DESPUES de la dispersión de Babel, la
idolatría llegó a ser otra vez casi universal, y el Señor dejó finalmente que
los transgresores empedernidos siguiesen sus malos caminos, mientras elegía a
Abrahán del linaje de Sem, a fin de hacerle depositario de su ley para las
futuras generaciones.
Abrahán se había criado en un ambiente
de superstición y paganismo. Aun la
familia de su padre, en la cual se había conservado el conocimiento de Dios,
estaba cediendo a las seductoras influencias que la rodeaban, "y servían a
dioses extraños" (Jos. 24: 2), en vez de servir a Jehová. Pero la verdadera fe no había de
extinguirse. Dios ha conservado siempre
un remanente para que le sirva. Adán,
Set, Enoc, Matusalén, Noé, Sem (véase el Apéndice, nota 2), en línea
ininterrumpida, transmitieron de generación en generación las preciosas
revelaciones de su voluntad. El hijo de
Taré se convirtió en el heredero de este santo cometido. Por doquiera le invitaba la idolatría, pero
en vano. Fiel entre los fieles,
incorrupto en medio de la prevaleciente apostasía, se mantuvo firme en la
adoración del único Dios verdadero.
"Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le
invocan de veras." (Sal. 145: 18.)
El comunicó su voluntad a Abrahán, y le dio un conocimiento claro de los
requerimientos de su ley, y de la salvación que alcanzaría mediante Cristo.
A Abrahán se le dio la promesa, muy
apreciada por la gente de aquel entonces, de que tendría numerosa posteridad y
grandeza nacional: "Y haré de ti una nación grande, y bendecirte he, y
engrandeceré tu nombre, y serás bendición." (Gén. 12: 2.) Además, el heredero de la fe recibió
la promesa que para él era la más precisa de todas, a saber que de su linaje descendería el Redentor del mundo:
"Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra." (Vers. 3)
Sin embargo, como condición primordial para su cumplimiento, su fe iba a ser
probada; se le exigiría un sacrificio.
El mensaje de Dios a Abrahán era: "Vete
de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te
mostraré." (Vers. 1.) A fin de que Dios pudiese capacitarlo para su gran
obra como depositario de los sagrados oráculos, Abrahán debía separarse de los
compañeros de su niñez. La influencia
de sus parientes y amigos impediría la educación que el Señor intentaba dar a
su siervo. Ahora que Abrahán estaba, en
forma especial, unido con el cielo, debía morar entre extraños. Su carácter debía ser peculiar, diferente
del de todo el mundo. Ni siquiera podía
explicar su manera de obrar para que la entendiesen sus amigos. Las cosas espirituales se disciernen
espiritualmente, y sus motivos y acciones no eran comprendidos por sus
parientes idólatras.
"Por la fe Abraham, siendo llamado,
obedeció para salir al lugar que había de recibir por heredad; y salió sin
saber dónde iba." (Heb. 11:8.) La obediencia incondicional de Abrahán es
una de las más notables evidencias de fe de toda la Sagrada Escritura. Para él, la fe era "la sustancia de las
cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven." (Vers.
1.) Confiando en la divina promesa, sin la menor seguridad externa de su
cumplimiento, abandonó su hogar, sus parientes, y su tierra nativa; y salió,
sin saber adónde iba, fiel a la dirección divina. "Por fe habitó en la tierra prometida como en tierra ajena,
morando en cabañas con Isaac y Jacob, herederos juntamente de la misma
promesa." (Vers. 9.)
No fue una prueba ligera la que soportó
Abrahán, ni tampoco era pequeño el sacrificio que se requirió de él. Había fuertes vínculos que le ataban a su
tierra, a sus parientes y a su hogar.
Pero no vaciló en obedecer al llamamiento. Nada preguntó en cuanto a la tierra prometida. No averiguó si era feraz y de clima saludable, si los campos
ofrecían paisajes agradables, o sí habría oportunidad para acumular
riquezas. Dios había hablado, y su
siervo debía obedecer; el lugar más feliz de la tierra para él era dónde Dios
quería que estuviese.
