ASÍ COMO el sábado, la semana se originó
al tiempo de la creación, y fue conservada y transmitida a nosotros a través de
la historia bíblica. Dios mismo dio la primera semana como modelo de las
subsiguientes hasta el fin de los tiempos. Como las demás, consistió en siete
días literales. Se emplearon seis días en la obra de la creación; y en el
séptimo, Dios reposó y luego bendijo ese día y lo puso aparte como día de
descanso para el hombre.
En la ley dada en el Sinaí, Dios reconoció
la semana y los hechos sobre los cuales se funda. Después de dar el
mandamiento: "Acuérdate de Santificar el día de sábado" (Exo. 20:8,
V. Torres Amat), y después de estipular lo que debe hacerse durante los seis
días, y lo que no debe hacerse el día séptimo, manifiesta la razón por la cual
ha de observarse así la semana, recordándonos su propio ejemplo: "Por
cuanto el Señor en seis días hizo el cielo, y la tierra, y el mar, y todas las
cosas que hay en ellos, y descansó en el día séptimo: por esto bendijo el Señor
el día sábado, y le santificó." (Vers. 11.) Esta razón resulta plausible
cuando entendemos que los días de la creación son literales. Los primeros seis
días de la semana fueron dados al hombre para su trabajo, porque Dios empleó el
mismo período de la primera semana en la obra de la creación. En el día séptimo el hombre ha de abstenerse de
trabajar, en memoria del reposo del
Creador.
Pero la suposición de que los
acontecimientos de la primera semana requirieron miles y miles de años, ataca
directamente los fundamentos del cuarto mandamiento. Representa al Creador como
se estuviese ordenando a los hombres que observaran la semana de días literales
en memoria de largos e indefinidos
períodos. Esto es distinto del método que él usa en su relación con sus
criaturas. Hace obscuro e indefinido lo que él ha hecho muy claro. Es
incredulidad en la forma más insidiosa y, por lo tanto, más peligrosa; su
verdadero carácter está disfrazado de tal manera que la sostienen y enseñan
muchos que dicen creer en la Sagrada Escritura.
"Por la palabra de Jehová fueron
hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca....
Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." (Sal. 33:6, 9.) La
Sagrada Escritura no reconoce largos períodos en los cuales la tierra fue
saliendo lentamente del caos. Acerca de cada día de la creación, las Santas
Escrituras declaran que consistía en una tarde y una mañana, como todos los
demás días que siguieron desde entonces. Al fin de cada día se da el resultado
de la obra del Creador. Y al terminar
la narración de la primera semana se dice: "Estos son los orígenes de los
cielos y de la tierra cuando fueron criados".(Gén. 2:4.) Pero esto no
implica que los días de la creación fueron algo más que días literales. Cada
día se llama un origen, porque Dios originó o produjo en él una parte nueva de
su obra.
Los geólogos alegan que en la misma
tierra se encuentra la evidencia de que ésta es mucho más vieja de lo que
enseña el relato mosaico. Han descubierto huesos de seres humanos y de
animales, así como también instrumentos bélicos, árboles petrificados, etc.,
mucho mayores que los que existen hoy día, o que hayan existido durante miles
de años, y de esto infieren que la tierra estaba poblada mucho tiempo antes de la
semana de la creación de la cual nos habla la Escritura, y por una raza de
seres de tamaño muy superior al de cualquier hombre de la actualidad. Semejante
razonamiento ha llevado a muchos que aseveran creer en la Sagrada Escritura a
aceptar la idea de que los días de la creación fueron períodos largos e
indefinidos.
Pero sin la historia bíblica, la
geología no puede probar nada. Los que razonan con tanta seguridad acerca de
sus descubrimientos, no tienen una
noción adecuada del tamaño de los hombres, los animales y los árboles
antediluvianos, ni de los grandes cambios que ocurrieron en aquel entonces. Los
vestigios que se encuentran en la tierra dan evidencia de condiciones que en
muchos respectos eran muy diferentes de las actuales; pero el tiempo en que
estas condiciones imperaron sólo puede saberse mediante la Sagrada Escritura.
En la historia del diluvio, la inspiración divina ha explicado lo que la
geología sola jamás podría desentrañar. En los días de Noé, hombres, animales y
árboles de un tamaño muchas veces mayor que el de los que existen actualmente,
fueron sepultados y de esa manera preservados para probar a las generaciones
subsiguientes que los antediluvianos perecieron por un diluvio, Dios quiso que
el descubrimiento de estas cosas se estableciese la fe de los hombres en la
historia sagrada; pero éstos, con su vano raciocinio, caen en el mismo error en
que cayeron los antediluvianos: al usar mal las cosas que Dios les dio para su
beneficio, las tornan en maldición.
