"POR LA palabra de Jehová fueron
hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca. . .
. Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." "El fundó la
tierra sobre sus basas; no será jamás removida." (Sal 33: 6, 9; 104: 5)
Cuando salió de las manos del Creador,
la tierra era sumamente hermosa. La superficie
presentaba un aspecto multiforme, con montañas, colinas y llanuras,
entrelazadas con magníficos ríos y bellos lagos. Pero las colinas y las montañas no eran abruptas y escarpadas, ni
abundaban en ellas declives aterradores, ni abismos espeluznantes como ocurre
ahora; las agudas y ásperas cúspides de la rocosa armazón de la tierra estaban
sepultadas bajo un suelo fértil, que producía por doquiera una frondosa
vegetación verde. No había repugnantes
pantanos ni desiertos estériles.
Agraciados arbustos y delicadas flores saludaban la vista por
dondequiera. Las alturas estaban
coronadas con árboles aun más imponentes que los que existen ahora. El aire, limpio de impuros miasmas, era
claro y saludable. El paisaje
sobrepujaba en hermosura los adornados jardines del más suntuoso palacio de la
actualidad. La hueste angélica
presenció la escena con deleite, y se regocijó en las maravillosas obras de
Dios.
Una vez creada la tierra con su
abundante vida vegetal y animal, fue introducido en el escenario el hombre,
corona de la creación para quien la hermosa tierra había sido aparejada. A él se le dio dominio sobre todo lo que sus
ojos pudiesen mirar; pues, "dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen,
conforme a nuestra semejanza; y señoree ... en toda la tierra. Y crió Dios al
hombre a su imagen, varón y hembra los crió." (Gén. 1: 26, 27)
Aquí se expone con claridad el origen de
la raza humana; y el relato divino está tan claramente narrado que no da lugar
a conclusiones erróneas. Dios creó al
hombre conforme a su propia imagen. No
hay en esto misterio. No existe
fundamento alguno para la suposición de que el hombre llegó a existir mediante
un lento proceso evolutivo de las formas bajas de la vida animal o
vegetal. Tales enseñanzas rebajan la
obra sublime del Creador al nivel de las mezquinas y terrenales concepciones
humanas. Los hombres están tan
resueltos a excluir a Dios de la soberanía del universo que rebajan al hombre y
le privan de la dignidad de su origen.
El que colocó los mundos estrellados en la altura y coloreó con delicada
maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las
maravillas de su potencia, cuando quiso coronar su gloriosa obra, colocando a
alguien para regir la hermosa tierra, supo crear un ser digno de las manos que
le dieron vida. La genealogía de
nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie
de gérmenes, moluscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador. Aunque Adán fue formado del polvo, era el
"hijo de Dios." (Luc 3: 38, V.M.)
Adán fue colocado como representante de
Dios sobre los órdenes de los seres inferiores. Estos no pueden comprender ni reconocer la soberanía de Dios; sin
embargo, fueron creados con capacidad de amar y de servir al hombre. El salmista dice: "Hicístelo enseñorear
de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: . . . asimismo
las bestias del campo; las aves de los cielos, . . . todo cuanto pasa por los
senderos de la mar." (Sal. 8: 6-8.)
El hombre había de llevar la imagen de
Dios, tanto en la semejanza exterior, como en el carácter. Sólo Cristo es "la misma imagen"
del Padre (Heb. 1: 3); pero el hombre
fue creado a semejanza de Dios. Su
naturaleza estaba en armonía con la
voluntad de Dios. Su mente era capaz de
comprender las cosas divinas. Sus
afectos eran puros, sus apetitos y pasiones estaban bajo el dominio de la
razón. Era santo y se sentía feliz de
llevar la imagen de Dios y de mantenerse en perfecta obediencia a la voluntad
del Padre.
Cuando el hombre salió de las manos de
su Creador, era de elevada estatura y perfecta simetría. Su semblante llevaba el tinte rosado de la
salud y brillaba con la luz y el regocijo de la vida. La estatura de Adán era mucho mayor que la de los hombres que
habitan la tierra en la actualidad. Eva
era algo más baja de estatura que Adán; no obstante, su forma era noble y plena
de belleza. La inmaculada pareja no
llevaba vestiduras artificiales.
Estaban rodeados de una envoltura de luz y gloria, como la que rodea a
los ángeles. Mientras vivieron
obedeciendo a Dios, este atavío de luz continuó revistiéndolos.
