LA AUSENCIA de Moisés fue para Israel un tiempo de
espera e incertidumbre. El pueblo sabía
que él había subido al monte con Josué, y que había entrado en la densa y
obscura nube que se veía desde la llanura, sobre la cúspide del monte, y era
iluminada de tanto en tanto por los rayos de la divina presencia. Esperaron ansiosamente su regreso. Acostumbrados como estaban en Egipto a
representaciones materiales de los dioses, les era difícil confiar en un Ser
invisible, y habían llegado a depender de Moisés para mantener su fe. Ahora él se había alejado de ellos. Pasaban los días y las semanas, y aún no
regresaba. A pesar de que seguían viendo
la nube, a muchos les parecía que su dirigente los había abandonado, o que
había sido consumido por el fuego devorador.
Durante este período de espera, tuvieron tiempo para
meditar acerca de la ley de Dios que habían oído, y preparar sus corazones para
recibir las futuras revelaciones que Moisés pudiera hacerles. Pero no dedicaron mucho tiempo a esta
obra. Si se hubieran consagrado a
buscar un entendimiento más claro de los requerimientos de Dios, y hubieran
humillado sus corazones ante él, habrían sido escudados contra la
tentación. Pero no obraron así y pronto
se volvieron descuidados, desatentos y licenciosos. Esto ocurrió especialmente entre la "multitud mixta."
(V.M.) Sentían impaciencia por seguir hacia la tierra prometida, que fluía
leche y miel. Les había sido prometida
a condición de que obedecieran; pero habían perdido de vista ese
requisito. Algunos sugirieron el
regreso a Egipto; pero ya fuera para seguir hacia Canaán o para volver a
Egipto, la masa del pueblo resolvió no esperar más a Moisés.
Sintiéndose desamparados debido a la ausencia de su
jefe, volvieron a sus antiguas supersticiones.
La "multitud mixta" fue la primera en entregarse a la
murmuración y la impaciencia, y de su seno salieron los cabecillas de la
apostasía que siguió. Entre los objetos
considerados por los egipcios como símbolos de la divinidad estaba el buey, o
becerro; y por indicación de los que habían practicado esta forma de idolatría
en Egipto, hicieron un becerro y lo adoraron.
El pueblo deseaba alguna imagen que representara a Dios, y que ocupara
ante ellos el lugar de Moisés.
Dios no había revelado ninguna semejanza de sí mismo
y había prohibido toda representación material que se propusiera hacerlo. Los extraordinarios milagros hechos en
Egipto y en el mar Rojo tenían por fin establecer la fe en Jehová como el
invisible y todopoderoso Ayudador de Israel, como el único Dios verdadero. Y el deseo de alguna manifestación visible
de su presencia había sido atendido con la columna de nube y fuego que había
guiado al pueblo, y con la revelación de su gloria sobre el monte Sinaí. Pero estando la nube de la presencia divina
todavía ante ellos, volvieron sus corazones hacia la idolatría de Egipto, y
representaron la gloria del Dios invisible por "la imagen de un
buey." (Véase Éxodo 32-34.)
En ausencia de Moisés, el poder judicial había sido
confiado a Aarón, y una enorme multitud se reunió alrededor de su tienda para
presentarle esta exigencia: "Levántate, haznos dioses que vayan delante de
nosotros; porque a este Moisés, aquel varón que nos sacó de la tierra de
Egipto, no sabemos qué le haya acontecido." (Véase el Apéndice, nota 7.)
La nube, dijeron ellos, que hasta ahora los guiara, se había posado
permanentemente sobre el monte, y ya no dirigía mas su peregrinación. Querían tener una imagen en su lugar; y si,
como se había sugerido, decidían volver a Egipto, hallarían favor ante los
egipcios si llevaban esa imagen ante ellos y la reconocían como su dios.
Para hacer frente a semejante crisis hacía falta un
hombre de firmeza, decisión, y ánimo imperturbable, un hombre que considerara
el honor de Dios por sobre el favor popular, por sobre su seguridad personal y
su misma vida. Pero el jefe provisorio
de Israel no tenía ese carácter. Aarón
reconvino débilmente al pueblo, y su vacilación y timidez en el momento crítico
sólo sirvieron para hacerlos más decididos en su propósito. El tumulto creció. Un frenesí ciego e
irrazonable pareció posesionarse de la multitud. Algunos permanecieron fieles a su pacto con Dios; pero la mayor
parte del pueblo se unió a la apostasía.
