LA CONSTRUCCIÓN del
tabernáculo no principió sino cuando hubo transcurrido cierto tiempo después de
la llegada de Israel al Sinaí; y la sagrada estructura se levantó por primera
vez al principio del segundo año después de la salida. Siguió luego la consagración de los
sacerdotes, la celebración de la Pascua, el censo del pueblo y la realización
de varios arreglos esenciales para su sistema civil o religioso, así que Israel
pasó casi un año en el campamento del Sinaí.
Allí su culto tomó una forma más precisa y definitiva. Se le dieron las leyes que habían de regir
la nación, y se verificó una organización más eficiente en preparación para su
entrada en la tierra de Canaán.
El gobierno de Israel se caracterizaba por la organización
más cabal, tan admirable por su esmero como por su sencillez. El orden tan señaladamente puesto de manifiesto en la perfección y disposición de
todas las obras creadas por Dios se veía también en la economía hebrea. Dios era el centro de la autoridad y del
gobierno, el soberano de Israel. Moisés
se destacaba como el caudillo visible que Dios había designado para administrar
las leyes en su nombre. Posteriormente,
se escogió de entre los ancianos de las tribus un consejo de setenta hombres
para que asistiera a Moisés en la administración de los asuntos generales de la
nación. En seguida venían los
sacerdotes, quienes consultaban al Señor en el santuario. Había jefes, o príncipes, que gobernaban
sobre las tribus. Bajo éstos había
"jefes de millares, jefes de cientos, y jefes de cincuenta, y cabos de
diez" (Deut. 1: 15), y por último,
funcionarios que se podían emplear en tareas especiales.
El campamento hebreo se ordenaba en exacta
disposición. Quedaba repartido en tres
grandes divisiones, cada una de las cuales tenía señalado su sitio en el
campamento. En el centro estaba el
tabernáculo, la morada del Rey invisible.
Alrededor asentaban los sacerdotes y los levitas. Más allá de éstos acampaban las demás
tribus.
A los levitas se les confiaba el cuidado del
tabernáculo y todo lo que se relacionaba con él, tanto en el campamento como
cuando se viajaba. Cuando se levantaba
el campamento para reanudar la marcha, eran ellos quienes desarmaban la sagrada
tienda; y cuando se llegaba adonde se había de hacer alto, ellos debían
levantarla. A ninguna persona de otra
tribu se le permitía acercarse so pena de muerte. Los levitas estaban repartidos en tres divisiones, descendientes
de los tres hijos de Leví, y cada una tenía asignadas su obra y posición especiales. Frente al tabernáculo, y cercanas a él,
estaban las tiendas de Moisés y Aarón.
Al sur estaban los coatitas, que tenían la obligación de cuidar del arca
y del resto del mobiliario; al norte, estaban los meraritas, quienes tenían a
su cargo las columnas, los zócalos, las tablas, etc.; atrás estaban los
gersonitas a quienes se les había confiado el cuidado de los velos y del
cortinado en general.
Se especificaba también la posición de cada
tribu. Cada uno tenía que marchar y
acampar al lado de su propia bandera, tal como lo había ordenado el Señor:
"Los hijos de Israel acamparán cada uno junto a su bandera, según las
enseñas de las casas de sus padres;" "de la manera que asientan el
campo, así caminarán, cada uno en su lugar, junto a sus banderas." (Núm.
2: 2, 17.) A la "multitud mixta" que había acompañado a Israel desde
Egipto no se le permitía ocupar los mismos cuarteles que las tribus, sino que
había de habitar en las afueras del campamento; y sus hijos habían de que
quedar excluídos de la comunidad hasta la tercera generación. (Deut. 23: 7, 8.)
