EL PRIMER intento por derribar la ley de Dios, hecho
entre los inmaculados habitantes del cielo pareció por algún tiempo coronado de
éxito. Un inmenso número de ángeles fue
seducido; pero el aparente triunfo de Satanás se convirtió en derrota y
pérdida, y determinó su separación de Dios y su destierro del cielo.
Cuando se renovó el conflicto en la tierra, Satanás
volvió a ganar una aparente ventaja.
Por la transgresión, el hombre llegó a ser su cautivo, y el reino del
hombre cayó en manos del jefe de los rebeldes.
Pareció que Satanás tendría libertad para establecer un reino
independiente y para desafiar la autoridad de Dios y de su Hijo. Pero el plan de la redención hizo posible
que el hombre volviera a la armonía con Dios y a acatar su ley; y que tanto la
tierra como el hombre pudieran ser finalmente redimidos del poder del diablo.
Otra vez quedaba derrotado Satanás, y otra vez
recurrió al engaño, esperando transformar su derrota en victoria. Para incitar la rebelión de la raza caída,
hizo aparecer a Dios como injusto por haber permitido que el hombre violara su
ley. Dijo el artero tentador: "Si
Dios sabía cuál iba a ser el resultado, ¿por qué permitió que el hombre fuese
probado, que pecara, e introdujera la desgracia y la muerte?" Y los hijos
de Adán, olvidando la paciente misericordia, gracias a la cual se le ha
otorgado al hombre otra oportunidad, sin pensar en el tremendo y asombroso
sacrificio que su rebelión costaba al Rey del cielo, prestaron oídos al
tentador y murmuraron contra el único Ser que podría salvarlos del poder de
Satanás.
Millares de personas repiten hoy la misma rebelde
queja contra Dios. No comprenden que al
quitarle al hombre la libertad de elegir, le roban su prerrogativa como ser
racional y le convierten en un mero autómata.
No es el propósito de Dios forzar la voluntad de nadie. El hombre fue creado moralmente libre. Como los habitantes de todos los otros
mundos, debe ser sometido a la prueba de la obediencia; pero nunca se le coloca
en una situación en la cual se halle obligado a ceder al mal. No puede sobrevenirle tentación o prueba
alguna que no sea capaz de resistir.
Dios tomó medidas tales, que nunca tuvo el hombre que ser necesariamente
derrotado en su conflicto con Satanás.
A medida que se multiplicaron los hombres sobre la
tierra, casi todo el mundo se alistó en las filas de la rebelión. De nuevo Satanás pareció haber alcanzado la
victoria. Pero la omnipotencia divina
impidió otra vez el desarrollo de la iniquidad y, mediante el diluvio, la
tierra fue limpiada de su contaminación moral.
Dice el profeta: "Porque luego que hay juicios
tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia. Alcanzará piedad el impío, y no aprenderá
justicia; ... y no mirará a la majestad de Jehová." (Isa. 26: 9, 10.) Así
ocurrió después del diluvio. Ya libres
de los castigos del Señor, los habitantes de la tierra se rebelaron de nuevo
contra él. Dos veces el pacto de Dios y
sus estatutos fueron desechados por el mundo.
Tanto los antediluvianos como los descendientes de Noé rechazaron la
autoridad divina. Entonces Dios hizo un
pacto con Abrahán, y apartó para sí un pueblo que debía llegar a ser
depositario de su ley.
Satanás empezó en seguida a tender sus lazos para
seducir y destruir a este pueblo. Los
hijos de Jacob fueron inducidos a contraer matrimonio con gentiles y a adorar
sus ídolos. Pero José fue fiel a Dios,
y su fidelidad fue un testimonio constante de la verdadera fe. Para apagar esta
luz, obró Satanás mediante la envidia de los hermanos de José, quienes le vendieron
como esclavo a un pueblo pagano. Sin embargo,
Dios dirigió los acontecimientos para que su luz fuera comunicada al pueblo
egipcio. Tanto en la casa de Potifar
como en la cárcel, José recibió una educación y un adiestramiento que, con el
temor de Dios, le prepararon para su alta posición como primer ministro de la
nación. Desde el palacio de Faraón, se
sintió su influencia por todo el país, y por todas partes se divulgó el
conocimiento de Dios. En Egipto los
Israelitas alcanzaron prosperidad y riqueza y, hasta donde fueron fieles a
Dios, ejercieron una amplia influencia.
