NO SIÉNDOLE posible continuar con su
rebelión en el cielo, Satanás halló un nuevo campo de acción para su enemistad
contra Dios, al tramar la ruina de la raza humana. Vio en la felicidad y en la paz que la santa pareja gozaba en el
Edén el deleite que él había perdido para siempre. Estimulado por la envidia, resolvió inducirles a desobedecer y
atraer sobre sí la culpa y el castigo del pecado. Trataría de cambiar su amor en desconfianza, y sus cantos de
alabanza en oprobio para su Creador. De
esta manera no sólo arrojaría a estos inocentes seres en la desgracia en que él
mismo se encontraba, sino que también ocasionaría deshonra para Dios y pesar en
los cielos.
A nuestros primeros padres no dejó de
advertírseles el peligro que les amenazaba.
Mensajeros celestiales acudieron a presentarles la historia de la caída
de Satanás y sus maquinaciones para destruirlos; para lo cual les explicaron
ampliamente la naturaleza del gobierno divino, que el príncipe del mal trataba
de derrocar. Fue la desobediencia a los
justos mandamientos de Dios lo que ocasionó la caída de Satanás y sus
huestes. Cuán importante era, entonces,
que Adán y Eva honrasen aquella ley, único medio por el cual es posible
mantener el orden y la equidad.
La ley de Dios es tan santa como él
mismo. Es la revelación de su voluntad,
el reflejo de su carácter, y la expresión de su amor y sabiduría. La armonía de la creación depende del
perfecto acuerdo de todos los seres y las cosas, animadas e inanimadas, con la
ley del Creador. No sólo ha dispuesto
Dios leyes para el gobierno de los seres vivientes, sino también para todas las
operaciones de la naturaleza. Todo
obedece a leyes fijas, que no pueden eludirse.
Pero mientras que en la naturaleza todo está gobernado por leyes
naturales, solamente el hombre, entre todos los moradores de la tierra, está
sujeto a la ley moral. Al hombre, obra
maestra de la creación, Dios le dio la facultad de comprender sus
requerimientos, para que reconociese la justicia y la benevolencia de su ley y
su sagrado derecho sobre él; y del hombre se exige una respuesta obediente.
Como los ángeles, los moradores del Edén
habían de ser probados. Sólo podían
conservar su feliz estado si eran fieles a la ley del Creador. Podían obedecer y vivir, o desobedecer y
perecer. Dios los había colmado de
ricas bendiciones; pero si ellos menospreciaban su voluntad, Aquel que no
perdonó a los ángeles que pecaron no los perdonaría a ellos tampoco: la transgresión
los privaría de todos sus dones, y les acarrearía desgracia y ruina.
Los ángeles amonestaron a Adán y a Eva a
que estuviesen en guardia contra las argucias de Satanás; porque sus esfuerzos
por tenderles una celada serían infatigables.
Mientras fuesen obedientes a Dios, el maligno no podría perjudicarles;
pues, si fuese necesario, todos los ángeles del cielo serían enviados en su
ayuda. Si ellos rechazaban firmemente
sus primeras insinuaciones, estarían tan seguros como los mismos mensajeros
celestiales. Pero si cedían a la
tentación, su naturaleza se depravaría, y no tendrían en sí mismos poder ni
disposición para resistir a Satanás.
El árbol de la sabiduría había sido
puesto como una prueba de su obediencia y de su amor a Dios. El Señor había decidido imponerles una sola
prohibición tocante al uso de lo que había en el huerto. Si menospreciaban su voluntad en este punto
especial, se harían culpables de transgresión.
Satanás no los seguiría continuamente con sus tentaciones; sólo podría
acercarse a ellos junto al árbol prohibido.
Si ellos trataban de investigar la naturaleza de este árbol, quedarían
expuestos a sus engaños. Se les
aconsejó que prestasen atención cuidadosa a la amonestación que Dios les había enviado, y que se conformasen
con las instrucciones que él había tenido a bien darles.
Para conseguir lo que quería sin ser
advertido, Satanás escogió como medio a la serpiente, disfraz bien adecuado
para su proyecto de engaño. La
serpiente era en aquel entonces uno de los seres más inteligentes y bellos de
la tierra. Tenía alas, y cuando volaba
presentaba una apariencia deslumbradora, con el color y el brillo del oro
bruñido. Posada en las cargadas ramas
del árbol prohibido, mientras comía su delicioso fruto, cautivaba la atención y
deleitaba la vista que la contemplaba.