Después de la creación de Adán, toda
criatura viviente fue traída ante su presencia para recibir un nombre; vio que
a cada uno se le había dado una compañera, pero entre todos ellos no había
"ayuda idónea para él." Entre todas las criaturas que Dios había
creado en la tierra, no había ninguna igual al hombre. "Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el
hombre esté solo, haréle ayuda idónea para él." (Gén. 2: 18.) El hombre no
fue creado para que viviese en la soledad; había de tener una naturaleza
sociable. Sin compañía, las bellas
escenas y las encantadoras ocupaciones del Edén no hubiesen podido
proporcionarle perfecta felicidad. Aun
la comunión con los ángeles no hubiese podido satisfacer su deseo de simpatía y
compañía. No existía nadie de la misma
naturaleza y forma a quien amar y de quien ser amado.
Dios mismo dio a Adán una
compañera. Le proveyó de una
"ayuda idónea para él," alguien que realmente le correspondía, una
persona digna y apropiada para ser su compañera y que podría ser una sola cosa
con él en amor y simpatía. Eva fue
creada de una costilla tomada del costado de Adán; este hecho significa que ella no debía dominarle como
cabeza, ni tampoco debía ser humillada y hollada bajo sus plantas como un ser
inferior, sino que más bien debía estar a su lado como su igual, para ser amada
y protegida por él. Siendo parte del hombre, hueso de sus huesos y carne de su
carne, era ella su segundo yo; y quedaba en evidencia la unión íntima y
afectuosa que debía existir en esta relación.
"Porque ninguno aborreció jamás a su propia carne, antes la
sustenta y regala." "Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su
madre, y allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne." (Efe 5: 29;
Gén. 2: 24)
Dios celebró la primera boda. De manera que la institución del matrimonio
tiene como su autor al Creador del universo.
"Honroso es en todos el matrimonio." (Heb. 13: 4.) Fue una de las primeras dádivas de
Dios al hombre, y es una de las dos instituciones que, después de la caída,
llevó Adán consigo al salir del paraíso.
Cuando se reconocen y obedecen los principios divinos en esta materia,
el matrimonio es una bendición: salvaguarda la felicidad y la pureza de la
raza, satisface las necesidades sociales del hombre y eleva su naturaleza
física, intelectual y moral.
"Y había Jehová Dios plantado un
huerto en Edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado." (Gén.
2: 8.) Todo lo que hizo Dios tenía la perfección de la belleza, y nada que contribuyese
a la felicidad de la santa pareja parecía faltar; sin embargo, el Creador les
dio todavía otra prueba de su amor, preparándoles especialmente un huerto para
que fuese su morada. En este huerto
había árboles de toda variedad, muchos de ellos cargados de fragantes y
deliciosas frutas. Había hermosas
plantas trepadoras, como vides, que presentaban un aspecto agradable y hermoso,
con sus ramas inclinadas bajo el peso de tentadora fruta de los más ricos y variados
matices. El trabajo de Adán y Eva debía
consistir en formar cenadores o albergues con las ramas de las vides, haciendo
así su propia morada con árboles vivos cubiertos de follaje y frutos.
Había en profusión y prodigalidad fragantes flores de todo matiz. En medio del huerto estaba el árbol de la
vida que aventajaba en gloria y esplendor a todos los demás árboles. Sus frutos parecían manzanas de oro y plata,
y tenían el poder de perpetuar la vida.
La creación estaba ahora completa.
"Y fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento."
"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran
manera." (Gén. 2: 1; 1: 31.) El Edén florecía en la tierra. Adán y Eva tenían libre acceso al árbol de
la vida. Ninguna mácula de pecado o
sombra de muerte desfiguraba la hermosa creación. "Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban
todos los hijos de Dios." (Job 38: 7)
El gran Jehová había puesto los
fundamentos de la tierra; había vestido a todo el mundo con un manto de
belleza, y había colmado el mundo de cosas útiles para el hombre; había creado
todas las maravillas de la tierra y del mar. La gran obra de la creación fue
realizada en seis días. "Y acabó
Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su
obra que había hecho. Y bendijo Dios al
día séptimo, y santificólo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios
criado y hecho." (Gén. 2: 2, 3) Dios miró con satisfacción la obra de sus
manos. Todo era perfecto, digno de su
divino Autor; y él descansó, no como quien estuviera fatigado, sino satisfecho
con los frutos de su sabiduría y bondad y con las manifestaciones de su gloria.
Después de descansar el séptimo día,
Dios lo santificó; es decir, lo escogió y apartó como día de descanso para el
hombre. Siguiendo el ejemplo del
Creador, el hombre había de reposar durante este sagrado día, para que, mientras
contemplara los cielos y la tierra, pudiese reflexionar sobre la grandiosa obra
de la creación de Dios; y para que, mientras mirara las evidencias de la
sabiduría y bondad de Dios, su corazón se llenase de amor y reverencia hacia su
Creador.
