EN Los días de Noé pesaba sobre la
tierra una doble maldición, como consecuencia de la transgresión de Adán y del
asesinato cometido por Caín. No
obstante esta circunstancia, la faz de la naturaleza no había cambiado mucho. Había señales evidentes de decadencia, pero
la tierra todavía era bella y rica con los regalos de la providencia de
Dios. Las colinas estaban coronadas de
majestuosos árboles que sostenían los sarmientos cargados del fruto de la vid. Las vastas planicies que semejaban jardines
estaban vestidas de suave verdor y endulzadas con la fragancia de miles de
flores. Los frutos de la tierra eran de
una gran variedad y de una abundancia casi ilimitada. Los árboles superaban en tamaño, belleza y perfecta simetría, a
los más hermosos del presente; la madera era de magnífica fibra y de dura
substancia, muy parecida a la piedra, y apenas un poco menos durable que
ésta. Además, abundaban el oro, la
plata y las piedras preciosas.
El linaje humano aun conservaba mucho de
su vigor original. Sólo pocas generaciones
habían pasado desde que Adán había tenido acceso al árbol que había de
prolongar la vida; y la unidad de la existencia del hombre era todavía el
siglo. Si aquellas personas dotadas de
longevidad hubieran dedicado al servicio de Dios sus excepcionales facultades
para hacer planes y ejecutarlos, habrían hecho del nombre de su Creador un
motivo de alabanza en la tierra, y habrían cumplido el motivo por el cual él
les dio la vida. Pero dejaron de
hacerlo. Había muchos gigantes, hombres
de gran estatura y fuerza, renombrados por su sabiduría, hábiles para proyectar
las más sutiles y maravillosas obras; pero la culpa en que incurrieron al dar rienda suelta a la
iniquidad fue proporcional a su pericia y habilidad mentales.
Dios otorgó ricos y variados dones a
estos antediluvianos; pero los usaron para glorificarse a sí mismos, y los
trocaron en maldición poniendo sus afectos en ellos más bien que en Aquel que
se los había dado. Emplearon el oro y
la plata, las piedras preciosas y las maderas selectas, en la construcción de
mansiones para si y trataron de superarse unos a otros en el embellecimiento de
sus moradas con las más hábiles obras del ingenio humano. Sólo procuraban satisfacer los deseos de sus
orgullosos corazones, y se aturdían en escenas de placer y perversidad. No deseando conservar a Dios en su memoria,
no tardaron en negar su existencia.
Adoraban a la naturaleza en lugar de rendir culto al Dios de la
naturaleza. Glorificaban al ingenio
humano, adoraban las obras de sus propias manos, y enseñaban a sus hijos a
postrarse ante imágenes esculpidas.
Construyeron altares a sus ídolos en los
verdes campos y bajo la sombra de hermosos árboles. Bosques extensos, que conservaban su follaje siempre verde, eran
dedicados al culto de dioses falsos. A
estos bosques estaban unidos bellos jardines, con largas y sinuosas avenidas
adornadas de árboles cargados de frutos, y de toda clase de estatuas; todo lo
cual estaba provisto de cuanto podía agradar a los sentidos y fomentar los
voluptuosos deseos del pueblo, y así inducirlo a participar del culto idólatra.
Los hombres eliminaron a Dios de su
mente, y adoraron las creaciones de su propia imaginación; y como consecuencia,
se degradaron más y más. El salmista
describe el efecto producido por la adoración de ídolos sobre quienes la
practican. "Como ellos son los que
los hacen; cualquiera que en ellos confía." (Sal. 115:8.)
Es una ley del espíritu humano que nos
hacemos semejantes a lo que contemplamos.
El hombre no se elevará más allá de sus conceptos acerca de la verdad,
la pureza y la santidad. Si el espíritu
no sube nunca más arriba que el nivel humano, si no se eleva mediante la fe para comprender la sabiduría
y el amor infinitos, el hombre irá hundiéndose cada vez más. Los adoradores de falsos dioses revestían a
sus deidades de cualidades y pasiones humanas, y rebajaban así sus normas de
carácter a la semejanza de la humanidad pecaminosa. Como resultado lógico se corrompieron.
