Preparando el manuscrito para el espíritu de profecía,
tomo 4,* precursor de El conflicto de los siglos
Escribo de quince a veinte páginas por día. Son ahora
las once, y ya he escrito catorce páginas a mano para el tomo 4, y además siete
páginas de cartas para diferentes personas. Me siento continuamente agradecida
a Dios por su bondad misericordiosa...
Al escribir sobre mi libro, me siento intensamente
conmovida. Quiero publicarlo cuanto antes, pues nuestro pueblo lo necesita
mucho. Lo completaré el próximo mes si el Señor me da salud, como él lo ha
hecho hasta ahora. Me ha sido imposible dormir por la noche, pensando en las
cosas importantes que deberán ocurrir. Tres horas de sueño, y a veces cinco, es
lo más que puedo tener. Mi mente está tan profundamente emocionada que no puedo
descansar. Escribo, escribo, escribo, y siento que debo hacerlo y que no debo
demorarme.
Grandes cosas están delante de nosotros, y queremos
despertar al pueblo de su indiferencia para que se prepare para ese día. Cosas
que son eternas se agolpan delante de mis ojos día y noche. Las cosas que son
temporales se esfuman de mi vista. No debemos desechar ahora nuestra confianza,
sino tener una firme seguridad, más firme que nunca antes. El Señor nos ha ayudado
hasta aquí, y también nos ayudará hasta el fin. Veremos las columnas
monumentales, que nos recordarán lo que el Señor ha hecho por nosotros para
fortalecernos y salvarnos de la mano del destructor (Carta 11a, 1884).
La historia se abre de vez en cuando delante de mí en visiones escénicas.-
Mediante la iluminación del Espíritu Santo, las
escenas de la larga lucha secular entre el bien y el mal fueron reveladas a
quien escribe estas páginas. En una y otra ocasión se me permitió contemplar
las peripecias de la gran lucha secular en diferentes épocas, entre Cristo,
Príncipe de la vida, Autor de nuestra salvación, y Satanás, príncipe del mal,
autor del pecado y primer transgresor de la santa ley de Dios (El conflicto de
los siglos, p. 13).
Cuando estoy usando la pluma, me son dadas
maravillosas presentaciones del pasado, del presente y del futuro (Carta 86,
1906).
La bandera del gobernante de la sinagoga de Satanás
estaba izada, y el error aparentemente marchaba triunfante, y los reformadores,
por la gracia que les fue dada por Dios, se empeñaron en brillante batalla
contra las huestes de las tinieblas. Me han sido presentados los
acontecimientos de la historia de los reformadores. Sé que el Señor Jesús y sus
ángeles han vigilado con intenso interés la batalla contra el poder de Satanás,
quien combinaba sus huestes con los hombres malos, con el propósito de
extinguir la luz divina, el fuego del reino de Dios. Ellos [los reformadores],
por causa de Cristo, sufrieron el escarnio, el ridículo, el odio de hombres que
no conocían a Dios. Fueron difamados y perseguidos hasta la muerte, porque no
renunciaban a su fe (Carta 48, 1894).
Se le mostró a Elena de White años antes al visitar a Europa en 1885-1887.-
La obra del primer mensaje en estos países [Suecia y
las demás naciones escandinavas] fue presentada delante de mí años antes, y se
me mostraron circunstancias similares a las relatadas más arriba [la
predicación por parte de niños en Suecia] (Elena G. de White, Historical
Sketches of the Foreign Missions of Sevent-day Adventists, Basilea, Suiza,
1886, p. 108).
Acabamos de leer el material relativo al tiempo de
angustia. El Hno. Smith piensa que este capítulo de ninguna manera debe dejarse
fuera del tomo 4. Dice que no hay ni una sola frase en él que no se necesite en
forma esencial. Este [capítulo] parece hacer una profunda impresión en su
mente, y pensé que te escribiría a ti con respecto a dicho asunto. Lo he leído,
y sencillamente tiene un poder emocionante que lo acompaña. No veo que nada
pueda excluirlo del libro para la venta general entre los no creyentes* (Carta
59, 1884).
Basilea, Suiza, 11 de junio de 1886. Creo que Ud.
querrá oír algunas noticias con respecto a nuestra familia. Ahora somos diez.
W. C. W. [White] y Mary y Ella están bien. Sara McEnterfer está bien, y tan
ocupada como puede estarlo tomando cartas al dictado y escribiéndolas con el
calígrafo [máquina de escribir]. La salud de Marian [Davis] está más o menos
como siempre. Ella está trabajando en el tomo 4, El conflicto de los siglos
(Manuscrito 20, 1886).
Al revelarme el Espíritu de Dios las grandes verdades
de su Palabra, y las escenas del pasado y del futuro, se me ordenó que diese a
conocer a otros lo que se me había mostrado: trazar un bosquejo de la historia
de la lucha en las edades pasadas y, especialmente, que la presentase de tal
modo que derramara luz sobre la lucha futura que se va acercando con tanta
rapidez. Con este fin he tratado de escoger y reunir acontecimientos de la
historia de la iglesia, en forma que quedara bosquejado el desenvolvimiento de
las grandes verdades probatorias que en diversas épocas han sido dadas al
mundo, que han excitado la ira de Satanás y la enemistad de la iglesia amiga
del mundo, y han sido sostenidas por el testimonio de aquellos que "no
amaron sus vidas, exponiéndolas hasta la muerte" (El conflicto de los
siglos, pp. 1314).
