vieron que Dios había estado
con Israel en la victoria que obtuvo sobre los ejércitos del rey Arad y de los
cananeos, y en el milagro obrado para salvar a los que perecían por las
mordeduras de las serpientes. Aunque se
les había negado el permiso de pasar por la tierra de Edom, y por ello se
habían visto obligados a tomar la ruta larga y difícil a orillas del mar Rojo,
los israelitas no habían manifestado hostilidad en todos sus viajes y
campamentos frente a las tierras de Edom, de Moab y de Amón, ni habían hecho
daño alguno a la gente o a sus propiedades.
Al llegar a la frontera de los amorreos, Israel había solicitado permiso
para atravesar directamente el país, prometiendo que observaría las mismas
reglas que habían regido su trato con otras naciones. Cuando el rey amorreo rehusó lo pedido con cortesía, y en señal
de desafío congregó a sus ejércitos para la batalla, se colmó la copa de la
iniquidad de ese pueblo, y ahora Dios iba a ejercer su poder para derrocarlo.
Los israelitas cruzaron el río Arnón, y avanzaron
sobre el enemigo. Se libró un combate,
en el cual los ejércitos de Israel salieron victoriosos, y aprovechando la
ventaja obtenida estuvieron pronto en posesión de la tierra de los amorreos. Fue el Capitán de los ejércitos del Señor el
que venció a los enemigos de su pueblo; y habría hecho lo mismo treinta y ocho
años antes, si Israel hubiera confiado en él.
Henchidos de esperanza y ánimo, los ejércitos de
Israel avanzaron con ardor y, siguiendo hacia el norte, pronto llegaron a una
tierra que podía probar muy bien su valor y su fe en Dios. Ante ellos se extendía el reino de Basán,
poderoso y muy poblado, lleno de ciudades de piedra que hasta hoy inspiran
asombro al mundo, "sesenta ciudades ...
fortalecidas con alto muro, con puertas y barras; sin otras muy muchas
ciudades sin muro." (Véase Deut.
3: 1-11.) Las casas se habían construido con enormes piedras negras, de
dimensiones tan estupendas que hacían los edificios absolutamente inexpugnables
para cualquier ejército que en aquellos tiempos los pudiera atacar. Era un país lleno de cavernas salvajes,
altos precipicios, simas abiertas y rocas escarpadas. Los habitantes de esa tierra, descendientes de una raza de
gigantes, eran ellos mismos de fuerza y tamaño asombrosos, y tanto se
distinguían por su violencia y su crueldad, que aterrorizaban a las naciones
circunvecinas; mientras que Og, rey del país, se destacaba por su tamaño y sus
proezas, aun en una nación de gigantes.
Pero la columna de nube avanzaba y, guiados por ella,
los ejércitos hebreos llegaron hasta Edrei, donde los esperaba el gigante, con
sus ejércitos. Og había escogido
hábilmente el sitio de la batalla. La
ciudad de Edrei estaba situada en la orilla de una meseta cubierta de rocas
volcánicas y desgarradas que se levantaba abruptamente de la planicie. Sólo podía llegarse a la ciudad por
desfiladeros angostos y escarpados. En
caso de ser derrotadas, sus fuerzas podrían encontrar en aquel desierto de
rocas un refugio donde los extranjeros no podrían perseguirlas.
Seguro de su éxito, el rey salió con su enorme
ejército a la llanura abierta; mientras que se oían los alaridos desafiantes
que partían de la meseta superior, donde se podían ver las lanzas de millares
deseosos de entrar en liza. Cuando los
hebreos miraron la forma alta de aquel gigante de gigantes que sobrepasaba a
los soldados de, su ejército, cuando vieron los ejércitos que le rodeaban y
divisaron la fortaleza aparentemente inexpugnable, detrás de la cual miles de
soldados invisibles estaban atrincherados, muchos corazones de Israel temblaron
de miedo. Pero Moisés estaba sereno y
firme; el Señor había dicho con respecto al rey de Basán- "No tengas temor
de él, porque en tu mano he entregado a él y a todo su pueblo, y su tierra: y
harás con él como hiciste con Sehón rey Amorrheo, que habitaba en Hesbón."
