EL CAMPAMENTO de Israel en Cades estaba a poca
distancia de los límites de Edom, y tanto Moisés como el pueblo tenían muchos
deseos de cruzar ese territorio para ir a la tierra prometida; así que, tal
como Dios les había mandado, enviaron este mensaje al rey de Edom:
"Así dice Israel tu hermano: Tú has sabido todo
el trabajo que nos ha venido: cómo nuestros padres descendieron a Egipto, y
estuvimos en Egipto largo tiempo, y los Egipcios nos maltrataron, y a nuestros padres;
y clamamos a Jehová, el cual oyó nuestra voz, y envió ángel, y sacónos de
Egipto; y he aquí estamos en Cades, ciudad al extremo de tus confines:
rogámoste que pasemos por tu tierra; no pasaremos por labranza, ni por viña, ni
beberemos agua de pozos: por el camino real iremos, sin apartarnos a la diestra
ni a la siniestra, hasta que hayamos pasado tu término." (Núm. 20: 14-20.)
Como contestación a esta petición cortés, recibieron
una negativa amenazadora: "No pasarás por mi país, de otra manera saldré
contra ti armado."
Sorprendidos por esta negativa, los jefes de Israel
enviaron otra súplica al rey, con la promesa: "Por el camino seguido
iremos; y si bebiéramos tus aguas yo y mis ganados, daré el precio de ellas:
ciertamente sin hacer otra cosa, pasaré de seguida."
La contestación fue: "No pasarás." Ya había
grupos de edomitas armados en los pasos dificultosos, de manera que cualquier
avance pacífico en esa dirección era imposible, y se les había prohibido a los
hebreos recurrir a la fuerza para lograr su fin. Tenían que hacer un largo rodeo alrededor de la tierra de
Edom.
Si, cuando se los probó, los israelitas hubieran
confiado en Dios, el Capitán de la hueste de Jehová los habría guiado a través
de Edom, y el temor a ellos se habría apoderado de los habitantes de la tierra,
de tal manera que, en vez de manifestarles hostilidad, les hubieran hecho
favores. Pero los israelitas no obraron
inmediatamente según la palabra de Dios, y mientras se quejaban y murmuraban,
pasó la oportunidad preciosa. Cuando
por último estuvieron dispuestos a presentar su petición al rey, recibieron una
negativa. Desde que salieron de Egipto,
Satanás estuvo empeñado en poner obstáculos y tentaciones en su camino, para
que no llegaran a heredar la tierra de Canaán.
Y por su propia incredulidad le habían permitido varias veces que
resistiese a los propósitos de Dios. Es
importante creer en la palabra de Dios y actuar de acuerdo a ella en seguida,
mientras los ángeles están esperando para obrar en nuestro favor. Los ángeles malos están siempre listos para
disputar todo paso hacia adelante. Y
cuando la providencia de Dios manda a sus hijos que avancen, cuando él está
dispuesto a hacer grandes cosas para ellos, Satanás los tienta a que desagraden
al Señor por su vacilación y tardanza; trata de encender un espíritu de
contienda y de despertar murmuraciones o incredulidad, a fin de privarlos de
las bendiciones que Dios desea otorgarles.
Los siervos de Dios deben ser como milicianos, siempre dispuestos a
avanzar tan pronto como su providencia les abra el camino. Cualquier tardanza que haya de su parte da
tiempo a que Satanás obre para derrotarlos.
En las instrucciones que se le dieron primeramente a
Moisés tocante al paso de los israelitas por Edom, después de declarar que los
edomitas les tendrían temor, el Señor prohibió a su pueblo que se valiera de
esta ventaja. No debían los hebreos
saquear a Edom por el hecho de que los favorecía el poder de Dios y de que los
temores de los edomitas hacían de ellos una presa fácil. El mandamiento que se les dio fue:
"Vosotros guardaos mucho: no os metáis con ellos; que no os daré de su
tierra ni aun la holladura de la planta de un pie; porque yo he dado por
heredad a Esaú el monte de Seír." (Deut.
