FUE la cruz, instrumento de vergüenza y tortura, la
que trajo esperanza y salvación al mundo.
Los discípulos no eran sino hombres humildes, sin riquezas, y sin otra
arma que la palabra de Dios; sin embargo en la fuerza de Cristo salieron para
contar la maravillosa historia del pesebre y la cruz y triunfar sobre toda
oposición. Aunque sin honor ni
reconocimiento terrenales, eran héroes de la fe. De sus labios salían palabras de elocuencia divina que hacían
temblar al mundo.
En Jerusalén, donde dominaban los más arraigados
prejuicios y las más confusas ideas acerca de Aquel que fuera crucificado como
malhechor, los discípulos predicaban valientemente las palabras de vida y
exponían a los judíos la obra y la misión de Cristo, su crucifixión,
resurrección y ascensión. Los
sacerdotes y magistrados se admiraban del claro e intrépido testimonio de los
apóstoles. El poder del Salvador
resucitado investía a los discípulos, cuya obra era acompañada de señales y
milagros que diariamente acrecentaban el número de creyentes. A lo largo de las calles por donde pasaban
los discípulos, el pueblo colocaba a sus enfermos "en camas y en lechos,
para que viniendo Pedro, a lo menos su sombra tocase a alguno de ellos." También eran traídos los afligidos por
espíritus inmundos. Las multitudes
acudían a los discípulos y los sanados proclamaban las alabanzas de Dios y
glorificaban el nombre del Redentor.
Los sacerdotes y gobernantes veían que Cristo era más
ensalzado que ellos. Como los saduceos no creían en la resurrección, se
encolerizaban al oír a los discípulos afirmar que Cristo había resucitado de
entre los muertos, pues comprendían que si se dejaba a los apóstoles predicar a
un Salvador resucitado y obrar milagros en su nombre, todos rechazarían la
doctrina de que no habrá resurrección y pronto se extinguiría la secta de los
saduceos. Por su parte, los fariseos se enojaban al notar que las enseñanzas de
los discípulos propendían a eliminar las ceremonias judaicas e invalidar los
sacrificios.
Vanos fueron todos los esfuerzos hechos hasta
entonces para suprimir la nueva doctrina; pero los saduceos y fariseos
resolvieron conjuntamente hacer cesar la obra de los discípulos, pues
demostraban su culpabilidad en la muerte de Jesús. Poseídos de indignación, los sacerdotes echaron violentamente
mano a Pedro y Juan y los pusieron en la cárcel pública.
Los dirigentes de la nación judía manifiestamente no
cumplían el propósito de Dios para con su pueblo escogido. Aquellos a quienes Dios había hecho los
depositarios de la verdad se mostraron indignos de su cometido, y Dios escogió
a otros para que hicieran su obra. En
su ceguera, dichos dirigentes dieron ahora rienda suelta a lo que llamaban
justa indignación contra los que rechazaban sus doctrinas favoritas. Ni
siquiera admitían la posibilidad de que ellos mismos no entendieran
correctamente la Palabra, o que hubieran interpretado o aplicado mal las
Escrituras. Actuaron como hombres que
hubiesen perdido la razón. Decían: ¿Qué derecho tienen esos maestros, algunos
de los cuales son simples pescadores, de presentar ideas contrarias a las
doctrinas que hemos enseñado al pueblo? Estando resueltos a suprimirlas,
encarcelaron a los que las predicaban.
No se intimidaron ni se abatieron los discípulos por
semejante trato. El Espíritu Santo les recordó las palabras de Cristo: "No
es el siervo mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros
os perseguirán: si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas
todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha
enviado." "Os echarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando
cualquiera que os matare, pensará que hace ser servicio a Dios." "Mas
os he dicho esto, para que cuando aquella hora viniere, os acordéis de que yo
os lo había dicho." (Juan 15: 20, 21; 16: 2, 4.)
El Dios del cielo, el poderoso Gobernador del
universo, tomó por su cuenta el asunto del encarcelamiento de los discípulos,
porque los hombres guerreaban contra su obra.
Por la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y dijo a
los discípulos: "Id, y estando en el templo, hablad al pueblo todas las
palabras de esta vida."
Este mandato era directamente contrario a la orden
dada por los gobernantes judíos; pero ¿dijeron los apóstoles: No podemos
hacerlo hasta que consultemos a los magistrados, y recibamos su permiso? No;
Dios había dicho: "Id," y ellos obedecieron. "Entraron de mañana
en el templo, y enseñaban."
Cuando Pedro y Juan se presentaron ante los fieles y
les refirieron cómo el ángel los había guiado por entre la tropa de soldados
que guardaban la cárcel, ordenándoles que reanudaran la obra interrumpida, los
hermanos se llenaron de admiración y de gozo.