Muchos continúan siendo probados como lo
fue Abrahán. No oyen la voz de Dios
hablándoles directamente desde el cielo; pero, en cambio, son llamados mediante
las enseñanzas de su Palabra y los acontecimientos de su providencia. Se les puede pedir que abandonen una carrera
que promete riquezas y honores, que dejen afables y provechosas amistades, y
que se separen de sus parientes, para entrar en lo que parezca ser sólo un
sendero de abnegación, trabajos y sacrificios.
Dios tiene una obra para ellos; pero una vida fácil y la influencia de
las amistades y los parientes impediría el desarrollo de los rasgos esenciales
para su realización. Los llama para que
se aparten de las influencias y los auxilios humanos, y les hace sentir la
necesidad de su ayuda, y de depender sólo de Dios, para que él mismo pueda
revelarse a ellos. ¿Quién está listo para renunciar a los planes que ha
abrigado y a las relaciones familiares en cuanto le llame la Providencia?
¿Quién aceptará nuevas obligaciones y entrará en campos inexplorados para hacer
la obra de Dios con buena voluntad y firmeza y contar sus pérdidas como
ganancia por amor a Cristo? El que haga
esto tiene la fe de Abrahán, y compartirá con él el "sobremanera alto y
eterno peso de gloria," con el cual no se puede comparar "lo que en
este tiempo se padece." (2 Cor. 4:17; Rom. 8:18.)
El llamamiento del cielo le llegó a
Abrahán por primera vez mientras vivía en "Ur de los Caldeos"
(Gén. 11:31) y, obediente, se trasladó
a Harán. Hasta allí lo acompañó la
familia de su padre, pues con su idolatría ella mezclaba la adoración del Dios
verdadero. Allí permaneció Abrahán
hasta la muerte de Taré. Pero después
de la muerte de su padre la voz divina le ordenó proseguir su peregrinación. Su
hermano Nacor, con toda su familia, se quedó en su hogar y con sus ídolos. Además de Sara, la esposa de Abrahán, sólo Lot, cuyo padre Harán
había fallecido hacía mucho tiempo, escogió participar de la vida de
peregrinaje del patriarca. Sin embargo,
fue una gran compañía la que salió de Mesopotamia. Abrahán ya poseía gran cantidad de ganado vacuno y lanar, que
eran las riquezas del Oriente, e iba acompañado de un gran número de criados y
personas dependientes de él. Se alejaba
de la tierra de sus padres para nunca más volver, y llevó consigo todo lo que
poseía, "toda su hacienda que habían ganado, y las almas que habían
adquirido en Harán." (Gén. 12:5.) Entre los que le acompañaban muchos eran
guiados por motivos más altos que el interés propio. Mientras estuvieron en Harán, Abrahán y Sara los habían inducido
a adorar y servir al Dios verdadero.
Estos se agregaron a la familia del patriarca, y le acompañaron a la
tierra prometida. "Y salieron para
ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron." (Vers. 5.)
El sitio donde se detuvieron primero fue
Siquem. A la sombra de las encinas de
Moré, en un ancho y herboso valle, con olivos y ricas fuentes, entre los montes
de Ebal y Gerizim, Abrahán estableció su campamento. El patriarca había entrado en un país hermoso y bueno,
"tierra de arroyos, de aguas, de fuentes, de abismos que brotan por vegas
y montes; tierra de trigo y cebada, y de vides, e higueras, y granados; tierra
de olivas, de aceite, y de miel." (Deut. 8:7, 8.) Pero, para el adorador
de Jehová, una espesa sombra descansaba sobre las arboladas colinas y el fructífero
valle. "El cananeo estaba entonces en la tierra."
Abrahán había alcanzado el blanco de sus
esperanzas, pero había encontrado el país ocupado por una raza extraña y
dominada por la idolatría. En los
bosques había altares consagrados a los dioses falsos, y se ofrecían
sacrificios humanos en las alturas vecinas.
Aunque Abrahán se aferraba a la divina promesa, estableció allí su
campamento con penosos presentimientos.