Se mandó que se observara una limpieza escrupulosa
así como también un orden estricto en todo el campamento y sus
inmediaciones. Se impusieron
meticulosas medidas sanitarias. La
entrada al campamento estaba prohibida a toda persona que por cualquier causa
fuese considerada inmunda. Estas
medidas eran indispensables para conservar la salud de aquella enorme multitud;
y era necesario también que reinase perfecto orden y pureza para que Israel
pudiese gozar de la presencia de un Dios santo. Así declaró: "Jehová tu Dios anda por medio de tu campo,
para librarte y entregar tus enemigos delante de ti; por tanto será tu real
santo." (Vers. 14.)
En todo el peregrinaje de Israel, "el arca de la
alianza de Jehová fue delante de ellos, . . . buscándoles lugar de
descanso." (Núm. 10:33.) Llevada
por los hijos de Coat, el arca sagrada que contenía la santa ley de Dios había
de encabezar la vanguardia. Delante de
ella iban Moisés y Aarón; y los sacerdotes, llevando trompetas de plata, se
estacionaban cerca. Estos sacerdotes
recibían instrucciones de Moisés, y a su vez las comunicaban al pueblo por
medio de sus trompetas. Los jefes de cada
compañía tenían obligación de dar instrucciones definitivas con respecto a todos
los movimientos que habían de hacerse, tal como se los indicaban las
trompetas. Al que dejaba de cumplir con
las instrucciones dadas, se le castigaba con la muerte.
Dios es un Dios de orden. Todo lo que se relaciona con el cielo está en orden perfecto; la
sumisión y una disciplina cabal distinguen los movimientos de la hueste
angélica. El éxito sólo puede acompañar
al orden y a la acción armónica. Dios
exige orden y sistema en su obra en nuestros días tanto como los exigía en los
días de Israel. Todos los que trabajan
para él han de actuar con inteligencia, no en forma negligente o al azar. El quiere que su obra se haga con fe y
exactitud, para que pueda poner sobre ella el sello de su aprobación.
Dios mismo dirigió a los israelitas en todos sus viajes. El sitio en que habían de acampar les era
indicado por el descenso de la columna de nube; y mientras habían de permanecer
en el campamento, la nube se mantenía asentada sobre el tabernáculo. Cuando era tiempo de que continuaran su
viaje, la columna se levantaba en lo alto sobre la sagrada tienda. Una
invocación solemne distinguía tanto el alto como la partida de los
israelitas. "Y fue, que en
moviendo el arca, Moisés decía: Levántate, Jehová, y sean disipados tus
enemigos, y huyan de tu presencia los que te aborrecen. Y cuando ella asentaba, decía: Vuelve,
Jehová, a los millares de millares de Israel." (Vers. 35, 36.)
Una distancia de sólo once días de viaje mediaba
entre el Sinaí y Cades, en la frontera de Canaán; y fue con la esperanza de
entrar rápidamente en la buena tierra
cómo las huestes de Israel reanudaron su marcha cuando la nube dio por último
la señal para seguir hacia adelante.
Jehová había obrado maravillas al sacarlos de Egipto y ¿qué bendiciones
no podrían esperar, ahora que habían pactado formalmente aceptarle como su
Soberano, y habían sido reconocidos como el pueblo escogido del Altísimo?
No obstante, a muchos les costaba abandonar el sitio
donde habían acampado por tan largo tiempo.
Habían llegado casi a considerarlo como su hogar. Al abrigo de aquellas murallas de granito,
Dios había reunido a su pueblo aparte de todas las demás naciones, para
repetirle su santa ley. Se deleitaban
en mirar el sagrado monte, en cuyos picos blanquecinos y cumbres estériles la
divina gloria se había manifestado ante ellos tantas veces. Ese escenario estaba tan íntimamente
asociado con la presencia de Dios y de los santos ángeles que les parecía
demasiado sagrado para abandonarlo irreflexiva o siquiera alegremente.
A la señal de los trompeteros, sin embargo, todo el
campamento se puso en marcha, llevando el tabernáculo en medio, ocupando cada
tribu su sitio señalado, bajo su propia bandera. Todos los ojos miraron ansiosamente para ver en qué dirección les
guiaría la nube. Cuando se movió hacia
el este, donde sólo había sierras negras y desoladas, un sentimiento de
tristeza y de duda se apoderó de muchos corazones.
