Cuando se presentó por primera vez al rey de Egipto
la demanda de la liberación de Israel, se le dio una advertencia acerca de la
más terrible de todas las plagas.
Moisés dijo a Faraón: "Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi
primogénito. Ya te he dicho que dejes
ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir: he aquí yo voy
a matar a tu hijo, tu primogénito."
(Exo. 4: 22, 23.) Aunque despreciados por los egipcios, los israelitas
habían sido honrados por Dios, al ser escogidos como depositarios de su
ley. Las bendiciones y los privilegios
especiales que se les dispensaron les habían dado la preeminencia entre las
naciones, como la tenía el primogénito entre los demás hermanos.
El primer juicio acerca del cual se advirtió a Egipto
había de ser el último en llegar. Dios
es paciente y muy misericordioso. Cuida
tiernamente a todos los seres creados a su imagen. Si la pérdida de sus cosechas, sus rebaños y manadas hubiera
llevado a Egipto al arrepentimiento, los niños no habrían sido heridos; pero la
nación había resistido tercamente al mandamiento divino, y el golpe final
estaba a punto de caer.
Su pena de muerte, se había prohibido a Moisés que
volviera a la presencia de Faraón; pero había que entregar al monarca rebelde
un último mensaje de parte de Dios, y nuevamente Moisés volvió ante aquél con
el terrible anuncio: "Jehová ha dicho así: A la media noche yo saldré por
medio de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el
primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la
sierva que está tras la muela; y todo primogénito de las bestias. Y habrá gran clamor por toda la tierra de
Egipto, cual nunca fue ni jamás será.
Mas entre todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni
un perro moverá su lengua: para que sepáis que hará diferencia Jehová entre los
egipcios y los israelitas. Y
descenderán a mí todos estos tus siervos, e inclinados delante de mí dirán: Sal
tú, y todo el pueblo que está bajo de ti; y después de esto yo saldré."
(Véase Éxodo 11: 12.)
Antes de ejecutar esta sentencia, el Señor por medio
de Moisés instruyó a los hijos de Israel acerca de su salida de Egipto, sobre
todo para preservarlos de la plaga inminente. Cada familia, sola o reunida con
otra sin defecto," y con un hisopo había de tomar de la sangre y ponerla
"en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de
comer," para que el ángel destructor que pasaría a medianoche, no entrase
a aquella morada. Habían de comer la
carne asada, con hierbas amargas y pan sin levadura, de noche, y como Moisés
dijo: "Ceñidos vuestros lomos, vuestros zapatos en vuestros pies, y
vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente: es la Pascua de
Jehová."
El Señor declaró: "Yo pasaré aquella noche por
la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así en
los hombres como en las bestias: y haré juicios en todos los dioses de Egipto.
. . . Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré
la sangre, y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad,
cuando heriré la tierra de Egipto."
Para conmemorar esta gran liberación, el pueblo de
Israel había de celebrar una fiesta anual a través de las generaciones
futuras. "Y este día os ha de ser
en memoria, y habéis de celebrarlo como solemne a Jehová durante vuestras
generaciones: por estatuto perpetuo lo celebraréis." Cuando en los años
venideros festejaran este acontecimiento habían de repetir a sus hijos la
historia de su gran liberación, o como les dijo Moisés: "Vosotros
responderéis: Es la víctima de la Pascua de Jehová, el cual pasó las casas de
los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras
casas."
Además, tanto el primogénito de los hombres como el
de las bestias, había de ser del Señor, si bien podía ser redimido mediante un
rescate con el cual reconocían que, al perecer los primogénitos de Egipto, los
de Israel, que fueron guardados bondadosamente, habrían sufrido la misma suerte
de no haber sido por el sacrificio expiatorio.
"Mío es todo primogénito -declaró el Señor- desde el día que yo
maté todos los primogénitos en la tierra de Egipto, yo santifiqué a mí todos
los primogénitos en Israel, así de hombres como de animales: míos serán."