Unos pocos, que osaron denunciar la propuesta imagen como idolatría,
fueron atacados y maltratados, y en la confusión y el alboroto perdieron
finalmente la vida.
Aarón temió por su propia seguridad; y en vez de
ponerse noblemente de parte del honor de Dios, cedió a las demandas de la
multitud. Su primer acto fue ordenar
que el pueblo quitara todos sus aretes de oro y se los trajera. Esperaba que el orgullo haría que rehusaran
semejante sacrificio. Pero entregaron
de buena gana sus adornos, con los cuales él fundió un becerro semejante a los
dioses de Egipto. El pueblo exclamó:
"Israel, éstos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de
Egipto." Con vileza,. Aarón
permitió este insulto a Jehová. Y fue
aún más lejos. Viendo la satisfacción
con que se había recibido el becerro de oro, hizo construir un altar ante él e
hizo proclamar: "Mañana será fiesta a Jehová." El anuncio fue
proclamado por medio de trompetas de compañía en compañía por todo el
campamento. "Y el día siguiente
madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron pacíficos: y sentóse el
pueblo a comer y a beber, y levantáronse a regocijarse." Con el pretexto
de celebrar una "fiesta a Jehová," se entregaron a la glotonería y la
orgía licenciosa.
¡Cuán a menudo, en nuestros propios días, se disfraza
el amor al placer bajo la "apariencia de piedad"! Una religión que permita a los hombres,
mientras observan los ritos del culto, dedicarse a la satisfacción del egoísmo
o la sensualidad, es tan agradable a las multitudes actuales como lo fue en los
días de Israel. Y hay todavía Aarones
dóciles que, mientras desempeñan cargos de autoridad en la iglesia, ceden a los
deseos de los miembros no consagrados, y así los incitan al pecado.
Habían pasado sólo unos pocos días desde que los
hebreos habían hecho un pacto solemne con Dios, prometiendo obedecer su
voz. Habían temblado de terror ante el
monte, al escuchar las palabras del Señor: "No tendrás otros dioses
delante de mí." (Ex. 20:3, V.T.A.) La gloria de Dios que aun cubría el
Sinaí estaba a la vista de la congregación; pero ellos le dieron la espalda y
pidieron otros dioses. "Hicieron
becerro en Horeb, y encorváronse a un vaciadizo. Así trocaron su gloria por la imagen de un buey." (Sal.
106:19, 20.) ¡Cómo podrían haber demostrado mayor ingratitud, o insultado más
osadamente al que había sido para ellos un padre tierno y un rey todopoderoso!
Mientras Moisés estaba en el monte, se le comunicó la
apostasía ocurrida en el campamento, y se le indicó que regresara
inmediatamente. "Anda, desciende
-fueron las palabras de Dios,- porque tu pueblo que sacaste de tierra de Egipto
se ha corrompido: presto se han apartado del camino que yo les mandé, y se han
hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y han sacrificado a él."
Dios hubiera podido detener el movimiento desde un principio; pero toleró que
llegara hasta este punto para enseñar una lección mediante el castigo que iba a
dar a la traición y la apostasía.
El pacto de Dios con su pueblo había sido anulado, y
él declaró a Moisés: "Ahora pues, déjame que se encienda mi furor en
ellos, y los consuma: y a ti yo te pondré sobre gran gente."
El pueblo de Israel, especialmente la "multitud
mixta," estaba siempre dispuesto a rebelarse contra Dios. También murmuraban contra Moisés y le
afligían con su incredulidad y testarudez, por lo cual iba a ser una obra
laboriosa y aflictiva conducirlos hasta la tierra prometida. Sus pecados ya les habían hecho perder el
favor de Dios, y la justicia exigía su destrucción. El Señor, por lo tanto, dispuso destruirlos, y hacer de Moisés
una nación poderosa.
"Ahora pues, déjame que se encienda mi furor en
ellos, y los consuma," había dicho el Señor. Si Dios se había propuesto destruir a Israel, ¿quién podía
interceder por ellos? ¡Cuántos hubieran abandonado a los pecadores a su suerte!
¡Cuántos hubieran cambiado de buena gana el trabajo, la carga y el sacrificio,
compensados con ingratitud y murmuración, por una posición más cómoda y
honorable, cuando era Dios mismo el que ofrecía cambiar la situación!