A medida que avanzaban, el camino se les hizo más
escabroso. Iba por hondonadas
pedregosas y páramos estériles.
Alrededor de ellos estaba el gran desierto, estaban
en "una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de
muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre."
(Jer. 2: 6.) Los desfiladeros rocallosos, tanto los lejanos como los cercanos,
estaban repletos de hombres, mujeres y niños, con bestias y carros, e hileras
interminables de rebaños y manadas. El
progreso de su marcha era necesariamente lento y trabajoso; y después de haber
estado acampadas por tanto tiempo, las multitudes no estaban preparadas para
soportar los peligros y las incomodidades de la jornada.
Después de tres días de viaje, se oyeron quejas. Estas se originaron entre la turba mixta que
abarcaba a mucha gente que no estaba completamente unida a Israel, sino que se
mantenía siempre alerta para notar cualquier motivo de crítica. A los quejosos no los satisfacía la
dirección que se seguía en la marcha, y constantemente censuraban la manera en
que Moisés los dirigía, aunque sabían que, como ellos mismos, él seguía la nube
orientadora. El desafecto es contagioso
y pronto cundió por todo el campamento.
Nuevamente comenzaron a clamar pidiendo carne para
comer. A pesar de que se les había
suministrado maná en abundancia, no estaban satisfechos. Durante su esclavitud en Egipto, los
israelitas se habían visto obligados a sustentarse con una alimentación común y
sencilla, pero su apetito aguzado por las privaciones y el trabajo rudo la
encontraba sabrosa. Pero muchos de los
egipcios que estaban ahora entre ellos, estaban acostumbrados a un régimen de
lujo; y éstos fueron los primeros en quejarse.
Cuando estaba por darles maná, un poco antes de que llegara Israel al
Sinaí, Dios les concedió carne en respuesta a sus clamores; pero se la suministró
por un día solamente.
Dios podría haberles suplido carne tan fácilmente
como les proporcionaba maná; pero para su propio bien se les impuso una
restricción. Dios se proponía suplirles
alimentos más apropiados a sus necesidades que el régimen estimulante al que
muchos se habían acostumbrado en Egipto.
Su apetito pervertido debía ser corregido y devuelto a una condición más
saludable a fin de que pudieran hallar placer en el alimento que originalmente
se proveyó para el hombre: los frutos de la tierra, que Dios dio a Adán y a Eva
en el Edén. Por este motivo quedaron
los israelitas en gran parte privados de alimentos de origen animal.
Satanás los tentó para que consideraran esta
restricción como cruel e injusta. Les
hizo codiciar las cosas prohibidas, porque vio que la complacencia desenfrenada
del apetito tendería a producir sensualidad, y por estos medios le resultaría
más fácil dominarlos. El autor de las
enfermedades y las miserias asaltará a los hombres donde pueda alcanzar más
éxito. Mayormente por las tentaciones
dirigidas al apetito, ha logrado inducir a los hombres a pecar desde la época
en que indujo a Eva a comer el fruto prohibido, y por este mismo medio indujo a
Israel a murmurar contra Dios. Porque
favorece efectivamente a la satisfacción de las pasiones bajas, la intemperancia
en el comer y en el beber prepara el camino para que los hombres menosprecien
todas las obligaciones morales. Cuando
la tentación los asalta, tienen muy poca fuerza de resistencia.
Dios sacó a los israelitas de Egipto para
establecerlos en la tierra de Canaán, como un pueblo puro, santo y feliz. En el logro de este propósito les hizo pasar
por un curso de disciplina, tanto para su propio bien como para el de su
posteridad. Sí hubieran querido dominar
su apetito en obediencia a las sabias restricciones de Dios, no se habría
conocido debilidad ni enfermedad entre ellos; sus descendientes habrían poseído
fuerza física y espiritual. Habrían
tenido percepciones claras y precisas de la verdad y del deber, discernimiento
agudo y sano juicio. Pero no quisieron
someterse a las restricciones y a los mandamientos de Dios, y esto les impidió,
en gran parte, llegar a la alta norma que él deseaba que ellos alcanzasen, y
recibir las bendiciones que él estaba dispuesto a concederles.