2: 4, 5.) Los edomitas eran descendientes de Abrahán e Isaac, y por amor
a estos siervos suyos, Dios había sido favorable a los hijos de Esaú. Les había dado el monte de Seír como
posesión, y no se los había de perturbar a menos que por sus pecados se colocaran
fuera del alcance de su misericordia.
Los hebreos habían de desposeer y destruir totalmente a los habitantes
de Canaán, que habían colmado la medida de sus iniquidades; pero los edomitas
vivían todavía su tiempo de gracia, por lo cual debían ser tratados
misericordiosamente. Dios se complace
en la misericordia y manifiesta su compasión antes de aplicar sus juicios. Enseñó a los israelitas a pasar sin hacer
daño a Edom, antes de exigirles que destruyeran a los habitantes de Canaán.
Los antepasados de Edom y de Israel eran hermanos, y
debieran haber reinado entre ellos la bondad y la cortesía fraternal. Se les prohibió a los israelitas que
vengaran entonces o en cualquier momento futuro, la afrenta que se les había
hecho al negarles el paso por la tierra.
No debían contar con poseer parte alguna de la tierra de Edom. Aunque los israelitas eran el pueblo
escogido y favorecido de Dios, debían obedecer todas las restricciones que él
les imponía. Dios les había prometido
una buena herencia; pero no habían de creer por eso que ellos eran los únicos
que tenían derechos en la tierra, ni tratar de expulsar a todos los demás. Se les ordenó que al tratar con los edomitas
no les hiciesen injusticia. Habían de
comerciar con ellos, comprarles lo que necesitaran y pagar puntualmente por
todo lo que recibieran. Como aliciente
para que Israel confiara en Dios y obedeciera a su palabra, se le recordó:
"Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos, ...y ninguna
cosa te ha faltado." (Deut. 2: 7.)
Israel no dependía de los edomitas, pues tenia un Dios rico y abundante en
recursos. Nada debía procurar de ellos
por la fuerza o el fraude, sino que más bien en todas sus relaciones debía
poner en práctica este principio de la ley divina: "Amarás a tu prójimo
como a ti mismo."
Si los hebreos hubiesen cruzado Edom como Dios se
había propuesto, su paso habría resultado en una bendición, no sólo para ellos,
sino también para los habitantes de la tierra; pues les habría permitido
conocer al pueblo de Dios y su culto, y ver cómo el Dios de Jacob había prosperado
a los que le amaban y le temían. Pero
la incredulidad de Israel había impedido todo esto. Dios le había dado al pueblo agua en contestación a sus clamores,
pero hubo de dejar que de su incredulidad proviniera su castigo. Nuevamente debían cruzar el desierto y
saciar su sed en la fuente milagrosa que no habrían necesitado más si tan sólo
hubieran confiado en él.
Las huestes de Israel se encaminaron, pues,
nuevamente hacia el sur por tierras estériles, que les parecían aún más áridas
después de haber obtenido vislumbres de los campos verdes entre las colinas y
los valles de Edom. En la sierra que
domina este sombrío desierto, se levanta el monte Hor, en cuya cima había de
morir y ser sepultado Aarón. Cuando los
israelitas llegaron a este monte, recibió Moisés la siguiente orden
divina:"Toma a Aarón y a Eleazar su hijo, y hazlos subir al monte de Hor,
y haz desnudar a Aarón sus vestidos, y viste de ellos a Eleazar su hijo; porque
Aarón será reunido a sus pueblos, y allí morirá." (Núm. 20: 22-29.)
Juntos los dos ancianos, acompañados del hombre más
joven, ascendieron trabajosamente a la cumbre del monte. La cabeza de Moisés y de Aarón estaban ya
blancas con la nieve de ciento veinte inviernos. Su vida larga y llena de acontecimientos se había distinguido por
las pruebas más profundas y los mayores honores que jamás le hayan tocado en
suerte a ser humano alguno. Eran
hombres de gran capacidad natural, y todas sus facultades habían sido
desarrolladas, exaltadas y dignificadas por su comunión constante con el
Infinito. Habían dedicado toda su vida
a trabajar desinteresadamente para Dios y sus semejantes, sus semblantes daban
evidencia de mucho poder intelectual, firmeza, nobleza de propósitos y fuertes
afectos.