Pero Moisés vio una base de esperanza donde sólo
aparecían motivos de desaliento e ira.
Las palabras de Dios: "Ahora pues, déjame," las entendió, no
como una prohibición, sino como un aliciente a interceder; entendió que nada
excepto sus oraciones podía salvar a Israel, y que si él lo pedía, Dios
perdonaría a su pueblo. "Oró a la
faz de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor en tu
pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran fortaleza, y con mano
fuerte?"
Dios había dado a entender que rechazaba a su
pueblo. Había hablado a Moisés como de
"tu pueblo que [tú] sacaste de tierra de Egipto." Pero Moisés
humildemente no aceptó que él fuera el jefe de Israel. No era su pueblo, sino el de Dios, "tu
pueblo que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran fortaleza, y con mano
fuerte. ¿Por qué -continuó- han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los
sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la haz de, la
tierra?"
Durante los pocos meses transcurridos desde que
Israel había salido de Egipto, los informes de su maravillosa liberación se
habían difundido entre todas las naciones circunvecinas. Un gran temor y
terribles presagios dominaban a los paganos.
Todos estaban observando para ver qué haría el Dios de Israel por su
pueblo. Si éste era destruido ahora,
sus enemigos triunfarían, y Dios sería deshonrado. Los egipcios alegarían que sus acusaciones eran verdaderas, que
Dios, en lugar de dirigir a su pueblo al desierto para que hiciera sacrificios,
lo había llevado para sacrificarlo. No
tendrían en cuenta los pecados de Israel; la destrucción del pueblo al cual
Dios había honrado tan señaladamente cubriría de oprobio su nombre. ¡Cuan
grande es la responsabilidad que descansa sobre aquellos a quienes Dios honró
en gran manera para enaltecer su nombre en la tierra! ¡Con cuánto cuidado
debieran evitar el pecado para no provocar los juicios de Dios y no hacer que
su nombre sea calumniado por los impíos!
Mientras Moisés intercedía por Israel, perdió su
timidez, movido por el profundo interés y amor que sentía hacia aquellos en cuyo
favor él había hecho tanto como instrumento en las manos de Dios. El Señor escuchó sus súplicas, y otorgó lo
que pedía tan desinteresadamente.
Examinó a su siervo; probó su fidelidad y su amor hacia aquel pueblo
ingrato, inclinado a errar, y Moisés soportó noblemente la prueba. Su interés por Israel no provenía de motivos
egoístas. Apreciaba la prosperidad del
pueblo escogido de Dios más que su honor personal, más que el privilegio de
llegar a ser el padre de una nación poderosa.
Dios se sintió complacido por la fidelidad de Moisés, por su sencillez
de corazón y su integridad; y le dio, como a un fiel pastor, la gran misión de
conducir a Israel a la tierra prometida.
Cuando Moisés y Josué bajaron del monte, aquél con
"las dos tablas del testimonio," oyeron los gritos de la multitud
excitada, que evidentemente se hallaba en estado de alocada conmoción. Josué,
como soldado, pensó primero que se trataba de un ataque de sus enemigos. "Alarido de pelea hay en el
campo," dijo. Pero Moisés juzgó
más acertadamente la naturaleza de la conmoción. No era ruido de combate, sino de festín. "No es eco de algazara de fuertes, ni
eco de alaridos de flacos: algazara de cantar oigo yo."
Al acercarse más al campamento, vieron al pueblo que
gritaba y bailaba alrededor de su ídolo.
Era una escena de libertinaje pagano, una imitación de las fiestas
idólatras de Egipto; pero ¡cuán distinta era del solemne y reverente culto de
Dios! Moisés quedó anonadado. Venía de la presencia de la gloria de Dios,
y aunque se le había advertido lo que pasaba, no estaba preparado para aquella
terrible muestra de la degradación de Israel.
Su ira se encendió. Para
demostrar cuánto aborrecía ese crimen, arrojó al suelo las tablas de piedra,
que se quebraron a la vista del pueblo, dando a entender en esta forma que así
como ellos habían roto su pacto con Dios, así también Dios rompía su pacto con
ellos.
Moisés entró en el campamento, atravesó la multitud
enardecida y, asiendo el ídolo, lo arrojó al fuego. Después lo hizo polvo, y esparciéndolo en el arroyo que descendía
del monte, ordenó al pueblo beber de él.