(Núm 3: 13.) Después de la institución del culto en el tabernáculo, el Señor
escogió para sí la tribu de Leví, para la obra del santuario, en vez de los
primogénitos de Israel. Dijo: "Me son a mí dados los Levitas de entre los
hijos de Israel, . . . helos tomado para mi en lugar de los primogénitos de
todos los hijos de Israel." (Núm. 8: 16.) Sin embargo, todo el pueblo
debía pagar, en reconocimiento de la gracia de Dios, un precio por el rescate
del primogénito. (Núm. 18: 15, 16.)
La pascua había de ser tanto conmemorativa como simbólica. No sólo recordaría la liberación de Israel,
sino que también señalaría la liberación más grande que Cristo habría de
realizar para libertar a su pueblo de la servidumbre del pecado. El cordero del
sacrificio representa al "Cordero de Dios," en quien reside nuestra
única esperanza de salvación. Dice el
apóstol: "Nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por
nosotros." (1 Cor. 5: 7) No
bastaba que el cordero pascual fuese muerto; había que rociar con su sangre los
postes de las puertas, como los méritos de la de Cristo deben aplicarse al
alma. Debemos creer, no sólo que él
murió por el mundo, sino que murió por cada uno individualmente. Debemos apropiarnos la virtud del sacrificio
expiatorio.
El hisopo usado para rociar la sangre era un símbolo
de la purificación. Era empleado para
la limpieza del leproso y de quienes estaban inmundos por su contacto con los
muertos. Se ve su significado también en la oración del salmista:
"Purifícame con hisopo, y seré limpio: lávame, y seré emblanquecido más
que la nieve." (Sal. 51: 7)
El cordero había de prepararse entero, sin quebrar
ninguno de sus huesos. De igual manera,
ni un solo hueso había de quebrarse del Cordero de Dios, que iba a morir por
nosotros. (Éxo. 12: 46; Juan I9: 36.) En esa forma también se representaba la
plenitud del sacrificio de Cristo.
La carne debía comerse. Para alcanzar el perdón de nuestro pecado, no basta que creamos
en Cristo; por medio de su Palabra debemos recibir por fe constantemente su
fuerza y su alimento espiritual. Cristo dijo: "Si no comiereis la carne
del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene
vida eterna." Y para explicar lo que quería decir, agregó: "Las
palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida." (Juan 6: 53, 54,
63.)
Jesús aceptó la ley de su Padre, cuyos principios
puso en práctica en su vida, manifestó su espíritu, y demostró su poder
benéfico en el corazón del hombre. Dice
Juan: "Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su
gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de
verdad." (Juan 1:14.) Los seguidores de Cristo deben participar de su
experiencia. Deben recibir y asimilar
la Palabra de Dios para que se convierta en el poder que impulse su vida y sus
acciones. Mediante el poder de Cristo,
deben ser transformados a su imagen, y deben reflejar los atributos
divinos. Deben comer la carne y beber la
sangre del Hijo de Dios, o no habrá vida en ellos. El espíritu y la obra de Cristo deben convertirse en el espíritu
y la obra de sus discípulos.
El cordero había de comerse con hierbas amargas, como
un recordatorio de la amarga servidumbre sufrida en Egipto. Asimismo cuando nos alimentamos de Cristo,
debemos hacerlo con corazón contrito por causa de nuestros pecados.
El uso del pan sin levadura también era
significativo. Lo ordenaba expresamente la ley de la pascua, y tan
estrictamente la observaban los judíos en su práctica, que no debía haber
ninguna levadura en sus casas mientras durara esa fiesta. Asimismo deben apartar de sí la levadura del
pecado todos los que reciben la vida y el alimento de Cristo. Pablo escribe a la iglesia de Corinto: "Limpiad
pues la vieja levadura, para que seáis nueva masa, . . . porque nuestra pascua,
que es Cristo, fue sacrificada por nosotros.
Así que hagamos fiesta, no en la vieja levadura, ni en la levadura de
malicia y de maldad, sino en ázimos de sinceridad y de verdad." (1 Cor 5:
7, 8.)