Durante muchos años, Moisés y Aarón habían caminado
juntos, ayudándose mutuamente en sus cuidados y en sus labores. Juntos habían arrostrado innumerables
peligros, y habían compartido la señalada bendición de Dios; pero ya había
llegado la hora en que debían separarse.
Marchaban lentamente, pues cada momento que pasaban en su compañía mutua
les resultaba sumamente precioso. El
ascenso era escarpado y penoso; y durante sus frecuentes paradas para
descansar, conversaban en perfecta comunión acerca del pasado y del
futuro. Ante ellos, hasta donde se
perdía la vista, se extendía el escenario de su peregrinación por el
desierto. Abajo, en la llanura,
acampaban los vastos ejércitos de Israel, a los cuales estos hombres escogidos
habían dedicado la mejor parte de su vida; por cuyo bienestar habían sentido
tan profundo interés y habían hecho tan grandes sacrificios. En algún sitio más allá de las montañas de
Edom, estaba la senda que conducía a la tierra prometida, aquella tierra de
cuyas bendiciones Moisés y Aarón no gozarían.
Ningún sentimiento rebelde había en su corazón. Ninguna murmuración salió de sus labios,
aunque una tristeza solemne embargó sus semblantes cuando recordaron lo que les
impedía llegar a la herencia de sus padres.
La obra de Aarón en favor de Israel había
terminado. Cuarenta años antes, a la
edad de ochenta y tres años, Dios le había llamado para que se uniera a Moisés
en su grande e importante misión. Había
cooperado con su hermano en la obra de sacar a los hijos de Israel de Egipto. Había sostenido las manos del gran jefe
cuando los ejércitos hebreos luchaban denodadamente con Amalec. Se le había permitido ascender al monte
Sinaí, aproximarse a la presencia de Dios y contemplar la divina gloria . El Señor había conferido el sacerdocio a la
familia de Aarón, y le había honrado con la santa consagración de sumo
sacerdote. Le había mantenido en su
santo cargo mediante las pavorosas manifestaciones del juicio divino en la
destrucción de Coré y su grupo. Gracias
a la intercesión de Aarón se detuvo la plaga.
Cuando sus dos hijos fueron muertos por haber desacatado el expreso
mandamiento de Dios, él no se rebeló ni siquiera murmuró. No obstante, la foja de servicios de su vida
noble había sido manchada. Aarón
cometió un grave pecado cuando cedió a los clamores del pueblo e hizo el
becerro de oro en el Sinaí; y otra vez cuando se unió a María en un arrebato de
envidia y murmuración contra Moisés. Y
junto con Moisés ofendió al Señor en Cades cuando violaron la orden de hablar a
la roca para que diese agua.
Dios quería que estos grandes caudillos de su pueblo
representasen a Cristo. Aarón llevaba
el nombre de Israel en su pecho.
Comunicaba al pueblo la voluntad de Dios. Entraba al lugar santísimo el día de la expiación, "no sin
sangre," como mediador en pro de todo Israel. De esa obra pasaba a bendecir a la congregación, como Cristo
vendrá a bendecir a su pueblo que le espera, cuando termine la obra expiatoria
que está haciendo en su favor. El
exaltado carácter de aquel santo cargo como representante de nuestro gran Sumo
Sacerdote, fue lo que hizo tan grave el pecado de Aarón en Cades.
Con profunda tristeza, Moisés despojó a Aarón de sus
santas vestiduras y se las puso a Eleazar, quien llegó a ser así sucesor de su
padre por nombramiento divino. A causa
del pecado que cometió en Cades, se le negó a Aarón el privilegio de oficiar
como sumo sacerdote de Dios en Canaán, de ofrecer el primer sacrificio en la
buena tierra, y de consagrar así la herencia de Israel. Moisés había de continuar llevando su carga
de conducir al pueblo hasta los mismos límites de Canaán. Había de llegar a ver la tierra prometida,
pero no había de entrar en ella. Si
estos siervos de Dios, cuando estaban frente a la roca de Cades, hubieran
soportado sin murmuración alguna la prueba a que allí se los sometió, ¡cuán
diferente habría sido su futuro! Jamás puede deshacerse una mala acción. Puede suceder que el trabajo de toda una
vida no recobre lo que se perdió en un solo momento de tentación o aun de
negligencia.