Así les demostró la completa inutilidad del dios que habían estado
adorando.
El gran jefe hizo comparecer ante él a su hermano
culpable, y le preguntó severamente: "¿Qué te ha hecho este pueblo, que
has traído sobre él tan gran pecado?" Aarón trató de defenderse explicando
los clamores del pueblo; dijo que si no hubiera accedido a sus deseos, lo
habrían matado. "No se enoje mi señor
-dijo;- tú conoces el pueblo, que es inclinado a mal. Porque me dijeron: Haznos dioses que vayan delante de nosotros,
que a este Moisés, el varón que nos sacó de tierra de Egipto, no sabemos qué le
ha acontecido. Y yo les respondí:
¿Quién tiene oro? apartadlo. Y
diéronmelo, y echélo en el fuego, y salió este becerro." Trató de hacerle
creer a Moisés que se había obrado un milagro, que el oro había sido arrojado
al fuego, y que mediante una fuerza sobrenatural se convirtió en un
becerro. Pero de nada le valieron sus
excusas y subterfugios. Fue tratado
como el principal ofensor.
El hecho de que Aarón había sido bendecido y honrado
más que el pueblo, hacía tanto más odioso su pecado. Fue Aarón, "el santo de Jehová" (Sal. 106: 16), el que
había hecho el ídolo y anunciado la fiesta.
Fue él, que había sido nombrado portavoz de Moisés y acerca de quien
Dios mismo había manifestado: "Yo sé que él puede hablar bien" (Exo.
4: 14), el que no impidió a los idólatras que cumplieran su osado propósito
contra el Cielo. Fue Aarón, por medio
de quien Dios había obrado y enviado juicios sobre los egipcios y sus dioses,
el que sin inmutarse oyó proclamar ante la imagen fundida: "Estos son tus
dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto." Fue él, que presenció la
gloria del Señor cuando estuvo con Moisés en el monte y que no había visto nada
en ella de lo cual pudiese hacerse una imagen, el que trocó aquella gloria en
la semejanza de un becerro. Fue él, a
quien Dios había confiado el gobierno del pueblo en ausencia de Moisés, el que
sancionó la rebelión del pueblo, por lo cual "contra Aarón también se
enojó Jehová en gran manera para destruirlo." (Deut. 9: 20.) Pero en
respuesta a la vehemente intercesión de Moisés, se le perdonó la vida; y porque
se humilló y se arrepintió de su gran pecado fue restituido al favor de Dios.
Si Aarón hubiera tenido valor para sostener lo recto,
sin importarle las consecuencias, habría podido evitar aquella apostasía. Si hubiera mantenido inalterable su
fidelidad a Dios, si hubiera recordado al pueblo los peligros del Sinaí y su
pacto solemne con Dios, por el cual se habían comprometido a obedecer su ley,
se habría impedido el mal. Pero su
sumisión a los deseos del pueblo y la tranquila seguridad con la cual procedió
a llevar a cabo los planes de ellos, los llevó a hundirse en el pecado más de
lo que habían pensado.
Cuando, al regresar al campamento, Moisés enfrentó a
los rebeldes, sus severas reprensiones y la indignación que manifestó al
quebrar las sagradas tablas de la ley contrastaron con el discurso agradable y
el semblante digno de su hermano, y las simpatías de todos estuvieron con
Aarón. Para justificarse, Aarón trató
de culpar al pueblo por la debilidad que él mismo había manifestado al acceder
a sus exigencias; pero a pesar de esto el pueblo seguía admirando su bondad y
paciencia. Pero Dios no ve como ven los
hombres. El espíritu indulgente de
Aarón y su deseo de agradar le habían cegado de modo que no vio la enormidad
del crimen que estaba sancionando. Su
proceder, al apoyar el pecado de Israel, costó la vida de miles de personas.
¡Cómo contrasta esto con la forma de actuar de Moisés, quien, mientras
ejecutaba fielmente los juicios de Dios, demostró que el bienestar de Israel le
era más caro que su propia prosperidad, su honor, o su vida!
