DURANTE casi cuarenta años los hijos de Israel se
pierden de vista en la obscuridad del desierto. "Y los días -dice Moisés- que anduvimos de Cades-barnea
hasta que pasamos el arroyo de Zered, fueron treinta y ocho años; hasta que se
acabó toda la generación de los hombres de guerra de en medio del campo, como
Jehová les había jurado. Y también la
mano de Jehová fue sobre ellos para destruirlos de en medio del campo, hasta
acabarlos." (Deut. 2: 14, 15.)
Durante todos estos años se le recordó constantemente
al pueblo que estaba bajo la reprensión divina. En la rebelión de Cades había rechazado a Dios y por el momento
Dios lo había rechazado. Puesto que los
israelitas habían sido infieles a su pacto, no debían recibir la señal de él, o
sea el rito de la circuncisión. Su
deseo de regresar a la tierra de su esclavitud había demostrado que eran
indignos de la libertad, y por consiguiente, no se había de observar la Pascua,
instituida para conmemorar su liberación de la esclavitud.
No obstante, el hecho de que subsistía el servicio
del tabernáculo atestiguaba que Dios no había abandonado totalmente a su
pueblo. Su providencia seguía supliendo
sus necesidades. "Jehová tu Dios
te ha bendecido en toda obra de tus manos dijo Moisés, al repasar la historia
de su peregrinaje: -él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta
años Jehová fue contigo; y ninguna cosa te ha faltado." (Vers. 2.) Y el himno de los levitas, conservado
por Nehemías, describe vívidamente el cuidado de Dios por Israel, aun durante
aquellos años cuando estaban desechados y desterrados: "Tú, con todo, por
tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto: la columna de nube
no se apartó de ellos de día, para ...
guiarlos por el camino, ni la columna de fuego de noche, para
alumbrarles el camino por el cual habían de ir. Y diste tu Espíritu bueno para enseñarlos, y no retiraste tu maná
de su boca, y agua les diste en su sed.
Y sustentástelos cuarenta años en el desierto; de ninguna cosa tuvieron
necesidad: sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies."
(Neh. 9: 19-21.)
Las peregrinaciones por el desierto fueron ordenadas
no solamente como castigo para los rebeldes y murmuradores, sino que habían de
servir también como disciplina para la nueva generación que se iba
desarrollando, a fin de prepararla para su entrada en la tierra prometida. Moisés le dijo: "Como castiga el hombre
a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga," "para afligirte, por
probarte, para saber lo que estaba en tu corazón, si habías de guardar o no sus
mandamientos. Y te afligió, e hízote
tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres
la habían conocido; para hacerte saber que el hombre no vivirá de sólo pan, mas
de toda palabra que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre."
(Deut. 8: 5, 2, 3.)
"Hallólo en tierra de desierto, y en desierto
horrible y yermo; trájolo alrededor, instruyólo, gardólo como la niña de su
ojo." "En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su
faz los salvó: en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los
levantó todos los días del siglo." (Deut.
32: 10; Isa. 63: 9.)
No obstante, los únicos anales que tenemos de su vida
en el desierto presentan ejemplos de rebelión contra Dios. La rebelión de Coré resultó en la
destrucción de catorce mil israelitas.
Y hubo casos aislados reveladores del mismo espíritu de menosprecio por
la autoridad divina.
En cierta ocasión el hijo de una israelita y un
egipcio, uno de los miembros del populacho mixto que había salido de Egipto con
Israel, abandonando la parte del campamento que le era asignada, entró en la de
los israelitas y aseveró tener derecho a levantar su tienda allí. La ley divina se lo prohibía, ... pues los descendientes de un egipcio estaban
excluidos de la congregación hasta la tercera generación. Se entabló una disputa entre él y un
israelita, y habiéndose presentado el asunto a los jueces, el fallo fue adverso
al transgresor.
Enfurecido por esta decisión maldijo al juez, y en el
ardor de su ira blasfemó contra el nombre de Dios. Inmediatamente se le llevó ante Moisés. Se había dado el mandamiento: "El que maldijera a su padre o
a su madre, morirá;" pero no se había dictado medida aplicable a este
caso. Era tan terrible este delito que
era necesaria la dirección especial de Dios para resolver lo procedente. Se puso al hombre bajo custodia mientras se
averiguaba cuál era la voluntad del Señor.
Dios mismo pronunció la sentencia; y por orden divina se condujo al
blasfemador fuera del campamento, y allí se le dio muerte por
apedreamiento. Los que habían
presenciado el pecado colocaron las manos sobre la cabeza de él, atestiguando
así solemnemente la veracidad del cargo que se le hacía. Luego le tiraron las primeras piedras, y el
pueblo que estaba cerca participó después en la ejecución de la sentencia.
A esto siguió la promulgación de una nueva ley que
había de aplicarse a ofensas semejantes: "Y a los hijos de Israel
hablarás, diciendo: Cualquiera que maldijera a su Dios, llevará su iniquidad. Y el que blasfemara el nombre de Jehová, ha
de ser muerto; toda la congregación lo apedreará: así el extranjero como el
natural, si blasfemara el Nombre, que muera." (Exo. 21: 17.)