El hecho de que faltaran del campamento los dos
grandes jefes, y de que los acompañara Eleazar, quien, como era bien sabido,
había de ser el sucesor de Aarón en el santo cargo, despertó un sentimiento de
aprensión; y se aguardó con ansiedad el regreso de ellos. Cuando uno miraba en derredor suyo en
aquella enorme congregación, veía que casi todos los adultos que salieron de
Egipto habían perecido en el desierto.
Un presentimiento tenebroso embargó a todos cuando recordaron la
sentencia pronunciada contra Moisés y Aarón.
Algunos estaban al tanto del objeto de aquel viaje misterioso a la cima
del monte Hor, y su preocupación por sus jefes era intensificada por los
amargos recuerdos y las acusaciones que se dirigían a sí mismos.
Por fin, columbraron las siluetas de Moisés y
Eleazar, que descendían lentamente por la ladera del monte; pero Aarón no los
acompañaba. Eleazar tenía puestas las
vestiduras sacerdotales y ello mostraba que había sucedido a su padre en el
santo cargo. Cuando el pueblo, con
pesadumbre en el corazón, se congregó alrededor de su jefe, Moisés explicó que
Aarón había muerto en sus brazos en el monte Hor, y que allá se le había dado
sepultura. La congregación prorrumpió
en llanto y en lamentación, pues todos amaban de corazón a Aarón, aunque tan a
menudo le habían causado dolor. "Hiciéronle
duelo por treinta días todas las familias de Israel." (Núm. 20: 29.)
Con respecto al entierro del sumo sacerdote de Israel
las Escrituras relatan sencillamente: "Allí murió Aarón, y allí fue
sepultado." (Deut. 10: 6.) ¡Qué
contraste tan notable hay entre este entierro, llevado a cabo de conformidad al
mandamiento expreso de Dios, con los que se acostumbran hoy día! En los tiempos
modernos las exequias de un hombre que ocupó una posición elevada son a menudo
motivo de demostraciones pomposas y extravagantes. Cuando murió Aarón, uno de los hombres más ilustres que alguna
vez hayan vivido, presenciaron su muerte y asistieron a su entierro solamente
dos de sus deudos más cercanos. Y
aquella tumba solitaria en la cumbre de Hor quedó vedada para siempre a los
ojos de Israel. No se honra a Dios en
las grandes demostraciones que se hacen a veces a los muertos y en los gastos
extravagantes en que se incurre para devolver sus cuerpos al polvo.
Toda la congregación lloró a Aarón, pero nadie pudo
sentir la pérdida tan agudamente como Moisés.
La muerte de Aarón recordaba vigorosamente a Moisés que su propio fin se
aproximaba; pero por corto que fuera el tiempo que aun le tocara permanecer en
la tierra, sentía profundamente la pérdida de su constante compañero, del que
por tantos largos años había compartido sus gozos y sus tristezas, sus
esperanzas y sus temores. Moisés debía
ahora continuar la obra solo; pero sabía que Dios era su amigo, y en él se
apoyó tanto más.
Poco tiempo después de dejar el monte de Hor, los
israelitas sufrieron una derrota en el combate que sostuvieron contra Arad, uno
de los reyes cananeos. Pero como
pidieron fervientemente la ayuda de Dios, se les otorgó el apoyo divino, y sus
enemigos fueron derrotados. La
victoria, en vez de inspirarles gratitud e inducirles a reconocer cuánto
dependían de Dios, los volvió jactanciosos y seguros de sí mismos. Pronto se entregaron de nuevo a su viejo
hábito de murmurar. Estaban ahora
descontentos porque no se había permitido a los ejércitos de Israel que
avanzaran sobre Canaán inmediatamente después de su rebelión al oír el informe
de los espías, casi cuarenta años antes.
