DE LA roca que Moisés hirió, brotó primeramente el
arroyo de agua viva que refrescó a Israel en el desierto. Durante todas sus peregrinaciones, doquiera
fuese necesario, un milagro de la misericordia de Dios les proporcionó agua. Pero las aguas no siguieron fluyendo de
Horeb. Dondequiera que les hacía falta
agua en su peregrinaje, fluía de, las hendiduras de las rocas y corría al lado
de su campamento.
Cristo era quien, por el poder de su palabra, hacía
fluir el arroyo refrescante para Israel.
"Bebían de la piedra espiritual que los seguía, y la piedra era
Cristo." El era la fuente de todas las bendiciones, tanto temporales como
también espirituales. Cristo, la Roca
verdadera, los acompañó en toda su peregrinación. "No tuvieron sed cuando los llevó por los desiertos; hízoles
correr agua de la piedra; cortó la peña, y corrieron aguas." "Abrió
la peña, y fluyeron aguas; corrieron por los secadales como un río." (1
Cor. 10: 4; Isa. 48: 21; Sal. 105: 41.)
La roca herida era una figura de Cristo, y mediante
este símbolo se enseñan las más preciosas verdades espirituales. Así como las aguas vivificadoras fluían de
la roca herida, de Cristo, "herido de Dios y abatido," "herido...por
nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados," fluye la corriente de
la salvación para una raza perdida.
Como la roca fue herida una vez, así también Cristo había de ser
"ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos." (Isa. 53: 4, 5; Heb. 9: 28.) Nuestro Salvador no había de ser sacrificado una segunda
vez; y solamente es necesario para los que buscan las bendiciones de su gracia
que las pidan en el nombre de Jesús, exhalando los deseos de su corazón en
oración penitente. La tal oración
presentará al Señor de los ejércitos las heridas de Jesús, y entonces brotará
de nuevo la sangre vivificante, simbolizada por la corriente de agua viva que
fluía para Israel.
Una vez establecidos en Canaán, los israelitas se
acostumbraron a celebrar con demostraciones de gran regocijo el flujo del agua
de la roca en el desierto. En la época
de Cristo esta celebración se había convertido en una ceremonia muy
impresionante. Se realizaba en ocasión
de la fiesta de las cabañas, cuando el pueblo de todo el país se congregaba en
Jerusalén. Durante los siete días de la
fiesta los sacerdotes salían cada día acompañados de música y del coro de los
levitas, a sacar en un recipiente de oro agua de la fuente de Siloé. Iban seguidos por grandes multitudes de
adoradores, de los cuales tantos como podían acercarse al agua bebían de ella,
mientras se elevaban los acordes llenos de júbilo: "Sacaréis aguas con
gozo de las fuentes de la salud." (Isa.
12: 3.) Luego el agua sacada por los sacerdotes era conducida al templo
en medio de la algazara de las trompetas y de los cantos solemnes:
"Nuestros pies estuvieron en tus puertas, oh Jerusalem." (Sal. 122: 2.) El agua se derramaba sobre el altar
del holocausto, mientras que repercutían los cantos de alabanza y las
multitudes se unían en coros triunfales acompañados por instrumentos de música
y trompetas de tono profundo.
El Salvador utilizó este servicio simbólico para
dirigir la atención del pueblo a las bendiciones que él había venido a
traerles. "En el postrer día
grande de la fiesta" se oyó su voz en tono que resonó por todos los
ámbitos del templo, diciendo: "Si alguno tiene Sed, venga a mí y
beba. El que cree en mí, como dice la
Escritura, ríos de agua viva correrán de su vientre." "Y esto -dice
Juan- dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él."
(Juan 7: 37-39) El agua refrescante que brota en tierra seca y estéril, hace
florecer el desierto y fluye para dar vida a los que perecen, es un emblema de
la gracia divina que sólo Cristo puede conceder, y que, como agua viva,
purifica, refrigera y fortalece el alma.
Aquel en quien mora Cristo tiene dentro de sí una fuente eterna de
gracia y fortaleza. Jesús alegra la
vida y alumbra el sendero de todos aquellos que le buscan de todo corazón. Su amor, recibido en el corazón, se
manifestará en buenas obras para la vida eterna. Y no sólo bendice al alma de la cual brota, sino que la corriente
viva fluirá en palabras y acciones justas, para refrescar a los sedientos que
la rodean.