Hay quienes expresan dudas acerca del amor y la
justicia de Dios al aplicar un castigo tan severo por un delito consistente en
palabras habladas en un momento de acaloramiento. Pero tanto el amor como la justicia eligen que se demuestre que
las palabras inspiradas por la malicia contra Dios constituyen un gran pecado. El castigo que se le impuso al primer ofensor
había de advertir a los demás que el nombre de Dios debe reverenciarse. Pero si el pecado de este hombre hubiese
quedado impune, otros se habrían desmoralizado; y como resultado ... eventual habría sido necesario sacrificar
muchas vidas.
La "multitud mixta" que acompañaba a los
israelitas desde Egipto daba continuamente origen a dificultades y
tentaciones. Los que la componían
decían haber renunciado a la idolatría y profesaban adorar al Dios verdadero;
pero su educación y disciplina anteriores habían moldeado sus hábitos y sus
caracteres, de modo que en mayor o menor medida estaban corrompidos por la
idolatría y la irreverencia hacia Dios.
Ellos eran los que más a menudo suscitaban contiendas; eran los primeros
en quejarse, y corrompían el campamento con sus prácticas idólatras y sus
murmuraciones contra Dios. Poco después
del regreso al desierto, ocurrió un ejemplo de violación del sábado, en
circunstancias que dieron especial culpabilidad al caso. Al anunciar el Señor que desheredaría a
Israel, se despertó un espíritu de rebelión.
Un hombre del pueblo, airado por haber sido excluido de Canaán, resolvió
desafiar abiertamente la ley de Dios, y se atrevió a violar públicamente el
cuarto mandamiento, saliendo a recoger leña en sábado. Se había prohibido terminantemente encender
fuego el séptimo día durante la estada en el desierto. La prohibición no había de extenderse a la
tierra de Canaán, donde la severidad del clima haría a menudo necesario que se
tuviese fuego; pero éste no se necesitaba en el desierto para calentarse. El acto llevado a cabo por este hombre era
una violación voluntaria y deliberada del cuarto mandamiento. Era un pecado, no de negligencia, sino de
presunción.
Se le sorprendió mientras lo cometía, y se le llevó
ante Moisés. Ya se había declarado que
la violación del sábado sería castigada de muerte; pero aun no se había
revelado cómo debía ejecutarse la pena.
Moisés presentó el caso al Señor, y se le dio la orden:
"Irremisiblemente muera aquel hombre; apedréelo con piedras toda la
congregación fuera del campo." (Núm.
15: 35.) Los pecados de blasfemia y violación voluntaria del sábado
recibieron el mismo castigo, pues eran ambos una expresión de menosprecio por
la autoridad de Dios. ...
En nuestros días, muchos rechazan el sábado de la
creación como si fuese una institución judaica, y alegan que si se lo ha de
guardar debe aplicarse la pena capital por su violación; pero vemos que la
blasfemia recibió el mismo castigo que la violación del sábado. ¿Hemos de concluir, por lo tanto, que el
tercer mandamiento también se ha de poner a un lado como algo que se aplica
solamente a los judíos? Sin embargo, el argumento que se basa en la pena de
muerte es tan aplicable al tercer mandamiento, al quinto, o a casi todos los
diez mandamientos, como al cuarto.
Aunque Dios no castigue la transgresión de su ley con penas temporales,
su Palabra declara que la paga del pecado es la muerte; y en la ejecución final
del juicio se descubrirá que la muerte es el destino de los transgresores de su
santa ley.
Durante los cuarenta años que los israelitas
permanecieron en el desierto, el milagro del maná les recordó cada semana la
obligación sagrada del sábado. Sin
embargo, ni aun esto les inducía a obedecer.
Aunque no se atrevían a cometer transgresiones tan osadas como la que
recibiera tan señalado castigo, eran sin embargo muy negligentes en la
observancia del cuarto mandamiento.
Dios declara por medio de su profeta: "Mis sábados profanaron en
gran manera." (Véase Eze. 20:
13-24.) esto se enumeró entre los motivos por los cuales se excluía a la
primera generación de la tierra prometida.
Pero sus hijos no aprendieron la lección. Tal fue su negligencia del sábado durante los cuarenta años de
peregrinaciones, que a pesar de que Dios no les impidió entrar en Canaán,
declaró que serían diseminados entre los paganos después de establecerse en la
tierra prometida.
De Cades los hijos de Israel habían regresado al
desierto; y una vez terminada su estada allí, "llegaron...toda la
congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y asentó el pueblo en
Cades." (Núm. 20: 1.)
Allí murió y fue sepultada María. Tal fue la suerte de los millones que con
grandes esperanzas salieron de Egipto.
De la ... escena de regocijo a
orillas del mar Rojo, cuando Israel salió con cantos y danzas a celebrar el
triunfo de Jehová, llegaron a la sepultura del desierto, fin de toda una vida
de peregrinación. El pecado había
arrebatado de sus labios la copa de la bendición. ¿Aprendería la próxima generación la lección?
"Con todo esto pecaron aún, y no dieron crédito a sus maravillas... . Si los mataba, entonces buscaban a Dios; entonces se volvían solícitos en busca suya. Y acordábanse que Dios era su refugio, y el Dios Alto su redentor." Pero no se volvían a Dios con un propósito sincero. Aunque al verse atacados y amenazados por sus enemigos, pedían la ayuda del único que podía librarlos, "sus corazones no eran rectos con él, ni estuvieron firmes en su pacto. Empero él misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía: y abundó para apartar su ira... Y acordóse que eran carne; soplo que va y no vuelve." (Sal. 78: 32-35, 37-39.)