"Y vio Jehová que la malicia de los
hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del
corazón de ellos era de continuo solamente el mal. . . . Y corrompióse la tierra
delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia." (Gén. 6:5, 11.)
Dios había dado a los hombres sus mandamientos como norma de vida, pero su ley
fue quebrantada, y como resultado cometieron todos los pecados concebibles. La impiedad de los hombres fue manifiesta y
osada, la justicia fue pisoteada en el polvo, y las lamentaciones de los
oprimidos ascendieron hasta el cielo.
La poligamia había sido introducida
desde temprano, contra la divina voluntad manifestada en el principio. El Señor dio a Adán una mujer, revelando así
su órdenes. Pero después de la caída,
los hombres prefirieron seguir sus deseos pecaminosos: y como resultado,
aumentaron rápidamente los delitos y la desgracia. No se respetaba el vínculo matrimonial ni los derechos de propiedad. Cualquiera que codiciaba las mujeres o los
bienes de su prójimo, los tomaba por la fuerza, y los hombres se regocijaban en
sus hechos de violencia. Gozaban
matando los animales; y el consumo de la carne como alimento los volvía aún más
crueles y sedientos de sangre, hasta que llegaron a considerar la vida humana
con sorprendente indiferencia.
El mundo estaba en su infancia; no
obstante, la iniquidad del género humano se había hecho tan profunda y general
que Dios no pudo soportarla más; y dijo: "Raeré los hombres que he creado
de sobre la faz de la tierra." (Vers 7; véase el Apéndice, nota 1.)
Declaró que su Espíritu no contendería para siempre con la humanidad
culpable. Si los hombres no cesaban de
manchar el mundo y sus ricos tesoros con sus pecados, los borraría de su
creación, y destruiría las cosas que con tanta delicia les había brindado;
arrebataría las bestias de los campos, y la vegetación que les suministraba
abundante abastecimiento de alimentos, y transformaría la bella tierra en un
vasto panorama de desolación y ruina.
En medio de la corrupción reinante,
Matusalén, Noé y muchos más, trabajaron para conservar el conocimiento del
verdadero Dios y para detener la ola del mal.
Ciento veinte años antes del diluvio, el Señor, mediante un santo ángel,
comunicó a Noé su propósito, y le ordenó que construyese un arca. Mientras la construía, había de predicar que
Dios iba a traer sobre la tierra un diluvio para destruir a los impíos, Los que
creyesen en el mensaje, y se preparasen para ese acontecimiento mediante el
arrepentimiento y la reforma, obtendrían perdón y serían salvos. Enoc habla repetido a sus hijos lo que Dios
le habla manifestado tocante al diluvio, y Matusalén y sus hijos, que
alcanzaron a oír las prédicas de Noé, le ayudaron en la construcción del arca.
Dios dio a Noé las dimensiones exactas
del arca, y explícitas instrucciones acerca de todos los detalles de su
construcción. La sabiduría humana no
podría haber ideado una estructura de tanta solidez y durabilidad. Dios fue el diseñador, y Noé el maestro
constructor. Se construyó como el casco
de un barco, para que pudiese flotar en el agua, pero en ciertos aspectos se
parecía más a una casa. Tenía tres
pisos, con sólo una puerta en un costado.
La luz entraba por la parte superior, y las distintas secciones estaban
arregladas de tal manera que todas recibían luz. En la construcción del arca se empleó madera de ciprés, que
duraría cientos de años. La construcción
de esta estructura fue un proceso lento y trabajoso. A pesar de la gran fuerza que poseían los hombres de aquel
entonces, debido al gran tamaño de los árboles y la naturaleza de la madera, se
necesitaba mucho más tiempo que ahora para prepararla. Se hizo todo lo humanamente posible para que la obra resultase perfecta;
sin embargo, el arca de por sí no hubiera podido soportar la tempestad que
había de venir sobre la tierra. Sólo
Dios podía guardar a sus siervos de las aguas borrascosas.
"Por la fe Noé, habiendo recibido
respuesta de cosas que aun no se veían, con temor aparejó el arca en que su
casa se salvase: por la cual fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la
justicia que es por la fe." (Heb.
