CAPÍTULO 16. Jacob y Esaú
JACOB y Esaú, los hijos gemelos de Isaac, presentan
un contraste sorprendente tanto en su vida como en su carácter. Esta desigualdad fue predicha por el ángel
de Dios antes de que nacieran. Cuando
él contestó la oración de Rebeca, le anunció que tendría dos hijos y le reveló
su historia futura, diciéndole que cada uno sería jefe de una nación poderosa,
pero que uno de ellos sería más grande que el otro, y que el menor tendría la
preeminencia.
Esaú se crió deleitándose en la complacencia propia y
concentrando todo su interés en lo presente.
Contrario a toda restricción, se deleitaba en la libertad montaraz de la
caza, y desde joven eligió la vida de cazador.
Sin embargo, era el hijo favorito de su padre. El pastor tranquilo y pacífico se sintió atraído por la osadía y
la fuerza de su hijo mayor, que corría sin temor por montes y desiertos, y
volvía con caza para su padre y con relatos palpitantes de su vida aventurera.
Jacob, reflexivo, aplicado y cuidadoso, pensando
siempre más en el porvenir que en el presente, se conformaba con vivir en casa,
ocupado en cuidar los rebaños y en labrar la tierra. Su perseverancia paciente, su economía y su previsión eran
apreciadas por su madre. Sus afectos
eran profundos y fuertes, y sus gentiles e infatigables atenciones contribuían
mucho más a su felicidad que la amabilidad bulliciosa y ocasional de Esaú. Para Rebeca, Jacob era el hijo predilecto.
Las promesas hechas a Abrahán y confirmadas a su hijo
eran miradas por Isaac y Rebeca como la meta suprema de sus deseos y esperanzas. Esaú y Jacob conocían estas promesas, Se les
había enseñado a considerar la primogenitura como asunto de gran importancia,
porque no sólo abarcaba la herencia de las riquezas terrenales, sino también la
preeminencia espiritual. El que la recibía
debía ser el sacerdote de la familia; y de su linaje descendería el Redentor
del mundo. En cambio, también pesaban
responsabilidades sobre el poseedor de la primogenitura. El que heredaba sus bendiciones debía
dedicar su vida al servicio de Dios. Como
Abrahán, debía obedecer los requerimientos divinos. En el casamiento, en las relaciones de familia y en la vida
pública, debía consultar la voluntad de Dios.
Isaac presentó a sus hijos estos privilegios y
condiciones, y les indicó claramente que Esaú, por ser el mayor, tenía derecho
a la primogenitura. Pero Esaú no amaba
la devoción, ni tenía inclinación hacia la vida religiosa. Las exigencias que acompañaban a la primogenitura
espiritual eran para él una restricción desagradable y hasta odiosa. La ley de Dios, condición del pacto divino
con Abrahán, era considerada por Esaú como un yugo servil. Inclinado a la complacencia propia, nada
deseaba tanto como la libertad para hacer su gusto. Para él, el poder y la riqueza, los festines y el alboroto, constituían
la felicidad. Se jactaba de la libertad
ilimitada de su vida indómita y errante.
Rebeca recordaba las palabras del ángel, y, con
percepción más clara que la de su esposo, comprendía el carácter de sus
hijos. Estaba convencida de que Jacob
estaba destinado a heredar la promesa divina.
Repitió a Isaac las palabras del ángel; pero los afectos del padre se
concentraban en su hijo mayor, y se mantuvo firme en su propósito.
Jacob había oído a su madre referirse a la indicación
divina de que él recibiría la primogenitura, y desde entonces tuvo un deseo
indecible de alcanzar los privilegios que ésta confería. No era la riqueza del padre lo que ansiaba;
el objeto de sus anhelos era la primogenitura espiritual. Tener comunión con Dios, como el justo Abrahán,
ofrecer el sacrificio expiatorio por su familia, ser el progenitor del pueblo
escogido y del Mesías prometido, y heredar las posesiones inmortales que estaban
contenidas en las bendiciones del pacto: éstos eran los honores y prerrogativas
que encendían sus deseos más ardientes.
Sus pensamientos se dirigían constantemente hacia el porvenir, y trataba
de comprender sus bendiciones invisibles.
Con secreto anhelo escuchaba todo lo que su padre
decía acerca de la primogenitura espiritual; retenía cuidadosamente lo que oía
de su madre. Día y noche este asunto
ocupaba sus pensamientos, hasta que se convirtió en el interés absorbente de su
vida. Pero aunque daba más valor a las
bendiciones eternas que a las temporales, Jacob no tenía todavía un conocimiento
experimental del Dios a quien adoraba.