Cristo empleó la misma figura en su conversación con
la mujer de Samaria al lado del pozo de Jacob: "Mas el que bebiere del
agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed; mas el agua que yo le daré,
será en él una fuente de agua que salte para vida eterna." (Juan 4: 14.)
Cristo combina los dos símbolos. El es
la roca y es el agua viva.
Las mismas figuras, bellas y expresivas, se conservan
en toda la Biblia. Muchos siglos antes
que viniera Cristo, Moisés le señaló como la roca de la salvación de Israel
(Deut. 32: 15); el salmista cantó sus
loores, y le llamó "roca mía y redentor mío," "la roca de mi
fortaleza," "peña más alta que yo," "mi roca y mi
fortaleza," "roca de mi corazón y mi porción," la "roca de
mi confianza." En los cánticos de David su gracia es presentada como "aguas
de reposo" en "delicados pastos," hacia los cuales el Pastor
divino guía su rebaño. Y también dice:
"Tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida." Y el sabio
declara: "Arroyo revertiente" es "la fuente de la
sabiduría." Para jeremías, Cristo es la "fuente de agua viva;"
para Zacarías un "manantial abierto...para el pecado y la
inmundicia." (Sal. 19: 14; 62: 7;
61: 2; 71: 3; 73: 26; 94: 22; 23: 2; 36: 8, 9; Prov. 18: 4; Jer. 2: 13;
Zac. 13: 1.)
Isaías lo describe como "la Roca de la
eternidad," como "sombra de gran peñasco en tierra calurosa." Y
al anotar la preciosa promesa evoca el recuerdo del arroyo vivo que fluía para
Israel: "Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, que no hay; secóse
de sed su lengua; yo Jehová los oiré, yo el Dios de Israel no los
desampararé." "Porque yo derramaré aguas sobre el secadal, y ríos
sobre la tierra árida." "Porque aguas serán cavadas en el desierto, y
torrentes en la soledad." Se extiende la invitación "a todos los
sedientos: Venid a las aguas." Y esta invitación se repite en las últimas
páginas de la santa Palabra. El río del
agua de vida, "resplandeciente como cristal," emana del trono de Dios
y del Cordero; y la misericordioso invitación repercute a través de los siglos:
"El que tiene sed, venga: y el que quiere, tome del agua de la vida de
balde." (Isa. 26: 4, V.M.; 32: 2;
41: 17; 44: 3; 35: 6; 55: 1; Apoc. 22:
17.)
Precisamente antes de que la hueste hebrea llegara a
Cades, dejó de fluir el arroyo de agua viva que por tantos años había brotado y
corrido a un lado del campamento. El
Señor quería probar de nuevo a su pueblo.
Quería ver si habría de confiar en su providencia o imitaría la
incredulidad de sus padres.
Tenían ahora a la vista las colinas de Canaán. Unos pocos días de camino los llevaran a las
fronteras de la tierra prometida. Se
hallaban a poca distancia de Edom, la tierra que pertenecía a los descendientes
de Esaú, a través de la cual pasaba la ruta hacia Canaán. A Moisés se le había dado la orden:
"Volveos al aquilón. Y manda al
pueblo, diciendo: Pasando vosotros por el término de vuestros hermanos los
hijos de Esaú, que habitan en Seír, ellos tendrán miedo de vosotros... .
Compraréis de ellos por dinero las viandas, y comeréis; y también
compraréis de ellos el agua, y beberéis." (Deut. 2: 3-6.) Estas instrucciones debieran haber bastado para
explicarles por qué se les había cortado la provisión de agua: estaban por
cruzar un país bien regado y fértil, en camino directo hacia la tierra de
Canaán. Dios les había prometido que
pasarían sin molestias por Edom, y que tendrían oportunidad de comprar
alimentos y agua suficiente para suplir a toda la hueste. La cesación del milagroso flujo de agua
debiera haber sido motivo de regocijo, una señal de que la peregrinación por el
desierto había terminado. Lo habrían
comprendido si no los hubiera cegado la incredulidad. Pero lo que debió ser evidencia de que se cumplía la promesa de
Dios, se hizo motivo de duda y murmuración.
El pueblo pareció haber renunciado a toda esperanza de que Dios lo
pondría en posesión de la tierra de Canaán, y clamó por las bendiciones del
desierto.