Así, en el huerto de paz, el destructor acechaba su presa.
Los ángeles habían prevenido a Eva que
tuviese cuidado de no separarse de su esposo mientras éste estaba ocupado en su
trabajo cotidiano en el huerto; estando con él correría menos peligro de caer
en tentación que estando sola. Pero
distraída en sus agradables labores, inconscientemente se alejó del lado de su
esposo. Al verse sola, tuvo un
presentimiento del peligro, pero desechó sus temores, diciéndose a sí misma que
tenía suficiente sabiduría y poder para comprender el mal y resistirlo. Desdeñando la advertencia de los ángeles muy
pronto se encontró extasiado, mirando con curiosidad y admiración el árbol
prohibido. El fruto era bello, y se
preguntaba por qué Dios se lo había vedado.
Esta fue la oportunidad de Satanás.
Como discerniendo sus pensamientos, se dirigió a ella diciendo:
"¿Con qué Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?"
(Véase Génesis 3)
Eva quedó sorprendida y espantada al oír
el eco de sus pensamientos. Pero, con
voz melodiosa, la serpiente siguió con sutiles alabanzas de su hermosura; y sus
palabras no fueron desagradables a Eva.
En lugar de huir de aquel lugar, permaneció en él, maravillada de oír
hablar a la serpiente. Si se hubiese
dirigido a ella un ser como los ángeles, hubiera sentido temor; pero no se
imaginó que la encantadora serpiente pudiera convertirse en instrumento del enemigo caído.
A la capciosa pregunta de Satanás, Eva
contestó: "Del fruto de los árboles del huerto comemos; más del fruto del
árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le
tocaréis, porque no muráis. Entonces la
serpiente dijo a la mujer: No moriréis; mas sabe Dios que el día que comiereis
de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el
mal."
Le dijo que al comer del fruto de este
árbol, alcanzarían una esfera de existencia más elevada y entrarían en un campo
de sabiduría más amplio. Añadió que él
mismo había comido de ese fruto prohibido y como resultado había adquirido el
don de la palabra. Insinuó que por
egoísmo el Señor no quería que comiesen del fruto, pues entonces se elevarían a
la igualdad con él. Manifestó Satanás que Dios les había prohibido que gustasen
del fruto de aquel árbol o que lo tocasen, debido a las maravillosas
propiedades que tenía de dar sabiduría y poder. El tentador afirmó que jamás llegaría a cumplirse la divina
advertencia; que les fue hecha meramente para intimidarlos. ¿Cómo sería posible
que ellos muriesen? ¿No habían comido del árbol de la vida? Agregó el tentador que Dios estaba tratando
de impedirles alcanzar un desarrollo superior y mayor felicidad.
Tal ha sido la labor que Satanás ha
llevado adelante con gran éxito, desde los días de Adán hasta el presente. Tienta a los hombres a desconfiar del amor
de Dios y a dudar de su sabiduría. Constantemente pugna por despertar en los
seres humanos un espíritu de curiosidad irreverente, un inquieto e inquisitivo
deseo de penetrar en los inescrutables secretos del poder y la sabiduría de
Dios. En sus esfuerzos por escudriñar
aquello que Dios tuvo a bien ocultarnos, muchos pasan por alto las verdades
eternas que nos ha revelado y que son esenciales para nuestra salvación. Satanás induce a los hombres a la
desobediencia llevándoles a creer que entran en un admirable campo de conocimiento. Pero todo esto es un engaño.
Ensoberbecidos por sus ideas de progreso, pisotean los requerimientos de
Dios, caminando por la ruta que los lleva a la degradación y a la muerte.
Satanás hizo creer a la santa pareja que
ellos se beneficiarían violando la ley de Dios. ¿No oímos hoy día razonamientos
semejantes? Muchos hablan de la
estrechez de los que obedecen los mandamientos de Dios, mientras pretenden
tener ideas más amplias y gozar de mayor libertad. ¿Qué es esto sino el eco de
la voz del Edén: "El día que comiereis de él," es decir, el día que
violarais el divino mandamiento, "seréis como dioses"? Satanás aseveró haber recibido grandes
beneficios por haber comido del fruto prohibido, pero nunca dejó ver que por la
transgresión había sido desechado del cielo.