De todos los pecados que Dios castigará, ninguno es
más grave ante sus ojos que el de aquellos que animan a otros a cometer el
mal. Dios quisiera que sus siervos
demuestren su lealtad reprendiendo fielmente la transgresión, por penoso que
sea hacerlo. Aquellos que han recibido
el honor de un mandato divino, no han de ser débiles y dóciles
contemporizadores. No han de perseguir
la exaltación propia ni evitar los deberes desagradables, sino que deben
realizar la obra de Dios con una fidelidad inflexible.
Aunque al perdonar la vida a Israel, Dios había
concedido lo pedido por Moisés, su apostasía había de castigarse
señaladamente. Si la licencia e
insubordinación en que Aarón les había permitido caer no se reprimían
prestamente, concluirían en una abierta impiedad y arrastrarían a la nación a
una perdición irreparable. El mal debe
eliminarse con inflexible severidad.
Poniéndose a la entrada del campamento, Moisés clamó
ante el pueblo: "¿Quién es de Jehová? júntese conmigo." Los que no
habían participado en la apostasía debían colocarse a la derecha de Moisés; los
que eran culpables, pero se habían arrepentido, a la izquierda. La orden fue obedecida. Se encontró que la tribu de Leví no había
participado del culto idólatra. Entre
las otras tribus había muchos que, aunque habían pecado, manifestaron
arrepentimiento. Pero un gran grupo
formado en su mayoría por la "multitud mixta," que instigara la
fundición del becerro, persistió tercamente en su rebelión.
En el nombre del Señor Dios de Israel, Moisés ordenó
a los que estaban a su derecha y que se habían mantenido limpios de la
idolatría, que empuñaran sus espadas y dieran muerte a todos los que
persistíais en la rebelión. "Y
cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres." Sin tomar en
cuenta la posición, la parentela ni la amistad, los cabecillas de la rebelión
fueron exterminados; pero todos los que se arrepintieron y humillaron,
alcanzaron perdón.
Los que llevaron a cabo este terrible castigo, al
ejecutar la sentencia del Rey del cielo, procedieron en nombre de la autoridad
divina. Los hombres deben precaverse de
cómo en su ceguedad humana juzgan y condenan a sus semejantes; pero cuando Dios
les ordena ejecutar su sentencia sobre la iniquidad, deben obedecer. Los que cumplieron ese penoso acto,
manifestaron con ello que aborrecían la rebelión y la idolatría, y se
consagraron más plenamente al servicio del verdadero Dios. El Señor honró su fidelidad, otorgando una
distinción especial a la tribu de Leví.
Los israelitas eran culpables de haber traicionado a
un Rey que los había colmado de beneficios, y cuya autoridad se habían
comprometido voluntariamente a obedecer.
Para que el gobierno divino pudiera ser mantenido, debía hacerse
justicia con los traidores. Sin
embargo, aun entonces se manifestó la misericordia de Dios. Mientras sostenía el rigor de su ley, les
concedió libertad para elegir y oportunidad para que todos se arrepintiesen. Sólo se exterminó a los que persistieron en
la rebelión.
Era necesario castigar ese pecado para atestiguar
ante las naciones circunvecinas cuánto desagrada a Dios la idolatría. Al hacer justicia en los culpables, Moisés,
como instrumento de Dios, debía dejar escrita una solemne y pública protesta contra
el crimen cometido. Como en lo sucesivo
los israelitas debían condenar la idolatría de las tribus vecinas, sus enemigos
podrían acusarlos de que, teniendo como Dios a Jehová, habían hecho un becerro
y lo habían adorado en Horeb. Cuando
así ocurriera, aunque obligado a reconocer la verdad vergonzosa, Israel podría
señalar la terrible suerte que corrieron los transgresores, como evidencia de
que su pecado no había sido sancionado ni disculpado.
El amor, no menos que la justicia, exigía que este
pecado fuera castigado. Dios es
Protector y Soberano de su pueblo.
Destruye a los que insisten en la rebelión, para que no lleven a otros a
la ruina. Al perdonar la vida a Caín,
Dios había demostrado al universo cuál sería el resultado si se permitiese que
el pecado quedara impune. La influencia
que, por medio de su vida y ejemplo, él ejerció sobre sus descendientes condujo
a un estado de corrupción que exigió la destrucción de todo el mundo por el
diluvio. La historia de los
antediluvianos demuestra que una larga vida no es una bendición para el
pecador; la gran paciencia de Dios no los movió a dejar la iniquidad. Cuanto más tiempo vivían los hombres, tanto
más corruptos se tornaban.