Uno de los ardides de Satanás consiste
en lograr que los hombres acepten las fábulas de los incrédulos; pues así puede
obscurecer la ley de Dios, muy clara en
sí misma, y envalentonar a los hombres para que se rebelen contra el gobierno
divino. Sus esfuerzos van dirigidos especialmente contra el cuarto mandamiento,
porque éste señala tan claramente al Dios vivo, Creador del cielo y de la
tierra.
Algunos realizan un esfuerzo constante
para explicar la obra de la creación como resultado de causas naturales; y, en
abierta oposición a las verdades consignadas en la Sagrada Escritura, el
razonamiento humano es aceptado aun por personas que se dicen cristianas. Hay
quienes se oponen al estudio e investigación de las profecías, especialmente
las de Daniel y del Apocalipsis, diciendo que éstas son tan obscuras que no las
podemos comprender; no obstante, estas mismas personas reciben ansiosamente las
suposiciones de los geólogos, que están en contradicción con el relato de
Moisés. Pero si lo que Dios ha revelado
es tan difícil de comprender, ¡cuán ilógico es aceptar meras suposiciones en lo
que se refiere a cosas que él no ha revelado!
"Las cosas secretas pertenecen a
Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos
por siempre." (Deut. 29:29.) Nunca reveló Dios al hombre la manera precisa
en que llevó a cabo la obra de la creación; la ciencia humana no puede
escudriñar los secretos del Altísimo. Su poder creador es tan incomprensible
como su propia existencia.
Dios ha permitido que raudales de luz se
derramasen sobre el mundo, tanto en las ciencias como en las artes; pero cuando
los llamados hombre de ciencia tratan estos asuntos desde el punto de vista
meramente humano, llegan a conclusiones erróneas. Puede ser inocente el
especular más allá de lo que Dios ha revelado, si nuestras teorías no
contradicen los hechos de la Sagrada Escritura; pero los que dejan a un lado la
Palabra de Dios y pugnan por explicar de acuerdo con principios científicos las
obras creadas, flotan sin carta de navegación, o sin brújula, en un océano
ignoto.
Aun los cerebros más notables, si en sus
investigaciones no son dirigidos por la Palabra de Dios, se confunden en sus
esfuerzos por delinear las relaciones de la ciencia y la revelación. Debido a
que el Creador y sus obras les resultan tan incomprensibles que se ven
incapacitados para explicarlos mediante las leyes naturales, consideran la
historia bíblica como algo indigno de confianza. Los que dudan de la certeza de
los relatos del Antiguo Testamento y del Nuevo serán inducidos a dar un paso
más y a dudar de la existencia de Dios, y luego, habiendo perdido sus anclas,
se verán entregados a su propia suerte para encallar finalmente en las rocas de
la incredulidad.
Estas personas han perdido la sencillez
de la fe. Debería existir una fe arraigada en la divina autoridad de la Santa
Palabra de Dios. La Sagrada Escritura no se ha de juzgar de acuerdo con las ideas científicas de los
hombres. La sabiduría humana es una guía en la cual no se puede confiar. Los
escépticos que leen la Sagrada Escritura para poder sutilizar acerca de ella,
pueden, mediante una comprensión imperfecta de la ciencia o de la revelación,
sostener que encuentran contradicciones entre una y otra; pero cuando se
entienden correctamente, se las nota en perfecta armonía. Moisés escribió bajo
la dirección del Espíritu de Dios; y una teoría geológica correcta no
presentará descubrimientos que no puedan conciliarse con los asertos así
inspirados. Toda verdad, ya sea en la naturaleza o en la revelación, es
consecuente consigo misma en todas sus manifestaciones.
En la Palabra de Dios hay muchas
interrogaciones que los más profundos erudito no pueden contestar. Se nos llama
la atención a estos asuntos para mostrarnos que, aun en las cosas comunes de la vida diaria, es mucho lo
que las mentes finitas, con toda su jactanciosa sabiduría, no podrán jamás
comprender en toda su plenitud.
Sin embargo, los hombres de ciencia
creen que ellos pueden comprender la sabiduría de Dios, lo que él ha hecho y lo
que puede hacer. Se ha generalizado mucho la idea de que Dios está restringido
por sus propias leyes. Los hombres niegan o pasan por alto su existencia, o
piensan que pueden explicarlo todo, aun la acción de su Espíritu sobre el
corazón humano; y ya no reverencian su nombre ni temen su poder. No
comprendiendo las leyes de Dios ni el poder infinito de él para hacer efectiva
su voluntad mediante ellas, no creen en lo sobrenatural. Comúnmente, la
expresión "leyes de la naturaleza" abarca lo que el hombre ha podido
descubrir acerca de las leyes que gobiernan el mundo físico; pero ¡cuán
limitada es la sabiduría del hombre, y cuán vasto el campo en el cual el
Creador puede obrar, en armonía con sus propias leyes, y sin embargo,
enteramente más allá de la comprensión de los seres finitos!