11:7.) Mientras Noé daba al mundo su mensaje de amonestación, sus obras
demostraban su sinceridad. Así se
perfeccionó y manifestó su fe. Dio al
mundo el ejemplo de creer exactamente lo que Dios dice. Todo lo que poseía lo invirtió en el
arca. Cuando empezó a construir aquel
inmenso barco en tierra seca, multitudes vinieron de todos los rumbos a ver
aquella extraña escena, y a oír las palabras serias y fervientes de aquel
singular predicador. Cada martillazo
dado en la construcción del arca era un testimonio para la gente.
Al principio, pareció que muchos
recibirían la advertencia; sin embargo, no se volvieron a Dios con verdadero
arrepentimiento. No quisieron renunciar
a sus pecados. Durante el tiempo que
precedió al diluvio, su fe fue probada, pero ellos no resistieron esa prueba. Vencidos por la incredulidad reinante, se
unieron a sus antiguos camaradas para rechazar el solemne mensaje. Algunos estaban profundamente convencidos, y
hubieran atendido la amonestación; pero eran tantos los que se mofaban y los
ridiculizaban, que terminaron por participar del mismo espíritu, resistieron a
las invitaciones de la misericordia, y pronto se hallaron entre los más
atrevidos e insolentes burladores; pues nadie es tan desenfrenado ni se hunde
tanto en el pecado como los que una vez conocieron la luz, pero resistieron al
Espíritu que convence de pecado.
No todos los hombres de aquella
generación eran idólatras en el sentido estricto de la palabra. Muchos profesaban ser adoradores de
Dios. Alegaban que sus ídolos eran
imágenes de la Deidad, y que por su medio el pueblo podía formarse una concepción más clara del Ser divino. Esta clase sobresalía en el menosprecio del
mensaje de Noé. Al tratar de
representar a Dios mediante objetos materiales, cegaron sus mentes en lo que
respectaba a la majestad y al poder del Creador; dejaron de comprender la
santidad de su carácter, y la naturaleza sagrada e inmutable de sus
requerimientos.
A medida que el pecado se generalizaba,
les parecía cada vez menos grave, y terminaron por declarar que la ley divina
ya no estaba en vigor; que era contrario al carácter de Dios castigar la
transgresión; y negaron que sus juicios se harían sentir en la tierra. Si los hombres de aquella generación
hubieran obedecido la ley divina, habrían reconocido la voz de Dios en la
amonestación de su siervo; pero al rechazar la luz sus mentes se habían vuelto
tan ciegas, que creyeron de veras que el mensaje de Noé era un engaño.
No fueron las multitudes o las mayorías
las que se colocaron de parte de lo justo.
El mundo se puso contra la justicia y las leyes de Dios, y Noé fue
considerado fanático. Satanás, al tentar
a Eva para que desobedeciese a Dios, le dijo: "No moriréis." (Gén.
3:4.) Grandes hombres del mundo, honrados y sabios, repitieron lo mismo. "Las amenazas de Dios -dijeron- tienen
por fin intimidarnos y nunca se realizarán.
No debéis alarmaros. Nunca se
producirá la destrucción de la tierra por el Dios que la hizo ni el castigo de
los seres que él creó. Podéis estar
tranquilos; no temáis. Noé es un
descabellado fanático." El mundo se reía de la locura del iluso
anciano. En vez de humillar sus corazones
ante Dios, persistieron en su desobediencia e impiedad, como si Dios no les
hubiera hablado por su siervo.
Pero Noé se mantuvo como una roca en
medio de la tempestad. Rodeado por el
desdén y el ridículo popular, se distinguió por su santa integridad y por su
inconmovible fidelidad. Sus palabras
iban acompañadas de poder, pues eran la voz de Dios que hablaba a los hombres
por medio de su siervo. Su relación con
Dios le comunicaba la fuerza del poder
infinito, mientras que, durante ciento veinte años, su voz solemne anunció a
oídos de aquella generación acontecimientos que, en cuanto podía juzgar la
sabiduría humana, estaban fuera de toda posibilidad.