Así también habría sucedido con la apostasía del
Sinaí. Si la transgresión no se hubiera
castigado con presteza, se habrían visto nuevamente los mismos resultados. La tierra se habría corrompido tanto como en
los días de Noé. Si se hubiera dejado
vivir a estos transgresores, habrían resultado mayores males que los que
resultaron por perdonarle la vida a Caín.
Por obra de la misericordia de Dios sufrieron miles de personas para
evitar la necesidad de castigar a millones.
Para salvar a muchos había que castigar a los pocos.
Además, como el pueblo había despreciado su lealtad a
Dios, había perdido la protección divina, y privada de su defensa, toda la
nación quedaba expuesta a los ataques de sus enemigos. Si el mal no se hubiera eliminado
rápidamente, pronto habrían sucumbido todos, víctimas de sus muchos y 336
poderosos enemigos. Fue necesario para
el bien de Israel mismo y para dar una lección a las generaciones venideras,
que el crimen fuese castigado prontamente.
Y no fue menos misericordioso para los pecadores mismos que se los
detuviera a tiempo en su pecaminoso derrotero.
Si se les hubiese perdonado la vida, el mismo espíritu que los llevó a
la rebelión contra Dios se hubiera manifestado en forma de odio y discordia
entre ellos mismos, y por fin se habrían destruido el uno al otro. Fue por amor al mundo, por amor a Israel, y
aun por amor a los transgresores mismos, por lo que el crimen se castigó con
rápida y terrible severidad.
Cuando el pueblo reaccionó y comprendió la enormidad
de su culpa, el terror se apoderó de todo el campamento. Se temió que todos los transgresores fuesen
exterminados. Compadecido por la
angustia del pueblo, Moisés prometió suplicar a Dios una vez más por ellos.
Moisés dijo al pueblo: "Vosotros habéis cometido
un gran pecado; mas yo subiré ahora a Jehová; quizá le aplacaré acerca de
vuestro pecado." Fue, y en su confesión ante Dios dijo: "Ruégote,
pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro,
que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has
escrito." La contestación fue: "Al que pecare contra mí, a éste raeré
yo de mi libro. Ve pues ahora, lleva a
este pueblo donde te he dicho: he aquí mi ángel irá delante de ti; que en el
día de mi visitación yo visitaré en ellos su pecado."
En la súplica de Moisés, se dirige nuestra atención a
los registros celestiales en los cuales están inscritos los nombres de todos
los seres humanos; y sus acciones, sean buenas o malas, se anotan
minuciosamente. El libro de la vida
contiene los nombres de todos los que entraron alguna vez en el servicio de
Dios. Si alguno de éstos se aparta de
él y mediante una obstinada insistencia en el pecado se endurece finalmente
contra las influencias del Espíritu Santo, su nombre será raído del libro de la
vida el día del juicio y será condenado a la destrucción. Moisés comprendía cuán terrible sería la
suerte del pecador; sin embargo, si el pueblo de Israel iba a ser rechazado por
el Señor, él deseaba que su nombre también fuese raído con el de ellos; no
podía soportar que los juicios de Dios cayeran sobre aquellos a quienes tan
bondadosamente había librado.
La intercesión de Moisés en favor de Israel ilustra
la mediación de Cristo en favor de los pecadores. Pero el Señor no permitió que Moisés sobrellevara, como lo hizo
Cristo, la culpa del transgresor.
"Al que pecare contra mí, a éste raeré yo de mi libro," dijo.
Con profunda tristeza el pueblo enterró sus
muertos. Tres mil habían perecido por
la espada; una plaga invadió poco tiempo después el campamento; y luego les
llegó el mensaje de que la divina presencia ya no les acompañaría más en su
peregrinaje. Jehová había declarado: "Yo no subiré en medio de ti, porque
eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino." Y se les
ordenó: "Quítate pues ahora tus atavíos, que yo sabré lo que te tengo de
hacer." Hubo luto por todo el campamento.
Compungidos y humillados, "los hijos de Israel se despojaron de sus
atavíos desde el monte Horeb."