Los sacerdotes idólatras se alarmaron al ver que la nueva religión
ganaba favor. Satanás les inspiró su propia enemistad contra el Dios del cielo
y se propusieron apagar aquella luz.
Los sacerdotes eran los encargados de la educación del heredero del
trono y fue el espíritu de terca oposición a Dios y el celo por la idolatría lo
que modeló el carácter del futuro monarca, y le llevó a oprimir cruelmente a
los hebreos.
Durante los cuarenta años que siguieron a la huida de
Moisés de la tierra de Egipto, la idolatría pareció haber vencido en la
lucha. Año tras año las esperanzas de
los israelitas iban desfalleciendo.
Tanto el rey como el pueblo se regocijaban de su poder y se burlaban del
Dios de Israel. Este espíritu creció
hasta llegar a su mayor exaltación en el Faraón a quien enfrentó Moisés. Cuando el caudillo hebreo se presentó ante
el rey con un mensaje de "Jehová, el Dios de Israel," no fue su
ignorancia acerca del Dios verdadero la que le sugirió la respuesta, sino que
desafió el poder de Dios al responder: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga
su voz . . . ? Yo no conozco a
Jehová." Desde, el principio hasta el fin, la oposición de Faraón al
mandato divino no fue resultado de la ignorancia, sino del odio y de un
espíritu de desafío.
Aunque las egipcios habían rechazado durante tanto
tiempo el conocimiento de Dios, el Señor todavía les ofreció la oportunidad de
arrepentirse. En los días de José,
Egipto había servido de asilo para Israel; Dios había sido honrado en la bondad
mostrada a su pueblo; por lo tanto, el Paciente, tardo para la ira y lleno de
compasión, dio a cada castigo tiempo para realizar su obra; los egipcios,
maldecidos por las mismas cosas que adoraban, tuvieron evidencia del poder de
Jehová, y todos los que quisieron, pudieron someterse a Dios y escapar a sus
azotes. El fanatismo y la terquedad del
rey dieron por resultado la divulgación del conocimiento de Dios y muchos
egipcios, atraídos a él, se dedicaron a servirle.
Fue porque los israelitas estaban tan dispuestos a
unirse con los paganos y a imitar su idolatría por lo que Dios les había
permitido ir a Egipto, donde la influencia de José era grande y donde las
circunstancias eran favorables para permanecer en calidad de pueblo
diferente. Allí, además, la burda
idolatría de los egipcios, y su crueldad y opresión durante la última parte de
la estada de los hebreos entre ellos, hubieran debido inspirar en los israelitas
odio hacia la idolatría, y llevarlos a buscar refugio en el Dios de sus
padres. Pero esas mismas circunstancias
fueron convertidas por Satanás en instrumento para lograr sus fines, pues
ofuscó la mente de los israelitas y los indujo a imitar las costumbres
paganas. A causa de la supersticiosa
veneración que los egipcios rendían a los animales, no se les permitió a los
hebreos que ofrecieran sacrificios. Así
sus pensamientos no fueron dirigidos al gran Sacrificio por medio de este
culto, y su fe se debilitó.
Cuando llegó la hora de la liberación de Israel,
Satanás se propuso resistir los propósitos de Dios. Se empeñó en que aquel gran
pueblo, que contaba más de dos millones de almas, se mantuviera en la
ignorancia y la superstición. Al pueblo
a quien Dios había prometido bendecir y multiplicar, para hacerlo un poder
sobre la tierra, y por cuyo medio iba a revelar el conocimiento de su voluntad,
al pueblo que iba a ser el depositario de su ley, procuró Satanás mantenerlo en
la obscuridad y la servidumbre, con el fin de borrar de su memoria el recuerdo
de Dios.