Aunque había comprobado que el pecado acarrea una pérdida infinita,
ocultó su propia desgracia para atraer a otros a la misma situación. Así también el pecador trata de disfrazar su
verdadero carácter; puede pretender ser santo, pero su elevada profesión sólo
hace de él un embaucador tanto más peligroso.
Está del lado de Satanás y al hollar la ley de Dios e inducir a otros a
hacer lo mismo, los lleva hacia la ruina eterna.
Eva creyó realmente las palabras de
Satanás, pero esta creencia no la salvó de la pena del pecado. No creyó en las palabras de Dios, y esto la
condujo a su caída. En el juicio final,
los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira,
sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de
aprender la verdad. No obstante los
sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es
desastroso desobedecer a Dios. Debemos
aplicar nuestros corazones a buscar la verdad.
Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para
nuestra advertencia e instrucción.
Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de
Dios procede de Satanás.
La serpiente tomó del fruto del árbol
prohibido y lo puso en las manos vacilantes de Eva. Entonces le recordó sus
propias palabras referentes a que Dios les había prohibido tocarlo, so pena de
muerte. Le manifestó que no recibiría
más daño de comer el fruto que de tocarlo.
No experimentando ningún mal resultado por lo que había hecho, Eva se
atrevió a más. Vio "que el árbol
era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para
alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió." Era agradable al
paladar, y a medida que comía, parecía sentir una fuerza vivificante, y se
figuró que entraba en un estado más elevado de existencia. Sin temor, tomó el fruto y lo comió.
Y ahora, habiendo pecado, ella se
convirtió en el agente de Satanás para labrar la ruina de su esposo. Con extraña y anormal excitación, y con las
manos llenas del fruto prohibido, lo buscó y le relató todo lo que había
ocurrido.
Una expresión de tristeza cubrió el
rostro de Adán. Quedó atónito y
alarmado. A las palabras de Eva
contestó que ése debía ser el enemigo contra quien se los había prevenido; y
que conforme a la sentencia divina ella debía morir. En contestación, Eva le instó a comer, repitiendo el aserto de la
serpiente de que no morirían. Alegó que
las palabras de la serpiente debían ser ciertas puesto que no sentía ninguna
evidencia del desagrado de Dios; sino que, al contrario, experimentaba una
deliciosa y alborozante influencia, que conmovía todas sus facultades con una
nueva vida, que le parecía semejante a la que inspiraba a los mensajeros
celestiales.
Adán comprendió que su compañera había
violado el mandamiento de Dios, menospreciando la única prohibición que les
había sido puesta como una prueba de su fidelidad y amor. Se desató una
terrible lucha en su mente. Lamentó
haber dejado a Eva separarse de su lado.
Pero ahora el error estaba cometido; debía separarse de su compañía, que
le había sido de tanto gozo. ¿Cómo podría hacer eso?
Adán había gozado el compañerismo de
Dios y de los santos ángeles. Había
contemplado la gloria del Creador.
Comprendía el elevado destino que aguardaba al linaje humano si los
hombres permanecían fieles a Dios. Sin
embargo, se olvidó de todas estas bendiciones ante el temor de perder el don
que apreciaba más que todos los demás.
El amor, la gratitud y la lealtad al Creador, todo fue sofocado por amor
a Eva. Ella era parte de sí mismo, y
Adán no podía soportar la idea de una separación. No alcanzó a comprender que el mismo Poder infinito que lo había
creado del polvo de la tierra y hecho de él un ser viviente de hermosa forma y
que, como demostración de su amor, le había dado una compañera, podía muy bien
proporcionarle otra. Adán resolvió
compartir la suerte de Eva; si ella debía morir, él moriría con ella. Al fin y
al cabo, se dijo Adán, ¿no podrían ser verídicas las palabras de la sabia
serpiente? Eva estaba ante él, tan
bella y aparentemente tan inocente como antes de su desobediencia. Le expresaba mayor amor que antes. Ninguna señal de muerte se notaba en ella, y
así decidió hacer frente a las consecuencias.
Tomó el fruto y lo comió apresuradamente.
Después de su transgresión, Adán se
imaginó al principio que entraba en un plano superior de existencia. Pero pronto la idea de su pecado le llenó de
terror. El aire que hasta entonces
había sido de temperatura suave y uniforme pareció enfriar los cuerpos de la
culpable pareja. El amor y la paz que
habían disfrutado desapareció, y en su lugar sintieron el remordimiento del
pecado, el temor al futuro y la desnudez del alma. El manto de luz que los había cubierto desapareció, y para
reemplazarlo hicieron delantales; porque no podían presentarse desnudos a la
vista de Dios y los santos ángeles.