Al bendecir el séptimo día en el Edén,
Dios estableció un recordativo de su
obra creadora. El sábado fue confiado y
entregado a Adán, padre y representante de toda la familia humana. Su observancia había de ser un acto de
agradecido reconocimiento de parte de todos los que habitasen la tierra, de que
Dios era su Creador y su legítimo soberano, de que ellos eran la obra de sus
manos y los súbditos de su autoridad.
De esa manera la institución del sábado era enteramente conmemorativa, y
fue dada para toda la humanidad. No
había nada en ella que fuese obscuro o que limitase su observancia a un solo
pueblo.
Dios vio que el sábado era esencial para
el hombre, aun en el paraíso.
Necesitaba dejar a un lado sus propios intereses y actividades durante
un día de cada siete para poder contemplar más de lleno las obras de Dios y
meditar en su poder y bondad.
Necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia
de Dios, y para que despertase su gratitud hacia él, pues todo lo que
disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador.
Dios quiere que el sábado dirija la
mente de los hombres hacia la contemplación de las obras que él creó. La naturaleza habla a sus sentidos,
declarándoles que hay un Dios viviente, Creador y supremo Soberano del universo. "Los cielos cuentan la gloria de Dios,
y la expansión denuncia la obra de sus manos.
El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche
declara sabiduría." (Sal. 19: 1, 2.) La belleza que cubre la tierra es una
demostración del amor de Dios. La
podemos contemplar en las colinas eternas, en los corpulentos árboles, en los
capullos que se abren y en las delicadas flores. Todas estas cosas nos hablan de Dios. El sábado, señalando siempre hacia el que lo creó todo, manda a
los hombres que abran el gran libro de la naturaleza y escudriñen allí la
sabiduría, el poder y el amor del Creador.
Nuestros primeros padres, a pesar de que
fueron creados inocentes y santos, no fueron colocados fuera del alcance del
pecado. Dios los hizo entes morales
libres, capaces de apreciar y
comprender la sabiduría y benevolencia de su carácter y la justicia de sus
exigencias, y les dejó plena libertad para prestarle o negarle obediencia. Debían gozar de la comunión de Dios y de los
santos ángeles; pero antes de darles seguridad eterna, era menester que su
lealtad se pusiese a prueba. En el
mismo principio de la existencia del hombre se le puso freno al egoísmo, la
pasión fatal que motivó la caída de Satanás.
El árbol del conocimiento, que estaba cerca del árbol de la vida, en el
centro del huerto, había de probar la obediencia, la fe y el amor de nuestros
primeros padres. Aunque se les permitía
comer libremente del fruto de todo otro árbol del huerto, se les prohibía comer
de éste, so pena de muerte. También
iban a estar expuestos a las tentaciones de Satanás; pero si soportaban con
éxito la prueba, serían colocados finalmente fuera del alcance de su poder,
para gozar del perpetuo favor de Dios.
Dios puso al hombre bajo una ley, como
condición indispensable para su propia existencia. Era súbdito del gobierno divino, y no puede existir gobierno sin
ley. Dios pudo haber creado al hombre
incapaz de violar su ley; pudo haber detenido la mano de Adán para que no
tocara el fruto prohibido, pero en ese caso el hombre hubiese sido, no un ente
moral libre, sino un mero autómata. Sin
libre albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada. No habría sido posible el desarrollo de su
carácter. Semejante procedimiento
habría sido contrario al plan que Dios seguía en su relación con los habitantes
de los otros mundos. Hubiese sido
indigno del hombre como ser inteligente, y hubiese dado base a las acusaciones
de Satanás, de que el gobierno de Dios era arbitrario.
Dios hizo al hombre recto; le dio nobles
rasgos de carácter, sin inclinación hacia lo malo. Le dotó de elevadas cualidades intelectuales, y le presentó los
más fuertes atractivos posibles para inducirle a ser constante en su
lealtad. La obediencia, perfecta y
perpetua, era la condición para la felicidad eterna. Cumpliendo esta condición, tendría acceso al árbol de la vida.
El hogar de nuestros primeros padres
había de ser un modelo para cuando sus hijos saliesen a ocupar la tierra. Ese hogar, embellecido por la misma mano de
Dios, no era un suntuoso palacio. Los
hombres, en su orgullo, se deleitan en tener magníficos y costosos edificios y
se enorgullecen de las obras de sus propias manos; pero Dios puso a Adán en un
huerto. Esta fue su morada. Los azulados cielos le servían de techo; la
tierra, con sus delicadas flores y su alfombra de animado verdor, era su piso;
y las ramas frondosas de los hermosos árboles le servían de dosel. Sus paredes estaban engalanadas con los
adornos más esplendorosos, que eran obra de la mano del sumo Artista.
