PARA repoblar la tierra, de la cual el
diluvio había barrido toda corrupción moral, Dios había preservado una sola
familia, la casa de Noé, a quien había manifestado: "A ti he visto justo
delante de mí en esta generación." (Gén. 7:1.) Sin embargo, entre los tres
hijos de Noé pronto se desarrolló la misma gran distinción que se había visto
en el mundo antediluviano. En Sem, Cam y Jafet, quienes habían de ser los
fundadores del linaje humano, se pudo prever el carácter de sus descendientes.
Hablando por inspiración divina. Noé
predijo la historia de las tres grandes razas que habrían de proceder de estos
padres de la humanidad. Al hablar de los descendientes de Cam, refiriéndose al
hijo más que al padre, manifestó Noé: "Maldito sea Canaán, siervo de
siervos será a sus hermanos." (Gén. 9:25.) El monstruoso crimen de Cam
demostró que hacía mucho que la reverencia filial había desaparecido de su
alma, y reveló la impiedad y la vileza de su carácter. Estas perversas
características se perpetuaron en Canaán y su posteridad, cuya continua
culpabilidad atrajo sobre ellos el juicio de Dios.
En cambio, la reverencia manifestada por Sem y Jafet hacia su padre y hacia los divinos estatutos, prometía un futuro más brillante a sus descendientes. Acerca de esto hijos fue declarado: "Bendito Jehová el Dios de Sem, y séale Canaán siervo. Engrandezca Dios a Japhet, y habite en las tiendas de Sem, y séale Canaán siervo." (Vers. 26, 27.) El linaje de Sem iba a ser el del pueblo escogido, del pacto de Dios, del Redentor prometido. Jehová fue el Dios de Sem. De él iban a descender Abrahán y el pueblo de Israel, por medio del cual habría de venir Cristo. "Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová." (Sal. 144:15) Y Jafet "habite en las tiendas de Sem." Los descendientes de Jafet habían de disfrutar muy especialmente de las bendiciones del Evangelio.
La posteridad de Canaán bajó hasta las
formas más degradantes del paganismo. A
pesar de que la maldición profética los había condenado a la esclavitud, la
condena fue aplazada durante siglos.
Dios sobrellevó su impiedad y corrupción hasta que traspasaron los
límites de la paciencia divina.
Entonces fueron desposeídos, y llegaron a ser esclavos de los
descendientes de Sem y de Jafet.
La profecía de Noé no fue una denuncia
arbitraria y airada ni una declaración de favoritismo. No fijó el carácter y el destino de sus
hijos. Pero reveló cuál sería el
resultado de la conducta que habían escogido individualmente, y el carácter que
habían desarrollado. Fue una expresión
del propósito de Dios hacia ellos y hacia. su posteridad, en vista de su propio
carácter y conducta. Generalmente, los
niños heredan la disposición y las tendencias de sus padres, e imitan su ejemplo;
de manera que los pecados de los padres son cometidos por los hijos de
generación en generación. Así la vileza
y la irreverencia de Cam se reprodujeron en su posteridad y le acarrearon
maldición durante muchas generaciones.
"Un pecador destruye mucho bien." (Ecl. 9:18.)
Por otro lado, ¡cuán ricamente fue
premiado el respeto de Sem hacia su padre; y qué ilustre serie de hombres
santos se ve en su posteridad! "Conoce Jehová los días de los
perfectos," "y su simiente es para bendición." "Conoce,
pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la
misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta las mil
generaciones." (Sal 37:18, 26, Deut 7:9.)
Durante algún tiempo, los descendientes
de Noé continuaron habitando en las montañas donde el arca se había
detenido. A medida que se
multiplicaron, la apostasía no tardó en causar división entre ellos. Los que deseaban olvidar a su Creador y desechar las restricciones de
su ley, tenían por constante molestia las enseñanzas y el ejemplo de sus
piadosos compañeros; y después de un tiempo decidieron separarse de los que
adoraban a Dios. Para lograr su fin,
emigraron a la llanura de Sinar, que estaba a orillas del río Éufrates. Les atraían la hermosa ubicación y la
fertilidad del terreno, y en esa llanura resolvieron establecerse.
Decidieron construir allí una ciudad, y
en ella una torre de tan estupenda altura que fuera la maravilla del
mundo. Estas empresas fueron ideadas
para impedir que la gente se esparciera en colonias. Dios había mandado a los hombres que se diseminaran por toda la
tierra, que la poblaran y que se enseñoreasen de ella; pero estos constructores
de la torre de Babel decidieron mantener su comunidad unida en un solo cuerpo,
y fundar una monarquía que a su tiempo abarcara toda la tierra. Así su ciudad se convertiría en la metrópoli
de un imperio universal; su gloria demandaría la admiración y el homenaje del
mundo, y haría célebres a sus fundadores.