Cuando se hicieron los milagros delante del rey,
Satanás estuvo presente para contrarrestar la influencia que podrían ejercer, e
impedir que Faraón reconociera la soberanía de Dios y que obedeciera su
mandato. Satanás obró hasta el límite
de su poder para falsificar la obra de Dios y resistir la voluntad divina. Lo único que obtuvo fue preparar el camino
para mayores manifestaciones del poder y de la gloria del Señor, y hacer aún
más evidente la existencia y soberanía del Dios verdadero y viviente, tanto
ante los israelitas como ante todo el pueblo egipcio.
Dios libró a Israel mediante extraordinarias
manifestaciones de su potencia, y con juicios sobre todos los dioses de
Egipto. "Y sacó a su pueblo con
gozo; con júbilo a sus escogidos. Y
dióles las tierras de las gentes; y las labores de las naciones heredaron: para
que guardasen sus estatutos, y observasen sus leyes." (Sal. 105: 43-45.)
Los rescató del estado de esclavitud en que se hallaban, para poder llevarlos a
una buena tierra, que en su providencia había preparado para ellos como un
refugio contra sus enemigos, a una tierra donde pudiesen vivir bajo la sombra
de sus alas. Quería atraerlos a sí
mismo, para rodearlos con sus brazos eternos; y les requirió que en retribución
a toda su bondad y misericordia hacia ellos no tuviesen dioses ajenos ante él,
el Dios viviente, y que ensalzaran su nombre y lo glorificaran en la tierra.
Durante su esclavitud en Egipto, muchos de los
israelitas habían perdido en alto grado el conocimiento de la ley de Dios, y
habían mezclado los preceptos divinos con costumbres y tradiciones
paganas. Dios los llevó al Sinaí, y
allí con su propia voz proclamó su ley.
Satanás y los ángeles malos asistieron a la
escena. Aun mientras Dios proclamaba su
ley a su pueblo, Satanás estaba urdiendo proyectos para inducirlo a pecar. Ante el mismo rostro del Cielo quería
arrebatar a este pueblo a quien Dios había elegido. Llevándolos a la idolatría, iba a destruir la eficacia de todo
culto; pues ¿cómo puede elevarse el hombre, adorando lo que es inferior a él
mismo y que puede simbolizarse con hechuras de sus propias manos? Si el hombre pudiera llegar a ser tan ciego
con respecto al poder, la majestad y la gloria del Dios infinito como para
representarle por medio de una imagen o hasta por medio de una bestia o un
reptil; si pudiera olvidar, hasta tal punto su propio parentesco divino; si
olvidara que fue hecho a la imagen de su Creador, hasta el punto de inclinarse
ante objetos repugnantes e irracionales; entonces quedaría el camino libre para
la plena licencia, se desencadenarían las malas pasiones de su corazón, y
Satanás ejercería dominio absoluto.
Al pie mismo del Sinaí, empezó Satanás a ejecutar sus
planes para derribar la ley de Dios y continuó así la obra que había iniciado
en el cielo. Durante los cuarenta días
que Moisés pasó en el monte con Dios, Satanás se ocupó en sembrar la duda, la
apostasía y la rebelión. Mientras Dios
escribía su ley, para entregarla al pueblo de su pacto, los israelitas, negando
su lealtad a Jehová, pedían dioses de oro.
Cuando Moisés regresó de la solemne presencia de la gloria divina, con
los preceptos de la ley a la cual el pueblo se había comprometido a obedecer,
hallé a éste en actitud de abierto desafío a los mandamientos de esa ley y
adorando una imagen de oro.
Al inducir a Israel a cometer este atrevido insulto y
esta blasfemia contra Jehová, Satanás se había propuesto causar la ruina
completa del pueblo. Puesto que se
habían manifestado tan envilecidos, tan privados de todo entendimiento acerca
de los privilegios y bendiciones que Dios les había ofrecido, y tan olvidados
de sus repetidas promesas solemnes de lealtad, Satanás creyó que el Señor los
repudiaría y los entregaría a la destrucción.
Así obtendría el exterminio de la simiente de Abrahán, esa simiente
prometida que había de preservar el conocimiento del Dios viviente, y mediante
la cual había de venir Aquel que había de ser la verdadera simiente, y que le
vencería a él, Satanás.
