ONCE días después de abandonar Horeb, la hueste
hebrea acampó en Cades, en el desierto de Parán, cerca de las fronteras de la
tierra prometida. Allí propuso el
pueblo que se enviasen espías a reconocer el país. Moisés presentó el asunto al Señor, y el permiso le fue concedido
con la indicación de elegir para este fin a uno de los jefes de cada
tribu. Los hombres fueron elegidos
según lo ordenado, y Moisés les mandó que fuesen y viesen el país, cómo era, y
cuáles eran su situación y ventajas naturales, qué pueblos moraban allí, si
eran fuertes o débiles, muchos o pocos, y asimismo que observasen la clase de
tierra y su productividad, y que trajesen frutos de ella.
Fueron pues y, entrando por la frontera meridional,
procedieron hacia el extremo septentrional, y reconocieron toda la tierra. Regresaron después de una ausencia de
cuarenta días. El pueblo abrigaba
grandes esperanzas, y aguardaba en anhelosa expectación. Las noticias de regreso de los espías
cundieron de una tribu a otra y fueron recibidas con exclamaciones de
regocijo. El pueblo salió
apresuradamente al encuentro de los mensajeros, que habían regresado sanos y
salvos a pesar de los peligros de su arriesgada empresa. Los espías habían traído muestras de frutos
que revelaban la fertilidad de la tierra.
Era la estación de las uvas, y traían un racimo tan grande que lo habían
de transportar entre dos. También
habían traído muestras de los higos y las granadas que se cosechaban allí en
abundancia.
El pueblo se llenó de alborozo ante la perspectiva de
entrar en posesión de una tierra tan buena, y escuchó atentamente los informes
presentados a Moisés para que no se le escapara una sola palabra. "Nosotros llegamos a la tierra a la
cual nos enviaste -principiaron a decir los espías,- la que ciertamente fluye
leche y miel; y éste es el fruto de ella." (Núm. 13: 17-33.) El pueblo se llenó de entusiasmo; ansiaba obedecer la
voz del Señor, e ir inmediatamente a tomar posesión de la tierra. Pero después de describir la hermosura y la
fertilidad de la tierra, todos los espías, menos dos de ellos, explicaron
ampliamente las dificultades y los peligros que arrostraría Israel si emprendía
la conquista de Canaán. Enumeraron las
naciones poderosas que había en las distintas partes del país, y dijeron que
las ciudades eran muy grandes y amuralladas, que el pueblo que vivía allí era
fuerte, y que sería imposible vencerlo.
También manifestaron que habían visto gigantes, los hijos de Anac, en aquella
región; y que era inútil pensar en apoderarse de la tierra.
Entonces cambió la escena. Mientras los espías expresaban los sentimientos de sus corazones
incrédulos y llenos de un desaliento causado por Satanás, la esperanza y el
ánimo se fueron trocando en cobarde desesperación. La incredulidad arrojó una sombra lóbrega sobre el pueblo, y éste
se olvidó de la omnipotencia de Dios, tan a menudo manifestada en favor de la
nación escogida. El pueblo no se detuvo
a reflexionar ni razonó que Aquel que lo había llevado hasta allí le daría ciertamente
la tierra; no recordó cuán milagrosamente Dios lo había librado de sus
opresores, abriéndole paso a través de la mar y destruyendo las huestes del
faraón que lo perseguían. Hizo caso
omiso de Dios, y obró como si debiera depender únicamente del poder de las
armas.
En su incredulidad, los israelitas limitaron el poder
de Dios, y desconfiaron de la mano que hasta entonces los había dirigido
felizmente. Volvieron a cometer el
error de murmurar contra Moisés y Aarón.
"Este es pues el fin de todas nuestras esperanzas -dijeron.- Esta
es la tierra para cuya posesión hicimos el largo viaje desde Egipto."
Acusaron a sus jefes de engañar al pueblo y de atraer tribulación sobre Israel.