La magnífica torre, que debía alcanzar hasta los cielos, estaba
destinada a ser algo así como un monumento del poder y sabiduría de sus
constructores, para perpetuar su fama hasta las últimas generaciones.
Los moradores de la llanura de Sinar no
creyeron en el pacto de Dios que prometía no traer otro diluvio sobre la
tierra. Muchos de ellos negaban la existencia
de Dios, y atribuían el diluvio a la acción de causas naturales. Otros creían
en un Ser supremo, que había destruido el mundo antediluviano; y sus corazones,
como el de Caín, se rebelaban contra él.
Uno de sus fines, al construir la torre, fue el de alcanzar seguridad si
ocurría otro diluvio. Creyeron que,
construyendo la torre hasta una altura mucho más elevada que la que habían
alcanzado las aguas del diluvio, se hallarían fuera de toda posibilidad de peligro. Y al poder ascender a la región de las
nubes, esperaban descubrir la causa del diluvio. Toda la empresa tenía por objeto exaltar aun más el orgullo de quienes la proyectaron, apartar
de Dios las mentes de las generaciones futuras, y llevarlas a la idolatría.
Adelantada la construcción de la torre,
parte de ella fue habitada por los edificadores. Otras secciones, magníficamente amuebladas y adornadas, las
destinaron a sus ídolos. El pueblo se
regocijaba en su éxito, loaba a dioses de oro y plata, y se obstinaba contra el
Soberano del cielo y la tierra.
De repente, la obra que había estado
avanzando tan prósperamente fue interrumpida.
Fueron enviados ángeles para anular los propósitos de los
edificadores. La torre había alcanzado
una gran altura, y por ese motivo les era imposible a los trabajadores que
estaban arriba comunicarse directamente con los de abajo; por lo tanto, fueron
colocados hombres en diferentes puntos para recibir y transmitir al siguiente
las órdenes acerca del material que se necesitaba, u otras instrucciones tocante
a la obra. Al pasar los mensajes de uno
a otro, el lenguaje se les confundía de modo que pedían un material que no se
necesitaba, y las instrucciones dadas eran a menudo contrarias a las recibidas. Esto produjo confusión y consternación. Toda la obra se detuvo. No había armonía ni cooperación. Los edificadores no podían explicarse
aquellas extrañas equivocaciones entre ellos, y en su ira y desengaño se
dirigían reproches unos a otros. Su
unión terminó en lucha y en derramamiento de sangre. Como prueba del desagrado de Dios, cayeron rayos del cielo que
destruyeron la parte superior de la torre y la derribaron. Se hizo sentir a los hombres que hay un Dios
que reina en los cielos.
Hasta esa época, todos los hombres
habían hablado el mismo idioma; ahora los que podían entenderse se reunieron en
grupos y unos tomaron un camino, y otros otro.
"Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la
tierra." (Gén. 11:8.) Esta dispersión obligó a los hombres a poblar la
tierra, y el propósito de Dios se alcanzó por el medio empleado por ellos para
evitarlo.
Pero ¡a costa de cuánta pérdida para los
que se habían levantado contra
Dios! Era el propósito del Creador que
a medida que los hombres fuesen a fundar naciones en distintas partes de la
tierra, llevasen consigo el conocimiento de su voluntad, y que la luz de la
verdad alumbrara a las generaciones futuras.
Noé, el fiel predicador de la justicia, vivió trescientos cincuenta años
después del diluvio, Sem vivió quinientos años, y sus descendientes tuvieron
así oportunidad de conocer los requerimientos de Dios y la historia de su trato
con sus padres. Pero no quisieron
escuchar estas verdades desagradables; no querían retener a Dios en su
conocimiento, y en gran medida la confusión de lenguas les impidió comunicarse
con quienes podrían haberles ilustrado.
Los constructores de la torre de Babel
habían manifestado un espíritu de murmuración contra Dios. En vez de recordar con gratitud su
misericordia hacia Adán, y su bondadoso pacto con Noé, se habían quejado de su
severidad al expulsar a la primera pareja del Edén y al destruir al mundo
mediante un diluvio. Pero mientras
murmuraban contra Dios calificándolo de arbitrario y severo, estaban aceptando
la soberanía del más cruel de los tiranos.
Satanás trató de acarrear menosprecio sobre las ofrendas expiatorias que
prefiguraban la muerte de Cristo; y a medida que la mente de los hombres iba
entenebreciéndose con la idolatría, los indujo a falsificar estas ofrendas, y a
sacrificar sus propios hijos sobre los altares de sus dioses. A medida que los hombres se alejaban de
Dios, los atributos divinos: la justicia, la pureza y el amor, fueron
reemplazados por la opresión, la violencia y la brutalidad.