Mientras escribía el manuscrito de El conflicto de
los siglos, a menudo era consciente de la presencia de los ángeles de Dios. Y
en muchas ocasiones las escenas acerca de las cuales estaba escribiendo me eran
presentadas de nuevo en una visión nocturna, de tal manera que estuvieran
frescas y vívidas en mi mente (Carta 56, 1911).
El firmamento se abría y cerraba en violenta
conmoción. Las montañas se agitaban como cañas batidas por el viento, arrojando
peñascos por todo el derredor. El mar hervía como una caldera y lanzaba piedras
a la tierra. Al declarar Dios el día y la hora de la venida de Jesús y conferir
el sempiterno pacto a su pueblo, pronunciaba una frase y se detenía mientras
las palabras de la frase retumbaban por toda la tierra...
No tengo el menor conocimiento en cuanto al tiempo
mencionado por la voz de Dios. Oí cuando proclamaba la hora, pero no tuve el
recuerdo de esa hora después que salí de la visión. Escenas tan emocionantes y
de un interés tan solemne pasaron ante mí, que ningún lenguaje puede describir.
Todo fue una realidad viviente para mí, pues directamente relacionada con esta
escena apareció la gran nube blanca sobre la cual estaba sentado el Hijo del
hombre (Carta 38, 1888 [1MS 85-86]).
Acabamos de leer los manuscritos de los últimos tres
capítulos. No puedo ver otra cosa sino que están bien y son del más intenso y
emocionante interés. Me alegro de que Ud. mandó estas páginas y quiero que el
libro el primer ejemplar que salga de prensa me sea enviado...
El sábado pasado fue un día impresionante y solemne.
Hablé sobre algunas de las escenas descritas en estos últimos capítulos y se
manifestó un profundo sentimiento en la reunión (Carta 57, 1884).
En la preparación de este libro se emplearon obreros
competentes, y se invirtió mucho dinero para hacer que este volumen apareciera
delante del mundo en el mejor estilo posible...
El Señor me impresionó a escribir este libro, para
que sin demora se lo hiciera circular en todas partes del mundo, porque las
advertencias que contiene son necesarias para preparar a un pueblo para estar
en pie en el día del Señor (Manuscrito 24, 1891).
Experiencia de Elena de White mientras escribía El
conflicto de los siglos.-
Fui movida por el Espíritu del Señor a escribir ese
libro, y mientras trabajaba en él, sentía una gran carga sobre mi alma. Sabía
que el tiempo era breve, que las escenas que pronto han de agolparse sobre
nosotros, al final vendrían en forma muy rápida y repentina, como se las
presenta en las palabras de la Escritura: "Porque vosotros sabéis
perfectamente que el día del Señor
vendrá así como ladrón en la noche" (1 Tes. 5: 2).
El Señor ha presentado delante de mí asuntos que
son de urgente importancia para el
tiempo presente, y que alcanzan al futuro. Como un mandato me han sido
repetidas las palabras: "Escribe en un libro las cosas que has visto y has oído, y permite que éste vaya a
toda la gente; porque el tiempo está cercano cuando la historia pasada se
repetirá". He sido despertada a la una, a las dos o a las tres de la
mañana, con algún punto fuertemente impreso en mi mente, como si hubiera sido
hablado por la voz de Dios. Se me mostró que muchos de nuestros propios
hermanos dormían en sus pecados, y aun cuando decían ser cristianos, perecerían
a menos que fueran convertidos.
He tratado de traer ante los demás las solemnes
impresiones hechas en mi mente mientras la verdad era presentada ante mí en
forma clara, para que cada uno sintiera la necesidad de tener una experiencia
religiosa por sí mismo, de tener un conocimiento del Salvador por sí mismo, de
buscar arrepentimiento, fe, amor, esperanza y santidad por sí mismo.
Se me aseguró que no había tiempo que perder. Los
llamados y las amonestaciones deben ser dados; nuestras iglesias deben ser
despertadas, deben ser instruidas, para que puedan dar la amonestación a todos
los que puedan alcanzarse, para declarar que la espada del Señor, que la ira
del Señor sobre el mundo libertino no se demorará más. Se me mostró que muchos
prestarían oídos a las amonestaciones. Sus mentes serían preparadas para
discernir precisamente las cosas que esa amonestación les señalaba.
Se me mostró que gran parte de mi tiempo ha estado
ocupado en hablar al pueblo, y que en cambio era más esencial que me dedicara a
escribir los importantes asuntos para el tomo IV,* que la advertencia debe ir a
donde no puede llegar el mensajero vivo, y que debe llamar la atención de
muchos a los importantes acontecimientos que han de ocurrir en las escenas
finales de la historia de este mundo.
A medida que se abría delante de mí la condición de
la iglesia y del mundo, y a medida que observaba las terribles escenas que se
desarrollaban delante de nosotros, me sentí alarmada por las perspectivas. Y noche
tras noche, mientras toda la casa dormía, yo redactaba las cosas que me fueron
dadas por Dios. Se me mostraron las herejías que se levantarán, los engaños que
prevalecerán, el poder milagroso de Satanás los falsos Cristos que aparecerán
que engañarán a la mayor parte, aun del mundo religioso, inclusive, y que
arrastrarán, si es posible, aun a los elegidos.
¿Es esta obra la obra del Señor? Yo sé que lo es, y nuestro pueblo también profesa creerlo. La amonestación y la instrucción de este libro son necesarias para todos los que profesan creer la verdad presente (Carta 1, 1890).