Dice el salmista: "Pues tentaron a Dios en su
corazón, pidiendo comida a su gusto. Y
hablaron contra Dios, diciendo: ¿Podrá poner mesa en el desierto? He aquí ha herido la peña, y corrieron
aguas, y arroyos salieron ondeando: ¿podrá también dar pan? ¿aparejará carne a
su pueblo? Por tanto oyó Jehová e
indignóse." (Sal. 78: 18-21.) Las murmuraciones y las asonadas habían sido
frecuentes durante el trayecto del mar Rojo al Sinaí, pero porque se compadecía
de su ignorancia y su ceguedad Dios no castigó el pecado de ellos con sus juicios. Pero desde entonces se les había revelado en
Horeb. Habían recibido mucha luz, pues
habían visto la majestad, el poder y la misericordia de Dios; y por su
incredulidad y descontento incurrieron en gran culpabilidad. Además, habían pactado aceptar a Jehová como
su rey y obedecer su autoridad. Sus
murmuraciones eran ahora rebelión, y como tal habían de recibir pronto y
señalado castigo, si se quería preservar a Israel de la anarquía y la ruina. "Enardecióse su furor, y encendióse en
ellos fuego de Jehová y consumió el un cabo del campo." (Véase Números
11.) Los más culpables de los quejosos quedaron muertos, fulminados por el rayo
de la nube.
Aterrorizado, el pueblo suplicó a Moisés que
implorase al Señor en su favor. Así lo
hizo, y el fuego se extinguió. En
memoria de este castigo Moisés llamó aquel sitio Taberah, "incendio."
Pero la iniquidad empeoró pronto. En vez de llevar a los sobrevivientes a la
humillación y al arrepentimiento, este temible castigo no pareció tener en
ellos otro fruto que intensificar las murmuraciones. Por todas partes el pueblo se reunía a la puerta de sus tiendas,
llorando y lamentándose. "Y el
vulgo que había en medio tuvo un vivo deseo, y volvieron, y aun lloraron los
hijos de Israel, y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en
Egipto de balde, de los cohombros, y de los melones, y de los puerros, y de las
cebollas, y de los ajos: y ahora nuestra alma se seca; que nada sino maná ven
nuestros ojos." Así manifestaron su descontento con los alimentos que su
Creador les proporcionaba. No obstante,
tenían pruebas constantes de que ese alimento se adaptaba a sus necesidades;
pues a pesar de las tribulaciones que soportaban, no había una sola persona
débil en todas las tribus.
El corazón de Moisés desfalleció. Había suplicado que Israel no fuese
destruido, aun cuando esa destrucción habría permitido que su propia posteridad
se convirtiese en una gran nación. En
su amor por los hijos de Israel, había pedido que su propio nombre fuese borrado
del libro de la vida antes de que se los dejara perecer. Lo había arriesgado todo por ellos, y ésta
era su respuesta. Le achacaban todas
las tribulaciones que pasaban, aun los sufrimientos imaginarios, y sus
murmuraciones inicuas hacían doblemente pesada la carga de cuidado y
responsabilidad bajo la cual vacilaba.
En su angustia llegó hasta sentirse tentado a desconfiar de Dios. Su oración fue casi una queja: "¿Por qué
has hecho mal a tu siervo? ¿y por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has
puesto la carga de todo este pueblo sobre mi? ... ¿De dónde tengo yo carne para
dar a todo este pueblo? porque lloran a mí, diciendo: Danos carne que
comamos. No puedo yo solo soportar a
todo este pueblo que me es pesado en demasía."
