"EN AQUELLOS días, habiéndose multiplicado el
número de los discípulos, hubo murmuración de los helenistas contra los
hebreos, de que sus viudas eran descuidadas en la administración diaria."
(Hech. 6: 1, V.M.)
En la iglesia primitiva había gente de diversas
clases sociales y distintas nacionalidades.
Cuando vino el Espíritu Santo en Pentecostés, "moraban entonces en
Jerusalem Judíos, varones religiosos, de todas las naciones debajo del
cielo." (Hech. 2: 5.) Entre los de
la fe hebrea reunidos en Jerusalén había también algunos que eran conocidos
generalmente como helenistas, cuya desconfianza y aun enemistad con los judíos
de Palestina databan de largo tiempo.
Los que se habían convertido por la labor de los apóstoles
estaban afectuosamente unidos por el amor cristiano. A pesar de sus anteriores prejuicios, hallábanse en recíproca
concordia. Sabía Satanás que mientras
durase aquella unión no podría impedir el progreso de la verdad evangélica, y
procuró prevalerse de los antiguos modos de pensar, con la esperanza de
introducir así en la iglesia elementos de discordia.
Sucedió que habiendo crecido el número de discípulos,
logró Satanás despertar las sospechas de algunos que anteriormente habían
tenido la costumbre de mirar con envidia a sus correligionarios y de señalar
faltas en sus jefes espirituales. Así "hubo murmuración de los helenistas
contra los hebreos." El motivo de
la queja fue un supuesto descuido de las viudas griegas en el reparto diario de
socorros. Toda desigualdad habría sido
contraria al espíritu del Evangelio; pero Satanás había logrado provocar
recelos. Por lo tanto, era indispensable tomar medidas inmediatas que quitasen
todo motivo de descontento, so pena de que el enemigo triunfara en sus
esfuerzos y determinase una división entre los fieles.
Los discípulos de Jesús habían llegado a una
crisis. Bajo la sabia dirección de los
apóstoles, que habían trabajado unidos en el poder del Espíritu Santo, la obra
encomendada a los mensajeros del Evangelio se había desarrollado
rápidamente. La iglesia estaba
ensanchándose de continuo, y este aumento de miembros acrecentaba las pesadas
cargas de los que ocupaban puestos de responsabilidad. Ningún hombre, ni grupo
de hombres, podría continuar llevando esas cargas solo, sin poner en peligro la
futura prosperidad de la iglesia. Se necesitaba una distribución adicional de
las responsabilidades que habían sido llevadas tan fielmente por unos pocos
durante los primeros días de la iglesia.
Los apóstoles debían dar ahora un paso importante en el
perfeccionamiento del orden evangélico en la iglesia, colocando sobre otros
algunas de las cargas llevadas hasta ahora por ellos.
Los apóstoles reunieron a los fieles en asamblea, e
inspirados por el Espíritu Santo, expusieron un plan para la mejor organización
de todas las fuerzas vivas de la iglesia.
Dijeron los apóstoles que había llegado el tiempo en que los jefes
espirituales debían ser relevados de la tarea de socorrer directamente a los
pobres, y de cargas semejantes, pues debían quedar libres para proseguir con la
obra de predicar el Evangelio. Así que
dijeron: "Buscad pues, hermanos, siete varones de vosotros de buen
testimonio, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, los cuales pongamos en
esta obra. Y nosotros persistiremos en la oración, y en el ministerio de la
palabra." Siguieron los fieles este consejo, y por oración e imposición de
manos fueron escogidos solemnemente siete hombres para el oficio de diáconos.
El nombramiento de los siete para tomar a su cargo
determinada modalidad de trabajo fue muy beneficioso a la iglesia. Estos oficiales cuidaban especialmente de
las necesidades de los miembros así como de los intereses económicos de la
iglesia; y con su prudente administración y piadoso ejemplo, prestaban
importante ayuda a sus colegas para armonizar en unidad de conjunto los
diversos intereses de la iglesia.
Esta medida estaba de acuerdo con el plan de Dios,
como lo demostraron los inmediatos resultados que en bien de la iglesia
produjo. "Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se
multiplicaba mucho en Jerusalén: también una gran multitud de los sacerdotes
obedecía a la fe." Esta cosecha de
almas se debió igualmente a la mayor libertad de que gozaban los apóstoles y al
celo y virtud demostrados por los siete diáconos. El hecho de que estos hermanos habían sido ordenados para la obra
especial de mirar por las necesidades de los pobres, no les impedía enseñar
también la fe, sino que, por el contrario, tenían plena capacidad para instruir
a otros en la verdad, lo cual hicieron con grandísimo fervor y éxito feliz.