El gran rebelde había tramado destruir a Israel y así
frustrar los propósitos de Dios. Pero
otra vez fue derrotado. A pesar de ser
tan pecadores, los Israelitas no fueron destruidos. En tanto que los que se habían puesto tercamente del lado de
Satanás fueron eliminados, los humildes y los arrepentidos fueron perdonados
bondadosamente. La historia de este
pecado iba a destacarse como un testimonio perpetuo de la culpa y el castigo de
la idolatría, y de la justicia y longanimidad de Dios.
Todo el universo presenció las escenas del
Sinaí. En la actuación de las dos
administraciones se vio el contraste entre el gobierno de Dios y el de
Satanás. Otra vez los inmaculados
habitantes de los otros mundos volvieron a ver los resultados de la apostasía
de Satanás, y la clase de gobierno que él habría establecido en el cielo, si se
le hubiera dejado dominar.
Al hacer que los hombres violaran el segundo
mandamiento, Satanás se propuso degradar el concepto que tenían del Ser
divino. Anulando el cuarto mandamiento,
les haría olvidar completamente a Dios.
El hecho de que Dios demande reverencia y adoración por sobre los dioses
paganos se funda en que él es el Creador, y que todas las demás criaturas le
deben a él su existencia. Así lo
presenta la Biblia. Dice el profeta
Jeremías: "Jehová Dios es la verdad; él es Dios vivo y Rey eterno: . . .
los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, perezcan de la tierra y de
debajo de estos cielos. El que hizo la
tierra con su potencia, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió
los cielos con su prudencia. . . . Todo hombre se embrutece y le falta ciencia;
avergüéncese de su vaciadizo todo fundidor; porque mentira es su obra de
fundición, y no hay espíritu en ellos; vanidad son, obras de escarnios: en el
tiempo de su visitación perecerán. No es como ellos la suerte de Jacob: porque
él es el Hacedor de todo." (Jer. 10: 10-16.)
El sábado, como recordatorio del poder creador de
Dios, le señala a él como Hacedor de los cielos y de la tierra. Por lo tanto, es un testimonio perpetuo de
su existencia, y un recuerdo de su grandeza, su sabiduría y su amor. Si el sábado se hubiera santificado siempre,
jamás habría podido haber ateos ni idólatras.
La institución del sábado, que tiene su origen en el
Edén, es tan antigua como el mundo mismo. Ese día fue observado por todos los
patriarcas, desde la creación en adelante.
Durante su servidumbre en Egipto, los israelitas fueron obligados por
sus amos a violar el sábado, y perdieron en gran parte el conocimiento de su
santidad. Cuando se proclamó la ley en
el Sinaí, las primeras palabras del cuarto mandamiento fueron: "Acuérdate
de santificar el día de sábado," lo cual demuestra que el sábado no se
instituyó entonces; se señala su origen haciéndolo remontar a la creación. Para borrar a Dios de la mente de los
hombres, Satanás se propuso derribar este gran monumento recordativo. Si pudiera inducir a los hombres a olvidar a
su Creador, ya no harían esfuerzos para resistir al poder del mal, y Satanás
estaría seguro de su presa.
La enemistad de Satanás contra la ley de Dios lo ha
incitado a guerrear contra cada precepto del Decálogo. Con el gran principio del amor y la lealtad
hacia Dios, el Padre de todos, se relaciona estrechamente el principio del amor
y la obediencia a los padres. El
despreciar la autoridad de los padres lleva pronto a despreciar la autoridad de
Dios. Así se explican los esfuerzos de
Satanás por menoscabar la autoridad del quinto mandamiento. Entre los paganos se prestaba poca atención
al principio ordenado en este precepto.
En muchas naciones se solía abandonar a los padres o darles muerte
cuando la vejez los incapacitaba para cuidarse a sí mismos. En la familia, se trataba a la madre con
poco respeto, y después de la muerte de su esposo, se le exigía que se
sometiera a la autoridad del hijo mayor.
Moisés insistió en la obediencia filial; pero cuando los israelitas se
apartaron de Dios, menospreciaron el quinto mandamiento junto con los otros.
Satanás "homicida ha sido desde el
principio" (Juan 8: 44), y en cuanto tuvo poder sobre los seres humanos,
no sólo los incitó a odiarse y matarse mutuamente, sino también a desafiar
atrevidamente la autoridad de Dios, hasta el punto de violar el sexto
mandamiento como parte de su religión.