Entretanto, el príncipe de los sacerdotes y los que
estaban con él "convocaron el concilio, y a todos los ancianos de los
hijos de Israel." Los sacerdotes y magistrados decidieron acusar a los
discípulos de insurrección, de haber asesinado a Ananías y Safira, y de
conspirar para desposeer a los sacerdotes de su autoridad. Con ello esperaban excitar a las turbas para
que interviniesen en el asunto y tratar a los discípulos como habían tratado a
Jesús. Sabían que muchos de los que no
aceptaron las enseñanzas de Cristo, cansados del gobierno arbitrario de las
autoridades judías, deseaban algún cambio.
Los sacerdotes temían que, si estos desconformes aceptaban las verdades
proclamadas por los apóstoles y, por lo tanto, a Jesús como el Mesías, la ira
de todo el pueblo se levantaría contra ellos y se les haría entonces rendir
cuenta del asesinato de Cristo. Decidieron tomar vigorosas medidas para evitar
esto.
Cuando enviaron por los presos para que comparecieran
ante su presencia, grande fue el asombro general al recibirse la noticia de que
se habían hallado las puertas de la cárcel cerradas con toda seguridad y a los
guardas delante de ellas, pero que los presos no parecían por ninguna parte.
Pronto llegó este sorprendente informe: "He
aquí, los varones que echasteis en la cárcel, están en el templo, y enseñan al
pueblo. Entonces fue el magistrado con los ministros, y trájolos sin violencia;
porque temían del pueblo ser apedreados."
Aunque los apóstoles fueron milagrosamente libertados
de la cárcel, no se libraron de la indagatoria y el castigo. Cristo les había
dicho, estando con ellos: "Mirad por vosotros: porque os entregarán en los
concilios." (Mar. 13: 9.) Al
enviarles un ángel para libertarlos, Dios les dio una muestra de su amor y una
seguridad de su presencia. Ahora les tocaba a ellos, por su parte, sufrir por
causa de Aquel cuyo Evangelio predicaban.
La historia de los profetas y apóstoles nos ofrece
muchos nobles ejemplos de lealtad a Dios.
Los testigos de Cristo han sufrido cárcel, tormento y la misma muerte
antes de quebrantar los mandamientos de Dios.
El ejemplo de Pedro y Juan es heroico cual ninguno en la dispensación
evangélica. Al presentarse por segunda
vez ante los hombres que parecían resueltos a destruirlos, no se advirtió señal
alguna de temor ni vacilación en sus palabras o actitud. Y cuando el pontífice
les dijo: "¿No os denunciamos estrechamente, que no enseñaseis en este
nombre? y he aquí, habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis
echar sobre nosotros la sangre de este hombre," Pedro respondió: "Es
menester obedecer a Dios antes que a los hombres." Un ángel del cielo los había librado de la
cárcel y ordenándoles que enseñaran en el templo. Al seguir sus instrucciones,
obedecían el divino mandato, y así debían proseguir haciéndolo a pesar de
cuantos impedimentos encontraran para ello.
Entonces el espíritu de la inspiración descendió
sobre los discípulos. Los acusados se convirtieron en acusadores, inculpando de
la muerte de Cristo a quienes componían el concilio.
Pedro declaró: "El Dios de nuestros padres
levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole de un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por
Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de
pecados. Y nosotros somos testigos
suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los
que le obedecen."
Tan airados se pusieron los judíos al oír estas
palabras, que resolvieron juzgar por sí mismos y, sin más proceso ni
consentimiento de los magistrados romanos condenar a muerte a los reos.
Culpables ya de la sangre de Cristo, ansiaban ahora mancharse las manos con la
sangre de los discípulos.
Pero había en el concilio un varón que reconoció la
voz de Dios en las palabras de los discípulos.
Era Gamaliel, un fariseo de buena reputación, hombre erudito y de
elevada categoría social. Su claro criterio comprendió que la violenta medida
propuesta por los sacerdotes tendría terribles consecuencias. Antes de hablar a sus compañeros de
concilio, pidió Gamaliel que se hiciese salir a los presos, pues sabía con
quienes trataba y que los que habían matado a Cristo no vacilarían en cumplir
su propósito.
Con mucha mesura y serenidad, Gamaliel dijo entonces:
"Varones Israelitas, mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que
habéis de hacer. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era
alguien; al que se agregó un número de hombres como cuatrocientos: el cual fue
matado; y todos los que le creyeron fueron dispersos, y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el Galileo
en los días del empadronamiento, y llevó mucho pueblo tras sí. Pereció también
aquél; y todos los que consintieron con él, fueron derramados. Y ahora os
digo: Dejaos de estos hombres, y
dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá:
mas si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo
a Dios."