El mundo antediluviano razonaba que las
leyes de la naturaleza habían sido estables durante muchos siglos. Las estaciones se habían sucedido unas a
otras en orden. Hasta entonces nunca
había llovido; la tierra había sido regada por una niebla o el rocío. Los ríos nunca habían salido de sus cauces,
sino que habían llevado sus aguas libremente hacia el mar. Leyes fijas habían mantenido las aguas
dentro de sus límites naturales. Pero
estos razonadores no reconocían la mano del que había detenido las aguas
diciendo: "Hasta aquí vendrás, y no pasarás adelante." (Job 38:11)
A medida que transcurría el tiempo sin
ningún cambio visible en la naturaleza, los hombres cuyo corazón a veces había
temblado de temor comenzaron a tranquilizarse.
Razonaron, como muchos lo hacen hoy, que la naturaleza está por encima
del Dios de la naturaleza, y que sus leyes están tan firmemente establecidas
que el mismo Dios no podría cambiarlas.
Alegando que si el mensaje de Noé fuese correcto, la naturaleza tendría
que cambiar su curso, hicieron que ese mensaje apareciera ante el mundo como un
error, como un gran engaño. Demostraron
su desdén por la amonestación de Dios haciendo exactamente las mismas cosas que
habían hecho antes de recibir la advertencia.
Continuaron sus fiestas y glotonerías; siguieron comiendo y bebiendo,
plantando y edificando, haciendo planes con referencia a beneficios que
esperaban obtener en el futuro; y se hundieron más profundamente en la impiedad
y el obstinado menosprecio de los requerimientos de Dios, para mostrar que no
temían al Ser infinito. Afirmaban que
si fuese cierto lo que Noé había dicho, los hombres de fama, los sabios, los
prudentes y los grandes lo habrían comprendido.
Si los antediluvianos hubiesen creído la
advertencia y se hubiesen arrepentido
de sus obras impías, el Señor habría desistido de su ira, como lo hizo más
tarde con Nínive. Pero con su obstinada
resistencia a los reproches de la conciencia y a las advertencias del profeta
de Dios, aquella generación llenó la copa de su iniquidad y maduró para la
destrucción.
Su tiempo de gracia estaba a punto de
concluir. Noé había seguido fielmente
las instrucciones que había recibido de Dios.
El arca se terminó en todos sus aspectos como Dios lo había mandado, y
fue provista de alimentos para los hombres y las bestias. Y entonces el siervo de Dios dirigió su
última y solemne súplica a la gente.
Con anhelo indecible, les rogó que buscasen refugio mientras era posible
encontrarlo. Nuevamente rechazaron sus
palabras, y alzaron sus voces en son de burla y de mofa.
De repente reinó el silencio entre
aquella multitud escarnecedora. Animales
de toda especie, desde los más feroces hasta los más mansos, se veían venir de
las montañas y los bosques, y dirigirse tranquilamente hacia el arca. Se oyó un ruido como de un fuerte viento, y
he aquí los pájaros que venían de todas direcciones en tal cantidad que
obscurecieron los cielos, y entraban en el arca en perfecto orden. Los animales obedecían la palabra de Dios,
mientras que los hombres la desobedecían.
Dirigidos por santos ángeles, "de dos en dos entraron a Noé en el
arca," y los animales limpios de "siete en siete." (Gen. 7:9,
2.)
El mundo miraba maravillado, algunos
hasta con temor. Llamaron a los
filósofos para que explicasen aquel singular suceso, pero fue en vano. Era un misterio que no podían comprender. Pero los corazones de los hombres se habían
endurecido tanto, al rechazar obstinadamente la luz, que aun esta escena les
produjo sólo una impresión pasajera. La
raza condenada contemplaba el sol en toda su gloria y la tierra revestida casi
de la belleza del Edén, y ahuyentó sus crecientes temores mediante ruidosas
diversiones; y mediante actos de violencia pareció atraer sobre sí la ya
despierta ira de Dios.