Entonces "apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu simiente daré esta tierra." (Gén. I2:7.) Su fe se fortaleció con esta seguridad
de que la divina presencia estaba con él, y de que no estaba abandonado a
merced de los impíos. "Y edificó
allí un altar a Jehová, que le había aparecido." (Vers. 7.) Continuando
aún como peregrino, pronto se marchó a un lugar cerca de Betel, y de nuevo
erigió un altar e invocó el nombre del Señor.
Abrahán, el "amigo de Dios"
(Sant. 2:23), nos dio un digno ejemplo.
Fue la suya una vida de oración.
Dondequiera que establecía su campamento, muy cerca de él también
levantaba su altar, y llamaba a todos los que le acompañaban al sacrificio
matutino y vespertino. Cuando retiraba
su tienda, el altar permanecía allí. En
los años subsiguientes, hubo entre los errantes cananeos algunos que habían
sido instruidos por Abrahán; y siempre que uno de ellos llegaba al altar, sabía
quién había estado allí antes que él; y después de levantar su tienda, reparaba
el altar y allí adoraba al Dios viviente.
Abrahán continuó su viaje hacia el sur;
y otra vez fue probada su fe. El cielo
retuvo la lluvia, los arroyos cesaron de correr por los valles, y se marchitó
la hierba de las llanuras. Los ganados
no encontraban pastos, y el hambre amenazaba a todo el campamento. ¿No pondría
ahora el patriarca en tela de juicio la dirección de la Providencia? ¿No
miraría hacia atrás anhelando la abundancia de las llanuras caldeas? Todos observaban ansiosamente para ver qué
haría Abrahán, a medida que una dificultad sucedía a la otra. Al ver su confianza inquebrantable,
comprendían que había esperanza; sabían que Dios era su amigo y seguía
guiándole.
Abrahán no podía explicar la dirección
de la Providencia; sus esperanzas no se habían cumplido; pero mantuvo su
confianza en la promesa: "Y bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y
serás bendición." (Gén. 12:2.) Con
oraciones fervientes consideró la manera de preservar la vida de su pueblo y de
su ganado, pero no permitió que las circunstancias perturbaran su fe en la palabra de Dios. Para escapar del hambre fue a Egipto. No abandonó a Canaán, ni tampoco en su extrema necesidad se
volvió a la tierra de Caldea de la cual había venido, donde no habla escasez de
pan; sino que buscó refugio temporal tan cerca como fuese posible de la tierra
prometida, con la intención de regresar pronto al sitio donde Dios le había
puesto.
En su providencia, el Señor proporcionó
esta prueba a Abrahán para enseñarle lecciones de sumisión, paciencia y fe,
lecciones que habían de conservarse por escrito para beneficio de todos los que
posteriormente iban a ser llamados a soportar aflicciones. Dios dirige a sus hijos por senderos que
ellos desconocen; pero no olvida ni desecha a los que depositan su confianza en
él. Permitió que Job fuese atribulado
pero no le abandonó. Consintió en que
el amado Juan fuese desterrado a la solitaria isla de Patmos, pero el Hijo de
Dios le visitó allí, y pudo ver escenas de gloria inmortal.
Dios permite que las pruebas asedien a
los suyos, para que mediante su constancia y obediencia puedan enriquecerse
espiritualmente, y para que su ejemplo sea una fuente de poder para otros. "Porque yo sé los pensamientos que
tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal." (Jer. 29: 11.) Los mismos sufrimientos que
prueban más severamente nuestra fe, y que nos hacen pensar que Dios nos ha
olvidado, sirven para llevarnos más cerca de Cristo, para que echemos todas
nuestras cargas a sus pies, y para que sintamos la paz que nos ha de dar en
cambio.
Dios probó siempre a su pueblo en el
crisol de la aflicción. Es en el fuego
del crisol donde la escoria se separa del oro puro del carácter cristiano. Jesús vigila la prueba; él sabe qué se
necesita para purificar el precioso metal, a fin de que refleje la luz de su
amor. Es mediante pruebas estrictas y
reveladoras cómo Dios disciplina a sus siervos. El ve que algunos tienen aptitudes que pueden usarse en el
progreso de su obra, y los somete a pruebas.