Antes de que Dios les permitiese entrar en la tierra
de Canaán, los israelitas debían demostrar que creían en su promesa. El agua dejó de fluir antes que llegaran a
Edom. Tuvieron pues, por lo menos
durante un corto tiempo, oportunidad de andar por la fe en vez de andar
confiados en lo que veían. Pero la
primera prueba despertó el mismo espíritu turbulento y desagradecido que habían
manifestado sus padres. En cuanto se
oyó clamar por agua en el campamento, se olvidaron de la mano que durante
tantos años había suplido sus necesidades, y en lugar de pedir ayuda a Dios,
murmuraron contra él, exclamando en su desesperación: "¡Ojalá que nosotros
hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová!"
(Núm. 20: 1-13.) Es decir que desearon
haberse contado entre los que fueron destruidos en la rebelión de Coré.
Sus clamores se dirigían contra Moisés y contra
Aarón: ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para
que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir de
Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras,
de viñas, ni granadas: ni aun de agua para beber."
Los jefes fueron a la puerta del tabernáculo, y se
postraron. Nuevamente "la gloria
de Jehová apareció sobre ellos," y Moisés recibió la orden: "Toma la
vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña en ojos
de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás agua de la peña."
Los dos hermanos se presentaron ante el pueblo,
llevando Moisés la vara de Dios en la mano.
Ambos eran ya hombres muy ancianos.
Habían sobrellevado mucho tiempo la rebelión y la testarudez de Israel;
pero ahora por último aun la paciencia de Moisés se agotó. "Oíd ahora, rebeldes -exclamó:- ¿os
hemos de hacer salir aguas de esta peña?" Y en vez de hablar a la roca,
como Dios le había mandado, la hirió dos veces con la vara.
El agua brotó en abundancia para satisfacer a la
hueste. Pero se había cometido un gran
agravio. Moisés había hablado, movido
por la irritación; sus palabras expresaban la pasión humana más bien que una
santa indignación porque Dios había sido deshonrado. "Oíd ahora, rebeldes," había dicho. La acusación era veraz, pero ni aun la
verdad debe decirse apasionada o impacientemente. Cuando Dios le había mandado a Moisés que acusara a los
israelitas de rebelión, las palabras habían sido dolorosas para él y difíciles
de soportar para ellos; sin embargo, Dios le había sostenido a él para dar el
mensaje. Pero cuando se arrogó la
responsabilidad de acusarlos, contristó al Espíritu de Dios y sólo le hizo daño
al pueblo. Evidenció su falta de
paciencia y de dominio propio. Así dio
al pueblo oportunidad de dudar de que sus procedimientos anteriores hubieran
sido dirigidos por Dios, y de excusar sus propios pecados. Tanto Moisés como los hijos de Israel habían
ofendido a Dios. Su conducta, dijeron
ellos, había merecido desde un principio crítica y censura. Ahora habían encontrado el pretexto que
deseaban para rechazar todas las reprensiones que Dios les había mandado por
medio de su siervo.
Moisés demostró que desconfiaba de Dios. "¿Os hemos de hacer salir aguas de esta
peña?" preguntó él, como si el Señor no fuera a cumplir lo que había
prometido. "No creísteis en mí,
para santificarme en ojos de Israel," dijo el Señor a los dos
hermanos. Cuando el agua dejó de fluir
y al oír las murmuraciones y la rebelión del pueblo, vaciló la fe de ambos en
el cumplimiento de las promesas de Dios.
La primera generación había sido condenada a perecer en el desierto a
causa de su incredulidad; pero se veía el mismo espíritu en sus hijos. ¿Dejarían éstos también de recibir la
promesa? Cansados y desalentados, Moisés y Aarón no habían hecho esfuerzo
alguno para detener la corriente del sentimiento popular. Si ellos mismos hubiesen manifestado una fe
firme en Dios, habrían podido presentar el asunto al pueblo en forma tal que lo
hubiera capacitado para soportar esta prueba.
Por el ejercicio rápido y decisivo de la autoridad que se les había
otorgado como magistrados, habrían sofocado la murmuración. Era su deber hacer todo lo que estuviese a
su alcance por crear un estado mejor de cosas entre el pueblo antes de pedir a
Dios que hiciera la obra por ellos. Si
en Cades se hubiese evitado a tiempo la murmuración, ¡cuántos males
subsiguientes se habrían evitado!
Por su acto temerario Moisés restó fuerza a la
lección que Dios se proponía enseñar.
Siendo la roca un símbolo de Cristo, había sido herida una vez, como
Cristo había de ser ofrecido una vez.
La segunda vez bastaba hablar a la roca, así como ahora sólo tenemos que
pedir las bendiciones en el nombre de Jesús.
Al herir la roca por segunda vez, se destruyó el significado de esta
bella figura de Cristo.