Ahora comenzaron a ver el verdadero
carácter de su pecado. Adán increpó a
su compañera por su locura de apartarse de su lado y dejarse engañar por la
serpiente; pero ambos presumían que Aquel que les había dado tantas muestras de
su amor perdonaría esa sola y única transgresión, o que no se verían sometidos
al castigo tan terrible que habían temido.
Satanás se regocijó de su triunfo. Había tentado a la mujer a desconfiar del
amor de Dios, a dudar de su sabiduría, y a violar su ley; y por su medio,
causar la caída de Adán.
Pero el gran Legislador iba a dar a
conocer a Adán y a Eva las consecuencias de su pecado. La presencia divina se manifestó en el
huerto. En su anterior estado de
inocencia y santidad solían dar alegremente la bienvenida a la presencia de su
Creador; pero ahora huyeron aterrorizados, y se escondieron en el lugar más
apartado del huerto. "Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde
estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en
el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondime. Y díjole: ¿Quién te enseñó que estabas
desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?"
Adán no podía negar ni disculpar su
pecado; pero en vez de mostrar arrepentimiento, culpó a su esposa, y de esa
manera al mismo Dios: "La mujer que me diste por compañera me dio del
árbol, y yo comí. " El que por amor a Eva había escogido deliberadamente
perder la aprobación de Dios, su hogar en el paraíso y una vida de eterno
regocijo, ahora después de su caída culpó de su transgresión a su compañera y
aun a su mismo Creador. Tan terrible es
el poder del pecado.
Cuando la mujer fue interrogada:
"¿Qué es lo que has hecho?" contestó: "La serpiente me engañó, y
comí." "¿Por qué creaste la serpiente? ¿Por qué la dejaste entrar en
Edén?" Estas eran las preguntas implícitas en sus disculpas por su
pecado. Así como Adán, ella culpó a
Dios por su caída. El espíritu de
autojustificación se originó en el padre de la mentira; lo manifestaron
nuestros primeros padres tan pronto como se sometieron a la influencia de
Satanás, y se ha visto en todos los
hijos e hijas de Adán. En vez de
confesar humildemente su pecado, tratan de justificarse culpando a otros, a las circunstancias, a Dios, y hasta murmuran
contra las bendiciones divinas.
El Señor sentenció entonces a la
serpiente: "Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias
y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás
todos los días de tu vida." Puesto que la serpiente había sido el
instrumento de Satanás, compartiría con él la pena del juicio divino. Después de ser la más bella y admirada
criatura del campo, iba a ser la más envilecida y detestada de todas, temida y
odiada tanto por el hombre como por los animales. Las palabras dichas a la
serpiente se aplican directamente al mismo Satanás y señalan su derrota y
destrucción final: "Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu
simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el
calcañar."
A Eva se le habló de la tristeza y los
dolores que sufriría. Y el Señor dijo:
"A tu marido será tu deseo, y él se enseñoreará de ti." En la
creación Dios la había hecho igual a Adán.
Si hubiesen permanecido obedientes a Dios, en concordancia con su gran
ley de amor, siempre hubieran estado en mutua armonía; pero el pecado había
traído discordia, y ahora la unión y la armonía podían mantenerse sólo mediante
la sumisión del uno o del otro. Eva
había sido la primera en pecar, había caído en tentación por haberse separado
de su compañero, contrariando la instrucción divina. Adán pecó a sus instancias, y ahora ella fue puesta en sujeción a
su marido. Si los principios prescritos
por la ley de Dios hubieran sido apreciados por la humanidad caída, esta sentencia,
aunque era consecuencia del pecado, hubiera resultado en bendición para ellos;
pero el abuso de parte del hombre de la supremacía que se le dio, a menudo ha
hecho muy amarga la suerte de la mujer y ha convertido su vida en una carga.
Junto a su esposo, Eva había sido
perfectamente feliz en su hogar edénico; pero, a semejanza de las inquietas
Evas modernas, se lisonjeaba con ascender a una esfera superior a la que Dios le había designado. En su afán de subir más allá de su posición
original, descendió a un nivel más bajo.