En su providencia, los 123 coloca en situaciones que prueban su
carácter, y revelan defectos y debilidades que estaban ocultos para ellos
mismos. Les da la oportunidad de
corregir estos defectos, y de prepararse para su servicio. Les muestra sus propias debilidades, y les
enseña a depender de él; pues él es su única ayuda y salvaguardia. Así se alcanza su propósito. Son educados, adiestrados, disciplinados y
preparados para cumplir el gran propósito para el cual recibieron sus
capacidades. Cuando Dios los llama a
obrar, están listos, y los ángeles pueden ayudarles en la obra que debe hacerse
en la tierra.
Durante su estada en Egipto, Abrahán dio
evidencias de que no estaba libre de la imperfección y la debilidad
humanas. Al ocultar el hecho de que
Sara era su esposa, reveló desconfianza en el amparo divino, una falta de esa
fe y ese valor elevadísimos tan noble y frecuentemente manifestados en su
vida. Sara era una "mujer hermosa
de vista," y Abrahán no dudó de que los egipcios de piel obscura
codiciarían a la hermosa extranjera, y que para conseguirla, no tendrían
escrúpulos en matar a su esposo. Razonó
que no mentía al presentar a Sara como su hermana; pues ella era hija de su
padre, aunque no de su madre. Pero este
ocultamiento de la verdadera relación que existía entre ellos era un
engaño. Ningún desvío de la estricta
integridad puede merecer la aprobación de Dios. A causa de la falta de fe de Abrahán, Sara se vio en gran
peligro. El rey de Egipto, habiendo
oído hablar de su belleza, la hizo llevar a su palacio, pensando hacerla su
esposa. Pero el Señor, en su gran
misericordia, protegió a Sara, enviando plagas sobre la familia real. Por este medio supo el monarca la verdad del
asunto, e indignado por el engaño de que había sido objeto, devolvió su esposa
a Abrahán reprendiéndole así: "¿Qué es esto que has hecho conmigo? . . .
¿Por qué dijiste: Es mi hermana, poniéndome en ocasión de tomarla para mí por
mujer? Ahora pues, he aquí tu mujer,
tómala y vete." (Gén. 12:11, 18, 19.)
Abrahán había sido muy favorecido por el
rey; y aun ahora Faraón no permitió que
se le hiciese daño a él o a su compañía, sino que ordenó que una guardia los
condujese con seguridad fuera de sus dominios.
En ese tiempo se promulgaron leyes que prohibían a los egipcios
relacionarse con pastores extranjeros en actos familiares, tales como comer o
beber juntos. La despedida que Faraón
dio a Abrahán fue amable y generosa; pero le pidió que saliera de Egipto, pues
no se atrevía a permitirle permanecer en el país. Sin saberlo, el rey había estado a punto de hacerle un gran daño;
pero Dios se había interpuesto, y había salvado al monarca de cometer tan gran
pecado. Faraón vio en este extranjero a
un hombre honrado por el Dios del cielo, y temió tener en su reino a una
persona que tan evidentemente gozaba del favor divino. Si Abrahán se quedaba en Egipto, su
creciente riqueza y honor podrían despertar la envidia y la codicia de los
egipcios, quienes podrían causarle algún daño, por el cual el monarca sería
considerado responsable, y que podría atraer nuevamente plagas sobre la familia
real.
La amonestación dada a Faraón resultó
ser una protección para Abrahán en sus relaciones futuras con los pueblos
paganos; pues el asunto no pudo conservarse en secreto. Era evidente que el Dios a quien Abrahán
adoraba protegía a su siervo, y que cualquier daño que se le hiciese sería
vengado. Es asunto peligroso dañar a
uno de los hijos del Rey del cielo. El
salmista se refiere a este capítulo de la experiencia de Abrahán cuando dice,
al hablar del pueblo escogido, que Dios "por causa de ellos castigó los
reyes. No toquéis, dijo, a mis ungidos,
ni hagáis mal a mis profetas." (Sal. 105:14, 15.)
Hay una interesante semejanza entre la
experiencia de Abrahán en Egipto y la de sus descendientes siglos después. En ambos casos, fueron a Egipto a causa del
hambre y moraron allí y, a causa de los juicios divinos en su favor, los
egipcios los temieron, y los descendientes de Abrahán salieron al fin
enriquecidos por los obsequios de los paganos.