Muchos enseñan que la materia posee
poderes vitales, que se le impartieron
ciertas propiedades y que se la dejó luego actuar mediante su propia energía
inherente; y que las operaciones de la naturaleza se llevan a cabo en
conformidad con leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede intervenir. Esta
es una ciencia falsa, y no está respaldada por la Palabra de Dios. La
naturaleza es la sierva de su Creador. Dios no anula sus leyes, ni tampoco obra
contrariándolas: las usa continuamente como sus instrumentos. La naturaleza
atestigua que hay una inteligencia, una presencia y una energía activa, que
obran dentro de sus leyes y mediante ellas. Existe en la naturaleza la acción
del Padre y del Hijo. Cristo dice: "Mi Padre hasta ahora obra, y yo
obro." (Juan 5:17.)
Los levitas, en su himno registrado por
Nehemías, cantaban: "Tú, oh Jehová, eres solo; tú hiciste los cielos, y
los cielos de los cielos, y toda su milicia, la tierra y todo lo que está en
ella, . . . tú vivificas todas estas cosas." (Neh. 9:6.)
En cuanto se refiere a este mundo, la
obra de la creación de Dios está terminada, pues fueron "acabadas las
obras desde el principio del mundo." (Heb. 4:3.) Pero su energía sigue
ejerciendo su influencia para sustentar los objetos de su creación. Una palpitación
no sigue a la otra, y un hálito al otro, porque el mecanismo que una vez se
puso en marcha continúe accionando por su propia energía inherente; sino que
todo hálito, toda palpitación del corazón es una evidencia del completo cuidado
que tiene de todo lo creado Aquel en quien "vivimos, y nos movemos, y
somos." (Hech. 17:28.) No es en virtud de alguna fuerza inherente que año
tras año la tierra produce sus abundantes cosechas y que continúa su movimiento
alrededor del sol. La mano de Dios dirige los planetas, y los mantiene en su
puesto en su ordenada marcha a través de los cielos. "El saca por cuenta
su ejército: a todas llama por sus nombres; ninguna faltará: tal es la grandeza
de su fuerza, y su poder y virtud." (Isa. 40:26.) En virtud de su poder la
vegetación florece, aparecen las hojas y las flores se abren. Es él quien
"hace a los montes producir hierba," por su poder los valles se fertilizan. Todas las bestias de los
bosques piden a Dios su alimento, y toda criatura viviente, desde el diminuto
insecto hasta el hombre, dependen diariamente de su divina providencia. Según
las hermosas palabras del salmista: "Todos ellos esperan en ti, para que
les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, hártanse de
bien."Su Palabra controla los elementos, él cubre los cielos de nubes y
prepara la lluvia para la tierra. "El da la nieve como lana, derrama la
escarcha como ceniza." "A su voz se da muchedumbre de aguas en el
cielo, y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; hace los relámpagos
con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos." (Sal. 147:8, 16;
104:27, 28; Jer. 10:13.)
Dios es el fundamento de todas las
cosas. Toda verdadera ciencia está en armonía con sus obras; toda verdadera educación nos induce a
obedecer a su gobierno. La ciencia abre nuevas maravillas ante nuestra vista,
se remonta alto, y explora nuevas profundidades; pero de su búsqueda no trae
nada que esté en conflicto con la divina revelación. La ignorancia puede tratar
de respaldar puntos de vista falsos con respecto a Dios veliéndose para ello de
la ciencia; pero el libro de la naturaleza y la Palabra escrita se iluminan
mutuamente. De esa manera somos inducidos a adorar al Creador, y confiar con
inteligencia en su Palabra.
Ninguna mente finita puede comprender
plenamente la existencia, el poder, la sabiduría, o las obras del Infinito. El
escritor sagrado dice: "¿Alcanzarás tú el rastro de Dios? ¿Llegarás tú a
la perfección del Todopoderoso? Es más alto que los cielos: ¿qué harás? es más
profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás? Su dimensión es mas larga que la
tierra, y más ancha que la mar." (Job 11:7-9.) Los intelectos más
poderosos de la tierra no pueden comprender a Dios. Los hombres podrán
investigar y aprender siempre; pero habrá siempre un infinito inalcanzable para
ellos.
Sin embargo, las obras de la creación
dan testimonio de la grandeza y del
poder de Dios. "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión
denuncia la obra de sus manos." (Sal. 19:1.) Los que reciben la Palabra
escrita cono su consejera encontrarán en la ciencia un auxiliar para comprender
a Dios. "Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y
divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por
las cosas que son hechas." (Rom. 1:20.)