Merced a los conceptos pervertidos de lo que son los
atributos divinos, los paganos fueron inducidos a creer que los sacrificios
humanos eran necesarios para obtener el favor de sus dioses; y las crueldades
más horribles se han perpetrado bajo diferentes formas de idolatría. Entre éstas se contaba la costumbre de hacer
pasar a los hijos por el fuego ante ídolos.
Cuando uno de ellos salía ileso de esta prueba del fuego, la gente creía
que su ofrenda había sido aceptada; al niño así librado se le consideraba extraordinariamente
favorecido por los dioses. Era colmado de beneficios, y después muy estimado; y
por graves que fuesen sus crímenes, nunca se le castigaba. Pero si alguno se
quemaba al pasar por el fuego, su suerte estaba decidida; se creía que la ira
de los dioses sólo podía satisfacerse quitando la vida a la víctima, y por
consiguiente era ofrecida como sacrificio.
En épocas de gran apostasía, estas abominaciones prevalecieron hasta
cierto grado, aun entre los israelitas.
También la violación del séptimo mandamiento se
practicó antiguamente en nombre de la religión. Los ritos más licenciosos y
abominables llegaron a formar parte del culto pagano. Hasta los dioses mismos se representaban como impuros, y sus
adoradores daban rienda suelta a las pasiones bajas. Prevalecían vicios contra la naturaleza, y las fiestas religiosas
se caracterizaban por una impureza general y pública.
La poligamia se practicó desde tiempos muy
antiguos. Fue uno de los pecados que
trajo la ira de Dios sobre el mundo antediluviano y sin embargo, después del
diluvio esa práctica volvió a extenderse.
Hizo Satanás un premeditado esfuerzo para corromper la institución del
matrimonio, debilitar sus obligaciones, y disminuir su santidad; pues no hay
forma más segura de borrar la imagen de Dios en el hombre, y abrir la puerta a
la desgracia y al vicio.
Desde el principio de la gran controversia, se
propuso Satanás desfigurar el carácter de Dios, y despertar rebelión contra su
ley; y esta obra parece coronada de éxito.
Las multitudes prestan atención a los engaños de Satanás y se vuelven
contra Dios. Pero en medio de la obra
del mal, los propósitos de Dios progresan con firmeza hacia su
realización. El manifiesta su justicia
y benevolencia hacia todos los seres inteligentes creados por él. A causa de las tentaciones de Satanás, todos
los miembros de la raza humana se han convertido en transgresores de la ley
divina; pero en virtud del sacrificio de su Hijo se abre un camino por el cual
pueden regresar a Dios. Por medio de la
gracia de Cristo pueden llegar a ser capaces de obedecer la ley del Padre. Así
en todos los tiempos, de entre la apostasía y la rebelión Dios saca a un pueblo
que le es fiel un pueblo "en cuyo corazón está" su "ley."
(Isa. 51: 7)
Satanás sedujo a los ángeles mediante el engaño; así
también fue como en todo tiempo realizó su obra entre los hombres, y seguirá
usando este procedimiento hasta el fin.
Si él confesase abiertamente que está haciendo la guerra a Dios y a su
ley, los hombres procurarían precaverse contra él; pero Satanás se disfraza y
combina la verdad con el error. Las
mentiras más peligrosas son las que están mezcladas con la verdad. De ahí que se acepten errores que cautivan y
arruinan el alma. Valiéndose de este
método, Satanás arrastra al mundo consigo.
Pero se acerca el día en que su triunfo terminará para siempre.
El proceder de Dios respecto a la rebelión
desenmascarara completamente la obra que durante tanto tiempo se ha hecho en
forma oculta. Los resultados del
dominio de Satanás y del rechazamiento de los estatutos divinos quedarán
revelados a la vista de todos los seres racionales. La ley de Dios está plenamente vindicada. Se verá que todos los actos de Dios tuvieron
por fin el bien eterno de su pueblo y de todos los mundos creados. Satanás mismo, en presencia del universo, confesará
la justicia del gobierno de Dios y la rectitud de su ley. No está lejos el
tiempo en que Dios se levantará para vindicar su autoridad agraviada. "He aquí que Jehová sale de su lugar,
para visitar la maldad del morador de la tierra contra él." (Isa. 26: 21.)