Antes de obtener la libertad, los siervos debían demostrar
fe en la gran liberación que estaba a punto de realizarse. Debían poner la señal de la sangre sobre sus
casas, y ellos y sus familias debían separarse de los egipcios y reunirse
dentro de sus propias moradas. Si los
israelitas hubieran menospreciado en lo más mínimo las instrucciones que se les
dieron, si no hubieran separado a sus hijos de los egipcios, si hubieran dado
muerte al cordero, pero no hubieran rociado los postes con la sangre, o
hubieran salido algunos fuera de sus casas, no habrían estado seguros. Podrían haber creído honradamente que habían
hecho todo lo necesario, pero su sinceridad no los habría salvado. Los que hubiesen dejado de cumplir las
instrucciones del Señor, habrían perdido su primogénito por obra del
destructor.
Mediante su obediencia el pueblo debía evidenciar su
fe. Asimismo todo aquel que espera ser
salvo por los méritos de la sangre de Cristo debe comprender que él mismo tiene
algo que hacer para asegurar su salvación.
Sólo Cristo puede redimirnos de la pena de la transgresión, pero
nosotros debemos volvernos del pecado a la obediencia. El hombre ha de salvarse por la fe, no por
las obras; sin embargo, su fe debe manifestarse por sus obras. Dios dio a su Hijo para que muriera en
propiciación por el pecado; ha manifestado la luz de la verdad, el camino de la
vida; ha dado facilidades, ordenanzas
y privilegios; y el hombre debe cooperar con estos agentes de la salvación; ha
de apreciar y usar la ayuda que Dios ha provisto; debe creer y obedecer todos los requerimientos divinos.
Mientras Moisés repetía a Israel lo que Dios había
provisto para su liberación, "el pueblo se inclinó y adoró." (Éxo.
12: 27.) La feliz esperanza de
libertad, el tremendo conocimiento del juicio inminente que había de caer sobre
sus opresores, los cuidados y trabajos necesarios para su pronta salida, todo
lo eclipsó de momento la gratitud hacia su bondadoso Libertador.
Muchos de los egipcios habían sido inducidos a
reconocer al Dios de los hebreos como el único Dios verdadero, y suplicaron
entonces que se les permitiese ampararse en los hogares de Israel cuando el
ángel exterminador pasara por la tierra.
Fueron recibidos con júbilo, y se
comprometieron a servir de allí en adelante al Dios de Jacob, y a salir
de Egipto con su pueblo.
Los israelitas obedecieron las instrucciones que Dios
les había dado. Rápida y secretamente hicieron los preparativos para su
partida. Las familias estaban reunidas,
el cordero pascual muerto, la carne asada, el pan sin levadura y las hierbas
amargas preparados. El padre y
sacerdote de la casa roció con sangre los postes de la puerta, y se unió a su
familia dentro de la casa. Con premura
y en silencio se comió el cordero pascual.
Con reverente temor el pueblo oró y aguardó; el corazón de todo
primogénito, desde el hombre más fuerte hasta el niño, tembló con
indescriptible miedo. Los padres y las
madres estrechaban en sus brazos a sus queridos primogénitos, al pensar en el
espantoso golpe que había de caer aquella noche. Pero a ningún hogar de Israel llegó el ángel exterminador. La señal de la sangre, garantía de la
protección del Salvador, estaba sobre sus puertas, y el exterminador no entró.
A la medianoche hubo "un gran clamor en Egipto,
porque no había casa donde no hubiese muerto." Todos los primogénitos de
la tierra, "desde el
primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el
primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales" (Éxo. 12: 29-33), habían sido heridos por el
exterminador. A través del vasto reino
de Egipto, el orgullo de toda casa había sido humillado. Los gritos y gemidos de los dolientes
llenaban los aires. El rey y los
cortesanos, con rostros pálidos y trémulos miembros, estaban aterrados por el
horror prevaleciente.
Faraón recordó entonces que una vez había exclamado: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel." (Éxo. 5: 2.) Ahora, su orgullo, que una vez osara levantarse contra el Cielo, estaba humillado hasta el polvo; "hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche, y díjoles: Salid de en medio de mi pueblo vosotros, y los hijos de Israel; e id, servid a Jehová, como habéis dicho. Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho, e idos; y bendecidme también a mí." También los consejeros reales y el pueblo suplicaron a los israelitas que se fueran de la tierra, "porque decían: Todos somos muertos."