Su corazón no había sido renovado por la gracia divina. Creía que la
promesa respecto a él mismo no se podría cumplir mientras Esaú poseyera la
primogenitura; y constantemente estudiaba los medios de obtener la bendición
que su hermano consideraba de poca importancia y que para él era tan preciosa.
Cuando Esaú, al volver un día de la caza, cansado y
desfallecido, le pidió a Jacob la comida que estaba preparando, éste último, en
quien predominaba siempre el mismo pensamiento, aprovechó la oportunidad y
ofreció saciar el hambre de su hermano a cambio de la primogenitura. "He aquí yo me voy a morir -exclamó el
temerario y desenfrenado cazador;- ¿para qué, pues, me servirá la
primogenitura?" (Gén. 25: 32.) Y por un plato de lentejas se deshizo de su
primogenitura, y confirmó la transacción mediante un juramento. Unos instantes después, a lo sumo, Esaú
hubiera conseguido alimento en las tiendas de su padre; pero para satisfacer el
deseo del momento, trocó descuidadamente la gloriosa herencia que Dios mismo
había prometido a sus padres. Todo su
interés se concentraba en el momento presente.
Estaba dispuesto a sacrificar lo celestial por lo terreno, a cambiar un
bien futuro por un goce momentáneo.
"Así menospreció Esaú la primogenitura." Al
deshacerse de ella, tuvo un sentimiento de alivio. Ahora su camino estaba
libre; podría hacer lo que se le antojara. ¡Cuántos aun hoy día, por este
insensato placer, mal llamado libertad, venden su derecho a una herencia pura,
inmaculada y eterna en el cielo!
Sometido siempre a los estímulos exteriores y
terrenales, Esaú se había casado con dos mujeres de las hijas de Het. Estas adoraban dioses falsos, y su idolatría
causaba amarga pena a Isaac y Rebeca.
Esaú había violado una de las condiciones del pacto, que prohibía el
matrimonio entre el pueblo escogido y los paganos; pero Isaac no vacilaba en su
determinación de conferirle la primogenitura.
Las razones de Rebeca, el vehemente deseo de Jacob de recibir la
bendición, la indiferencia de Esaú hacia sus obligaciones, no consiguieron
cambiar la resolución del padre. Pasaron los años, hasta que Isaac, anciano y
ciego, y esperando morir pronto, decidió no demorar más en dar la bendición a
su hijo mayor. Pero conociendo la
resistencia de Rebeca y de Jacob, decidió realizar secretamente la solemne
ceremonia. En conformidad con la
costumbre de hacer un festín en tales ocasiones, el patriarca mandó a Esaú:
"Sal al campo, y cógeme caza; y hazme un guisado, . . . para que te
bendiga mi alma antes que muera." (Véase Génesis 27)
Rebeca adivinó su propósito. Estaba convencida de que era contrario a lo
que Dios le había revelado como su voluntad.
Isaac estaba en peligro de desagradar al Señor y de excluir a su hijo
menor de la posición a la cual Dios le había llamado. En vano había tratado de razonar con Isaac, por lo que decidió
recurrir a un ardid.
Apenas Esaú se puso en camino para cumplir su
encargo, empezó Rebeca a realizar su intención. Refirió a Jacob lo que había
sucedido, y le apremió con la necesidad de obrar en seguida, para impedir que
la bendición se diera definitiva e irrevocablemente a Esaú. Le aseguró que si obedecía sus instrucciones
obtendría la bendición, como Dios lo había prometido. Jacob no consintió en seguida en apoyar el plan que ella
propuso. La idea de engañar a su padre
le causaba mucha aflicción. Le parecía
que tal pecado le traería una maldición más bien que bendición. Pero sus escrúpulos fueron vencidos y
procedió a hacer lo que le sugería su madre.
No era su intención pronunciar una mentira directa, pero cuando estuvo
ante su padre, le pareció que había ido demasiado lejos para poder retroceder,
y valiéndose de un engaño obtuvo la codiciada bendición.
Jacob y Rebeca triunfaron en su propósito, pero por
su engaño no se granjearon más que tristeza y aflicción. Dios había declarado que Jacob debía recibir
la primogenitura y si hubiesen esperado con confianza hasta que Dios obrara en
su favor, la promesa se habría cumplido a su debido tiempo. Pero, como muchos que hoy profesan ser hijos
de Dios, no quisieron dejar el asunto en las manos del Señor. Rebeca se arrepintió amargamente del mal
consejo que había dado a su hijo; pues fue la causa de que quedara separada de
él y nunca más volviera a ver su rostro.