Los sacerdotes comprendieron lo razonable de esta
opinión, y no pudieron menos que convenir con Gamaliel. Sin embargo, no les fue posible dominar sus
odios y prejuicios, y de muy mala gana, después de mandar que azotasen a los
discípulos e intimarlos so pena de muerte a que no volviesen a predicar en el
nombre de Jesús, los soltaron. "Y ellos partieron de delante del concilio,
gozosos de que fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre. Y
todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar
a Jesucristo."
Poco antes de su crucifixión, Cristo había dejado a
sus discípulos un legado de paz: "La paz os dejo -dijo,- mi paz os doy: no
como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón ni tenga
miedo." (Juan 14: 27.) Esta paz no es la paz que proviene de la
conformidad con el mundo. Cristo nunca procuró paz transigiendo con el
mal. La que Cristo dejó a sus
discípulos es interior más bien que exterior, y había de permanecer para
siempre con sus testigos a través de las luchas y contiendas.
Cristo dijo de sí mismo: "No penséis que he
venido para meter paz en la tierra: no he venido para meter paz, sino
espada." (Mat. 10: 34.) Aunque es el Príncipe de Paz, es sin embargo causa
de división. El que vino a proclamar
alegres nuevas y a crear esperanza y gozo en los corazones de los hijos de los
hombres, originó una controversia que arde profundamente y suscita intensa
pasión en el corazón humano. Y advierte a sus seguidores: "En el mundo tendréis
aflicción." "Os echarán mano, y perseguirán, entregándoos a las
sinagogas y a las cárceles, siendo llevados a los reyes y a los gobernantes por
causa de mi nombre." "Mas seréis entregados aun de vuestros padres, y
hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros." (Juan
16: 33; Luc. 21: 12, 16.)
Esta profecía se ha cumplido de manera notable. Todo ultraje, vituperio y crueldad que
Satanás pudo inventar e instigar a los corazones humanos se ha dirigido contra
los seguidores de Jesús. Y esto se cumplirá de nuevo de un modo notable; porque
el corazón carnal está todavía enemistado contra la ley de Dios y no quiere sujetarse a sus
mandamientos. El mundo no está más en
armonía hoy con los principios de Cristo le lo que estaba en los días de los
apóstoles. El mismo odio que inspiró el grito: "¡Crucifícale,
crucifícale!," el mismo odio que condujo a la persecución de los
discípulos, obra todavía en los hijos de desobediencia. El mismo espíritu que
en la Edad Media condenó a hombres y mujeres a la cárcel, al destierro y a la
muerte; que concibió la aguda tortura de la Inquisición; que planeó y ejecutó
la matanza de San Bartolomé, y los autos de fe de Smithfield, está todavía
obrando con maligna energía en los corazones no regenerados. La historia de la verdad ha sido siempre el
relato de una lucha entre el bien y el mal. La proclamación del Evangelio se ha
realizado siempre en este mundo haciendo frente a la oposición, los peligros,
las pérdidas y el sufrimiento.
¿Cuál fue la fortaleza de los que en tiempos pasados
padecieron persecución por causa de Cristo? Consistió en su unión con Dios, con
el Espíritu Santo y con Cristo. El vituperio y la persecución han separado a
muchos de sus amigos terrenales, pero nunca del amor de Cristo. Nunca es tan amada
de su Salvador el alma combatida por las tormentas de la prueba como cuando
padece afrenta por la verdad. "Yo le amaré, y me manifestaré a él,"
dijo Cristo. (Juan 14: 21.) Cuando el creyente se sienta en el banquillo de los
acusados ante los tribunales terrenales por causa de la verdad, está Cristo a
su lado. Cuando se ve recluido entre las paredes de una cárcel, Cristo se le
manifiesta y le consuela con su amor.
Cuando padece la muerte por causa de Cristo, el Salvador le dice: Podrán matar el cuerpo, pero no podrán dañar
el alma. "Confiad, yo he vencido al mundo." (Juan 16: 33.) "No
temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo;
siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia."(Isa.
41: 10.)
"Los que confían en Jehová son como el monte de
Sión, que no deslizará: estará para siempre. Como Jerusalén tiene montes alrededor
de ella, así Jehová alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre."
"De engaño y de violencia redimirá sus almas; y la sangre de ellos será
preciosa en sus ojos." (Sal. 125: 1,2; 72: 14.)
"Jehová de los ejércitos los amparará, . . . y los salvará en aquel día Jehová su Dios como a rebaño de su pueblo: porque serán engrandecidos en su tierra como piedras de corona." (Zac. 9: 15, 16.)