El Señor oyó su oración, y le ordenó convocar a
setenta hombres de entre los ancianos de Israel, hombres no sólo entrados en
años, sino que poseyeran dignidad, sano juicio y experiencia. "Y tráelos -dijo- a la puerta del
tabernáculo del testimonio, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo; y tomaré del espíritu que
está en ti, y pondré en ellos y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la
llevarás tú solo.
El Señor permitió a Moisés que él mismo escociera lo
hombres más fieles y eficientes para que compartieran la responsabilidad con
él. La influencia de ellos serviría
para refrenar la violencia del pueblo y reprimir la insurrección; no obstante,
graves males resultarían eventualmente del ascenso de ellos. Nunca habrían sido
escogidos si Moisés hubiera manifestado una fe correspondiente a las pruebas
que había presenciado del poder y de la bondad de Dios. Pero había exagerado sus propios servicios y
cargas, y casi había perdido de vista el hecho de que no era sino el
instrumento por medio del cual Dios había obrado. No tenía excusa por haber participado, aun en mínimo grado, del
espíritu de murmuración que era la maldición de Israel. Si hubiera confiado por completo en Dios, el
Señor le habría guiado continuamente, y le habría dado fortaleza para toda
emergencia.
A Moisés se le dieron instrucciones para que
preparara al pueblo para lo que Dios iba a hacer en su favor. "Santificaos para mañana, y comeréis
carne: pues que habéis llorado en oídos de Jehová, diciendo: ¡Quién nos diera a
comer carne! ¡cierto mejor nos iba en Egipto!
Jehová, pues, os dará carne, y comeréis. No comeréis un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni
veinte días; sino hasta un mes de tiempo, hasta que os salga por las narices, y
os sea en aborrecimiento: por cuanto menospreciasteis a Jehová que está en
medio de vosotros, y llorasteis delante de él, diciendo: ¿Para qué salimos acá
de Egipto?"
"Seiscientos mil de a pie es el pueblo en medio
del cual yo estoy--dijo Moisés;--y tú dices: Les daré carne, y comerán el
tiempo de un mes. ¿Se han de degollar para ellos ovejas y bueyes que les
basten? ¿o se juntarán para ellos todos los peces de la mar para que tengan
abasto?"
Dios le reprendió así por su falta de confianza:
"¿Hase acortado la mano de Jehová? ahora verás si te sucede mi dicho, o
no."
Moisés repitió al pueblo las palabras del Señor, y le
anunció el nombramiento de los setenta ancianos. Las instrucciones que el gran jefe les dio a estos hombres
escogidos podrían muy bien servir como modelo de integridad judicial para los
jueces y legisladores de los tiempos modernos: "Oíd entre vuestros
hermanos y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el que le es
extranjero. No tengáis respeto de
personas en el juicio: así al pequeño como el grande oiréis: no tendréis temor
de ninguno, porque el juicio es de Dios." (Deut. 1: 16, 17.)
Luego Moisés hizo comparecer a los setenta ante el
tabernáculo. "Entonces Jehová
descendió en la nube, y hablóle; y tomó del espíritu que estaba en él, y púsolo
en los setenta varones ancianos; y fue que, cuando posó sobre ellos el
espíritu, profetizaron, y no cesaron." Como los discípulos en el día de
Pentecostés, fueron "investidos de potencia de lo alto." (Luc 24:
49.) Plugo al Señor prepararlos así para su obra, y honrar los en presencia del
pueblo, para que se estableciera confianza en ellos como hombres escogidos
divinamente para participar con Moisés en el gobierno de Israel.