Dios mandó a Noé: "Entra tú y toda
tu casa en el arca; porque a t i he visto justo delante de mí en esta
generación." (Gén. 7:1.) Las advertencias de Noé habían sido rechazadas
por el mundo, pero su influencia y su ejemplo habían sido una bendición para su
familia. Como premio por su fidelidad e
integridad, Dios salvó con él a todos los miembros de su familia. ¡Qué estímulo
para la fidelidad de los padres!
La misericordia dejó de suplicar a la
raza culpable. Las bestias de los
campos y las aves del aire habían entrado en su refugio. Noé y su familia estaban en el arca; "y
Jehová le cerró la puerta." (Vers. 16.) Se vio un relámpago deslumbrante,
y una nube de gloria más vívida que el relámpago descendió del cielo para
cernerse ante la entrada del arca. La
maciza puerta, que no podían cerrar los que estaban dentro, fue puesta
lentamente en su sitio por manos invisibles.
Noé quedó adentro y los que habían desechado la misericordia de Dios
quedaron afuera. El sello del cielo fue
puesto sobre la puerta; Dios la había cerrado, y sólo Dios podía abrirla. Asimismo, cuando Cristo deje de interceder
por los hombres culpables, antes de su venida en las nubes del cielo, la puerta
de la misericordia será cerrada.
Entonces la gracia divina ya no refrenará más a los impíos, y Satanás
tendrá dominio absoluto sobre los que hayan rechazado la misericordia
divina. Pugnarán ellos por destruir al
pueblo de Dios; pero así como Noé fue guardado en el arca, los justos serán
escudados por el poder divino.
Durante siete días después que Noé y su
familia hubieron entrado en el arca, no aparecieron señales de la inminente
tempestad. Durante ese tiempo se probó
su fe. Fue un momento de triunfo para
el mundo exterior. La aparente tardanza
confirmaba la creencia de que el mensaje de Noé era un error y que el diluvio
no ocurriría. A pesar de las solemnes
escenas que habían presenciado, al ver cómo las bestias y las aves entraban en
el arca, y el ángel de Dios cerraba la puerta, continuaron las burlas y orgías,
y hasta se mofaron los hombres de las
manifiestas señales del poder de Dios.
Se reunieron en multitudes alrededor del arca para ridiculizar a sus
ocupantes con una audacia violenta que no se habían atrevido a manifestar
antes.
Pero al octavo día obscuros nubarrones
cubrieron los cielos. Y comenzó el
estallido de los truenos y el centellear de los relámpagos. Pronto grandes gotas de agua comenzaron a
caer. Nunca había presenciado el mundo
cosa semejante y el temor se apoderó del corazón de los hombres. Todos se preguntaban secretamente:
"¿Será posible que Noé tuviera razón y que el mundo se halle condenado a
la destrucción?" El cielo se obscurecía cada vez más y la lluvia caía más
aprisa. Las bestias rondaban presas de
terror, y sus discordantes aullidos parecían lamentar su propio destino y la
suerte del hombre. Entonces
"fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los
cielos fueron abiertas." (Vers. 11.) El agua se veía caer de las nubes
cual enormes cataratas. Los ríos se
salieron de madre e inundaron los valles.
Torrentes de aguas brotaban de la tierra con fuerza indescriptible,
arrojando al aire, a centenares de pies,* macizas rocas, que al caer se
sepultaban profundamente en el suelo.
La gente presenció primeramente la
destrucción de las obras de sus manos.
Sus espléndidos edificios, sus bellos jardines y alamedas donde habían
colocado sus ídolos, fueron destruidos por los rayos, y sus escombros fueron
diseminados. Los altares donde habían
ofrecido sacrificios humanos fueron destruidos, y los adoradores temblaron ante
el poder del Dios viviente, y comprendieron que había sido su corrupción e
idolatría lo que había provocado su destrucción.