Consideraban su larga estada en el desierto como una tardanza
innecesaria y argüían que habrían podido vencer a sus enemigos tan fácilmente
antes como ahora.
Mientras continuaban su viaje hacia el sur, hubieron
de pasar por un valle ardiente y arenoso, sin sombra ni vegetación. El camino parecía largo y trabajoso, y
sufrían de cansancio y de sed.
Nuevamente no pudieron soportar la prueba de su fe y paciencia. Al pensar a todas horas sólo en la fase
triste y tenebrosa de cuanto experimentaban, se fueron separando más y más de
Dios. Perdieron de vista el hecho de
que si no hubieran murmurado cuando el agua dejó de fluir en Cades, Dios les
habría evitado el viaje alrededor de Edom.
Dios les deseaba cosas mejores.
Debieran haber llenado su corazón de gratitud hacia él porque les había
infligido tan ligero castigo por su pecado.
En vez de hacerlo, se jactaron diciendo que si Dios y Moisés no hubiesen
intervenido, ahora estarían en posesión de la tierra prometida. Después de acarrearse dificultades que les
hicieron la suerte mucho más difícil de lo que Dios se había propuesto, le
culparon a él de todas sus desgracias.
Sintieron amargura con respecto al trato de Dios con ellos, y por
último, sintieron descontento por todo.
Egipto les parecía más halagüeño y deseable que la libertad y la tierra
a la cual Dios les conducía.
Cuando los israelitas daban rienda suelta a su
espíritu de descontento, llegaban hasta encontrar faltas en las mismas
bendiciones que recibían: "Y habló el pueblo contra Dios y Moisés: ¿Por
qué nos hicisteis subir de Egipto para que muramos en este desierto? que ni hay
pan, ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano."
(Núm. 21: 5.)
Moisés indicó fielmente al pueblo la magnitud de su
pecado. Era tan sólo el poder de Dios
lo que les había conservado la vida en el "desierto grande y espantoso, de
serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde ningún agua
había." (Deut. 8: 15.) Cada día de
su peregrinación habían sido guardados por un milagro de la divina
misericordia. En toda la ruta en que
Dios los había conducido, habían encontrado agua para los sedientos, pan del
cielo que les mitigara el hambre, y paz y seguridad bajo la sombra de la nube
de día y el resplandor de la columna de fuego de noche. Los ángeles les habían asistido mientras
subían las alturas rocosas o transitaban por los ásperos senderos del
desierto. No obstante las penurias que
habían soportado, no había una sola persona débil en todas sus filas. Los pies no se les habían hinchado en sus
largos viajes, ni sus ropas habían envejecido.
Dios había subyugado y dominado ante su paso las fieras y los reptiles
ponzoñosos del bosque y del desierto.
Si a pesar de todos estos notables indicios de su amor el pueblo
continuaba quejándose, el Señor iba a retirarle su protección hasta cuando
llegara a apreciar su misericordioso cuidado y se volviera hacia él,
arrepentido y humillado.
Porque había estado escudado por el poder divino,
Israel no se había dado cuenta de los innumerables peligros que lo habían
rodeado continuamente. En su ingratitud
e incredulidad había declarado que deseaba la muerte, y ahora el Señor permitió
que la muerte le sobreviniera. Las
serpientes venenosas que pululaban en el desierto eran llamadas serpientes
ardientes a causa de los terribles efectos de su mordedura, pues producía una
inflamación violenta y la muerte al poco rato.
Cuando la mano protectora de Dios se apartó de Israel, muchísimas
personas fueron atacadas por estos reptiles venenosos.
Hubo entonces terror y confusión en todo el
campamento. En casi todas las tiendas
había muertos o moribundos. Nadie
estaba seguro. A menudo rasgaban el silencio
de la noche gritos penetrantes que anunciaban nuevas víctimas. Todos estaban atareados para asistir a los
dolientes, o con cuidado angustioso trataban de proteger a los que aun no
habían sido heridos. Ninguna
murmuración salía ahora de sus labios. Cuando comparaban sus dificultades y pruebas anteriores con los
sufrimientos por los cuales estaban pasando ahora, aquéllas les parecían
baladíes.