"¿Quién podrá sufrir el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar cuando
él se mostrará?" (Mal. 3: 2.) A causa de su pecaminosidad, se le prohibió
al pueblo de Israel acercarse al monte cuando Dios estaba por descender sobre
él para proclamar su ley, para evitar que fuese consumido por la abrazadora
gloria de su presencia. Si tales
manifestaciones de su poder señalaron el sitio escogido para la proclamación de
su ley, ¡cuán pavoroso no será su tribunal cuando venga para aplicar el juicio
de estos sagrados estatutos! ¿Cómo soportarán su gloria en el gran día de la
retribución final los que pisotearon su autoridad?
Los terrores del Sinaí debían darle al pueblo una
idea de las escenas del juicio. El
sonido de una trompeta llamó a Israel a presentarse ante Dios. La voz del arcángel y la trompeta de Dios
llamarán a la presencia del Juez desde todos los confines de la tierra tanto a
los vivos como a los muertos. El Padre
y el Hijo, asistidos por una multitud de ángeles, estaban presentes en el
monte. En el gran día del juicio, Cristo vendrá "en la gloria de su Padre
con sus ángeles." "Entonces se sentará sobre el trono de su
gloria. Y serán reunidas delante de él
todas las gentes." (Mat. 16: 27; 25: 31, 32.)
Cuando se manifestó la presencia divina en el Sinaí,
la gloria del Señor era ante la vista de todo Israel como un fuego
devorador. Pero cuando venga Cristo en
gloria con sus santos ángeles, toda la tierra resplandecerá con el tremendo
fulgor de su presencia. "Vendrá
nuestro Dios, y no callará: fuego consumirá delante de él, y en derredor suyo
habrá tempestad grande. Convocará a los
cielos de arriba, y a la tierra, para juzgar a su pueblo." (Sal. 50: 3, 4)
De él procederá una corriente de fuego que fundirá los elementos con su ardiente
calor; y la tierra y las obras que hay en ella serán consumidas. "Se
manifestará el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia, en llama
de fuego, para dar el pago a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al
evangelio." (2 Tes. 1: 7, 8)
Nunca, desde que se creó al hombre, se había
presenciado semejante manifestación del poder divino como cuando se proclamó la
ley desde el Sinaí. "La tierra
tembló; también destilaron los cielos a la presencia de Dios: aquel Sinaí
tembló delante de Dios, del Dios de Israel." (Sal. 68: 8.) En medio de las
más terríficas convulsiones de la naturaleza, la voz de Dios se oyó como una
trompeta desde la nube. El monte fue
sacudido desde la base hasta la cima, y las huestes de Israel, demudadas y
temblorosas, cayeron de hinojos.
Aquel, cuya voz hizo entonces temblar la tierra, ha
declarado: "Aun una vez, y yo conmoveré no solamente la tierra, mas aun el
cielo." La Escritura dice: "Jehová bramará desde lo alto, y desde la
morada de su santidad dará su voz," "y temblarán los cielos y la
tierra." En aquel gran día que se acerca, el cielo mismo se apartará
"como un libro que es envuelto." Y todo monte y toda isla se moverán
de su sitio. "Temblará la tierra
vacilando como un borracho, y será removida como una choza; y agravaráse sobre
ella su pecado, y caerá, y nunca más se levantará." (Heb. 12: 26; Jer. 25: 30; Joel 3: 16; Apoc. 6:
14; Isa. 24: 20.)
"Por tanto, se enervarán todas las manos, y
desleiráse todo corazón de hombre: y se llenarán de terror; angustias y dolores
los comprenderán; ... pasmaráse cada cual al mirar a su compañero; sus rostros,
rostros de llamas." "Y visitaré la maldad sobre el mundo, y sobre los
impíos su iniquidad; y haré que cese la arrogancia de los soberbios, y abatiré
la altivez de los fuertes." (Isa.
13: 7, 8, 11; Jer. 30: 6.)