En virtud de las instrucciones divinas, la tienda que
había servido como lugar temporario para el culto fue quitada y puesta
"fuera del campo, lejos del campo." Esta era una prueba más de que
Dios había retirado su presencia de entre ellos. El se revelaría a Moisés, pero no a un pueblo como aquél. La censura fue vivamente sentida, y las
multitudes afligidas por el remordimiento pensaron que presagiaba mayores
calamidades. ¿No habría separado el Señor a Moisés del campamento para poder
destruirlos totalmente? Pero no se los
dejó sin esperanza. Se levantó la
tienda fuera del campamento, pero Moisés la llamó el "Tabernáculo del
Testimonio." A todos los que estaban verdaderamente arrepentidos y
deseaban volver al Señor, se les indicó que fueran allá a confesar sus pecados
y a solicitar la misericordia de Dios.
Cuando volvieron a sus tiendas, Moisés entró en el
tabernáculo. Con ansioso interés el
pueblo observó por ver alguna señal de que la mediación de Moisés en su favor
era aceptada. Si Dios condescendiese a
reunirse con él, habría esperanza de que no serían totalmente destruidos. Cuando la columna de nube descendió y se
posó a la entrada del tabernáculo, el pueblo lloró de alegría, y
"levantábase todo el pueblo, cada uno a la puerta de su tienda, y
adoraba."
Moisés conocía bien la perversidad y ceguera de los
que habían sido confiados a su cuidado; conocía las dificultades con las cuales
tendría que tropezar. Pero había
aprendido que para persuadir al pueblo, debía recibir ayuda de Dios. Pidió una revelación más clara de la
voluntad divina, y una garantía de su presencia: "Mira, tú me dices a mí:
Saca este pueblo: y tú no me has declarado a quién has de enviar conmigo: sin
embargo tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia
en mis ojos. Ahora, pues , si he
hallado gracia en tus ojos, ruégote que me muestres ahora tu camino, para que
te conozca, porque halle gracia en tus ojos: y mira que tu pueblo es aquesta
gente."
La contestación fue: "Mi rostro irá contigo, y
te haré descansar." Pero Moisés no estaba satisfecho todavía. Pesaba sobre su alma el conocimiento de los
terribles resultados que se producirían si Dios dejara a Israel librado al
endurecimiento y la impenitencia. No
podía soportar que sus intereses se separasen de los de sus hermanos, y pidió
que el favor de Dios fuese devuelto a su pueblo, y que la prueba de su presencia
continuase dirigiendo su camino: "Si tu rostro no ha de ir conmigo, no nos
saques de aquí. ¿Y en qué se conoceré aquí que he hallado gracia en tus ojos,
yo y tu pueblo, sino en andar tú con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos
apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?"
La contestación fue ésta: "También haré esto que
has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu
nombre." El profeta aun no dejó de
suplicar. Todas sus oraciones habían
sido oídas, pero tenía fervientes deseos de obtener aun mayores pruebas del
favor de Dios. Entonces hizo una
petición que ningún ser humano había hecho antes: "Ruégote que me muestres
tu gloria."
Dios no le reprendió por su súplica ni la consideró
presuntuosa, sino que, al contrario, dijo bondadosamente: "Yo haré pasar
todo mi bien delante de tu rostro." Ningún hombre puede, en su naturaleza
mortal, contemplar descubierta la gloria de Dios y vivir; pero a Moisés se le
aseguró que presenciaría toda la gloria divina que pudiera soportar. Nuevamente se le ordenó subir a la cima del
monte; entonces la mano que hizo el mundo, aquella mano "que arranca, los
montes con su furor, y no conocen quién los trastornó" (Job 9: 5), tomó a
este ser hecho de polvo, a ese hombre de fe poderosa, y lo puso en la hendidura
de una roca, mientras la gloria de Dios y toda su bondad pasaban delante de él.
Esta experiencia, y sobre todo la promesa de que la
divina presencia le ayudaría, fueron para Moisés una garantía de éxito para la
obra que tenía delante, y la consideró como de mucho más valor que toda la
sabiduría de Egipto, o que todas sus proezas como estadista o jefe
militar. No hay poder terrenal, ni
habilidad ni ilustración que pueda substituir la presencia permanente de Dios.
Para el transgresor es terrible caer en las manos del
Dios viviente; pero Moisés estuvo solo en la presencia del Eterno y no temió,
porque su alma, estaba en armonía con la voluntad de su Hacedor. El salmista dice: "Si en mi corazón
hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me oyera." En cambio
"el secreto de Jehová es para los que le temen; y a ellos hará conocer su
alianza." (Sal. 66: 18; 25: 14.)