Más aún, Moisés y Aarón se habían arrogado un poder
que sólo pertenece a Dios. La necesidad
de que Dios interviniera daba gran solemnidad a la ocasión, y los jefes de
Israel debieran haberse valido de ella para inculcar en la gente reverencia hacia
Dios y fortalecer su fe en el poder y la bondad de Dios. Cuando exclamaron airadamente: " ¿Os
hemos de hacer salir aguas de esta peña?" se pusieron en lugar de Dios,
como si dispusieran de poder ellos mismos, seres sujetos a las debilidades y
pasiones humanas. Abrumado por la
continua murmuración y rebelión del pueblo, Moisés perdió de vista a su
Ayudador Omnipotente, y sin la fuerza divina se le dejó manchar su foja de
servicios por una manifestación de debilidad humana. El hombre que hubiera podido conservarse puro, firme y
desinteresado hasta el final de su obra, fue vencido por último. Dios quedó deshonrado ante la congregación
de Israel, cuando debió ser engrandecido y ensalzado.
En esta ocasión, Dios no dictó juicios contra los
impíos cuyo procedimiento inicuo había provocado tanta ira en Moisés y
Aarón. Toda la reprensión cayó sobre
los dos jefes. Los que representaban a
Dios no le habían honrado. Moisés y
Aarón se habían sentido agraviados, y no habían tenido en cuenta que las
murmuraciones del pueblo no eran contra ellos, sino contra Dios. Por mirar a sí mismos y apelar a sus propias
simpatías, habían caldo inconscientemente en pecado, y no expusieron al pueblo
la gran culpabilidad en que había incurrido ante Dios.
Amargo y profundamente humillante fue el juicio que
se pronunció en seguida. "Jehová
dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme en
ojos de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la
tierra que les he dado." Juntamente con el rebelde Israel, habrían de
morir antes de que se cruzara el Jordán.
Si Moisés y Aarón se hubieran tenido en alta estima o si hubieran dado
rienda suelta a un espíritu apasionado frente a la amonestación y reprensión
divinas, su culpa habría sido mucho mayor.
Pero no se los podía acusar de haber pecado intencionada y
deliberadamente; habían sido vencidos por una tentación repentina, y su
contrición fue inmediata y de todo corazón.
El Señor aceptó su arrepentimiento, aunque, a causa del daño que su pecado
pudiera ocasionar entre el pueblo, no podía remitir el castigo.
Moisés no ocultó su sentencia, sino que le dijo al
pueblo que por no haber atribuido la gloria a Dios, no lo podría introducir en
la tierra prometida. Lo invitó a que
notara cuán severo era el castigo que se le infligía, y luego considerara cómo
debía de juzgar Dios sus murmuraciones y su modo de atribuir a un simple hombre
los juicios que habían merecido todos por sus pecados. Les explicó cómo había suplicado a Dios que
le remitiera la sentencia y ello le había sido negado. "Mas Jehová se había enojado contra mi
por causa de vosotros -dijo- por lo cual no me oyó." (Deut. 3: 26.)
Cada vez que se vieran en dificultad o prueba, los
israelitas habían estado dispuestos a culpar a Moisés por haberlos sacado de
Egipto, como si Dios no hubiese intervenido en el asunto. Durante toda su peregrinación, cuando se
quejaban de las dificultades del camino y murmuraban contra sus jefes, Moisés
les decía: "Vuestra murmuración se dirige contra Dios. El, y no yo, es quien os libró." Pero
con sus palabras precipitadas ante la roca: "¿Os hemos de hacer salir
aguas?" admitía virtualmente el cargo que ellos le hacían, y con ello los
habría de confirmar en su incredulidad y justificaría sus murmuraciones. El Señor quería eliminar para siempre de su
mente esta impresión al prohibir a Moisés que entrara en la tierra
prometida. Ello probaba en forma
inequívoca que su caudillo no era Moisés, sino el poderoso Ángel de quien el
Señor había dicho: "He aquí yo envío el Ángel delante de ti para que te
guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Guárdate delante de él, y oye su
voz...porque mi nombre está en él." (Exo.
23: 20, 21.)
"Jehová se había enojado contra mí por causa de
vosotros," dijo Moisés. Todos los
ojos de Israel estaban fijos en Moisés, y su pecado arrojaba una sombra sobre
Dios, que le había escogido como jefe de su pueblo. Toda la congregación sabía de la transgresión; y si se la hubiera
pasado por alto como cosa sin importancia, se habría creado la impresión de que
bajo una gran provocación la incredulidad y la impaciencia podían excusarse
entre aquellos que ocupaban elevados cargos de responsabilidad. Pero cuando se declaró que, a causa de aquel
pecado único, Moisés y Aarón no habrían de entrar en Canaán, el pueblo se dio
cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que ciertamente castiga
al transgresor.