Resultado similar alcanzarán las mujeres que no están dispuestas a
cumplir alegremente los deberes de su vida de acuerdo al plan de Dios. En su esfuerzo por alcanzar posiciones para
las cuales Dios no las ha preparado, muchas están dejando vacío el lugar donde
podrían ser una bendición. En su deseo
de lograr una posición más elevada, muchas han sacrificado su verdadera
dignidad femenina y la nobleza de su carácter, y han dejado sin hacer la obra
misma que el Cielo les señaló.
Dios manifestó a Adán: "Por cuanto
obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo,
No comerás de él; maldita será la tierra por amor de ti; con dolor comerás de
ella todos los días de tu vida; espinos y cardos te producirá, y comerás hierba
del campo; en el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la
tierra; porque de ella fuiste tomado: pues polvo eres, y al polvo serás
tornado."
Era voluntad de Dios que la inmaculada
pareja no conociese absolutamente nada de lo malo. Les había dado abundantemente el bien, y vedado el mal. Pero, contra su mandamiento, habían comido
del fruto prohibido, y ahora continuarían comiéndolo y conocerían el mal todos
los días de su vida. Desde entonces el
linaje humano sufriría las asechanzas de Satanás. En lugar de las agradables labores que se les habían asignado
hasta entonces, la ansiedad y el trabajo serían su suerte. Estarían sujetos a desengaños, aflicciones,
dolor, y al fin, a la muerte.
Bajo la maldición del pecado, toda la naturaleza
daría al hombre testimonio del carácter y las consecuencias de la rebelión
contra Dios. Cuando Dios creó al hombre
lo hizo señor de toda la tierra y de cuantos seres la habitaban. Mientras Adán permaneció leal a Dios, toda
la naturaleza hubiera estado. Pero cuando se rebeló contra la ley divina, las
criaturas inferiores se rebelaron contra su dominio. Así el Señor, en
su gran misericordia, quiso enseñar al hombre la santidad de su ley e inducirle
a ver por su propia experiencia el peligro de hacerla a un lado, aun en lo más
mínimo.
La vida de trabajo y cuidado, que en lo
sucesivo sería el destino del hombre, le fue asignada por amor a él. Era una disciplina que su pecado había hecho
necesaria para frenar la tendencia a ceder a los apetitos y las pasiones y para
desarrollar hábitos de dominio propio.
Era parte del gran plan de Dios para rescatar al hombre de la ruina y la
degradación del pecado.
La advertencia hecha a nuestros primeros
padres: "Porque el día que de él comieres, morirás" (Gén. 2:17), no
significaba que morirían el mismo día en que comiesen del fruto prohibido, sino
que ese día sería dictada la irrevocable sentencia. La inmortalidad les había sido prometida bajo condición de que
fueran obedientes; pero mediante la transgresión perderían su derecho a la vida
eterna. El mismo día en que pecaran
serían condenados a la muerte.
Para que poseyera una existencia sin
fin, el hombre debía continuar comiendo del árbol de la vida. Privado de este alimento, vería su vitalidad
disminuir gradualmente hasta extinguirse la vida. Era el plan de Satanás que Adán y Eva desagradasen a Dios
mediante su desobediencia; y esperaba que luego, sin obtener perdón, siguiesen
comiendo del árbol de la vida, y perpetuasen así una vida de pecado y miseria. Pero después de la caída, se encomendó a los
santos ángeles que custodiaran el árbol de la vida. Estos ángeles estaban rodeados de rayos luminosos semejantes a
espadas resplandecientes. A ningún
miembro de la familia de Adán se le permitió traspasar esa barrera para comer
del fruto de la vida; de ahí que no exista pecador inmortal.
La ola de angustia que siguió a la
transgresión de nuestros primeros padres es considerada por muchos como un
castigo demasiado severo para un pecado tan insignificante; y ponen en tela de juicio la sabiduría y la justicia
de Dios en su trato con el hombre. Pero
si estudiasen mis profundamente el asunto, podrían discernir su error. Dios creó al hombre a su semejanza, libre de
pecado. La tierra debía ser poblada con
seres algo inferiores a los ángeles; pero debía probarse su obediencia; pues
Dios no había de permitir que el mundo se llenara de seres que menospreciasen
su ley. No obstante, en su gran
misericordia, no señaló a Adán una prueba severa. La misma levedad de la prohibición hizo al pecado sumamente
grave. Si Adán no pudo resistir la
prueba más ínfima, tampoco habría podido resistir una mayor, si se le hubiesen
confiado responsabilidades más importantes.