(Deut. 3: 2.)
La fe serena de su jefe inspiraba al pueblo a tener
confianza en Dios. Lo entregaron todo a
su brazo omnipotente, y él no les faltó.
Ni los poderosos gigantes, ni las ciudades amuralladas, ni tampoco los
ejércitos armados y las fortalezas escarpadas podían subsistir ante el Capitán
de la hueste de Jehová. El Señor
conducía al ejército; el Señor desconcertó al enemigo; y obtuvo la victoria para
Israel. El gigantesco rey y su ejército
fueron destruidos; y los israelitas no tardaron en poseer toda la región. Así se borró de la faz de la tierra esa
gente extraña, que se había entregado a la iniquidad y a la idolatría
abominable.
En la conquista de Galaad y de Basán hubo muchos que
recordaron los acontecimientos que, casi cuarenta años antes, habían condenado
a Israel, en Cades, a una larga peregrinación por el desierto. Veían que el informe de los espías tocante a
la tierra prometido era correcto en muchos sentidos. Las ciudades estaban amuralladas y eran muy grandes, y las
habitaban gigantes, frente a los cuales los hebreos no eran sino pigmeos. Pero podían ver ahora que el error fatal de
sus padres había consistido en desconfiar del poder de Dios. Únicamente esto les había impedido entrar en
seguida en la hermosa tierra.
La primera vez que se prepararon para entrar en
Canaán eran menos que ahora las dificultades que acompañaban la empresa. Dios había prometido a su pueblo que si le
obedecía y oía su voz, iría delante de él y palearía por él; y que también
enviaría avispones para ahuyentar a los habitantes de la tierra. En general, los temores de las naciones no
se habían despertado, y ellas habían hecho pocos preparativos para oponerse al
progreso de Israel. Pero cuando el
Señor le ordenó ahora que avanzara lo tuvo que hacer contra enemigos poderosos
y alertados, de modo que hubo de luchar con ejércitos grandes y bien preparados
para oponerse a su paso.
En sus luchas con Og y Sehón, el pueblo se vio
sometido a la misma prueba bajo la cual sus padres habían fracasado tan
señaladamente. Pero la prueba era ahora
mucho más severa que cuando Dios ordenó a los hijos de Israel que
avanzaran. Las dificultades del camino
habían aumentado desde que ellos rehusaron avanzar cuando se les mandó hacerlo
en el nombre del Señor. Es así cómo
Dios prueba aun ahora a sus hijos. Si
no soportan la prueba, los lleva al mismo punto, y la segunda vez la prueba
será más estrecha y severa que la anterior.
Esto continúa hasta que soportan la prueba, o, si todavía son rebeldes,
Dios les retira su luz, y los deja en tinieblas.
Los hebreos recordaban ahora cómo anteriormente, cuando sus fuerzas habían salido a luchar, fueron derrotadas y miles perecieron. Pero en aquel entonces habían salido a luchar en abierta oposición al mandamiento de Dios. Habían salido sin Moisés, el jefe nombrado por Dios, sin la columna de nube, símbolo de la presencia divina, y sin el arca. Pero ahora Moisés estaba con ellos, y fortalecía sus corazones con palabras de esperanza y fe; el Hijo de Dios, rodeado por la columna de nube, les mostraba el camino; y el arca santa acompañaba al ejército. Todo esto encierra una lección para nosotros. El poderoso Dios de Israel es nuestro Dios. En él podemos confiar, y si obedecemos sus requerimientos, obrará por nosotros tan señaladamente como lo hizo por su antiguo pueblo. Todo el que procure seguir el camino del deber se verá a veces asaltado por la duda e incredulidad. El camino estará a veces tan obstruido por obstáculos aparentemente insuperables, que ello podrá descorazonar a los que cedan al desaliento; pero Dios les dice: Seguid adelante. Cumplid vuestro deber cueste lo que costare. Las dificultades de aspecto tan formidable, que llenan vuestra alma de espanto, se desvanecerán a medida que, confiando humildemente en Dios, avancéis por el sendero de la obediencia.