El pueblo se humilló entonces ante Dios. Muchos se acercaron a Moisés para hacerle
sus confesiones y súplicas.
"Pecado hemos -dijeron- por haber hablado contra Jehová, y contra
ti." (Núm. 21: 7-9.) Poco antes le
habían acusado de ser su peor enemigo, la causa de todas sus angustias y
aflicciones. Pero aun antes que las
palabras dejaran sus labios, sabían perfectamente que los cargos eran falsos; y
tan pronto como llegaron las verdaderas dificultades, corrieron hacia él como a
la única persona que podía interceder ante Dios por ellos.
"Ruega a Jehová -clamaron- que quite de nosotros
estas serpientes."
Dios le ordenó a Moisés que hiciese una serpiente de
bronce semejante a las vivas, y que la levantara ante el pueblo. Todos los que habían sido picados habían de
mirarla y encontrarían alivio. Hizo lo
que se le había mandado, y por todo el campamento cundió la grata noticia de
que todos los que habían sido mordidos podían mirar la serpiente de bronce, y
vivir. Muchos habían muerto ya, y
cuando Moisés hizo levantar la serpiente en un poste, hubo quienes se negaron a
creer que con sólo mirar aquella imagen metálica se iban a curar. Estos perecieron en la incredulidad. No obstante, hubo muchos que tuvieron fe en
lo provisto por Dios. Padres, madres,
hermanos y hermanas se dedicaban afanosamente a ayudar a sus deudos dolientes y
moribundos a fijar los ojos lánguidos en la serpiente. Si ellos, aunque desfallecientes y
moribundos, podían mirarla una vez, se restablecían por completo.
La gente sabía perfectamente que en aquella serpiente
de bronce no había poder alguno para ocasionar un cambio tal en los que la miraban. La virtud curativa venía únicamente de
Dios. En su sabiduría eligió esta
manera de manifestar su poder. Mediante
este procedimiento sencillo se le hizo comprender al pueblo que esta calamidad
le había sobrecogido como consecuencia directa de sus pecados. También se le aseguró que mientras
obedecieran a Dios no tenían motivo de temor; pues él los preservaría de todo
mal.
El alzamiento de la serpiente de bronce tenla por
objeto enseñar una lección importante a los israelitas. No podían salvarse del efecto fatal del
veneno que había en sus heridas.
Solamente Dios podía curarlos.
Se les pedía, sin embargo, que demostraran su fe en lo provisto por
Dios. Debían mirar para vivir. Su fe era lo aceptable para Dios, y la
demostraban mirando la serpiente.
Sabían que no había virtud en la serpiente misma, sino que era un
símbolo de Cristo; y se les inculcaba así la necesidad de tener fe en los
méritos de él. Hasta entonces muchos
habían llevado sus ofrendas a Dios, creyendo que con ello expiaban ampliamente
sus pecados. No dependían del Redentor
que había de venir, de quien estas ofrendas y sacrificios no eran sino una
figura o sombra. El Señor quería
enseñarles ahora que en sí mismos sus sacrificios no tenían más poder ni virtud
que la serpiente de bronce, sino que, como ella, estaban destinados a dirigir
su espíritu a Cristo, el gran sacrificio propiciatorio.
"Y como Moisés levantó la serpiente en el
desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo
aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna." (Juan
3: 14, 15.) Todos los que hayan existido alguna vez en la tierra han sentido la
mordedura mortal de "la serpiente antigua, que se llama Diablo y
Satanás." (Apoc. 12: 9.) Los
efectos fatales del pecado pueden eliminarse tan sólo mediante lo provisto por
Dios. Los israelitas salvaban su vida
mirando la serpiente levantada en el desierto.
Aquella mirada implicaba fe.