Nuevamente se manifestó el espíritu elevado y
desinteresado del gran caudillo. Dos de
los setenta ancianos, teniéndose humildemente por indignos de un cargo de tanta
responsabilidad no habían, concurrido con sus hermanos ante el tabernáculo;
pero el Espíritu de Dios descendió sobre ellos donde estaban, y ellos también
ejercieron el don de profecía. Cuando
se le informó esto a Josué, quiso poner coto a esta irregularidad, temiendo que
pudiera fomentar la división. Celoso
por el honor de su jefe, dijo: "Señor mío Moisés, impídelos." Pero él
contestó: "¿Tienes tú celos por mí? mas ojalá que todo el pueblo de Jehová
fuesen profetas, que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos." Un viento
fuerte, que sopló entonces de la mar, trajo bandadas de codornices, "y
dejólas sobre el real, un día de camino de la una parte, y un día de camino de
la otra, en derredor del campo, y casi dos codos sobre la haz de la tierra.
Todo aquel día y aquella noche, y el siguiente día, el pueblo trabajó
recogiendo el alimento que milagrosamente se le había provisto. Recogieron grandes cantidades de codornices. "El que menos, recogió diez homeres."
[V.M.] Se conservó por desecamiento todo lo que no era necesario para el
consumo del momento, de manera que la provisión, tal como Dios lo había
prometido, fue suficiente para todo un mes.
Dios dio a los israelitas lo que no era para su mayor
beneficio porque habían insistido en desearlo; no querían conformarse con las
cosas que mejor podían aprovecharles.
Sus deseos rebeldes fueron satisfechos, pero se les dejó que sufrieran
las consecuencias. Comieron
desenfrenadamente y sus excesos fueron rápidamente castigados. "Hirió Jehová al pueblo con una muy
grande plaga." Muchos fueron postrados por fiebres calcinantes, mientras
que los más culpables de entre ellos fueron heridos apenas probaron los
alimentos que habían codiciado.
En Haseroth, el siguiente sitio en donde acamparon
después de salir de Taberah, una prueba aun mayor le esperaba a Moisés. Aarón y María habían ocupado una posición
encumbrada en la dirección de los asuntos de Israel. Ambos tenían el don de profecía, y ambos habían estado asociados
divinamente con Moisés en el libramiento de los hebreos. "Envié delante de ti a Moisés, y a
Aarón, y a María" (Miq. 6: 4), declaró el Señor por medio del profeta
Miqueas. En temprana edad María había
revelado su fuerza de carácter, cuando siendo niña vigiló a la orilla del Nilo
el cesto en que estaba escondido el niño Moisés. Su dominio propio y su tacto habían contribuido a salvar la vida
del libertador del pueblo. Ricamente
dotada en cuanto a la poesía y la música, María había dirigido a las mujeres de
Israel en los cantos de alabanza y las danzas en las playas del mar Rojo. Ocupaba el segundo puesto después de Moisés
y Aarón en los afectos del pueblo y los honores otorgados por el Cielo. Pero el mismo mal que causó la primera
discordia en el cielo, brotó en el corazón de esta mujer de Israel, y no faltó
quien simpatizara con ella en su desafecto.
Ni María ni Aarón fueron consultados en el
nombramiento de los setenta ancianos, y esto despertó sus celos contra
Moisés. Durante la visita de Jetro, mientras
los israelitas iban hacia el Sinaí, la pronta aceptación por Moisés de los
consejos de su suegro hizo temer a Aarón y María que la influencia que ejercía sobre el gran caudillo superase a la
propia. En la organización del consejo
de los ancianos, creyeron que tanto su posición como su autoridad habían sido
menospreciadas. Nunca habían conocido
María y Aarón la carga de cuidado y responsabilidad que había pesado sobre
Moisés. No obstante, por haber sido
escogidos para ayudarle, se consideraban copartícipes con él de la carga de
dirigir al pueblo, y estimaban innecesario el nombramiento de más asistentes.
Moisés comprendía la importancia de la gran obra que
se le había encomendado como ningún otro hombre la comprendió jamás. Se daba cuenta de su propia debilidad, e
hizo a Dios su consejero. Aarón se
tenía en mayor estima y confiaba menos en Dios. Había fracasado cuando se le había encomendado responsabilidad; y
reveló la debilidad de su carácter por su baja condescendencia en el asunto del
culto idólatra en el Sinaí. Pero María
y Aarón, cegados por los celos y la ambición, perdieron esto de vista. Dios había honrado altamente a Aarón al
designar su familia para los cargos sagrados del sacerdocio; sin embargo, aun
esto contribuía ahora a intensificar su deseo de exaltación. "Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha
hablado Jehová? ¿no ha hablado también por nosotros?" (Véase Números 12.)