Si Adán hubiese sido sometido a una
prueba mayor, entonces aquellos cuyos corazones se inclinan hacia lo malo se
hubiesen disculpado diciendo: "Esto es algo insignificante, y Dios no es
exigente en las cosas pequeñas." Y así hubiera habido continuas
transgresiones en las cosas aparentemente pequeñas, que pasan sin censura entre
los hombres. Pero Dios indicó
claramente que el pecado en cualquier grado le es ofensivo.
A Eva le pareció de poca importancia
desobedecer a Dios al probar el fruto del árbol prohibido y al tentar a su
esposo a que pecara también; pero su pecado inició la inundación del dolor
sobre el mundo. ¿Quién puede saber, en el momento de la tentación, las
terribles consecuencias de un solo mal paso?
Muchos que enseñan que la ley de Dios no
es obligatoria para el hombre, alegan que es imposible obedecer sus
preceptos. Pero si eso fuese cierto,
¿por qué sufrió Adán el castigo por su pecado?
El pecado de nuestros primeros padres trajo sobre el mundo la culpa y la
angustia, y si no se hubiesen manifestado la misericordia y la bondad de Dios,
la raza humana se habría sumido en irremediable desesperación. Nadie se engañe. "La paga del pecado es muerte." (Rom. 6:23.) La ley de
Dios no puede violarse ahora más impunemente que cuando se pronunció la sentencia contra el padre de la
humanidad.
Después de su pecado, Adán y Eva no
pudieron seguir morando en el Edén.
Suplicaron fervientemente a Dios que les permitiese permanecer en el
hogar de su inocencia y regocijo.
Confesaron que habían perdido todo derecho a aquella feliz morada, y
prometieron prestar estricta obediencia a Dios en el futuro. Pero se les dijo que su naturaleza se había
depravado por el pecado, que había disminuido su poder para resistir al mal, y
que habían abierto la puerta para que Satanás tuviera más fácil acceso a
ellos. Si siendo inocentes habían
cedido a la tentación; ahora, en su estado de consciente culpabilidad, tendrían
menos fuerza para mantener su integridad.
Con humildad e inenarrable tristeza se
despidieron de su bello hogar, y fueron a morar en la tierra, sobre la cual
descansaba la maldición del pecado. La
atmósfera, de temperatura antes tan suave y uniforme, estaba ahora sujeta a
grandes cambios, y misericordiosamente, el Señor les proveyó de vestidos de
pieles para protegerlos de los extremos del calor y del frío.
Cuando vieron en la caída de las flores
y las hojas los primeros signos de la decadencia, Adán y su compañera se
apenaron más profundamente de lo que hoy se apenan los hombres que lloran a sus
muertos. La muerte de las delicadas y
frágiles flores fue en realidad un motivo de tristeza; pero cuando los bellos
árboles dejaron caer sus hojas, la escena les recordó vivamente la fría
realidad de que la muerte es el destino de todo lo que tiene vida.
El huerto del Edén permaneció en la
tierra mucho tiempo después que el hombre fuera expulsado de sus agradables
senderos. (Véase Gén. 4:16.) Durante mucho tiempo después, se le permitió a la
raza caída contemplar de lejos el hogar de la inocencia, cuya entrada estaba
vedada por los vigilantes ángeles. En
la puerta del paraíso, custodiada por querubines, se revelaba la gloria divina. Allí iban Adán y sus
hijos a adorar a Dios. Allí renovaban
sus votos de obediencia a aquella ley cuya transgresión los había arrojado del
Edén. Cuando la ola de iniquidad cubrió
al mundo, y la maldad de los hombres trajo su destrucción por medio del
diluvio, la mano que había plantado el Edén lo quitó de la tierra. Pero en la final restitución, cuando haya
"un cielo nuevo, y una tierra nueva" (Apoc. 21:I), ha de ser
restaurado más gloriosamente embellecido que al principio.
Entonces los que hayan guardado los mandamientos de Dios respirarán llenos de inmortal vigor bajo el árbol de la vida; y a través de las edades sin fin los habitantes de los mundos sin pecado contemplarán en aquel huerto de delicias un modelo de la perfecta obra de la creación de Dios, incólume de la maldición del pecado, una muestra de lo que toda la tierra hubiera llegado a ser si el hombre hubiera cumplido el glorioso plan de Dios.