La Deidad se proclamó a sí misma: "Jehová,
Jehová, fuerte, misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en
benignidad y verdad; que guarda la misericordia en millares, que perdona la
iniquidad, la rebelión, y el pecado, y que de ningún modo justificará al
malvado."
"Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza
hacia el suelo y encorvóse." De nuevo imploró a Dios que perdonara la
iniquidad de su pueblo, y que lo recibiera como su heredad. Su oración fue
contestada. El Señor prometió
benignamente renovar su favor hacia Israel, y hacer por él "maravillas que
no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna."
Cuarenta días con sus noches permaneció Moisés en el
monte, y todo este tiempo, como la primera vez, fue milagrosamente
sustentado. No se permitió a nadie
subir con él, ni durante el tiempo de su ausencia había de acercarse nadie al
monte. Siguiendo la orden de Dios, había
preparado dos tablas de piedra y las había llevado consigo a la cúspide del
monte; y el Señor otra vez "escribió en tablas las palabras de la alianza,
las diez palabras." (Véase el Apéndice, nota 8.)
Durante el largo tiempo que Moisés pasó en comunión
con Dios, su rostro había reflejado la gloria de la presencia divina. Sin que él lo supiera, cuando descendió del
monte, su rostro resplandecía con una luz deslumbrante. Ese mismo fulgor iluminó el rostro de
Esteban cuando fue llevado ante sus jueces; "entonces todos los que
estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en él, vieron su rostro como
el rostro de un ángel." (Hech. 6: 15.) Tanto Aarón como el pueblo se
apartaron de Moisés, "y tuvieron miedo de llegarse a él." Viendo su
terror y confusión, pero ignorando la causa, los instó a que se acercaran. Les traía la promesa de la reconciliación
con Dios, y la seguridad de haber sido restituidos a su favor. En su voz no percibieron otra cosa que amor
y súplica, y por fin uno de ellos se aventuró a acercarse a él. Demasiado temeroso para hablar, señaló en
silencio el semblante de Moisés y luego hacia el cielo. El gran jefe comprendió. Conscientes de su culpa, sintiéndose todavía
objeto del desagrado divino, no podían soportar la luz celestial, que, si
hubieran obedecido a Dios, los habría llenado de gozo. En la culpabilidad hay temor. En cambio, el alma libre de pecado no quiere
apartarse de la luz del cielo.
Moisés tenía mucho que comunicarles; y compadecido
del temor del pueblo, se puso un velo sobre el rostro, y desde entonces
continuó haciéndolo cada vez que volvía al campamento después de estar en
comunión con Dios.
Mediante este resplandor, Dios trató de hacer
comprender a Israel el carácter santo y exaltado de su ley, y la gloria del Evangelio
revelado mediante Cristo. Mientras
Moisés estaba en el monte, Dios le dio no sólo las tablas de la ley, sino
también el plan de la salvación. Vio
que todos los símbolos y tipos de la época judaica prefiguraban el sacrificio
de Cristo; y era tanto la luz celestial que brota del Calvario como la gloria
de la ley de Dios, lo que hacía fulgurar el rostro de Moisés. Aquella divina
iluminación era un símbolo de la gloria del pacto del cual Moisés era el
mediador visible, el representante del único Intercesor verdadero.
La gloria reflejada en el semblante de Moisés
representa las bendiciones que, por medio de Cristo, ha de recibir el pueblo
que observa los mandamientos de Dios.
Atestigua que cuanto más estrecha sea nuestra comunión con Dios, y
cuanto más claro sea nuestro conocimiento de sus requerimientos, tanto más
plenamente seremos transfigurados a su imagen, y tanto más pronto llegaremos a
ser participantes de la naturaleza divina.
Moisés fue un símbolo de Cristo. Como intercesor de Israel, veló su rostro, porque el pueblo no soportaba la visión de su gloria; asimismo Cristo, el divino Mediador, veló su divinidad con la humanidad cuando vino a la tierra. Si hubiera venido revestido del resplandor del cielo, no hubiera hallado acceso a los corazones de los hombres, debido al estado pecaminoso de éstos. No habrían podido soportar la gloria de su presencia. Por lo tanto, se humilló a sí mismo, tomando la "semejanza de carne de pecado" (Rom. 8: 3), para poder alcanzar y elevar a la raza caída.