El pueblo estaba desilusionado y desesperado. Se elevó un llanto de angustia que se
entremezcló con el confuso murmullo de las voces. Caleb comprendió la situación, y lleno de audacia para defender
la palabra de Dios, hizo cuanto pudo para contrarrestar la influencia maléfica
de sus infieles compañeros. Calló el
pueblo un momento para escuchar sus palabras de aliento y esperanza con
respecto a la buena tierra. No
contradijo lo que ya se había dicho; las murallas eran altas, y los cananeos
eran fuertes. Pero Dios había prometido
la tierra a Israel. "Subamos
luego, y poseámosla -insistió Caleb;- que más podremos que ella."
Pero los diez, interrumpiéndole, pintaron los
obstáculos con colores aun más sombríos que antes. "No podremos subir contra aquel pueblo -dijeron;- porque es
más fuerte que nosotros." "Todo el pueblo que vimos en medio de ella,
son hombres de grande estatura. También
vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes: y éramos nosotros, a
nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos."
Estos hombres, habiéndose iniciado en una conducta
errónea, se opusieron tercamente a Caleb y Josué, así como a Moisés y a Dios
mismo. Cada paso que daban hacia
adelante los volvía más obstinados.
Estaban resueltos a desalentar todos los esfuerzos tendientes a obtener
la posesión de Canaán. Tergiversaron la
verdad para apoyar su funesta influencia.
"La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga
a sus moradores," manifestaron. No
sólo era éste un mal informe, sino que era una mentira y una
inconsecuencia. Los espías habían
declarado la tierra fructífera y próspera, todo lo cual habría sido imposible
si el clima hubiese sido tan malsano que se pudiera decir de la tierra que se
tragaba "a sus moradores." Pero cuando los hombres entregan si
corazón a la incredulidad, se colocan bajo el dominio de Satanás, y nadie puede
decir hasta dónde los llevará.
"Entonces toda la congregación alzaron grita, y
dieron voces: y el pueblo lloró aquella noche." A esto siguió pronto la
rebelión abierta y el amotinamiento; porque Satanás ejercía absoluto dominio,,
y el pueblo parecía estar privado de razón.
Maldijeron a Moisés y a Aarón, olvidando que Dios oía sus inicuos
discursos, y que, envuelto en la columna de nube, el Ángel de su presencia era
testigo de su terrible explosión de ira.
Con amargura clamaron: "¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o
en este desierto!" Luego sus sentimientos se exacerbaron contra Dios:
" ¿Por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a cuchillo, y que
nuestras mujeres y nuestros chiquitos sean por presa? ¿no nos sería mejor
volvernos a Egipto? Y decían el uno al otro: Hagamos un capitán, y volvámonos a
Egipto." En esa forma no sólo acusaron a Moisés, sino también a Dios
mismo, de haberlos engañado, al prometerles una tierra que ellos no podían,
poseer. Y llegaron hasta el punto de
nombrar un capitán que los llevara de vuelta a la tierra de su sufrimiento y
esclavitud, de la cual habían sido libertados por el brazo poderoso del
Omnipotente.
En humillación y angustia, "Moisés y Aarón
cayeron sobre sus rostros delante de toda la multitud de la congregación de los
hijos de Israel," sin saber qué hacer para desviarlos de su apasionado e
impetuoso propósito. Caleb y Josué
trataron de apaciguar a la multitud tumultuoso. Habiendo rasgado sus vestiduras en señal de dolor e indignación,
se precipitaron entre la gente y sus voces enérgicas se oyeron por sobre la
tempestad de lamentaciones y rebelde pesar: "La tierra por donde pasamos
para reconocerla, es tierra en gran manera buena. Si Jehová se agradare de nosotros, él nos meterá en esta tierra,
y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel. Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo
de aquesta tierra, porque nuestro pan son: su amparo se ha apartado de ellos, y
con nosotros está Jehová: no los temáis."
Los cananeos habían colmado la medida de su
iniquidad, y el Señor ya no podía tolerarlos.
Ahora que les había retirado su protección, iban a resultar una presa
fácil. El pacto de Dios había prometido
la tierra a Israel. Pero el falso
informe de los espías infieles fue aceptado, y todo el pueblo fue engañado por
él. Los traidores habían realizado su
obra. Aun cuando sólo dos hombres
hubiesen dado malas noticias y los otros diez lo hubiesen animado a poseer la
tierra en el nombre del Señor, el pueblo, por su perversa incredulidad, habría
seguido el consejo de los dos en preferencia al de los diez. Pero eran sólo dos los que abogaban por lo
justo, mientras que diez estaban de parte de la rebelión.