A medida que la violencia de la
tempestad aumentaba, árboles, edificios, rocas y tierra eran lanzados en todas
direcciones. El terror de los hombres y
los animales era indescriptible. Por
encima del rugido de la tempestad podían escucharse los lamentos de un pueblo que había despreciado la autoridad de
Dios. El mismo Satanás, obligado a
permanecer en medio de los revueltos elementos, temió por su propia existencia. Se había deleitado en dominar tan poderosa
raza, y deseaba que los hombres viviesen para que siguieran practicando sus
abominaciones y rebelándose contra el Rey del cielo. Ahora lanzaba maldiciones contra Dios, culpándolo de injusticia y
de crueldad. Muchos, como Satanás,
blasfemaban contra Dios, y si hubiesen podido, le habrían arrojado del trono de
su poder. Otros, locos de terror,
extendían las manos hacia el arca, implorando que les permitieran entrar. Pero sus súplicas fueron vanas. Su conciencia despertó, por fin, y se
convencieron de que hay en los cielos un Dios que lo gobierna todo. Le invocaron con fervor, pero los oídos del
Creador no escuchaban sus súplicas.
En aquella terrible hora vieron que la
transgresión de la ley de Dios había ocasionado su ruina. Pero, si bien por temor al castigo reconocían
su pecado, no sentían verdadero arrepentimiento ni verdadera repugnancia hacia
el mal. Habrían vuelto a su desafío
contra el cielo, si se les hubiese librado del castigo. Así también cuando los juicios de Dios
caigan sobre la tierra antes del diluvio de fuego, los impíos sabrán
exactamente en qué consiste su pecado: en haber menospreciado su santa
ley. Sin embargo, su arrepentimiento no
será más genuino que el de los pecadores del mundo antiguo.
Algunos, en su desesperación, trataron
de romper el arca para entrar en ella; pero su firme estructura soportó todos
estos intentos. Otros se asieron del
arca hasta que fueron arrancados de ella por las embravecidas aguas o por los
choques con las rocas y los árboles.
Todas las fibras de la maciza arca temblaban cuando era golpeada por los
vientos inmisericordes, y una ola la arrojaba a la otra. Los rugidos de los animales que estaban
dentro del arca expresaban su miedo y dolor.
Pero en medio de los revueltos elementos el arca continuaba flotando con toda seguridad. Ángeles muy poderosos habían sido enviados
para protegerla.
Los animales expuestos a la tempestad
corrían hacia los hombres, como si esperasen ayuda de ellos. Algunas personas se ataron, juntamente con
sus hijos, en los lomos de poderosos animales, sabiendo que éstos eran tenaces
para conservar la vida, y que subirían a los picos más altos para escapar de
las crecientes aguas. Otros se ataron a
altos árboles en la cumbre de las colinas o las montañas; pero los árboles
fueron desarraigados, y juntamente con su cargamento de seres vivientes fueron
lanzados a las bullentes olas. Sitio
tras sitio que prometía seguridad era abandonado. A medida que las aguas subían más y más, la gente huía a las más
elevadas montañas en busca de refugio.
En muchos lugares podía verse a hombres y animales que luchaban por
asentar pie en un mismo sitio hasta que al fin unos y otros eran barridos por
la furia de los elementos.
Desde las cimas más altas, los hombres
contemplaban un enorme océano sin playas.
Las solemnes amonestaciones del siervo de Dios ya no eran objeto de
ridículo y mofa. ¡Cuánto habrían deseado estos pecadores condenados a morir que
se les volviera a deparar la oportunidad que habían menospreciado! ¡Cómo
imploraban que se les diera una hora más de gracia, otra manifestación de
misericordia, otra invitación de labios de Noé! Pero ya no habían de oír la
dulce voz de misericordia. El amor, no
menos que la justicia, exigía que los juicios de Dios pusiesen término al
pecado. Las aguas vengadoras barrieron
el último refugio, y los que habían despreciado a Dios perecieron finalmente en
las obscuras profundidades.
"Por la palabra de Dios ... el
mundo de entonces pereció anegado en agua: Mas los cielos que son ahora, y la
tierra, son conservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día
del juicio, y de la perdición de los hombres impíos." (2 Ped. 3:5-7.) Otra
tempestad se aproxima ahora. La tierra
será otra vez barrida por la asoladora ira de Dios, y el pecado y los pecadores
serán destruidos.
Los pecados que acarrearon la venganza
sobre el mundo antediluviano. existen hoy.
El temor de Dios ha desaparecido de los corazones de los hombres, y su
ley se trata con indiferencia y desdén.