Creyéndose igualmente favorecidos por Dios, pensaron que tenían derecho a la
misma posición y autoridad que Moisés.
Cediendo al espíritu de desafecto, María halló motivo
de queja en cosas que Dios había sobreseído especialmente. El matrimonio de Moisés la había
disgustado. El hecho de que había
elegido esposa en otra nación, en vez de tomarla de entre los hebreos, ofendía
a su familia y al orgullo nacional. Se
la trataba a Séfora con un menosprecio mal disimulado.
Aunque se la llama "mujer cusita" (V.M.) o
"etíope," la esposa de Moisés era de origen madianita, y por lo
tanto, descendiente de Abrahán. En su
aspecto personal difería de los hebreos en que era un tanto más morena. Aunque no era israelita, Séfora adoraba al
Dios verdadero. Era de un temperamento
tímido, y retraído, tierno y afectuoso, y se afligía mucho en presencia de los
sufrimientos. Por ese motivo cuando
Moisés fue a Egipto, consintió él en que ella regresara a Madián. Quería evitarle la pena que le significaría
presenciar los juicios que iban a caer sobre los egipcios.
Cuando Séfora se reunió con su marido en el desierto,
vio que las cargas que llevaba estaban agotando sus fuerzas, y comunicó sus
temores a Jetro, quien sugirió que se tomasen medidas para aliviarle. Esta era la razón principal de la antipatía
de María hacia Séfora. Herida por el
supuesto desdén infligido a ella y a Aarón, y considerando a la esposa de
Moisés como causante de la situación, concluyó que la influencia de ella le
había impedido a Moisés que los consultara como lo había hecho antes. Si Aarón se hubiese mantenido firme de parte
de lo recto, habría impedido el mal; pero en vez de mostrarle a María lo
pecaminoso de su conducta, simpatizó con ella, prestó oídos a sus quejas, y así
llegó a participar de sus celos.
Moisés soportó sus acusaciones en silencio paciente y
sin queja. Fue la experiencia que
adquiriera durante los muchos años de trabajo y espera en Madián, el espíritu
de humildad y longanimidad que cultivara allí, lo que preparó a Moisés para
arrostrar con paciencia la incredulidad y la murmuración del pueblo, y el
orgullo y la envidia de los que hubieran debido ser sus asistentes firmes y
resueltos. "Y aquel varón Moisés
era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra," y por
este motivo Dios le otorgó más de su sabiduría y dirección que a todos los
demás. Dice la Escritura:
"Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su
carrera." (Sal. 25: 9.) Los mansos son dirigidos por el Señor, porque son
dóciles y dispuestos a recibir instrucción.
Tienen un deseo sincero de saber y hacer la voluntad de Dios. Esta es la promesa del Salvador: "El
que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios."
(Juan 7: 17.) y declara por medio del apóstol Santiago: "Y si alguno de
vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos
abundantemente, y no zahiere; y le será dada." (Sant. 1: 5.) Pero la
promesa es solamente para los que quieran seguirle del todo. Dios no fuerza la voluntad de nadie; por
consiguiente, no puede conducir a los que son demasiado orgullosos para recibir
instrucción, que se empeñan en hacer su propia voluntad. Acerca de quien adolezca duplicidad mental,
es decir quien procura seguir los dictados de su propia voluntad, mientras
profesa seguir la voluntad de Dios, se ha escrito: "No piense pues el tal
hombre que recibirá ninguna cosa del Señor." (Vers. 7.)