A la iglesia primitiva se le había encomendado una
obra de crecimiento constante: el establecer centros de luz y bendición
dondequiera hubiese almas honestas dispuestas a entregarse al servicio de
Cristo. La proclamación del Evangelio
había de tener alcance mundial, y los mensajeros de la cruz no podían esperar
cumplir su importante misión a menos que permanecieran unidos con los vínculos
de la unidad cristiana, y revelaran así al mundo que eran uno con Cristo en
Dios. ¿ No había orado al Padre su divino Director: "Guárdalos por tu
nombre, para que sean una cosa, como también nosotros" ? ¿Y no había
declarado él de sus discípulos: "El mundo los aborreció, porque no son del
mundo"? ¿No había suplicado al Padre que ellos fueran "consumadamente
una cosa," "para que el mundo crea que tú me enviaste"? (Juan
17: 11, 14, 23, 21.) Su vida y poder espirituales dependían de una estrecha
comunión con Aquel por quien habían sido comisionados a predicar el Evangelio.
Solamente en la medida en que estuvieran unidos con
Cristo, podían esperar los discípulos que los acompañara el poder del Espíritu
Santo y la cooperación de los ángeles del cielo. Con la ayuda de estos agentes divinos, podrían presentar ante el
mundo un frente unido, y obtener la victoria en la lucha que estaban obligados
a sostener incesantemente contra las potestades de las tinieblas. Mientras
continuaran trabajando unidos, los mensajeros celestiales irían delante de ellos
abriendo el camino; los corazones serían preparados para la recepción de la
verdad y muchos serían ganados para Cristo. Mientras permanecieran unidos, la
iglesia avanzaría "hermosa como la luna, esclarecida como el sol,
imponente como ejércitos en orden." (Cant. 6: 10.) Nada podría detener su
progreso. Avanzando de victoria en victoria, cumpliría gloriosamente su divina
misión de proclamar el Evangelio al mundo.
La organización de la iglesia de Jerusalén debía
servir de modelo para la de las iglesias que se establecieran en muchos otros
puntos donde los mensajeros de la verdad trabajasen para ganar conversos al
Evangelio. Los que tenían la
responsabilidad del gobierno general de la iglesia, no habían de enseñorearse
de la heredad de Dios, sino que, como prudentes pastores, habían de
"apacentar la grey de Dios . . . siendo dechados de la grey" (1 Ped.
5: 2, 3), y los diáconos debían ser "varones de buen testimonio llenos de
Espíritu Santo y de sabiduría." Estos hombres debían colocarse unidamente
de parte de la justicia y mantenerse firmes y decididos. Así tendrían unificadora influencia en la
grey entera.
Más adelante en la historia de la iglesia primitiva,
una vez constituidos en iglesias muchos grupos de creyentes en diversas partes
del mundo, se perfeccionó aun más la organización a fin de mantener el orden y
la acción concertada. Se exhortaba a
cada uno de los miembros a que desempeñase bien su cometido, empleando
útilmente los talentos que se le hubiesen confiado. Algunos estaban dotados por el Espíritu Santo con dones
especiales:
"Primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero doctores;
luego facultades; luego dones de sanidades, ayudas, gobernaciones, géneros de
lenguas." (1 Cor. 12: 28.) Pero todas estas clases de obreros tenían que
trabajar concertadamente.
"Hay repartimiento de dones; mas el mismo
Espíritu es. Y hay repartimiento de ministerios; mas el mismo Señor es. Y hay
repartimiento de operaciones; mas el mismo Dios es el que obra todas las cosas
en todos. Empero a cada uno le es dada manifestación del Espíritu para
provecho. Porque a la verdad, a éste es dada por el Espíritu palabra de
sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por
el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro,
operaciones de milagros; y a otro, profecía; y a otro, discreción de espíritus;
y a otro, géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Mas todas
estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada
uno como quiere. Porque de la manera que el cuerpo es uno, y tiene muchos
miembros, empero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un cuerpo,
así también Cristo." (1 Cor. 12: 4-12.)
Son solemnes las responsabilidades que descansan
sobre aquellos que son llamados a actuar como dirigentes de la iglesia de Dios
en la tierra. En los días de la teocracia, cuando Moisés estaba empeñado en
llevar solo cargas tan gravosas que pronto lo agotarían bajo su peso, Jetro le
aconsejó que planeara una sabia distribución de las responsabilidades.
"Está tú por el pueblo delante de Dios le aconsejó Jetro, y somete tú
los negocios a Dios. Y enseña a ellos
las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde anden, y lo que han
de hacer." Jetro aconsejó además que se escogieran hombres para que
actuaran como "caporales sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta y sobre
diez." Estos habían de ser
"varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan
la avaricia." Ellos habían de juzgar "al pueblo en todo tiempo,"
aliviando así a Moisés de la agotadora responsabilidad de prestar atención a
muchos asuntos menores que podían ser tratados con sabiduría por ayudantes
consagrados.
El tiempo y la fuerza de aquellos que en la
Providencia de Dios han sido colocados en los principales puestos de
responsabilidad en la iglesia deben dedicarse a tratar los asuntos más graves
que demandan especial sabiduría y grandeza de ánimo. No es plan de Dios que a tales hombres se les pida que resuelvan
los asuntos menores que otros están bien capacitados para tratar. "Todo
negocio grave lo traerán a ti le propuso Jetro a Moisés, y ellos juzgarán
todo negocio pequeño: alivia así la carga de sobre ti, y llevarla han ellos
contigo. Si esto hicieres, y Dios te lo mandare, tú podrás persistir, y todo
este pueblo se irá también en paz a su lugar."