A grandes voces los espías infieles denunciaban a Caleb
y a Josué, y se elevó un clamor para pedir que se los apedreara. Asiendo el populacho enloquecido piedras
para matar a aquellos hombres fieles, se precipitó hacia delante gritando
frenéticamente, cuando de repente las piedras se le cayeron de las manos, y
temblando de miedo enmudeció. Dios
había intervenido para impedir su propósito homicida. La gloria de su presencia, como una luz fulgurante, iluminó el
tabernáculo. Todo el pueblo presenció
la manifestación del Señor. Uno más
poderoso que ellos se había revelado, y ninguno osó continuar la
resistencia. Los espías que trajeron el
informe perverso, se arrastraron aterrorizados, y con respiración entrecortada,
en busca de sus tiendas.
Moisés se levantó entonces y entró en el
tabernáculo. El Señor le declaró acerca
del pueblo: "Yo le heriré de mortandad, y lo destruiré, y a ti te pondré
sobre gente grande y más fuerte que ellos." Pero nuevamente Moisés
intercedió por su pueblo. No podía
consentir en que fuese destruido, y que él, en cambio, se convirtiese en una
nación más poderosa. Apelando a la
misericordia de Dios, dijo: "Ahora, pues, yo te ruego que sea magnificada
la fortaleza del Señor, como lo hablaste, diciendo: Jehová, tardo de ira y
grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, ... perdona ahora la iniquidad de este pueblo
según la grandeza de tu misericordia, y como has perdonado a este pueblo desde
Egipto hasta aquí."
El Señor prometió no destruir inmediatamente a los
israelitas; pero a causa de la incredulidad y cobardía de ellos, no podía
manifestar su poder para subyugar a sus enemigos. Por consiguiente, en su misericordia, les ordenó que como única
conducta segura, regresaran al mar Rojo.
En su rebelión el pueblo había exclamado:
"¡Ojalá muriéramos en este desierto!" Ahora se les había de conceder
lo pedido. El Señor declaró: "Vivo
yo, ... que según habéis hablado a mis
oídos, así haré yo con vosotros: en este desierto caerán vuestros cuerpos;
todos vuestros contados según toda vuestra cuenta, de veinte años arriba, los
cuales habéis murmurado contra mí; vosotros a la verdad no entraréis en la
tierra, ... mas vuestros chiquitos, de
los cuales dijisteis que serían por presa, yo los introduciré, y ellos
conocerán la tierra que vosotros despreciasteis." Y con respecto a Caleb
dijo: "Empero mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y
cumplió de ir en pos de mí, yo le meteré en la tierra donde entró, y su
simiente la recibirá en heredad." Así como los espías habían estado
cuarenta días de viaje, las huestes de Israel iban a peregrinar en el desierto
durante cuarenta años.
Cuando Moisés comunicó la decisión divina al pueblo,
la ira de éste se trocó en luto. Todos
sabían que el castigo era justo. Los
diez espías infieles, heridos divinamente por la plaga, perecieron a la vista
de todo Israel; y en la suerte de ellos el pueblo leyó su propia condenación,
Los israelitas parecieron arrepentirse entonces
sinceramente de su conducta pecaminosa; pero se entristecían por el resultado
de su mal camino y no porque reconocieran su ingratitud y desobediencia. Cuando vieron que el Señor era inflexible en
su decreto, volvió a despertarse su terca voluntad, y declararon que no
volverían al desierto. Al ordenarles
que se retiraran de la tierra de sus enemigos, Dios probó la sumisión aparente
de ellos, y vio que no era verdadera.