Dios había escogido a Moisés y le había investido de
su Espíritu; y por su murmuración María y Aarón se habían hecho culpables de
deslealtad, no sólo hacia el que fuera designado como su jefe sino también
hacia Dios mismo. Los murmuradores
sediciosos fueron convocados al tabernáculo y careados con Moisés. "Entonces Jehová descendió en la
columna de la nube, y púsose a la puerta del tabernáculo, y llamó a Aarón y a
María." No negaron sus aseveraciones acerca de las manifestaciones del don
de profecía por su intermedio; Dios podía haberles hablado en visiones y
sueños. Pero a Moisés, a quien el Señor
mismo declaró "fiel en toda mi casa," se le había otorgado una
comunión más estrecha. Con él Dios
hablaba "boca a boca." "¿Por qué pues no tuvisteis temor de
hablar contra mi siervo Moisés?
Entonces el furor de Jehová se encendió en ellos; y fuése." La nube
desapareció del tabernáculo como señal del desagrado de Dios, y María fue
castigada. Quedó "leprosa como la
nieve." A Aarón se le perdonó el castigo, pero el de María fue una severa
reprensión para él. Entonces, humillado
hasta el polvo el orgullo de ambos, Aarón confesó el pecado que habían cometido
e imploró al Señor que no dejara perecer a su hermana por aquel azote
repugnante y fatal. En respuesta a las
oraciones de Moisés, se limpió la lepra de María. Sin embargo, ella fue excluida del campo durante siete días. Tan sólo cuando quedó desterrada del
campamento volvió el símbolo del favor de Dios a posarse sobre el
tabernáculo. En consideración a su
elevada posición, y en señal de pesar por el golpe que ella había recibido,
todo el pueblo permaneció en Haseroth, en espera de su regreso.
Esta manifestación del desagrado del Señor tenía por
objeto advertir a todo Israel que pusiera coto al creciente espíritu de
descontento y de insubordinación. Si el
descontento y la envidia de María no hubiesen recibido una señalada reprensión,
habrían resultado en grandes males. La
envidia es una de las peores características satánicas que puedan existir en el
corazón humano, y es una de las más funestas en sus consecuencias. Dice el sabio: "Cruel es la ira, e
impetuoso el furor; mas ¿quién parará delante de la envidia?" (Prov. 27:
4.) Fue la envidia la que causó la primera discordia en el cielo, y el
albergarla ha obrado males indecibles entre los hombres. "Porque donde hay envidia y contención,
allí hay perturbación y toda obra perversa." (Sant. 3: 16.)
No debemos considerar como cosa baladí el hablar mal
de los demás, ni constituirnos nosotros mismos en jueces de sus motivos o
acciones. "El que murmura del
hermano, y juzga a su hermano, este tal murmura de la ley, y juzga a la ley;
pero si tú juzgas a la ley, no eres guardador de la ley, sino juez."
(Sant. 4: 11.) Sólo hay un juez, "el cual también aclarará lo oculto de
las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones." (1 Cor. 4: 5.) Y todo el que se encargue de
juzgar y condenar a sus semejantes usurpa la prerrogativa del Creador.
La Biblia nos enseña en forma especial que prestemos cuidado a no acusar precipitadamente a los llamados por Dios para que actúen como sus embajadores. El apóstol Pedro, al describir una clase de pecadores empedernidos, los llama "atrevidos, contumaces, que no temen decir mal de las potestades superiores: como quiera que los mismos ángeles, que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor." (2 Ped. 2: 10, 11.) Y Pablo, en sus instrucciones dadas a los que dirigen las iglesias, 406 dice: "Contra el anciano no recibas acusación sino con dos o tres testigos." (1 Tim. 5: 9.) El que impuso a ciertos hombres la pesada carga de ser dirigentes y maestros de su pueblo, hará a éste responsable de la manera en que trate a sus siervos. Hemos de honrar a quienes Dios honró. El castigo que cayo sobre María debe servir de reprensión para todos los que, cediendo a los celos, murmuren contra aquellos sobre quienes Dios puso la pesada carga de su obra.