Desde la hora en que recibió la primogenitura, Jacob se sintió agobiado
por la condenación propia. Había pecado
contra su padre, contra su hermano, contra su propia alma, y contra Dios. En sólo una hora se había acarreado una
larga vida de arrepentimiento. Esta
escena estuvo siempre presente ante él en sus altos postrimeros, cuando la mala
conducta de sus propios hijos oprimía su alma.
Ni bien hubo dejado Jacob la tienda de su padre,
entró Esaú. Aunque había vendido su
primogenitura y confirmado el trueque con un solemne juramento, estaba ahora
decidido a conseguir sus bendiciones, a pesar de las protestas de su
hermano. Con la primogenitura
espiritual estaba unida la temporal, que le daría el gobierno de la familia y
una porción doble de las riquezas de su padre.
Estas eran bendiciones que él podía avalorar. "Levántese mi padre -dijo,- y coma de la caza de su hijo,
para que me bendiga tu alma."
Temblando de asombro y congoja, el anciano padre se
dio cuenta del engaño cometido contra él. Habían sido frustradas las caras
esperanzas que había albergado durante tanto tiempo, y sintió en el alma el
desengaño que había de herir a su hijo mayor.
Sin embargo, se le ocurrió como un relámpago la convicción de que era la
providencia de Dios la que había vencido su intención, y había realizado
aquello mismo que él había resuelto impedir.
Se acordó de las palabras que el ángel había dicho a Rebeca, y no
obstante el pecado del cual Jacob ahora era culpable, vio en él al hijo más
capaz para realizar los propósitos de Dios.
Cuando las palabras de la bendición estaban en sus labios, había sentido
sobre sí el Espíritu de la inspiración; y ahora, conociendo todas las
circunstancias, ratificó la bendición que sin saberlo había pronunciado sobre
Jacob: "Yo le bendije, y será bendito."
Esaú había
menospreciado la bendición mientras parecía estar a su alcance, pero ahora que
se le había escapado para siempre, deseó poseerla. Se despertó toda la fuerza de su naturaleza impetuosa y
apasionada, y su dolor e ira fueron terribles. Gritó con intensa amargura
"Bendíceme también a mí, padre mío." "¿No has guardado bendición
para mi?" Pero la promesa dada no se había de revocar. No podía recobrar la primogenitura que había
trocado tan descuidadamente. "Por una vianda," con que satisfizo
momentáneamente el apetito que nunca había reprimido, vendió Esaú su herencia;
y cuando comprendió su locura, ya era tarde para recobrar la bendición "No
halló lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas." (Heb. 12:
16, 17) Esaú no quedaba privado del derecho de buscar la gracia de Dios
mediante el arrepentimiento; pero no podía encontrar medios para recobrar la
primogenitura. Su dolor no provenía de
que estuviese convencido de haber pecado; no deseaba reconciliarse con
Dios. Se entristecía por los resultados
de su pecado, no por el pecado mismo.
A causa de su indiferencia hacia las bendiciones y
requerimientos divinos, la Escritura llama a Esaú "profano."
Representa a aquellos que menosprecian la redención comprada para ellos por
Cristo, y que están dispuestos a sacrificar su herencia celestial a cambio de
las cosas perecederas de la tierra.
Multitudes viven para el momento presente, sin preocuparse del futuro. Como Esaú exclaman: "Comamos y bebamos,
que mañana moriremos." (1 Cor. 15: 32) Son dominados por sus
inclinaciones; y en vez de practicar la abnegación, pasan por alto las
consideraciones de más valor. Si se
trata de renunciar a una de las dos cosas, la satisfacción de un apetito
depravado o las bendiciones celestiales prometidas solamente a los que
practican la abnegación de sí mismos y temen a Dios, prevalecen las exigencias
del apetito, y Dios y el cielo son tenidos en poco.
¡Cuántos, aun entre
los que profesan ser cristianos, se aferran a goces perjudiciales para la salud,
que entorpecen la sensibilidad del alma!
Cuando se les presenta el deber de limpiarse de toda inmundicia del
espíritu y de la carne, perfeccionando la santidad en el temor de Dios, se
ofenden. Ven que no pueden retener esos goces perjudiciales, y al mismo tiempo
alcanzar el cielo, y como la senda que lleva a la vida eterna les resulta tan
estrecha, concluyen por decidirse a no seguir en ella.
Millares de personas están vendiendo su primogenitura
para satisfacer deseos sensuales.
Sacrifican la salud, debilitan las facultades mentales, y pierden el
cielo; y todo esto por un placer meramente temporal, por un goce que debilita y
degrada. Así como Esaú despertó para
ver la locura de su cambio precipitado cuando era tarde para recobrar lo
perdido, así les ocurrirá en el día de Dios a los que han trocado su herencia
celestial por la satisfacción de goces egoístas.