En el medio en que vivía la santa
pareja, había una lección para todos los tiempos; a saber, que la verdadera
felicidad se encuentra, no en dar rienda suelta al orgullo y al lujo, sino en
la comunión con Dios por medio de sus obras creadas. Si los hombres pusiesen menos atención en lo superficial y
cultivasen más la sencillez, cumplirían con mayor plenitud los designios que
tuvo Dios al crearlos. El orgullo y la
ambición jamás se satisfacen, pero aquellos que realmente son inteligentes
encontrarán placer verdadero y elevado en las fuentes de gozo que Dios ha
puesto al alcance de todos.
A los moradores del Edén se les
encomendó el cuidado del huerto, para que lo labraran y lo guardasen. Su ocupación no era cansadora, sino
agradable y vigorizadora. Dios dio el
trabajo como una bendición con que el hombre ocupara su mente, fortaleciera su
cuerpo y desarrollara sus facultades.
En la actividad mental y física, Adán encontró uno de los Placeres más
elevados de su santa existencia.
Cuando, como resultado de su desobediencia, fue expulsado de su bello
hogar, y cuando, para ganarse el pan de cada día, fue forzado a luchar con una
tierra obstinada, ese mismo trabajo, aunque muy distinto de su agradable
ocupación en el huerto, le sirvió de salvaguardia contra la tentación y como
fuente de felicidad.
Están en gran error los que consideran
el trabajo como una maldición, si bien éste lleva aparejados dolor y
fatiga. A menudo los ricos miran con
desdén a las clases trabajadoras; pero esto está enteramente en desacuerdo con
los designios de Dios al crear al hombre. ¿Qué son las riquezas del más
opulento en comparación con la herencia dada al señorial Adán? Sin embargo, éste no había de estar
ocioso. Nuestro Creador, que sabe lo
que constituye la felicidad del hombre, señaló a Adán su trabajo. El verdadero regocijo de la vida lo
encuentran sólo los hombres y las mujeres que trabajan. Los ángeles trabajan diligentemente; son
ministros de Dios en favor de los hijos de los hombres. En el plan del Creador, no cabía la práctica
de la indolencia que estanca al hombre.
Mientras permaneciesen leales a Dios,
Adán y su compañera iban a ser los señores de la tierra. Recibieron dominio
ilimitado sobre toda criatura viviente.
El león y la oveja triscaban pacíficamente a su alrededor o se echaban
junto a sus pies. Los felices
pajarillos revoloteaban alrededor de ellos sin temor alguno; y cuando sus
alegres trinos ascendían alabando a su Creador, Adán y Eva se unían a ellos en
acción de gracias al Padre y al Hijo.
La santa pareja eran no sólo hijos bajo
el cuidado paternal de Dios, sino también estudiantes que recibían instrucción
del omnisciente Creador. Eran visitados
por los ángeles, y se gozaban en la comunión directa con su Creador, sin ningún
velo obscurecedor de por medio. Se
sentían pletóricos del vigor que procedía del árbol de la vida y su poder
intelectual era apenas un poco menor que el de los ángeles. Los misterios del universo visible,
"las maravillas del Perfecto en sabiduría" (Job 37: 16), les suministraban
una fuente inagotable de instrucción y placer.
Las leyes y los procesos de la naturaleza, que han sido objeto del
estudio de los hombres durante seis mil años, fueron puestos al alcance de sus
mentes por el infinito Forjador y Sustentador de todo. Se entretenían con las hojas, las flores y los
árboles, descubriendo en cada uno de
ellos los secretos de su vida. Toda
criatura viviente era familiar para Adán, desde el poderoso leviatán que juega
entre las aguas hasta el más diminuto insecto que flota en el rayo del
sol. A cada uno le había dado nombre y
conocía su naturaleza y sus costumbres.
La gloria de Dios en los cielos, los innumerables mundos en sus
ordenados movimientos, "las diferencias de las nubes" (Job 37: 16),
los misterios de la luz y del sonido, de la noche y el día, todo estaba al
alcance de la comprensión de nuestros primeros padres. El nombre de Dios estaba escrito en cada
hoja del bosque, y en cada piedra de la montaña, en cada brillante estrella, en
la tierra, en el aire y en los cielos.
El orden y la armonía de la creación les hablaba de una sabiduría y un
poder infinitos. Continuamente
descubrían algo nuevo que llenaba su corazón del más profundo amor, y les
arrancaba nuevas expresiones de gratitud.
Mientras permaneciesen fieles a la divina ley, su capacidad de saber, gozar y amar aumentaría continuamente. Constantemente obtendrían nuevos tesoros de sabiduría, descubriendo frescos manantiales de felicidad, y obteniendo un concepto cada vez más claro del inconmensurable e infalible amor de Dios.