Cuando Moisés regresó de su encuentro con la divina
presencia en el monte, donde había recibido las tablas del testimonio, el
culpable Israel no pudo soportar la luz que glorificaba su semblante. ¡Cuánto
menos podrán los transgresores mirar al Hijo de Dios cuando aparezca en la
gloria de su Padre, rodeado de todas las huestes celestiales, para ejecutar el
juicio sobre los transgresores de su ley y sobre los que rechazan su sacrificio
expiatorio! Los que menospreciaron la
ley de Dios y pisotearon bajo sus pies la sangre de Cristo, "los reyes de
la tierra, y los príncipes, y los ricos, y los capitanes, y los fuertes,"
se esconderán "en las cuevas y entre las peñas de los montes," y
dirán a los montes y a las rocas: "Caed sobre nosotros, y escondednos de la
cara de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero porque
el gran día de su ira es venido; y ¿quién podrá estar firme?" En
"aquel día arrojará el hombre, a los topos y murciélagos, sus ídolos de
plata y sus ídolos de oro, . . . y se entrarán en las hendiduras de las rocas,
y en las cavernas de las peñas, por la presencia formidable de Jehová, y por el
resplandor de su majestad, cuando se levantaré para herir la tierra."
(Apoc. 6: 15-17; Isa. 2: 20, 21.)
Entonces se verá que la rebelión de Satanás contra
Dios dio como resultado la ruina de sí mismo, y de todos los que eligieron ser
sus súbditos. El hizo creer que de la
transgresión resultaría un gran bien; pero se verá que "la paga del pecado
es muerte." "Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno; y
todos los soberbios, y todos los que hacen maldad, serán estopa; y aquel día
que vendrá, los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, el cual no les
dejará ni raíz ni rama." Satanás, la raíz de todo pecado, y todos los obradores
del mal, que son sus ramas, serán completamente extirpados. Se pondrá fin al pecado, y a toda la
aflicción y ruina que acarreó. El
salmista dice: "Destruiste al malo, raíste el nombre de ellos para siempre
jamás. Oh enemigo, acabados son para
siempre los asolamientos." (Rom. 6: 23; Mal. 4: 1; Sal. 9: 5, 6.)
Pero en medio de la tempestad de los castigos
divinos, los hijos de Dios no tendrán ningún motivo para temer. "Jehová será la esperanza de su pueblo,
y la fortaleza de los hijos de Israel." El día que traerá terror y
destrucción para los transgresores de la ley de Dios, para los obedientes
significará "gozo inefable y glorificado." "Juntadme mis santos
-dirá el Señor;- los que hicieron conmigo pacto con sacrificio. Y denunciarán los cielos su justicia; porque
Dios es el juez." (Joel 3: 16; 1 Ped. 1: 8; Sal. 50: 5, 6.)
"Entonces os tomaréis, y echaréis de ver la
diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le
sirve." "Oídme, los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón
está mi ley." "He aquí he quitado de tu mano el cáliz de aturdimiento
. . . nunca más lo beberás." "Yo, yo soy vuestro consolador."
"Porque los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se
apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, dijo Jehová, el
que tiene misericordia de ti." (Mal. 3: 18; Isa 51: 7, 22, 12; 54: 10.)
El gran plan de la redención dará por resultado el
completo restablecimiento del favor de Dios para el mundo. Será restaurado todo lo que se perdió a causa
del pecado. No sólo el hombre, sino
también la tierra, será redimida, para que sea la morada eterna de los
obedientes. Durante seis mil años,
Satanás luchó por mantener la posesión de la tierra. Pero se cumplirá el propósito original de Dios al crearla. "Tomarán el reino los santos del
Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, y hasta el siglo de los
siglos." (Dan 7: 18)
"Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, sea alabado el nombre de Jehová." "En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre." "Y Jehová será Rey sobre toda la tierra." La Sagrada Escritura dice: "Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos." "Fieles son todos sus mandamientos; afirmados por siglo de siglo." Los sagrados estatutos que Satanás ha odiado y ha tratado de destruir, serán honrados en todo el universo inmaculado. Y "como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su simiente, así el Señor Jehová hará brotar justicia y alabanza delante de todas las gentes." (Sal. 113: 3; Zac. 14: 9; Sal. 119: 89; 111: 7, 8; Isa. 61: 1.)