Sabían que habían pecado gravemente al permitir que los dominaran
sentimientos temerarios, y al querer dar muerte a los espías que les habían
incitado a obedecer a Dios; pero sólo sintieron temor al darse cuenta de que
habían cometido un error fatal cuyas consecuencias iban a resultarles
desastrosas. No habían cambiado en su
corazón y sólo necesitaban una excusa para rebelarse otra vez. Esta excusa se les presentó cuando Moisés
les ordenó por autoridad divina que regresaran al desierto.
El decreto de que Israel no entraría en la tierra de
Canaán por cuarenta años fue una amarga desilusión para Moisés, Aarón, Caleb y
Josué; pero aceptaron sin murmurar la decisión divina. Por el contrario, los que habían estado
quejándose de cómo Dios los trataba y declarando que querían volver a Egipto,
lloraron y se lamentaron grandemente cuando les fueron quitadas las bendiciones
que habían menospreciado. Se habían
quejado por nada, y ahora Dios les daba verdaderos motivos de llorar. Si se hubieran lamentado por su pecado
cuando les fue presentado fielmente, no se habría pronunciado esta sentencia;
pero se afligían por el castigo; su dolor no era arrepentimiento, y por lo tanto,
no podía obtener la revocación de su sentencia.
Pasaron toda la noche lamentándose; pero por la
mañana, renació en ellos la esperanza.
Resolvieron redimir su cobardía.
Cuando Dios es había mandado que siguieran hacia adelante y tomaran
posesión de la tierra, habían rehusado hacerlo; ahora, cuando Dios les ordenaba
que se retiraran, se negaron igualmente a obedecer sus órdenes. Decidieron apoderarse de la tierra; pudiera
ser que Dios aceptara su obra, y cambiara su propósito hacia ellos.
Dios les había dado el privilegio y el deber de
entrar en la tierra en el tiempo que les señalara; pero debido a su negligencia
voluntaria, se les había retirado ese permiso.
Satanás había logrado su objeto de impedirles la entrada a Canaán; y
ahora los incitaba a que, contrariando la prohibición divisa, hicieran
precisamente aquello que habían rehusado hacer cuando Dios se lo había
mandado. En esa forma, el gran
engañador logró la victoria al incitarlos por segunda vez a la rebelión. Habían desconfiado de que el poder de Dios
acompañara sus esfuerzos por obtener la posesión de Canaán; pero ahora
confiaron excesivamente en sus propias fuerzas y quisieron realizar la obra sin
la ayuda divina. "Pecado hemos
contra Jehová -gritaron;- nosotros subiremos y pelearemos, conforme a todo lo
que Jehová nuestro Dios nos ha mandado." (Deut. 1: 41) ¡Cuán terriblemente enceguecidos los había dejado su
transgresión! jamás les había mandado el Señor que subieran y pelearan. No quería él que obtuvieran posesión de la
tierra por la guerra, sino mediante la obediencia estricta a sus mandamientos.
Aunque sin sufrir el menor cambio de corazón, el
pueblo había confesado cuán inicua y estúpida había sido su rebelión al oír el
relato de los espías. Ahora veían el
valor de la bendición que tan impetuosamente habían desechado. Confesaron que su propia incredulidad era la
que les había vedado la entrada a Canaán.
"Pecado hemos contra Jehová," dijeron, y reconocieron que la
culpa era de ellos, y no de Dios, a quien tan inicuamente habían acusado de no
cumplir las promesas que les hiciera. A
pesar de que su confesión no provenía de un arrepentimiento verdadero, sirvió
para vindicar la justicia con que Dios los había tratado.
Aun hoy obra el Señor en forma similar para
glorificar su nombre e inducir a los hombres a reconocer su justicia. Cuando los que profesan amarle se quejan de
su providencia, menosprecian sus promesas, y, cediendo a la tentación, se unen
a los ángeles malos para hacer fracasar los propósitos de Dios, con frecuencia
el Señor predomina sobre las circunstancias de tal manera que trae a estas
personas al punto donde, aunque no se hayan arrepentido de corazón, se
convencerán de que son pecadoras y se verán obligadas a reconocer la maldad de
su camino, y la justicia y la bondad con que las trató Dios. Así es cómo Dios crea medios de
contrarrestar y hacer manifiestas las obras de las tinieblas. Y a pesar de que el espíritu que incitó a
aquellas personas a seguir su impía conducta no ha cambiado radicalmente, ellas
hacen confesiones que vindican el honor de Dios, y justifican a aquellos que
las reprendieron fielmente y a quienes resistieron y calumniaron. Así será cuando por fin se derrame la ira de
Dios, cuando el Señor venga "con sus santos millares, a hacer juicio
contra todos, y a convencer a todos los impíos de entre ellos tocante a todas
sus obras de impiedad." (Jud. 14,
15.) Todo pecador se verá compelido a ver y reconocer la justicia de su
condenación.