La intensa mundanalidad de aquella generación es igualada por la de la
presente. Cristo dijo: "Porque
como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y
dando en casamiento, hasta el día que Noé entró en el arca, y no conocieron
hasta que vino el diluvio y llevó a todos, así será también la venida del Hijo
del hombre." (Mat. 24:38, 39.)
Dios no condenó a los antediluvianos
porque comían y bebían; les había dado los frutos de la tierra en gran
abundancia para satisfacer sus necesidades materiales. Su pecado consistió en que tomaron estas dádivas
sin ninguna gratitud hacia el Dador, y se rebajaron entregándose
desenfrenadamente a la glotonería. Era
lícito que se casaran. El matrimonio
formaba parte del plan de Dios; fue una de las primeras instituciones que él
estableció. Dio instrucciones especiales
tocante a esta institución, revistiéndola de santidad y belleza; pero estas
instrucciones fueron olvidadas y el matrimonio fue pervertido y puesto al
servicio de las pasiones humanas.
Condiciones semejantes prevalecen hoy
día. Lo que es lícito en sí es llevado
al exceso. Se complace al apetito sin
restricción. Hoy muchos de los que
profesan ser cristianos comen y beben en compañía de los borrachos mientras sus
nombres aparecen en las listas de honor de las iglesias. La intemperancia entorpece las facultades
morales y espirituales, y prepara el dominio de las pasiones bajas. Multitudes de personas no sienten la
obligación moral de dominar sus apetitos sensuales y se vuelven esclavos de la
concupiscencia. Los hombres viven sólo
para el placer de los sentidos; únicamente para este mundo y para esta
vida. El despilfarro prevalece en todos
los círculos sociales. La integridad se
sacrifica en aras del lujo y la ostentación.
Los que quieren enriquecerse rápidamente corrompen la justicia y oprimen
a los pobres; y todavía se compran y venden "siervos, y las almas de los
hombres." El engaño, el soborno y el robo se cometen libremente entre
humildes y encumbrados. La prensa
abunda en noticias de asesinatos y crímenes ejecutados tan a sangre fría y sin
causa, que parecería que todo instinto de humanidad hubiese desaparecido. Estos crímenes atroces son hoy día sucesos
tan comunes que apenas motivan un comentario o causan sorpresa. El espíritu de anarquía está penetrando en
todas las naciones, y los disturbios que de vez en cuando excitan el horror del
mundo, no son sino señales de los reprimidos fuegos de las pasiones y de la
maldad que, una vez que escapen al dominio de las leyes, llenarán el mundo de
miseria y de desolación.
El cuadro del mundo antediluviano que
pintó la inspiración representa con fiel veracidad la condición a la cual la
sociedad moderna está llegando rápidamente.
Ahora mismo, en el presente siglo, y en países que se llaman cristianos,
se cometen diariamente crímenes tan negros y atroces, como aquellos por los
cuales los pecadores del antiguo mundo fueron destruídos.
Antes del diluvio, Dios mandó a Noé que
diese aviso al mundo, para que los hombres fuesen llevados al arrepentimiento,
y para que así escapasen a la destrucción.
A medida que se aproxima el momento de la segunda venida de Cristo, el
Señor envía a sus siervos al mundo con una amonestación para que los hombres se
preparen para ese gran acontecimiento.
Multitudes de personas han vivido violando la ley de Dios, y ahora, con
toda misericordia, las llama para que obedezcan sus sagrados preceptos. A todos los que abandonen sus pecados
mediante el arrepentimiento para con Dios y la fe en Cristo, se les ofrece
perdón. Pero muchos creen que renunciar
al pecado es hacer un sacrificio demasiado grande. Porque su vida no está en armonía con los principios puros del
gobierno moral de Dios, rechazan sus amonestaciones y niegan la autoridad de su
ley.
Solamente ocho almas de la enorme
población antediluviana creyeron y obedecieron la palabra que Dios les habló
por labios de Noé. Durante ciento
veinte años el predicador de la justicia amonestó al mundo acerca de la
destrucción que se aproximaba; pero su mensaje fue desechado y despreciado. Lo mismo sucederá ahora. Antes de que el Legislador venga a castigar
a los desobedientes, exhorta a los transgresores a que se arrepientan y vuelvan
a su lealtad; pero para la mayoría estas advertencias serán vanas.