Vivían porque creían la palabra de Dios, y confiaban en los medios
provistos para su restablecimiento. Así
también puede el pecador mirar a Cristo, y vivir. Recibe el perdón por medio de la fe en el sacrificio
expiatorio. En contraste con el símbolo
inerte e inanimado, Cristo tiene poder y virtud en sí para curar al pecador
arrepentido.
Aunque el pecador no puede salvarse a sí mismo, tiene
sin embargo algo que hacer para conseguir la salvación. "Al que a mí viene, no le echo
fuera." (Juan 6: 37.) Pero debemos ir a él; y cuando nos arrepentimos de
nuestros pecados, debemos creer que nos acepta y nos perdona. La fe es el don de Dios, pero el poder para
ejercitarla es nuestro. La fe es la
mano de la cual se vale el alma para asir los ofrecimientos divinos de gracia y
misericordia.
Nada excepto la justicia de Cristo puede hacernos
merecedores de una sola de las bendiciones del pacto de la gracia. Muchos son los que durante largo plazo han
deseado obtener estas bendiciones, pero no las han recibido, porque han creído
que podían hacer algo para hacerse dignos de ellas. No apartaron las miradas de sí mismos ni creyeron que Jesús es un
Salvador absoluto. No debemos pensar
que nuestros propios méritos nos han de salvar; Cristo es nuestra única
esperanza de salvación. "Y en
ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los
hombres, en que podamos ser salvos." (Hech. 4: 12.)
Cuando confiamos plenamente en Dios, cuando
dependemos de los méritos de Jesús como Salvador que perdona los pecados,
recibimos toda la ayuda que podamos desear.
Nadie mire a sí mismo, como si tuviera poder para salvarse. Precisamente porque no podíamos salvarnos,
Jesús murió por nosotros. En él se
cifra nuestra esperanza, nuestra justificación y nuestra justicia. Cuando vemos nuestra naturaleza pecaminosa,
no debemos abatirnos ni temer que no tenemos Salvador, ni dudar de su
misericordia hacia nosotros. En ese
mismo momento, nos invita a ir a él con nuestra debilidad, y ser salvos.
Muchos de los israelitas no vieron ayuda en el
remedio que el Cielo había designado.
Por todas partes, los rodeaban los muertos y moribundos, y sabían que,
sin la ayuda divina, su propia suerte estaba sellada; pero continuaban
lamentándose y quejándose de sus heridas, de sus dolores, de su muerte segura
hasta que sus fuerzas se agotaron, hasta que los ojos se les pusieron
vidriosos, cuando podían haber sido curados instantáneamente. Si conocemos nuestras necesidades, no
debemos dedicar todas nuestras fuerzas a lamentarnos acerca de ellas. Aunque nos demos cuenta de nuestra condición
impotente sin Cristo, no debemos ceder al desaliento, sino depender de los
méritos del Salvador crucificado y resucitado.
Miremos y viviremos. Jesús ha
empeñado su palabra; salvará a todos los que acudan a él. Aunque muchos millones de los que necesitan
curación rechazarán la misericordia que les ofrece, a ninguno de los que
confían en sus méritos lo dejará perecer.
Muchos no quieren aceptar a Cristo antes que todo el misterio del plan de la redención les resulte claro. Se niegan a mirar con fe, a pesar de que ven que miles han mirado a la cruz de Cristo y sentido la eficacia de esa mirada. Muchos andan errantes, por los intrincados laberintos de la filosofía, en busca de razones y evidencias que jamás encontrarán, mientras que rechazan la evidencia que Dios ha tenido a bien darles. Se niegan a caminar en la luz del Sol de Justicia, hasta que se les explique la razón de su resplandor. Todos los que insistan en seguir este camino dejarán de llegar al conocimiento de la verdad. Jamás eliminará Dios todos los motivos de duda. Da suficiente evidencia en que basar la fe, y si esta evidencia note acepta, la mente es dejada en tinieblas. Si los que eran mordidos por las serpientes se hubieran detenido a dudar y deliberar antes de consentir en mirar, habrían perecido. Es nuestro deber primordial mirar; y la mirada de la fe nos dará vida.