Los hombres de Babel habían decidido
establecer un gobierno independiente de Dios.
Sin embargo, había algunos entre ellos que temían al Señor, pero, que
habían sido engañados por las pretensiones de los impíos, y enredados por sus
ardides. Por amor a éstos el Señor
retardó sus juicios, y dio tiempo a los seres humanos para que revelasen su
carácter verdadero. A medida que esto
se cumplía, los hijos de Dios trabajaban por hacerles cambiar su propósito;
pero los hombres estaban completamente
unidos en su atrevida empresa contra el cielo.
Si no se los hubiese reprimido, habrían desmoralizado al mundo cuando
todavía era joven. Su confederación se
fundó en la rebelión; era un reino que se establecía para el ensalzamiento
propio, en el cual Dios no iba a tener soberanía ni honor. Si se hubiese permitido esta confederación,
un formidable poder habría procurado desterrar la justicia, la paz, la
felicidad y la seguridad de este mundo.
En lugar del estatuto divino que es "santo, y justo, y bueno"
(Rom. 7:12), los hombres estaban tratando de establecer leyes que satisficieran
su propio corazón cruel y egoísta.
Los que temían al Señor le imploraron
que intercediese. "Y descendió
Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los
hombres." (Gén. 11:5.) Por
misericordia hacia el mundo, Dios frustró el propósito de los edificadores de
la torre, y derrumbó el monumento de su osadía. Por misericordia, confundió su lenguaje y estorbó sus propósitos
de rebelión.
Dios soporta pacientemente la
perversidad de los hombres, dándoles amplia oportunidad para arrepentirse; pero
toma en cuenta todos sus ardides para resistir la autoridad de su justa y santa
ley. De vez en cuando la mano invisible
que empuñaba el centro del gobierno se extiende para reprimir la iniquidad. Se da evidencia inequívoca de que el Creador
del universo, el que es infinito en sabiduría, amor y verdad, es el Gobernante
supremo del cielo y de la tierra, cuyo poder nadie puede desafiar impunemente.
Los planes de los constructores de la
torre de Babel terminaron en vergüenza y derrota. El monumento de su orgullo sirvió para conmemorar su locura. Pero los hombres siguen hoy el mismo
sendero, confiando en sí mismos y rechazando la ley de Dios. Es el principio que Satanás trató de
practicar en el cielo, el mismo que siguió Caín al presentar su ofrenda.
Hay constructores de torres en nuestros
días. Los incrédulos formulan sus
teorías sobre supuestas deducciones de la ciencia, y rechazan la palabra revelada de Dios. Pretenden juzgar el gobierno moral de Dios;
desprecian su ley y se jactan de la suficiencia de la razón humana. Y, "porque no se ejecuta luego
sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en
ellos lleno para hacer mal." (Ecl. 8: 11.)
En el mundo que profesa ser cristiano,
muchos se alejan de las claras enseñanzas de la Sagrada Escritura y construyen
un credo fundado en especulaciones humanas y fábulas agradables; y señalan su
torre como una manera de subir al cielo.
Los hombres penden admirados de los labios elocuentes, que enseñan que
el transgresor no morirá, que la salvación se puede obtener sin obedecer a la
ley de Dios. Si los que profesan ser
discípulos de Cristo aceptaran las normas de Dios, se unirían entre sí, pero
mientras se ensalce la sabiduría humana sobre la santa Palabra, habrá divisiones
y disensiones. La confusión existente
entre los credos y sectas contrarias se representa adecuadamente por el término
"Babilonia," que la profecía aplica a las iglesias mundanas de los
últimos días.
Muchos procuran hacerse un cielo
adquiriendo riquezas y poder.
"Hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería"
(Sal 73: 8), pisotean los derechos humanos, y desprecian la autoridad
divina. Podrán los orgullosos ejercer
momentáneamente gran poder y tener éxito en todas sus empresas; pero al fin
sólo encontrarán desilusión y miseria.
El tiempo de la investigación de Dios ha
llegado. El Altísimo descenderá para
ver lo que los hijos de los hombres han construido. Su poder soberano se revelará; las obras del orgullo humano serán
abatidas. "Desde los cielos miró
Jehová; vio a todos los hijos de los hombres: desde la morada de su asiento
miró sobre todos los moradores de la tierra." "Jehová hace nulo el
consejo de las gentes, y frustra las maquinaciones de los pueblos. El consejo de Jehová permanecerá para
siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones." (Sal.
33: 13, 14, 10, 11.)