La historia de Israel debía escribirse para la
instrucción y advertencia de las generaciones venideras. Los hombres de todos los tiempos habrían de
ver en el Dios del cielo a un Soberano imparcial que en ningún caso justifica
el pecado. Pero pocos se dan cuenta de
la excesiva gravedad del pecado. Los
hombres se lisonjean de que Dios es demasiado bueno para castigar al
transgresor. Sin embargo, a la luz de
la historia bíblica es evidente que la bondad de Dios y su amor le compelen a
tratar el pecado como un mal fatal para la paz y la felicidad del universo.
Ni siquiera la integridad y la fidelidad de Moisés
pudieron evitarle la retribución que merecía su culpa. Dios había perdonado al pueblo
transgresiones mayores; pero no podía tratar el pecado de los caudillos como el
de los acaudillados. Había honrado a
Moisés por sobre todos los hombres de la tierra. Le había revelado su gloria, y por su intermedio había comunicado
sus estatutos a Israel. El hecho de que
Moisés había gozado de grandes luces y conocimientos, agravaba tanto más su
pecado. La fidelidad de tiempos pasados
no expiará una sola mala acción. Cuanto
mayores sean las luces y los privilegios otorgados al hombre, tanto mayor será
su responsabilidad, tanto más graves sus fracasos y faltas, y tanto mayor su
castigo.
Según el juicio humano, Moisés no era culpable de un
gran crimen; su pecado era una falta común.
El salmista dice que "habló inconsideradamente con sus
labios." (Sal. 106: 33 V.M.) En
opinión de los hombres, ello puede parecer cosa ligera; pero si Dios trató tan
severamente este pecado en su siervo más fiel y honrado, no lo disculpará ciertamente
en otros. El espíritu de ensalzamiento
propio, la inclinación a censurar a nuestros hermanos, desagrada sumamente a
Dios. Los que se dejan dominar por
estos males arrojan dudas sobre la obra de Dios, y dan a los escépticos motivos
para disculpar su incredulidad. Cuanto
más importante sea el cargo de uno, y tanto mayor sea su influencia, tanto más
necesitará cultivar la paciencia y la humildad.
Si los hijos de Dios, especialmente los que ocupan
puestos de responsabilidad, se dejan inducir a atribuirse la gloria que sólo a
Dios se debe, Satanás se regocija. Ha
ganado una victoria. Así fue cómo él
cayó, y así es cómo obtiene el mayor éxito en sus tentaciones para arruinar a
otros. Para ponernos precisamente en
guardia contra sus artimañas, Dios nos ha dado en su Palabra muchas lecciones
que recalcan el peligro del ensalzamiento propio. No hay en nuestra naturaleza impulso alguno ni facultad mental o
tendencia del corazón, que no necesite estar en todo momento bajo el dominio
del Espíritu de Dios. No hay bendición
alguna otorgada por Dios al hombre, ni prueba permitida por él, que Satanás no
pueda ni desee aprovechar para tentar, acosar y destruir el alma, si le damos
la menor ventaja. En consecuencia, por
grande que sea la luz espiritual de uno, por mucho que goce del favor y de las
bendiciones divinas, debe andar siempre humildemente ante el Señor, y suplicar
con fe a Dios que dirija cada uno de sus pensamientos y domine cada uno de sus
impulsos.
Todos los que profesan la vida piadosa tienen la más sagrada obligación de guardar su espíritu y de dominarse ante las mayores provocaciones. Las cargas impuestas a Moisés eran muy grandes; pocos hombres fueron jamás probados tan severamente como lo fue él; sin embargo, ello no excusó su pecado. Dios proveyó ampliamente en favor de sus hijos; y si ellos confían en su poder, nunca serán juguete de las circunstancias. Ni aun las mayores tentaciones pueden excusar el pecado. Por intensa que sea la presión ejercida sobre el alma, la transgresión es siempre un acto nuestro. No puede la tierra ni el infierno obligar a nadie a que haga el mal. Satanás nos ataca en nuestros puntos débiles, pero no es preciso que nos venza. Por severo o inesperado que sea el asalto, Dios ha provisto ayuda para nosotros, y mediante su poder podemos ser vencedores.