Despreciando la sentencia divina, los israelitas se
prepararon para emprender la conquista de Canaán. Equipados con armaduras y armas de guerra, se creían plenamente
apercibidos para el conflicto; pero a la vista de Dios y de sus siervos
entristecidos, adolecían de una triste deficiencia. Cuando casi cuarenta años más tarde, el Señor les ordenó a los
israelitas que subieran y tomaran Jericó, prometió acompañarlos. El arca que contenía su ley era llevada
delante de sus ejércitos. Los jefes que
él designara habían de dirigir sus movimientos bajo la dirección divina. Con tal dirección ningún daño podía
sucederles, pero ahora, contrariando el mandamiento de Dios; y la solemne
prohibición de sus jefes, sin el arca y sin Moisés, salieron al encuentro de
los ejércitos enemigos,
La trompeta dio un toque de alarma, y Moisés se
apresuró en pos de ellos con la advertencia: "¿Por qué quebrantáis el
dicho de Jehová? Esto tampoco os sucederá bien. No subáis, porque Jehová no está en medio de vosotros, no seáis
heridos delante de vuestros enemigos. Porque
el Amalecita y el Cananeo están allí delante de vosotros, y caeréis a cuchillo."
Los cananeos habían oído hablar del poder misterioso
que parecía guardar a ese pueblo, y de las maravillas obradas en su favor; y
reunieron un ejército poderoso para rechazar a los invasores. El ejército atacante no tenía jefe. Ninguna oración se elevó para pedir a Dios
que le diese la victoria. Emprendió la
marcha con el propósito desesperado de revocar su suerte o morir en la
batalla. Aunque no tenía preparación guerrera
alguna, constituía una multitud inmensa de hombres armados, que esperaban
aplastar toda oposición mediante un feroz y repentino asalto. Presuntuosamente desafiaron al enemigo que
no había osado atacarlos.
Los cananeos se habían establecido en una meseta
rocallosa a la cual sólo se podía llegar por pasos difíciles de transitar y un
ascenso escarpado y peligroso. El
número inmenso de los hebreos sólo podía servir para hacer más terrible su
derrota. Lentamente fueron cubriendo
los senderos del monte, expuestos a las mortíferas armas arrojadizas del
enemigo que estaba arriba. Lanzaban
rocas macizas que bajaban con retumbante fragor y marcando su trayectoria con
la sangre de los hombres destrozados.
Los que lograron llegar a la cumbre, agotados con el ascenso, fueron
ferozmente rechazados y obligados a retroceder con grandes pérdidas. Por el campo de la matanza quedaron
esparcidos los cadáveres. El ejército
de Israel fue derrotado totalmente. La
destrucción y la muerte fueron las consecuencias de aquel experimento de los
rebeldes.
Obligados por fin a retirarse en derrota, los sobrevivientes volvieron y lloraron "delante de Jehová; pero Jehová no escuchó" su voz. (Deut. 1: 45.) En virtud de su señalada victoria, los enemigos de Israel, que antes habían aguardado con temblor la aproximación de aquella poderosa hueste, se envalentonaron con confianza para resistirles. Ahora consideraron falsos todos los informes que habían oído respecto a las cosas maravillosas que Dios había hecho en favor de su pueblo, y creyeron que no había motivo para temer. Esa primera derrota de Israel aumentó grandemente las dificultades de la conquista, por cuanto inspiró valor y resolución a los cananeos. No les quedaba a los israelitas otro recurso que retirarse de delante de sus enemigos victoriosos, al desierto, sabiendo que allí había de hallar su tumba toda una generación.