Dice el apóstol Pedro: "En los
postrimeros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias,
y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? porque desde el día en
que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el
principio de la creación." (2 Ped. 3:3, 4.) ¿No oímos repetir hoy estas
mismas palabras, no sólo por los impíos, sino también por muchos que ocupan los
púlpitos en nuestra tierra? "No
hay motivo de alarma -dicen.- Antes de que venga Cristo, se ha de convertir el
mundo entero, y la justicia ha de reinar durante mil años. ¡Paz, paz! Todo permanece así como desde el
principio. Nadie se turbe por el
inquietante mensaje de estos alarmistas."
Pero esta doctrina del milenario no está
en armonía con las enseñanzas de Cristo y de los apóstoles. Jesús hizo esta pregunta significativa:
"Cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?" (Luc.
18:8.) Como hemos visto, él manifiesta que el estado del mundo será como en los
días de Noé. San Pablo nos recuerda que
la impiedad aumentará a medida que se acerque el fin: "El Espíritu dice
manifiestamente, que en los venideros tiempos algunos apostatarán de la fe,
escuchando a espíritus de error y a doctrinas de demonios." (1 Tim. 4:1.)
El apóstol dice que "en los postreros días vendrán tiempos
peligrosos." (2 Tim. 3:1.) Y nos da una tremenda lista de pecados que se
notarían entre quienes tendrían apariencia de piedad.
Mientras que su tiempo de gracia estaba
concluyendo, los antediluvianos se entregaban a una vida agitada de diversiones
y festividades. Los que poseían
influencia y poder se empeñaban en distraer la atención del pueblo con alegrías
y placeres para que ninguno se dejara impresionar por la última solemne
advertencia. ¿No vemos repetirse lo mismo hoy?
Mientras los siervos de Dios proclaman que el fin de todas las cosas se
aproxima, el mundo va en pos de los placeres y las diversiones. Hay constantemente abundancia de
excitaciones que causan indiferencia hacia Dios e impiden que la gente sea
impresionada por las únicas verdades que podrían salvarla de la destrucción que
se avecina.
En los días de Noé, los filósofos
declararon que era imposible que el mundo fuese destruido por el agua; asimismo
hay ahora hombres de ciencia que tratan de probar que el mundo no puede ser
destruido por fuego, que esto es incompatible con las leyes naturales. Pero el Dios de la naturaleza, el que creó
las leyes y las controla, puede usar las obras de sus manos para que sirvan a
sus fines.
Cuando los grandes sabios habían probado
a su entera satisfacción que era imposible que el mundo fuese destruido por
agua, cuando los temores del pueblo se habían tranquilizado, cuando todos
consideraban que la profecía de Noé era un engaño, y le llamaban fanático,
entonces llegó la hora de Dios.
"Fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de
los cielos fueron abiertas" (Gén. 7:11), y los burladores sucumbieron en
las aguas del diluvio. Con toda su
jactancioso filosofía, los hombres descubrieron muy tarde que su sabiduría era
necedad, que el Legislador es superior a las leyes de la naturaleza, y que a la
Omnipotencia no le faltan medios para alcanzar sus fines.
"Y como fue en los días de Noé, ...
como esto será el día como el día que
el Hijo del hombre se manifestará." "El día del Señor vendrá como
ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los
elementos ardiendo serán desechos, y la tierra y las obras que en ella están
serán quemadas." (Luc. 17: 26, 30; 2 Pedro 3: 10) Cuando las razonamientos
de la filosofía hayan desterrado el temor a los juicios de Dios; cuando los
maestros de la religión nos hablen de los largos siglos de paz y prosperidad, y
el mundo se dedique por completo a sus negocios y placeres, a plantar y
edificar, fiestas y diversiones, y
desechando las amonestaciones de Dios, se burle de sus mensajeros,
"entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente, . . . y no
escaparán." (1 de Tes. 5: 3)