De acuerdo con este plan, "Escogió Moisés
varones de virtud del pueblo de Israel, y púsolos por cabezas sobre el pueblo,
caporales sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta, y sobre diez. Y juzgaban al
pueblo en todo tiempo: el negocio arduo traíanlo a Moisés, y ellos juzgaban
todo negocio pequeño." (Ex. 18: 19-26.)
Más tarde, al escoger setenta ancianos para que
compartieran con él las responsabilidades de la dirección, Moisés tuvo cuidado
de escoger como ayudantes suyos hombres de dignidad, de sano juicio y de
experiencia. En su encargo a estos
ancianos en ocasión de su ordenación, expuso algunas de las cualidades que
capacitan a un hombre para ser un sabio director de la iglesia. "Oíd entre
vuestros hermanos dijo Moisés, y juzgad justamente entre el hombre y su
hermano, y el que le es extranjero. No tengáis respeto de personas en el
juicio: así al pequeño como al grande oiréis: no tendréis temor de ninguno,
porque el juicio es de Dios." (Deut. 1: 16, 17.)
El rey David, hacia el fin de su reinado, hizo un
solemne encargo a aquellos que dirigían la obra de Dios en su tiempo. Convocando en Jerusalén "a todos los
principales de Israel, los príncipes de las tribus, y los jefes de las divisiones
que servían al rey, los tribunos y centuriones, con los superintendentes de
toda la hacienda y posesión del rey, y sus hijos, con los eunucos, los
poderosos, y todos sus hombres valientes," el anciano rey les ordenó solemnemente, "delante de los ojos
de todo Israel, congregación de Jehová, y en oídos de nuestro Dios":
"Guardad e inquirid todos los preceptos de Jehová vuestro Dios." (1
Crón. 28: 1, 8.)
A Salomón, como uno que estaba llamado a ocupar un
puesto de la mayor responsabilidad, David le hizo un encargo especial: "Y
tú, Salomón, hijo mío, conoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón
perfecto, y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de
todos, y entiende toda imaginación de los pensamientos. Si tú le buscares, lo
hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre. Mira, pues, ahora
que Jehová te ha elegido. . . . Esfuérzate." (1 Crón. 28: 9, 10.)
Los mismos principios de piedad y justicia que debían
guiar a los gobernantes del pueblo de Dios en el tiempo de Moisés y de David,
habían de seguir también aquellos a quienes se les encomendó la vigilancia de
la recién organizada iglesia de Dios en la dispensación evangélica. En la obra de poner en orden las cosas en
todas las iglesias, y de consagrar hombres capaces para que actuaran como
oficiales, los apóstoles mantenían las altas normas de dirección bosquejadas en
los escritos del Antiguo Testamento.
Sostenían que aquel que es llamado a ocupar un puesto de gran
responsabilidad en la iglesia, debe ser "sin crimen, como dispensador de
Dios; no soberbio, no iracundo, no amador del vino, no heridor, no codicioso de
torpes ganancias; sino hospedador, amador de lo bueno, templado, justo, santo,
continente; retenedor de la fiel palabra que es conforme a la doctrina: para que
también pueda exhortar con sana doctrina, y convencer a los que
contradijeren." (Tito 1: 7-9 )
El orden mantenido en la primitiva iglesia cristiana,
la habilitó para seguir firmemente adelante como disciplinado ejército
revestido de la armadura de Dios. Aunque las compañías o grupos de fieles
estaban esparcidos en un dilatado territorio, eran todos miembros de un solo
cuerpo y actuaban de concierto y en mutua armonía. Cuando se suscitaban
disensiones en alguna iglesia local, como ocurrió después en Antioquía y otras
partes, y los fieles no lograban avenirse, no se consentía en que la cuestión
dividiese a la iglesia, sino que se la sometía a un concilio general de todos
los fieles, constituido por delegados de las diversas iglesias locales con los
apóstoles y ancianos en funciones de gran responsabilidad. Así por la
concertada acción de todos se desbarataban los esfuerzos que Satanás hacía para
atacar a las iglesias aisladas, y quedaban deshechos los planes de quebranto y
destrucción que forjaba el enemigo.
"Dios no es Dios de disensión, sino de paz; como en todas las iglesias de los santos" (1 Cor. 14: 33), y quiere que hoy día se observe orden y sistema en la conducta de la iglesia, lo mismo que en tiempos antiguos. Desea que su obra se lleve adelante con perfección y exactitud, a fin de sellarla con su aprobación. Los cristianos han de estar unidos con los cristianos y las iglesias con las iglesias, de suerte que los instrumentos humanos cooperen con los divinos, subordinándose todo agente al Espíritu Santo y combinándose todos en dar al mundo las buenas nuevas de la gracia de Dios.